Domingo 13 B 2015

Los que nos tocan el manto

 IMG_0314

 

En aquel tiempo, Jesús atravesó de nuevo en barca a la otra orilla, se le reunió mucha gente a su alrededor, y se quedó junto al lago. Se acercó un jefe de la sinagoga, que se llamaba Jairo, y, al verlo, se echó a sus pies, rogándole con insistencia: –Mi niña está en las últimas; ven, pon las manos sobre ella, para que se cure y viva. Jesús se fue con él, acompañado de mucha gente que lo apretujaba. Había una mujer que padecía flujos de sangre desde hacía doce años. Muchos médicos la habían sometido a toda clase de tratamienos, y se había gastado en eso toda su fortuna; pero en vez e mejorar, se había puesto peor. Oyó hablar de Jesús y, acercándose por detrás, entre la gente, le tocó el manto, pensando que con sólo tocarle el vestido curaría. Inmediatamente se secó la fuente de sus hemorragias, y notó que su cuerpo estaba curado. Jesús, notando que había salido fuerza de él, se volvió en seguida, en medio de la gente, preguntando: – ¿Quién me ha tocado el manto? Los discípulos le contestaron: –Ves como te apretuja la gente y preguntas: «¿Quién me ha tocado?» Él seguía mirando alrededor, para ver quién había sido. La mujer se acercó asustada y temblorosa, al comprender lo que había pasado, se le echó a los pies y le confesó todo. Él le dijo: –Hija, tu fe te ha curado. Vete en paz y con salud. Todavía estaba hablando, cuando llegaron de casa del jefe de la sinagoga para decirle: –Se ha muerto. ¿Para qué molestar más al maestro? Jesús alcanzó a oír lo que hablaban y le dijo al jefe de la sinagoga: –No temas; basta que tengas fe. No permitió que lo acompañara nadie, más que Pedro, Santiago y Juan, el hermano de Santiago. Llegaron a casa del jefe de la sinagoga y encontró el alboroto de los que lloraban y se lamentaban a gritos. Entró y les dijo: – ¿Qué estrépito y qué lloros son éstos? La niña no está muerta, está dormida.

Se reían de él. Pero él los echó fuera a todos y, con el padre y la madre de la niña y sus acompañantes, entró donde estaba la niña, la cogió de la mano y le dijo: –“Talitha qumi” (que significa: contigo hablo, niña, ponte en pie. La niña, que ya tenía doce años, se puso en pie inmediatamente y comenzó a caminar. Y se quedaron viendo visiones. Jesús les insistió en que nadie se enterase; y les dijo que dieran de comer a la niña (Mc 5, 21-43).

 

Contemplación

El de hoy es uno de esos “evangelios dobles”, en el que dos hechos de Jesús quedaron unidos para siempre. Vaya uno a saber si la hemorroisa fue después a casa de Jairo a ver a la pequeña o si le contaron a la nena que el mismo día en que Jesús la curó a ella también curó a otra señora que estaba enferma. Yo estoy seguro que sí, porque las víctimas se juntan. O al menos eso nos enseñó Jesús, que cualquiera que esté en situación de necesidad es nuestro prójimo y nos tenemos que juntar con todos los que sufren y nos necesitan.

Los dos milagros se pueden contemplar desde la perspectiva de fe de Jairo y de la mujer. Jairo ve que su hijita se le muere y se va a buscar –desesperado- a Jesús. La fe es el último recurso. La hemorroisa siente lo mismo, aunque sea más tímida y su situación no trascienda, ha probado muchos médicos y siente que va cada vez peor. La fe en Jesús que pasa es su último recurso. Una cosa común en estas dos personas es que no dejan que nada se interponga entre su fe y Jesús. La multitud no impide a la Samaritana que le toque el manto. Los anuncios de que la hija ya está muerta y las burlas de la gente no impiden que Jairo entre con Jesús a la pieza y tenga fe. Es la fe a pesar de la vergüenza y a pesar de los miedos: “vos no tengas miedo, basta que creas”.

 

Antes de venir a Argentina tenía ganas de ver un momento al Papa, que me había preparado rosarios bendecidos para traer y un regalo para mi madre. Me llamó para disculparse porque no tenía tiempo material y entonces me fui a verlo a un retiro que daba a los sacerdotes en San Juan de Letrán. Hago un excurso: esto del tiempo material en el papa es real. Hay veces que uno no tiene tiempo sicológico, que no le da para atender a una persona más o hacer otra tarea. Por lo que he visto en este tiempo Francisco se brinda sin guardarse nada y si a uno no lo ve en medio de la multitud es porque solo tiene dos ojos y está mirando al de al lado. Cuando lo veo entre la gente me da la impresión del Señor yendo a la casa de Jairo que se detiene con la hemorroisa, el tiempo que ella necesita para confirmarse en la fe, y luego sigue. Ni le dice ahora no puedo porque tengo un milagro más importante, ni se detiene demás a atender a la gente que “se aviva” que puede tocarle el manto… Volviendo al retiro del Papa…; como no me había inscripto por mail, pedí entrada solo para ese día y la llamé a una amiga que estaba adentro, en la organización, para que me viniera a buscar y así poder estar más cerca. Pero como llegué sobre la hora ella ya estaba recibiendo al Papa que entraba por un costado de la Basílica en ese momento, así que quedé entre la multitud de curas. Me fui colando de a poquito hasta estar casi en primera fila por donde pasaba, pero lo apretaban por todos lados y no me vio. Al ver que se me iba, me fui por detrás y le toqué la espalda con un saludo. Quedé medio desilusionado pero después me acordé de este pasaje y me llenó de alegría.

