Domingo de Ramos B 2015

¿Qué podemos hacer en la Pasión?

 Romper nuestro frasco de perfume de nardo puro y derramar el perfume sobre la cabeza de Jesús

Faltaban dos días para la fiesta de la Pascua y de los panes Ácimos. Los sumos sacerdotes y los escribas buscaban la manera de arrestar a Jesús con astucia, para darle muerte. Porque decían:

«No lo hagamos durante la fiesta, para que no se produzca un tumulto en el pueblo.»

Mientras Jesús estaba en Betania, comiendo en casa de Simón el leproso, llegó una mujer con un frasco lleno de un valioso perfume de nardo puro, y rompiendo el frasco, derramó el perfume sobre la cabeza de Jesús. Entonces algunos de los que estaban allí se indignaron y comentaban entre sí:

«¿Para qué este derroche de perfume? Se hubiera podido vender por más de trescientos denarios para repartir el dinero entre los pobres.»

Y la criticaban. Pero Jesús dijo:

«Déjenla, ¿por qué la molestan? Ha hecho una buena obra conmigo. A los pobres los tendrán siempre con ustedes y podrán hacerles bien cuando quieran, pero a mí no me tendrán siempre. Ella hizo lo que podía; ungió mi cuerpo anticipadamente para la sepultura. Les aseguro que allí donde se proclame la Buena Noticia, en todo el mundo, se contará también en su memoria lo que ella hizo.»

Preguntar dónde quiere que le preparemos la Pascua

Judas Iscariote, uno de los Doce, fue a ver a los sumos sacerdotes para entregarles a Jesús. Al oírlo, ellos se alegraron y prometieron darle dinero. Y Judas buscaba una ocasión propicia para entregarlo.

El primer día de la fiesta de los panes Ácimos, cuando se inmolaba la víctima pascual, los discípulos dijeron a Jesús:

«¿Dónde quieres que vayamos a prepararte la comida pascual?»

El envió a dos de sus discípulos, diciéndoles:

«Vayan a la ciudad; allí se encontrarán con un hombre que lleva un cántaro de agua. Síganlo, y díganle al dueño de la casa donde entre: El Maestro dice: «¿Dónde está mi sala, en la que voy a comer el cordero pascual con mis discípulos?» El les mostrará en el piso alto una pieza grande, arreglada con almohadones y ya dispuesta; prepárennos allí lo necesario.»

Los discípulos partieron y, al llegar a la ciudad, encontraron todo como Jesús les había dicho y prepararon la Pascua.

Al atardecer, Jesús llegó con los Doce. Y mientras estaban comiendo, dijo:

«Les aseguro que uno de ustedes me entregará, uno que come conmigo

Entristecernos y preguntarle si seremos nosotros los que lo traicionaremos

Ellos se entristecieron y comenzaron a preguntarle, uno tras otro:

«¿Seré yo?»

El les respondió:

«Es uno de los Doce, uno que se sirve de la misma fuente que yo. El Hijo del hombre se va, como está escrito de él, pero !ay de aquel por quien el Hijo del hombre será entregado: más le valdría no haber nacido!»

Recibir de sus manos la Eucaristía

Mientras comían, Jesús tomó el pan, pronunció la bendición, lo partió y lo dio a sus discípulos, diciendo:

«Tomen, esto es mi Cuerpo.»

Después tomó una copa, dio gracias y se la entregó, y todos bebieron de ella. Y les dijo:

«Esta es mi Sangre, la Sangre de la Alianza, que se derrama por muchos. Les aseguro que no beberé más del fruto de la vid hasta el día en que beba el vino nuevo en el Reino de Dios.»

Aceptar la invitación a velar con Él aunque nos durmamos

Después del canto de los Salmos, salieron hacia el monte de los Olivos. Y Jesús les dijo:

«Todos ustedes se van a escandalizar, porque dice la Escritura: Heriré al pastor y se dispersarán las ovejas. Pero después que yo resucite, iré antes que ustedes a Galilea.»

Pedro le dijo:

«Aunque todos se escandalicen, yo no me escandalizaré.»

Jesús le respondió:

«Te aseguro que hoy, esta misma noche, antes que cante el gallo por segunda vez, me habrás negado tres veces.»

Pero él insistía:

«Aunque tenga que morir contigo, jamás te negaré.»

Y todos decían lo mismo.

Llegaron a una propiedad llamada Getsemaní, y Jesús dijo a sus discípulos:

«Quédense aquí, mientras yo voy a orar.»

