Trinidad B 2015

Con el color de la Trinidad

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Por su parte, los once discípulos partieron a Galilea,

al monte que Jesús les había indicado.

Cuando vieron a Jesús se postraron para adorarlo;

aunque algunos todavía dudaban

Jesús se acercó a ellos y les habló así:

‘Me ha sido dada toda autoridad en el cielo y en la tierra.

Vayan, pues, y hagan que todos los pueblos sean mis discípulos

Bautícenlos en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo,

y enséñenles a cumplir todo lo que Yo les he encomendado.

Yo estoy con ustedes todos los días hasta el fin de la historia’ (Mt 28, 16-20).

Contemplación

Preámbulos para la contemplación

Me gusta la traducción de la Biblia Latinoamericana. Porque habla de autoridad y no de poder (los romanos distinguían el poder de dominio –por el solo hecho de ejercer un cargo- y el de autoridad –por mérito propio- y lo que Jesús quiere ejercer es su autoridad, por habérsela ganado y no un mero dominio por la fuerza).

También habla de los pueblos y no simplemente de la gente, que es más anónimo. Los pueblos, como dice Francisco, tienen un corazón: su cultura común a la que aman, la que hace decir “somos de acá”.

Por último me gusta porque habla del fin de la historia, no simplemente de los siglos. La historia y las historias sí tienen comienzo y fin –fruto de la libertad- y no dependen sólo del tiempo material.

El otro preámbulo es el de la imagen que siempre elijo. La trinidad de Chagall, para quien el color tiene “química” y desata procesos contemplativos en nuestra afectividad, me gustó para esta contemplación. Los tres ángeles que visitan a Abraham son imagen de la Trinidad. Estos ángeles de Chagall están metidos en la historia de Abraham, en el rojo ardiente del desierto, implicados en la vida del padre de muchos pueblos en la fe. El ángel de la derecha, de Azul como Abraham, es imagen del Padre. Toda la escena está envuelta en rojo-amor.

Chagall nos hace sentir deseo de la misteriosa mesa que los ángeles esconden al darnos la espalda mientras alegremente se miran y escuchan entre ellos y con Abraham.

Chagall pintaba apasionadamente y decía que “cada uno intepretara como quisiera”.

El color –como la realidad- es superior a las ideas, así que tomamos su pintura como un regalo para la contemplación cristiana, que sabe ver lo bueno en todas las creaturas.

……..

El deseo de sumergirse en el cuadro –en ese rojo que se derrama sobre la escena- es deseo de Bautismo. En la Trinidad hay que ser bautizado, hay que entrar: que nos den la espalda es invitación a acercarnos a su mesa, no a permanecer indiferentes. Como Abraham, debemos hospedar a los tres ángeles. El deseo de los Tres es habitar en nosotros y hacernos habitar en ellos.

Pero no como quien asciende a alguna visión mística celestial y se aleja del mundo encerrándose en una oración exclusiva. Jesús nos invita a bautizarnos en una Trinidad en la que él está con nosotros todos los días hasta el fin de la historia; una Trinidad en la que el Espíritu está motivando nuestra libertad con suaves insinuaciones para que nos animemos a sentir y gustar sus consuelos, para que se nos iluminen los ojos con las parábolas de Jesús; para que sintamos cariño de hijitos pequeños al llamar a Dios Abba, Papá.

¿Se puede crear silencio en un cuadro? Chagall decía que le gustaría quedarse a vivir largo tiempo en el espacio de sus cuadros como un monje de clausura en su convento.

¿Se puede despertar el deseo en un cuadro? El de la Trinidad nos hace desear entrar en su espacio de charla cordial.

Invirtiendo la pregunta ¿se puede pintar una escena así –con toda su realidad afectiva, íntima- en nuestra realidad social –ruidosa, acelerada, consumista, violenta…?

¿Se puede “contemplar” la realidad de los pobres coloreándola, no como quien pinta para tapar sino como quien descubre los colores íntimos, reales, latiendo en toda vida, en el sufrimiento mismo?

Siempre me impresiona, sobre todo en las culturas africanas y en nuestra Latinoamérica ( y ahora que escribo veo que es en todas) cómo los más pobres se visten con colores vivos y vistosos. A mí me dicen estos colores que su vida íntima no es pobre como su vida exterior, que su corazón está lleno de amor y de esperanzas y sus sufrimientos no les quitan la alegría de amar mucho la vida y a los suyos. A los más pobres les pueden quitar muchas cosas y darles las de menor calidad para que consuman, pero no les pueden quitar los colores (ni la música).

Todo esto me viene en la oración como las ondas de una verdad evangélica que cayó como cae una piedra en el centro de la fuente. Fue una mañana en que sentía que no podía soportar ver a los pueblos sufrientes en barcones de refugiados, sequías del desierto y terremotos. “Mirá primero al Padre”. Eso fue lo que sentí. Mirá primero a su Padre y entonces los podrás mirar a ellos y a toda creatura. No se soporta mirar a los pobres si uno no mira al Padre, ese sin el cual no cae ni un pajarito –sin que Él Padre esté- como nos revela Jesús. Ese que sabe muy bien lo que necesitamos cada uno de sus hijitos antes siquiera de que se lo pidamos. Ese que no quiere que se pierda ni uno solo de sus pequeñitos. Ese que mira en lo secreto de nuestra pieza cuando juntamos las manos para rezarle. Ese que ve la monedita de la viuda. Ese que sale a todas horas a ver si hay alguno que quiera venir a trabajar a su viña. Ese que todas las tardes sube a la terraza para ver cuándo vuelve el hijo que se fue. Ese que se levanta de la mesa y va a charlar con el hijo que se enojó. Ese que sufre tanto por nosotros que nos manda a su Hijo querido y predilecto de su alma, aunque se lo matemos, ese que habla con Él de nosotros y lo escucha cuando Él le dice que nos perdone porque no sabemos lo que hacemos.

Primero mirar al Padre antes de mirar a uno que sufre, a un niño pobre. Si no, no se soporta. Uno ayuda pero sin querer mirar. Y hay muchas soluciones que se dan sin mirar o para no tener que mirar.

Y esto de los cuadros y los colores de la Trinidad es porque la realidad no sólo es para actuar sino que es para actuar mirando.

El amor es actuar mirando, siendo consciente de la dimensión del otro a la que sólo podemos entrar “si no hacemos nada”.

Como dice esa hermosísima canción de las Misioneras Diocesanas: … “Y es propio del que ama, el callarse y el mirar… Tus ojos dejan ver el corazón como ventanas puedo ver lo que hay en vos”.

Para ver a los pobres hay que mirar al Padre, hay que mirar rezando el Padre nuestro, hay que pedir la fe en que él nos creó y él nos recibe con su abrazo.

San Alberto Hurtado le aconsejaba a una amiga-colaboradora que “le pusiera a su modo de ver las cosas un verdecito esperanza…”.

Y para mirar al Padre sin proyectarle imágenes de nuestro inconsciente, hay que escuchar a Jesús. “Este es mi Hijo amado: escúchenlo”. El mismo Padre nos lo recomienda, nos lo manda, cariñosamente.

