Adviento 1 B 2014

Jesús que viene, Jesús que ya está: tiempo de gracia

 

En aquél tiempo, Jesús dijo a sus discípulos:

«Miren, estén despiertos,
porque no saben cuándo es el tiempo de gracia.
Es como un hombre que emprendiendo un viaje,
dejó su casa y lo puso todo en manos de sus servidores,
señalando a cada cual su tarea,
y al portero le ordenó que velase.

Velen, entonces,
porque no saben cuándo llegará el dueño de casa,
si a primera hora de la noche,
o a la medianoche,
o al canto del gallo
o a la madrugada.
No sea que llegando de improviso los encuentre durmiendo.

Y esto que les digo a ustedes, se lo digo a todos: ¡Velen!» (Mc 13, 33-37).

 

Contemplación

Adviento es un tiempo de gracia, un “kairos”, tiempo pleno de Dios que viene y de Dios que ya está.

El mundo actual nos sumerge en un tiempo muy “puntillar”: en cada instante nos ofrece la posibilidad de hacer presente todo y a todos. Basta poner una fecha y salen las noticias del pasado, basta poner un nombre y nos conectamos con la cara de la persona buscada. Ya está todo en internet, hay que poner “buscar” y hacerlo aparecer.

Esto es algo muy “cristiano”: ya está todo en el Evangelio, hay que “buscar” y encontraremos la palabra justa para cada deseo bueno. Eso sí, ambos, google y el evangelio, son interactivos. Algunos encuentran maravillas, otros sólo cosas estándar.

Esto es parte del tiempo de gracia: un tiempo en el que “todo ya está”, sólo hay que saber mirar, saber buscar el tesoro en el campo, saber reconocer la perla fina entre las demás.

La otra parte del tiempo de gracia es la de la sorpresa, y requiere saber esperar. Estar atento: velar.

El tiempo de gracia es el de Jesús que viene y el de Jesús que ya está.

Ni sólo el Jesús que vendrá ni el que está ahora y nada más.

El Antiguo Testamento, para no caer en la tentación de idolatrar a ningún ídolo, ponía a Dios “siempre más allá”, como el que vendrá en un futuro que nunca ha acabado de llegar.

A nuestra cultura le viene bien esta constante postergación, porque para nosotros pareciera que el único tiempo que importa es el “ahora”, el todo ya.

Pero estos dos tiempos, el que siempre dilata y el que consume, todo son primos hermanos, se terminan por parecer.

Jesús nos regaló otro tiempo, el de su Encarnación, que nos permite dilatar el presente, cada presente chiquitito, y convertirlo en eternidad. Es un tiempo especial: no se consume y no se puede poseer. Uno es invitado a entrar y se entra descalzo y sin nada y todo se nos da.

Se nos da lo que podemos contemplar –los misterios de la Vida de Jesús- y lo que podemos trabajar – lo que requiera nuestro hermano a quien se nos invita a servir. Si le dedicamos tiempo a este tiempo, se dilata, nos purifica, nos hace latir el corazón en plenitud, nos vuelve activos y fecundos, nos quita los cansancios, nos llena de alegría y esperanza.

Este tiempo se nos regala en la contemplación del Evangelio y en el servicio de la caridad.

En el evangelio de hoy, nuestro Señor Jesús nos regala una especie de tratadito para poder gozar de este tiempo suyo. Lo leemos de nuevo con esta clave: la del Jesús que viene y la del Jesús que ya está. La escribimos ahora en forma de poesía. San Juan de la Cruz, cuyo ritmo es puro evangelio, quizás la titularía:

 

Porque no saben

Miren, estén despiertos, porque no saben

cuándo es el tiempo de gracia.

Es como un hombre que, emprendiendo un viaje,

dejó su casa y lo puso todo

en manos de sus servidores,
señalando a cada cual su tarea

Y al portero le ordenó que velase.

Velen, entonces, porque no saben

cuándo llegará el dueño de casa,
si a primera hora de la noche,
o a la medianoche,
o al canto del gallo
o a la madrugada.
No sea que llegando de improviso los encuentre durmiendo.

 Y esto que les digo a ustedes,

se lo digo a todos: ¡Velen!

(… porque no saben).

 

Uno se puede quedar rezando esta parábola “del hombre que emprendiendo un viaje dejó su casa y puso todo en manos de sus servidores señalando a cada cual su tarea y al portero (que somos todos los cristianos, que es la Iglesia entera) le ordenó que velase”.

Si siguiendo el consejo de Ignacio “reflexionamos para sacar provecho de lo contemplado” se me ocurren tres expresiones: “velen”, “no saben” y “de improviso”.

