Adviento 3 B 2014

Para entrar rápidamente en el tiempo lento del amor

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Apareció un hombre enviado por Dios, que se llamaba Juan.
Vino como testigo, para dar testimonio de la luz,
para que todos creyeran por medio de él.
El no era la luz, sino el testigo de la luz.
Este es el testimonio que dio Juan, cuando los judíos enviaron sacerdotes y levitas desde Jerusalén, para preguntarle:
– « ¿Quién eres tú?»
El confesó y no lo ocultó, sino que dijo claramente:
– «Yo no soy el Mesías.»
– « ¿Quién eres, entonces?», le preguntaron:
– « ¿Eres Elías?»
– Juan dijo: «No.»
– « ¿Eres el Profeta?»
– «Tampoco», respondió.
Ellos insistieron:
– « ¿Quién eres, para que podamos dar una respuesta a los que nos han enviado? ¿Qué dices de ti mismo?»
Y él les dijo:
– «Yo soy una voz que grita en el desierto: Allanen el camino del Señor, como dijo el profeta Isaías.»
Algunos de los enviados eran fariseos, y volvieron a preguntarle:
– « ¿Por qué bautizas, entonces, si tú no eres el Mesías, ni Elías, ni el Profeta?»
Juan respondió:
– «Yo bautizo con agua, pero en medio de ustedes hay alguien al que ustedes no conocen: él viene después de mí, y yo no soy digno de desatar la correa de su sandalia.» Todo esto sucedió en Betania, al otro lado del Jordán, donde Juan bautizaba (Jn 1, 6-8. 19-28).

Contemplación

Jesús ya está en tu vida, aunque a veces no lo notes. Y viene siempre después, a  bendecir y completar todo lo bueno que ha hecho en vos. Allanale el camino.

Tenemos que ingeniárnosla para abrirle nuevos caminos al Señor, para que le llegue a la gente, como decimos. Si no llega es que faltó camino: o que se taponó, o que se desvió, o que le metimos muchas cosas y la gente se distrajo en el camino mismo y no llegó a encontrarse con Jesús en Persona.

Esto último me habla de “caminos que no permiten a Dios llegar a su tiempo”. O son caminos lentísimos, como esas ceremonias en las que al final uno termina cansado con tanta cosa, o son caminos demasiado rápidos y no dan tiempo a procesar la gracia…

Cuando Juan nos revela que Jesús ya está entre nosotros y, al mismo tiempo, es un Jesús que nos sorprende viniendo en la fila de los pecadores, por ejemplo, nos está queriendo hace ver que en el Reino de los Cielos el tiempo se vive de una manera muy especial.

Comenzamos entonces a gustar internamente estas dos ideas evangélicas: la del camino y la del tiempo. Humanamente están unidas: un camino tiene que ver con el tiempo.

Dos reflexiones sobre el camino y el tiempo: una, los caminos para entrar y salir de una ciudad no deben tener el mismo tiempo que los caminos para pasear por una plaza o para ver una exposición de arte en un museo. Otra: es una gran verdad que cada persona tiene su modo de vivir su tiempo: unos lo viven con paz, otros siempre con inquietud, unos viven su tiempo intensamente, otros más distraídos, más pasando por la superficie de las cosas, unos a mil, otros más lentamente…

¿Hay una manera de hacer camino y de vivir el tiempo como Jesús? ¿Cómo son los caminos y los tiempos de su Reino?

Por de pronto digamos que el tiempo de gracia del Reino es un tiempo pleno. ¿Qué significa que es un tiempo pleno? Podríamos decir que es un tiempo que comienza a contar en el momento en que uno hace un acto de fe en la Palabra de Jesús. De allí en más los segundos corren como en los “8 escalones” y si uno no encuentra rápido un camino para que la fe “obre por la caridad” el momento de gracia se pasa (y uno retrocede un escalón).

Aquí vemos algo especial del tiempo de gracia: es un tiempo rápido, sorpresivo. Nos sopla algo de improviso y uno tiene que estar muy atento para seguir la inspiración y meterse de cabeza por la puertita de la fe que nos abre la entrada al Reino. Si no, si se pasa el momento, aunque uno tenga la respuesta correcta, no sirve.

Me vinieron ganas de rezar y… hice esperar un poco al Espíritu, dudé, no me metí de cabeza sabiendo que era Él el que me invitaba… y se me pasaron las ganas! Hubieran bastado los 32 segundos que lleva despegar un avión.

Vi que venía una persona necesitada por el tren y tardé en meter la mano en el bolsillo para buscar unas monedas…

Me llegó un mail invitando a Ejercicios… lo abrí, me puse a ver el calendario, arreglé un montón de cosas… y aquí estoy: rezando tres días en la Casa de Ejercicios, feliz de la vida.