Sólo Él nos “revela al Padre” lo que traducido se dice: sólo Jesús nos revela la imagen del Padre que nos permite ver a los pobres.

Los pobres entendido como todos: preferencialmente, por supuesto, los que más sufren porque necesitan nuestra mirada de hermanos primero que todos, pero también a todo prójimo y a nosotros mismos. Para mirarnos hay que mirar primero al Padre.

El Espíritu Santo es el que nos hace sentir qué palabra de Jesús nos permitirá ver al Padre hoy, ver ese color del Padre que nos “colorea evangélicamente” la visión de la realidad, en cada momento.

En la trinidad de Chagall el vestido de Abraham tiene el mismo azul que el vestido del ángel-padre. Algo así tiene que hacer nuestra oración: revestirnos con ese azul del padre para poder mirar la realidad.

Diego Fares sj

Pentecostés B 2015

Tratadito de los dones en clave de misericordia

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Al atardecer del Domingo encontrándose los discípulos con las puertas cerradas, por temor a los judíos,

vino Jesús y se puso en medio de ellos y les dijo:

‘La paz esté con ustedes’.

Mientras les decía esto les mostró sus manos y su costado. Los discípulos se llenaron de alegría cuando vieron al Señor.

Jesús les dijo de nuevo:

‘La paz esté con ustedes. Como el Padre me envió a mí, Yo también los misiono a ustedes’.

Al decir esto sopló sobre ellos y añadió:

‘Reciban el Espíritu Santo (y) si a uno cualquiera ustedes le perdonan los pecados serán perdonados y si a uno se los retienen quedan retenidos” (Jn 20, 19-23).

 

Contemplación

El Señor dice que no hay que agregar ni una “i” a la ley pero aquí me animo a agregar, entre paréntesis, una “y”. Es necesesaria, me parece, para conectar al Espíritu Santo con la misericordia. Es que, en general, la frase del Señor se lee “reciban el Espíritu Santo”. Punto. Y a continuación viene: “A los que les perdonen los pecados les serán perdonados….”.

Este punto puede hacer que la recepción del Espíritu parezca algo separado de la tarea inmediata de perdonar. De hecho, en las oraciones al Espíritu Santo se le piden muchas cosas: todos los dones… También esto distrae un poco (al menos a mí). Uno comienza pidiendo sabiduría y cuando llega al entendimiento y la ciencia la cosa se complica. Surgen preguntas de qué es la ciencia y si el don de intelecto lo tienen los más inteligentes… En cambio el Señor insufla el Espíritu y no habla de muchos dones sino sólo de perdonar los pecados.

En la Bula de convocación al Jubileo extraordinario de la misericordia, el papa Francisco directamente dice: “Cada uno de nosotros ha recibido el don del Espíritu Santo para el perdón de los pecados, de esto somos responsables” (17).

Me encantó esta conexión del Espíritu y el perdón. Es como si el Señor dijera: si ustedes perdonan le abren la cancha al Espíritu y Él hace todo lo demás. Es el punto que nos toca, nuestra responsabilidad, como dice Francisco.

Pero antes de ser una responsabilidad hay que meditar en que es un don: reciban el Espíritu Santo para perdonar. A ver si lo puedo expresar: no se trata de “recibir primero el Espíritu y, después, “salir a perdonar”. El Espíritu que recibimos es un “Espíritu Perdonador”, un “Espíritu Misericordiante” si se puede decir.

El Papa utiliza esta expresión latina en su escudo “Miserando atque eligendo”– y dice que eligiendo nos suena familiar, pero “misericordiando” no es una palabra que usemos.

Pues bien, en el año de la mIsericordia tenemos que empezar a usarla.

El Espíritu Santo que recibimos es Santo no sólo en sí mismo sino en su acción para con nostros: es Espíritu Santificador y nos da la gracia Santificante. Curiosamente, no pronunciamos la palabra principal: es Espíritu Misericordiador y nos da la Gracia Misericordiante.

Que suene raro, no me importa. Y que parezca un juego de palabras, tampoco me importa. Porque que nos incomode el sonido es bueno para que nos incomode el prójimo.

El que no recibe una gracia misericordiante, que lo mueve a tener misericordia de alguno, al que se tiene que aproximar para ayudarlo, no recibió nada. Cero gracia. Nada de dones que sean “santificantes” de la propia persona sin conexión inmediata para con los demás.

El Espíritu da sus dones para el bien común, no para perfeccionar a alguno como si fuera un vestido que lo adorna o una virtud que lo hace más que los demás. Están tan metidas estas ideas que para sacarlas hay que raspar la piel y por ahí sangra. El apóstol dice: “qué tenés que no hayás recibido”. Nada. Podemos decir. Y agregamos: “Qué tenés que no sea para dar”. Nada.

Y lo único que podemos dar que sea nuestro es el perdón.

Por eso el Señor nos da lo más suyo –su Espíritu- para ayudarnos en lo más nuestro –que perdonemos. Todos los demás dones hay que “traducirlos” en clave de misericordia.

Meditando estas cosas me puse a releer, en esta clave, las catequesis del Papa del año pasado sobre los dones del Espíritu Santo. Y salió algo muy lindo, sobre todo al prestar atención a los ejemplos que usa. Salió una especie de tratatido de los dones “en clave de misericordia”.

………..

Sabiduría es sentir el gusto y el sabor de hacer las cosas como las hace Dios, mirando con sus ojos misericordiosos a toda creatura, no con ojos de odio o envidia. El papa pone dos ejemplos caseros de “sabiduría misericordiosa”: “Piensen en una mamá, en su casa, con los niños, que cuando uno hace una cosa el otro maquina otra, y la pobre mamá va de una parte a otra, con los problemas de los niños. Y cuando las madres se cansan y gritan a los niños, ¿eso es sabiduría? Gritar a los niños —les pregunto— ¿es sabiduría? ¿Qué dicen ustedes?: es sabiduría o no? ¡No! En cambio, cuando la mamá toma al niño y lo reta dulcemente y le dice: «Esto no se hace, por esto…», y le explica con mucha paciencia, ¿esto es sabiduría de Dios? ¡Sí! Es lo que nos da el Espíritu Santo en la vida. Luego, en el matrimonio, por ejemplo, los dos esposos —el esposo y la esposa— se pelean, y luego no se miran o, si se miran, se miran con la cara torcida: ¿esto es sabiduría de Dios? ¡No! En cambio, si dicen: «Bah, pasó la tormenta, hagamos las paces», y recomienzan a ir hacia adelante en paz: ¿esto es sabiduría? [la gente: ¡Sí!] He aquí, este es el don de la sabiduría. Que venga a casa, que venga con los niños, que venga con todos nosotros”.

¡Meter esos dos ejemplos de “misericordia cotidiana” al hablar del Don de la Sabiduría! ¡Qué lindo corazón tiene nuestro Papa! Qué sabio que es poder ver al Espíritu dando esta misericordia sabia a una mama y a dos esposos que en vez de pelear saben perdonar y sanar. No se trata de una misericordia sentada en un trono ni de una sabiduría que se imparte desde una cátedra. El Papa las baja a la vida de todos los días. Allí donde la misericordia es “practicable”.