Después llevó con él a Pedro, Santiago y Juan, y comenzó a sentir temor y a angustiarse. Entonces les dijo:

«Mi alma siente una tristeza de muerte. Quédense aquí velando

Y adelantándose un poco, se postró en tierra y rogaba que, de ser posible, no tuviera que pasar por esa hora. Y decía:

«Abba -Padre- todo te es posible: aleja de mí este cáliz, pero que no se haga mi voluntad, sino la tuya.»

Después volvió y encontró a sus discípulos dormidos. Y Jesús dijo a Pedro:

«Simón, ¿duermes? ¿No has podido quedarte despierto ni siquiera una hora? Permanezcan despiertos y oren para no caer en la tentación, porque el espíritu está dispuesto, pero la carne es débil.»

Luego se alejó nuevamente y oró, repitiendo las mismas palabras. Al regresar, los encontró otra vez dormidos, porque sus ojos se cerraban de sueño, y no sabían qué responderle. Volvió por tercera vez y les dijo:

«Ahora pueden dormir y descansar. Esto se acabó. Ha llegado la hora en que el Hijo del hombre va a ser entregado en manos de los pecadores. !Levántense! íVamos! Ya se acerca el que me va a entregar.»

Llorar nuestras traiciones y borradas como Pedro

Jesús estaba hablando todavía, cuando se presentó Judas, uno de los Doce, acompañado de un grupo con espadas y palos, enviado por los sumos sacerdotes, los escribas y los ancianos. El traidor les había dado esta señal:

«Es aquel a quien voy a besar. Deténganlo y llévenlo bien custodiado.»

Apenas llegó, se le acercó y le dijo:

«Maestro.»

Y lo besó. Los otros se abalanzaron sobre él y lo arrestaron. Uno de los que estaban allí sacó la espada e hirió al servidor del Sumo Sacerdote, cortándole la oreja. Jesús les dijo:

«Como si fuera un bandido, han salido a arrestarme con espadas y palos. Todos los días estaba entre ustedes enseñando en el Templo y no me

arrestaron. Pero esto sucede para que se cumplan las Escrituras.»

Entonces todos lo abandonaron y huyeron. Lo seguía un joven, envuelto solamente con una sábana, y lo sujetaron; pero él, dejando la sábana, se escapó desnudo.

Llevaron a Jesús ante el Sumo Sacerdote, y allí se reunieron todos los sumos sacerdotes, los ancianos y los escribas. Pedro lo había seguido de lejos hasta el interior del palacio del Sumo Sacerdote y estaba sentado con los servidores, calentándose junto al fuego. Los sumos sacerdotes y todo el Sanedrín buscaban un testimonio contra Jesús, para poder condenarlo a muerte, pero no lo encontraban. Porque se presentaron muchos con falsas acusaciones contra él, pero sus testimonios no concordaban. Algunos declaraban falsamente contra Jesús:

«Nosotros lo hemos oído decir: «Yo destruiré este Templo hecho por la mano del hombre, y en tres días volveré a construir otro que no será hecho por la mano del hombre.»»

Pero tampoco en esto concordaban sus declaraciones. El Sumo Sacerdote, poniéndose de pie ante la asamblea, interrogó a Jesús:

«¿No respondes nada a lo que estos atestiguan contra ti

El permanecía en silencio y no respondía nada. El Sumo Sacerdote lo interrogó nuevamente:

«¿Eres el Mesías, el Hijo del Dios bendito?»

Jesús respondió:

«Yo soy: y ustedes verán al Hijo del hombre sentarse a la derecha del Todopoderoso y venir entre las nubes del cielo.»

Entonces el Sumo Sacerdote rasgó sus vestiduras y exclamó:

«¿Qué necesidad tenemos ya de testigos? Ustedes acaban de oír la blasfemia. ¿Qué les parece?»

Y todos sentenciaron que merecía la muerte. Después algunos comenzaron a escupirlo y, tapándole el rostro, lo golpeaban, mientras le decían:

«!Profetiza!»

Y también los servidores le daban bofetadas.

Mientras Pedro estaba abajo, en el patio, llegó una de las sirvientas del Sumo Sacerdote y, al ver a Pedro junto al fuego, lo miró fijamente y le dijo:

«Tú también estabas con Jesús, el Nazareno.»

El lo negó, diciendo:

«No sé nada; no entiendo de qué estás hablando.»

Luego salió al vestíbulo. La sirvienta, al verlo, volvió a decir a los presentes:

«Este es uno de ellos.»

Pero él lo negó nuevamente. Un poco más tarde, los que estaban allí dijeron a Pedro: «Seguro que eres uno de ellos, porque tú también eres galileo.»

