Cuaresma 2 B 2015

Un brillo jesuítico en los ojos

 

Jesús tomó consigo a Pedro, Santiago y Juan,

y los condujo a ellos solos a un monte elevado.

Allí se transfiguró en presencia de ellos.

Sus vestiduras se volvieron esplendentes, blanquísimas,

como ningún batanero en el mundo sería capaz de blanquearlas.

Y aparecieron a su vista Elías y Moisés,

y estaban conversando con Jesús.

Pedro dijo a Jesús:

– «Maestro, ¡es lindísimo para nosotros estar aquí!

Hagamos tres carpas, para ti una, para Moisés una y para Elías una.»

Pedro no sabía qué responder (al acontecimiento), porque estaban fuera de sí por el terror.

Y se formó una nube ensombreciéndolos,

y vino una voz de la nube:

– «Este es mi Hijo dilecto, escúchenlo a él.»

Súbitamente, mirando a su alrededor, ya no vieron a nadie,

sino a Jesús solo con ellos.

Mientras bajaban del monte,

Jesús les previno de no contar lo que habían visto,

hasta que el Hijo del hombre resucitara de entre los muertos.

Ellos guardaron la cosa para sí.

preguntándose qué significaría «resucitar de entre los muertos» (Mc 9, 2-10).

 

Contemplación

Como me levanto tempranito para rezar, me gusta imaginar que fue de madrugada que Jesús “tomo en su Compañía” a sus amigos (como traduce Ignacio en los Ejercicios) y los condujo a ellos solos a un monte elevado”.

La hora me recuerda que en Argentina es la una y media de la mañana.

El otro día alguien me dijo que había “perdido cuatro horas”, y yo en cambio siento que las gané. Puedo rezar mientras que los míos duermen y cuando me viene alguno a la memoria, siento que para él es re-temprano, que a las 9,30 mías se están despertando los encargados del hogar y que cuando celebro la misa a las 12,30 allá recién están entrando al desayuno… Así que con el tiempo vamos bien, primereando.

 

Y con lo del monte elevado, ni digamos: el Pincio es uno de los montes de Roma, que está en la Colina del Quirinal, desde donde se tienen las mejores vistas de toda Roma. Por mi ventana se ve a mi misma altura la cúpula de San Pedro y sé que apenas entrando a Santa Marta y subiendo una escalera corta, está Francisco rezando y trabajando. Eso sólo ya consuela. Y más cuando llama como hace un ratito y se alegra de que ya le haya llegado su respuesta a Juliana, que le mandó una cartita.

DSC_9142

La “composición del lugar” que San Ignacio nos hace hacer en las contemplaciones, aquí tiene sus privilegios. Sin embargo, los lugares históricos suscitan sentimientos encontrados: todo es admirable y hermoso, pero habla de esplendores pasados. Ayer recorriendo los Foros Romanos, admirábamos desde abajo la majestuosidad del Coliseo. De golpe, un amigo dice: “y pensar para lo que se usaba…”. Fue como si se me hubieran venido abajo esas moles de piedra erigidas para espectáculos de muerte, donde murieron tantos hermanos nuestros, los primeros cristianos.

Y en la moda, en la “exterioridad europea de los vestidos”, me impresiona la “sofisticación”. La propaganda en los diarios y en los carteles es sofisticada, esa es la palabra para mí. Subiendo la escalinata de Plaza España (una cuadrita a la derecha, luego de subir los famosos 135 escalones que se hacen amigablemente al pie, está nuestra casa de Villa Malta), como están arreglando la Iglesia en lo alto, los “sponsors” han puesto la gigantografía de unos fideos que resulta muy chocante y bien gráfica para entrar en la Transfiguración.

10483283_10152702799949696_5460800543750908858_o

La impresión es que aquí hay muchas capas de cultura acumuladas –antiquísimas y post-modernas- antes de llegar al corazón, que es donde surgen las emociones que transfiguran los rostros. Y pensaba que no sé si hay muchas “transfiguraciones” para mí en Roma, salvo las de las personas: la gente cuando charlás bien, se transfigura.

Perdón por el paseo, pero Ignacio siempre nos hace “contemplar situadamente”, cada uno donde está. Y Roma, si algo tiene, es que es un poco de todos. Y más ahora, con el papa Francisco. Por eso me animo a compartirla.

Unos chicos musulmanes argentinos que nos visitaron me decían, con la cara iluminada, que la Iglesia que más les había gustado era la nuestra del Gesù, que aún sin compartir nuestro sentimiento religioso, sentían allí algo que no sabían bien cómo describir y a mí se me ocurrió pensar que la palabra era “amigable”. Roma es amigable y, aunque haya muchas capas de historia acumuladas y mucha sofisticación, si uno está atento, se le encuentra el corazón. Eso sí, hay que hacer un trabajo como el de una restauracionista de origen asiático, que las dos veces que pasé en estos 15 días, está como si fuera parte de las Estatuas, con su mameluco, lleno de polvo, su casco y sus lentes de protección, blanqueando (como si fuera la batanera de la que habla el evangelio) con una manguerita de hidrógeno líquido, creo, la pata de un caballo marino de la Fontana di Trevi.

