Venir hacia los que lo siguen (Domingo 24 B 2015)

Venir hacia los que lo siguen

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Jesús salió con sus discípulos hacia los poblados de Cesarea de Filipo, y en el camino los interrogaba preguntándoles:

« ¿Quién dice la gente que soy yo?»

Ellos le respondieron:

«Algunos dicen que eres Juan el Bautista; otros, Elías; y otros, alguno de los profetas.»

«Y ustedes, ¿quién dicen que soy Yo?»

Pedro respondió:

«Tú eres el Mesías.»

Jesús les ordenó terminantemente que no dijeran nada acerca de él.

Y comenzó a enseñarles que el Hijo del hombre debía sufrir mucho y ser rechazado por los ancianos, los sumos sacerdotes y los escribas; que debía ser condenado a muerte y resucitar después de tres días; y les hablaba de esto con toda claridad. Pedro, llevándolo aparte, comenzó a reprenderlo.

Pero Jesús, dándose vuelta y mirando a sus discípulos, lo reprendió, diciendo:

« ¡Sal, ve detrás de mí, Satanás! Porque no disciernes según los criterios de Dios, sino con los criterios de los hombres.»

Entonces Jesús, llamando a la multitud, junto con sus discípulos, les dijo:

«El que desee venir detrás de mí, que salga de sí mismo, que cargue con su cruz y me siga. Porque el que quiera salvar su vida, la perderá; y el que pierda su vida por mí y por la Buena Noticia, la salvará» (Mc 8, 27-35).

 

Contemplación

 

Del diario de la visita de Manos Abiertas al Papa Francisco

«… De golpe quedamos como un grupito compacto, con nuestro cartel de Manos Abiertas , mirando a la plaza de San Pedro -rebosante de gente-, delante de una troupe de fotógrafos que sacan fotos al Papa que está a arriba, a nuestras espaldas, y comienzan a interesarse de vez en cuando por nosotros, a leer el cartel mientras cambian sus rollos, a enfocar al grupo…

De vez en cuando me doy vuelta esperando que nos hagan subir. Y en cambio, terminados los saludos, es el Papa el que baja, mansamente solo, con los demás a un metro de distancia, hacia nosotros…

Viene cortando camino, no por el medio, y mientras charla con uno, baja cuidadosamente la explanada que tiene sus peligros, al menos visto desde abajo. Veo que Jorge viene hacia nosotros y aquí comienza mi contemplación de las manos, porque yo le hago un saludito con la mano abajo, pegada al cuerpo para que no se note y él hace lo mismo, sonriendo. ¡Ya nos vio! Y ese será mi recuerdo, cuando después compartamos lo que más le llegó a cada uno, lo que percibió y agradece (como se hace con aquello en lo que más sintió gusto en la oración) y el desafío que sintió al encontrarse con Francisco.

Nos quedamos en grupo y él avanza hacia Estela Bonifatti diciendo fuerte (porque la gente de la plaza se hace sentir): «Ustedes son los ruidosos».

El fotógrafo -Francisco Sforza- se puso de rodillas y enfocó al Papa que venía hacia nosotros bajando la escalinata de la explanada:  se ve a Marta en primer plano, con la bandera en las manos (y la estampita de Teresita); Gloria tiene la bandera delicadamente, una Estela en una punta, mientras prepara su cámara, y la otra Estela en la otra. Son dos o tres fotos que captan el momento tan fuerte. Marta dirá en la misa que fue lo que más le impresionó: que a los cardenales los hacían ir al papa y en cambio el papa venía a nosotros, a su pueblo».

Y por aquí va la contemplación de hoy, por esto del venir. El papa que viene a nuestro encuentro…, nosotros que vinimos a Roma a encontrarnos con él. Jesús usa la expresión venir «detrás» de mí (ophizo). Pero no es porque haya que ir a distancia por algún motivo jerárquico o algo por el estilo, sino que uno siempre va detrás porque el Señor se nos adelanta. Nos primerea, como dice Francisco y en esta atmósfera de alegría, nos evangeliza y nos envía a los más pobres.

 

Repasando ahora con tranquilidad el día de la Audiencia, veo que el Papa también nos primereó. No me consta «exteriormente» porque no hablamos del tema. El grupo pidió la Audiencia como todo el mundo y habían conseguido creo que ocho o diez entradas de las del grupo de los argentinos, cuando Rossi me pidió que viéramos a ver sí Manos podía tener un momentito especial con el Papa. No lo pedimos así, tal cual, pero se ve que hicimos sentir que Manos Abiertas iba a estar en la Audiencia del 9 de setiembre y que le queríamos entregar un regalito en mano al Papa.

Mientras los mails preguntando por la audiencia iban entrando a Santa Marta, lo del regalito se iba cocinando en el corazón de las voluntarias y pasó de «algo rico que le guste comer al Papa» a «un album con los rostros de los patroncitos y las obras de Manos en cada provincia». La cosa mejoró sustancialmente, pensé yo, cuando Monseñor Karcher llamó «por encargo del Santo Padre» para pedir la lista de los que estarían presentes en la Audiencia.

