Domingo 17 B 2015

Se comparte también en territorio extranjero

panes

“Después de esto, se fue Jesús a la otra ribera del mar de Galilea, el de Tiberíades,

y mucha gente le seguía porque contemplaban las señales que realizaba con los enfermos. Jesús subió al monte y se sentó allí en compañía de sus discípulos.

Estaba próxima la Pascua, la fiesta de los judíos.

Al levantar Jesús los ojos y contemplar que venía hacia él mucha gente, dice a Felipe:

– «¿Cómo vamos a comprar panes para que estos tengan qué comer?»

Se lo decía para probarle, porque Él sabía lo que iba a hacer.

Felipe le contestó:

-«Doscientos denarios de pan no bastan para que cada uno tome un poco.»

Le dice uno de sus discípulos, Andrés, el hermano de Simón Pedro:

-«Aquí hay un chico que tiene cinco panes de cebada y dos peces; pero ¿qué es eso para tantos?»

Dijo Jesús:

-«Hagan que se recueste la gente.»

Había en el lugar mucha hierba.

Se recostaron, pues, los hombres en número de unos cinco mil.

Tomó entonces Jesús los panes y, después de dar gracias (eujaristezas) los repartió entre los que estaban recostados y lo mismo todo lo que quisieron de los peces.

Cuando se saciaron, dice a sus discípulos:

-«Recojan los trozos sobrantes para que nada se pierda.»

Los recogieron, pues, y llenaron doce canastas con los trozos de los cinco panes de cebada que sobraron a los que habían comido.

Al ver la gente la señal que había realizado, decía:

-«Este es verdaderamente el profeta que iba a venir al mundo.»

Dándose cuenta Jesús de que intentaban venir a tomarle por la fuerza para hacerle rey, huyó de nuevo al monte él solo” (Jn 6, 1-15).

Contemplación

La así llamada “multiplicación de los panes” aparece seis veces en los evangelios. La primera, en el territorio de Israel, aparece en los cuatro evangelistas, y la segunda, en territorio pagano, aparece solo en Mateo y en Marcos.

Como dice el padre Gustavo Gutiérrez, eso es señal de que se encuentra allí un mensaje importantísimo del Señor. Cuando algo se repite dos y hasta tres veces, en el lenguaje simbólico de la Biblia, es señal de algo importante. Seis veces nos tiene que llevar a pensar. La segunda multiplicación Lucas y Juan la dejaron de lado. Dicen los exegetas que con la integración de los paganos duplicar las multiplicaciones complicaba la cosa y por eso quizás la simplificaron en una. De hecho, a mí siempre me quedó como que era una especie de “repetición” del mismo milagro. Hasta que Gutiérrez me hizo ver esto de que “se comparte también en territorio extranjero”.

En la segunda multiplicación los peces son siete y también las canastas sobrantes. Algunos dicen que el número es alusión al jubileo y esto de “compartir en territorios extranjeros” –en las fronteras existenciales, como dice el papa Francisco, allí donde hay otros que no piensan ni viven como nosotros-, puede hacernos bien para ir entrando en el año de la misericordia.

“Compartimos también en territorio extranjero”. Esto es poner a la fraternidad, a la solidaridad y al culto al Dios verdadero, por encima de los límites que, necesariamente, crea el modo de pensar y las costumbres culturales de cada pueblo y de cada persona y también la Iglesia misma.

Jesús da de comer sus panes y peces bendecidos a los que no son del pueblo de Israel. Estamos hablando de panes y peces bendecidos por las manos del Señor, luego de dar gracias al Padre! No es la Eucaristía (hay peces, como dice Gutiérrez) pero es, yo diría, el ambiente previo y la acción posterior a la Eucaristía. Se acoge a todos y se comparte el alimento bendecido con todos. Y se guarda lo que sobra, en señal de continuidad, de que gracias a Jesús nos hacemos pueblo de Dios, compañeros de camino, unificados por su atracción y su acción benéfica.

Contemplemos la pedagogía del Señor. Juan nos dice que la gente lo seguía porque contemplaba las señales que hacía con los enfermos.

El Señor parte de su deseo de darse entero y de salvar a todos y su primer radio de acción es sobre la enfermedad. La enfermedad nos iguala a todos los seres (incluso al nuevo planeta recién descubierto, que tiene mil millones de años más que nuestra hermana y madre tierra, cuyos mares se están evaporando). A los seres humanos, allí donde la riqueza, la condición social y los saberes y roles nos distinguen y nos llevan a formar agruparnos excluyendo a otros, la enfermedad nos iguala. El Señor curaba gente de toda clase, la hija de Jairo y la hija de la mujer palestina, el siervo del Centurión y la suegra de Simón Pedro…

En las multiplicaciones de panes y peces para la gente que lo sigue y escucha su Palabra, el Señor da un paso más. De lo individual de la enfermedad pasa a lo comunitario, a lo social: hace que la gente se organice, se siente y comparta. Y los alimenta a todos con los mismos panes y peces bendecidos. Los que reciben su palabra reciben también sus panes y peces.

Experimentamos esta gracia cuando peregrinamos junto con todo el pueblo fiel de Dios o en ocasiones multitudinarias, como las que se dan en las visitas del Papa, en los jubileos, en los congresos Eucarísticos. Hay un Don del Señor a su pueblo que es previo a todo condicionamiento humano. El sembrador sale a sembrar y esparce la semilla en todo tipo de terrenos, el Buen Pastor mira a las ovejas que no tienen pastor y las sana a todas y las alimenta a todas, haciéndolas sentar por grupos (se habrán juntado entre los amigos, entre los del mismo pueblo y condición y también se habrán mezclado bastante).

