Domingo 6 B 2015

Abrazos

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Viene a él un leproso que, rogándole y doblando las rodillas, le decía:

“Si quisieras puedes limpiarme”.

Jesús movido por la compasión, extendiendo su mano lo tocó y le dijo:

“Quiero, límpiate”.

Y al instante desapareció de él la lepra y quedó limpio.

Adoptando con él un tono de severidad lo despidió y le dijo:

“Mira, no digas nada a nadie, sino ve y muéstrate al sacerdote y entrega por tu purificación la ofrenda que ordenó Moisés para que les sirva de testimonio”.

Pero él, apenas se fue, empezó a proclamarlo a todo el mundo,

y a divulgar la cosa, de tal manera que Jesús ya no podía entrar públicamente en ninguna ciudad, sino que se quedaba fuera, en lugares solitarios.

Y venían a él de todas partes” (Mc 1, 40-45).

 

Contemplación

 

“Jesús, movido por la compasión, extendiendo su mano lo tocó”.

El Señor no tiene miedo al contacto físico con el leproso.

Imaginémonos hoy un enfermo de ébola… Los médicos se acercan vestidos como astronautas…

Acercarse a un leproso sin protección era como acercarse hoy desprotegido a una persona enferma del ébola: un riesgo para uno y para toda la sociedad.

Sin embargo, Jesús lo tocó y lo curó.

Y, aunque no se contagió la lepra, quedó de alguna manera “leproso socialmente”: no podía entrar públicamente en ninguna ciudad.

 

El Papa Francisco, en la jornada mundial del enfermo, toma una expresión de Job: “Yo era los ojos para el ciego y los pies para el paralítico” (Job 29, 15).

Esta actitud compasiva y cercana implica “poner el cuerpo”, como se dice. Ser ojos para el ciego. Guiarlo al caminar, leerle, contarle lo que vemos. Recuerdo a Martín Descalzo cuando le pidieron que acompañara a un no vidente a visitar San Pedro, cómo se desconcertó al comienzo y después se entusiasmó “contándole la Basílica” a viva voz.

Poner el cuerpo es la actitud que nos purifica el corazón cuando servimos y, entonces sí, se nos da la gracia de ver a Dios en el prójimo. O mejor, de verlo metido también en ese espacio de cercanía en el que interactuamos con el otro necesitado.

A Dios no se lo puede ver como un “objeto”. Nuestra capacidad de visión queda siempre excedida. Sí se lo puede ver “en acción”, en lo que sucede cuando amamos y servimos. No se trata de un ver como espectadores. Si uno no hace nada, el sufrimiento “deforma la visión”. En cambio ayudando de cerca, aclara la mirada, la focaliza.

A Cristo uno lo va viendo en la medida exacta en que deja que le gane el corazón la compasión y se va acercando físicamente al otro. Cuando uno se anima y le da la mano al que está caído, lo mira a los ojos, le devuelve la sonrisa y se queda un rato con él, de alguna manera Cristo se vuelve visible.

Esto requiere tiempo. No es algo puntual. Y el tiempo pasado con el enfermo es un “tiempo santo”, como dice Francisco. Dar tiempo al que sufre es “habitar en la enfermedad”. Y mucha gente dando tiempo es una “casa”: de ahí nuestras casas de la bondad, de ahí el Hogar, donde pasamos tiempo juntos con los más necesitados. No los atendemos “en la calle”, como de pasada. Les damos nuestra casa.

 

Profundizando un poquito más, decimos que es al entrar en contacto con los que están enfermos y los que sufren que se despierta en nosotros la compasión. La compasión solo se experimenta si uno se pone en movimiento de cercanía, en contacto humano, físico. Si uno toma la dirección de alejarse, la compasión se enfría… Y vistos como espectáculo, el dolor y las desgracias llevan a no querer mirar. En cambio al entrar en el espacio de la cercanía, los ojos del que sufre, atraen, son como un imán. Y, esto es lo bueno, la compasión con el otro ordena todas las demás pasiones que tenemos. Calma nuestra ira, serena mi afán de posesión, me hace olvidar la lujuria, pone en actividad a la pereza, abaja nuestra  soberbia, frena todo activismo, acalla mi palabrerío… La compasión me vuelve humano, le da espesura a los despuntes de sabiduría que a veces siento en mi  corazón.