Otro ejemplo de cómo el Espíritu irradia misericordia en sus siete dones lo dio el Papa hablando del don de consejo. Contó una historia que vivió en el ámbito del sacramento de la Reconciliación:

“Recuerdo una vez en el santuario de Luján, yo estaba en el confesionario, delante del cual había una larga fila. Había también un muchacho todo moderno, con los aretes, los tatuajes, todas estas cosas… Y vino para decirme lo que le sucedía. Era un problema grande, difícil. Y me dijo: yo le he contado todo esto a mi mamá, y mi mamá me ha dicho: dirígete a la Virgen y ella te dirá lo que debes hacer. He aquí a una mujer que tenía el don de consejo. No sabía cómo salir del problema del hijo, pero indicó el camino justo: dirígete a la Virgen y ella te dirá. Esto es el don de consejo. Esa mujer humilde, sencilla, dio a su hijo el consejo más verdadero. En efecto, este muchacho me dijo: he mirado a la Virgen y he sentido que tengo que hacer esto, esto y esto… Yo no tuve que hablar, ya lo habían dicho todo su mamá y el muchacho mismo. Esto es el don de consejo. Ustedes mamás, que tienen este don, pídanlo para sus hijos: el don de aconsejar a los hijos es un don de Dios”. Aquí se ve bien lo que decía de un don que se da para otro, no para sí. Quizás esa mamá no es la consejera de todo el barrio, pero para su hijo recibió el don de consejo. Y tenía que ver con la misericordia, con algo que era el pecado de su hijo y que él tenía que resolver para confesarse bien y hacer las cosas bien. No se trata de un don que sirva para hacerse famoso escribiendo libros de autoayuda. El Espíritu te permite aconsejar allí donde sentís misericordia, no en otro lugar.

En torno al don de Ciencia, el Papa también contó algo original. El afirma que tenemos que “custodiar lo creado” y ve el don de ciencia desde esta perspectiva: lo que nos ayuda a no apoderarnos de la creación y a no destruirla, sino a admirarla y agradecerla para custodiarla bien.

Tiene una frase muy “misericordiosa”, por no decir sólo muy linda: “Cuando Dios terminó de crear al hombre no dijo «vio que era bueno», sino que dijo que era «muy bueno». A los ojos de Dios nosotros somos la cosa más hermosa, más grande, más buena de la creación”. Y contó: “Una vez estaba en el campo y escuché un dicho de una persona sencilla, a la que le gustaban mucho las flores y las cuidaba. Me dijo: «Debemos cuidar estas cosas hermosas que Dios nos ha dado; la creación es para nosotros a fin de que la aprovechemos bien; no explotarla, sino custodiarla, porque Dios perdona siempre, nosotros los hombres perdonamos algunas veces, pero la creación no perdona nunca, y si tú no la cuidas ella te destruirá».

También la ciencia debe ser “misericordiosa”. Y no solo por caridad sino para sobrevivir. La naturaleza no puede ser misericordiosa. Solo nosotros podemos. Para cultivar actitudes ecológicas no basta con ser sensato –no lo somos, de hecho-, hay que pedir el don de mirar la naturaleza con misericordia. Como San Francisco, que admiraba y compadecía a cada creatura.

Con el don del temor de Dios, el Papa hizo también una reflexión muy original acerca del Espíritu Santo que “nos abre el corazón a la misericordia”. Dijo: “El temor de Dios nos hace tomar conciencia de que todo viene de la gracia y que nuestra verdadera fuerza está únicamente en seguir al Señor Jesús y en dejar que el Padre pueda derramar sobre nosotros su bondad y su misericordia. Abrir el corazón, para que la bondad y la misericordia de Dios vengan a nosotros. Esto hace el Espíritu Santo con el don del temor de Dios: abre los corazones. Corazón abierto a fin de que el perdón, la misericordia, la bondad, la caricia del Padre vengan a nosotros, porque nosotros somos hijos infinitamente amados. Y agregó algo fuerte acerca de lo opuesto a la misericordia que es la corrupción: “Pero, atención, porque el don del temor de Dios es también una «alarma» ante la pertinacia en el pecado. Pienso, por ejemplo, en las personas que tienen responsabilidad sobre otros y se dejan corromper. ¿Piensan que una persona corrupta será feliz en el más allá? No, todo el fruto de su corrupción corrompió su corazón y será difícil ir al Señor. Pienso en quienes viven de la trata de personas y del trabajo esclavo. ¿Piensan que esta gente que trafica personas, que explota a las personas con el trabajo esclavo tiene en el corazón el amor de Dios? No, no tienen temor de Dios y no son felices. No lo son. Pienso en quienes fabrican armas para fomentar las guerras; pero pensad qué oficio es éste. Estoy seguro de que si hago ahora la pregunta: ¿cuántos de usetedes son fabricantes de armas? Ninguno, ninguno. Estos fabricantes de armas no vienen a escuchar la Palabra de Dios. Estos fabrican la muerte, son mercaderes de muerte y producen mercancía de muerte. Que el temor de Dios les haga comprender que un día todo acaba y que deberán rendir cuentas a Dios”. El pecado contra el Espíritu se manifiesta también en la corrupción estructural y hay que denunciarlo cueste lo que cueste.

Para explicar el don del entendimiento, el Papa usó el ejemplo de los discípulos de Emaús: “Tras asistir a la muerte en cruz y a la sepultura de Jesús, dos de sus discípulos, desilusionados y acongojados, se marcharon de Jerusalén y regresaron a su pueblo de nombre Emaús. Mientras iban de camino, Jesús resucitado se acercó y comenzó a hablar con ellos, pero sus ojos, velados por la tristeza y la desesperación, no fueron capaces de reconocerlo. Jesús caminaba con ellos, pero ellos estaban tan tristes, tan desesperados, que no lo reconocieron. Sin embargo, cuando el Señor les explicó las Escrituras para que comprendieran que Él debía sufrir y morir para luego resucitar, sus mentes se abrieron y en sus corazones se volvió a encender la esperanza (cf. Lc 24, 13-27). Esto es lo que hace el Espíritu Santo con nosotros: nos abre la mente, nos abre para comprender mejor, para entender mejor las cosas de Dios, las cosas humanas, las situaciones, todas las cosas.” Y recordemos que el Señor pudo hacer eso porque ellos “lo hospedaron”, cumpliendo una de las obras de misericordia, sin saber quién era.

Para el don de Piedad usó un ejemplo muy argentino y muy italiano: dijo que ser piadoso no es hacer como dicen en piamontés “la mugna quacia”. Es lo que siempre decía en castellano que el cristiano no es como los fariseos que se hacen “los mosquita muerta”. La piedad no es poner cara de estampita sino “ser verdaderamente capaces de gozar con quien experimenta alegría, llorar con quien llora, estar cerca de quien está solo o angustiado, corregir a quien está en el error, consolar a quien está afligido, acoger y socorrer a quien pasa necesidad. Hay una relación muy estrecha entre el don de piedad y la mansedumbre. El don de piedad que nos da el Espíritu Santo nos hace apacibles, nos hace serenos, pacientes, en paz con Dios, al servicio de los demás con mansedumbre”.

