Pascua 4 B 2015

¡Help! ¡Help!

05

Yo soy el Buen Pastor, el Pastor hermoso. El buen pastor da la vida por las ovejas. El que es asalariado, en cambio, y no pastor, como no le son propias las ovejas, cuando ve venir al lobo, abandona las ovejas y huye -y el lobo las arrebata y las dispersa- porque es mercenario y no le importan nada las ovejas.

Yo soy el pastor hermoso; y conozco mis ovejas y las mías me conocen a mí, como me conoce el Padre y yo conozco a mi Padre y doy mi vida por las ovejas.

También tengo otras ovejas, que no son de este redil; también a ésas las tengo que conducir y escucharán mi voz; y habrá un solo rebaño, un solo pastor.

Por eso me ama el Padre (con amor de predilección), porque Yo entrego mi vida, para tomarla de nuevo. Nadie me la quita; yo la doy por mí mismo. Tengo poder para darla y poder para tomarla de nuevo; esa es el mandamiento que he recibido de mi Padre»   (Jn 10, 11-18).

 

 

Contemplación

Hoy quiero rezar contemplando a las ovejitas que se hundieron en el Mar Mediterráneo el domingo pasado. Se murieron sin poder para recuperar su vida. Y esta impotencia llama a Jesús.

 

“Buscaban una vida mejor”, dijo el Papa conmovido durante el rezo del Regina Coeli. Y lo que más nos conmovió, “eran personas como nosotros”. Eso dijo: “Eran personas como nosotros, hermanos nuestros que buscaban una vida mejor, hambrientos, perseguidos, lastimados, utilizados, víctimas de guerras, que buscaban una vida mejor… Buscaban la felicidad…”.

 

Quería ver los rostros, los barcos, lo que pasó. Pero no es que haya tanto. En comparación con otras imágenes estas vienen mezquinadas. Así que comencé a imaginar: Los mercenarios meten cientos de personas de más en esas barcazas y las abandonan a su suerte. No son sus pastores, para nada. No les interesan las ovejas. Decía un superviviente que en la espera eran entre 1000 y 1200 Y que los guardias les daban bastonazos al que no obedecía. Vienen de muchos países: Mali, Bangladesh, Eritrea, Somalia, Senegal, Sierra Leona, Costa de Marfil y Gambia. Esperan meses para embarcarse. Varios de los jóvenes dicen que es preferible morir a quedarse en sus tierras, en la situación en que vivían. Se ve que es gente que ha ahorrado mucho tiempo para conseguir esas sumas y viaja con una esperanza.

 

Tampoco les interesan mucho a los gobiernos, que planean bombardear las barcazas con drones, ni a mucha gente que siente que son invasores, peligrosos, de otra religión, de otra raza… Pero cuando uno se detiene un poco en algunas historias y mira un rato las fotos y lee testimonios, comienza a sentir que es verdad que son personas como nosotros: con sus familiares, con sus pocas cositas que lograron llevar, con sus sueños en esa bodega del barco, todos amontonados, como en las épocas de los esclavos –habían cerrado las puertas de la bodega para que no pasara lo que pasó, que todos se van arriba y se amontonan de un mismo lado y el barco se vuelca-, sin saber qué pasa afuera, sintiendo que en pocos minutos el agua les subió por los pies y que se van a pique y se ahogan amontonados, apenas con tiempo para rezar y para abrazarse y patalear y gritar… Y para ellos, ya está. Ya pasó. Pero para nosotros no.

 

Son las ovejitas de ese otro redil, que Jesús dice que también son suyas y que también a ellas las tiene que conducir y que escucharán su voz.

 

A otros no les interesan mucho. A nosotros sí, porque “son ovejas como nosotros”. Somos todos ovejas de ese único rebaño que sueña Jesús, por el que dio la vida. Si lo queremos a él, si le estamos agradecidos de que de la vida por nosotros, si comulgamos, esas ovejitas también nos interesan.

Aquí encontré una foto de cómo son las barcazas. Uno se imagina muchísima gente, pero el barco tenía sólo 20 metros de largo. 20 metros en los que se amontonan todos, cada uno en un lugarcito, las mamás cuidando que no les pisen a los chicos. Busqué una foto y los barcos son así, como este. Si uno trata de contar, los visibles son más de 170, aunque no parezca. Los otros están adentro. Los que no podían pagar más iban al tercer nivel!Captura de pantalla 2015-04-25 a las 08.15.12 1

 

 

Así estaba el barco esa noche, cuando se acercó la lancha para salvarlos y los iluminó con sus faros. Ahí fue que la gente se fue toda para un lado… No sabremos nunca si iban 700 personas, 800 o 900. Pero podemos imaginar, porque dicen que iban como 200 mujeres y entre 40 y 50 niños y niñas. Los demás eran hombres, en su mayoría jóvenes. No se sabe. Nadie las cuenta. Se ve que a último momento hacen subir a más, que con dinero en mano piden un lugar. Dicen que algunos pagaron 1.000 dólares y otros hasta 7.000. Allí se ve por qué meten más gente. Alguno muestra una suma muy grande y otro lo deja pasar.

 

 

Estos son algunos de los 28 sobrevivientes. Solo 28. Y se recuperaron nada más que 24 cadáveres. Los demás quedaron en el fondo del mar. Pero de todas las fotos al final me quedo con esta:

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Leyendo los testimonios de Omar, de Abdirizzak y de Nasir, tres supervivientes, me imaginé que eran como los tres jóvenes que están allí. No el de blanco a la izquierda, que es el Capitán, que se mezcló con los pasajeros y se salvó. Dicen que bebía y fumaba hachís y que cuando se aproximó el carguero, dejó el timón para que no vieran que era el capitán. Ahí chocaron los barcos y luego la gente se amontonó e hizo que volcara.

 

Omar cuenta que “partieron de Gebilay y de Borama, al noroeste de Somalía, el año pasado. Eran treinta y cinco. Atravesaron Etiopía y luego Sudan y Libia para llegar al puerto de Trípoli. Allí los arrestaron y los tuvieron en la cárcel por meses. Estaba con su hermana Sarah per “la perdí. Zarpó en otra nave y no sé cómo le habrá ido.

 

Abdirizzak cuenta que fue “un viaje fatigosísimo”. Semanas de sacudidas por las pistas de las caravanas del Sahara. El hambre. La sed. El Sol a pico. Las noches gélidas. La arena en las orejas y en la nariz. Abdirizzak está flaco como un clavo y tienen ojos enormes. Dice que gastó 2000 dólares para llegar atravesando el Mediterráneo. “Tengo un primo en Noruega. Mi sueño es ir allá”.