Fontana

 

Pues bien, contrastando con estos esfuerzos de reflexión, la Transfiguración es un acto personal del Señor. No es algo que nosotros logremos ni con un trabajo monumental como el del Coliseo ni con un trabajo de restauracionista, como el de la muchacha de la Fontana di Trevi. Él “se” transfigura como y cuando quiere, simplemente, dejar que resplandezca su Gloria. Una Gloria que estaba (y está) como retenida, para no imponerse, para no deslumbrar a nadie que no quiera, para que uno tenga la oportunidad de subir al monte en su Compañía y haga el esfuerzo, de modo tal que cuando él se nos muestre en toda su belleza, sin desmerecer para nada la gratuidad soberana de su regalo, también sintamos que pusimos lo mejor de nuestra parte.

Pedro de alguna manera es el que capta esta invitación a participar en la intimidad del diálogo del Señor con Moisés y con Elías y se mete en la conversación aportando su frase admirativa – qué lindo que es estar aquí…-, y su propuesta de hombre práctico –hagamos tres carpas…-. Sin embargo, la voz del Padre silenciará todo otro comentario y nos dará la clave para participar en la Transfiguración: escuchar a Jesús. El es el Hijo predilecto y “escucharlo” nos llevará toda la vida. Cuando escuchamos a Jesús, a su Evangelio, la realidad se transfigura. Especialmente los rostros: se vuelven más lindos, cada uno con su brillito de Jesús.

 

Hay un brillo jesuítico (no se me ocurre otra palabra más linda y como es compartible ya que todo el que desee ser compañero de Jesús puede serlo, en la medida en que gaste tiempo en “acompañarlo” a los lugares donde él va y en los que él “habita”), un brillo, digo, que se descubre en los ojos y la sonrisa de la gente cuando uno, mientras los mira, “escucha” interiormente el nombre con que Jesús llama a cada uno y las palabras con las que interpreta lo que viven.

Una cosa es ver “pobres” y otra “a cada uno de estos mis pequeñitos”.

Una cosa es ver “pecadores” y otra “hijos pródigos” u “ovejitas de mi rebaño”, o “gente a la que él tampoco le tira la primera piedra”.

Una cosa es ver gente pedigüeña, que pide bendiciones y estampitas, y otra es ver “gente con una fe grande”.

Una cosa es ver simples trabajadores, gente que trabaja pescando o cobrando impuestos y otra es ver a Pedro y a Mateo, e imaginar lo que pueden llegar a ser: pescadores de hombres y evangelistas.

Cuando escuchamos a Jesús, el Hijo amado, la realidad se transfigura. La realidad está opacada por tantos nombres que le ponemos, uno tras otro, pero cuando es el Señor el que nombra todo cambia. Salen los nombres verdaderos, la palabra justa, el adjetivo que despierta la sonrisa y hace lagrimear por un instante ese brillito jesuítico en los ojos del que se siente mirado como mira Jesús.

Nosotros no tenemos, como el Señor, el poder de transfigurarnos, ya que no tenemos brillo propio. Pero sí tenemos el poder de transfigurar en la fe a los demás, viendo a Jesús en ellos. Pedimos la gracia de mirar siempre de esta manera: transfigurando.

 

Diego Fares sj

 

 

 

Cuaresma 1 B 2015

Cercanía en el momento justo

Duchas                                                                   El papa saluda a la gente al inaugurar las duchas

 

Apenas fue bautizado por Juan,

el Espíritu condujo a Jesús al desierto.

 Y estuvo en el desierto cuarenta días siendo tentado por Satanás;

y vivía entre las fieras y los ángeles lo servían.

 Después que Juan fue entregado, vino Jesús a Galilea

y allí predicaba el Evangelio de Dios, y decía:

«Se ha cumplido el tiempo propicio y se ha vuelto cercano el Reino de Dios.

Conviértanse y crean en la Buena Nueva» (Mc 1, 12-15).

 

Contemplación

La Iglesia nos regala cuarenta días (ya pasaron cuatro y este primer Domingo de Cuaresma es el quinto) de Ejercicios Espirituales en la vida cotidiana. San Ignacio dice que los Ejercicios son para mejorar nuestro cariño a las cosas del Espíritu. Ciertamente amamos al Señor y a nuestros hermanos, pero el afecto se nos desordena y nos dispersamos en muchas cosas que no terminan de saciar nuestra sed de verdadera amistad y de amor. La Cuaresma son estos 35 días de retiro para ordenar nuestros afectos y darnos el gusto de expresar nuestro amor a Jesús, a nuestro Padre, a la Virgen y a San José, a los pobres, a nuestros seres queridos…, de expresar nuestro afecto, digo, de manera auténtica, de modo tal que brote la alegría y se nos ensanche lleno de esperanza el corazón.

De manera auténtica quiere decir dos cosas: una, sin fingir, ya que somos pecadores y no es que de golpe nos vamos a convertir en un San Alberto Hurtado o en una Beata Teresa de Calcuta y vamos a andar todo el día “contentos” y “devolviendo a los pobres el amor que el Señor nos brinda gratuitamente en la adoración”, y la otra, autenticidad quiere decir “con nuestro sello propio”: la conversión tiene que ser desde las máscaras a nuestro verdadero rostro, de la imitación a lo original, de lo estándar a lo creativo.