Así también sucede en Pentecostés y con las primera conversiones: el Don del Espíritu se da por “rebasamiento” (verdadero rebasamiento, no como el del capitalismo, que no derrama nada o sólo algunas gotas). Desde un núcleo de corazones plenamente suyos, los dones del Señor se reparten sin medida, a todos, sin exclusiones de ningún tipo. Así como se recibe el Don –de la salud, del perdón, del pan y del Espíritu- sin medida ni condiciones, también así se comunica.

Los cristianos comienzan a predicar el evangelio antes de ser llamados cristianos,

reciben el Espíritu, como la familia de Cornelio, sobre los que “cae (literalmente) el Espíritu” mientras Pedro está hablando y entonces, después, los bautiza diciendo: “Acaso puede alguien negar el agua del bautismo a estos que han recibido el Espíritu Santo como nosotros” (Hc 10, 47).

A la Iglesia se le arman líos porque los paganos se hacen cristianos sin pasar por los ritos judíos y debe “legislar” para ir ordenando este Espíritu Santo “desatado”, por decirlo de alguna manera, que comienza a “armonizar todas las diversidades”, comenzando por las lenguas.

Por eso la Iglesia, cuando legisla y ordena, cuando clasifica pecados y autoriza grados de participación en los sacramentos, siempre debe hacerlo estando atenta a que “gestiona” un Don “ingestionable” sino es para salvación de más gente y para mayor crecimiento en fe y en caridad de todos.

Por eso, la primera pregunta debe ser siempre: “cómo hacemos para que Jesús y sus dones lleguen a todos de modo tal que no se pierda ninguno”. La pregunta nunca debe ser “quién no puede” sino “cómo hacer para que llegue a todos”.

Si esto requiere de “tiempos extraordinarios” como un Jubileo de la Misericordia, que permita desbloquear algunas situaciones imposibles de arreglar por la vía ordinaria y barajar y dar de nuevo, pues aquí tenemos al Papa Francisco que con coraje y decisión lo ha decretado.

Si esto requiere un gran trabajo de organización (y luego de limpieza para juntar las sobras) no hay otra que arremangarse y hacer crecer la organización.

Si hay que repensar la disciplina de la Iglesia porque el cambio cultural es de esos que se dan cada mil años, hay que iniciar el camino. No fue menor la tarea de la Iglesia al dejar los preceptos y las costumbres judías y comenzar a gestar los propios. Recordemos que la “Tradición de la Iglesia” es algo vivo, y se compone no solo de cosas inmutables, como el Dogma y la moral, sino de cosas que tienen que ir cambiando, como la liturgia, la disciplina eclesiástica y la pastoral.

Como decía San Juan XXIII al comienzo del Concilio: “Una cosa es la substancia de la antigua doctrina, del «depositum fidei», y otra la manera de formular su expresión…».

Transcribo el pasaje por que me parece que es un bálsamo para el alma y ayuda a ver el espíritu con que Francisco lleva adelante la Iglesia:

“La tarea principal de este Concilio no es, por lo tanto, la discusión de este o aquel tema de la doctrina fundamental de la Iglesia, repitiendo difusamente la enseñanza de los Padres y Teólogos antiguos y modernos, que os es muy bien conocida y con la que estáis tan familiarizados. Para eso no era necesario un Concilio.

Sin embargo, de la adhesión renovada, serena y tranquila, a todas las enseñanzas de la Iglesia, en su integridad y precisión, tal como resplandecen principalmente en las actas conciliares de Trento y del Vaticano I, el espíritu cristiano y católico del mundo entero espera que se de un paso adelante hacia una penetración doctrinal y una formación de las conciencias que esté en correspondencia más perfecta con la fidelidad a la auténtica doctrina, estudiando ésta y exponiéndola a través de las formas de investigación y de las fórmulas literarias del pensamiento moderno.

Una cosa es la substancia de la antigua doctrina, del «depositum fidei», y otra la manera de formular su expresión; y de ello ha de tenerse gran cuenta —con paciencia, si necesario fuese— ateniéndose a las normas y exigencias de un magisterio de carácter predominantemente pastoral.

Al iniciarse el Concilio Ecuménico Vaticano II, es evidente como nunca que la verdad del Señor permanece para siempre. Vemos, en efecto, al pasar de un tiempo a otro, cómo las opiniones de los hombres se suceden excluyéndose mutuamente y cómo los errores, luego de nacer, se desvanecen como la niebla ante el sol.

Cómo reprimir los errores. Siempre la Iglesia se opuso a estos errores. Frecuentemente los condenó con la mayor severidad. En nuestro tiempo, sin embargo, la Esposa de Cristo prefiere usar la medicina de la misericordia más que la de la severidad. Ella quiere venir al encuentro de las necesidades actuales, mostrando la validez de su doctrina más bien que renovando condenas. No es que falten doctrinas falaces, opiniones y conceptos peligrosos, que precisa prevenir y disipar; pero se hallan tan en evidente contradicción con la recta norma de la honestidad, y han dado frutos tan perniciosos, que ya los hombres, aun por sí solos, están propensos a condenarlos, singularmente aquellas costumbres de vida que desprecian a Dios y a su ley, la excesiva confianza en los progresos de la técnica, el bienestar fundado exclusivamente sobre las comodidades de la vida. Cada día se convencen más de que la dignidad de la persona humana, así como su perfección y las consiguientes obligaciones, es asunto de suma importancia. Lo que mayor importancia tiene es la experiencia, que les ha enseñado cómo la violencia causada a otros, el poder de las armas y el predominio político de nada sirven para una feliz solución de los graves problemas que les afligen. En tal estado de cosas, la Iglesia Católica, al elevar por medio de este Concilio Ecuménico la antorcha de la verdad religiosa, quiere mostrarse madre amable de todos, benigna, paciente, llena de misericordia y de bondad para con los hijos separados de ella” (San Juan XXIII, Discurso inicial, Vaticano II, 11 de octubre de 1962).