La disposición que nos ordena Jesús que tengamos es la de estar despiertos y velar. Se trata de un tiempo largo. Velar se hace largo, pienso en las noches en vela al pie de la cama de un enfermo, las noches de la caminata a Luján, las desveladas de los papás que esperan a que llegue su hija adolescente del baile, las esperas en los viajes, cuando se retrasa el avión o el colectivo y uno se queda esperando al que viene…

Este tiempo largo para nosotros tiene dos condicionamientos. Uno nuestro: “porque no sabemos”; otro de Jesús: que llega “de improviso”. Es necesario profundizar en estas dos realidades. El hecho de “no saber” nos impacienta mucho. A algunos los impacienta a tal punto que dejan de esperar. Pero hay que pensar un poco: cuando se trata de un “no saber” porque en la Aerolíneas no nos quieren decir por qué se retrasó el avión y nosotros sabemos claramente que ellos saben y no nos lo quieren informar, uno se indigna y pierde la paciencia (y algunos hasta los estribos y comienzan a insultar y a gritar). Pero cuando se trata de un “no saber” que es verdadero, como cuándo el médico que operó a nuestro hijo nos dice: “no sabemos, hay que esperar”, ese no saber se convierte en oración profunda, en ruego entrañable, en tensión vigilante y llena de amor esperanzado que humilde y activamente reza: Señor, hacé que se sane!

El “no saber” esperanzado es lo más auténtico de nuestra condición humana. Es ese “no saber” tan especial que nos hace levantar la cabeza y sentir nuestra dignidad humana, de pequeños seres que sienten que Alguien está escuchando nuestras preguntas. Es el no saber de los hijitos pequeños que saben lo esencial: que su papá y su mamá lo saben todo. Por eso Jesús nos consolida en este “no saber” cuando dice: “Su Padre que está en el Cielo sabe muy bien todo lo que necesitan”.

Se trata del no saber de los niños, tan distinto del de los adolescentes, que se las saben todas y de los adultos que ya ni preguntan lo que no saben por descreimiento de que haya respuesta.

La hago corta, porque si no canso. La otra característica de este tiempo de gracia es de Jesús que viene de improviso. Es el mismo que nos confió sus bienes, nos encomendó a cada uno una tarea y nos mandó a todos que velemos. Aparecer de improviso, fuera de toda estadística, más allá de toda regla, como quiere y cuando quiere, es lo más liberador que existe. El viene libremente y su “impredecibilidad” nos hace libres, no deja que los escribas y fariseos antiguos ni post modernos se apoderen mediante el cálculo de su venida, lo que equivaldría a enfriar y neutralizar su amor. Un amor “calculable” deja de ser amor.

No hay nada más lindo que un Jesús que aparezca “de improviso”.

…..

 

–        Eh, padre! Se cayó de la cama! Cómo tan temprano hoy…

 

Los comentarios de los muchachos de la verdulería de Caputo son inagotables.

Ellos están despiertos desde las dos y las ocho de la mañana, cuando paso habitualmente después de misa, ya es como el mediodía. Por eso notan cuando paso a las cinco y cuarto…

Ya alguno me ve de lejos y si Antoñito está en el fondo, le gritan para que venga porque la bendición es ya un rito comunitario y él como que los representa a todos y a mí me ayuda a que mi mañana sea “una misa prolongada”.

 

–        Es que anda enfermito un encargado y por eso voy temprano.

 

No sé si les interesa tanto por qué voy temprano o si sólo es que van comentando todo lo que pasa por la calle como forma de sobrellevar el trabajo duro de apilar cajones de frutas y verduras y cargar las camionetas y camiones que llegan a llevar los pedidos…

 

La cuestión es que le había llevado un reloj de regalo a Antoñito y cuando se lo doy, en su cajita bien moderna, le pareció mucho y me lo dijo con otro: “Eh, padre!!” que parece la antífona de muchos salmos no expresados que se entienden perfectamente entre amigos.

 

–        Tiene su intención, Antonio. Así, ahora que me voy, cuando mirás la hora te acordás y rezás por mí.

–        No hace falta, padre. Usted, aquí, “es permanente” (Antoñito lo dijo, cerró los labios y separó, en un gesto, las palmas vueltas hacia abajo).

Seguí viaje con un amague de lágrimas en los ojos y cerrazón de garganta. Muchas veces he dicho que el elogio más lindo es cuando alguien te dice que vos siempre estás, pero este, de que sos permanente en un corazón de la verdulería, supera todo. Y ayuda a ver lo que significa estar atento, velar, y todo lo que dice el Señor que quiere que hagamos.