Ayer, saludando a los que hacen fila a la mañana para entrar al Hogar, se me completó la parábola. Después de misa fuimos caminando con Susana, como hacíamos siempre, y el saludo verbal a los de la fila esta vez fue con apretón de manos. Como el primero me dio también un beso, fue con abrazo y beso a los demás. Me emocionó uno que me abrazo, me dio un beso, luego me alejó un poco para mirarme a los ojos mientras me tenía la mano y me dijo: padre Diego, ¡un saludo… profundo! Eso le salió:  un saludo profundo. Me quedó resonando todo el día y se lo contaba a Juan que como le encantó, enseguida dijo riendo: con eso podés escribir una contemplación (como que yo escribo una contemplación con cualquier cosa…; lo cual es motivo de cargadas y a la vez un elogio muy lindo y “profundo”, porque el evangelio es una colección de detalles de Jesús, no?). Un saludo profundo. Comentábamos que no es un adjetivo habitual para saludo. Un dice un saludo cordial o un saludo cariñoso… Como que el saludo es pasaje: introducción para un encuentro, que puede ser profundo, o despedida que, si es de una persona querida que se va por un tiempo largo, hace que el saludo sea con un abrazo más estrecho. Pero nadie lo explicita. Nadie, salvo alguien que es pobre y no tiene muchas oportunidades de charlar con el cura. Lo ve pasar estando él en la fila, lo ve en medio de las tareas…, y sólo tiene un momento –como la hemorroisa-. Y lo aprovecha. Y dice esa frase que, en medio de tantísimas expresiones de cariño que un escucha, se queda grabada como un evangelio en lo profundo del corazón. Porque hay que ser también, además de humilde, muy simple y de  verdad sentir un cariño profundo, para animarse decirle a otro que uno le está dando un saludo profundo.

Estas personas que tocándonos el manto nos tocan el corazón, nos enseñan a actuar con Jesús. Van juntas las dos cosas: saber tocarle el manto a Jesús, con el deseo de que se de cuenta y nos atienda, y sentir cuando alguien nos toca apenas el manto para hacernos prójimos en el momento y no pasar de largo. Tocar el manto es mirar a los ojos hasta que uno hace contacto, es detenerse un momento más hasta que el otro siente que nos acompasamos a su tiempo, es acercarse a la situación hasta que el otro siente que entramos en el espacio donde habita y siente… Jesús nos enseña a hacerlo en medio de una ciudad y entre la gente. La hemorroisa y Jairo, que lo van a buscar e interactúan con él, Jairo llevándolo a su casa, la mujer haciéndose notar apenas con un leve tironcito, nos enseñan a cultivar deseos profundos de encuentro en nuestra oración, de modo que, cuando se da la oportunidad, nosotros estamos con todos los sentidos despiertos para “comunicarnos con Jesús”. En una fe que brota de este amor y a la que Jesús cuida con mucha determinación. Valorándola: Mujer, tu fe te ha sanado. Y defendiéndola: Vos no temas, basta que tengas fe.

Los dejo aquí con un saludo profundo.

Padre Diego

 

 

 

 

Domingo 12 B 2015

Laudato si

Un día, al atardecer, dijo Jesús a sus discípulos: —«Vamos a la otra orilla.» Dejando a la gente, se lo llevaron en barca, como estaba; otras barcas lo acompañaban. Se levantó un fuerte huracán, y las olas rompían contra la barca hasta casi llenarla de agua. Él estaba a popa, dormido sobre un almohadón. Lo despertaron, diciéndole: —«Maestro, ¿no te importa que nos hundamos?» Se puso en pie, increpó al viento y dijo al lago: —«¡Silencio, cállate!» El viento cesó y vino una gran calma. Él les dijo: —«¿Por qué sois tan cobardes? ¿Aun no tenéis fe?» Se quedaron espantados y se decían unos a otros:  —«¿Pero quién es éste? ¡Hasta el viento y las aguas le obedecen!»  (Mc 4, 35-40).

 

Contemplación

Con la alegría de la Encíclica de Francisco, Laudato Si, comenzamos la contemplación mirando al Jesús que calma la tormenta y le decimos, junto con todas las criaturas: Alabado y Bendecido seas, mi Señor.

Jesús encarna a ese Dios misterioso que le hablaba a Job desde la tormenta. Se le había revelado, en medio de sus clamores y sufrimientos, como el Dios que pone un límite al mar. Le decía:

—«¿Quién cerró el mar con una puerta, cuando salía impetuoso del seno materno, cuando le puse nubes por mantillas y nieblas por pañales, cuando le impuse un límite con puertas y cerrojos, y le dije: «Hasta aquí llegarás y no pasarás; aquí se romperá la arrogancia de tus olas»?»

Pero era un Dios demasiado grande, demasiado poderoso. Un Dios al que no se le podía ver el rostro sin morir.

Jesús, su Hijo amado, nos lo volvió cercano. Un Dios que duerme en nuestra barquita…

El sentimiento con el que podemos rezar hoy nos lo da el salmo 106: Damos gracias al Señor porque es eterna su misericordia.

El Papa nos invita a mirar la creación con la ternura del Padre que ama todo lo que ha creado. Uno puede “ascender de las obras creadas a su Misericordia amorosa” (LS 77).

Una de las cosas más conmovedoras de “Alabado seas”, es el cariño con que nos hace ver la “relación íntima entre los pobres y la fragilidad del planeta”. La imagen de la tierra –“nuestra Casa común”- es la de un ser frágil, necesitado de cuidado, como los seres humanos más pobres y pequeños.

