Trinidad B 2015

Con el color de la Trinidad

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Por su parte, los once discípulos partieron a Galilea,

al monte que Jesús les había indicado.

Cuando vieron a Jesús se postraron para adorarlo;

aunque algunos todavía dudaban

Jesús se acercó a ellos y les habló así:

‘Me ha sido dada toda autoridad en el cielo y en la tierra.

Vayan, pues, y hagan que todos los pueblos sean mis discípulos

Bautícenlos en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo,

y enséñenles a cumplir todo lo que Yo les he encomendado.

Yo estoy con ustedes todos los días hasta el fin de la historia’ (Mt 28, 16-20).

Contemplación

Preámbulos para la contemplación

Me gusta la traducción de la Biblia Latinoamericana. Porque habla de autoridad y no de poder (los romanos distinguían el poder de dominio –por el solo hecho de ejercer un cargo- y el de autoridad –por mérito propio- y lo que Jesús quiere ejercer es su autoridad, por habérsela ganado y no un mero dominio por la fuerza).

También habla de los pueblos y no simplemente de la gente, que es más anónimo. Los pueblos, como dice Francisco, tienen un corazón: su cultura común a la que aman, la que hace decir “somos de acá”.

Por último me gusta porque habla del fin de la historia, no simplemente de los siglos. La historia y las historias sí tienen comienzo y fin –fruto de la libertad- y no dependen sólo del tiempo material.

El otro preámbulo es el de la imagen que siempre elijo. La trinidad de Chagall, para quien el color tiene “química” y desata procesos contemplativos en nuestra afectividad, me gustó para esta contemplación. Los tres ángeles que visitan a Abraham son imagen de la Trinidad. Estos ángeles de Chagall están metidos en la historia de Abraham, en el rojo ardiente del desierto, implicados en la vida del padre de muchos pueblos en la fe. El ángel de la derecha, de Azul como Abraham, es imagen del Padre. Toda la escena está envuelta en rojo-amor.

Chagall nos hace sentir deseo de la misteriosa mesa que los ángeles esconden al darnos la espalda mientras alegremente se miran y escuchan entre ellos y con Abraham.

Chagall pintaba apasionadamente y decía que “cada uno intepretara como quisiera”.

El color –como la realidad- es superior a las ideas, así que tomamos su pintura como un regalo para la contemplación cristiana, que sabe ver lo bueno en todas las creaturas.

……..

El deseo de sumergirse en el cuadro –en ese rojo que se derrama sobre la escena- es deseo de Bautismo. En la Trinidad hay que ser bautizado, hay que entrar: que nos den la espalda es invitación a acercarnos a su mesa, no a permanecer indiferentes. Como Abraham, debemos hospedar a los tres ángeles. El deseo de los Tres es habitar en nosotros y hacernos habitar en ellos.

Pero no como quien asciende a alguna visión mística celestial y se aleja del mundo encerrándose en una oración exclusiva. Jesús nos invita a bautizarnos en una Trinidad en la que él está con nosotros todos los días hasta el fin de la historia; una Trinidad en la que el Espíritu está motivando nuestra libertad con suaves insinuaciones para que nos animemos a sentir y gustar sus consuelos, para que se nos iluminen los ojos con las parábolas de Jesús; para que sintamos cariño de hijitos pequeños al llamar a Dios Abba, Papá.

¿Se puede crear silencio en un cuadro? Chagall decía que le gustaría quedarse a vivir largo tiempo en el espacio de sus cuadros como un monje de clausura en su convento.

¿Se puede despertar el deseo en un cuadro? El de la Trinidad nos hace desear entrar en su espacio de charla cordial.

Invirtiendo la pregunta ¿se puede pintar una escena así –con toda su realidad afectiva, íntima- en nuestra realidad social –ruidosa, acelerada, consumista, violenta…?

¿Se puede “contemplar” la realidad de los pobres coloreándola, no como quien pinta para tapar sino como quien descubre los colores íntimos, reales, latiendo en toda vida, en el sufrimiento mismo?

