Domingo 23 B 2015

Abrete!

Jesus cura sordo

Cuando Jesús volvía de la región de Tiro, pasó por Sidón

y fue hacia el mar de Galilea, atravesando el territorio de la Decápolis.

Entonces le presentan a un sordo y tartamudo

y le ruegan que ponga sobre él su mano.

Jesús tomándolo aparte lejos de la multitud,

le metió sus dedos en las orejas

y con su saliva tocó su lengua (teniéndola firmemente).

Después, levantando los ojos al cielo,

suspiró y le dijo:

‘Effetá”, que significa ‘ábrete’.

Y al instante se abrieron sus oídos y se le soltó la atadura de su lengua

y hablaba correctamente.

Jesús les mandó insistentemente que no dijeran nada a nadie,

pero cuanto más insistía, ellos más lo proclamaban

y, en el colmo de la admiración decían:

‘Todo lo ha hecho bien:

hace oír a los sordos y hablar a los mudos” (Mc 7, 31-37).

Contemplación

La Decapolis eran diez ciudades confederadas, a las que Roma permitía acuñar moneda propia y que eran territorio pagano -frontera- para el Señor. Era la zona donde Jesús curó al endemoniado y los demonios se metieron en los puercos haciendo que toda la piara se ahogara en el lago, lo cual originó temor e indignación en la gente de estas ciudades y le pidieron a Jesús que se fuera. Dice Google: «Después de la Pascua del año 32 y a su regreso de un viaje a las regiones de Tiro y Sidón (Fenicia), Jesús llegó hasta el “mar de Galilea y subió por en medio de las regiones de Decápolis”. En algún lugar de esta región sanó a un hombre sordo que tenía un impedimento en el habla y, poco después, alimentó milagrosamente a una muchedumbre de 4.000 personas».

Así como los panes «se comparten también en las fronteras», el milagro del sordomudo con esa palabra tan linda en labios de Jesús -«Effetá» «ábrete»- es milagro para toda frontera. El Señor suspira y ruega al Padre que toda frontera se abra. Su gesto bautismal es el que le hacemos a los niños cuando les metemos el dedo en la oreja y tocamos su lengua diciéndo «ábrete, que puedas escuchar la Palabra y predicar el Evangelio».

Pareciera que el Señor actuó con cuentagotas en estas regiones, orillando sus ciudades activas y llenas de vida comercial y social. La multiplicación de los panes, sin embargo fue un hecho multitudinario. Y el deseo del Señor, que se muestra en la dedicación y el cariño especialísimo para con esta persona que no escuchaba y hablaba de manera balbuciente, nos indican que su corazón latía por relacionarse con estos «otros rebaños», que consideraba tan suyos como su Israel. Leamos de nuevo la secuencia de las acciones de Jesús:

«Jesús tomándolo aparte lejos de la multitud, le metió sus dedos en las orejas y con su saliva tocó su lengua (teniéndola firmemente). Después, levantando los ojos al cielo, suspiró y le dijo: ‘Effetá”, que significa ‘ábrete’».

En estos días, con la imagen de Aylán, el niño muerto a orillas del mar, estas palabras «frontera» y «ábrete», han resonado fuertemente en todo el mundo. La pregunta en los medios es si fotos como esta son capaces de hacer que se «abran los corazones» o si, por el contrario, lo que logran es que uno cierre los ojos y no quiera ver ni oir de estas tragedias inmensas que se cargan sobre las espaldas vencidas y pequeñitas de ese niño con los bracitos inmóviles junto a su cuerpo.

A mí, además de conmoverme profundamente como a todos (un amigo de Córdoba me mandaba la foto y me preguntaba qué hacer, cómo ayudar, dónde participar y yo le decía que acercándose a Manos Abiertas) me llevó, decía, a ver un poco de estadísticas. Para abrir los ojos y ver de qué estamos hablando.