Francisco le pone rostro a la ecología: el rostro de los pobres, que es el Rostro de Cristo. Así, la belleza del Universo, que es terrificante al mismo tiempo que gloriosa, adquiere el Rostro de Cristo y eso ayuda a que cada hombre encuentre su puesto de servicio en el planeta. No estamos abandonados como los apóstoles y los inmigrantes en un barcón a merced de las tormentas del mar. Jesús duerme en nuestra barca, sobre un almohadón, y El es alguien a quien hasta el viento y el mar le obedecen.

Así la Encíclica nos devuelve el rostro cristológico de la tierra: la creación es de Cristo y “lo que es de Cristo –como dice Pablo- es una creatura nueva”. La creación, gracias a la Eucaristía, se transforma en ofrenda para convertirse en Cuerpo de Cristo.

Y a nosotros nos renueva y amplía la misión. La frase del Señor: “Lo que le hiciste al más pequeño de mis hermanos, a mi me lo hiciste”, se extiende a todos los seres creados, al hermano sol y a la hermana agua, al hermano viento y a nuestra hermana madre tierra, como nos enseñó san Francisco.

Así, contemplando al Señor Jesús en todas las cosas, como quería Ignacio, nos descubrimos distintos: no consumidores de un mundo que “se consume”, sino servidores de una creación que clama por nuestra ayuda, que nos necesita para mantenerse y desarrollarse y dar gloria a su Creador con nuestra voz.

Podemos sentir con Pablo cómo “nos apremia el amor de Cristo”. Nos apremia a amar a los pobres y al planeta, a cuidar de ambos con la misma pasión.

El Papa nos dice que:“No se trata de hablar tanto de ideas, sino sobre todo de las motivaciones que surgen de la espiritualidad para alimentar una pasión por el cuidado del mundo”.

“Porque no será posible comprometerse en cosas grandes sólo con doctrinas sin una mística que nos anime, sin « unos móviles interiores que impulsan, motivan, alientan y dan sentido a la acción personal y comunitaria»” (LS 216).

Esta mística de “conexión  con el propio cuerpo, con la naturaleza y con las realidades de este mundo” es propiamente cristiano.

Con esta mística, podemos ver con ojos nuevos pasajes del evangelio como el de hoy. Jesús calma la tormenta no para “pasar a otra cosa”, como si el hecho fuera anecdótico y exclusivo suyo. Las capacidades tecnológicas que hoy tenemos las podemos poner al servicio de tareas como “calmar los vientos y poner límite al océano”. En vez de “dominar la tierra” como si fuéramos sus dueños, nos podemos “enseñorear” de ella, sirviéndola para calmarla, ordenarla, limitar sus descontroles, mejorar sus potencialidades.

La clave está, antes que nada, en sentirnos creaturas –iguales a todas las demás en nuestra pobreza más radical, la de recibir la existencia de manos de Otro, de nuestro Padre Creador.

Luego, con esta alegría y hermandad creatural, la otra clave está en sentirnos servidores, como Cristo, que siendo Dueño se hizo servidor. Servidor de su propia creación.

No es que tengamos que servir porque no somos los patrones sino los empleados. Servir es una actitud libre que nace del Amor, es una actitud gozosa, no algo de lo que uno se tiene que librar para luego dominar. Es un gozo para el amigo servir a sus amigos, para la madre servir a su familia, para el que trabaja servir a su empresa y a su patria.

El Señor que calma la tormenta es el mismo que transforma el agua en vino y con saliva y barro abre los ojos al ciego; es el mismo que se enoja con la higuera que no da frutos y se alegra de que los lirios del campo se vistan de hermosura y de que los pajaritos encuentren alimento. Sabe distinguir lo que es trigo de lo que es cizaña y también sabe esperar los tiempos de la naturaleza antes de intervenir. Conoce la sicología de las ovejas, de los lobos, de las palomas y de las serpientes y sabe cómo se mueven los cardúmenes en el lago. Conoce el tiempo, cuándo va a llover y es Hijo del Dios que hace salir el sol y da la lluvia a malos y buenos.

El contacto del Señor con la naturaleza está integrado con la vida social y espiritual de su pueblo. Es por este lado que va la invitación del papa en su Encíclica: por el lado de una ecología integral, que cuide el ambiente, a los pobres, las culturas y las instituciones sociales y políticas y la espiritualidad.

Terminamos hoy con las dos hermosas oraciones con que Francisco termina su Encíclica. El la califica de “dramática y gozosa”. Creo que podemos agregar: clara, fresca, descontaminante, positiva, sabia, linda, alegre y comprometedora. Una Encíclica que no solo habla de ecología sino que es ecológica.

Oración por nuestra tierra

Dios omnipotente,

que estás presente en todo el universo

y en la más pequeña de tus criaturas,

Tú, que rodeas con tu ternura todo lo que existe,

derrama en nosotros la fuerza de tu amor

para que cuidemos la vida y la belleza.

Inúndanos de paz, 

para que vivamos como hermanos y hermanas

sin dañar a nadie.

Dios de los pobres,

ayúdanos a rescatar

a los abandonados y olvidados de esta tierra

que tanto valen a tus ojos.

Sana nuestras vidas,

para que seamos protectores del mundo

y no depredadores,

para que sembremos hermosura

y no contaminación y destrucción.

Toca los corazones

de los que buscan sólo beneficios

a costa de los pobres y de la tierra.

