Sagrada Familia B 2014

No hay que pedir peras al olmo

 samara

 

Cuando llegó el día fijado por la Ley de Moisés para la purificación, subieron al niño a Jerusalén para presentarlo al Señor, como está escrito en la Ley: Todo varón primogénito será consagrado al Señor. También debían ofrecer en sacrificio un par de tórtolas o de pichones de paloma, como ordena la Ley del Señor.

 

Vivía entonces en Jerusalén un hombre llamado Simeón, que era justo y piadoso, un hombre que vivía esperando la consolación (paraklesis) de Israel, y el Espíritu Santo estaba sobre él; le había sido revelado por el Espíritu Santo que no moriría antes de ver al Mesías del Señor.

Conducido por el mismo Espíritu, fue al Templo, y cuando los padres de Jesús llevaron al niño para cumplir con él las prescripciones de la Ley, Simeón recibió al niño en sus brazos y alabó a Dios, diciendo:

«Ahora, Señor, puedes dejar que tu servidor muera en paz, como lo has prometido, porque mis ojos han visto la salvación que preparaste delante de todos los pueblos: luz para iluminar a las naciones paganas y gloria de tu pueblo Israel.»

Su padre y su madre estaban admirados por lo que oían decir de él. Simeón, después de bendecirlos, dijo a María, la madre:

«Este niño será causa de caída y de elevación para muchos en Israel; será signo a quien se contradice, -y a ti misma una espada te traspasará el alma- para que se revelen los pensamientos de fondo de muchos corazones.»

Había también allí una profetisa llamada Ana, hija de Fanuel, de la familia de Aser, mujer ya entrada en años, que, casada en su juventud, había vivido siete años con su marido.

Desde entonces había permanecido viuda, y tenía ochenta y cuatro años. No se apartaba del Templo, sirviendo a Dios noche y día con ayunos y oraciones. Llegando a aquella misma hora se puso a dar gracias a Dios. Y hablaba acerca del niño a todos los que esperaban la redención de Jerusalén.

Después de cumplir todo lo que ordenaba la Ley del Señor, volvieron a su ciudad de Nazaret, en Galilea. El niño iba creciendo y se fortalecía llenándose de sabiduría, y la gracia de Dios estaba sobre Él (Lc 2, 22-40).

Contemplación

La imagen de la sagrada familia que nos presenta Lucas es la de José y María con el Niño Jesús en medio del pueblo fiel, yendo al Templo a cumplir con la ley de dar gracias a Dios por el recién nacido y a hacer una ofrenda por él. Es una imagen en la que también hay abuelos –el anciano Simeón y Ana, la profetisa y sacristana del Templo.

Todo el contexto gira alrededor del Niño que va creciendo y se fortalece, se llena de sabiduría y la gracia de Dios esté sobre él.

La familia es lugar sagrado porque los niños crecen en ella.

En ella puede crecer y fortalecerse no sólo un niño sino el mismo Niño Dios.

Esta es la idea importante que se nos comunica hoy y podríamos formular así: para hacerse un hombre, hasta Dios quiere, elige y necesita una familia.

Leía hace poco que el “sujeto” actual no necesita la familia tradicional para ser él e integrarse en la sociedad. Que se nos ha dicho que la familia tradicional es “naturalmente buena” pero esto no es tan así. Y vemos como surgen todo tipo de relaciones que –paradójicamente- desean y aspiran a llamarse “familia”.

Este sólo hecho basta para reflexionar. Nadie quiere definirse como “sin familia”. Cada uno defiende “su” modo y su idea de familia –papá, mamá e hijos, mamá e hijos, papá e hijos, dos papás o dos mamás e hijos, abuelos e hijos…- pero la idea de familia es poderosa. ¿Qué contiene que nadie quiere perder ese nombre para las relaciones que vive?

De lo muchísimo que se puede decir elijo algo que tiene que ver con el tiempo: la familia nos permite centrar el tiempo, hacerlo nuestro: nos da una historia y una esperanza que son “nuestras”. Por eso todo el mundo quiere para sus relaciones el título sagrado de “familia”. Nadie quiere quedarse sin tiempo, sin historia que contar, sin proyectos para vivir.