Diego Fares sj

………………..

Algunos “trozos sobrantes” que junté de las contemplaciones de estos doce años. Para que nada se pierda.

Jesús es Pan de vida.

Yo soy pan para los demás.

En comunidad somos un equipo de cinco pancitos.

Nuestro pueblo es cinco mil panes compartidos (2003).

Nosotros andamos preocupados por lo que falta y el Señor nos manda a cuidar que no se pierda nada ¡de lo que sobró!

Que no se pierdan los voluntarios nuevos, que no se malogren los proyectos futuros, que no se nos llene de angustia o de quejas o de suspicacias el corazón mientras estamos gestionando milagros, sino que nos abramos humildemente a juntar la sobreabundancia en vez de creer que tenemos que asegurar mezquinamente lo ya logrado como si hubiera sido responsabilidad nuestra el milagro (2006).

Los fragmentos de la historia de cada vida! De la mía… Todo lo bueno y hermoso que me pasó y que gocé hasta ahí, con la pena de que terminara o de que no se pudiera guardar, todo eso fragmentario, el Señor lo junta en esa canasta que será su mejor regalo al llegar al cielo. No un regalo de cosas nuevas sino de las que cada uno vivió y no pudo vivir más a fondo: la canasta con el amor entero (2006).

La belleza no se limita a las “rosas únicas”, como decía Teresita, también se regala en la multitud de margaritas blancas, todas sencillas e iguales en su esplendor. En esta escena de los panes, la belleza es la de la comunidad: la belleza de la multitud de rostros del Pueblo fiel, alegre junto a su Pastor Hermoso. Lo bueno y útil de la multiplicación de los panes no debe hacernos perder la belleza gratuita de la unificación de su gozo que experimentó la gente (2009).

Domingo 16 B 2015

El pastor y el tiempo de su pueblo

Pastor

 

Y volvieron los apóstoles a reunirse junto a Jesús

Y le contaron todas las cosas que habían hecho

y las cosas que habían enseñado.

El les dijo: ‘Vengan ustedes solos aparte a un lugar desierto

A descansar un poquito’.

Porque eran tantos los que iban y venían

Que ni para comer encontraban un tiempo desocupado.

Y se fueron en la barca a un lugar desierto entre ellos solos.

Pero muchos los vieron que se iban y los reconocieron.

Entonces, a pie y de todas las aldeas,

concurrieron allá y llegaron antes que ellos.

Al desembarcar, Jesús vio una gran muchedumbre,

Y se compadeció entrañablemente de ellos,

Porque andaban como ovejas que no tienen pastor

Y se puso a enseñarles largamente y con calma (Marcos 6, 30-34).

Contemplación

Contemplamos a Jesús, a su pueblo y a sus apóstoles.

El viaje del papa Francisco a las naciones más pequeñas de nuestra antigua Patria Grande, nos ayuda a hacer la “composición del lugar”, como dice San Ignacio que hay que hacer en las contemplaciones, para bajar la oración a la realidad, al espacio y al tiempo (contemplar como si presente me hallase).

Miramos a la gente, que “llega antes que ellos”, como dice Marcos.

En los lugares más humildes, como nuestra parroquia jesuita de Bañado Norte, cerca de Asunción, la gente se preparó desde el momento en que se enteraron que el papa iría a su barrio. En la cárcel de Palmasola, le comenzaron a hacer las tallas que le regalaron desde mucho antes. Y así. Algunos lo veían pasar sólo unos segundos, en el papamóvil, pero lo contemplaban con un corazón en el que el tiempo se había distendido: ya de antes deseaban mucho verlo y recibir una bendición y luego que pasó atesoraron esa presencia, un gesto, una mirada, un momento, y se lo han quedado saboreando en el corazón, como esa mamá que le llevó a su hijito en silla de ruedas y logró que el papa se lo bendijera: llorando decía que se llevaba esa bendición para toda su vida.

La reflexión que saco, viendo y escuchando a muchos y de mi propia experiencia, es que ver al Papa en medio de su pueblo –siendo uno uno más- saca el mejor fruto que se puede sacar de un encuentro.

La imagen es la última del evangelio, la de Jesús que ve la gran muchedumbre de su gente y se compadece entrañablemente de ellos y se pone a enseñarles y a bendecirlos y saludarlos largamente y con mucha calma.

Esa es la imagen de Francisco con la gente. Y uno tiene que encontrar su lugarcito allí.

Si entramos ahora en ese Corazón que experimenta sentimientos de entrañable compasión, nos podemos sentir admirados de que Jesús se compadezca de que andemos… ¡sin Él!

Nos mira y nos ve sin Él y eso le da pena. Eso significa la metáfora de que nos ve como “ovejas que no tienen Pastor”.

Es un sentimiento de padre, como cuando un papá ve a su hijo desorientado o triste y le da pena que no se deje ayudar, que se cierre, y cuando lo ve volver, como el padre misericordioso a su hijo pródigo, se llena de alegría y se le conmueven las entrañas, al ver que regresa y al ver cómo regresa, las dos cosas.

Ese es el punto preciso en que nos sitúa este evangelio: Jesús ve que la gente se dio cuenta de quién es Él y comienza a acudir de todas partes, cada uno desde la situación en que está, para acercarsele. Las ovejas han venteado al Pastor, han reconocido el tono de su voz, su modo de andar entre ellas y dejan todo para seguirlo.

