Cuaresma 2 B 2015

Un brillo jesuítico en los ojos

 

Jesús tomó consigo a Pedro, Santiago y Juan,

y los condujo a ellos solos a un monte elevado.

Allí se transfiguró en presencia de ellos.

Sus vestiduras se volvieron esplendentes, blanquísimas,

como ningún batanero en el mundo sería capaz de blanquearlas.

Y aparecieron a su vista Elías y Moisés,

y estaban conversando con Jesús.

Pedro dijo a Jesús:

– «Maestro, ¡es lindísimo para nosotros estar aquí!

Hagamos tres carpas, para ti una, para Moisés una y para Elías una.»

Pedro no sabía qué responder (al acontecimiento), porque estaban fuera de sí por el terror.

Y se formó una nube ensombreciéndolos,

y vino una voz de la nube:

– «Este es mi Hijo dilecto, escúchenlo a él.»

Súbitamente, mirando a su alrededor, ya no vieron a nadie,

sino a Jesús solo con ellos.

Mientras bajaban del monte,

Jesús les previno de no contar lo que habían visto,

hasta que el Hijo del hombre resucitara de entre los muertos.

Ellos guardaron la cosa para sí.

preguntándose qué significaría «resucitar de entre los muertos» (Mc 9, 2-10).

 

Contemplación

Como me levanto tempranito para rezar, me gusta imaginar que fue de madrugada que Jesús “tomo en su Compañía” a sus amigos (como traduce Ignacio en los Ejercicios) y los condujo a ellos solos a un monte elevado”.

La hora me recuerda que en Argentina es la una y media de la mañana.

El otro día alguien me dijo que había “perdido cuatro horas”, y yo en cambio siento que las gané. Puedo rezar mientras que los míos duermen y cuando me viene alguno a la memoria, siento que para él es re-temprano, que a las 9,30 mías se están despertando los encargados del hogar y que cuando celebro la misa a las 12,30 allá recién están entrando al desayuno… Así que con el tiempo vamos bien, primereando.

 

Y con lo del monte elevado, ni digamos: el Pincio es uno de los montes de Roma, que está en la Colina del Quirinal, desde donde se tienen las mejores vistas de toda Roma. Por mi ventana se ve a mi misma altura la cúpula de San Pedro y sé que apenas entrando a Santa Marta y subiendo una escalera corta, está Francisco rezando y trabajando. Eso sólo ya consuela. Y más cuando llama como hace un ratito y se alegra de que ya le haya llegado su respuesta a Juliana, que le mandó una cartita.

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La “composición del lugar” que San Ignacio nos hace hacer en las contemplaciones, aquí tiene sus privilegios. Sin embargo, los lugares históricos suscitan sentimientos encontrados: todo es admirable y hermoso, pero habla de esplendores pasados. Ayer recorriendo los Foros Romanos, admirábamos desde abajo la majestuosidad del Coliseo. De golpe, un amigo dice: “y pensar para lo que se usaba…”. Fue como si se me hubieran venido abajo esas moles de piedra erigidas para espectáculos de muerte, donde murieron tantos hermanos nuestros, los primeros cristianos.

Y en la moda, en la “exterioridad europea de los vestidos”, me impresiona la “sofisticación”. La propaganda en los diarios y en los carteles es sofisticada, esa es la palabra para mí. Subiendo la escalinata de Plaza España (una cuadrita a la derecha, luego de subir los famosos 135 escalones que se hacen amigablemente al pie, está nuestra casa de Villa Malta), como están arreglando la Iglesia en lo alto, los “sponsors” han puesto la gigantografía de unos fideos que resulta muy chocante y bien gráfica para entrar en la Transfiguración.

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La impresión es que aquí hay muchas capas de cultura acumuladas –antiquísimas y post-modernas- antes de llegar al corazón, que es donde surgen las emociones que transfiguran los rostros. Y pensaba que no sé si hay muchas “transfiguraciones” para mí en Roma, salvo las de las personas: la gente cuando charlás bien, se transfigura.

Perdón por el paseo, pero Ignacio siempre nos hace “contemplar situadamente”, cada uno donde está. Y Roma, si algo tiene, es que es un poco de todos. Y más ahora, con el papa Francisco. Por eso me animo a compartirla.