 

Del evangelio de hoy me llaman la atención dos cosas, si es que se puede llamar cosas al tiempo oportuno y a la cercanía. Jesús nos dice: “Llegó el tiempo propicio y se ha vuelto cercano el Reino de Dios”. Por tanto: “conviértanse y crean en esta Buena Noticia”.

Cómo lo traducimos para que no suene a prédica cuaresmal?

Ayer en el correo, Emanuella, la cajera mientras me tenía esperando el vuelto porque le pagué el impuesto para la estadía, que eran 160 Euros (mejor no pensar en pesos!), con un billete de 500, me decía que más de siete horas no se podía estar atendiendo al público porque no te dejaban respiro. Yo me animé a decirle que era como el confesionario, y le pregunté si estaba de acuerdo en que el secreto era atender a cada uno como si fuera el único y no mirar la fila, y ella asintió con interés (enganchamos la charla!). Ellos tampoco miran la fila (y bien que del otro lado uno lo nota y le da bronca, porque pretende que el que atiende note que estamos esperando, y el que confiesa siente “por qué no dejás de mirar, que ya te voy a atender a vos, dejá que atienda bien a tu hermano…, vieja metida!”). Pero a lo que voy es a la mentalidad para con las cosas de la Iglesia. Me dijo: en Argentina se confiesa la gente? Tan pecadores son? No es que aquí en Italia no lo seamos, pero casi nadie se confiesa… Yo le dije: mire que la confesión es un alivio, no es una cámara de torturas, como dijo el Papa… Y se ve que algo le hizo un click. Convertirse va por este lado, de cambiar una mentalidad que nos hace ver como feas las cosas lindas de Dios, como tétricas las cosas que son en realidad fuente de mucha alegría, como imposición las cosas que son un regalo.

 

Con el Reino de Dios –con ese ámbito donde el Espíritu hace de las suyas y Dios “reina, conduce, gobierna”- hay que estar atentos, nos enseña el Maestro, al momento justo y a la distancia justa. Lo contrario, como bien dijo una mamá que conozco, es esa capacidad que tienen los papás para despertar al bebe, entrando en la pieza “con la mejoor intención en el peooor momento” (anoté la frase porque me pareció genial). En las cosas de Dios, el momento justo es más importante que una intención perfecta. Por qué? Por que el tiempo es de Dios y la intención, en cambio, es muy de cada uno. Cuando es el momento justo, el Señor puede meterse “en medio de nuestra acción” y escribir derecho con renglones torcidos, como se dice.

 

Por tanto, con Jesús es necesario estar atentos a sus tiempos y a su modo de cercanía.

 

Cuando Jesús nos encomienda algo, es lindo hacerlo enseguida, cuando sentimos que se nos acerca es bueno hacerle lugar y darle tiempo. Es nuestra manera de mostrar nuestro amor, no tanto por el cumplimiento sino por el cariño que mostramos en la prontitud.

 

Esto que puse del modo de estar cerca del Señor hay que entenderlo bien. Al escribirlo caigo en la cuenta de que Él es un Dios cercano –Dios con nosotros, es su nombre-, la cuestión es darnos cuenta del modo como nos está cerca, que no siempre es el que esperamos. El Señor siempre está cerca, pero no de la misma manera. Saber habitar en su cercanía, saber encontrarlo “cuando queramos” como dice San Ignacio que él podía hacerlo en su adultez, tiene que ver con cómo nos acercamos a los demás. El Señor está cerca de todos y no puede hacernos sentir su projimidad cuando pasamos de largo ante los demás. Sí en cambio se deja sentir apenas nos acercamos al pobre, al que nos necesita.

 

En estos días en Roma, me voy acercando por primera vez a todos los que encuentro, y aprovecho la gracia que tiene siempre todo primer encuentro.

Con la gente en situación de calle de aquí no es fácil. Tienen otros códigos.

La primera abuela que me enterneció –gorda, sentada y envuelta en ropa oscura, de Europa del Este seguramente- fue por su sonrisa. Le di cinco euros y me bendijo profusamente… Después, mientras bajaba por Via di Porta Pinciana y me metía en Via del Tritone, hacia la Fontana di Trevi, vi que la misma abuela se replicaba: cada dos o tres cuadras hay una mujer así y sonríe de la misma manera irresistible. Comencé a dar de a un euro (que para nosotros son diez mangos)…

Aquí los curas están acostumbrados a los mendigos y te dicen que la gente es profesional, que tienen la ayuda de Caritas y que no hace falta andar dando limosna por la calle.