Confieso que había soñado la escena muchas veces: estar en el centro de la Plaza de San Pedro con Manos y el Hogar y que el Papa nos bendijera a nuestra gente, a nuestros trabajos y Casas… Pero era un sueño. En el sentido profundo, digo, de cuando uno sabe que un cariño es real y lo sueña en el marco más emotivo posible. Como la glorificación verdadera, que confirma un amor que se trabaja y se padece día a día y que un momento es puesto en el candelero para que los hombres vean las obras buenas que el Padre nos regaló practicar y así queden bendecidas y santificadas.

El asunto, como decía el Padre Boasso, que ya está en el cielo desde ayer y que se alegraba tanto con las cosas del Hogar y de Manos Abiertas, el asunto es que cuando los sueños se hacen realidad hay un momento muy especial en el que cambia todo.

Nos habían puesto en un lugar privilegiado, pero de esos en los que quedás cerca para ver pero lejos para tocar. Ya nos ibamos conformando y yo pensaba que le tendría que llevar el Album después, cuando vemos que «nos vienen a buscar» y nos ponen más arriba, mirando a la plaza… Cosa que no entendíamos, porque lo lógico era que nos hicieran subir y pasar a saludar al papa como estaban terminando de hacer los cardenales. Aprovechamos, eso sí, para que se viera bien el cartel, ya que teníamos enfrente a todos los fotógrafos y la plaza llena y haciéndose sentir. Allí fue que nos damos media vuelta, sin girarnos del todo, y vemos que Francisco viene a nosotros. Y tomamos conciencia de que es verdad, que va a ser un momento único en la historia, porque llegamos con veintitantos años detrás  -gozados y sufridos, con los que ya no están pero están más que nunca, y con todos los que se sumaron-, y queremos salir de nuevo a todos los años que vengan por delante, bendecidos por el Papa Francisco.

Ese momento en que lo que uno soñó -y está como soñando por dentro sin dejar que el sueño se apodere de la realidad, frenando un poco las expectativas, conformándose con lo que hay- se vuelve real, tiene algo de «pasaje». Uno deja el territorio de las ilusiones y entra en el territorio de las promesas. Se pasa del «no va a ser para tanto» al «esto es mucho más de lo que esperaba». Es notable cómo el corazón se adapta y se expande rápidamente hasta llenarse de la alegría que se le regala y olvidar todas las dudas y los cálculos. Habíamos pedido la gracia en la misa de la víspera, de «abrir el corazón y todos los sentidos para absorber todo lo que se nos derrochara de gracia porque era para llenar el corazón de muchos, de todos a los que veníamos a representar». Y se nos regaló también esta gracia, que no es menor que la del regalo y que consiste en recibir de tal manera que uno lo pueda comunicar íntegro a los demás-. Eso es lo propio de la alegría del Evangelio: no tiene más alegría el que la recibe en primer lugar, diríamos, sino que es idéntica e íntegra para el que la recibe después. Eso se nota en cómo se alegran los que ven las fotos y escuchan nuestros relatos. Verdaderamente Francisco saludó y bendijo y recibió el cariño de todos nuestros colaboradores, voluntarias, patroncitos, huéspedes y amigos.

Y aquí viene, entonces, lo de la evangelización.

El Papa ya había «preparado» este encuentro con sus palabras en la Catequesis. Yo lo escuché «con intención» -esperando una mención directa- pero atento a las palabras claves, que dicen todo para el que quiere escuchar. Y escuché que el Papa nos evangelizó allí donde nuestro corazón puesto al servicio de los más pobres, experimenta una sed de palabras vivas que «tengan los criterios de Dios», como le dice Jesús a Pedro, cuando primero acierta y luego la pifia.

 

El Papa se centró en ese punto, tan central como fragil, que es la relación entre familia e institución:

Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!

Quiero centrar hoy nuestra atención en el vínculo entre la familia y la comunidad cristiana. Es un vínculo, por decirlo así, «natural», porque la Iglesia es una familia espiritual y la familia es una pequeña Iglesia (cf. Lumen gentium, 9).

En los Evangelios, la asamblea de Jesús tiene la forma de una familia y de una familia acogedora, no de una secta exclusiva, cerrada: en ella encontramos a Pedro y a Juan, pero también a quien tiene hambre y sed, al extranjero y al perseguido, la pecadora y el publicano, los fariseos y las multitudes.

 

Nos habló de «casas de puertas abiertas» y de «centros del amor»:

La comunidad cristiana es la casa de quienes creen en Jesús como fuente de la fraternidad entre todos los hombres.

Una Iglesia de verdad, según el Evangelio, no puede más que tener la forma de una casa acogedora, con las puertas abiertas, siempre. Las iglesias, las parroquias, las instituciones, con las puertas cerradas no se deben llamar iglesias, se deben llamar museos.