Cuentan que el pesquero estaba sobrecargado. Cuántos pasajeros? “Y…”. Hacen un gesto con la mano como diciendo “tantísimos, andá a saber”. Mujeres, niños. La vieja embarcación tenía tres pisos: “A los que pagaron menos plata los amontonaron abajo y los encerraron dentro. Nosotros terminamos en el nivel del medio. Arriba estaban los que habían pagado más. Partimos a las seis. En cierto momento, en la oscuridad, sintieron un golpe y el mundo entero se vino abajo. “Gritaban todos. Empujaban. Vómitos. Puñetazos. Miedo. De abajo, los que estaban encerrados dentro, gritaban Help! Help! No sé como logramos salir afuera apenas a tiempo, mientras el pesquero se iba abajo.

 

Nazir cuento su historia con un hilito de voz. Vivía con su mamá, un hermano y dos hermanas en Kuliarchar, cerca del río Ghurautra, a dos horas de auto de Dacca. Vida dura. Mucho. En cierto momento en la familia no vieron alternativa. Juntaron el dinero para el avión confiando al jovencito de 17 años la misión de hacer fortuna. “Partí para Trípoli hace dos años, el 16 de mayo del 2013. Por un tiempo no me fue mal. Trabajaba como mecánico en Garian, una ciudad en el desierto a hora y media de Trípoli. Pero poco a poco la guerra civil se acercaba. Un mes atrás me decidí: tenía que irme. Era muy peligroso para mí quedarme allí. Tenía que partir. Tomé el autobús, llegué a Trípoli, busqué alguno que me ayudase a conseguir pasaje en un barco para Italia. Terminé en Gergarisch. Nos metieron en un campo. Éramos muchísimos. Mil, mil quinientos quizás. Nada de camas. Dormíamos en el suelo. Sin siquiera una manta. Calor infernal de día y de noche un frío terrible. Para calentarnos un poco cada uno se apretujaba con su vecino. No veíamos la hora de partir. Cualquier día era bueno. Pero no llegaba más. Finalmente el jueves 16 nos anunciaron la partida. Sábado. La narración se junta con la de Omar y Abdirizzak. Nazir, un amigo que se tuvo que quedar tendido por la fatiga y un tercer compañero de viaje bengalí, no terminaron bajo la cubierta como los otros dos muchachos somalíes. Tal vez porque habían pagado más que los otros. Nos encontramos con una treintena en lo más alto del pesquero. Cerca del comandante sirio y de otro piloto, un tunecino. El sirio bebía . Vino. Bebía, bebía y fumaba hachís. Hacen mímica como que no estaba en sus cabales y no tenía el control del pesquero. A cierta hora, después de haber hecho sonar la alarma pidiendo socorro, vieron arribar una nave. Era grandísima. Y nosotros, tratando de acercarnos, terminamos yendo derecho a chocarla. Instintivamente nos tiramos hacia atrás. Todos gritaban. De abajo, donde estaban encerrados los africanos, sentíamos gritos pidiendo ayuda: Help, Help! Fue un segundo. El pesquero se dio vuelta y terminamos en el agua. Cinco minutos, no más y se fue al fondo. Permanecimos allí, tratando de nadar, una media hora. No se veía nada. Los marineros filipinos de la nave tiraron escaleras de soga. Me agarré y logré salir.

…………….

Del relato me quedan algunas cosas. Una que pareciera que no es como contaron los medios que todos se abalanzaron hacia un lado para pasar a la otra nave. Como si fueran unos desesperados ignorantes del barco en que iban. Estos jóvenes dicen que cuando vieron que iban a chocar se corrieron instintivamente para el otro lado, luego que el capitán había soltado el volante.

 

De los de abajo sólo quedan en los oídos de los jóvenes –y en los nuestros- esas dos palabritas en inglés desesperado “Help” “Help”. Me dan tanta pena! Esas dos palabras me hacen llorar más que todo lo demás. Imaginar a las mamás que han aprendido a pedir ayuda en inglés, pensando que quizás así los que venían a salvarnos entenderían su pedido. No es un grito desesperado. Es un pedido. Una invocación. Dicha en inglés para que la entendamos bien todos. Hay gente pidiendo ayuda!

Ojalá que Jesús escuche a sus ovejitas. El dice que sí. Y que da la vida por ellas.

 

…………..

Mi reflexión es esta.

Son tragedias evitables, como las nuestras, la de Cromagnon, la de Once. Muere gente de más porque van amontonados. Y hay que caer en la cuenta de que “son personas como nosotros”. Si hubiéramos sentido que “se acercaba la guerra”, como Nazir, muchos de nosotros hubiéramos optado por meternos en esas barcazas.

 

Lo que me ayudan a ver estos testimonios es qué tipo de persona quiero ser, con quiénes quiero estar, con quiénes me quiero codear. Qué historias me interesan. Las historias que nadie cuenta, como la de la familia de Nazir que juntó la plata para que él hiciera fortuna, las historias de las que sólo nos queda una palabra –esos ¡Help! ¡Help!… Esas son historias de Vida, de gente que quería vivir bien, que no se resignaba a vivir mal.

Por eso es que hay que reconstruir esas historias, porque son de vida.

Al lado de ese deseo desesperado de vivir, al lado de la valentía de esas madres que se lanzan al mar con sus hijos, al lado de esos que se desprenden de 7.000 dólares, con los que podrían sobrevivir un buen tiempo en sus países, para apostar a una esperanza para sus hijos, qué aburridas qué insulsas resultan las historias que nos cuentan los diarios, de gente aburrida que no sabe qué hacer con su vida. Tanta aburrida superficialidad!

 

Esos sobrevivientes que vemos no son solo una “parte de la humanidad del presente” –la más valiente, la más llena de garra y coraje. Si miramos bien, podemos ver que son nuestros antepasados. Nosotros descendemos de “sobrevivientes”. Provenimos de los que se subieron a los barcos y huyeron de las guerras, de los que prefirieron arriesgarse antes que quedarse en lugares sin posibilidades. Mirarlos a ellos es como mirar a nuestros abuelos.

La humanidad no es de los que viven aburridos consumiendo lo que otros crearon sino de los que luchan por la vida, de los que forman familia y buscan trabajo y se desloman trabajando para que sus hijos tengan una vida mejor.

 

Esos inmigrantes son también nuestro futuro. No por nada nos conmueve tanto la imagen de los frágiles seres humanos en un barquito en medio de la noche y del mar encrespado. Es la imagen del Arca de la que venimos y es la imagen de nuestra pequeña tierra, perdida en el Océano del universo oscuro. También nuestro mundo, con toda su sofisticación y belleza, si se inclinara un poquito hacia alguno de los lados, si nos acercáramos un poquito de más al sol, se inundarían nuestras tierras como se llena de agua una barca y no tendríamos lugar dónde escapar.