Es una situación en la que se muestra la fragilidad, cuando uno deja su rol y su entorno y se va con otros, en medio de la multitud, para encontrarse con alguien como Jesús. El Señor “ve” este venir de la gente hacia él y se compadece de su pueblo.

Una reflexión que me viene es esta del “pueblo fiel”. Hoy todos hablan de la teología del pueblo y de qué significaría pueblo para Francisco. Sin desmerecer ningún aporte –que todos ayudan- creo que cuando él habla de pueblo fiel esta imagen de la gente peregrinando a Jesús – a Luján, a San Cayetano, a Aparecida, al Quinche, a Copacabana…- toca el corazón de lo que es el pueblo.

Somos pueblo cuando reconocemos y seguimos fielmente al buen Pastor. Quizás la expresión más honda de lo que siente un pueblo está reflejada en el Cantar del mio Cid, cuando el Cid es desterrado por el rey y el pueblo llano se pone de su parte y en contra del rey. La gente se lamenta de que el Rey lo desaproveche y alguien dice: ¡Dios, qué buen vasallo si hubiese buen señor!

En Jesús vemos al “buen vasallo” del “buen Señor”, el padre del Cielo que es el padre de todos los pequeñitos de la tierra, especialmente de los que nadie más cuida. En torno a él nos “convertimos en pueblo fiel”, de manera creciente, incluyente, saliendo de todo egoísmo y yendo al encuentro de los demás, como pares.

Por eso lo de “situarnos” en medio del pueblo fiel nos hace gustar lo mejor del Buen Pastor, de su Padre y experimentar la cohesión que nos da el Espíritu, que nos armoniza en nuestras diversidades y nos hace Iglesia, pueblo fiel de Dios.

Esto hay que sentirlo y gustarlo y que nos dilate el corazón:

¡Es tan lindo tener un pastor, un buen pastor!

Veía a la gente, cómo se preocupaba por que el papa descansase al ver que no tenía tiempo ni para ir al baño y, al mismo tiempo, todos querían saludarlo y tocarlo, y veo que gozó en esos días lo lindo que es tener un pastor.

Nos hace bien conservar estas cosas en el corazón y dilatarnos en el recuerdo. El momento más lindo de las fiestas, como siempre dice el padre Rossi, es ese después que se van todos y uno se queda rememorando los rostros y los momentos.

También es lindo dilatarse en la espera. En Estados Unidos, a los jesuitas se les ocurrió pedirle a la gente que escribiera “qué le diría al Papa Francisco si tuviera cinco minutos con él”. La verdad es que poner a la gente en esta “frecuencia” –por decirlo de alguna manera- saca las mejores cosas de los corazones.

Me impactaron tres que reflexionaron sobre el tiempo, sobre lo que hace un buen pastor con nuestro tiempo, que es como decir lo que hace con nuestro corazón, que es el órgano del tiempo, el que hace que el tiempo lata fuerte, se unifique o se disperse, con la fuerza del amor.

Una persona decía:

“Lo más seguro es que lloraría durante cuatro minutos y medio y luego, podría balbucear que me bendijera”.

¿No es una preciosa imagen de cómo es el tiempo de un corazón que ama mucho?

Otra, que según Jacques debe ser una persona joven, escribió: “¿Podría mantenerse vivo por unos cien años, por favor?”

Firma “Kim Ita”.

Trato de repetir la frase en mi pobre inglés –se nota que es un deseo dicho de corrido, que termina en ese “please” (por favor, no te vayas)-, y siento que el corazón de Kim quiere dilatar un tiempo que vive como tiempo de gracia.

Un jesuita escribe: “Le diría que estos dos últimos años han sido los más felices de mis 33 años como sacerdote … debido a que nuestro papa promueve la misericordia”. Y al mismo tiempo que “expresa cómo vive su tiempo” agrega:

“He de añadir que a pesar de los comentarios de algunos obispos influyentes y periodistas de renombre, la mayoría de los católicos en los Estados Unidos da gracias a Dios cada día por su elección”.

En esta frase veo a un cura que “siente” lo que siente su pueblo y se lo dice al Pastor.

El Pastor, como dice el Papa no es un peinador de ovejas, pero tampoco es un patrón de estancia que solo se informa del número de cabezas de ganado que le pertenecen.

La metáfora del pastor y su rebaño nos habla de la vida a escala humana –que incluye la persona en su familia y en su pueblo-.

Eso hace que el pastor si tiene muchos rebaños, no pase a ser un gerente. Siempre sigue teniendo relación personal con sus ovejas y también se ocupa de que cada rebañito tenga su pastorcito cercano. Por este lado hay que meditar en el misterio de la iglesia que conformó Jesús. Cada uno tiene que estar atento al Único Pastor, a su pastorcito y a su rebaño.

Bueno, la contemplación se vino por este lado –de cómo le hace vivir un buen pastor el tiempo a su pueblo.

Nos quedamos con lo lindo que es tener un pastor.

Jesús da piedra libre a este sentimiento.

Lo hace por la vía alegre, cuando se llena de gozo de que el Padre le revele sus cosas a los pequeños que lo escuchan a él y lo siguen, y por la vía apenada de la compasión, cuando se conmueve de que la gente no lo haya tenido, de que haya pasado tanto tiempo sin él.

Es la gracia personalísima del cristianismo. Tener un pastor supera todo.

Supera las liturgias, porque hace una liturgia única de cada encuentro;

supera todas las sabidurías, porque encuentra la palabra inédita en el momento justo;

supera todas las autoayudas porque siempre es mejor que, si necesitás ayuda, te ayude otro (ganás un amigo y no sólo tenés una solución a un problema).