 

Igual me mata la sonrisa! Sonríen aunque no les des. Quizás sea un rictus pero sonríen y eso te lleva a elegir: o establecés contacto o mirás para otro lado. Pero no se puede ser indiferente a una sonrisa. La sonrisa de Aliche, al entrar y salir de Santa María de los Ángeles y los Mártires, fue hermosa y lo sigue siendo en el recuerdo

 

Otra distinta, aunque similar, me la hicieron los africanos (a la segunda aprendí). Una jovencita me preguntó la hora (noté algo raro porque acaba de escuchar que le había preguntado la hora al que iba adelante mío). Después me llamó “africano blanco” (porque los africanos viejos tienen barba blanca también); y a continuación me regaló un elefantito y una tortuga pequeños sin pedir nada. Después que le acepté hizo como que se iba en mi misma dirección y volvió al ataque, pidiendo unas moneditas para su niño que tenía que comer… Y ya no me soltó. El elefante y la tortuguita comenzaron a pesar en el bolsillo…

Cuando Saba, un negro altísimo y simpático me verseó con el mismo discurso, me hizo agarrar la segunda tortuga y caminó conmigo a lo largo del Tiber, charlando del papa, de la religión, y de la paz… , caí en la cuenta de la táctica. Saba quedó un poco desilusionado con la monedita de un euro y yo me deshice del elefantito y la tortuga en una pared de un negocio, por si a alguno le gustaban.

Otro encuentro más simple fue con Babba, un “barbone” de la estación “Termini”, al que no logré entenderle más que su nombre. Al menos quedó contento con la monedita y conversó un rato en su media lengua. Babba ya está “quemado” como decimos y no tiene nada de “profesional”. En uno de los reportajes que les hacen a los que viven en la Estación Termini, un abuelo en silla de ruedas decía que la gente es idiota, que no sabe reconocer al que tiene verdadera necesidad. Cada uno anda en lo suyo. Pasan y ni siquiera te miran –decía-.

 

Esto que decía el abuelo es lo que trato de “ver” aquí: quién tiene verdadera necesidad y cual es. No es fácil, como digo, por los códigos. Voy cayendo en la cuenta de que los pobres saben que en Roma los turistas tenemos plata y andamos al cuete, dando vueltas por Piazza Navona, con el mapa y sin apuro. Por eso las tácticas de mangueo son implacables: no te sueltan, saben que no sos un empleado que va a la oficina. Algún Euro tiene que salir de ese bolsillo. Saben también que es bueno sonreír, establecer contacto visual, y regalarte algo antes de pedir (por eso los elefantitos).

 

Los pobres son maestros en esto de la cercanía. Saben que la cercanía es vital, que si no lográs llamar la atención y establecer contacto visual y físico, estás perdido. A mi me enseñan a ser pedigüeño con Dios, a acercarme y no soltarlo. El es rico en misericordia y no deja que se vaya sin nada todo aquel que se le acerca.

 

En esto de “la verdadera necesidad”, las duchas de la Columnata de San Pedro, que no son como las había imaginado, me parecieron una pegada genial, fruto de alguien como Francisco que mira la dignidad de las personas cuando se trata de “dar”. No es la “monedita que tirás”.

 

Valentino, uno de los que se turnan para cuidar las duchas (un pasillo con cinco baños y lavatorios de un lado y cinco duchas del otro, impecables con sus azulejos y espejos) me mostraba lo que les dan –una bolsa de plástico con toallas, maquinita, jabón y peines y otras cositas) y utilizó la palabra “dignas”. Que en San Pedro, donde a veces uno necesita un baño y tiene esos químicos, los que manguean o viven en la calle tengan una ducha que no un baño no químico sino que forma parte de la estructura edilicia de los edificios vaticanos, es algo digno. Su baño es mejor que el de los turistas! No es algo monumental. Bastan esas cinco duchas para los que vienen, especialmente a la mañana.

 

Y ya que mencioné a Francisco, el primer baño vaticano que usé fue el suyo, ya que cuando terminaba nuestro encuentro del martes, me dijo que tenía que ir un momento al baño y me ofreció si necesitaba el de su escritorio. “La luz está afuera” me avisó mientras él entraba en su cuarto, y el aviso vino en el momento justo porque yo, al no verla, ya me había desorientado como le pasa a todo el que entra en baño ajeno. Me causó gracia esto de usar el baño del papa y pensé que también los pobres de la calle deben sentir como que están en casa cada vez que los utilizan “dignamente”, en el momento justo en que los necesitan.

Las cosas del reino son cuestión de cercanía y en esto, con Francisco, más que avanzar, nos hemos acercado. Aquí la gente lo ama –amor a primera vista, me dijo una abuela en el colectivo después de haberme hecho notar que “los argentinos jugamos de locales ahora”.

El dice que en el poco tiempo que tiene, espera que el Señor de la gracia de que las reformas que pueda iniciar sean irreversibles. Esta de los baños en la Columnata ya lo es. Y ojalá todos creamos en esta Buena Noticia, ya que al fin y al cabo, el bautismo no es otra cosa que una buena ducha, de esas que uno se da cuando, como el hijo pródigo vuelve a la casa del Padre.

Diego Fares sj

 

 

Domingo 6 B 2015

Abrazos

la foto 2

la foto 1

 

Viene a él un leproso que, rogándole y doblando las rodillas, le decía:

“Si quisieras puedes limpiarme”.

Jesús movido por la compasión, extendiendo su mano lo tocó y le dijo:

“Quiero, límpiate”.

Y al instante desapareció de él la lepra y quedó limpio.