Enséñanos a descubrir el valor de cada cosa,

a contemplar admirados,

a reconocer que estamos profundamente unidos

con todas las criaturas

en nuestro camino hacia tu luz infinita.

Gracias porque estás con nosotros todos los días.

Aliéntanos, por favor, en nuestra lucha

por la justicia, el amor y la paz.

 

Oración cristiana con la creación

Te alabamos, Padre, con todas tus criaturas,

que salieron de tu mano poderosa.

Son tuyas,

y están llenas de tu presencia y de tu ternura.

Alabado seas.

Hijo de Dios, Jesús,

por ti fueron creadas todas las cosas.

Te formaste en el seno materno de María,

te hiciste parte de esta tierra,

y miraste este mundo con ojos humanos.

Hoy estás vivo en cada criatura

con tu gloria de resucitado.

Alabado seas.

Espíritu Santo, que con tu luz

orientas este mundo hacia el amor del Padre

y acompañas el gemido de la creación,

tú vives también en nuestros corazones

para impulsarnos al bien.

Alabado seas.

Señor Uno y Trino,

comunidad preciosa de amor infinito,

enséñanos a contemplarte

en la belleza del universo,

donde todo nos habla de ti.

Despierta nuestra alabanza y nuestra gratitud

por cada ser que has creado.

Danos la gracia de sentirnos íntimamente unidos

con todo lo que existe.

Dios de amor,

muéstranos nuestro lugar en este mundo

como instrumentos de tu cariño

por todos los seres de esta tierra,

porque ninguno de ellos está olvidado ante ti.

Ilumina a los dueños del poder y del dinero

para que se guarden del pecado de la indiferencia,

amen el bien común, promuevan a los débiles,

y cuiden este mundo que habitamos.

Los pobres y la tierra están clamando:

Señor, tómanos a nosotros con tu poder y tu luz,

para proteger toda vida,

para preparar un futuro mejor,

para que venga tu Reino

de justicia, de paz, de amor y de hermosura.

Alabado seas.
Amén.

 

Domingo 11 B 2015 Corazón de Jesús

No defenderse, dejarse llevar

IMG_0071saC_iglsaGesu_Rma copia

En aquel tiempo decía también Jesús a la gente…

Así sucede con el reino de Dios como con un labrador que hecha semilla en la tierra; duerma o se levante, de noche o de día, el grano brota y crece, sin que él sepa cómo. La tierra da el fruto automáticamente: primero los tallitos de hierba, luego la espiga, después el trigo pleno en la espiga y cuando el fruto está a punto se mete la hoz porque ha llegado la siega.

Decía también: ¿a qué compararemos el reino de Dios o con qué parábola lo expresaremos? Con el reino sucede como con un grano de mostazas que cuando se siembra en la tierra es más pequeño que cualquier semilla que se siembra en la tierra, pero una vez sembrado crece y se hace mayor que todas las hortalizas y echa ramas tan grandes que las aves del cielo pueden anidar a su sombra.

Y les anunciaba la Palabra con muchas parábolas como éstas, acomodándose a su capacidad de entender y no les hablaba sino en parábolas, pero a sus propios discípulos se lo explicaba todo cuando estaban entre ellos (Mc 4, 26-33).

Contemplación

Nuestra Iglesia del Gesù, la Iglesia madre de todas las iglesias de la Compañía, está dedicada al Corazón de Jesús. Hay dos imágenes, la del altar mayor –de serena grandeza-, que sólo se muestra durante el mes de junio, y la que está en la Capilla lateral. La grande me encantó siempre (quizás porque no la exponían todo el año): es un Jesús reconcentrado, que atrae hacia sí a todos con su mansedumbre llena de majestad. De la otra no me gusta mucho el rostro imberbe del Señor, pero el Corazón está ofrecido en un solo gesto: el de su mano derecha, llagada, y en el de su mano izquierda que se adelanta a darlo entero y vivo.

El evangelio de hoy ilumina el modo de darse del Señor, que es como el de quien se siembra. Un darse desplegado a lo largo de toda mi vida, con algunos momentos puntuales, de los que tengo más conciencia –la primera comunión, los ejercicios del Noviciado, la ordenación…-, pero sostenido a lo largo de ese proceso de vida que narra la parábola: el Señor me ha dado su corazón: “como un labrador que hecha la semilla en la tierra, y mientras yo dormía o me levantaba, de noche o de día, ese grano de trigo, es Corazón brotó y creció, sin que yo supiera cómo. Y da fruto”. El caminito que indica la parábola –con mucha sencillez- es el de los frutos. Hey, tomá conciencia. Si has dado fruto es que Él sembró. Y no una semilla como otras, sino su Corazón. La imagen del Corazón es muy fuerte y tiende a “cosificarse”. Uno la gusta cuando vive la experiencia de alguien que se le entrega y confía y usa las palabras “de corazón”. Pero el corazón está oculto en el pecho y, si en ciertos momentos se hace notar, es para volver luego a lo íntimo, que es donde trabaja a gusto. El corazón a veces late un poco más fuerte, pero para que uno sepa que está latiendo siempre, acompasadamente. Y si es sanador conectarse con el propio corazón –mirar sintiendo, pensar discerniendo las mociones que inquietan de las que dan paz, imaginémonos por un momento lo sanador que es conectarnos con el Corazón de alguien como Jesús. El primer sentimiento que me viene es de frenar un poco (por miedo). Las ideas comunes: “debe andar a mil”, “debe estar muy ocupado”… Basta ponerle palabras para que se disuelvan. “Vengan a mi, que soy manso y humilde de corazón”. Nada más acompasado y “desocupado” que el corazón del Señor. Ahí sí que cabemos todos. El universo con sus miles de millones de galaxias puede compararse con la expansión de uno sólo de sus latidos, y el primer latido del corazoncito de un bebé, es idéntico al Suyo, en el instante en que quiso comenzar a latir junto al Corazón de su Madre. No hay que tenerle miedo ni demasiado respeto. Debería darnos miedo “pensar” como Dios, no “sentir” como Él. Y sin embargo… Hay gente que dice: Dios dijo esto y Dios piensa aquello. Toman dos palabras de la Biblia y algo de algún concilio y se creen que ya saben cómo piensa Dios. Esto es un despropósito. Como uno vive dentro de sus pensamientos y experimenta la capacidad expansiva de las ideas, se suele entusiasmar. Pero basta salir a la calle y escuchar un poco a la gente para darse cuenta de que cada uno piensa lo mismo de sus ideas y de las de su grupo y le resultan iguales o mejores que las ideas de uno. Pero esto no hay que explicarlo mucho. El que racionalmente no juzga que sus ideas son limitadísimas (aunque use las del evangelio y las de los dogmas) para iluminar la realidad, no hay con qué darle. De las ideologías y los dogmas sólo se sale por propia decisión. El número de cabezazos contra la pared que requiere depende del gusto y de la resistencia (de tú cabeza, se entiende).