Terminamos con la fortaleza: “Con el don de fortaleza el Espíritu Santo libera el terreno de nuestro corazón, lo libera de la tibieza, de las incertidumbres y de todos los temores que pueden frenarlo, de modo que la Palabra del Señor se ponga en práctica, de manera auténtica y gozosa. Es una gran ayuda este don de fortaleza, nos da fuerza y nos libera también de muchos impedimentos”. El Papa pone como ejemplo a gente que es fuerte en la vida cotidiana: “Cuántos hombres y mujeres —nosotros no conocemos sus nombres— que honran a nuestro pueblo, honran a nuestra Iglesia, porque son fuertes: fuertes al llevar adelante su vida, su familia, su trabajo, su fe. Estos hermanos y hermanas nuestros son santos, santos en la cotidianidad, santos ocultos en medio de nosotros: tienen el don de fortaleza para llevar adelante su deber de personas, de padres, de madres, de hermanos, de hermanas, de ciudadanos. ¡Son muchos! Demos gracias al Señor por estos cristianos que viven una santidad oculta: es el Espíritu Santo que tienen dentro quien les conduce. Y nos hará bien pensar en esta gente: si ellos hacen todo esto, si ellos pueden hacerlo, ¿por qué yo no?”. Esta fortaleza está llena de ternura y misericordia.

…………

Misericordia es una palabra práctica. Es la única palabra importante para Jesús porque todo lo que se refiere a Dios, Él lo hace girar en torno a la misericordia. Y digo que es práctica porque es una palabra que para entenderla hay que “sentir” que a uno se le conmuevan las entrañas o se le revuelvan las tripas, y tener algún gesto de misericordia concreto con alguien miserable.

Jesús, cuando habla del Padre nos dice que “seamos misericordiosos como es Misericordioso Él”. Y si alguno pregunta “¿y cómo?”, allí están todas las parábolas.

Cuando Jesús habla del Espíritu, nos lo muestra en acción: perdonando los pecados a través nuestro. Para experimentar sus dones tenemos que poner en práctica alguna obra de misericordia que hará que se “consoliden” en nuestro corazón sus otros dones.

Sabiduría misericordiosa, Consejo misericordioso, Ciencia misericordiosa…

El Espíritu actúa con una humildad inimaginable: si nosotros dejamos en suspenso un pecado él espera…

Por eso urge ponernos de acuerdo los cristianos, especialmente la jerarquía, a ver cómo hacemos para perdonar a todos, porque el mismo Señor está esperando, no solo la gente.

Diego Fares sj

 

Ascensión B 2015

Sí que hay respuestas al sufrimiento

Papa en Filipinas

 

Jesús dijo a sus discípulos:

«Vayan por todo el mundo,

anuncien la Buena Noticia a toda la creación.

El que crea y se bautice, se salvará.

El que no crea, se condenará.

 

Y estos prodigios acompañarán a los que crean:

arrojarán a los demonios en mi Nombre

y hablarán nuevas lenguas;

podrán tomar a las serpientes con sus manos,

y si beben un veneno mortal no les hará ningún daño;

impondrán las manos sobre los enfermos y los curarán.»

 

Después de decirles esto,

el Señor Jesús fue llevado al cielo y se sentó a la diestra de Dios.

Ellos partiendo de allí predicaron por todas partes,

cooperando el Señor y confirmando la Palabra

con los signos que la acompañaban (Mc 16, 15-20).

 

Contemplación

Lo más fuerte de esta semana lo viví el miércoles en la Asamblea de Caritas Internationalis. Se juntaron en la Domus Maríae de la Acción Católica representantes de más de 130 países donde trabaja Caritas. En el mundo hay 194 países reconocidos y Caritas trabaja en 164. Hay más de 30 países en los que los cristianos somos perseguidos, en algunos de manera terrible, como en Corea del Norte, Somalía, Siria, Irak, Afganistán, Arabia Saudita, Maldivas, Argelia, Sudán, Irán, Pakistán, Eritrea… De todas maneras, cuando hay desastres, Caritas igual llega.

 

Me quedé un rato tomando conciencia del mapa de la persecución: el mandato del Señor de ir a todos los pueblos del mundo ha ido adquiriendo, en los últimos años, nuevamente, un carácter dramático. La persecución no es solo de una ideología política, como en los países comunistas, sino que también hay persecución activa de otras religiones. Y se agrega una más solapada que es “social”: en muchísimos países no se persigue directamente a los cristianos pero se votan cada vez más leyes contra los valores cristianos, en lo que hace a la vida, a la familia, a la educación de los chicos, al cuidado de los moribundos.

 

El sufrimiento en el mundo no son sólo los desastres naturales, que son verdaderas tragedias, ni sólo el hambre y las enfermedades, con sus causas estructurales, sino que se le agrega esto de hacer sufrir a otro por su convicción más íntima: por su creencia en Dios. El sufrimiento de los inocentes es un misterio y el sufrimiento en la “parte” –si se puede decir así- más inocente, en la manera como uno percibe el amor de Dios y lo expresa sirviendo al prójimo- lo es más todavía. Jesús crucificado por sentirse Hijo amado del Padre misericordioso y expresarlo públicamente, con palabras y con gestos de amor que iban más allá de la religión establecida como ley, es la imagen Mayor de este sufrimiento del Inocente.

 

Y aquí llego a lo que me conmovió hoy, leyendo el librito del Cardenal Kasper, a quien tanto aprecia el Papa por su “teología serena”, “El desafío de la Misericordia”. Venía escuchando que “para el sufrimiento no hay respuesta”. Lo dijo el Papa a aquella Niña, Glyzelle Palomar, recogida de la calle por la obra del jesuita Jean Francois Thomas sj en Filipinas, que se quebró al preguntar por qué les pasaban esas cosas a los niños, recordando sus sufrimientos. Pues bien, Kasper dice que: “Cuando llegamos a los problemas más profundos de la teología (que son los de la vida): Dios y el mal, Dios y el sufrimiento de los inocentes, Dios y la injusticia…, la respuesta no puede ser teórica sino que debe ser práctica. Son desafíos a nuestra misericordia. Tenemos que llevar al menos un débil rayo de la misericordia divina a la oscuridad del mundo”.

La verdad es que me consoló esta “formulación teológica”. Es muy simple, pero no obvia. Porque cuando decimos que “no hay respuesta” este no suscita todo tipo de imágenes: de mudez de Dios, de sin sentido, de angustia. Y no es así: nuestras obras de misericordia “responden” con una Palabra que pronunciamos entre muchos, muchísimos, con nuestro servicio y acompañamiento de las situaciones de pobreza e injusticia y de sufrimiento. La respuesta “práctica” de la Caritas no sólo no es una respuesta de “segunda” sino que es “la” respuesta de Jesús, que vino a compartir nuestra vida y nuestros sufrimientos con todo su amor.

