Adviento 2 B 2014

Preparar el camino al Señor

  taxi

Principio del Evangelio de Jesús Cristo, Hijo de Dios.

Como está escrito en el libro del profeta Isaías:

‘Mira, envío a mi mensajero delante de tu rostro

para que empareje tu camino”.

“(Lo envío como la) Voz de uno que grita en el desierto:
‘Preparen el camino del Señor,

rectifiquen sus senderos’,

así se presentó Juan el Bautista en el desierto…
predicando un bautismo de conversión

para el perdón de los pecados.
Y acudía a él toda la gente de Judea

todos los habitantes de Jerusalén
y se hacían bautizar en las aguas del Jordán,

confesando sus pecados.
Juan andaba vestido con una piel de camello

y un cinturón de cuero,
y se alimentaba con langostas y miel silvestre.
Y predicaba, diciendo:‘Viene trás de mí

El que es más fuerte que yo,
Uno ante quien yo no soy digno

ni de desatar, arrodillado,
la correa de sus sandalias.
Yo los he bautizado a ustedes con agua,
pero Él los bautizará en Espíritu Santo’ (Mc 1, 1-8).

 

Contemplación

Tomamos con Juan Bautista la palabra de Isaías:

Preparen el “camino” del Señor, rectifiquen sus “senderos”.

La palabra “preparar” es central en el Adviento.

…………..

El otro día subo a un taxi y el pibe, porque era un pibe que manejaba, cuando le dije que era cura, se animó a charlar : “Qué cosa lo de ustedes, eso de seguir de cura ¿no?”.

Yo le comentaba que nos parecíamos a ellos, los taxistas, en dos cosas: una en que en el taxi la gente se les confesaba, como a nosotros e incluso más; la otra, en que nosotros como ellos ibamos para donde nos llevaran. Le causó un poco de gracia esto último pero agarró lo primero: “Es cierto, que acá, como el viaje dura un tiempo, la gente cuenta cosas. Y por ahí se da una charla como esta entre ud. y yo y uno se anima a preguntar cosas como eso de lo que significa hacerse cura… Yo, por ejemplo, no soy muy creyente, o sí, creer creo, pero no es que practico todo el tiempo. A veces rezo y después pasa un tiempo largo y no rezo nada… no sé por qué. ¿Por qué será? Yo creo. Voy a Lujan cada tanto. Con mi abuela. Pero después no rezo, no sé por qué.  A veces, cuando necesito y ando mal, hablo solo o será que hablo con Dios, no sé. Pero no hice la comunión, por ejemplo. ¿Por qué será?

Y como ese “por qué será” y el “no sé por qué” se repetían sentí que tenía que decirle algo. No sabía qué, así que le dije que a mí me pasaba más o menos lo mismo (quizás con distinta frecuencia) y que creía que era por que Dios nos respeta la libertad: “Jesús no se nos impone. Y por eso es que hay que estar preparado, para cuando a uno le vienen ganas de rezar”.

La cuestión es que le bendije las dos medallitas de San Benito que le había impuesto la abuela (con recomendaciones de para qué lado llevarlas) y lo confesé.

Como eramos tocayos me acuerdo de su nombre y lo sigo encomendando, porque me pareció que la charla fue profunda.

Me quedó picando esto de “preparar” las ganas y caí en la cuenta de algo nuevo.

¿Por qué es que parece que con las cosas de Jesús uno siempre está como empezando? me pregunté. ¿Por qué es que muchas veces no le hago caso a las buenas mociones del Espíritu Santo? Me vienen ganas de rezar y a veces lo hago y otras no… Y sentí, esto es lo nuevo, que no soy yo, que es el Señor mismo el que “da las ganas y las retira”, “invita y se aleja”.

No es que yo no le hago caso de primera. Es que Él no quiere que le responda automáticamente, como cuando suena el despertador. El quiere que yo haga una pausa y le responde líbremente, con mucho amor. Capaz que para muchos es una obviedad, pero a mí me abrió los ojos y me gustó esto de que no le interesa tanto que “haga lo que me dice” o de que “vaya y rece ahora” sino de que me tome un momento y elija hacer algo con amor. Le interesa mi amor, mi libertad, no el producto de mi acción.

