Pascua 5 B 2015

Cargados de frutos

 

“Yo soy la vid verdadera, y mi Padre es el Viñador

y a todo sarmiento que en Mí no carga fruto, lo corta,

y a todo el que carga fruto, lo poda, para que cargue frutos más copiosos.

 

Ustedes están ya podados gracias a la Palabra que les he anunciado.

Permanezcan en mí, como yo permanezco en ustedes.

Lo mismo que el sarmiento no puede cargar frutos por sí mismo,

si no permanece en la vid; así tampoco ustedes si no permanecen en mí.

 

Yo soy la vid; ustedes los sarmientos.

El que permanece en mí y yo en él, ése carga mucho fruto;

porque separados de mí no pueden hacer nada.

Si alguno no permanece en mí, es arrojado fuera, como el sarmiento, y se seca;

luego los recogen, los echan al fuego y arden.

Si permanecen en mí, y mis Palabras permanecen en ustedes,

pidan lo que quieran y lo conseguirán (Jn 15, 1-8).

 

Contemplación

 

Dar fruto.

Si no permanecen en mí, no pueden dar fruto.

Esto es lo que estamos acostumbrados a oír: si permanezco unido a Jesús puedo dar mucho fruto. Pero el verbo griego –pherein– no significa dar sino llevar, portar, “cargar”. Por tanto: en Jesús puedo cargar frutos, como un sarmiento unido al tronco de la cepa. Es decir: el fruto lo da la Vid entera, aunque brote de la yema viva de un sarmiento, sería ridículo pensar que este es el que “da” el fruto. Más bien lo “carga”. Es como si un pendrive se atribuyera el poder “dar” la información preciosa que contiene porque es el “soporte”. Sin una compu, un pendrive no es más que un “pituto” (el ejemplo técnico es para los que no sabemos cómo se hace una poda, que no es cuestión de cortar ramitas secas).

 

Nos centramos entonces en la palabra evangélica “cargar”: somos el “soporte” de una información preciosa, la Buena Noticia del Evangelio de Jesús Resucitado. Pero sin Él, sin su Espíritu que “activa” esta información vital en la compu de cada corazón, no podemos hacer nada.

No menospreciemos sin embargo este “cargar”. El soporte no es puro apoyo material: el sarmiento no carga el racimo como si fuera un palo cualquiera; lo carga dejando circular la vida por sus circuitos interiores.

De ahí la maravilla de un sarmiento con yemas vivas: es una vara mágica en la que late la vida de la Vid entera.

Por eso se puede injertar y hacer con él una nueva cepa!

Como si un pendrive pudiera crecer por su propia fuerza y transformarse en un Ipad (en esto de ser fecunda la naturaleza le gana a la técnica, aunque uno mire con desprecio a un sarmiento feucho y con ojos de admiración a un pendrive).

 

Un sarmiento que carga frutos es uno elegido y podado por el Viñador.

 

Aquí Jesús hace entrar el Padre, humildemente vestido de podador. En estos días, rezando, me ví varios videos de Podadores de viña y dos de los que contemplé son un encanto. Uno, abuelo ya, mostraba cómo se hace un injerto y daba gusto ver como se concentraba tanto en pelar la vara elegida “por la parte estrecha, porque las savias circulan por la parte ancha de la planta”, que se olvidaba del micrófono. El otro, no tan mayor, tenía un sombrero de paja que le hacía sombra en el rostro, por lo que no se lo veía. Él también hacía ver el trabajo de sus manos y no su cara. Me llenó de consuelo imaginar la sonrisa pícara del Padre sintiéndose a gusto en estos hombres sencillos que no se hacen ver directamente sino a través de su oficio. “Mi Padre trabaja”, como dice Jesús. No se hace ver, trabaja.

 

Así pues, los podadores son gente de oficio. Ellos hablaban de “controlar la carga de los racimos”. Cada cepa tiene dos “brazos” que la crucifican, por decir así, apoyándola sobre un alambre y el arte de la poda consiste en hacer que los racimos se den ordenadamente sobre los dos brazos, para que la carga esté bien distrtibuida. Por eso los podadores cortan los sarmientos que se van muy para arriba, hacia fuera o hacia abajo.

Cortan los que se van muy derechito para arriba porque después, dicen, es dificil desinfectar y cosechar (me tiento y adelanto aquí un fruto de la comparación: como estos sarmientos serían aquellos teólogos cuya prédica da frutos buenos pero tan altos que nadie los puede cosechar). Es que la vid es una planta trepadora y tiende a irse para arriba con cualquiera que le brinde apoyo. Por eso es que hay que mantenerla baja, para que los frutos estén al alcance de la mano y con las yemas cerca del tronco, que es donde tiene más fuerza vital la cepa (por eso se plantan tantas cepas y no se deja que una sola se extienda de más).

Se suelen dejar unas seis yemas por brazo y cada yema dará uno o dos racimos. La yema es la parte vital de la planta, donde se da el misterio de que de una madera rugosa y retorcida salgan uvas dulces y capaces de transformarse en vino y de llegar a ser la Sangre del mismo que las inventó.

 

Es interesante notar que El que poda ya sabe el fruto que dará cada cepa el año próximo, por las yemas vitales que deja bien orientadas. Pero hay un “programa oculto” en la planta que hace brotar más yemas en algunas partes de los brazos y en otras no. Pero no nos vayamos por las ramas: de las mil lecciones que podemos sacar de esta comparación que nos regala el Señor, nos estamos quedando sólo en esto de cargar. Desde el punto de vista de nuestro Padre, la poda se orienta a que la carga de los frutos esté bien distribuída. Por eso privilegia a los sarmientos que no solo tienen yema que dará fruto, sino que “se orientan” bien en relación a toda la cepa, sin cortarse solos para arriba ni inmiscuirse en la cepa vecina.