Nuestra querida tierra también morirá un día. Puede que sea tan milenariamente lejano que no nos interese, pero hace bien saber que esa barcaza en la que se amontonan los inmigrantes es la foto de un futuro nuestro. Quizás el fin será como Cromagnón, un gran incendio, o será como Once, un choque de algún asteroide, o será una inundación, pero estas así llamadas “tragedias” son adelantos de algo que hace a nuestra condición de seres contingentes, como dicen los filósofos. Por eso es que hay que mirarlas de frente y, dada la fragilidad de nuestra barca, mirar al que tenemos al lado: las personas son lo que cuenta. Y por ellas y para ellas es que hay que cuidar la barca, custodiar lo creado, como nos dirá el Papa en la próxima encíclica sobre la Ecología.

Diego Fares sj

 

 

 

 

Pascua 3 B 2015

El oficio del Señor

Resurrección llagas

I

Los discípulos de Emaús, por su parte, narraron las cosas que habían acontecido en el camino y de qué modo le habían conocido en la fracción del pan.

II

Mientras estaban hablando de estas cosas, Jesús se presentó en medio de ellos y les dijo:

«La paz esté con ustedes.» Sobresaltados y aterrados, les parecía que estaban viendo un espíritu. Pero él les dijo: «¿Por qué están conturbados? Y por qué surgen esos pensamientos en su corazón? Miren mis manos y mis pies; soy yo mismo. Pálpenme y vean que un espíritu no tiene carne y huesos como ven que yo tengo.» Y, diciendo esto, les mostró las manos y los pies.

Como ellos no acababan de creer a causa de la alegría y la admiración, les dijo: «¿Tienen aquí algo de comer?» Ellos le ofrecieron parte de un pez asado. Y tomándolo delante de ellos lo comió. Después les dijo: «Estas son aquellas palabras mías que Yo les decía cuando todavía estaba con ustedes: «Es necesario que se cumpla todo lo que está escrito en la Ley de Moisés, en los Profetas y en los Salmos acerca de mí»».

III

Y, entonces, les abrió sus mentes para que comprendieran las Escrituras, y les dijo: «Así está escrito que el Cristo padeciera y resucitara de entre los muertos al tercer día y se predicara en su Nombre la conversión para perdón de los pecados a todas las naciones, empezando por Jerusalén. Ustedes son testigos de estas cosas. Y he aquí que Yo envío al Prometido de mi Padre sobre ustedes. Ustedes permanezcan quietos en la ciudad hasta que sean revestidos de fortaleza desde lo alto» (Lc 24, 35-48).

 

Contemplación

El oficio del Señor Resucitado es consolar a sus amigos, como dice Ignacio en los EE.

Consolar es un oficio, no algo así nomás. Y el Señor lo ejercita, me imagino yo, con el “oficio” –como se dice- con que realizaba su trabajo de carpintero. “Tiene oficio”, decimos, cuando alguien hace las cosas al detalle.

Antonio es una de las personas que trabaja en casa –en Civiltà Cattolica- haciendo mantenimiento. Sabe hacer todo tipo de tareas, que por lo que he visto hasta hoy, van desde el manejo de los computers y de las conferencias en streaming, cuando la casa se llena de gente para una conferencia, hasta la pintura de las piezas y el armado de estanterías, pasando por la limpieza de la fuente… Lo que equivale a decir que sin él, los del “Colegio de escritores”, pereceríamos en dos días en esta inmensa Villa Malta o “de las Rosas” como se llamaba, por sus lindos rosales. Ayer, Antonio me arregló un problemita eléctrico en la pieza. Una lámpara titilaba y parecía la culpable de que titilara el monitor cada vez que se encendía o apagaba cualquier luz. Entre los quinientos enchufes y cables de la pieza, que armé con remiendos de zapatillas usadas, parecía que había sobretensión. El entró y empezó a desenchufar y enchufar sin problemas todo, comenzando por la pava eléctrica para el mate, ante mi terror de que quemara la compu. Bajó y subió dos veces al piso inferior a buscar destornilladores y al fin, por descarte, cambió un cable que unía la compu con el monitor y, “mágicamente” para mí, se acabó el problema. Antonio, maldiciendo en un italiano muy expresivo a los cretinos que habían hecho mal el trabajo de atornillar los aparejos al techo, cambió también la lámpara que había estado titilando y que pensábamos que era la culpable, cuando en realidad, gracias a ella descubrió el problemita del cable. Mientras estaba subido a la escalera le pedí que me explicara por qué un cable hacía corto y el otro no, si los dos eran nuevos (yo ví que había traído un cable distinto y que no lo enchufaba en la misma entrada del monitor, o sea que era otro modo de conectar los dos aparatos), sonrió y no me dijo nada. “Es más fácil hacerlo que explicarlo, no?” –le dije. El se sonrió de nuevo y dijo en italiano: “Giustamente!, Patre Diego”. Yo agregué: “Es como si yo te quisiera explicar en dos minutos las cosas de la filosofía”. Y nos reímos con la complicidad de los que saben su oficio y aprecian el del otro.

Aquí viene lo de la “apertura de la mente” del evangelio de hoy. Si uno no tiene un oficio, difícil que el Señor le pueda abrir la cabeza para que entienda las Escrituras. Que tenga un oficio, digo, algo que uno haga bien, en lo que sepa “todo” lo que hace falta para hacer bien algo. Lo cual conlleva también la conciencia de “lo que uno no sabe” y necesita que haga otro. Para consolarnos, el Señor necesita que tengamos nuestro oficio, donde unimos lo teórico y lo práctico con arte No importa si se trata del oficio de cocinar un bizcochuelo, practicar una cirugía o escribir un bendito artículo (que ya corregí, creo unas veinte veces y todavía no sale). Eso le basta para establecer contacto. Si no pensamos desde nuestro oficio, y sí, en cambio desde algún libro que leímos o desde alguna idea que consideramos “alta” y no “baja” como la de las pequeñas tareas, difícil que el Señor nos pueda “abrir la mente para comprender las escrituras”.

Por algo el Señor eligió toda gente con oficio: desde San José, que era carpintero, hasta Simón y sus amigos, que eran pescadores, pasando por nuestra Señora, su Madre, que tenía oficio en cuestiones de fiestas grandes. Lo de darse cuenta de que algo va a faltar y arreglarlo antes que nadie se de cuenta es una de esas virtudes que apreciamos en alguien “que tiene oficio”.

Así que la primera “lección” para que el Señor pueda ejercitar su oficio con nosotros, es salir corriendo cada uno a su propio oficio. No digo a su trabajo en general, donde a veces uno “hace las cosas hasta donde le pide el jefe”, sino a su oficio, a eso que, en su profesión o trabajo o hobby si quieren, uno sabe hacer y lo hace con gusto, con verdadero amor. Allí nos tiene que encontrar el Señor reflexionando para poder hacer contacto y abrirnos la mente para comprenderlo a Él; para comprender que Jesús Resucitado no es un “objeto de culto” o “de investigación” o “de consumo”: es alguien ejercitando un oficio –el de amar y consolar a sus amigos- al que sólo se puede acceder “por sus efectos”, viendo el trabajo.