Entonces él se puso a maldecir y a jurar que no conocía a ese hombre del que estaban hablando. En seguida cantó el gallo por segunda vez. Pedro recordó las palabras que Jesús le había dicho: «Antes que cante el gallo por segunda vez, tú me habrás negado tres veces.» Y se puso a llorar.

Hacer silencio como el Señor

En cuanto amaneció, los sumos sacerdotes se reunieron en Consejo con los ancianos, los escribas y todo el Sanedrín. Y después de atar a Jesús, lo llevaron y lo entregaron a Pilato. Este lo interrogó:

«¿Tú eres el rey de los judíos?»

Jesús le respondió:

«Tú lo dices.»

Los sumos sacerdotes multiplicaban las acusaciones contra él. Pilato lo interrogó nuevamente:

«¿No respondes nada? !Mira de todo lo que te acusan

Pero Jesús ya no respondió a nada más, y esto dejó muy admirado a Pilato.

En cada Fiesta, Pilato ponía en libertad a un preso, a elección del pueblo. Había en la cárcel uno llamado Barrabás, arrestado con otros revoltosos que habían cometido un homicidio durante la sedición. La multitud subió y comenzó a pedir el indulto acostumbrado. Pilato les dijo:

«¿Quieren que les ponga en libertad al rey de los judíos?»

El sabía, en efecto, que los sumos sacerdotes lo habían entregado por envidia. Pero los sumos sacerdotes incitaron a la multitud a pedir la libertad de Barrabás. Pilato continuó diciendo:

«¿Qué debo hacer, entonces, con el que ustedes llaman rey de los judíos?»

Ellos gritaron de nuevo:

«Crucifícalo

Pilato les dijo:

«¿Qué mal ha hecho?»

Pero ellos gritaban cada vez más fuerte:

«Crucifícalo

Contemplarlo de lejos como las mujeres amigas

Pilato, para contentar a la multitud, les puso en libertad a Barrabás; y a Jesús, después de haberlo hecho azotar, lo entregó para que fuera crucificado.

Los soldados lo llevaron dentro del palacio, al pretorio, y convocaron a toda la guardia. Lo vistieron con un manto de púrpura, hicieron una corona de espinas y se la colocaron. Y comenzaron a saludarlo:

«Salud, rey de los judíos!»

Y le golpeaban la cabeza con una caña, le escupían y, doblando la rodilla, le rendían homenaje. Después de haberse burlado de él, le quitaron el manto de púrpura y le pusieron de nuevo sus vestiduras. Luego lo hicieron salir para crucificarlo.

Como pasaba por allí Simón de Cirene, padre de Alejandro y de Rufo, que regresaba del campo, lo obligaron a llevar la cruz de Jesús. Y condujeron a Jesús a un lugar llamado Gólgota, que significa: «lugar del Cráneo.»

Le ofrecieron vino mezclado con mirra, pero él no lo tomó. Después lo crucificaron. Los soldados se repartieron sus vestiduras, sorteándolas para ver qué le tocaba a cada uno. Ya mediaba la mañana cuando lo crucificaron. La inscripción que indicaba la causa de su condena decía: «El rey de los judíos.» Con él crucificaron a dos ladrones, uno a su derecha y el otro a su izquierda.

Los que pasaban lo insultaban, movían la cabeza y decían:

«Eh, tú, que destruyes el Templo y en tres días lo vuelves a edificar, sálvate a ti mismo y baja de la cruz

De la misma manera, los sumos sacerdotes y los escribas se burlaban y decían entre sí:

«Ha salvado a otros y no puede salvarse a sí mismo! Es el Mesías, el rey de Israel, que baje ahora de la cruz, para que veamos y creamos!»

También lo insultaban los que habían sido crucificados con él.

Al mediodía, se oscureció toda la tierra hasta las tres de la tarde; y a esa hora, Jesús exclamó en alta voz:

«Eloi, Eloi, lamá sabactani.»

Que significa:

«Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?»

Algunos de los que se encontraban allí, al oírlo, dijeron:

«Está llamando a Elías.»

Uno corrió a mojar una esponja en vinagre y, poniéndola en la punta de una caña le dio de beber, diciendo:

«Vamos a ver si Elías viene a bajarlo.»

Entonces Jesús, dando un gran grito, expiró.

El velo del Templo se rasgó en dos, de arriba abajo. Al verlo expirar así, el centurión que estaba frente a él, exclamó:

«Verdaderamente, este hombre era Hijo de Dios!»

Había también allí algunas mujeres que miraban de lejos. Entre ellas estaban María Magdalena, María, la madre de Santiago el menor y de José, y Salomé, que seguían a Jesús y lo habían servido cuando estaba en Galilea; y muchas otras que habían subido con él a Jerusalén.