Releía ayer un libro de mi padre, escrito hace 50 años sobre su viaje como periodista a China, que comienza contando cómo once “caminantes silenciosos caminaban lentamente sobre el puente de Lowu, que unía la china de Mao con la posesión británica de Hong Kong”, y pensaba en el misterio de poder recuperar lo que viví de niño –extrañando su ausencia prolongada- desde un libro (o una foto) y descubrir maravillado cómo mi presente se vuelve más profundo y lleno de vida que cuando leo otras cosas. Mi historia de familia es mi corazón: integra todo. Todo lo que vivo se teje en torno a estas imágenes vivas que me constituyen y son lo que da vida a todo lo demás: molde y contenido principal de todo lo que vivo, de aquel que soy yo. Sin papá, sin mamá, sin mis hermanos, no sabría ni siquiera relacionarme con los demás.

Es una pavada tan magistral eso de un “sujeto individual” que se define desde sí mismo como autónomo… La verdad es que uno se tiene que tragar cada cosas por el sólo hecho de leer el diario…

No es que la familia sea “importante” o sea “la célula de la comunidad” o todo lo que se dice (y que está muy bien)…, la realidad es que “somos familia”: venimos de un papá y una mamá (aunque esté destilada su persona en eso mínimo –pero íntegro- que se puede guardar en una probeta) y nos prolongamos en nuestros hijos y nietos. Y todo esto en medio del pueblo, en medio de la humanidad, la gran familia de la que vienen nuestras raíces y hacia la que se extienden nuestros frutos gracias al trabajo y la cultura.

El Papa Francisco siempre resumió esto en una frase: identidad es pertenencia. Sin pertenencia a nuestra familia (y a nuestro pueblo) no tenemos identidad.

Cuando se rompe y fragmenta la pertenencia del ADN y la del corazón y la cultura, nuestra identidad sufre –en nuestra patria lo experimentamos cada vez que las abuelas “recuperan un nieto”, cuya pertenencia fue gestada por una apropiación indebida.

Es que la pertenencia a la familia tiene dos vertientes, una genética y otra libre. Y la libre no puede ser forzada. Es la diferencia entre “dar y recibir a un bebé en adopción”, actitud que gesta una paternidad y maternidad del corazón, y apropiarse de un bebé indebidamente pretendiendo que el tiempo que viva “perteneciendo” a otra familia le hará construir otra identidad. El quiebre que se da cuando alguien tiene que reconstruir su historia y su pertenencia a “dos familias”, para colmo enfrentadas, es terrible. Y sin embargo es más sanador que pretender “eliminar” a una de las dos familias.

Aquí se ve claramente que uno “pertenece” a su familia por dos vertientes, diríamos, una genética e histórica concreta –vivida en el día a día- y otra “elegida” y reelegida cada vez y en cada etapa. Conciliar las dos cuando hay rupturas, divorcios, nuevos integrantes y relaciones, es toda una tarea. Pero no se trata de una tarea optativa: cada uno está implicado en cuerpo y alma en aceptar, defender, cuidar y cultivar este su ser “familia”. Y lo hacemos por las buenas o por las malas, amando u odiando. Nunca es algo que nos deje indiferentes o de lo que nos podamos eximir: somos, cada cual, miembro de su familia.

Amar, pues, con pasión, la propia familia es la paz. Hoy el mundo dice: rompé tu familia, hacete otra más a tu imagen actual, no sufras al pepe…, y todos los etcétera que uno quiera agregar.

Yo digo ¡no!: ama tu familia, aunque esté rota o ande a medias. Cuidá lo que haya, lo que funcione. Es tu identidad, tu pertenencia. Es tu corazón, tu historia, tu esperanza. Dios te podría decir como le dijo a Moisés: “si querés te hago un pueblo nuevo que sea fiel y coherente”. Y vos tenés que decir como Moisés –genio!- no quiero una familia nueva, quiero esta, con todos sus defectos. Y si la propuesta te llega cuando ya tenés dos o tres familias ensambladas, cargatelas a las tres y da tu vida por ellas, como puedas: son tu familia. La familia no se forma por eliminación sino por acumulación, porque ningún miembro –ni ningún instante del tiempo de cada miembro- es prescindible sino que forma parte de su identidad. Por eso tantas peleas, porque cada uno al defender “su lugar” y “sus derechos” en la familia, está luchando por su vida, por el aire que respira.