Esto, como decía, requiere “valorar el trabajo”. Y sólo lo valora el que valora el propio.

Así, estos 3.333 caracteres con espacio excluido (como un artículo de la Revista no debe pasar de los 28.000 caracteres con espacio incluido, ahora uso cada rato la función “contar palabras”), que me llevaron una hora de contemplación, son sólo para comunicar esto: antes de ser consolados tenemos que aprender a apreciar que se trata de un “oficio” que el Señor Resucitado ejercita.

San Ignacio dice que hay que mirarlo: “mirar el officio de consolar, que Christo nuestro Señor trae, comparando cómo unos amigos suelen consolar a otros” (EE 224).

Ya con esto de “mirar” tenemos para un renglón: mirar como quien mira con admiración cómo otro hace su oficio. Mirar apreciando el oficio y no como quien dice “me arregló la cosa así nomás” o “qué fácil que es hacer el bizcochuelo” (andá y hacelo…).

San Ignacio es otro de los que “tienen oficio”. Basta con ver los Ejercicios (y no hablemos de las Constituciones!) cómo tiene en cuenta cada detalle, cada moción que el ejercitante experimentará en el proceso de hacer los Ejercicios.

Los Ejercicios son algo así como “el Manual del Ayudante” del Único que tiene el Oficio de Consolar. Manual del ayudante que, en la mayoría de los casos, indicará cómo hacer para “no molestar” ni complicar las cosas, cuando el Señor se ha conectado bien con la persona y charlan a gusto, consoladamente. Y en estar muy atento y ser muy comprensivo y bondadoso, cuando la persona está desolada o tentada y algo impide que “su mente se abra” y vea “los santísimos efectos de la Resurrección” (EE 223).

Aquí me viene el “oficio” que tenemos en conjunto en El Hogar de San José (“tenemos”, digo!). Allí uno experimenta en carne propia la dureza de la desolación de tantos cristos maltratados y cómo para consolar verdaderamente hace falta un ejército de personas que desarrollen con todo cariño y sabiduría cada uno su oficio: el de recibir bien y el de hacer pasar, el de ubicar en las mesas y servir el desayuno, el de dar las toallitas para el baño y la maquinita de afeitar, el de llamar por turno y atender a cada uno, el de hacer la ficha y pasar los datos, el de preparar el taller y exponer las artesanías… Tantos “pequeños oficios con gran amor” antes de llegar al fondo del alma para ver cómo empezar a reconstruir una vida que quedó “descartada”.

Así como hay “oficios sociales”, en los que el secreto está en el equipo (esto tan simple que es lo primerísimo que muchos captan con sólo “entrar al Hogar” y que tanto les cuesta entender a otros que “hacen la suya”), hay también “oficios personales”, en los que el secreto está en saber que sólo los puede hacer una sola persona.

Captar esto, cuándo se trata de algo que “solo una persona puede hacer”, es otra de las claves que, el que tiene oficio ve inmediatamente, y el que no, se pasa a veces la vida dándose contra la pared y queriendo hacer por sí mismo lo que es tarea de otro.

Solo Jesús Resucitado te puede consolar ¿está claro?

Aquí viene una palabra de Ignacio que es propia de su oficio. La palabra es “propio”. Los italianos la usan para decir “obvio”, “precisamente”. Creo que estamos en condiciones de leer con gusto y valorando mucho la primera regla de discernimiento de la “segunda semana” donde Ignacio dice:

Proprio es de Dios y de sus ángeles en sus mociones dar verdadera alegría y gozo spiritual, quitando toda tristeza y turbación, que el enemigo induce; del qual es proprio militar contra la tal alegría y consolación spiritual, trayendo razones aparentes, sotilezas y asiduas falacias” (EE 329).

Ignacio descubre que “dar verdadera alegría” es propio de Dios y de sus ángeles, de Jesús resucitado y del buen espíritu. Y quitarla, es propio del enemigo.

Este paso, en la vida espiritual, hace la diferencia. Es como tirarse a la pileta o no. Cuando uno está desolado, dejar de darle vueltas a los “por qué será” y hacer el click de afirmar con fuerza: “esto lo hizo un enemigo”, como en la parábola del Trigo y la cizaña o “un cretino” como afirmaba Antonio sobre la escalera, equivale a ganarlo todo.

Y cuando uno está consolado, descubrir también que “hay oficio” detrás y humillarse y agradecer inmediatamente al Señor que se está tomando el trabajo de consolarme a mí, también hace la diferencia.

Descubrir esto en el mar de cosas que no es que a uno “se le mueven” dentro y lo llevan de un estado de ánimo a otro, sino que “alguien” las mueve, es la clave de la vida espiritual. Porque en la vida espiritual todo es personal.

“El me lo dio, él me lo quitó” como decía Job, y no toleraba que otro que su Señor le explicara las cosas.

“Contra ti, contra ti, solo pequé”, llora David en el Magníficat del Pecador, como llama el Padre Boasso al salmo 50. David no miraba su pecado –con culpa autorreferencial, diría Francisco- sino a su Señor.

Ahora que hemos visto bien “a Quién tenemos que dirigirnos” –al que tiene como oficio propio consolar-, podemos releer el evangelio y ver algunos detalles.

¿Qué es lo que los consuela?

Que el Señor está vivo. Que haya Resucitado y esté pleno de Gloria y gozo, como dice Ignacio, y que está para ellos, que los visite, que les hable, que coma con ellos.

Es decir: cosas enteramente personales, no en función de nada. Este oficio de lo “enteramente gratuito” de “gozar con la vida misma”, de alegrarse con la amistad compartiendo la charla y la mesa, es algo no hay que dar por descontado. Me decía alguien que le maravillaba que el Papa se diera tiempo para hacer algunas llamadas personales con tanto trabajo que tiene. Y yo pensaba que ese era su “oficio”: consolar a la Iglesia, a la humanidad. Y el consuelo no se da “en general” sino que siempre es enteramente personal. Igual es expansivo, porque tenemos “sentido social” y sabemos que “lo que le pasa a uno le pasa a todos”.

¿Con qué gestos los consuela?

El Señor consuela con pequeños gestos enteramente “personales”, que sólo sus amigos podrían reconocer: el modo de partir el pan, el comer pescado asado, mostrándoles sus manos heridas y sus pies, hablando de los profetas y los salmos

Y si vamos más hondo, a cada uno el Señor lo consuela en lo suyo propio.

Mateo nos muestra a las discípulas que iban a hacer su oficio, de lavar, perfumar y envolver en vendas y lienzos al pobre difunto. Ellas quedan deslumbradas por los vestidos blancos del ángel y en su aspecto fulgurante. El ángel les “corre la piedra” que era precisamente su problema: lo que sabían que ellas no podían hacer.