Una vez que uno entra, así como está, en el Reino de la caridad, el tiempo cambia: se vuelve más lento. A veces lentísimo, como los miles de años de espera para que viniera el Niño Jesús. Hay que saber que cuando nos ponemos a actuar con caridad el reloj funciona distinto. Pablo nos dice que la caridad es paciente, no se irrita, la caridad es servicial, todo lo espera, todo lo soporta… Todo nos habla de que el tiempo de la caridad “expande el momento presente”, no está apurada para cumplir y tomárselas. La caridad vuelve rico afectivamente el instante de encuentro, trae a la memoria el pasado, haciendo que uno recuerde las otras veces en que actuó con misericordia y amor, y enciende la velita de la esperanza: la semilla del reino dará fruto en el corazón de todos…

Pero volvamos a la puertita para entrar “rápidamente” en este tiempo “lento” de la caridad. ¿Se puede preparar esta puerta para que abra el camino a tiempo?

Podemos ensayar diciendo las palabras mágicas de Juan: sus dos “no”. Probemos a decir: yo no soy el Mesías, yo no soy el profeta. Digámoslo varias veces hasta que surta efecto, hasta que se nos haga un click en la cabeza.

La imagen antitética puede ayudar: ¿No es verdad que a veces vivo el tiempo como si fuera el Mesías o el Profeta? Las angustias con que me cargo ¿no provienen de una cierta pretensión de “profecía” del futuro, de imaginar escenarios catastróficos, futuribles que, cuando no se dan, reemplazo por otros? ¿No provienen mis angustias de ceder a la tentación de creerme –trágicamente- una especie de divina providencia impotente, que tiene que prever todo lo que no podré hacer o de sentirme la víctima de todos los males que caerán sobre mis pobres espaldas?

En cambio si digo: “yo no soy el Mesías, yo no soy el profeta”, no sé qué pasará, no intentaré prever ni controlar el futuro, lo dejo en manos de Jesús y del Padre, me confío a su Providencia que siempre me ha ayudado y me ayudará en adelante…, si rezo así e intercedo por ese futuro que no conozco, en vez de escuchar la voz del mal espíritu que me murmura profecías de calamidades, entro en un tiempo más amigable y real: en el tiempo de Dios.

Si no tengo que cargar con los pecados del mundo (ni de mi entorno, ni siquiera los míos, si me sé confesar con humildad), si no tengo que controlar lo que pasará ni el año que viene ni la semana que viene ni mañana, entonces, como Juan, puedo decir y poner en práctica la palabra que dice: “preparemos el camino al Señor”. Pongamos juntos manos a la obra y que cada cual se “sumerja” en su misión y cumpla bien con su rol: que el papá sea papá y la mamá, mamá; que el hijo sea buen hijo y la hermana buena hermana; que el religioso sea buen religioso, el profesional buen profesional y el empleado buen empleado.

En la fiesta de la Inmaculada, el Papa Francisco nos mostraba en qué consiste “hacer las cosas” en el tiempo del Reino. Fijensé, decía, que la Virgen no dice “Yo haré las cosas según tu Palabra” sino “que se haga en mí según tu Palabra”. “El comportamiento de María de Nazaret nos muestra que se trata de “dejar hacer” a Dios para “ser” verdaderamente como El nos quiere”. Este “dejar que Dios haga” en nosotros acontece mientras nosotros estamos haciendo lo nuestro: actuando con la fe que opera por la caridad.

La caridad siempre es “ahora”, aquí, con este prójimo real y concreto. Y para descomprimir nuestro ahora –tan asediado- necesitamos hacer espacio con los dos brazos. Con uno frenar el futuro que se nos viene encima a mil por hora diciéndonos que corramos, que no perdamos tiempo en este aquí y ahora porque hay muchas cosas urgentes por resolver, sino mañana… Con el otro brazo hay que rescatar la memoria agradecida de todo lo que pasó para que pudiéramos estar en esta situación de poder obrar con caridad: todos los que nos transmitieron el evangelio y nos enseñaron a obrar como Jesús, todos los que amamos y que por eso son prójimos y podemos ayudarlos o compartir con ellos la vida…

Este espacio presente de la caridad se mantiene abierto diciendo no al mesianismo y no al falso profetismo. La caridad necesita nuestra incertidumbre y nuestra fragilidad, para poder amar al otro siendo “sanadores heridos” no “mesías”, siendo pequeñitos en la fe, no iluminados. En la fragilidad que se pone en manos del Padre y en la incertidumbre que sólo se fía de Jesús, hay espacio para obrar con amor. Un amor que se sabe incompleto y necesitado de que venga Jesús a completarlo y a llevarlo a su plenitud.

Diego Fares sj