Como dice la aclamación antes del evangelio durante la Cuaresma: “El Señor es mi pastor, nada me falta”.

 

Diego Fares sj

 

 

 

 

 

Domingo 15 B 2015

Lo llenaron de flores 

Papa Flores

“Entonces Jesús llamó junto a sí a los Doce,

los envió de dos en dos y les dio autoridad sobre los espíritus no puros.

Les mandó

que nada tomaran para el camino

sino sólo un bastón;

no pan, ni mochila, ni monedas en la faja;

sino que se calzaran sandalias

y que no vistieran dos túnicas.

Les decía:

‘En cualquier lugar (que vayan) y entren en una casa,

permanezcan en ella hasta que salgan de esa población.

Y si algún lugar no los recibe

y no los escuchan,

saliendo de allí,

sacudan el polvo de debajo de sus pies

en testimonio contra ellos’.

Y saliendo

predicaron “kerigmáticamente” que la gente se convirtiera;

y expulsaban a muchos demonios

y ungían con óleo a muchos enfermos,

y los curaban” (Mc 6, 7-13).

 

Contemplación

Tomo algunos puntos del evangelio para que contemplemos con ellos el viaje del Papa.

“Si no los reciben…”

Me decían algunos curas de Roma que el viaje del Papa a América Latina no estaba teniendo mucha repercusión en los medios europeos. Uno interpretaba que no les gusta el lenguaje anti-dinero –“el estiércol del diablo”, dijo Francisco. Aquí toda la preocupación es por Grecia y su posible default. Otro decía que el entusiasmo de la gente es pasajero. ..

Yo sigo el viaje del Papa y la verdad es que viendo a la gente del Ecuador tan querido –que lo cubrió de flores-, viendo el cariño más “hacia adentro” de los bolivianos y la alegría del pueblo paraguayo, creo que esta peregrinación a los países pequeños (desde el punto de vista de la economía mundial), ha tenido una repercusión inmensa en el alma de sus pueblos.

Como vemos en Marcos, el Evangelio se predica en medio de un encuentro: si en un lugar no lo reciben, Jesús dice a sus apóstoles que no se detengan allí. El evangelio es de a dos. Y su constatación, también: la miden los que la viven, no se mide de afuera la “repercusión” que tiene la palabra de Jesús en el corazón de la gente. Por eso mi reacción ante los comentarios de la poca acogida en los medios europeos fue decir: “lástima para ellos…, que se lo pierden” y “felices los pueblos humildes, que se ganan su corazón y el papa el de ellos”.

Al leer la frase de Marcos, acerca de cómo entrar a un pueblo, uno extraña la paz de la que habla Lucas.

Marcos no dice nada de la paz, y dedica bastante a “sacudirse hasta el polvo de las sandalias”. Pero si uno lee con atención queda resaltado lo de la casa en la que entran. Jesús les dice que “se queden en esa casa”, que permanezcan allí, hasta que salgan del pueblo. En contraste con el ambiente público que por ahí no los escucha, están estas casitas donde inmediatamente son acogidos. El evangelio fue contagiándose así: en cada ciudad hubo “casas”, personas concretas, familias, que acogieron a los enviados. Lo público siempre fue variable, por decirlo así. Pienso en los Hechos de los Apóstoles, en “Lidia, de la ciudad de Tiatira, vendedora de telas de púrpura, que adoraba a Dios; y el Señor abrió su corazón para que recibiera lo que Pablo decía” (Hc 16, 14). El evangelio arraiga en corazones “que adoran a Dios”. ¿Quién puede medir estos arraigos? No los medios, ciertamente.

Hay algunas señales, sin embargo, que pueden pasar desapercibidas, pero si se las sabe ver son “clamorosas”. Hay que leer el lenguaje de nuestros pueblos que reciben al papa con mucha paz, con espíritu de oración, con deseo de acogerlo y de recibir su bendición.

Una señal son las flores.

La acogida del pueblo ecuatoriano fue con flores. Estaba mirando el papamóvil, cómo se acercaba por las callecitas al Santuario de la Virgen del Quinche, y de golpe las flores que arrojaba la gente se volvieron como una nevada que se acumulaba sobre el techo y el capot…

El lenguaje silencioso y colorido de las flores es algo muy propio de las antiguas culturas andinas.

Y a Francisco lo ungieron con flores. En el camino al Quinche lo inundaron de pétalos de flores.

Cada manojito de pétalos, fue cuidadosamente deshojado y envuelto en pañuelos en la intimidad de los hogares. El hecho de arrojarlo en un instante, con alguna frase de cariño, al paso del papamóvil, revela más de lo que siente un pueblo que lo que mil páginas de los periódicos puedan decir y opinar. Esas flores, que llenaban el templo y el altar de la Virgen en ramos macizos, esparcidas en millares de pétalos por la calle y cubriendo el papamóvil, daban continuidad a la oración, establecían puente con la vida cotidiana. La misma flor perfuma el santuario, el altarcito hogareño y la calle…

Si alguien no “escucha” el mensaje clamoroso que dio la gente más humilde de un pueblo cuando cubrió de flores el auto y la calle por donde pasó, por unos segundos, el papa Francisco por su vida, hay que dejarlo. Quizás uno no se pueda sacudir el polvo de las sandalias, porque hoy mucha gente vive sobre asfalto, pero hay que irse a los lugares donde la gente “camina sobre flores”. Aquí en Italia hay una costumbre muy linda que se llama “infiorata” –enflorada, diríamos-. Me tocó en Corpus pasar llevando al Santísimo por un cuadro pintado con pétalos de flores que representaba a Jesús Buen Pastor. Solo camina sobre la infiorata el que lleva al Santísimo y luego los chicos de catecismo la “destruyen”. Al caminar sobre las flores uno toma conciencia de lo que pisa y de a Quién lleva en la Custodia y siente el mensaje de las flores: que la Gloria es sólo del Señor y nosotros podemos “recibir” la que nos de cómo regalo, pero nunca pretender poseerla. Allí está el secreto de la belleza efímera de las flores, que se dan enteras en perfume y color, sin guardarse nada para el otro día. Así recibió el pueblo ecuatoriano al Papa, dándole su corazón en flores.