Sentir como siente el Señor…

Otra tentación viene de la idea de que “ya sé lo que me va a pedir”. “Claro que sería lindo sentir como Él, pero entonces ya está, tengo que cambiar completamente y ya se que eso no va a ser…”

Es notable la cantidad de frases que uno puede decir para atajarse. “Tengan los sentimientos de Jesús”, nos dice Pablo, y agrega: “que siendo Dios se hizo hombre…, por Amor”. El primer “sentimiento” (dice la canción) es que “El no defendió su igualdad con Dios…” No defenderse. Para sentir no hay que defenderse. Sentir es expandirse, dejarse llevar. No defenderse. No se te pide que “hagas lo que Jesús dice” sino que primer “sientas lo que su Corazón siente”. El sentir no se discute porque no es una “idea”, que se construye, sino una respuesta real de un corazón a la realidad, a lo que pasa. Los sentimientos se respetan porque uno ve que cada uno responde con lo que es, con su sensibilidad, con su historia, con su carácter… a algo que sucede. Puede ser que uno le haga ver a otro que un sentimiento es exagerado o pobre, pero el proceso para que el corazón del otro se adecue mejor a esa realidad no es como el de las ideas. Una idea se puede cambiar en un instante. Un modo de sentir no. Lleva tiempo. La adecuación de la mente a la verdad es como la del ojo a la luz y a las formas: se adecuan casi instantáneamente. La adecuación de los sentimientos a la Bondad lleva más tiempo. A un niño sí, le basta una sonrisa para sentir lo mismo que siente con la de su mamá; le basta que le ofrezcan un chocolatín para sentir que puede acercarse. A los grandes nos hace falta un poco más. Tantas desilusiones nos llevan a tenerle miedo a la Ternura de Dios, como nos decía ayer el Papa Francisco en el retiro mundial de Sacerdotes. Le tenemos miedo a la Ternura del Corazón del Señor. Nos da miedo lo que sentimos y lo frenamos, le metemos ideas raras…

Y lo que se nos ofrece es que “sintamos” un rato lo que siente el Señor, cómo siente el Señor.

Hay que ir de a poco y comenzar por sus sentimientos más simples.

Qué sentía ante la Virgen, su Madre, y ante San José. El cariño de Jesús al ver a su madre lavando la ropa, ordenando la casa… El orgullo de Jesús al ver a San José trabajando, al pasear de su mano por el pueblo. No es difícil conectarse con los sentimientos del Niño Jesús. Eran espontáneos como los nuestros, de admiración y puertas abiertas totalmente, como los de todo niño pequeñito, que se deja moldear por los sentimientos de sus papás. Quizás la única diferencia es que el Señor conserva durante toda su vida este corazón de niño. Y por eso lo recomienda. Pero no es difícil conectarse con esos sentimientos porque todos los hemos tenido. Y si luego nos volvimos desconfiados o duros, es sobre la base de una confianza defraudada y de una ternura agredida.

Luego se puede pasar a los sentimientos del Señor con la gente sencilla y buena. Nosotros también “sentimos bien” de la gente simple. Aunque uno sea un complicado cuando ve a la viuda poniendo sus dos moneditas siente que eso está bien; y cuando Jesús cuenta cómo se alegró el pastor con su ovejita y cómo se compadeció el samaritano con la víctima de la agresión de los ladrones también “siente bien”. Esas parábolas son “escuela de sentimientos”. Son ejemplos de bondad en los que uno puede “sentir bien” sin peros. No dejan lugar a dudas ni a ideas raras. El buen pastor se alegró de verdad y uno se puede alegrar con él. La parábola de la alegría del Padre misericordioso supone otros pasos. Allí uno puede sentir como el hijo resentido. En cambio no hay un pastor resentido que diga “cómo se alegra este con esa oveja de m…”. Ver la oveja recuperada es digno de alegría. Porque las ovejas son inconscientes. Es uno que las pierde y uno el que las recupera. En cambio los hijos son bien conscientes y la alegría tiene que ser de a dos y de a tres. Es más compleja. Lo mismo sucede con la parábola del buen samaritano. Ante el herido no hay opción. El bien es un solo: ayudarlo sí o sí. No es como la parábola de la invitación al banquete de bodas. Ahí uno puede decir que tiene otras cosas que hacer. Que está linda la fiesta pero hay deberes y otras celebraciones… Es más compleja la cosa. Pero con el que ayuda al herido todos podemos “sentir pura compasión” y dejarnos modelar el corazón por ella.