Verduras

 

Diego Fares sj

Domingo 34 A 2014 Cristo Rey

Algunos agradecimientos más…

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En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: «Cuando venga en su gloria el Hijo del hombre, y todos los ángeles con él, se sentará en el trono de su gloria, y serán reunidas ante él todas las naciones. Él separará a unos de otros, como un pastor separa las ovejas, de las cabras. Y pondrá las ovejas a su derecha y las cabras a su izquierda. Entonces dirá el rey a los de su derecha: «Vengan ustedes, benditos de mi Padre; a heredar el reino preparado para ustedes desde la creación del mundo. Porque tuve hambre y me dieron de comer, tuve sed y me dieron de beber, fui forastero y me hospedaron, estuve desnudo y me vistieron, enfermo y me visitaron, en la cárcel y vinieron a verme.» Entonces los justos le contestarán: «Señor, ¿cuándo te vimos con hambre y te alimentamos, o con sed y te dimos de beber?; ¿cuándo te vimos forastero y te hospedamos, o desnudo y te vestimos?; ¿cuándo te vimos enfermo o en la cárcel y fuimos a verte?» Y el rey les dirá: «Les aseguro que cada vez que lo hicieron con uno de éstos, mis humildes hermanos, conmigo lo hicieron.» Y entonces dirá a los de su izquierda: «Apártense de mí, malditos, vayan al fuego eterno preparado para el diablo y sus ángeles. Porque tuve hambre y no me dieron de comer, tuve sed y no me dieron de beber, fui forastero y no me hospedaron, estuve desnudo y no me vistieron, enfermo y en la cárcel y no me visitaron. Entonces también éstos contestarán: «Señor, ¿cuándo te vimos con hambre o con sed, o forastero o desnudo, o enfermo o en la cárcel, y no te asistirnos?» Y él replicará: «Les aseguro que cada vez que no lo hicieron con uno de éstos, los humildes, tampoco lo hicieron conmigo.» Y éstos irán al castigo eterno, y los justos a la vida eterna» (Mt 25,31-46).

Contemplación

Bajé de mi oficinita, en la planta alta del Hogar, para ir a la Casa de la Bondad a despedir a Julita, que falleció hoy (y que me dice Celina que no tenía a nadie nadie y que apenas pudimos conocer, ya que llegó hace dos semanas y enseguida se puso mal) y al volver al Hogar, viendo las dos mesas en el patio con los que participan del Taller de Dibujo, se me ocurrió que Jesús podía muy bien agregar algunos agradecimientos más a los que nos cuenta Mateo 25.

Es que vi a dos de los más pibes (18 o 19 años) dibujando con la alegría y la concentración de los chicos casi de jardín. Uno me mostró un corazón inmenso al que estaba llenando de colores y me lo mostraba como hacen los chicos, orgullosos de su monigote. Y a mí me partió el corazón, porque sentí que tenían hambre de dibujar, que como sociedad les habíamos robado esa etapa, porque que los chicos no vayan a la escuela es una cuestión de estado, no solo de la familia.

Fue un instante nomás: me mostró el dibujo y por mirarlo ni le vi la cara a él, que se concentró en seguir con lo suyo. Pero ahora que escribo me doy cuenta de que percibí eso tan humano ante lo que muchas veces paso de largo. Y se me ocurre ahora que Jesús nos diría a la comunidad del Hogar: porque estaba sin hacer nada con mis manos y ustedes me dieron lápices de colores y papel canson para dibujar. No sabía que tenía hambre de hacer un dibujito para mostrárselo a mi mamá y la seño de Dibujo me lo apreció y lo puso en la cartelera para adornar las paredes del patio.

Me viene ahora otro, unos años mayor, que después del cine del jueves, en que vieron Caballos salvajes, no se quedó al debate y bajó llevando una silla. Yo miraba desde arriba para que no se metieran en las piezas y salieran en orden y vi que este volvía. “¿No tiene el chocolate…?”, me decía subiendo y yo al principio no entendí y le dije que no había más. Pregunté al equipo de Cine debate y Luis me mostró que se habían comido todo, pero el muchacho entró y en su silla había una barrita de cereal. Se la había dejado. La agarró y se fue sin decir más. Y lo que me quedó fue también la sensación de un hambre de niñez, de ver una peli y que te regalen golosinas y agarrar de más para llevarte.