Después les sale al encuentro el Señor mismo y ellas se arrojan a sus pies. El por un lado las deja hacer y también aprovecha para decirles que no lo retengan (oficio de las santas mujeres, este de retener al Señor un rato más) y revelarles que “va al Padre”. La prensa que no sabe de estos “oficios” se burla de las monjas de clausura que intentan “retener” un poquito al Papa cuando lo ven que pasa.

A los discípulos el Señor les manda a decir que “lo verán en Galilea”. Se ve que se divierte planeando su aparición junto al lago, cómo hará que se les abran los ojos dándoles un consejo quizás demasiado preciso: “tiren las redes a la derecha y encontrarán”.

También está el misterioso signo de “dejar el sudario, que había cubierto su cabeza, no puesto con las sábanas, sino envuelto en un lugar aparte”, como cuenta Juan con todo detalle. A Juan le basta eso, Tomás necesitará “meter el dedo en la llaga”, la Magdalena que le diga su nombre, María…, los de Emaús que los acompañe y les escuche tooodo lo que tienen para decir.

Si leemos los evangelios de la Resurrección como la narración de un “oficio” del Señor, cada detalle visto desde distintas perspectivas, lejos de ser testimonios sueltos y contrapuestos, son un testimonio absolutamente creíble de una experiencia única “eclesial”: comunitaria y personal al mismo tiempo.

El Señor da testimonio de que sabe ejercer su oficio y de que ha comenzado a hacerlo. Ellos no necesitarán saber más: serán revestidos con la fuerza de lo Alto y saldrán a contar esta buena noticia a las periferias, seguros de que el Señor seguirá con su oficio de consolarlos todos los días en cada recodo del camino, al partir el pan, al realizar sus obras de misericordia y al predicar con alegría su evangelio.

 

Diego Fares sj

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Pascua 2 B 2015

Felices los que creen sin haber visto

 

“Siendo tarde aquel día, el primero después del Sábado, Y estando las puertas cerradas del lugar donde se encontraban los discípulos, por miedo a los judíos, vino Jesús y se presentó en medio de ellos y les dijo:

«La paz con ustedes». Y diciendo esto, les mostró las manos y el costado.

Se alegraron entonces los discípulos viendo al Señor. Jesús les dijo otra vez:

«La paz con ustedes. Como el Padre me envió, también yo los envío.» Y cuando dijo esto, sopló sobre ellos y les dice: «Reciban el Espíritu Santo. A quienes perdonen los pecados, les quedan perdonados; a quienes se los retengan, les quedan retenidos.»

Tomás, uno de los Doce, llamado el Mellizo, no estaba con ellos cuando vino Jesús. Los otros discípulos le decían:

«Hemos visto al Señor.»

Pero él les contestó:

«Si no veo en sus manos la señal de los clavos y no meto mi dedo en el agujero de los clavos y no meto mi mano en su costado, no creeré.»

Ocho días después, estaban otra vez sus discípulos dentro y Tomás con ellos. Vino Jesús estando las puertas cerradas, y se presentó en medio de ellos y dijo:

«La paz con ustedes.» Luego dice a Tomás:

«Acerca aquí tu dedo y mira mis manos; trae tu mano y métela en mi costado, y no quieras ser incrédulo sino fiel.»

Tomás le contestó:

«Señor mío y Dios mío. »

Le dice Jesús:

«Porque me has visto has creído. Felices los que no vieron y creyeron.»

Jesús realizó en presencia de los discípulos otras muchas señales que no están escritas en este libro. Estas han sido escritas para que crean que Jesús es el Cristo, el Hijo de Dios, y para que creyendo tengan vida en su nombre” (Jn 20, 19-29).

 

Contemplación

Esperaba que esta semana tocara alguno de los encuentros del Señor Resucitado con las santas mujeres (para hablar de la Hna Juliana, nuestra encargada de la cocina del Hogar de San José, que hoy cumple 90 años, plenos de bendiciones), pero tocó Tomás. Igual en estas contemplaciones (que aprovecho para decir que no son prédicas, ni exégesis, ni ninguna otra cosa que “medias contemplaciones” de uno que ama el evangelio metido en la vida y reza con lo que más le gusta y siente y lo comparte con los que tienen ganas de leerlo y de hacer su propia contemplación con lo que el Espíritu les da a gustar a ellos), en estas contemplaciones, digo, no tengo mucho problema en hacer entrar los rostros y la vida de mis seres más queridos. Pero siempre me gusta hacerlos entrar “teniendo algo que ver” para que no se sientan sapo de otro pozo. Estoy escribiendo esto y siento claramente que no es así, que al evangelio se entra por todos lados, hasta por el techo, como entró el paralítico con su camilla, y a cualquier hora, como los invitados que ocuparon el sitio de los que no querían ir a la fiesta. Así como pasa en San Pedro, que los puestos de la gente siempre se llenan y los de los prelados, si llueve como el Domingo de Pascua, quedan más de la mitad vacíos, así sucede también con los personajes del Evangelio: los pequeños entran en él como en su casa.

Por aquí agarro la punta del hilo y lo miramos a Tomás, habiéndose ido inoportunamente y regresando también inoportunamente… Y con pretensiones! Se ve que tenía esa gracia de ir a contramano de la comunidad (y de la historia) y, justo cuando Jesús vino, él se había ido a hacer otra cosa. Pero como la comunidad estaba consolada y la humanidad del Señor Resucitado era una experiencia tan amable y pacificadora, se ve que sin decirle mucho le hicieron sentir que mejor se quedaba y esperaba a que el Señor volviera.

Y volvió. Y Tomás tuvo su “foto personal” en la que lo vemos arrodillado a los pies del Señor diciendo ese “Señor mío y Dios mío”, que tanto bien nos hace y que fue el fruto de su fe, peleada y discutida y humildemente conquistada por el Señor que le habló con tanto cariño y aprovechó para regalarnos esa bienaventuranza tan a medida para todos los que no le hemos visto: Felices los que creen sin haber visto.

Dicho esto, ya puedo hacer entrar a Juliana, que es lo que quería, aunque uno comienza a meterse en el Evangelio y se entusiasma… Igual volveremos, pero hace bien ponerlo en diálogo con la vida de uno.

Juliana es una de esas “felices que creen sin haber visto”. Siempre dice: “Cómo será, cuando lo veamos al Señor!”. Y lo dice con una mezcla de deseo de niña pequeña y de abuela que ha vivido mucho y de cristiana que acalla sus pensamientos y se sumerge en el misterio, que da ganas de tener ganas de verlo a Dios uno también.

Juliana es una de esas personas que nos hacen sentir que nuestra vida “recién comienza”. Al menos a mí, siempre me hace pensar que comenzó con el Comedor y el Hogar a los 57 años y que el Señor la ha bendecido y la ha hecho fuente de bendición para tantos de nosotros durante 30 años. En eso es para nosotros un poco como Sara, la esposa de Abraham, a la que Dios bendijo con descendencia en su vejez. La lección para mí, es que lo que da vida es trabajar en las obras que el Señor bendice, no importa la edad que uno tenga o lo que le toque hacer.