La lección es importante para que cada uno medite allí donde se siente “podado”. Reflexionar es “sentir” las manos del Padre allí donde “siento que me cortan”. Sentir sus manos y captar su mensaje amoroso: ¿Dónde quiere que “cargue” los frutos de su Vid (de su Jesús)? Si me corta este “portador” y me deja aquel otro ¿qué me está queriendo decir? ¿Por qué me deja estas dos yemas (estas dos vías para fructificar) y no aquellas? También está la experiencia de ser “cortado” precisamente donde uno carga frutos, para injertarlo en otra cepa, a ver si mejora la mezcla. Operación que tiene sus riesgos ciertamente, pero las manos del Padre son expertas.

 

Reflexionar así implica un cambio total de mentalidad: yo no “doy” ningún fruto, sólo lo “porto”. Mi misión es como esa yema viva por donde brotará el racimo.

Con esta mentalidad, que ve al Señor Enraizado en la Iglesia como una Gran Cepa, que soporta toda la extensión de las ramas con sus racimos, uno se integra como sarmiento buscando que el fruto sea en uno “cosechable”.

 

Este es el concepto: la cosechabilidad. Que en mi oficio, el fruto que da el Señor, madure bien, gracias a mi orientación, y sea cosechable.

 

Estamos hablando, para que se entienda bien, de que en la Iglesia tenemos para dar al mundo un solo fruto: la Eucaristía, que es amor misericordioso que sana las miserias y potencia las virtudes de cada comensal.

Este amor fructificante, es el mismo que tiene que ofrecer el que tiene oficio de papa y oficio de sacristana, oficio de director y oficio de portero.

Proyecto que no vehiculiza este fruto se poda; y se potencia el que da más fruto.

No habría ni que decir que el sarmiento que no da la uva para el vino eucarístico de la misericordia, la alegría y la promoción, se corta, y el que da se poda para que de más.

 

 

La palabra “cargar” fruto me gusta porque en general se la asocia con “cargar la cruz” o “la camilla”, es decir con los problemas. Pero también los frutos hay que cargarlos. Y cargar lo bueno es un placer, como cargar nietos que te llenan de sonrisas y besos aunque te hagan doler la espalda.

 

Podamos aquí (la cortamos, digo) para que cada uno se puede quedar gustando los frutos de esta parábola de la Vid, sintiendo como Jesús nos “porta a todos sobre sus espaldas anchas”.

 

 

Paso a una gracia de oración que me vino con esto de “cargar frutos”.

Si uno le toma el gusto, puede convertirse en sinónimo de “rezar”.

La gracia me vino de ver cómo los santos evangelizadores, que está canonizando el Papa Francisco, eran hombres y mujeres que “cargaban en su oración al pueblo al que eran misionados”. Y esos pueblos “lo sintieron y lo sienten” y les devuelven amor con amor.

No a todos nos da para “cargar los frutos de un pueblo entero” pero aquí entra la imagen del Padre que a cada uno le da la gracia de cargar con el fruto de algún rostro concreto en el que Él quiere dar fruto y nos invita a participar.

Así, me hago cargo un rato de algún rostro y siento su peso en la contemplación.

Contemplar tiene algo de “cargar”. Uno se pone una imagen en las espaldas y la lleva, la toma en brazos y la sostiene, hasta sentir su peso, que es el amor. Porque el amor es cuestión de peso: cuánto pesa alguien en mi vida, cuanto se me va al fondo del corazón, cuánta masa tiene que me atrae irresistiblemente y me hace gravitar en torno a su persona.

 

Uno puede cargar una palabra del Evangelio (como esta misma, hoy) y caminar con ella por la vida cotidiana, a ver qué se siente. No es lo mismo caminar con un niño en brazos que llevando sólo una mochila.

 

Uno puede cargar también un rostro y rezar.

Podemos elegir una carita, como la que me mandó el padre Ernesto, la carita de uno de los niños del terremoto de Nepal, y rezar con ella: cargar el peso de esos ojos sobre el corazón.

 Niño de Nepal

Los medios nos dan “datos estadísticos” que son imposibles de llevar. La noticia de que “un millón y medio de niños está en riesgo en Nepal” es un peso tan abrumador que nos excede. Es mayor que el peso de los edificios derrumbados y los escombros polvorientos.

Pero los medios también nos muestran rostros. Y si uno se fija en las fotos, la gente hoy mira con intención: sabe que la foto llegará antes que la ayuda y su mirada tiene un reclamo más hondo que el de solo pedir.

Hay todo tipo de miradas, pero entre todo lo que cada uno expresa yo leo siempre algo así como “me gustaría que sepas que estoy aquí y que tengas conciencia de mí”.

Hay un mensaje para los gobiernos y los que pueden hacer algo concreto, pero también hay una mirada que sólo busca otra mirada. “Sé que cuando estés en una situación como la mía desearás como yo que alguien se acuerde de ti”. El Papa lo expresó con tanto cariño: “eran personas como nosotros”.

 

En la imagen del Padre que poda los sarmientos para que cada uno cargue uno o dos racimos y no más, hay algo que nos anima a “cargar” frutos de oración de manera personal. Cada uno puede elegir a alguien y cargarlo un rato en el corazón.

Más que una tarea, es un privilegio. Y será de gran ayuda: la ayuda que nos dan los pobres cuando rezamos por ellos. Como decía Ernesto que me mandó esta foto: Hay “un rostro dolorosamente esperanzado, y está detrás de una lona rasgada, como el velo del templo que nos permite ver ‘más allá’ del dolor. Me hizo mucho bien contemplar esta foto y rezar por tantas víctimas”.

 

 

 

Diego Fares sj

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