Adviento 1 B 2014

Jesús que viene, Jesús que ya está: tiempo de gracia

 

En aquél tiempo, Jesús dijo a sus discípulos:

«Miren, estén despiertos,
porque no saben cuándo es el tiempo de gracia.
Es como un hombre que emprendiendo un viaje,
dejó su casa y lo puso todo en manos de sus servidores,
señalando a cada cual su tarea,
y al portero le ordenó que velase.

Velen, entonces,
porque no saben cuándo llegará el dueño de casa,
si a primera hora de la noche,
o a la medianoche,
o al canto del gallo
o a la madrugada.
No sea que llegando de improviso los encuentre durmiendo.

Y esto que les digo a ustedes, se lo digo a todos: ¡Velen!» (Mc 13, 33-37).

 

Contemplación

Adviento es un tiempo de gracia, un “kairos”, tiempo pleno de Dios que viene y de Dios que ya está.

El mundo actual nos sumerge en un tiempo muy “puntillar”: en cada instante nos ofrece la posibilidad de hacer presente todo y a todos. Basta poner una fecha y salen las noticias del pasado, basta poner un nombre y nos conectamos con la cara de la persona buscada. Ya está todo en internet, hay que poner “buscar” y hacerlo aparecer.

Esto es algo muy “cristiano”: ya está todo en el Evangelio, hay que “buscar” y encontraremos la palabra justa para cada deseo bueno. Eso sí, ambos, google y el evangelio, son interactivos. Algunos encuentran maravillas, otros sólo cosas estándar.

Esto es parte del tiempo de gracia: un tiempo en el que “todo ya está”, sólo hay que saber mirar, saber buscar el tesoro en el campo, saber reconocer la perla fina entre las demás.

La otra parte del tiempo de gracia es la de la sorpresa, y requiere saber esperar. Estar atento: velar.

El tiempo de gracia es el de Jesús que viene y el de Jesús que ya está.

Ni sólo el Jesús que vendrá ni el que está ahora y nada más.

El Antiguo Testamento, para no caer en la tentación de idolatrar a ningún ídolo, ponía a Dios “siempre más allá”, como el que vendrá en un futuro que nunca ha acabado de llegar.

A nuestra cultura le viene bien esta constante postergación, porque para nosotros pareciera que el único tiempo que importa es el “ahora”, el todo ya.

Pero estos dos tiempos, el que siempre dilata y el que consume, todo son primos hermanos, se terminan por parecer.

Jesús nos regaló otro tiempo, el de su Encarnación, que nos permite dilatar el presente, cada presente chiquitito, y convertirlo en eternidad. Es un tiempo especial: no se consume y no se puede poseer. Uno es invitado a entrar y se entra descalzo y sin nada y todo se nos da.

Se nos da lo que podemos contemplar –los misterios de la Vida de Jesús- y lo que podemos trabajar – lo que requiera nuestro hermano a quien se nos invita a servir. Si le dedicamos tiempo a este tiempo, se dilata, nos purifica, nos hace latir el corazón en plenitud, nos vuelve activos y fecundos, nos quita los cansancios, nos llena de alegría y esperanza.

Este tiempo se nos regala en la contemplación del Evangelio y en el servicio de la caridad.

En el evangelio de hoy, nuestro Señor Jesús nos regala una especie de tratadito para poder gozar de este tiempo suyo. Lo leemos de nuevo con esta clave: la del Jesús que viene y la del Jesús que ya está. La escribimos ahora en forma de poesía. San Juan de la Cruz, cuyo ritmo es puro evangelio, quizás la titularía:

 

Porque no saben

Miren, estén despiertos, porque no saben

cuándo es el tiempo de gracia.

Es como un hombre que, emprendiendo un viaje,

dejó su casa y lo puso todo

en manos de sus servidores,
señalando a cada cual su tarea

Y al portero le ordenó que velase.

Velen, entonces, porque no saben

cuándo llegará el dueño de casa,
si a primera hora de la noche,
o a la medianoche,
o al canto del gallo
o a la madrugada.
No sea que llegando de improviso los encuentre durmiendo.

 Y esto que les digo a ustedes,

se lo digo a todos: ¡Velen!

(… porque no saben).

 

Uno se puede quedar rezando esta parábola “del hombre que emprendiendo un viaje dejó su casa y puso todo en manos de sus servidores señalando a cada cual su tarea y al portero (que somos todos los cristianos, que es la Iglesia entera) le ordenó que velase”.

Si siguiendo el consejo de Ignacio “reflexionamos para sacar provecho de lo contemplado” se me ocurren tres expresiones: “velen”, “no saben” y “de improviso”.