Unos chicos musulmanes argentinos que nos visitaron me decían, con la cara iluminada, que la Iglesia que más les había gustado era la nuestra del Gesù, que aún sin compartir nuestro sentimiento religioso, sentían allí algo que no sabían bien cómo describir y a mí se me ocurrió pensar que la palabra era “amigable”. Roma es amigable y, aunque haya muchas capas de historia acumuladas y mucha sofisticación, si uno está atento, se le encuentra el corazón. Eso sí, hay que hacer un trabajo como el de una restauracionista de origen asiático, que las dos veces que pasé en estos 15 días, está como si fuera parte de las Estatuas, con su mameluco, lleno de polvo, su casco y sus lentes de protección, blanqueando (como si fuera la batanera de la que habla el evangelio) con una manguerita de hidrógeno líquido, creo, la pata de un caballo marino de la Fontana di Trevi.

Fontana

 

Pues bien, contrastando con estos esfuerzos de reflexión, la Transfiguración es un acto personal del Señor. No es algo que nosotros logremos ni con un trabajo monumental como el del Coliseo ni con un trabajo de restauracionista, como el de la muchacha de la Fontana di Trevi. Él “se” transfigura como y cuando quiere, simplemente, dejar que resplandezca su Gloria. Una Gloria que estaba (y está) como retenida, para no imponerse, para no deslumbrar a nadie que no quiera, para que uno tenga la oportunidad de subir al monte en su Compañía y haga el esfuerzo, de modo tal que cuando él se nos muestre en toda su belleza, sin desmerecer para nada la gratuidad soberana de su regalo, también sintamos que pusimos lo mejor de nuestra parte.

Pedro de alguna manera es el que capta esta invitación a participar en la intimidad del diálogo del Señor con Moisés y con Elías y se mete en la conversación aportando su frase admirativa – qué lindo que es estar aquí…-, y su propuesta de hombre práctico –hagamos tres carpas…-. Sin embargo, la voz del Padre silenciará todo otro comentario y nos dará la clave para participar en la Transfiguración: escuchar a Jesús. El es el Hijo predilecto y “escucharlo” nos llevará toda la vida. Cuando escuchamos a Jesús, a su Evangelio, la realidad se transfigura. Especialmente los rostros: se vuelven más lindos, cada uno con su brillito de Jesús.

 

Hay un brillo jesuítico (no se me ocurre otra palabra más linda y como es compartible ya que todo el que desee ser compañero de Jesús puede serlo, en la medida en que gaste tiempo en “acompañarlo” a los lugares donde él va y en los que él “habita”), un brillo, digo, que se descubre en los ojos y la sonrisa de la gente cuando uno, mientras los mira, “escucha” interiormente el nombre con que Jesús llama a cada uno y las palabras con las que interpreta lo que viven.

Una cosa es ver “pobres” y otra “a cada uno de estos mis pequeñitos”.

Una cosa es ver “pecadores” y otra “hijos pródigos” u “ovejitas de mi rebaño”, o “gente a la que él tampoco le tira la primera piedra”.

Una cosa es ver gente pedigüeña, que pide bendiciones y estampitas, y otra es ver “gente con una fe grande”.

Una cosa es ver simples trabajadores, gente que trabaja pescando o cobrando impuestos y otra es ver a Pedro y a Mateo, e imaginar lo que pueden llegar a ser: pescadores de hombres y evangelistas.

Cuando escuchamos a Jesús, el Hijo amado, la realidad se transfigura. La realidad está opacada por tantos nombres que le ponemos, uno tras otro, pero cuando es el Señor el que nombra todo cambia. Salen los nombres verdaderos, la palabra justa, el adjetivo que despierta la sonrisa y hace lagrimear por un instante ese brillito jesuítico en los ojos del que se siente mirado como mira Jesús.

Nosotros no tenemos, como el Señor, el poder de transfigurarnos, ya que no tenemos brillo propio. Pero sí tenemos el poder de transfigurar en la fe a los demás, viendo a Jesús en ellos. Pedimos la gracia de mirar siempre de esta manera: transfigurando.

 

Diego Fares sj

 

 

 

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