Siempre me impresiona, sobre todo en las culturas africanas y en nuestra Latinoamérica ( y ahora que escribo veo que es en todas) cómo los más pobres se visten con colores vivos y vistosos. A mí me dicen estos colores que su vida íntima no es pobre como su vida exterior, que su corazón está lleno de amor y de esperanzas y sus sufrimientos no les quitan la alegría de amar mucho la vida y a los suyos. A los más pobres les pueden quitar muchas cosas y darles las de menor calidad para que consuman, pero no les pueden quitar los colores (ni la música).

Todo esto me viene en la oración como las ondas de una verdad evangélica que cayó como cae una piedra en el centro de la fuente. Fue una mañana en que sentía que no podía soportar ver a los pueblos sufrientes en barcones de refugiados, sequías del desierto y terremotos. “Mirá primero al Padre”. Eso fue lo que sentí. Mirá primero a su Padre y entonces los podrás mirar a ellos y a toda creatura. No se soporta mirar a los pobres si uno no mira al Padre, ese sin el cual no cae ni un pajarito –sin que Él Padre esté- como nos revela Jesús. Ese que sabe muy bien lo que necesitamos cada uno de sus hijitos antes siquiera de que se lo pidamos. Ese que no quiere que se pierda ni uno solo de sus pequeñitos. Ese que mira en lo secreto de nuestra pieza cuando juntamos las manos para rezarle. Ese que ve la monedita de la viuda. Ese que sale a todas horas a ver si hay alguno que quiera venir a trabajar a su viña. Ese que todas las tardes sube a la terraza para ver cuándo vuelve el hijo que se fue. Ese que se levanta de la mesa y va a charlar con el hijo que se enojó. Ese que sufre tanto por nosotros que nos manda a su Hijo querido y predilecto de su alma, aunque se lo matemos, ese que habla con Él de nosotros y lo escucha cuando Él le dice que nos perdone porque no sabemos lo que hacemos.

Primero mirar al Padre antes de mirar a uno que sufre, a un niño pobre. Si no, no se soporta. Uno ayuda pero sin querer mirar. Y hay muchas soluciones que se dan sin mirar o para no tener que mirar.

Y esto de los cuadros y los colores de la Trinidad es porque la realidad no sólo es para actuar sino que es para actuar mirando.

El amor es actuar mirando, siendo consciente de la dimensión del otro a la que sólo podemos entrar “si no hacemos nada”.

Como dice esa hermosísima canción de las Misioneras Diocesanas: … “Y es propio del que ama, el callarse y el mirar… Tus ojos dejan ver el corazón como ventanas puedo ver lo que hay en vos”.

Para ver a los pobres hay que mirar al Padre, hay que mirar rezando el Padre nuestro, hay que pedir la fe en que él nos creó y él nos recibe con su abrazo.

San Alberto Hurtado le aconsejaba a una amiga-colaboradora que “le pusiera a su modo de ver las cosas un verdecito esperanza…”.

Y para mirar al Padre sin proyectarle imágenes de nuestro inconsciente, hay que escuchar a Jesús. “Este es mi Hijo amado: escúchenlo”. El mismo Padre nos lo recomienda, nos lo manda, cariñosamente.

Sólo Él nos “revela al Padre” lo que traducido se dice: sólo Jesús nos revela la imagen del Padre que nos permite ver a los pobres.

Los pobres entendido como todos: preferencialmente, por supuesto, los que más sufren porque necesitan nuestra mirada de hermanos primero que todos, pero también a todo prójimo y a nosotros mismos. Para mirarnos hay que mirar primero al Padre.

El Espíritu Santo es el que nos hace sentir qué palabra de Jesús nos permitirá ver al Padre hoy, ver ese color del Padre que nos “colorea evangélicamente” la visión de la realidad, en cada momento.

En la trinidad de Chagall el vestido de Abraham tiene el mismo azul que el vestido del ángel-padre. Algo así tiene que hacer nuestra oración: revestirnos con ese azul del padre para poder mirar la realidad.

Diego Fares sj