La disposición que nos ordena Jesús que tengamos es la de estar despiertos y velar. Se trata de un tiempo largo. Velar se hace largo, pienso en las noches en vela al pie de la cama de un enfermo, las noches de la caminata a Luján, las desveladas de los papás que esperan a que llegue su hija adolescente del baile, las esperas en los viajes, cuando se retrasa el avión o el colectivo y uno se queda esperando al que viene…

Este tiempo largo para nosotros tiene dos condicionamientos. Uno nuestro: “porque no sabemos”; otro de Jesús: que llega “de improviso”. Es necesario profundizar en estas dos realidades. El hecho de “no saber” nos impacienta mucho. A algunos los impacienta a tal punto que dejan de esperar. Pero hay que pensar un poco: cuando se trata de un “no saber” porque en la Aerolíneas no nos quieren decir por qué se retrasó el avión y nosotros sabemos claramente que ellos saben y no nos lo quieren informar, uno se indigna y pierde la paciencia (y algunos hasta los estribos y comienzan a insultar y a gritar). Pero cuando se trata de un “no saber” que es verdadero, como cuándo el médico que operó a nuestro hijo nos dice: “no sabemos, hay que esperar”, ese no saber se convierte en oración profunda, en ruego entrañable, en tensión vigilante y llena de amor esperanzado que humilde y activamente reza: Señor, hacé que se sane!

El “no saber” esperanzado es lo más auténtico de nuestra condición humana. Es ese “no saber” tan especial que nos hace levantar la cabeza y sentir nuestra dignidad humana, de pequeños seres que sienten que Alguien está escuchando nuestras preguntas. Es el no saber de los hijitos pequeños que saben lo esencial: que su papá y su mamá lo saben todo. Por eso Jesús nos consolida en este “no saber” cuando dice: “Su Padre que está en el Cielo sabe muy bien todo lo que necesitan”.

Se trata del no saber de los niños, tan distinto del de los adolescentes, que se las saben todas y de los adultos que ya ni preguntan lo que no saben por descreimiento de que haya respuesta.

La hago corta, porque si no canso. La otra característica de este tiempo de gracia es de Jesús que viene de improviso. Es el mismo que nos confió sus bienes, nos encomendó a cada uno una tarea y nos mandó a todos que velemos. Aparecer de improviso, fuera de toda estadística, más allá de toda regla, como quiere y cuando quiere, es lo más liberador que existe. El viene libremente y su “impredecibilidad” nos hace libres, no deja que los escribas y fariseos antiguos ni post modernos se apoderen mediante el cálculo de su venida, lo que equivaldría a enfriar y neutralizar su amor. Un amor “calculable” deja de ser amor.

No hay nada más lindo que un Jesús que aparezca “de improviso”.

…..

 

–        Eh, padre! Se cayó de la cama! Cómo tan temprano hoy…

 

Los comentarios de los muchachos de la verdulería de Caputo son inagotables.

Ellos están despiertos desde las dos y las ocho de la mañana, cuando paso habitualmente después de misa, ya es como el mediodía. Por eso notan cuando paso a las cinco y cuarto…

Ya alguno me ve de lejos y si Antoñito está en el fondo, le gritan para que venga porque la bendición es ya un rito comunitario y él como que los representa a todos y a mí me ayuda a que mi mañana sea “una misa prolongada”.

 

–        Es que anda enfermito un encargado y por eso voy temprano.

 

No sé si les interesa tanto por qué voy temprano o si sólo es que van comentando todo lo que pasa por la calle como forma de sobrellevar el trabajo duro de apilar cajones de frutas y verduras y cargar las camionetas y camiones que llegan a llevar los pedidos…

 

La cuestión es que le había llevado un reloj de regalo a Antoñito y cuando se lo doy, en su cajita bien moderna, le pareció mucho y me lo dijo con otro: “Eh, padre!!” que parece la antífona de muchos salmos no expresados que se entienden perfectamente entre amigos.

 

–        Tiene su intención, Antonio. Así, ahora que me voy, cuando mirás la hora te acordás y rezás por mí.

–        No hace falta, padre. Usted, aquí, “es permanente” (Antoñito lo dijo, cerró los labios y separó, en un gesto, las palmas vueltas hacia abajo).

Seguí viaje con un amague de lágrimas en los ojos y cerrazón de garganta. Muchas veces he dicho que el elogio más lindo es cuando alguien te dice que vos siempre estás, pero este, de que sos permanente en un corazón de la verdulería, supera todo. Y ayuda a ver lo que significa estar atento, velar, y todo lo que dice el Señor que quiere que hagamos.

Verduras

 

Diego Fares sj

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