Semana Santa B 2015

Centrados en Jesús

Francisco

Juzgo que todo es pérdida

ante la sublimidad del conocimiento de Cristo Jesús, mi Señor,

por quien perdí todas las cosas,

y las tengo por basura para ganar a Cristo

(…) y conocerle a él,

el poder de su resurrección

y la comunión en sus padecimientos

hasta hacerme semejante a él en su muerte,

tratando de llegar a la resurrección de entre los muertos

(…). Por eso una cosa hago:

olvido lo que dejé atrás

y me lanzo a lo que está por delante

(Fil 3, 13-17).

Contemplación 

Esta semana pedí poder participar en las ceremonias del Papa y me lo concedieron, cosa que no siempre es posible. Como ya llevo cuatro –el domingo de Ramos, la misa Crismal, la celebración de la Pasión en la Basílica y el Via Crucis en el Coliseo-, mientras me preparo para la Vigilia Pascual, hago mi oración con lo vivido y lo comparto.

Es la primera vez en 29 años de sacerdote que hago de oveja y no de pastor. Y la verdad es que es lindo. Traté de seguir el consejo de nuestro Santo –Pedro Fabro- que dice que para “encontrar devoción” hace bien “no salirse de tres fronteras: una, la del momento de la liturgia en que uno está (sin recordar otras cosas ni proyectar lo que se hará después; la segunda frontera de la que no hay que salir es la del tema que se celebra (el santo o la fiesta) y la tercera frontera por la que uno se debe dejar contener es la de cada frase que uno va pronunciando.

En la pasión, por ejemplo, que cantaban tres diáconos en latín y con una música muy hermosa, trataba de ir pronunciando las palabras suavemente, para no distraerme con lo que no entendía. En los pasos del Via Crucis, que hizo un Obispo Italiano y que hacía “hablar a Jesús en primera persona” contando lo que sentía de manera muy sobria y creíble, trataba de meterme en esa escena y no pensar en la que venía. Era difícil por el marco del Coliseo y por una suerte de “dualidad” que me hace, por un lado aprovechar para rezar yo, y por otro, “estar con todos los sentidos abiertos, como dice Claudia que me conoce, para captar todo lo del Papa y poder comunicárselo a mi gente”. Así que trato de absorber todo –poniéndome muy receptivo- y de esta atento a elegir lo que el Señor me dice a mi y pide que le responda y lo que me hace sentir para dar a otros.

Centrado en los que se centran en él

La verdad es que me concentré totalmente en el Papa. En él como persona, pero al mismo tiempo, en los que se concentran en él: los que lo cuidan, la gente que lo ve pasar, los que lo quieren y preguntan por él.

Empiezo por la gente simple que se interesa tanto por Francisco. Nuestra cocinera Ángela (que hace la limpieza y en estos días en que las hermanas están de vacaciones, nos cocina junto con su hija) me decía que lo había visto muy cansado al Papa. Yo le decía que es que vive muy intensamente las ceremonias. Se concentra totalmente y se olvida del mundo. Porque habíamos cenado algo livianito una hora antes, entre la celebración en San Pedro a las 17 y el Via Crucis a las 21, y estaba de lo más bien. Esto la dejó tranquila, porque todos nos preocupamos cuando lo vemos cansado.

Centrado en los que cuidan al pueblo fiel

De eso nos habló a los sacerdotes el Jueves Santo: del cansancio de los curas. Y dijo que rezaba mucho por nosotros, especialmente cuando el que se sentía cansado era él. Fue tan linda la homilía: nos habló del cansancio bueno, ese que uno siente después de haber ungido con oleo de alegría al pueblo fiel y hace que le pueda decir al Señor “basta por hoy, Señor” y claudicar ante el sagrario o ante la cruz en adoración. Nos dijo que hay que ser curas con olor a oveja y sonrisa de papá que mira a sus hijos o a sus nietos.

La verdad es que todo lo que dijo el jueves santo, él lo vive. Uno lo ve “cansado, pero cansado bien” y que te regala unas sonrisas tan mansas que quedan grabadas para siempre. Poder estar al lado de un santo, como me decía un amigo, es una dulzura.

Terminada la Misa Crismal, salimos de San Pedro “a contramano”, pasando por detrás del altar mientras los empleados juntan las sillas. Aproveché para sacar una foto de la silla del Papa iluminada por su blancura, solita, en el altar, lleno de plantas verdes, de mármoles y manteles. No se por qué me vino sacarla. Quizás por su sencillez en el centro del altar más “fastuoso” del mundo.