Adoptando con él un tono de severidad lo despidió y le dijo:

“Mira, no digas nada a nadie, sino ve y muéstrate al sacerdote y entrega por tu purificación la ofrenda que ordenó Moisés para que les sirva de testimonio”.

Pero él, apenas se fue, empezó a proclamarlo a todo el mundo,

y a divulgar la cosa, de tal manera que Jesús ya no podía entrar públicamente en ninguna ciudad, sino que se quedaba fuera, en lugares solitarios.

Y venían a él de todas partes” (Mc 1, 40-45).

 

Contemplación

 

“Jesús, movido por la compasión, extendiendo su mano lo tocó”.

El Señor no tiene miedo al contacto físico con el leproso.

Imaginémonos hoy un enfermo de ébola… Los médicos se acercan vestidos como astronautas…

Acercarse a un leproso sin protección era como acercarse hoy desprotegido a una persona enferma del ébola: un riesgo para uno y para toda la sociedad.

Sin embargo, Jesús lo tocó y lo curó.

Y, aunque no se contagió la lepra, quedó de alguna manera “leproso socialmente”: no podía entrar públicamente en ninguna ciudad.

 

El Papa Francisco, en la jornada mundial del enfermo, toma una expresión de Job: “Yo era los ojos para el ciego y los pies para el paralítico” (Job 29, 15).

Esta actitud compasiva y cercana implica “poner el cuerpo”, como se dice. Ser ojos para el ciego. Guiarlo al caminar, leerle, contarle lo que vemos. Recuerdo a Martín Descalzo cuando le pidieron que acompañara a un no vidente a visitar San Pedro, cómo se desconcertó al comienzo y después se entusiasmó “contándole la Basílica” a viva voz.

Poner el cuerpo es la actitud que nos purifica el corazón cuando servimos y, entonces sí, se nos da la gracia de ver a Dios en el prójimo. O mejor, de verlo metido también en ese espacio de cercanía en el que interactuamos con el otro necesitado.

A Dios no se lo puede ver como un “objeto”. Nuestra capacidad de visión queda siempre excedida. Sí se lo puede ver “en acción”, en lo que sucede cuando amamos y servimos. No se trata de un ver como espectadores. Si uno no hace nada, el sufrimiento “deforma la visión”. En cambio ayudando de cerca, aclara la mirada, la focaliza.

A Cristo uno lo va viendo en la medida exacta en que deja que le gane el corazón la compasión y se va acercando físicamente al otro. Cuando uno se anima y le da la mano al que está caído, lo mira a los ojos, le devuelve la sonrisa y se queda un rato con él, de alguna manera Cristo se vuelve visible.

Esto requiere tiempo. No es algo puntual. Y el tiempo pasado con el enfermo es un “tiempo santo”, como dice Francisco. Dar tiempo al que sufre es “habitar en la enfermedad”. Y mucha gente dando tiempo es una “casa”: de ahí nuestras casas de la bondad, de ahí el Hogar, donde pasamos tiempo juntos con los más necesitados. No los atendemos “en la calle”, como de pasada. Les damos nuestra casa.

 

Profundizando un poquito más, decimos que es al entrar en contacto con los que están enfermos y los que sufren que se despierta en nosotros la compasión. La compasión solo se experimenta si uno se pone en movimiento de cercanía, en contacto humano, físico. Si uno toma la dirección de alejarse, la compasión se enfría… Y vistos como espectáculo, el dolor y las desgracias llevan a no querer mirar. En cambio al entrar en el espacio de la cercanía, los ojos del que sufre, atraen, son como un imán. Y, esto es lo bueno, la compasión con el otro ordena todas las demás pasiones que tenemos. Calma nuestra ira, serena mi afán de posesión, me hace olvidar la lujuria, pone en actividad a la pereza, abaja nuestra  soberbia, frena todo activismo, acalla mi palabrerío… La compasión me vuelve humano, le da espesura a los despuntes de sabiduría que a veces siento en mi  corazón.

………

En estos días de despedida me di el gusto de hacer con todos el gesto que habitualmente hago con los chinos. Como veía que no todos comulgaban, una tarde, al final de la misa, invité a todos a pasar en fila y le impuse las manos a cada uno haciendo una crucecita en cada frente. Les encantó la bendición y quedó como rito en todas las misas.

Repetí este gesto en las tres misas de Regina y en la misa del Hogar. Y en el Hogar, como algunos se quedan en el fondo de los comedores, busqué a cada uno y los bendije y abracé a todos. Así que, además de los tres álbumes con fotos y dedicatorias que me obsequiaron, me llevo muchos abrazos, muchas bendiciones y muchos ojos.

Les comparto algunos más “apostólicos”, digamos, ya que están los de la familia y los de los amigos, que cada uno conoce y no necesita que le cuenten lo bien que hacen y lo lindos que son. Los que comparto son los que no se dan espontáneamente todos los días y tienen esa gracia de evangelio de hoy, en la que Jesús “movido por la compasión, toca al leproso” o “movido por la ternura, impone las manos a los niños y los bendice”.

…………..