Y ya con esto se abren dos anécdotas. Una sobre la felicidad y los años; la otra, sobre los títulos de lo que uno hace.

La felicidad y los años

Estábamos charlando en el 2006 (¡!) con Juli y Eulalia y yo les había pedido consejo por que tenía que dar una charla a los curas sobre la formación permanente. “Qué les digo a los curas”, les preguntaba, “qué nos dirían ustedes a nosotros los sacerdotes”. Las dos coincidieron en que “a los curas hay que decirles algo positivo, que los aliente, porque su vida es dura”. Me decían lo de ver lo positivo en uno y Eulalia contó cómo Dios la había cambiado cuando se dio cuenta de que ella lo buscaba afuera y él estaba dentro suyo. Que saberlo a Jesús dentro suyo le había hecho comenzar a ver todo lo positivo que tenía (antes pensaba de sí: “qué yerba si soy todo palo”) y se lo había transmitido a un chico rebelde, que luego cambió. Le decía: “Vos sos un campito y tenés un tesoro escondido adentro. Metele, búscalo!”.

A mi me gustó el ejemplo pero les dije que era difícil ver lo positivo, sobre todo encontrar la manera de decirlo en una charla a curas. Allí Juliana tuvo un gesto espontáneo que me conmovió. Es como si la viera ahora: se inclinó un poco y me tocó el brazo y dijo mirando con picardía a Eulalia: “Pobrecito, es que apenas tiene cincuenta”. Y agregó: “Estas cosas positivas se comienzan a ver después de… (aquí cruzó intencionadamente una mirada de complicidad con Eulalia como pidiendo confirmación de otra testigo) … de los sesenta… por ahí (haciendo el gesto de mas o menos con la mano). Uno se da cuenta de todo lo que Dios hizo en la vida de uno. Lo malo ya pasó, pero lo bueno queda”.

Bueno, esta es la anécdota de la felicidad y los años. Ahora que estoy casi en los sesenta, me sumo a ellas y doy testimonio también de que no me alcanzan los ojos para ver todo lo positivo que Dios hace en mi vida. Es la experiencia de Juan cuando dice: “Jesús realizó en presencia de los discípulos otras muchas señales que no están escritas en este libro” (y si se escribieran no alcanzarían los libros del mundo….).

Los títulos

Comienzo con este párrafo diciendo que me perdí un buen rato de la madrugada buscando un documento donde había comenzado, hace algunos años, a poner por escrito “Los dichos de Juliana”. Como no lo encuentro todavía, tengo que hacer memoria. Y surgen los “títulos” de Juliana. Una vez le pesqué cómo meditaba sobre lo que hacía cuando dijo que ella era “solo una transportista”. “¿Cómo es eso?”, le pregunté. “ Y sí. Si lo único que hago yo es traer la comida al Hogar todas las mañanas”. Yo la cargué con que entonces pertenecía al gremio de Moyano pero a partir de ahí le puse atención a un montón de “títulos” en los que se definía cada día por las pequeñas acciones que realizaba. “La remisera”, “la compradora de gorras y desodorantes”, “la directora espiritual del hijo de la panadera que la había agarrado por la calle para charlar”. Una vez me dijo, como quien cae en la cuenta por primera vez: “Al fin y al cabo yo no he sido otra cosa que una empleada de cocina, sin sueldo, consagrada”. Y ahí nomás agregó: “como la Virgen”, con uno de esos gestos tan expresivos suyos, como quien dice: “¡Mirá qué cosa dije!”.

Esto lo comparto porque nos hace mucho bien. Uno suele definirse buscando algún título más grande que obtuvo en la vida –desde madre o padre hasta cura o Dr.- y se pierde de titular las cosas pequeñas que hace todos los días. Si se hacen en Nombre del Señor son “carismas”. Al fin y al cabo, los Diáconos eran “los que servían las mesas” y a los Apóstoles los reconocían como “los que estaban con Jesús”. Son los únicos “títulos” que el Señor nos pedirá: el de “me diste de comer cuando tuve hambre” y “me compraste ropa cuando estaba desnudo”. En el Hogar titulamos cada rol y, es lindo ver cómo los roles más “pequeños” son pares en la cartelera con los más “grandes”.

Lo que el Señor hace con uno.

Si algo tiene Juliana que es más lindo de lo que ella es como persona, es lo que Dios hace con ella. Yo he tenido el privilegio de ver esto que el Señor ha hecho con ella durante estos veinte años y de verlo desde un lugar muy especial. No muy de cerca, como cuando uno vive en la misma comunidad, porque ahí cuesta más ver (como le pasaba a la cocinera a la que ayudaba Santa Teresita, que pensaba que la chica no servía para mucho y era un manojo de susceptibilidades), ni de más lejos, que hace que a veces uno “agrande” las cualidades de otro. La distancia del acompañamiento espiritual permite ver lo que hace el Señor con un alma, no tanto su sicología o las cosas que le pasan sino lo que la persona le deja hacer a Dios. Y en esto la Hna Juliana es un ejemplo: ha dejado que el Señor haga en ella maravillas, o dicho de otra manera, que haga cosas más grandes que ella misma. Porque lo más común es que uno no le deje hacer a Dios más que lo que uno siente que puede manejar. Hay que tener la humildad de que se vea lo grande que Dios hace en uno. Supone la humillación de que se vean con toda crudeza nuestros defectos, los de fábrica y los caprichos adquiridos. Juliana siempre pagó este precio. Sus defectos se notan, como los de una mamá. Pero eso permite ver el amor de su corazón y las maravillas que el Señor hace en muchos a través de ella.

La oración

Juliana es una mujer de oración. Oración de ratos largos ante el Santísimo y oración de charlar con la Virgen por la calle. Oración de reflexionar con sensatez y juzgar sobre estados de ánimo y situaciones, sabiendo dejar todo en manos de Dios y pasando página, sin “revolver la polenta”. Oración de examen ignaciano al “rebobinar el día” y oración de poner la cabeza contra el suelo para levantarse adorando a la mañana. Oración de sentir “el vientito del Espíritu Santo” al abrir la puerta del comedor a la madrugada para que entren los empleados y oración de hija pequeña que invoca a su “mamita” y tiene “su grupo de oración” que reza por ella cuando tiene muchos problemas y no le da la cabeza para rezar sola. Grupo de oración integrado por, a saber: Juan el Bautista, San José, la Madre, por supuesto, San Expedito, El Padre Eterno… y muchos otros que se agregan con gusto para rezar por Juliana. Cuando le pregunté si no le parecía demasiado para ella sola, me contestó que ella los necesitaba a todos.

En su oración estamos todos, su familia, su congregación, el Hogar, la gente del barrio, los curas… la Iglesia y el mundo. Todos le interesamos. Todo le interesa. Si algo lamenta, como dijo hace unos años a una periodista, es “no haber empezado antes”. Cómo se ve, nada que ver con los primeros de la parábola que se quejaban de que los últimos habían cobrado lo mismo.