El deseo de la bendición es otra señal.

La gente quiere recibir la bendición del Papa. Así cantaban los niños afuera del Hogar de ancianos de las misionera de la Caridad, en Quito: “queremos bendición, queremos bendición”. El Papa dijo que le impresionaba cómo pedía la bendición el pueblo ecuatoriano “Si hasta las guaguas juntan las manitos…!”. Y la respuesta a esas bendiciones fueron los abrazos, especialmente los de los chicos.

A Francisco, en Bolivia, lo ungieron con los abracitos de los niños.

En la cárcel-pueblo de Palmasola (una de las más violentas de América Latina) los testimonios de tres reclusos –dos hombres y una mujer- fueron desgarradores.

La sensación, cuando terminaron de hablar fue extraña. Cómo quien dice “y ahora qué hacemos”. Hubo un momento de silencio antes de que hablara el Papa, que estaba conmovido, y en eso, una de las dos nenas que estaban sentaditas a sus pies, se levantó sin motivo aparente, movida desde adentro por su angelito de la guarda, y le fue a dar un abrazo. El papa respondió al abracito con unas palmadas, pero ella se le quedó un rato, ostensiblemente, y de golpe, así como fue se volvió. Lo consoló, claramente.

Siempre me acuerdo de una vez que charlábamos en Buenos Aires: habían salido varias cosas tristes –un cura que había dejado…- y al final de la charla él me dijo: cuando vienen estas malas noticias “hay que consolarse con la gente buena”. Eso sentí con la nena: que ante algunos males el Señor no tiene respuesta, pero te manda un angelito que te consuela con su bondad. Estos intercambios entre el papa y los pueblos son “evangelios vivientes”, porque la gente “lee” estos signos y sabe que Jesús les está hablando “para que se conviertan” como dice Marcos.

Este “incluirlo” al Papa, con flores y abrazos, es el gesto noble y agradecido del que se siente incluido.

Los espíritus no limpios (akataros), son otra señal

Otra señal impresionante, si se quiere ver, es cómo “limpia” Francisco las situaciones más ambiguas y contrastantes. Digo esto para que uno mire e interprete con sus propios ojos lo que el Espíritu obra cuando el Papa se pone en medio de gente y de situaciones complejas. La gente que se guía por lo que “escriben” los medios me da mucha pena. Sobre todo porque uno puede “ver” en directo las cosas y no la interpretación que le dan.

Pongo como ejemplo una situación única, para mí, que se crea por un momento ( y que tiene algo de juicio final), cuando uno de los presos cuenta su vida, cómo era apegado a su mamá, cómo comenzó a trabajar a los once añitos para ayudar a su familia y a ahorrar guardando algo de su platita enterrándola en el patio de su casa. Cómo este ahorro digno se le volvió exagerado y de alguna manera tuvo que ver con que fuera cómplice de un delito que lo llevó a la cárcel. Una cárcel donde se había convertido en delegado querido por todos. El preso contaba, reconocía, pedía perdón, denunciaba la corrupción y pedía trato más digno. Y lo escuchaba en silencio el Papa, sus carceleros, las autoridades, los otros presos… Por ahí se entusiasmó un poco con su relato y le dijeron al oído que abreviara. Y abrevió sin problemas.

¿No es para destacar que alguien como el Papa vaya a ese pueblo-cárcel perdido y su presencia logre que se escuchen los más enfrentados?

El Papa después “contuvo” todo al decir: “Uds. se preguntarán quién es el que está ante ustedes. Y les digo que el que está ante ustedes es un hombre perdonado”.

Francisco se mete allí donde el mal espíritu alborota, confunde, divide y embarra todo y lo limpia con su presencia. Esto no es algo “humano”. El se mete y el Señor “contiene” a la gente. Es notable cómo han cambiado los que antes tenían el encargo de cuidarlo y lo querían blindar y alejar de la gente. El evangelio “contiene” los espíritus desbordados, limpia las intenciones torcidas, purifica los deseos desordenados, encamina las buenas intenciones. Esto también es clamoroso.

Termino aportando dos poemas que iluminan el corazón del que inspiró esa cruz “escandalosa” que Evo le regaló al Papa. Son del jesuita Luis Espinal, asesinado en Bolivia en el 80. El había hecho el boceto de ese Cristo sobre una hoz y un martillo y era expresión de un deseo de dialogar con todos los que defendían a los más pobres.

Más allá de las ideas políticas de cada uno, hace bien saber que los que ordenaron su muerte, el dictador Meza Tejada y su ministro Arce Gómez, no solo defendían ideas políticas sino que tenían vínculos con el narcotráfico. Arce Gómez está todavía preso en Bolivia, y Meza Tejada fue juzgado y condenado por violación de los derechos humanos en 1993.

Quién fue Espinal puede verse por cómo dio la vida.

También se puede entrever algo de su corazón por sus filmes a favor de los humildes (era director de cine) y por poemas como estos… (Pero esto es solo para los que eligen juzgar por sí mismos acerca de la calidad de las personas y no por lo que le dicen aquellos medios que viralizan sin investigar ni un poco la imagen de una “cruz comunista”).