Era día de Preparación, es decir, vísperas de sábado. Por eso, al atardecer, José de Arimatea -miembro notable del Sanedrín, que también esperaba el Reino de Dios- tuvo la audacia de presentarse ante Pilato para pedirle el cuerpo de Jesús.

Pilato se asombró de que ya hubiera muerto; hizo llamar al centurión y le preguntó si hacía mucho que había muerto.

Informado por el centurión, entregó el cadáver a José. Este compró una sábana, bajó el cuerpo de Jesús (de la cruz), lo envolvió en ella y lo depositó en un sepulcro cavado en la roca. Después hizo rodar una piedra a la entrada del sepulcro.

María Magdalena y María, la madre de José, miraban dónde lo habían puesto” (Marcos 14, 1 – 15, 47).

Contemplación

No es larga la Pasión según san Marcos. Le he puesto algunos títulos para leerla en estos días. Responden a una pregunta: ¿qué podemos “hacer” en la Pasión. No mucho, pareciera. Y sin embargo…

Podemos “romper nuestro frasco de perfume de nardo puro y derramar el perfume sobre la cabeza de Jesús”, como hizo esta mujer. Tuvo esta idea y la llevó a cabo. Perfumar a Jesús! A quién se le puede ocurrir sino a una mujer! Contaba hace unos días Nuria Calduch, en la presentación del suplemento del Osservatore Romano “Mujeres Iglesia Mundo”, que la revista Vida Nueva comienza a sacar en Español, que cuando le dijo a su Director de Tesis que el tema que le había gustado para hacer su trabajo era el del perfume en el evangelio, este, cuando vio que no la iba a poder convencer de que había temas más trascendentes para investigar, la despidió con esa frase: “Mujer tenía que ser”. La tesis se transformó en un hermoso librito “El perfume del evangelio”, sobre los encuentros de Jesús con las mujeres. (Comento que el papa Francisco la eligió con otras dos como miembro de la Pontificia Comisión Bíblica Internacional y es la primera vez que entran mujeres).

La verdad es que, contemplando lo que “hace” la gente en la Pasión, el gesto de esta mujer fue no sólo el más hermoso sino el más positivo, junto con el de la Verónica, que le limpió el rostro al Señor y el de las tres Marías que “miraban” y “estaban” haciendo sentir su cariño con la presencia y las lágrimas. Los demás gestos son… para llorar. Esa sería la palabra. El llanto de Pedro debe haber sido para el Señor como el perfume. Todos los demás gestos de Pedro están signados por el desatino: decir que nunca lo traicionará, cortarle la oreja a Malco, negarlo ante las sirvientas… Las lágrimas serán lo más auténtico de su buena voluntad.

Así que a la pregunta ¿qué podemos hacer en la pasión, esta semana santa? la respuesta va por el lado de derrochar y derramar perfumes y lágrimas (había puesto “o”, pero me parece más positiva la “y”, ya que todos tenemos algo de amor guardado para ocasiones especiales y este “perfume” no hay que dejar que quede así, guardado: hay que derramarlo. Algún gesto de adoración se merece “la cabeza del Señor”, algo que sea “sólo para él”. De las lágrimas ya hablaremos este miércoles en el blog “ejerciciosespirituales.wordpress.com”, con la Hna Marta, ya que este mes toca la bienaventuranza “felices los que lloran, porque serán consolados”.

Dejarnos confortar

Paso a lo otro que quería compartir: en la Pasión, como decimos en el “alma de Cristo”, hay que dejarse “confortar por el Señor”: ¡Pasión de Cristo, confórtanos!

No se trata de “hacer” otras cosas sino de “dejar que el Señor haga”. El “hágase en mí” de la Virgen no encuentra lugar más apropiado que este de la Pasión del Señor para que lo repitamos. Que se haga en mí – en nosotros, porque el Señor da la vida por todos los que andamos dispersos y hacer de nosotros un pueblo fiel- la redención; hágase en nosotros el rescate, la liberación de las esclavitudes (las del mundo que nos lleva a estar esclavizados por el consumo y las esclavitudes de las propias tendencias y pasiones) donde cada uno se siente atado; hágase en mí, en nosotros, la Eucaristía que nos unifica al comer un mismo pan; hágase en nosotros la eclesialidad, ya que la Cruz del Señor atrae a todos y nos hace “comunidad de gente perdonada, salvada”.