Cuando el Señor dice: “anuncien la buena noticia a toda la creación” claramente no se trata sólo de palabras que uno pronuncia y otro capta, analiza, juzga y asiente o no. La reflexión es un aspecto de la Palabra. No siempre uno tiene capacidad teórica de reflexionar y expresar sistemáticamente todo lo que una palabra le comunica. Hay un tipo de reflexión que no se expresa en más palabras sino que se expresa inmediatamente en decisiones y actitudes. Cuando uno elige integrarse a una obra de Misericordia y Caridad, esta elección de vida supone una reflexión profundísima, un juicio personal que tiene más claridad y más lógica que un tratado de teología dogmática. Al elegir iluminamos ciertas cosas como lo más valioso para la vida y dejamos de lado o rechazamos otras cosas como menos valiosas o directamente malas.

En la Asamblea de Caritas, a la que asistí porque nuestro Director no podía ir, me encontré con gran alegría (porque no conocía a nadie) con nuestro Obispo Oscar Ojea. Fue un gusto sentarnos juntos toda la mañana en el último puestito que quedaba libre, atrás de todo, y compartir luego unos tallarines en una cantina muy simpática cerca de la casa. Entre otras cosas me contó algo que me iluminó esta contemplación. Fue un encuentro que tuvo él con Jean Vanier, fundador del Arca. Vanier, conmovido y entusiasmado absolutamente con el Papa Francisco, al que cada vez que lo ve no puede sino decirle “Ud. es Jesucristo en la tierra”, le decía que Evangelii Gaudium era una exhortación muy especial. Que estábamos acostumbrados a un tipo de lenguaje en los documentos papales que llevaba a leerlos y a subdividirlos para entender y explicar a la gente. Y con la exhortación sucedía algo muy especial: sus palabras llevan directamente a la práctica. Es un lenguaje afectivo (el afecto integra inteligencia, pasiones y sensibilidad) que impulsa a “hacer”, no a teorizar más. Y en este hacer se va iluminando más lo que quiere decir. Oscar contaba que Vanier se emocionaba con este nuevo lenguaje.

Claro, a algunos teólogos (de escritorio) los deja sin trabajo. Porque la gente entiende directamente y no necesita que le expliquen mucho más. Sin embargo yo creo que es más linda la cosa, porque abre puestos de trabajo a otra teología, a una reflexión nueva que surge de los lugares donde se practica la misericordia.

Hay que estar atentos porque eso significa “hablarán nuevas lenguas” –harán nuevas teologías-. No en el sentido de superficial de “modas teológicas” que siempre hay, sino en la verdadera teología de moda, la que logra que la gente “se vista” a gusto, lindo, cómodo y para bien. No es superficial la belleza de la moda. Como pasa con los hábitos. El problema no es usar o no usar hábitos sino no usar “hábitos viejos”, como dice el evangelio. Porque lo nuevo se convierte en parche que rompe la tela vieja. De lo que se trata, tanto en la teología, como en los hábitos, en la liturgia y en las costumbres, es que las “formas” dinamicen la vida, permitan expresarla e institucionalizarla para bien de muchos.

Cuando uno se bautiza –se tira de cabeza y se sumerge- en la misericordia del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo, experimenta que no tiene cómo agradecer tanta misericordia y amistad sino “bautizando a otros”. Bautizar con gestos de ternura y de acogida, de servicio y cordialidad, con agua, con espíritu y con la propia sangre.

Cuando estamos en estas tareas, de sumergir en obras de misericordia a todos los descartados y maltratados, entonces nos acompañan los prodigios de los que habla el Señor: hacemos una teología que todos entienden, no hay demonio que, si entra, se quede, sino que, con paciencia como cuando invitamos a irse a los violentos que entran al Hogar, los expulsamos; no hay serpiente que pueda morder y entristecer con sus comentarios la vida de la comunidad, ni contaminación que nos envenene el alma, porque “estamos imponiendo las manos de la misericordia a los enfermos para curarlos”.

 

Y la imagen del Señor también se nos aclara: es un Dios práctico, metido en la vida, está sentado, no como espectador sino resolviendo, intercediendo, cooperando y confirmando con signos nuestras palabras encarnadas en obras de misericordia.

 

La fundación del Padre Thomas, en Filipinas, se llama “Tulay ng Kabataan”, que significa “Un puente para los niños” (www.anak-tnk.org) y fue la que visitó el Papa sorpresivamente. Por este lado van “las respuestas” al sufrimiento: respuestas con las manos, respuestas con casas, respuestas con visitas y compañía…

Diego Fares sj

 

 

 

Pascua 6 B 2015

Amigos

Durante la Cena, Jesús dijo a sus discípulos:

«Como el Padre me amó, también yo los he amado a ustedes.

Permanezcan en mi amor.

Si cumplen mis mandamientos, permanecerán en mi amor,

como yo cumplí los mandamientos de mi Padre y permanezco en su amor.

Les he dicho esto para que la alegría que yo tengo esté en ustedes y el gozo que ustedes tienen se plenifique.

Este es mi mandamiento:

Ámense mutuamente, como yo los he amado.

Nadie tiene un amor más grande que este: dar la vida por los amigos.

Ustedes son mis amigos si hicieren lo que yo les mando.

Ya no les digo siervos, porque el siervo ignora qué es lo que hace su señor; yo los he llamado amigos, porque todas las cosas que oí junto a mi Padre se las he dado a conocer.

No me eligieron ustedes a mí, sino que Yo los elegí a ustedes, y los destiné para que vayan y lleven fruto, y ese fruto permanezca, para que todo lo que pidan al Padre en mi Nombre se los dé. Esto les mando, que se amen los unos a los otros» (Jn 15, 9-17).

 

Contemplación

Acabo de leer de un tirón el libro “Desde mis zapatos” de María Luján Rey, la mamá de Lucas Menghini Rey, la última víctima en ser encontrada 62 horas después de ocurrida la Tragedia de Once, el 22 de febrero de 2012 a las 8,32/33 am. No pude menos que escribirle un mensajito agradeciéndole su valentía para permitir que, si uno quiere, se meta en sus zapatos y reviva en el corazón por un rato lo que los familiares viven desde hace tres años y vivirán siempre. Me nació llamarla amiga. Luego pensé que nunca habíamos cruzado más que un saludo, una mirada de dolor, una palabra de cariño. Pero como cada amistad es única, esta también. Es una amistad sin muchas palabras, una amistad de cercanía respetuosa y a un costadito a lo largo de muchos 22 de Febrero compartidos en la estación, una amistad de admiración por lo buena gente que es, que son, los familiares de las víctimas. María Luján tiene una definición de la buena que me conmovió: “La buena gente es la que engrandece el espacio en el que decide participar”.

Desde mis zapatos

Yo me animo a decir que he visto “crecer” a muchos de los familiares en humanidad, en cariño, en amistad, en trabajo, en nobleza, en grandeza, en lucidez… a lo largo de estos tres años. No sé cómo eran antes. Me da la impresión de que eran gente común. Común en el sentido del “espacio” que uno transita: cada cual tiene su casa, su lugar de trabajo, su mundo. Pero la tragedia les hizo “engrandecer el espacio en el que decidieron participar”. Baste el ejemplo que cuenta de las inundaciones. María Luján ofreció su casa para juntar ropa y alimentos para los inundados de La Plata, sin pensar que sus amigos se habían aumentado exponencialmente después de la tragedia. Fue así que no le terminaba de creer a su hija que le decía por celular que la casa se estaba llenando de donaciones y cuando volvió de una reunión en la que estaba vio su espacio rebalsado de cosas para llevar. Por este lado va lo de engrandecer –no solo “agrandar”- el espacio en el que uno decide participar. Los familiares engrandecen nuestro espacio común, lo honran con su reclamo de justicia, con su perseverancia y su empecinamiento en no bajar los brazos.