El de Daniel, de la panadería Santa Rosa, fue un abrazo con harina y engrudo. El sólo hecho de bajar la escalera del sótano de Yrigoyen y Pasco, donde amasan las facturas, ya te enharina. Y de camisa negra de cura, peor. El aire mismo está blanquecino. Algunos de los que estaban con las manos en la masa me dieron respetuosamente el codo o un beso, pero Daniel me abrazó y me palmeó como para que le hiciera propaganda por la calle. Así que quedé con la espalda muy graciosa, como me dijeron en el Hogar.

 

Antoñito había ido “a llevar un pedido” y no estaba en la verdulería. Pero cayó antes de la misa a darme un abrazo y pedir la bendición. Cuando se la pedí a él se quedó en posición de firme, sin entender que yo le pedía a él que me bendijera. Y después, limpiándose un poquito el dedo en el delantal, como hacía Pedrito, me hizo una leve señal de la cruz, marcando respetuosamente cuatro puntitos.

 

Un matrimonio amigo se entusiasmó con el amplio lugar que ofrece mi “frente”  y me impusieron las manos los dos y se quedaron rezando un rato largo con lo que sentí como una de esas bendiciones de sanación que algunos hacen.

 

En la Casa de la Bondad, Horacio que andaba “medio caído”, en el sillón de la sala común que da al patio, se puso de pie y me dio una linda bendición. Horacio siempre se alegra al verme y es de los pocos a quienes yo le cuento mis cansancios y me da ánimo él a mí.

 

Con los chinos un abrazo es algo bastante particular. Ellos se saludan juntando las manos e inclinando varias veces la cabeza con una sonrisa. Aquí en Argentina se van acostumbrando un poco a dar un beso o un abrazo, pero los abrazos son algo toscos, más bien casi un empujón. Te lo dan y se apartan un poco confundidos, como se siente uno cuando hace el saludo de ellos de la paz y experimenta algo nuevo, una manera de cercanía que no conocía. Saludar de lejos juntando las manos e inclinando la cabeza, curiosamente para mí, hace que uno “sienta” la cercanía del otro, igual y a veces más que dando un abrazo. Y pienso que ellos deben experimentar lo mismo al revés. Pero lo que quería compartir es un abracito que una mamá china le dijo a su hijito de tres o cuatro añitos que me diera. Medio duro el chinito me dio unas palmaditas “reeditables”, que en este mismo momento revivo con ternura. Es el abracito Iñaki, como lo tengo bautizado.

 

En el Hogar, al hacer la bendición, le di un abrazo a cada uno. Cada persona es distinta, pero el conjunto hace sentir algo y lo que sentí fue la dureza que produce estar en la calle. Después que pasaron varios, lo que primero me pareció que sería cosa de alguno, la sentí en casi todos: la mayoría como que no sabía dar un abrazo. No tenían ese reflejo natural que lleva a responder cuando un recibe un abrazo fuerte, lo tenían olvidado: muchos se quedaron con los brazos quietos, sin movimiento de cercanía sino como pasando de largo, musitando alguna palabra de agradecimiento pero con rigidez. El abrazo se ejercita en la familia y el que hace años que la perdió como que su cuerpo lo olvida. Por eso me metí en los comedores. Tenemos que dar muchos abrazos nosotros para que los que están mal vayan recuperando su capacidad de recibir. Antes de dar “cosas” hay que alimentar la capacidad de recibir trato humano, cariño.

Diego Fares sj

 

 

 

Domingo 5 B 2015

La prédica de los gestos

 tapa

 

En aquel tiempo, al salir Jesús y sus discípulos de la sinagoga, fue con Santiago y Juan a casa de Simón y Andrés. La suegra de Simón estaba en cama con fiebre, y se lo dijeron. Jesús se acercó, la tomó de la mano y la levantó. Se le pasó la fiebre y se puso a servirles. Al anochecer, cuando se puso el sol, le llevaron todos los enfermos y endemoniados. La población entera se agolpaba a la puerta. Curó a muchos enfermos de diversos males y expulsó muchos demonios; y como los demonios lo conocían, no les permitía hablar. Se levantó de madrugada, se marchó al descampado y allí se puso a rezar. Simón y sus compañeros fueron y, al encontrarlo, le dijeron: —«Todo el mundo te busca.» Él les respondió: —«Vámonos a otra parte, a las aldeas cercanas, para predicar también allí; que para eso he salido.» Así recorrió toda Galilea, predicando en las sinagogas y expulsando los demonios” (Mc 1, 29-39).

 

Contemplación

“Todo el mundo te busca”. Salvadas las distancias y siguiendo con el espíritu con que nacieron estas “contemplaciones del Evangelio” – en las que pongo en contacto alguna palabra del Señor con la (mi) vida, tal como está, tomando lo que más me da a “sentir y gustar” el Espíritu del Evangelio o algo que me ha conmovido en la semana, con el fin de alentar a cada uno a que rece con lo suyo-, en este último tiempo, antes de la misión a Roma, la experiencia fuerte es la de “todo el mundo –mi pequeño mundo, mi “metro cuadrado”, como dijo un amigo-, todo el mundo te busca”. Para charlar, para saludar, para traer alguna cartita para el Papa (o vino o dulce de batata (¡!) o banderas firmadas…), para despedirse…

Teniendo en cuenta lo afectivo mío, que viene como viene (el lunes después que firmé la renuncia a la Fundación y dejé el Hogar en manos de Alejandro, me agarró fiebre hasta la mañana siguiente, en la que ya me levanté despejado), lo que me consuela es la palabra del Señor, cuando dice ese “Vamos a otra parte”. El irse es “para predicar también allí, que para eso he salido”.