Los datos dicen que en el mundo, el año pasado han viajado 1.134 millones de turistas. Más del 50% (582 millones, dicen) han venido a Europa, produciendo ingresos por la cantidad de 509.000 millones de Euros. Dando trabajo, por supuesto. Los refugiados este año han sido 342.000. Dicen aquí en Italia, que ha recibido a unos 120.000 de esos refugiados, que le cuestan unos 35 Euros por día a los gobiernos. Europa atrae a la gente. Así como los europeos salieron a conocer el mundo, a conquistarlo, a evangelizarlo también, el mundo se siente atraido por Europa.

Yo no soy bueno en estadísticas pero me parece que los refugiados son el 0,06% de los turistas (algo así como los dos mendigos inválidos de la Fontana di Trevi – una se llama Gabriela- en medio de la multitud). Sin embargo, la sensación que dan los medios y que siente la gente es que «están siendo invadidos por los refugiados». La barquita más atestada de inmigrantes ilegales viene menos cargada que uno de los 500 aviones que llegan por día a Fiumicino.

El gasto que ocasionan 350.000 refugiados sería de unos 4.500 millones de Euros por año. De nuevo, si no me equivoco el 0,9% de las entradas por turismo. Con el 1% de lo que gasta cada turista están atendiendo a los refugiados. Pero bueno. Es así. Uno ve lo duros que son los turistas para soltar una monedita por la calle. Es que la sensación es que los pobres molestan, rompen el encanto de los monumentos, la magia de los restaurantes, la emoción religiosa de las celebraciones.

Una monja amiga del Congo, me conmovió hace un tiempo al contar que en la escuela donde trabaja, una familia quería agradecer al maestro de sus hijos haciéndole un regalo. Que el regalito que le hicieron costaba 1,50 Euro, creo, y que para ahorrarlo no habían comido un día. De allí salió que con 50 Euros por mes una jovencita podía vivir, comer y tener los materiales de estudio en el colegio y conseguimos una ayudita para una familia. Cosa que, con la ayuda de San José, están haciendo otros, apadrinando familias concretas y dando pequeñas ayudas. Esto trae aparejada una relación muy linda, con cartitas de los papás y fotos de los chicos y de las niñas. Lo cuento porque me parece que es el movimiento contrario al que se origina con la violencia. Las guerras hacen que la gente huya y los lugares a los que llegan se sienten invadidos y cierran sus fronteras.

El movimiento contrario es el de salir hacia esas fronteras, abrir la puerta, tomar a alguno a parte y darle una mano, como hace el Señor. La invasión «se calma». La demanda, cuando se la atiende bien, baja el tono. Si no, si uno cierra la puerta, la gente empuja.

Abrete es el mensaje del Evangelio de hoy. Hace bien escuchar esta palabra -ábrete- y decirla. Decirla con gestos, con mirada abierta, con manos abiertas, con puertas abiertas, con mentalidad abierta, con internet abierta.

Me desperté esta madrugada con dos mails que llegaron contando historias de las que antes contaba yo. Una de dos chicas africanas, que con esa suma que dije podrán comenzar a estudiar hasta que venga la cosecha de maíz y sus tíos puedan pagar el resto; otra con historias de gente del Hogar, de un querido amigo que está en el Borda y al que dejan salir los viernes y -aunque no saben bien dónde va- están contentos porque puntualmente vuelve los lunes. Mi amiga religiosa me cuenta para que le rece a San José, porque la semana pasada pedimos y yo le dije que si en dos semanas no pasaba nada me avisara y a los pocos días ya tenía la plata para una familia entera de hermanitos que necesitaban para sus estudios; mi amigo del Hogar me cuenta para alegrarme con las anécdotas de la vida cotidiana de mis amigos de Buenos Aires. Es quizás lo más lindo de estos años de mandar contemplaciones: que mucha gente, cuando tiene ganas de contar algo evangélico que le pasó con los más pobres, me lo escribe a mí, que ahora, rodeado de papeles limosneo historias de vida. Y es lindo porque así como en Africa con un Euro por día se logran maravillas, aquí con una historia pequeñita que uno escucha por mail se alegra el día.

Diego Fares sj