Y cuando alguien abre el espacio de su corazón y cuenta todo lo que ella cuenta en su libro, ese ámbito engrandecido es una mano tendida, una invitación a entrar: es un gesto de amistad.

Jesús dice que el signo de su amistad, la prueba mayor por así decirlo, junto con la de “dar la vida” es que “nos dio a conocer todas las

cosas que oyó junto a su Padre, en la intimidad”. A los amigos uno les cuenta las cosas más íntimas. Y más íntimas que las cosas que a uno le pasan son las cosas que uno siente y, más todavía, las queuno elige cultivar. Cuando uno cuenta el proceso que lleva toda elección, los pasos adelante, los miedos, las convicciones, las lagunas… uno está compartiendo la libertad, lo que nadie de afuera puede ver ni medir.

Por eso decía que un libro como el de María Luján es un gesto de amistad.

No hay otra manera para leer lo que allí nos narra que convertirnos en sus amigos. De ella y de todos los que la rodean y comparten su vida porque los amigos de mis amigos son mis amigos. ¿No será demasiado? Como no hay opción, creo que el único camino es “engrandecer” el concepto que cada uno tenga de amistad.

Hay muchos –infinitos- tipos de amistad. Todas las amistades son distintas y tienen eso en común, que los que las viven de adentro, la llaman su amistad.

La amistad siempre es “integra”. Sus características siempre están, aunque tomen mil formas. La confidencia, por ejemplo, siempre está. Sin embargo hay confidencias para un tipo de amigos y otras para otros. No todas son para todos pero con cada amigo hay alguna en la que el alma se “confidencia” entera.

Hay un tipo de amistad que nosotros, los jesuitas, llamamos la de los “amigos en el Señor”. Es una amistad en La Amistad. En ella, dos propiedades de toda amistad se potencian al máximo: una es esa capacidad de toda amistad de ser fecunda, de convocar e incorporar a otros amigos. La amistad en El Señor se incrementa exponencialmente: incorpora amigos sin importar épocas en que vivieron, países, razas, edades… Y por esto se la puede llamar “amistad social, comunitaria”. Llega a ser amistad entre pueblos que comparten santos, por ejemplo. O a tender puentes de amistad entre gente que vivió en épocas lejanas.

La otra característica que mejora es la que está ligada a una misión. En toda amistad hay un “mirar hacia algo que apasiona en común”: un deporte, la música, los viajes… infinitas cosas apasionan y unen a los amigos. Uno se hace amigo de otro por el camino de la vida, mientras ambos van compartiendo algo que descubrieron o trabajando en algo que les encargaron. En la Amistad en el Señror esta misión es anunciar el Evangelio, la buena noticia de que Jesús ha resucitado y nos sale al encuentro: se puede hablar con Él, recibir su Espíritu. Esta misión no tiene límites, requiere toda nuestra creatividad y todas nuestras fuerzas. Por eso se “expande” sólo en un amor de amistad, no de deber, que siempre mira el límite.

Estas dos características se pueden ver en estado puro, de manera muy especial cuando organizan sus actos conmemorativos, en los familiares de la Tragedia de Once: se ve que se hicieron y nos hicieron amigos a muchos en su caminar en pos de la justicia y que cuando trabajan en su misión se entregan sin límites con una alegría que los hermana.

Este tipo de amistad, que se da en torno a algo común que nos constituye como pueblos y como sociedad, no se puede “no elegir”. Como dice Campanela, en el prólogo: cuando te toca el timbre hay que atender.

San Ignacio usa en los Ejercicios una expresión de su tiempo: el que no responde a un llamamiento tal del Señor, será considerado “perverso caballero”. Es cuestión de honor responder al llamado de un grupo humano que “se hace amigo” en el reclamo de justicia. Son dos valores que a veces se dan separados, pero cuando se juntan nada ni nadie los puede ni los debe separar. No se puede ser “mero espectador” , un alentador, como dice María Luján de los que te dan una palmada y te dicen sigan luchando, como diciendo los que la sufren tienen el deber de luchar, los otros no.

El que expresa algo así, con palabras o gestos (u omisiones) es digno de ser vituperado por todo el mundo como perverso caballero (EE 94). Dicho en nuestro lenguaje: a esa gente hay que decirle en la cara y públicamente que son … ¿cuál sería la traducción de perverso caballero? No se trata de cualquier insulto o condena. Un caballero era una persona que se tenía por persona de bien, que se enorgullecía de ser honorable y de trabajar en causas justas. Cuando una persona así, no responde al llamado a defender una causa justa, se traiciona a sí mismo, no solo a los demás. Es alguien no sólo malo sino falso y debe ser desenmascarado. Eso significa “perverso caballero”. Por eso, cuando los familiares desenmascaran los dichos y las acciones de los políticos, funcionarios, jueces, periodistas y gente común, que contradicen la investidura y el oficio que tienen y dicen defender, están realizando una tarea en la que todos debemos participar. No puede ser que un político no defienda el bien comú: es un perverso político. No puede ser que un empresario no defienda a sus clientes y que un sindicalista no defienda a sus obreros y que un ciudadano común no defienda a los ciudadanos comunes: son todas perversiones y se deben denunciar. Con nombre y apellido, como hacen los familiares. Si no, se deshace el tejido social que se teje cuando cada uno ama y cumple con su rol y su trabajo y lo honra y nunca lo usa para otro fin.

Lo contrario de esta perversión, tan extendida en nuestra poco honorable vida ciudadana, no es un término medio sino una amistad fiel a muerte, desinteresada y total, sincera y cariñosa, comprometida hasta dar la vida. Nada menos que una amistad así puede contagiar esa sanidad que necesita una sociedad corrupta no sólo en hechos aislados sino corrupta en las dinámicas mismas de su funcionamiento y corrupta en el modo de comunicar, maquillándola, la realidad.

Creo que hay una lección para aprender de los familiares y en esto tenemos que ser clarividentes. Astutos,diría, para discernir con total nitidez y sin medias tintas, que la única manera de oponerse a la corrupción y a la globalización de la indiferencia, la exclusión y la injusticia, es con la amistad.

No alcanza con “el amor”. El amor –como nos suena en nuestros oídos modernos- está teñido de deber y cuando uno siente “tenés que amar”, ya interiormente se resguarda, pone límites y condiciones. La propuesta es ¿querés hacerte amigo con nosotros y trabajar por esta causa, ayudar en esta misión, realizar estas tareas?

No es lo mismo decir “tenés que amar” que “¿sos mi amigo?”.

En las evaluaciones, cuando uno lucha por el prójimo, no se deben evaluar sólo metas y logros sino ver si creció la amistad. Y no me vengan con que no se puede medir la amistad. Este es un mito del demonio, al que no le gusta que se midan las cosas del Reino. Porque si se miden, pierde por goleada. Al demonio le gusta que contabilicemos lo malo: cuántas víctimas, cuántas pérdidas, cuántas injusticias…

Pero la amistad se puede medir también. Eso sí, tiene que ser con una regla especial.