 

De esto quiero dar testimonio: si vine a la Compañía fue por el Evangelio y si voy donde me mandan es por el Evangelio también. Recuerdo que cuando decidí pedir entrar en la Compañía de Jesús no pensaba todavía en ser sacerdote sino en dedicar todo el tiempo de mi vida a tratar de comprender el Evangelio para poder vivirlo. Me parecía que seguir a Jesús y comprender sus enseñanzas requería toda mi vida y en eso estoy desde entonces, tratando de ser discípulo. También tenía el deseo de “dar la Eucaristía a mis amigos y hacer algo por los más pobres”. Y esa motivación, que es sacerdotal, sigue dándome vida.

 

Los llamados y las búsquedas de la gente amiga en este tiempo han estado cargados de gestos, de pequeños gestos con gran amor. Y eso es lo quisiera compartir un poco mezclado, como sale, porque los gestos me “predican al Señor”.

…………..

Dos amigas adelantaron casamiento! Querían que las case yo. Hoy es el de Mili con Mariano y mañana el de Shu Pin. Aunque no sean el típico “casamiento de apuro”, algo tienen de apuro lindo: como que ante lo definitivo de la partida de un amigo se activa lo definitivo de la propia vida y alguien siente que es su momento oportuno.

Mili es un tanto insistente, como buena abogada, y el Whatsapp de los últimos meses está lleno de “queremos que nos cases vos” y de todo tipo de emoticones de ruego, pedido y “dale”. Hicieron todo como para que los casara igual el que estuviera pero poniendo esta fecha por las dudas que yo pudiera. Así que dentro de un rato iremos a la Boda. Somos amigos con su familia desde la época del Barrio, hace más de 30 años.

Shu Ping es hija de Chen Wen, el que convocó a la comunidad china en torno al padre Cullen, hace más de 20 años de los cuales hemos compartido 10. A los 18, Shu Pin era de las primeras que se confesaba en perfecto castellano y con la que podía charlar un poco, para consuelo mío, ya que al comenzar con los chinos no entendía literalmente casi nada.

Terminar con dos bodas es para mí un gesto apostólico muy consolador. Porque aunque la expresión sea “quiero que nos cases vos” la realidad es más honda. Los que se casan son las parejas y quieren invitarme a participar de la alegría de su vida de familia sellándola con la bendición del Señor a su amor. El evangelio comienza con una boda. O con dos, mejor, porque la venida de la Palabra a este mundo comenzó con las bodas de María y José, cuando aceptaron darle una familia a Jesús y la Vida pública del Señor comenzó en las Bodas de Caná. Y el Señor nos cuenta con sus parábolas que lo definitivo del Reino –el Cielo- será como un banquete de Bodas.

Me extiendo un poquito… Los casamientos de los chinitos –todos muy jóvenes, desde algunos de 18 hasta otros con no más de 25- son muy sencillos. Ellos que en la fiesta grande hasta se ponen dos vestidos y festejan lindo, por los horarios de nuestra misa, los domingos a la siesta, y el deseo de casarse por la Iglesia lo antes posible, lo hacen en medio del trabajo y la vida cotidiana y dejan la fiesta para cuando se pueda. Les importa de verdad el sacramento y saben bien, incluso los no católicos, que la familia es para toda la vida. A mí me da un poco de pena que hasta mi lectura pidiendo su consentimiento en chino sea tan farragosa, por decir algo, y trato de rescatar algún gesto de calidez. Ubico bien a alguno que les saque lindas fotos, que a los chinos les encantan (Jia Li, que se casó hace dos semanas, con sus 18 añitos, me confió en las únicas palabras que le escuché en castellano que “quería muchas lindas fotos”), o les regalo una crucecita o, si los dos son católicos, los hago comulgar en el altar. Lo que quería rescatar aquí es que con los chinos aprendí a que hay que concentrar todo en un gesto. Uno tiene un solo disparo, como dicen a veces los deportistas de alta competición, y hay que saber aprovecharlo porque define la competencia. Esto de tener “una sola palabra” (en mi caso siempre termina siendo “Ping An” –paz-) o de poder cruzar una sola mirada, en la confesión, afina el corazón y lo vuelve más apto para el evangelio, que suele caminar por los instantes oportunos y detenerse a habitar en los detalles simples (esto dicho en chino estaría bueno).

…….