Señor Jesucristo,
nos da miedo gastar la vida.
Pero la vida Tú nos la has dado para gastarla; no se la puede economizar en estéril egoísmo.

Gastar la vida es trabajar por los demás, aunque no paguen,
hacer un favor al que no va a devolverlo; gastar la vida es lanzarse aun al fracaso, si hace falta, sin falsas prudencias;

es quemar las naves en bien del prójimo. (…)

Gastar la vida
no se hace con gestos ampulosos,
y falsa teatralidad.
La vida se da sencillamente,
sin publicidad, como el agua de la vertiente, como la madre da el pecho a su wawa, como el sudor humilde del sembrador. (…)

……………..

El futuro es un enigma,
nuestro camino se interna en la niebla; pero queremos seguir dándonos, porque Tú estás esperando

Con nuestros cuerpos aún en la brecha, y con el alma rota,
te gritamos un primer «hurra»,
hasta que se desencadene la eternidad.

Tu dolor ya pasó;
tus enemigos han fracasado antes de nacer. Tú eres el Rey de la sonrisa definitiva. (…)

Marchamos detrás de Ti,
por una calzada de eternidad. Tú estás con nosotros
y eres nuestra inmortalidad.

Señor triunfador de los siglos,
quita todo rictus de tristeza
de nuestros rostros.
No estamos embarcados en un azar; la ultima palabra ya es tuya.

Más allá́ del crujir de nuestros huesos,
ya ha empezado el «Aleluya» eterno. Que las mil gargantas de nuestras heridas se sumen ya a tu salmodia triunfal.

Diego Fares sj

Domingo 14 B 2015

Ser gente que confía

 Jose-el-carpintero

Jesús salió de allí y vino a su pueblo y sus discípulos lo acompañaban.

Cuando llegó el Sábado comenzó a enseñar en la sinagoga

y los más de los que lo escuchaban estaban asombrados y decían:

-¿De dónde (saca) este estas cosas? y ¿qué es la sabiduría esta que le ha sido dada? ¿y estos milagros (dynamis) que por sus manos se realizan? ¿No es este el carpintero, el hijo de María, y el hermano de Jacob y de José y de Judas y de Simón? Y no se hallan sus hermanas aquí entre nosotros? Y se escandalizaban de él.

Jesús les dijo:

– No hay profeta desprestigiado si no es en su patria y entre sus parientes y en su casa.

Y no podía obrar milagro alguno salvo que a unos pocos enfermos, imponiéndoles las manos, los curó.

El se admiraba de su incredulidad.

Y recorría las aldeas en torno enseñando (Marcos 6, 1-6).

Contemplación

Escepticismo, no-fe, incredulidad.

Esa es la palabra que nuclea lo que narra Marcos de la vuelta de Jesús a su patria.

Veamos un poco este escepticismo tal como lo describe Marcos. Es una actitud muy pos moderna, pero se ve que viene de antiguo.

Lo primero que podemos contemplar es que este escepticismo causa admiración al Señor: “El se admiraba de su in-credulidad”. A veces nos sucede que asistimos a algún hecho que nos conmueve profundamente, algo que nos hace recuperar la fe en la raza humana, por así decirlo, y vemos que otros a nuestro lado son testigos de lo mismo pero no los toca, los deja indiferentes o con una cara de: “está bien, pero no es para tanto…”.

Lo que quiero rescatar es esa base mínima de escepticismo, de no entusiasmo ante el bien, ese poner el bien entre paréntesis que contrasta con la actitud de fe.

La fe es todo lo contrario, la fe se deja ensanchar el corazón por el bien, hace que nos impliquemos, nos vuelve sensibles, nos toca el corazón.

Decía alguien que no hace falta mucha fe, porque la fe necesita ser completada y siempre es el Señor el que la completa, sea mucha o poca.

También en las relaciones humanas, la confianza es de a dos y se completa entre dos. Con los niños, la experiencia es clara: a veces los chicos chiquitos desconfían de un adulto y si este se los gana un poquito, con algún juego o algún regalito, los niños abren todo el corazón y se confían plenamente. Necesitan verse envueltos en un manto de cariño que los hace confiar y abrirse sin temores.

Quizás por eso es que Jesús “no puede creer que no crean”, que no se abran ni un poquito a sus regalos: el regalo de su sabiduría, el regalo de sus milagros. Es tanto lo que les está dando. Un día dirá: si no me creen a mí crean a las obras que hago.

Al Señor le dolía la falta de fe, no tanto por él sino por los desconfiados. Se perdían las maravillas que él hace con los que confían en su bondad.

De aquí podemos sacar la primera lección para nuestra vida: la fe es una cuestión definitiva, una actitud última, que define la calidad de lo que somos.

O tenemos fe – poquita o mucha, pero tenemos- o somos gente sin fe.

O confiamos o no confiamos.

O andamos por la vida con el sentido de la fe atento a los signos del Señor o salimos a la calle dispuestos a confirmar nuestro escepticismo.

Vamos sumando razones para creer o multiplicamos argumentos para no confiar.

Somos de los que dicen: “qué grande es esto que estamos viendo” o “vamos a ver cómo termina esto, si no es más de lo mismo”.

Escuchemos los argumentos de los paisanos de Jesús, cuáles son sus razones para el escepticismo.

La primera frase es demoledora: “de donde este estas cosas”. Nuestro maestro Fiorito, cuando en la dirección espiritual escuchaba que llamábamos “este” a algún compañero, reaccionaba inmediatamente: decía riendo “estás tentado”. No digamos nada si uno calificaba al otro con alguna palabra ofensiva. Pero bastaba el desprecio que deja entrever decir “este” o “este tipo”.