Hay palabras que ya tenemos incorporadas: “levantate” nos dice el despertador, y uno obedece. “Trabajá más”, nos dice el jefe y uno obedece.

Jesús no habla así. Jesús siempre dice “¿querés?”, “¿creés esto?” “¿qué te parece?”.

El apela primero a nuestra fe y a nuestra libertad, no al deber.

Por eso es que hay que estar preparado, muy bien preparado, diría yo, para escuchar este tipo de palabras e invitaciones que son totalmente libres, gratuitas, no impositivas, no obligatorias. Si uno no está preparado, las desecha muchas veces, porque son sugerencias que suenan menos fuertes que otras.

¿Y cómo me preparo para escuchar este tipo de Palabras que vienen con ese tono suave que sólo el Espíritu de Jesús y del Padre tiene?

La primera preparación viene de una oración que se llama de “deseosy que consiste en “desear que me hable”. Es tener en el corazón y en los labios ese salmo que dice: “Si rasgaras los cielos y descendieras…!

Si uno no tiene este deseo encendido, como la lamparita con aceite de las chicas prudentes, lo primero que le saldrá es un ¡Ufa!

La segunda preparación es práctica y consiste en tener las cosas medio preparadas. No del todo, porque suele pasar que el Señor nos pide no otra cosa pero sí de otro modo, y si uno tiene todo hecho hay que empezar a desarmar… Pero sí es bueno tener varias cosas medio preparadas. Cada uno sabe por dónde más o menos irá el pedido del Señor. Y si pide algo totalmente distinto, por lo menos uno ya está algo ejercitado. Algunas cosas, digo, ya las sabemos. El Señor nos va a pedir que le demos nuestros pecados y que, como Bartimeo, cuando nos pregunta qué querés que haga por vos, le digamos “Señor, que pueda ver”, o como los leprosos, que le digamos “limpianos”. Hay que tener siempre “medio preparada” la confesión, porque por ahí sube un cura al taxi y aprovechamos. También hay que tener preparada alguna visita y alguna reconciliación y alguna obra de justicia, como Zaqueo, que tenía en la libretita a los que le había “cobrado de más”…

La tercera preparación es “negativa” y consiste en “no estar demasiado ocupados”. Hay que estar disponible, tener algún rato libre, algún horario sin agendar… Porque el Señor viene cuando menos pensamos y pasa. Si uno tiene un “ahora no”, el Señor pasa…

Entonces sí, cuando viene Jesús y su Palabra nos hace sentir un gustito y casi el mismo tiempo un disgustito, para que podamos elegir, uno, si lo estaba deseando y tenía algo medio preparado y estaba un poco disponible, reacciona bien. Al menos no se queda sin saber qué pasó y se anima a dar un pasito adelante.

La preparación del camino del Señor es, como vemos, algo bien previo y a largo plazo. Como dice el Papa Francisco en Evangelii Gaudium: “Necesitamos hombres y mujeres que “asuman los procesos posibles y el camino largo” (EG 225). Hombres y mujeres que “den prioridad al tiempo, que se ocupen de iniciar procesos más que de poseer espacios” en los que uno tiene  todo controlado y logra resultados inmediatos (EG 223).

Preparar un deseo es alargarlo, lleva tiempo. No se prepara un deseo en dos minutos. Juan se preparó toda la vida para ver venir a Jesús por algún lado y supo reconocerlo cuando lo vió en la cola de los pecadores.

Tener medio preparadas las cosas lleva tiempo, por ahí parece un desperdicio porque no sabemos si servirán… Pero al Señor le gusta esto de que tengamos algunas respuestas ya preparadas por si nos pregunta. Juan Bautista tenía rumiada esa frase: “Yo no soy digno ni de desatarle la correa de la sandalia”.

Estar disponible requiere “hacernos tiempo”, dejar tiempo libre… Eso también le agrada al Señor. El no es para nada esa caricatura que usamos cuando decimos que “debe estar muy ocupado”. Al contrario. En esto los taxistas da ejemplo: el que está libre anda pescando. Para nada con cara de apurado…

Diego Fares sj