Como vemos, “sentir” con el Corazón de Jesús es una tarea de toda la vida. Hay mucho para crecer. El lenguaje del amor nace en la fuente de los sentimientos, en el corazón, y de esta fuente brotan aguas vivas con infinitos matices de intensidad y caudal. Se puede sentir a sorbitos y a borbotones y llega el día en que uno se quiere tirar al Río de Agua viva que brota del Corazón de Cristo y nadar en Él y hacer la plancha y navegar mar adentro y “saltar como una fuente que salta al Cielo”.

Del Corazón como semilla vinimos a parar al Corazón como fuente. Suele pasar si uno se deja llevar por los sentimientos de Jesús.

Padre Diego sj

Corpus B 2015

Bebamos su Sangre, no sea que nos envilezcamos

Corpus 2015

“El primer día de la fiesta de los Panes Ácimos, cuando se inmolaba la víctima pascual, los discípulos dijeron a Jesús:

─ ¿Dónde quieres que vayamos a prepararte la comida pascual?

El envió a dos de sus discípulos diciéndoles:

─ Vayan a la ciudad; allí se encontrarán con un hombre que lleva un cántaro de agua. Síganlo y díganle al dueño de la casa donde entre: ‘El Maestro dice: ¿dónde está mi habitación de huésped, en la que voy a comer el cordero pascual con mis discípulos? El les mostrará una gran sala en el piso alto, arreglada con almohadones y ya dispuesta; prepárennos allí lo necesario”.

Los discípulos partieron y, al llegar a la ciudad, encontraron todo como Jesús les había dicho y prepararon la Pascua.

Mientras estaban comiendo, Jesús tomó el pan habiendo bendecido lo partió y lo dio a sus discípulos diciendo:

─Tomen y coman, esto es mi Cuerpo.

Y habiendo tomado un cáliz y dado gracias se lo dio y bebieron de él todos. Y les dijo:

─ Esta es mi Sangre de la Alianza, que es derramada por muchos. En verdad les digo que no beberé más del fruto de la vid hasta el día en que beba el vino nuevo en el Reino de Dios” (Mc 14, 12-26).

Contemplación

En la misa del Corpus el Papa Francisco tomó las palabras de San Agustín: “Coman el vínculo que los mantiene unidos, no sea que se disgreguen; beban el precio de su redención, no sea que se desvaloricen” (Sermón 228 B).

Al escucharlas de nuevo, como en el Corpus de 2011 en Bs. As., esta vez me llamó la atención la segunda advertencia de Agustín: beban el precio de su redención, no sea que se vuelvan “viles”.

Envilecerse es la palabra, que viene del latín, y tiene dos significados. Uno es económico y se puede traducir como “devaluarse”. Recordar el precio de la sangre con la que fuimos comprados nos hace tomar conciencia de nuestro valor en impide que nos devaluemos. El mundo valora a las personas sobre todo por su capacidad de producir. De última, hasta una fama ganada con méritos, se “infla” o se “devalúa” según algunos tengan capacidad para obtener frutos económicos de la persona famosa.

La inflación es cuantitativa: el dinero vale menos si se emiten más billetes; pero no hay que dejar de lado este sentido cuantitativo. Puede resultarnos claro pensar que la Sangre del Señor es la moneda fuerte. Cómo los dólares o el oro que uno pueda tener guardados. El punto es que la Sangre del Señor no hay por qué tenerla guardada: el Señor nos la da como bebida espiritual para beberla cada día. San Ignacio, teniendo en cuenta esto, recomendaba mirar a las personas como bañadas en la Sangre del Señor, para que brillara su valor: el valor infinito de cada persona.

Quizás a alguno pueda parecerle excesivo y sin embargo no lo es. Es más, hace falta este exceso para contrapesar la desvalorización constante del mundo a la inmensa mayoría de las personas. Uno mismo termina por considerarse en muchos aspectos como una moneda sin mucho valor, como nuestro devaluado peso argentino, que cada diez años sufre una devaluación considerable.

La Eucaristía es “viático”, vino y pan de calidad, para el camino. Por eso, comulgar es como si uno saliera a la calle con una moneda valiosa no para “comprar cosas” sino para intercambiar relaciones interpersonales de calidad por el camino.

Ayer, una nueva amiga, que por veinte años ha trabajado en el Poliambulatorio de la Caritas de Roma, en la atención sanitaria de los inmigrantes y de las personas en situación de calle, en su último día como directora médica, me mostró el trabajo que hacen, similar en todo al trabajo del Hogar. Ella hacía hincapié en cómo fueron creciendo en organizar cada vez con más calidez humana la acogida de las personas, para que no se sientan “desvalorizadas” por un ambiente frío o distante, impersonal, sino todo lo contrario. Y a partir de esa acogida, surgen muchos caminos de recuperación. La cuestión es que la amistad nació de una charla ocasional, en un ascensor del Vicariato de San Juan de Letrán y en un Bus en el que ella y otra amiga me guiaron para volver a casa, luego de hacer los trámites para el “carnet” de sacerdote que permite “celebrar” – el Celebret, como se llama-. Cruzamos dos palabras y al hablar de la gente con la que trabajábamos, la charla se volvió “valiosa”.