Y hoy, esta es una alianza crucial. «Contra los “centros de poder” ideológicos, financieros y políticos, pongamos nuestras esperanzas en estos centros del amor evangelizadores, ricos de calor humano, basados en la solidaridad y la participación» (y también en el perdón entre nosotros.

 

Nos habló del «corazón» como ese álbum donde se escribe la historia:

La Iglesia camina en medio de los pueblos, en la historia de los hombres y las mujeres, de los padres y las madres, de los hijos y las hijas: esta es la historia que cuenta para el Señor. Los grandes acontecimientos de las potencias mundanas se escriben en los libros de historia, y ahí quedan. Pero la historia de los afectos humanos se escribe directamente en el corazón de Dios; y es la historia que permanece para la eternidad.

 

Nos habló de la familia de Jesús (del Hogar y del Taller)

El Hijo de Dios aprendió la historia humana por esta vía, y la recorrió hasta el final (cf. Hb 2, 18; 5, 8). Es hermoso volver a contemplar a Jesús y los signos de este vínculo. Él nació en una familia y allí «conoció el mundo»: un taller, cuatro casas, un pueblito de nada. De este modo, viviendo durante treinta años esta experiencia, Jesús asimiló la condición humana, acogiéndola en su comunión con el Padre y en su misma misión apostólica. Luego, cuando dejó Nazaret y comenzó la vida pública, Jesús formó en torno a sí una comunidad, una «asamblea», es decir una con-vocación de personas. Este es el significado de la palabra «iglesia».

 

Nos habló de los «huéspedes de Dios» y de los elegidos para hacerse cargo de ellos

Y Jesús no deja de acoger y hablar con todos, también con quien ya no espera encontrar a Dios en su vida. Es una lección fuerte para la Iglesia. Los discípulos mismos fueron elegidos para hacerse cargo de esta asamblea, de esta familia de los huéspedes de Dios.

 

Nos habló de la inteligencia y la valentía que se requiere para evitar las tentaciones: la de ser familia cariñosa pero encerrada en su mundito o institución activa pero funcionalista

Para que esta realidad de la asamblea de Jesús esté viva en el hoy, es indispensable reavivar la alianza entre la familia y la comunidad cristiana.

Reforzar el vínculo entre familia y comunidad cristiana es hoy indispensable y urgente. Cierto, se necesita una fe generosa para volver a encontrar la inteligencia y la valentía para renovar esta alianza. Las familias a veces dan un paso hacia atrás, diciendo que no están a la altura: «Padre, somos una pobre familia e incluso un poco desquiciada», «No somos capaces de hacerlo», «Ya tenemos tantos problemas en casa», «No tenemos las fuerzas». Esto es verdad. Pero nadie es digno, nadie está a la altura, nadie tiene las fuerzas. Sin la gracia de Dios, no podremos hacer nada. Todo nos viene dado, gratuitamente dado. Y el Señor nunca llega a una nueva familia sin hacer algún milagro. Recordemos lo que hizo en las bodas de Caná. Sí, el Señor, si nos ponemos en sus manos, nos hace hacer milagros —¡pero esos milagros de todos los días!— cuando está el Señor, allí, en esa familia.

Naturalmente, también la comunidad cristiana debe hacer su parte. Por ejemplo, tratar de superar actitudes demasiado directivas y demasiado funcionales, favorecer el diálogo interpersonal y el conocimiento y la estima recíprocos. Las familias tomen la iniciativa y sientan la responsabilidad de aportar sus dones preciosos para la comunidad.

 

Y terminó dándonos el Consejo de nuestra Madre, el criterio último, el de «hacer lo que Jesús nos diga»:

Todos tenemos que ser conscientes de que la fe cristiana se juega en el campo abierto de la vida compartida con todos, la familia y la parroquia tienen que hacer el milagro de una vida más comunitaria para toda la sociedad.

En Caná, estaba la Madre de Jesús, la «madre del buen consejo». Escuchemos sus palabras: «Haced lo que Él os diga» (cf. Jn 2, 5).

Queridas familias, queridas comunidades parroquiales, dejémonos inspirar por esta Madre, hagamos todo lo que Jesús nos diga y nos encontraremos ante el milagro, el milagro de cada día. Gracias.

 

Los afectos del Encuentro hacen que las Palabras caigan en la tierra buena de nuestros corazones bien dispuestos. Ojalá que esta página de historia que el Señor ha escrito en nuestros corazones nos haga reavivar la alianza con el Señor, entre nosotros y nuestros patroncitos, comensales y huéspedes, para dar testimonio de que los «centros del amor evangelizador» donde el poder es servicio, son la respuesta que el mundo necesita para encauzar sus deseos más hondos: haciendo todo lo que Jesús nos dice.

 

Diego Fares sj

 

 

 

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