Cada uno sabe dónde necesita que lo conforten. Qué linda palabra “confortado”. Suena a “gestos que confortan”, que dan ganas de vivir, que hacen sentir que todo vale la pena”. Qué linda la gente que conforta, con su ejemplo, con su estar, con su no bajar los brazos, con sus palabras positivas, con su aliento. Jesús en la Pasión es el gran confortador. El lo planeó todo. Planeó la Eucaristía, que sería la que nos confortaría para siempre, en todas las situaciones; confortó a Pedro adelantándose a su negación, para que no se viniera abajo ni cayera en la desesperación; nos dio la clave para sentirnos confortados: saber que lo podemos confortar a Él. Le hacía bien volver y ver a sus amigos tratando de velar, aunque se hubieran dormido. Confortó a las mujeres que lloraban. Nos confortó a todos en Juan, dándonos a la Confortadora, a su Madre. Confortar es una palabra sólida. De las que van directo al corazón, donde el ánimo se consolida o se viene abajo –descorazonarse, decimos-. Pasión de Cristo, reconfórtanos.

Les comparto dos textos del Papa Francisco porque él tiene esta gracia de la fortaleza. Es una gracia especial, porque consiste en tener “piel de rinoceronte” por fuera y “ternura de niño” por dentro. Y estar “blindado por la paz”. La suya es una fortaleza que le viene de “manejar bien su propio límite”, no creyéndosela y de ser fuerte en la vida cotidiana, hacerse fuerte en las pequeñas cosas, con la paciencia.

“Muchas veces, en efecto, no logramos captar el designio de Dios, y nos damos cuenta de que no somos capaces de asegurarnos por nosotros mismos la felicidad y la vida eterna. Sin embargo, es precisamente en la experiencia de nuestros límites y de nuestra pobreza donde el Espíritu nos conforta y nos hace percibir que la única cosa importante es dejarnos conducir por Jesús a los brazos de su Padre”.

Y también: “No hay que pensar que el don de fortaleza es necesario sólo en algunas ocasiones o situaciones especiales. Este don debe constituir la nota de fondo de nuestro ser cristianos, en el ritmo ordinario de nuestra vida cotidiana. Como he dicho, todos los días de la vida cotidiana debemos ser fuertes, necesitamos esta fortaleza para llevar adelante nuestra vida, nuestra familia, nuestra fe. El apóstol Pablo dijo una frase que nos hará bien escuchar: «Todo lo puedo en Aquel que me conforta» (Flp 4, 13). Cuando afrontamos la vida ordinaria, cuando llegan las dificultades, recordemos esto: «Todo lo puedo en Aquel que me da la fuerza». El Señor da la fuerza, siempre, no permite que nos falte. El Señor no nos prueba más de lo que nosotros podemos tolerar. Él está siempre con nosotros. «Todo lo puedo en Aquel que me conforta. Queridos amigos, a veces podemos ser tentados de dejarnos llevar por la pereza o, peor aún, por el desaliento, sobre todo ante las fatigas y las pruebas de la vida. En estos casos, no nos desanimemos, invoquemos al Espíritu Santo, para que con el don de fortaleza dirija nuestro corazón y comunique nueva fuerza y entusiasmo a nuestra vida y a nuestro seguimiento de Jesús”.

Bueno, baste con esto para saber qué “hacer” en la pasión –perfumar y llorar- y qué fruto pedir al Señor que nos de el verlo así, tan lastimado y dándose por entero para nuestro bien: que nos conforte y reconforte su pasión.

………

Testimonio de Vinicio Riva, el enfermo de forúnculos al que el Papa confortó con su abrazo:

«Sentí que el corazón se me salía del cuerpo. Fue el paraíso, él nunca dudó en abrazarme», le contó al periódico.

Su enfermedad es una de las enfermedades genéticas más comunes, pero la apariencia de los enfermos genera todo tipo de rechazos contra ellos. El mal, por supuesto, no es contagioso.

«El Papa ni se detuvo a pensar si me abrazaba o no. Mi enfermedad no es contagiosa, pero seguramente él (Francisco) no lo sabía. Bajó del altar a saludar a los enfermos. Yo le besé la mano mientras que él con la otra me acariciaba la cabeza y las heridas. Después tiró de mí, abrazándome con fuerza y besándome el rostro. Yo tenía la cabeza en su pecho, sus brazos me rodeaban. Me tenía muy pegado a él, mimándome, no se apartaba.  Simplemente lo hizo: envolvió toda mi cabeza como si solamente sintiera amor»,  comentó el hombre que vive en Vicenza, una ciudad de 100.000 habitantes al norte de Italia, cercana a Venecia.

francisco confortar

Diego Fares sj