Caigo en la cuenta de que en mis primeros días en Roma todas las relaciones eran nuevas y la calidad de vínculos que establecí con la gente que trataba por primera vez fue bastante especial. Con el paso de los días, la rutina tiende a “depreciar” las relaciones y se instala un “a este ya lo conozco”, “esta ya sé de qué trabaja”, “aquel es fulano…”.

En el evangelio de ayer, el Señor le decía a la gente –imagino que con una sonrisa pícara-: “Qué curioso, no?. Los escribas dicen que el Mesías será un hijo de David y sin embargo en la Escritura, David lo llama “su Señor”.

Era como que el Señor, que es la Humildad en Persona, aquí “vende un poco de imagen” para que la gente lo valore y se de cuenta de quién es el que tienen delante. Con la Eucaristía pasa eso, de tan humilde que es el signo, uno tiende a no sentirlo tan importante.

Pero pensemos por un momento que nuestro Dios podría habernos dejado como viático otra “cosa”, “algún alimento especial”…, no hacía falta que nos dejara su propio Cuerpo y su Sangre bendita. Sin embargo no fue así. Es que en Él todo es personal: nos atiende Dios en Persona, no un empleado importante. Nos da su Cuerpo, no algún producto angelical o celestial.

Envilecerse o desvalorizarse tiene también un sentido “no económico”, más afectivo. El envidioso, dice el diccionario, tiende a “envilecer” a los demás. No sólo quitar valor sino envilecer. Hay una forma de “rebajar” o ningunear, como decimos, que consiste en ignorar o menospreciar. Pero hay otra que va más allá y que es, propiamente, algo vil, fruto de bajeza. La envidia, como dice un amigo, es el único pecado que no se goza, porque amarga al envidioso al mismo tiempo que rebaja al envidiado. Es un pecado verdaderamente demoníaco: “por envidia entró el demonio en el mundo”. Habiendo sido creado ángel de luz, Luzbel envidió a Cristo y se “oscureció”, se envileció. Su venganza es “envilecernos” a nosotros, haciéndonos sentir viles por nuestros pecados. Por eso el Señor cuida tanto a los pecadores y perdona todo, para que uno no se envilezca, para que uno no pierda la autoestima, todo lo que vale como hijo amado, como amigo redimido.

La Eucaristía es El remedio contra este envilecerse.

Por eso es tan importante buscar la manera de que todos podamos comulgar, porque si no nos vamos “desvalorizando”, sintiéndonos de segunda. Y de este sentirnos menos pasamos al “total que le hace una mancha más al tigre”. Y una vez que nos sentimos “despreciables”, es poco lo que podemos hacer por los demás. Esta es la táctica del demonio.

La de Jesús, en cambio, es hacernos sentir cuánto nos estima, qué valiosos somos a los ojos del Padre, cómo con su Espíritu podemos andar alegres y fuertes, qué confianza nos tiene que nos confía sus dones: su evangelio, el perdón, los sacramentos…

Dice el Papa: “Y ¿qué significa hoy para nosotros «depreciarse», o sea “aguar” nuestra dignidad cristiana? Significa dejarnos corroer por las idolatrías de nuestro tiempo”.

¿Cuáles cita el Papa?:

“el aparecer,

el consumir,

el yo al centro de todo;

pero también el ser competitivos,

la arrogancia como actitud vencedora,

el no querer jamás admitir que nos hemos equivocado o que tenemos necesidades”.

“Todo esto nos envilece, nos vuelve cristianos mediocres, tibios, insípidos, paganos”.

Fijémonos bien las “idolatrías” que señala el Papa.

No habla de los pecados de los que habitualmente nos confesamos todavía los cristianos: las broncas, los enojos, las impurezas sexuales, las faltas de caridad y de oración… Esos son pecados, pero que ya están “discernidos” y no son ídolos, no son “diocesitos” que nos exigen culto. Si pecamos en eso, la conciencia nos lo reprocha.

Podemos probar a confesarnos también las idolatrías actuales:

busqué aparecer yo,

ando siempre buscando qué consumir,

estoy en el centro de todo: yo hice, yo no hice, yo estuve bárbaro, yo estuve pésimo…, yo tengo la culpa, yo merezco otra cosa…

Soy competitivo, en lo que no me interesa no, pero en lo mío propio, con los que me comparo como mis pares, soy competitivo y doy codazos.

Soy arrogante, cuando tuve razón o gané, lo dejo bien clarito. Guardo memoria de mis “yo tenía razón” pasadas.

No me gusta admitir que me equivoqué y tampoco que tengo necesidades. No me gusta pedir. Si no me dan, me distancio…

Diría que “otras cosas son sólo pecados” estas, además, son vilezas. Y el discernimiento de Francisco es que las “vilezas” son propias del demonio y van contra la Carne de Cristo, contra la Eucaristía.

Fijémonos, por ejemplo, en la conexión entre “ser un consumidor” y “no comulgar”. Justamente de aquello de lo que tenemos que ser consumidores, no de manera figurada sino literal -“Tomen y coman, consuman!”-, de eso nos apartamos vilmente y andamos consumiendo cosas de menor calidad.

El poner nuestro yo en el centro de todo y querer aparecer nos envilecen, precisamente, porque el Señor mismo es quien nos pone en el centro de todo su amor. La Eucaristía es un momento en el que Él se abaja y nos pone en el centro a nosotros, Él se hace alimento para que Yo lo coma!!!

Decididamente, la tentación del demonio contra la Eucaristía, como signo del amor de Jesús, no va por el lado de hacernos “malos” sino “viles”.