Es una regla que “mide rápido” pero mide. Mide, por ejemplo, el tiempo que perdí esperando a un amigo. La regla lo borra enseguida, pero lo constata. No para hacerlo notar, justamente eso es lo que un amigo no hace. Pero sí, por ejemplo, para desestimarlo con seguridad si el otro se siente avergonzado: “Mirá, en realidad fueron cinco minutos, nomás. Y la otra vez yo te hice esperar lo mismo, te acordás?”. Todo esto por si hiciera falta, digo. Pero la amistad mide: cuentas claras conservan la amistad.

Esta regla mide también “el tiempo que pasamos sin medir”. Lo mide al final de un trabajo arduo y lo mide en bloques: le dediqué a esto de mi amigo “toda la tarde” o “estuvimos hasta no sé qué hora trabajando”. Queda registrada la conciencia de “no haber estado fichando el reloj” como signo del gusto que uno siente en estar con el otro y la satisfacción de la tarea cumplida más allá de los esfuerzos que llevó.

Esta regla mide la cantidad de esas tareas que “no sabemos quién hizo qué cosa”, porque salió todo de todos. Esta medida es muy fina, porque cuando uno es amigo mide con admiración y sin celos lo que el otro hace mejor que uno y no se fija tanto en lo que uno hace mejor. Es una regla que registra al revés, diríamos.

Esta regla mide también la cantidad de reclamos no hechos, los que cada uno se guardó, no contabilizó públicamente y olvidó con consciente alegría. Es la regla de “perdonar las deudas” (que tienen que hacerse conscientes, porque si no salen en el momento menos pensado).

También mide aspectos cualitativos como “si se mantiene la temperatura del fervor”, si las sonrisas son de buena calidad, si el condimento del buen humor estuvo un poquito por todos lados, si el desinterés gana puntos, si los gestos gratuitos encuentran quién los escuche cuando se narran con detalle…

Es curioso cómo el examen del día que propone Ignacio, en el que las consolaciones y el agradecimiento tienen el primerísimo lugar, se haya convertido en análisis de las faltas. Esto quiere decir que está tentada la estructura misma del evangelio, que es buena noticia. Tomar conciencia ayuda, después, cada uno llevará su libretita y su diario. María Luján dice que gracias a su diario: “pudo descubrir que no necesariamente el olvido es producto del devenir de los días y que mantener viva la memoria logra que los sucedido hace meses, días y años, se sienta tan reciente como si fuera parte del presente”. Esta memoria que registra todo es la de la amistad.

(Y por supuesto que no hay ni que decirlo y todos tenemos que leer el libro. Nos ganaremos el agradecimiento gratuito de una amiga para “cada uno de los que, por un rato, miraron la vida desde mis zapatos”).

 

Diego Fares

 

 

 

 

 

 

 

Pascua 5 B 2015

Cargados de frutos

 

“Yo soy la vid verdadera, y mi Padre es el Viñador

y a todo sarmiento que en Mí no carga fruto, lo corta,

y a todo el que carga fruto, lo poda, para que cargue frutos más copiosos.

 

Ustedes están ya podados gracias a la Palabra que les he anunciado.

Permanezcan en mí, como yo permanezco en ustedes.

Lo mismo que el sarmiento no puede cargar frutos por sí mismo,

si no permanece en la vid; así tampoco ustedes si no permanecen en mí.

 

Yo soy la vid; ustedes los sarmientos.

El que permanece en mí y yo en él, ése carga mucho fruto;

porque separados de mí no pueden hacer nada.

Si alguno no permanece en mí, es arrojado fuera, como el sarmiento, y se seca;

luego los recogen, los echan al fuego y arden.

Si permanecen en mí, y mis Palabras permanecen en ustedes,

pidan lo que quieran y lo conseguirán (Jn 15, 1-8).

 

Contemplación

 

Dar fruto.

Si no permanecen en mí, no pueden dar fruto.

Esto es lo que estamos acostumbrados a oír: si permanezco unido a Jesús puedo dar mucho fruto. Pero el verbo griego –pherein– no significa dar sino llevar, portar, “cargar”. Por tanto: en Jesús puedo cargar frutos, como un sarmiento unido al tronco de la cepa. Es decir: el fruto lo da la Vid entera, aunque brote de la yema viva de un sarmiento, sería ridículo pensar que este es el que “da” el fruto. Más bien lo “carga”. Es como si un pendrive se atribuyera el poder “dar” la información preciosa que contiene porque es el “soporte”. Sin una compu, un pendrive no es más que un “pituto” (el ejemplo técnico es para los que no sabemos cómo se hace una poda, que no es cuestión de cortar ramitas secas).

 

Nos centramos entonces en la palabra evangélica “cargar”: somos el “soporte” de una información preciosa, la Buena Noticia del Evangelio de Jesús Resucitado. Pero sin Él, sin su Espíritu que “activa” esta información vital en la compu de cada corazón, no podemos hacer nada.

No menospreciemos sin embargo este “cargar”. El soporte no es puro apoyo material: el sarmiento no carga el racimo como si fuera un palo cualquiera; lo carga dejando circular la vida por sus circuitos interiores.

De ahí la maravilla de un sarmiento con yemas vivas: es una vara mágica en la que late la vida de la Vid entera.

Por eso se puede injertar y hacer con él una nueva cepa!

Como si un pendrive pudiera crecer por su propia fuerza y transformarse en un Ipad (en esto de ser fecunda la naturaleza le gana a la técnica, aunque uno mire con desprecio a un sarmiento feucho y con ojos de admiración a un pendrive).

 

Un sarmiento que carga frutos es uno elegido y podado por el Viñador.

 

Aquí Jesús hace entrar el Padre, humildemente vestido de podador. En estos días, rezando, me ví varios videos de Podadores de viña y dos de los que contemplé son un encanto. Uno, abuelo ya, mostraba cómo se hace un injerto y daba gusto ver como se concentraba tanto en pelar la vara elegida “por la parte estrecha, porque las savias circulan por la parte ancha de la planta”, que se olvidaba del micrófono. El otro, no tan mayor, tenía un sombrero de paja que le hacía sombra en el rostro, por lo que no se lo veía. Él también hacía ver el trabajo de sus manos y no su cara. Me llenó de consuelo imaginar la sonrisa pícara del Padre sintiéndose a gusto en estos hombres sencillos que no se hacen ver directamente sino a través de su oficio. “Mi Padre trabaja”, como dice Jesús. No se hace ver, trabaja.

 

Así pues, los podadores son gente de oficio. Ellos hablaban de “controlar la carga de los racimos”. Cada cepa tiene dos “brazos” que la crucifican, por decir así, apoyándola sobre un alambre y el arte de la poda consiste en hacer que los racimos se den ordenadamente sobre los dos brazos, para que la carga esté bien distrtibuida. Por eso los podadores cortan los sarmientos que se van muy para arriba, hacia fuera o hacia abajo.

