Domingo 2 B 2015

Como los pobres que se acuestan entre diarios y cartones… así es la oración de los que siguen al Señor

 San José de Francisco

 

Estaba Juan otra vez allí con dos de sus discípulos

y, mirando a Jesús que pasaba, dijo:

«Este es el Cordero de Dios.»

Los dos discípulos, al oírlo hablar así, siguieron a Jesús.

El se dio vuelta y, viendo que lo seguían, les preguntó:

«¿Qué quieren?»

Ellos le respondieron:

«Rabí -que traducido significa Maestro- ¿dónde vives?»

«Vengan y lo verán», les dijo.

Fueron, vieron dónde vivía y se quedaron con él ese día.

Era la hora décima (las cuatro de la tarde).

Uno de los dos que oyeron las palabras de Juan y siguieron a Jesús era Andrés, el hermano de Simón Pedro. Al primero que encontró fue a su propio hermano Simón, y le dijo:

«Hemos encontrado al Mesías», que traducido significa Cristo.

Entonces lo llevó a donde estaba Jesús. Jesús lo miró y le dijo:

«Tú eres Simón, el hijo de Juan: tú te llamarás Cefas», que traducido significa Pedro” (Jn 1, 35-42).

 

Contemplación

La palabra del Evangelio de hoy es “seguimiento”: “los dos discípulos siguieron a Jesús”, dice Juan. Y la imagen que se me cruzó y no pude apartar es la del San José dormido del Papa Francisco”. Vamos a juntar la palabra y la imagen y a dejarnos llevar…

 

Ayer en Filipinas, el Papa dijo que él ama mucho a San José y que tiene esa imagencita de San José durmiente (la tenía en su cuarto aquí, frente a Plaza de Mayo) y le pone un papelito cuando tiene alguna intención “para que San José la sueñe”, y le conceda la gracia.

Nunca le había escuchado esa frase: “para que San José la sueñe”. Y me encantó porque sentí que nos hermana con San José: hacer una petición es un poco soñar si se hará realidad, y ponerla para que San José también la sueñe, antes de concederla, es hermanarse en esa espera confiada que deja todo en manos del Padre.

Saber que San José sueña mi petición me llena de paz.

Él la está soñando conmigo.

El Padre verá estos sueños y nos dará lo mejor, cuando y como quiera.

Mientras, lo soñamos.

Y con José, que tenía sueños moviditos, con deseos y angustias y el no temas del ángel.

“… Para que San José lo sueñe”.

 

Aquí viene lo del seguimiento: “Al despertarse, José hizo como el ángel le había dicho y tomó a María su esposa…”.

El seguimiento de Jesús no es obediencia militar. El Señor pone pausas, para que “soñemos” sus cosas antes de llevarlas a cabo. Pausas que ayudan a nuestra libertad, a elegir seguirlo por amor y no por obediencia automática.

 

De eso trata el evangelio de hoy.

 

Juan señala a sus discípulos que el que pasa es Jesús, el Cordero de Dios, y ellos lo siguen inmediatamente. Jesús se da vuelta, y al ver que lo siguen, les pregunta qué buscan.

Esta palabra “qué buscan”, resuena en el corazón de los discípulos con los ecos de los Salmos y de Isaías: “Busquen al Señor, busquen siempre su rostro” (Sal 105, 4), “Busquen al Señor mientras puede ser hallado, llámenlo mientras está cercano” (Is 55, 6).

Buscar una palabra clave que nos hace bucear en nuestros deseos profundos.

 

Con ese fin último que mueve el corazón a latir se quiere conectar Jesús: Busquen el Reino y su justicia y lo demás se dará por añadidura. El que busca encuentra… Yo sé que buscan a Jesús, el crucificado. No está aquí: ha resucitado

 

Ellos repreguntan: “Maestro, donde habitas”. Algún exegeta dice que no sabían qué decir, pero puede ser también que lo tenían bien planeado: no querían una respuesta rápida sino ir a quedarse con el Rabbí, que es lo que de hecho sucede, porque Jesús los invita: “Vengan y vean”.

Juan recuerda que eran las cuatro de la tarde y que se quedaron –permanecieron- con él todo aquel día. Digo que quizás lo tenían planeado porque la pregunta es “donde permaneces” y luego dice que “permanecieron” con aquel día. Permanecer en Juan es signo de la fe y del amor: “Permanezcan en mi amor”. Quedarse… Estar.

Y no hay manera mejor de permanecer que quedarse a dormir y soñar.

Por eso digo que el seguimiento de Jesús no es sólo ir a cumplir misiones de aquí para allá y hacer esto y aquello, como cuando la gente se admira de toda la actividad del Papa. El seguimiento tiene esta cara de actividad prodigiosa y tiene también la otra cara, la del despatarrarse a dormir y a soñar en Jesús y descansar en él en una oración que consiste en llegar a dormirse en paz en los brazos de Dios.

La oración no es “seguir maquinando”. En Dios la actividad y la fatiga apostólica es fatiga y el descanso es absoluto descanso, vacación, sueño y soñar.

 

Y así como las angustias y preocupaciones del día se nos meten en el sueño y nos desvelan, también es bueno que los sueños lindos y la palabra de Dios “contemplada” –soñada- se nos meta en medio del trabajo del día y nos alegre y pacifique.

Ser contemplativos en la acción y activos en la contemplación, como dice Francisco.

 

En la Biblia, sueños y visiones son lo mismo. Es Dios que extasía nuestros sentidos y nos hace estar sintiendo y gustando sus imágenes y alimentándonos con la Palabra viva.

Eso buscan estas contemplaciones, y las ponemos como un papelito bajo la cabeza de San José, para que se recueste en ellas y las sueñe (como los pobres que se acuestan sobre diarios y cartones así es la oración de los que siguen al Señor).

De soñar un rato y dejarnos llevar por la vitalidad secreta de la Palabra y de rezar imaginando lo que nos gusta, sale luego la misión y se mejora el seguimiento.

 

Contemplar tiene algo de vuelo –de sobrevolar el evangelio abarcando todo y mirando aquí y allá- y también de pozo –de poner el zoom en una escena, en un detalle y ampliar y profundizar quedándose allí.

 

Así es el seguimiento de Jesús, de golpe es dejarlo todo e ir más allá y de golpe quedarse durante años en un sitio y echar raíces.

Por eso la imagen de José yaciente, de sus pies descalzos y quietos, es imagen de seguimiento: porque su afectividad está activa en el sueño y la Palabra que se le revela es la que lo pondrá en movimiento, de aquí para allá, llevando consigo a la Madre y al Niño.

Le pedimos a San José que sea patrono de nuestra oración y que nos enseñe a contemplar soñando como él para poder seguir a Jesús también en la acción.

 

Ayer el Papa hizo este gesto, cuando contaba de su devoción a San José y es una linda imagen de cómo poner las manos al ir a rezar, no solo juntas sino como almohada de nuestra mente que necesita descansar y soñar las cosas de Dios para poder seguirlo descansadamente en medio de las fatigas.

Francisco y San José

Diego Fares sj

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