Bueno, como aquí son las diez y en Buenos Aires las 5 y Juli ya debe estar levantada, dejo este primer capítulo aquí. Ya encontraré las hojas con sus dichos y, si no, los iremos reconstruyendo entre los muchos que se los escuchamos, lo cual es más evangélico.

Felices nosotros que vemos a alguien como Juli, que ama tanto a Jesús sin haberlo visto. Si el Señor quiere que “creamos por la palabra y la vida de otros”, podemos considerarnos privilegiados.

De entre las mil fotos, elijo esta en la que está como jamón del sangüiche, porque sé que le gustará mucho a ella.

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Diego Fares sj

 

 

Semana Santa B 2015

Centrados en Jesús

Francisco

Juzgo que todo es pérdida

ante la sublimidad del conocimiento de Cristo Jesús, mi Señor,

por quien perdí todas las cosas,

y las tengo por basura para ganar a Cristo

(…) y conocerle a él,

el poder de su resurrección

y la comunión en sus padecimientos

hasta hacerme semejante a él en su muerte,

tratando de llegar a la resurrección de entre los muertos

(…). Por eso una cosa hago:

olvido lo que dejé atrás

y me lanzo a lo que está por delante

(Fil 3, 13-17).

Contemplación 

Esta semana pedí poder participar en las ceremonias del Papa y me lo concedieron, cosa que no siempre es posible. Como ya llevo cuatro –el domingo de Ramos, la misa Crismal, la celebración de la Pasión en la Basílica y el Via Crucis en el Coliseo-, mientras me preparo para la Vigilia Pascual, hago mi oración con lo vivido y lo comparto.

Es la primera vez en 29 años de sacerdote que hago de oveja y no de pastor. Y la verdad es que es lindo. Traté de seguir el consejo de nuestro Santo –Pedro Fabro- que dice que para “encontrar devoción” hace bien “no salirse de tres fronteras: una, la del momento de la liturgia en que uno está (sin recordar otras cosas ni proyectar lo que se hará después; la segunda frontera de la que no hay que salir es la del tema que se celebra (el santo o la fiesta) y la tercera frontera por la que uno se debe dejar contener es la de cada frase que uno va pronunciando.

En la pasión, por ejemplo, que cantaban tres diáconos en latín y con una música muy hermosa, trataba de ir pronunciando las palabras suavemente, para no distraerme con lo que no entendía. En los pasos del Via Crucis, que hizo un Obispo Italiano y que hacía “hablar a Jesús en primera persona” contando lo que sentía de manera muy sobria y creíble, trataba de meterme en esa escena y no pensar en la que venía. Era difícil por el marco del Coliseo y por una suerte de “dualidad” que me hace, por un lado aprovechar para rezar yo, y por otro, “estar con todos los sentidos abiertos, como dice Claudia que me conoce, para captar todo lo del Papa y poder comunicárselo a mi gente”. Así que trato de absorber todo –poniéndome muy receptivo- y de esta atento a elegir lo que el Señor me dice a mi y pide que le responda y lo que me hace sentir para dar a otros.

Centrado en los que se centran en él

La verdad es que me concentré totalmente en el Papa. En él como persona, pero al mismo tiempo, en los que se concentran en él: los que lo cuidan, la gente que lo ve pasar, los que lo quieren y preguntan por él.

Empiezo por la gente simple que se interesa tanto por Francisco. Nuestra cocinera Ángela (que hace la limpieza y en estos días en que las hermanas están de vacaciones, nos cocina junto con su hija) me decía que lo había visto muy cansado al Papa. Yo le decía que es que vive muy intensamente las ceremonias. Se concentra totalmente y se olvida del mundo. Porque habíamos cenado algo livianito una hora antes, entre la celebración en San Pedro a las 17 y el Via Crucis a las 21, y estaba de lo más bien. Esto la dejó tranquila, porque todos nos preocupamos cuando lo vemos cansado.

Centrado en los que cuidan al pueblo fiel

De eso nos habló a los sacerdotes el Jueves Santo: del cansancio de los curas. Y dijo que rezaba mucho por nosotros, especialmente cuando el que se sentía cansado era él. Fue tan linda la homilía: nos habló del cansancio bueno, ese que uno siente después de haber ungido con oleo de alegría al pueblo fiel y hace que le pueda decir al Señor “basta por hoy, Señor” y claudicar ante el sagrario o ante la cruz en adoración. Nos dijo que hay que ser curas con olor a oveja y sonrisa de papá que mira a sus hijos o a sus nietos.

La verdad es que todo lo que dijo el jueves santo, él lo vive. Uno lo ve “cansado, pero cansado bien” y que te regala unas sonrisas tan mansas que quedan grabadas para siempre. Poder estar al lado de un santo, como me decía un amigo, es una dulzura.

Terminada la Misa Crismal, salimos de San Pedro “a contramano”, pasando por detrás del altar mientras los empleados juntan las sillas. Aproveché para sacar una foto de la silla del Papa iluminada por su blancura, solita, en el altar, lleno de plantas verdes, de mármoles y manteles. No se por qué me vino sacarla. Quizás por su sencillez en el centro del altar más “fastuoso” del mundo.

En la Misa de Ramos, el domingo pasado, Francisco puso al centro la “humillación de Jesús”: “En el centro de esta ceremonia, que parece tan fastuosa, se encuentra la humillación de Jesús. El Señor se humilló para salvarnos”. Lo mismo dijo en la Misa con los detenidos de Rabbibia: “En el centro está el amor de Jesús hasta el fin. Nos ama sin límites, a cada uno, y se hizo esclavo. Recen para que el Señor me haga más esclavo, para servir a todos”.

En cada Eucaristía el Papa elige una palabra, una actitud del Señor, y la pone en el centro. Esta es la clave de sus homilías: lo que está en el centro.