Para los vecinos de Jesús “este” significaba “el carpintero, el hijo y de María”. Ya hay algo turbio que el pueblo se ve que tenía callado o comentaba en voz baja y que ahora se vuelve explícito. Jesús no es el hijo de José y de María sino sólo el hijo de María. La historia de la concepción de Jesús se ve que no tenía nada de evangelio y sí mucho de chusmerío. Lo habían aceptado como “el carpintero”, pero ahora que les venía “con estas cosas” de milagros y enseñanzas, les salió toda la hiel que tenían guardada. De donde este estas cosas.

Vemos que el escepticismo clasifica bien: cada cosa en su lugar, cada persona en su rol. Y por eso no puede creer, aunque lo esté viendo, que de algunos “tipos” de persona pueda salir algo bueno o extraordinario.

Como se pronunció el nombre de María, podemos pasar en nuestra oración a mirar a la madre de Jesús y a ver en ella la actitud de fe totalmente distinta (no digo contraria porque la fe es algo único, hermoso, no se define por ser contraria al escepticismo, que es una actitud de porquería, como vemos en los paisanos del Señor).

María es la que ve las maravillas que Dios hace en nuestra pequeñez. En su propia pequeñez y en la del pueblo fiel. Ella confía en todos sus hijitos y sabe ver lo bueno de cada uno mejor que nadie. Y Jesús, siendo Dios, quiso aprender de su madre este modo de confiar en la gente.

No es a pesar de ser el hijo de María que Jesús hace maravillas sino precisamente por serlo. De María y de José, de quienes aprendió a creer. Me gusta pensar que así como él les enseñó a ellos a creer en el Padre y en “las cosas de su Padre”, ellos le enseñaron a creer en la gente. En sus padres Jesús aprendió a confiar en lo mejor de la humanidad, en lo que es capaz de llegar ser un corazón humano, sencillo como el corazón de José, puro y limpio como el corazón de María. Ellos le enseñaron a confiar en la gente, que, como sus vecinos, es capaz de mezquindades pero también de gran generosidad.

Pasemos un momento a “las cosas” que realiza Jesús. De donde las saca, se preguntan. Y esta es la clave de la fe: darse cuenta de que las saca de su buen corazón, de su querer bien a la gente, de su deseo de dar la vida. La fe no es constatar un hecho milagroso midiendo científicamente su grado de probabilidad sino constatar que los frutos buenos nacen de un corazón bueno y creer en la Persona que obra así, de corazón. La fe es personal. Por eso Jesús preguntaba “quién” me ha tocado cuando la hemorroisa le tocó el manto. Quería saber quién, no tanto por qué. La fuerza curativa, el milagro, salió solo directo a la enfermedad, pero los ojos de Jesús querían encontrarse con los ojos de la que así confiaba en él. Porque la fe es cuestión de amor. Así como la cara externa del amor se traduce en obras y gestos, la cara interna consiste en la fe y la esperanza que hacen que el que ama se amolde al pensamiento y a los tiempos y modos de aquel en quien confía y espera.

Y de aquí podemos comprender cómo hay otra tentación contra la fe. Hay algunos que creen tanto en “las cosas” que hace y dice Jesús, que se olvidan de su persona. No son escépticos, todo lo contrario. Dicen: esto que Jesús dijo es una verdad absoluta. Este signo sacramental que Jesús realizó tiene poder salvífico pleno. Por tanto, hay que cuidar que no se desdibuje para nada la verdad y que se conserve la pureza del sacramento. Cuidan esto de tal manera que no hay nada más que decir ni ningún camino a recorrer. Olvidan que Jesús no tiene miedo en dialogar con todos y de ir revelando sus verdades paso a paso, como hizo con Nicodemo y con la Samaritana. Olvidan que si uno se acerca a Jesús y lo toca no lo vuelve impuro, al contrario, se purifica a sí mismo. Lo cual no quita que luego tenga que iniciar o reiniciar un camino de santificación en el que siempre se puede dar un pasito más.

Mientras los escépticos y los integristas discuten en torno a “las cosas”, los creyentes nos tomamos de la mano de Jesús y nos vamos en su seguimiento a esas “otras aldeas” adonde él salía a predicar. Hay tanta gente buena que tiene ganas de creer en Alguien como Jesús que no hay que perder el tiempo con los escépticos ni con los fundamentalistas.

Decía el Papa Francisco en la Audiencia del 13 de Mayo de 2013:

“Vivimos en una época en la que se es más bien escéptico respecto a la verdad. Benedicto XVI habló muchas veces de relativismo, es decir, de la tendencia a considerar que no existe nada definitivo y a pensar que la verdad deriva del consenso o de lo que nosotros queremos. Surge la pregunta: ¿existe realmente «la» verdad? ¿Qué es «la» verdad? ¿Podemos conocerla? ¿Podemos encontrarla? Aquí me viene a la mente la pregunta del Procurador romano Poncio Pilato cuando Jesús le revela el sentido profundo de su misión: «¿Qué es la verdad?» (Jn 18, 38). Pilato no logra entender que «la» Verdad está ante él, no logra ver en Jesús el rostro de la verdad, que es el rostro de Dios. Sin embargo, Jesús es precisamente esto: la Verdad, que, en la plenitud de los tiempos, «se hizo carne» (Jn 1, 1.14), vino en medio de nosotros para que la conociéramos. La verdad no se aferra como una cosa, la verdad se encuentra. No es una posesión, es un encuentro con una Persona”.

Diego Fares sj