En la Misa de Ramos, el domingo pasado, Francisco puso al centro la “humillación de Jesús”: “En el centro de esta ceremonia, que parece tan fastuosa, se encuentra la humillación de Jesús. El Señor se humilló para salvarnos”. Lo mismo dijo en la Misa con los detenidos de Rabbibia: “En el centro está el amor de Jesús hasta el fin. Nos ama sin límites, a cada uno, y se hizo esclavo. Recen para que el Señor me haga más esclavo, para servir a todos”.

En cada Eucaristía el Papa elige una palabra, una actitud del Señor, y la pone en el centro. Esta es la clave de sus homilías: lo que está en el centro.

Esclavo de aquellos a los que debe servir

Salíamos por la Puerta de los Peregrinos que da directo frente a Santa Marta (que está a unos 80 metros) y vemos que los guardias suizos paran la gente en la boca del túnel (porque las paredes allí tienen varios metros y se sale por un túnel). Es que está dando la vuelta el auto del papa y no dejan que ande gente suelta por las calles interiores del Vaticano. Salimos al sol de este hermoso Jueves Sacerdotal y vemos que el papa está frente a Santa Marta charlando con el Cardenal que cuida a Benedicto. Spadaro pide ir a saludarlo y nos permiten cruzar la explanada, pero vemos que entra en Santa Marta. Tendrá que ir al baño, dice uno. Los guardias nos dejan entrar y bajamos la escalera circular (se entra por una puerta corrediza, como las de los aeropuertos, y se baja a un medio entrepiso, que es la recepción, por dos escaleras semi-redondas que dan a las salitas y a los ascensores). Veo por primera vez la imagen de San José. Es una de las réplicas de la imagen del Máximo. Otra es la que Jorge nos regaló para el Hogar. Así como preside nuestra planta alta, allí preside las entradas y salidas del Papa de Santa Marta! (Le pedí a Antonio que me sacara una foto y allí no pudimos, porque estábamos esperando que Francisco terminara de hablar con una persona y no queríamos que se nos escapara). Estuvo charlando sus buenos 7 minutos (los tiempos y las distancias que pongo son números míos, interiores, digamos) y vino sonriendo a saludarnos. Verlo de cerca, a mí, me transmite muchas cosas, una mejor que otra, y por eso pongo cámara lenta. Físicamente, la impresión es de mansa dulzura. Su trato es manso. En lo que dura el tiempo de los saludos, se deja saludar. Está como un esclavo. Después vimos lo mismo cuando saludaba a los detenidos: “se lo están ‘mangiando’” – me decía Antonio. Y es verdad: deja que se le acerquen, dedica a cada uno una franca sonrisa con mirada a los ojos, responde a lo que le piden: un abrazo (tres besos le dio un grandote), una bendición a un rosario, las dos manos juntas de alguien que toman la suya…

De cerca lo siento bien. Cansado después de la ceremonia, en la que nos habló del cansancio de los sacerdotes, de “cansarnos bien”, en el Señor. De tener olor a oveja y sonrisa de papás. Cansado e irradiando paz, una especie de ámbito pacífico que lo acompaña, lo precede cuando se acerca y te mete adentro cuando estás cerca de él y después que se va dura un rato. Como Antonio lo abraza, a mi, que siempre me tiende la mano, también se acerca para un abrazo, que le doy con gusto, por supuesto. Charlan algunas cosas de la Civiltà Cattolica y nos dice que se va a almorzar con diez curas. Me pregunta si me dan de comer en la Civiltà (sutileza para decir que él también se fija en cómo está uno físicamente) y antes de irse me da saludos especiales para mi madre. Dos veces me recomienda que le diga que le manda saludos. Siempre es el mejor regalo que a uno le saluden a su madre. Desde el noviciado que Jorge siempre le dio más bola a nuestros familiares y, de manera especial a nuestras madres, que a nosotros. Son cosas lindas.

Nos vamos con Antonio y al salir, caigo en la cuenta de que, con la emoción, no sacamos la foto. Pero como tenemos que volver a dejar unos dulces que le mandan y están en el auto, la sacamos luego:

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Tocarla es como tomar gracia de la del Hogar, al entrar y salir de la oficinita, y de la del Máximo, como hacíamos al terminar las misas.