………

En estos días de despedida me di el gusto de hacer con todos el gesto que habitualmente hago con los chinos. Como veía que no todos comulgaban, una tarde, al final de la misa, invité a todos a pasar en fila y le impuse las manos a cada uno haciendo una crucecita en cada frente. Les encantó la bendición y quedó como rito en todas las misas.

Repetí este gesto en las tres misas de Regina y en la misa del Hogar. Y en el Hogar, como algunos se quedan en el fondo de los comedores, busqué a cada uno y los bendije y abracé a todos. Así que, además de los tres álbumes con fotos y dedicatorias que me obsequiaron, me llevo muchos abrazos, muchas bendiciones y muchos ojos.

Les comparto algunos más “apostólicos”, digamos, ya que están los de la familia y los de los amigos, que cada uno conoce y no necesita que le cuenten lo bien que hacen y lo lindos que son. Los que comparto son los que no se dan espontáneamente todos los días y tienen esa gracia de evangelio de hoy, en la que Jesús “movido por la compasión, toca al leproso” o “movido por la ternura, impone las manos a los niños y los bendice”.

…………..

El de Daniel, de la panadería Santa Rosa, fue un abrazo con harina y engrudo. El sólo hecho de bajar la escalera del sótano de Yrigoyen y Pasco, donde amasan las facturas, ya te enharina. Y de camisa negra de cura, peor. El aire mismo está blanquecino. Algunos de los que estaban con las manos en la masa me dieron respetuosamente el codo o un beso, pero Daniel me abrazó y me palmeó como para que le hiciera propaganda por la calle. Así que quedé con la espalda muy graciosa, como me dijeron en el Hogar.

 

Antoñito había ido “a llevar un pedido” y no estaba en la verdulería. Pero cayó antes de la misa a darme un abrazo y pedir la bendición. Cuando se la pedí a él se quedó en posición de firme, sin entender que yo le pedía a él que me bendijera. Y después, limpiándose un poquito el dedo en el delantal, como hacía Pedrito, me hizo una leve señal de la cruz, marcando respetuosamente cuatro puntitos.

 

Un matrimonio amigo se entusiasmó con el amplio lugar que ofrece mi “frente”  y me impusieron las manos los dos y se quedaron rezando un rato largo con lo que sentí como una de esas bendiciones de sanación que algunos hacen.

 

En la Casa de la Bondad, Horacio que andaba “medio caído”, en el sillón de la sala común que da al patio, se puso de pie y me dio una linda bendición. Horacio siempre se alegra al verme y es de los pocos a quienes yo le cuento mis cansancios y me da ánimo él a mí.

 

Con los chinos un abrazo es algo bastante particular. Ellos se saludan juntando las manos e inclinando varias veces la cabeza con una sonrisa. Aquí en Argentina se van acostumbrando un poco a dar un beso o un abrazo, pero los abrazos son algo toscos, más bien casi un empujón. Te lo dan y se apartan un poco confundidos, como se siente uno cuando hace el saludo de ellos de la paz y experimenta algo nuevo, una manera de cercanía que no conocía. Saludar de lejos juntando las manos e inclinando la cabeza, curiosamente para mí, hace que uno “sienta” la cercanía del otro, igual y a veces más que dando un abrazo. Y pienso que ellos deben experimentar lo mismo al revés. Pero lo que quería compartir es un abracito que una mamá china le dijo a su hijito de tres o cuatro añitos que me diera. Medio duro el chinito me dio unas palmaditas “reeditables”, que en este mismo momento revivo con ternura. Es el abracito Iñaki, como lo tengo bautizado.

 

En el Hogar, al hacer la bendición, le di un abrazo a cada uno. Cada persona es distinta, pero el conjunto hace sentir algo y lo que sentí fue la dureza que produce estar en la calle. Después que pasaron varios, lo que primero me pareció que sería cosa de alguno, la sentí en casi todos: la mayoría como que no sabía dar un abrazo. No tenían ese reflejo natural que lleva a responder cuando un recibe un abrazo fuerte, lo tenían olvidado: muchos se quedaron con los brazos quietos, sin movimiento de cercanía sino como pasando de largo, musitando alguna palabra de agradecimiento pero con rigidez. El abrazo se ejercita en la familia y el que hace años que la perdió como que su cuerpo lo olvida. Por eso me metí en los comedores. Tenemos que dar muchos abrazos nosotros para que los que están mal vayan recuperando su capacidad de recibir. Antes de dar “cosas” hay que alimentar la capacidad de recibir trato humano, cariño.

Diego Fares sj

 

 

 

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