Cortan los que se van muy derechito para arriba porque después, dicen, es dificil desinfectar y cosechar (me tiento y adelanto aquí un fruto de la comparación: como estos sarmientos serían aquellos teólogos cuya prédica da frutos buenos pero tan altos que nadie los puede cosechar). Es que la vid es una planta trepadora y tiende a irse para arriba con cualquiera que le brinde apoyo. Por eso es que hay que mantenerla baja, para que los frutos estén al alcance de la mano y con las yemas cerca del tronco, que es donde tiene más fuerza vital la cepa (por eso se plantan tantas cepas y no se deja que una sola se extienda de más).

Se suelen dejar unas seis yemas por brazo y cada yema dará uno o dos racimos. La yema es la parte vital de la planta, donde se da el misterio de que de una madera rugosa y retorcida salgan uvas dulces y capaces de transformarse en vino y de llegar a ser la Sangre del mismo que las inventó.

 

Es interesante notar que El que poda ya sabe el fruto que dará cada cepa el año próximo, por las yemas vitales que deja bien orientadas. Pero hay un “programa oculto” en la planta que hace brotar más yemas en algunas partes de los brazos y en otras no. Pero no nos vayamos por las ramas: de las mil lecciones que podemos sacar de esta comparación que nos regala el Señor, nos estamos quedando sólo en esto de cargar. Desde el punto de vista de nuestro Padre, la poda se orienta a que la carga de los frutos esté bien distribuída. Por eso privilegia a los sarmientos que no solo tienen yema que dará fruto, sino que “se orientan” bien en relación a toda la cepa, sin cortarse solos para arriba ni inmiscuirse en la cepa vecina.

La lección es importante para que cada uno medite allí donde se siente “podado”. Reflexionar es “sentir” las manos del Padre allí donde “siento que me cortan”. Sentir sus manos y captar su mensaje amoroso: ¿Dónde quiere que “cargue” los frutos de su Vid (de su Jesús)? Si me corta este “portador” y me deja aquel otro ¿qué me está queriendo decir? ¿Por qué me deja estas dos yemas (estas dos vías para fructificar) y no aquellas? También está la experiencia de ser “cortado” precisamente donde uno carga frutos, para injertarlo en otra cepa, a ver si mejora la mezcla. Operación que tiene sus riesgos ciertamente, pero las manos del Padre son expertas.

 

Reflexionar así implica un cambio total de mentalidad: yo no “doy” ningún fruto, sólo lo “porto”. Mi misión es como esa yema viva por donde brotará el racimo.

Con esta mentalidad, que ve al Señor Enraizado en la Iglesia como una Gran Cepa, que soporta toda la extensión de las ramas con sus racimos, uno se integra como sarmiento buscando que el fruto sea en uno “cosechable”.

 

Este es el concepto: la cosechabilidad. Que en mi oficio, el fruto que da el Señor, madure bien, gracias a mi orientación, y sea cosechable.

 

Estamos hablando, para que se entienda bien, de que en la Iglesia tenemos para dar al mundo un solo fruto: la Eucaristía, que es amor misericordioso que sana las miserias y potencia las virtudes de cada comensal.

Este amor fructificante, es el mismo que tiene que ofrecer el que tiene oficio de papa y oficio de sacristana, oficio de director y oficio de portero.

Proyecto que no vehiculiza este fruto se poda; y se potencia el que da más fruto.

No habría ni que decir que el sarmiento que no da la uva para el vino eucarístico de la misericordia, la alegría y la promoción, se corta, y el que da se poda para que de más.

 

 

La palabra “cargar” fruto me gusta porque en general se la asocia con “cargar la cruz” o “la camilla”, es decir con los problemas. Pero también los frutos hay que cargarlos. Y cargar lo bueno es un placer, como cargar nietos que te llenan de sonrisas y besos aunque te hagan doler la espalda.

 

Podamos aquí (la cortamos, digo) para que cada uno se puede quedar gustando los frutos de esta parábola de la Vid, sintiendo como Jesús nos “porta a todos sobre sus espaldas anchas”.

 

 

Paso a una gracia de oración que me vino con esto de “cargar frutos”.

Si uno le toma el gusto, puede convertirse en sinónimo de “rezar”.

La gracia me vino de ver cómo los santos evangelizadores, que está canonizando el Papa Francisco, eran hombres y mujeres que “cargaban en su oración al pueblo al que eran misionados”. Y esos pueblos “lo sintieron y lo sienten” y les devuelven amor con amor.

No a todos nos da para “cargar los frutos de un pueblo entero” pero aquí entra la imagen del Padre que a cada uno le da la gracia de cargar con el fruto de algún rostro concreto en el que Él quiere dar fruto y nos invita a participar.

Así, me hago cargo un rato de algún rostro y siento su peso en la contemplación.

Contemplar tiene algo de “cargar”. Uno se pone una imagen en las espaldas y la lleva, la toma en brazos y la sostiene, hasta sentir su peso, que es el amor. Porque el amor es cuestión de peso: cuánto pesa alguien en mi vida, cuanto se me va al fondo del corazón, cuánta masa tiene que me atrae irresistiblemente y me hace gravitar en torno a su persona.

 

Uno puede cargar una palabra del Evangelio (como esta misma, hoy) y caminar con ella por la vida cotidiana, a ver qué se siente. No es lo mismo caminar con un niño en brazos que llevando sólo una mochila.

 

Uno puede cargar también un rostro y rezar.

Podemos elegir una carita, como la que me mandó el padre Ernesto, la carita de uno de los niños del terremoto de Nepal, y rezar con ella: cargar el peso de esos ojos sobre el corazón.

 Niño de Nepal

Los medios nos dan “datos estadísticos” que son imposibles de llevar. La noticia de que “un millón y medio de niños está en riesgo en Nepal” es un peso tan abrumador que nos excede. Es mayor que el peso de los edificios derrumbados y los escombros polvorientos.

Pero los medios también nos muestran rostros. Y si uno se fija en las fotos, la gente hoy mira con intención: sabe que la foto llegará antes que la ayuda y su mirada tiene un reclamo más hondo que el de solo pedir.

Hay todo tipo de miradas, pero entre todo lo que cada uno expresa yo leo siempre algo así como “me gustaría que sepas que estoy aquí y que tengas conciencia de mí”.

Hay un mensaje para los gobiernos y los que pueden hacer algo concreto, pero también hay una mirada que sólo busca otra mirada. “Sé que cuando estés en una situación como la mía desearás como yo que alguien se acuerde de ti”. El Papa lo expresó con tanto cariño: “eran personas como nosotros”.

 

En la imagen del Padre que poda los sarmientos para que cada uno cargue uno o dos racimos y no más, hay algo que nos anima a “cargar” frutos de oración de manera personal. Cada uno puede elegir a alguien y cargarlo un rato en el corazón.

Más que una tarea, es un privilegio. Y será de gran ayuda: la ayuda que nos dan los pobres cuando rezamos por ellos. Como decía Ernesto que me mandó esta foto: Hay “un rostro dolorosamente esperanzado, y está detrás de una lona rasgada, como el velo del templo que nos permite ver ‘más allá’ del dolor. Me hizo mucho bien contemplar esta foto y rezar por tantas víctimas”.

 

 

 

Diego Fares sj