Me quedo con lo de “esclavo”. Al tenerlo cerca, al tocarle el hombro, darle la mano, mirarlo a los ojos y ver cómo trata a los otros, es como tener a Jesús cerca. Y la actitud es totalmente nueva para mí: es como la de tener a uno más grande que se hace esclavo. Por un lado está dirigiendo todo el mundo y por otro está a tu disposición, sin mostrar apuro por cortar la charla, y cuando uno hace amague de irse, reteniéndote un rato más. Esto que siempre hizo, ahora se nota “macizamente”. Si los guardias suizos tienen tiempo para saludarte deteniéndose un momento amablemente (y pasando luego a otra cosa), el Papa se detiene y se queda con vos todo lo que quieras. Y los que están al lado no joroban, como otros, que te alejan ellos para que el Papa no tenga que hacer el gasto. En su presencia uno se da cuenta de que es verdad que el tiempo es relativo y que lo crean las personas. Así como dicen que una gran masa de un planeta haría que el tiempo transcurra más despacio, así en su cercanía, el tiempo se aplaca, se vuelve rico, sustancial. Las sensaciones se activan y la memoria registra hasta los detalles más mínimos. No es que quiera hacer ciencia, pero lo de la “dilatación del tiempo por gravitación” está comprobado, aunque nuestra capacidad de experimentarlo es mínima. Pero, como dice Rossi que Francisco –al igual que el Rey de La Ciudadela de Saint Exupery- no gobierna dando indicaciones sino “gravitando”, uno siente el efecto de esta “gravitación de Francisco” en cómo si se intensifica el tiempo cuando estás a su lado.

 

Como un guardia suizo (los que se centran en su cuidado)

Todo esto que voy diciendo tiene que ver con “centrarse” en la gracia. Dejar que el tiempo de gracia se aquiete es una manera de “encontrar devoción”. Gozar el momento, no adelantarse.

También está lo de “cuidar” la gracia: que no haya cosas que la perturben.

Aquí entra como ejemplo los guardias suizos. El título me vino en estos días en que he estado en contacto con varios de “los que cuidan al santo Padre, como ellos dicen. ¿Qué es lo que me impresiona? Algo que llamaría su “desapego” a todo lo que no sea su misión. Estás en medio de una conversación amable, que entablaron sin problema, mientras uno espera al papa frente al saloncito de visitas en Santa Marta, y de golpe, sin explicaciones, siguen su camino, hablando por el micrófono que llevan incorporado y no regresan por un rato o no vuelven a hablarte más. Otro día, los volvés a ver y te recuerdan y se continúa el diálogo de la misma manera: desapegado.

Yo lo aplicaba a mi vida y pensaba que así tenía que estar atento al Señor, como un guardia suizo, haciendo las cosas pero conectado interiormente con él no disperso en mil cosas. Ellos saben que el Papa está en la casa, o viene en un rato, y está activo, haciendo cosas, recibiendo gente. Y su tarea es cuidarlo sin que se note, que pueda moverse libremente como si no pasara nada, pero atentos a que puede pasar cualquier cosa en el mundo en que vivimos.

Otra imagen es la de dos guardias vestidos con su uniforme militar, casco y lanza, avanzando a paso marcial por la explanada de San Pedro, hacia su lugar en las puntas. Un amigo cura me dice: “Ahí debe haber salido el papa en el auto hacia la plaza. Cuando aparecen estos es que él viene”.

Bueno, no se si logro expresar la intuición. Me admiró ver gente tan concentrada en la misión de que Otro pueda hacer su tarea. Lo mismo diría del maestro de ceremonias y de otra gente que lo rodea: están, no se hacen notar y “sincronizan” perfectamente para que el Papa “proceda”. Son todos muy profesionales, pero los guardias suizos me impresionaron como más “desapegados”, en el sentido de actuar en cuerpo, como una sola maquinaria. Como suizos, bah!

Los jesuitas apreciamos el gusto y la alegría de un trabajo en cuerpo bien hecho, sin comentarios ni hacerse notar demás. Al dar ejercicios en equipo uno siente ese gusto de que la persona encuentre el fruto que el Señor le da y se encuentre con él. Entonces uno se retira discretamente pero queda a mano, para lo que se necesite. Estar uno en su lugar y en su misión, como un guardia suizo, es un testimonio de que el Señor está “activo” y que es “el importante”.

Diego Fares sj

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