Con mi madre y mi hermana fuimos a rezarle a Papá al cementerio. Con el solazo mendocino del mediodía y unos claveles rojos, rezamos un Ave María, recordamos su muerte, el cariño que brindó a tanta gente que lo recuerda, y meditamos también en la nuestra. “Deber cumplido” dijo mamá, al volver a casa, y yo le agradecí que me llevara, ya que no soy de ir mucho al cementerio. Es mejor la misa, pero cada tanto “hace bien”. La verdad es que sin mi familia, sin su apoyo incondicional y el cariño de cada uno no hubiera podido ser cura. Con mis hermanos nos queremos mucho, pensamos distinto, hablamos poco y coincidimos en lo que nos junta. Que por inspiración de la menor hayamos hecho un Whatsapp sólo de hermanos (y con una foto de cuando éramos chicos!) es todo un gesto. Para mí, con gusto a “todo de una vez”.

………

Una amiga de mis hermanas venía insistiendo que les bendijera su nueva casa y no se había dado el mes pasado cando fui a Mendoza. Sentí que era lindo que fuera uno de los últimos gestos en Mendoza y con una familia cercana a los míos pero con la que no habísa tenido tanto trato personalmente. Luego de la bendición, en la que apliqué el “gesto padre Peralta”, pasé a sentirlos como parte de mi familia. Hay algo lindo, les escribí, en poder compartir la fe con los amigos de la familia, cosa que no siempre se da. El gesto padre Peralta me lo contaron los Chimondeguy, mostrando el lugar de la pared en la que quedó grabada su bendición para siempre. Consiste en no tener los adminículos indispensables para una bendición de casa, como son el hisopo con agua bendita y el bendicional, y, cuando la dueña de casa ve que el cura no comienza y le pregunta tímidamente si necesita algo para bendecir, este le pega un chirlo con la palma abierta de la mano a la pared y dice en alta voz y de una sola vez: “¡Que el Señor bendiga esta casa, n’el nombredelPadreydelHijoydelEspírituSantoamén. Vamos a comer!”. Pequeño gesto de bendición que no se olvida ni en treinta años y se transmite de generación en generación.

…….

También es fuerte los que quieren que me acerque a sus hijos o seres queridos. La gente cercana que siente que quisiera aprovechar más la gracia sacerdotal, no sólo para sí, sino para los que quiere. Los gestos de la gente más sencilla –en general llamaditos, visitas y presentes, como el San-Jose-con-abracito que me regaló Iñaki en nombre de Manos Abierta- son de los gestos más entrañables.

 

Pienso en mis gestos…

De mi parte, poder regalar “mis cosas” (en el noviciado nos enseñaban a decir “las cosas de mi uso”), ha sido lindo. De mi oficina, a la primera que le ofrecí que eligiera lo que quisiera, se me llevó el San José Obrero! Ese costó porque sentí que se me llevaba un pedazo del Hogar o que me quedaba sin protección… pero está en buenas manos. Lo mismo que la reliquia de Hurtado, su perfil en metal negro poniendo la piedra fundamental del Hogar de Cristo, una virgencita alada de Quito, el “jagüel de la Samaritana, que eligió la Hna Juliana,  y todas esas imagencitas sagradas que fui juntando a lo largo de los años. Solo me llevo mi san José de piedra y la Virgencita de Sumampa.

 

La reflexión y el provecho que voy sacando es que, en los momentos definitivos, los gestos son los que cuentan. Ignacio era de los que “amaban con gestos –con cosas- más que con palabras (como la Sra. Marta que trabaja en casa con mamá y me acaba de traer un arrolladito de los que aprendió a hacer cuando era jovencita, para acompañar el mate y es la sorpresa que ayer por teléfono me dijo que me iba a dar).

………..

Para con el Hogar, mi gesto, ha sido preparar lentamente el camino a otros jesuitas. Hacer querible el Hogar para la Compañía ha llevado tiempo. Por un lado ha sido un trabajo de institucionalización, por otro (aunque van juntos) un trabajo de cariño. Se resume, creo, en que el Hogar esté lindo, en que de gusto ir y estar, en que este valorada en su rol la gente que lo organiza, lo cuida y colabora…

Un problema que tenemos en la Compañía actual es que, por un lado, heredamos instituciones y casas de renombre mundial y  con un sello bien jesuítico, pero que no convocan mucha gente. Ni a los mismos jesuitas. Y por otro lado, la vida de muchos jesuitas pasa por otros caminos, en los que se advierte una gracia, pero cuesta que esa gracia se vuelva institución.

Que se junten la vida y la estructura es la gracia propia de Jesús, Dios encarnado. Por eso, que el Hogar sea una obra apostólica de la Compañía de Jesús, es la gracia más grande que le podemos brindar a nuestros comensales y huéspedes. Es darles de verdad una casa nuestra, abrirles no un hogar sino nuestro Hogar, el de San José, en el que se vive en Compañía de Jesús.

………

Bueno. La contemplación de hoy salió muy personal. A veces me da un poco de pudor contar cosas mías, pero me alientan los que me hacen ver que no son mías sino “de lo que el Señor hace en mí” y, en ese sentido, son “de lo que hace con todos”. Que sea para bien, como me dijo el Papa Francisco, cuando le reproché un poco que me hubiera nombrado en el avión a Río. De allí partió esta partida. Y eso muestra que en las cosas de Jesús todo es muy personal y muy para todos, comunitario, como decimos.

 

Diego Fares sj