Esto también tiene que ver con la concepción de que la comunión es “premio para los buenos”. El Papa dice: “La Eucaristía no es un premio para los buenos, sino la fuerza para los débiles, para los pecadores. Es el perdón, es el viático que nos ayuda a andar y a caminar”.

Es lo que está en discusión hoy en día, con respecto a quiénes pueden comulgar y quiénes no.

Si ponemos la discusión en clave de “envilecer” podemos ver que están los que temen que se “envilezca” el sacramento, si se permite comulgar a algunos, y los que temen que se “envilezcan” los cristianos (divorciados, por ejemplo), si se los excluye a todos de la comunión sin tener en cuenta cada caso.

¿Cómo se hace, dicen unos, para no “cambiar la doctrina” que dice que “en pecado mortal no se puede comulgar sin antes confesarse y cambiar la situación de pecado”?

¿Cómo se hace, dicen otros, cuando hay situaciones que no tienen vuelta atrás, para poder vivir y crecer en la fe sin comulgar, sin la ayuda del viático?

Se pueden santificar igual, dicen los primeros. Hay otros medios: la oración, ir a misa, la comunión espiritual…

Entonces la comunión sacramental no es tan esencial, dicen los segundos.

….

Puede ayudar una reflexión en la que todos los que discutimos el tema tomemos conciencia de la intención de fondo del Sacramento: que no nos disgreguemos (la unidad de los discípulos del Señor) y que no nos envilezcamos (nuestra dignidad). De última: que todos recibamos la Salvación del Señor, su gracia y su vida.

Para no “desvalorizar” la Eucaristía ni desvalorizarnos a nosotros mismos, lo primero, creo, es caer en la cuenta de que el Señor, si nos quería “alimentar”, podría habernos dado otro alimento. Algo especial, pan del cielo, un nuevo maná, algo que nos diera su gracia santificante. Pero optó por darse a sí mismo como alimento: su Cuerpo y su Sangre.

Esto es para decir que la relación personal con el Señor “no se puede manchar”, él entraba en casa de pecadores y comía con ellos, los santificaba con su presencia, los movía a cambiar de vida. No es que primero les pedía que se convirtieran y después iba a su casa a comer.

La Eucaristía no es un “objeto”, sino sacramento de la presencia real de una Persona. Y en las relaciones personales las “situaciones” y los “tiempos” se regulan primero desde adentro y después, en la medida de lo posible, desde afuera.

En su familia, un padre, puede juzgar el proceso que vive su hijo en términos de “vida o muerte” y no en términos de una justicia más exterior.

Es lo que sucede en la parábola del hijo pródigo. El mayor se escandaliza porque le parece injusta la situación. Su hermano primero tendría que restituir lo gastado, para volver a una situación de igualdad con él. El Padre en cambio pone la cosa en términos de vida y muerte: mi hijo estaba muerto y ha vuelto a la vida. Por eso celebra un banquete de comunión.

Este juzgar en términos de vida y muerte (y no sólo en términos de una situación que se extiende en el tiempo y tiene visibilidad social, como es el matrimonio) el derecho canónico también lo utiliza cuando permite “confesar válida y lícitamente a cualquier penitente que esté en peligro de muerte de cualquier censura y pecado” (CDC 976); y también cuando obliga a dar la comunión: “se debe dar el viático a los fieles que, por cualquier motivo se hallen en peligro de muerte” (CDC 921.1).

También valora el Derecho la conciencia de la persona como norma última cuando dice que “si uno tiene conciencia de un pecado grave, no comulgue sin antes confesarse. Pero “por un motivo grave”, si no se puede confesar uno puede comulgar teniendo presente que “está obligado a hacer un acto de contrición perfecta”, que incluye el propósito de confesarse cuanto antes”(CDC 916).

A propósito dejo como está la formulación llena de “no se puede” y “está obligado”. Y lo hago para destacar el contenido, que se puede formular también de manera positiva: “si uno tiene conciencia de que ha recibido la gracia de desear con un amor pleno el Pan de la casa de su Padre y eso lo lleva a hacer un acto de contrición perfecta, en el que se arrepiente de todo lo malo que ha hecho en su vida, está obligado volver a la casa del padre pensando en cómo le confesará su pecado. Y el Padre que ve volver a este hijo está “obligado” a hacerle fiesta de perdón (con abrazos y sin dejarlo hablar mucho) y banquete de comunión. Después verán cómo hacer para arreglar “los líos que desató la situación” y a reparar lo mejor posible todo el entramado social.

Con este espíritu es que se deben “volver a tratar” todos los temas sobre la comunión y el matrimonio, de manera que surjan planteos que expresen la doctrina de siempre en este nuevo contexto social, que es inédito.

“Jesús – dice el Papa- ha derramado su Sangre como precio y como baño sagrado que nos lava, para que seamos purificados de todos los pecados: para no disolvernos, mirándolo, saciándonos de su fuente, para ser preservados del riesgo de la corrupción. Y entonces experimentaremos la gracia de una transformación: nosotros siempre seguiremos siendo pobres pecadores, pero la Sangre de Cristo nos librará de nuestros pecados y nos restituirá nuestra dignidad. Sin mérito nuestro, con sincera humildad, podremos llevar a los hermanos el amor de nuestro Señor y Salvador. Seremos sus ojos que van en busca de Zaqueo y de la Magdalena; seremos su mano que socorre a los enfermos del cuerpo y del espíritu; seremos su corazón que ama a los necesitados de reconciliación y de comprensión.

De esta manera la Eucaristía actualiza la Alianza que nos santifica, nos purifica y nos une en comunión admirable con Dios”.

Diego Fares sj