…..

Entonces, aquí viene la frase magistral que dijo Florencia en una de las sesiones de dirección espiritual que duran la hora de viaje del centro a Bella Vista, cuando me llevan a nuestra reunión del Grupo de Matrimonios y yo aprovecho que voy atrás para preguntarles “cómo anda la pareja”. En medio de una acalorada charla, en la que se decían muchas cosas, ella dijo, como conclusión de más de treinta años de matrimonios, refiriéndose a algunas cosas que ya no trataba de cambiar -con no muy buenos modos- a su querido esposo: “Es que yo lo veo y me doy cuenta de que no hay que pedirle peras al olmo”. Yo pedí un minuto como el básquet, y recuperé la frase, que parecía un poco despectiva, pero me pareció genial y muy terapéutica, para grabarla en el bronce de cada casa. Porque todo el asunto está cuando uno comienza a pedirle peras al olmo (que da sámaras, no peras, como bien lo googleó Peter). Uno quiere que los hijos den peras y dan sámaras (que tienen la particularidad de ser muchas “falsas”, es decir “sin semilla” para engañar a los predadores y permitir que las que sí tienen, lleguen a buena tierra – ¡aguante el olmo con sus tácticas de supervivencia! -); uno se la pasa quejándose al mismo tiempo (sin darse cuenta de lo paradójico) de que su pareja no da peras y de que no se de cuenta de que uno es un olmo y no un peral.

¡Si se dieran cuenta de que son dos olmos! Cuántas sámaras disfrutarían juntos!

Con un despunte de humor (y escepticismo porque pensaba que no servían para nada) me pregunté para qué son buenas las sámaras del olmo y oh sorpresa me encuentro que: “El olmo posee propiedades antiespasmódicas, antiinflamatorias, cicatrizantes, antisépticas, astringentes, antidiarreicas, demulcentes y expectorantes”

Sirve para curar las “bronquitis” (sic). Sirve también para las diarreas, para que uno no se ca… en el otro y para cicatrizar tantas heridas en vez de andar metiendo siempre el dedo en la llaga. Esto de las heridas es importante, como nos hace rezar el papa Francisco en su Oración por las familias:

Santa Familia de Nazaret,
que nunca más haya en las familias episodios
de violencia, de cerrazón y división;
que quien haya sido herido o escandalizado
sea pronto consolado y curado.

Dice el diccionario: “La corteza del olmo, es muy efectiva aplicada externamente para tratar todo tipo de heridas, aunque sólo en caso que sean superficiales”.

Sirve también, aunque no lo crean, “para tratar la hinchazón”, es decir para cuando un dice que se le han “hinchado las pelo…, y que tiene los hue… al plato”.

“Además, la corteza de este árbol tiene pequeñas propiedades antisépticas, por lo cual es muy útil para limpiar y desinfectar las heridas, y en determinados problemas de piel como eczemas, herpes, prurito, llagas, ulceras, dermatitis y quemaduras”: es decir ayuda a evitar esas actitudes tóxicas y contagiosas y para no tener esas reacciones espasmódicas y recurrentes que siempre terminan en lo mismo.

Iba a dejar a cada uno la tarea de buscar qué es “demulcente”, pero no pude con la curiosidad y me encantó ver que es una propiedad de las sustancias como la miel y el aceite de oliva, que son “protectoras”, algo así como segregar ternura,  dulzura y bálsamo. ¡Vamos Olmo todavía!

Lo bueno de que los frutos del olmo hayan entrado –indirectamente hasta hoy- en un refrán, es que con ello adquieren dimensión espiritual y no hace falta tomar té de sámara sino que basta con que cada uno, cuando tiene bronquitis, hinchazón, diarrea o espasmos familiares, caiga en la cuenta de que le está pidiendo peras al olmo y tome la actitud contraria, es decir: aprecie la sámara del otro y se vuelva más sámara uno.

Bueno, no creo que esto de no pedirle peras al olmo vaya a entrar en los textos del Sínodo para la Familia pero por ahí contribuye a mejorar el clima de las familias que conozco, que saben apreciar un poco de buen humor y por eso duran.

Y dejo aquí porque me tengo que ir a un casamiento (y ya sé lo que voy a predicar).

Diego Fares sj

 

 

 

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