Esclavo de aquellos a los que debe servir

Salíamos por la Puerta de los Peregrinos que da directo frente a Santa Marta (que está a unos 80 metros) y vemos que los guardias suizos paran la gente en la boca del túnel (porque las paredes allí tienen varios metros y se sale por un túnel). Es que está dando la vuelta el auto del papa y no dejan que ande gente suelta por las calles interiores del Vaticano. Salimos al sol de este hermoso Jueves Sacerdotal y vemos que el papa está frente a Santa Marta charlando con el Cardenal que cuida a Benedicto. Spadaro pide ir a saludarlo y nos permiten cruzar la explanada, pero vemos que entra en Santa Marta. Tendrá que ir al baño, dice uno. Los guardias nos dejan entrar y bajamos la escalera circular (se entra por una puerta corrediza, como las de los aeropuertos, y se baja a un medio entrepiso, que es la recepción, por dos escaleras semi-redondas que dan a las salitas y a los ascensores). Veo por primera vez la imagen de San José. Es una de las réplicas de la imagen del Máximo. Otra es la que Jorge nos regaló para el Hogar. Así como preside nuestra planta alta, allí preside las entradas y salidas del Papa de Santa Marta! (Le pedí a Antonio que me sacara una foto y allí no pudimos, porque estábamos esperando que Francisco terminara de hablar con una persona y no queríamos que se nos escapara). Estuvo charlando sus buenos 7 minutos (los tiempos y las distancias que pongo son números míos, interiores, digamos) y vino sonriendo a saludarnos. Verlo de cerca, a mí, me transmite muchas cosas, una mejor que otra, y por eso pongo cámara lenta. Físicamente, la impresión es de mansa dulzura. Su trato es manso. En lo que dura el tiempo de los saludos, se deja saludar. Está como un esclavo. Después vimos lo mismo cuando saludaba a los detenidos: “se lo están ‘mangiando’” – me decía Antonio. Y es verdad: deja que se le acerquen, dedica a cada uno una franca sonrisa con mirada a los ojos, responde a lo que le piden: un abrazo (tres besos le dio un grandote), una bendición a un rosario, las dos manos juntas de alguien que toman la suya…

De cerca lo siento bien. Cansado después de la ceremonia, en la que nos habló del cansancio de los sacerdotes, de “cansarnos bien”, en el Señor. De tener olor a oveja y sonrisa de papás. Cansado e irradiando paz, una especie de ámbito pacífico que lo acompaña, lo precede cuando se acerca y te mete adentro cuando estás cerca de él y después que se va dura un rato. Como Antonio lo abraza, a mi, que siempre me tiende la mano, también se acerca para un abrazo, que le doy con gusto, por supuesto. Charlan algunas cosas de la Civiltà Cattolica y nos dice que se va a almorzar con diez curas. Me pregunta si me dan de comer en la Civiltà (sutileza para decir que él también se fija en cómo está uno físicamente) y antes de irse me da saludos especiales para mi madre. Dos veces me recomienda que le diga que le manda saludos. Siempre es el mejor regalo que a uno le saluden a su madre. Desde el noviciado que Jorge siempre le dio más bola a nuestros familiares y, de manera especial a nuestras madres, que a nosotros. Son cosas lindas.

Nos vamos con Antonio y al salir, caigo en la cuenta de que, con la emoción, no sacamos la foto. Pero como tenemos que volver a dejar unos dulces que le mandan y están en el auto, la sacamos luego:

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Tocarla es como tomar gracia de la del Hogar, al entrar y salir de la oficinita, y de la del Máximo, como hacíamos al terminar las misas.

Me quedo con lo de “esclavo”. Al tenerlo cerca, al tocarle el hombro, darle la mano, mirarlo a los ojos y ver cómo trata a los otros, es como tener a Jesús cerca. Y la actitud es totalmente nueva para mí: es como la de tener a uno más grande que se hace esclavo. Por un lado está dirigiendo todo el mundo y por otro está a tu disposición, sin mostrar apuro por cortar la charla, y cuando uno hace amague de irse, reteniéndote un rato más. Esto que siempre hizo, ahora se nota “macizamente”. Si los guardias suizos tienen tiempo para saludarte deteniéndose un momento amablemente (y pasando luego a otra cosa), el Papa se detiene y se queda con vos todo lo que quieras. Y los que están al lado no joroban, como otros, que te alejan ellos para que el Papa no tenga que hacer el gasto. En su presencia uno se da cuenta de que es verdad que el tiempo es relativo y que lo crean las personas. Así como dicen que una gran masa de un planeta haría que el tiempo transcurra más despacio, así en su cercanía, el tiempo se aplaca, se vuelve rico, sustancial. Las sensaciones se activan y la memoria registra hasta los detalles más mínimos. No es que quiera hacer ciencia, pero lo de la “dilatación del tiempo por gravitación” está comprobado, aunque nuestra capacidad de experimentarlo es mínima. Pero, como dice Rossi que Francisco –al igual que el Rey de La Ciudadela de Saint Exupery- no gobierna dando indicaciones sino “gravitando”, uno siente el efecto de esta “gravitación de Francisco” en cómo si se intensifica el tiempo cuando estás a su lado.

 

Como un guardia suizo (los que se centran en su cuidado)

Todo esto que voy diciendo tiene que ver con “centrarse” en la gracia. Dejar que el tiempo de gracia se aquiete es una manera de “encontrar devoción”. Gozar el momento, no adelantarse.

También está lo de “cuidar” la gracia: que no haya cosas que la perturben.

Aquí entra como ejemplo los guardias suizos. El título me vino en estos días en que he estado en contacto con varios de “los que cuidan al santo Padre, como ellos dicen. ¿Qué es lo que me impresiona? Algo que llamaría su “desapego” a todo lo que no sea su misión. Estás en medio de una conversación amable, que entablaron sin problema, mientras uno espera al papa frente al saloncito de visitas en Santa Marta, y de golpe, sin explicaciones, siguen su camino, hablando por el micrófono que llevan incorporado y no regresan por un rato o no vuelven a hablarte más. Otro día, los volvés a ver y te recuerdan y se continúa el diálogo de la misma manera: desapegado.

Yo lo aplicaba a mi vida y pensaba que así tenía que estar atento al Señor, como un guardia suizo, haciendo las cosas pero conectado interiormente con él no disperso en mil cosas. Ellos saben que el Papa está en la casa, o viene en un rato, y está activo, haciendo cosas, recibiendo gente. Y su tarea es cuidarlo sin que se note, que pueda moverse libremente como si no pasara nada, pero atentos a que puede pasar cualquier cosa en el mundo en que vivimos.

Otra imagen es la de dos guardias vestidos con su uniforme militar, casco y lanza, avanzando a paso marcial por la explanada de San Pedro, hacia su lugar en las puntas. Un amigo cura me dice: “Ahí debe haber salido el papa en el auto hacia la plaza. Cuando aparecen estos es que él viene”.

Bueno, no se si logro expresar la intuición. Me admiró ver gente tan concentrada en la misión de que Otro pueda hacer su tarea. Lo mismo diría del maestro de ceremonias y de otra gente que lo rodea: están, no se hacen notar y “sincronizan” perfectamente para que el Papa “proceda”. Son todos muy profesionales, pero los guardias suizos me impresionaron como más “desapegados”, en el sentido de actuar en cuerpo, como una sola maquinaria. Como suizos, bah!

Los jesuitas apreciamos el gusto y la alegría de un trabajo en cuerpo bien hecho, sin comentarios ni hacerse notar demás. Al dar ejercicios en equipo uno siente ese gusto de que la persona encuentre el fruto que el Señor le da y se encuentre con él. Entonces uno se retira discretamente pero queda a mano, para lo que se necesite. Estar uno en su lugar y en su misión, como un guardia suizo, es un testimonio de que el Señor está “activo” y que es “el importante”.

Diego Fares sj