A medida que escribo me convenzo que lo del Señor “tuve hambre y me diste de comer” no se trata sólo del plato de comida del Hogar. Esa barrita de cereal nos habla de una comida que no fue dada a su tiempo. Igual que el dibujo. Hay chicos que con sus manitos sucias revuelven basura y aspiran bolsitas en vez de estar coloreando dibujos. Tuve hambre y me diste de comer es la materia básica del juicio. No es una buena intención ni un sentimiento, ni siquiera habla el Señor de amor. Se trata simplemente de acciones, de dar de comer, empezando por los bebés y terminando por los ancianos. Dar de comer quiere decir fuiste a trabajar para ganarnos el pan para comer y trataste de formar una familia en la que se sirviera la leche a su tiempo…

Después me acordé del Taller de música del lunes, que llovió y en el último comedor cantaban igual, y pensé que Jesús diría: andaba callado y triste y me invitaste a cantar. Y pese a que no estaba para música, canté y fue como un agua fresca. Pensaba en la profesora de música y en que es más difícil ir un lunes de lluvia a cantar que hacerlos dibujar o servir el mate con leche. Después de un rato, el canto te lleva y por unos instantes la música nos envuelve a todos y nos arropa… pero ¡hay que remarla para comenzar a cantar en el Comedor!

Y ya me entusiasmé con esto del juicio y pensé que habría un segundo juicio, ya para hilar más fino, para ver quién va con quiénes, porque dentro de la igualdad de los benditos del Padre también hay predilecciones, y me puse a meditar en los del Taller de Artesanías. Jesús diría: me miraba los dedos torpes y pensaba que nunca podría hacer algo tan fino y me enseñaste a hacer no sólo los cuadros en piedra y las cajas, sino esas Arcas de Noé con todos los animalitos de porcelana fría, las sillitas de Jacques y los pesebritos de Soruco. Esta actividad básica por la que seremos juzgados tiene que ver con el vestido, que no sirve solo para abrigo sino como adorno.

Y luego el Señor agradece las visitas: a los enfermos y a los presos. No habla aquí de sanación ni de liberación sino sólo de visita. Y pensaba en el Taller de sentido de la vida, en la biblioteca y el cine. Me viniste a visitar y hablamos de películas, de novelas que me gustaron. Hacía rato que nadie me preguntaba nada profundo y en el taller de sentido de la vida me ayudaste a que me soltara y contara lo que tenía por dentro. Porque la actividad de visitar requiere todo un arte. Para ser visita linda y no visita molesta. Visitar es una actitud. Hay que saber visitar y saber recibir visitas. No sólo los enfermos y los presos necesitan ser visitados… O quizás, mejor, los enfermos y los presos son como la imagen más fuerte de cuándo y dónde necesitamos ser visitados todos. Qué bien que hace, cuando alguien “nos alivia” por su modo de preguntarnos por algo que nos hace sentir frágiles (débiles, in-firmus). Qué bien que nos hace cuando otro, con delicadeza, nos saca de algún encierro, mental o emocional…

Y así, el Señor nos irá diciendo a la Comunidad del Hogar: andaba sin trabajo y pensaba cómo sería poder mandar un curriculum por internet y me enseñaste a crear una dirección de mail y a mandar mis datos a una agencia…, me invitaste a la Cooperativa, me pediste que te diera una mano con las mesas.

La contemplación fue por este lado: contemplar cuidadosamente todas estas “pequeñas acciones” que hacemos en el Hogar y que se pueden sumar a las que dice Jesús que le importan.

Creo que se puede porque él llega a hablar hasta de un vasito de agua dado en su nombre a sus pequeños. Cuánto más estas que más que acciones buenas son “co-acciones”, oportunidades de que los más pobres se organicen, luchen, se expresen, creen cosas y trabajen con sus manos, como le decía el Papa a los Participantes en el Encuentro de Movimientos Populares:

Pese a esta cultura del descarte, a esta cultura de los sobrantes, tantos de ustedes, trabajadores excluidos, sobrantes para este sistema, fueron inventando su propio trabajo con todo aquello que parecía no poder dar más de sí mismo… pero ustedes, con su artesanalidad, que les dio Dios… con su búsqueda, con su solidaridad, con su trabajo comunitario, con su economía popular, lo han logrado y lo están logrando…. Y déjenme decírselo, eso además de trabajo, es poesía. Gracias.

Creo que es lindo pensar que Jesús nos dirá: “y por la oportunidad que le brindaron a los más pequeños de poder crear cosas lindas con “la artesanalidad que les dio Dios”, muchas gracias. Muchas gracias por brindar a los pequeños la posibilidad de hacer poesía!

En las lecturas de hoy, también se habla de enemigos. Pablo dice que “el último enemigo aniquilado será la muerte”. Mirando a Julita, mientras rezábamos en coro con ocho voluntarias, pensaba que en la Casa de la Bondad el Señor logra la primera victoria ante la muerte: nos quita el miedo, nos hace recibir la muerte y tratar con ella en paz. Le hemos hecho una Casa para que la gente más solita muera rodeada de Bondad.

Me decía una amiga que había acompañado a su esposo hasta en la ambulancia, indignada porque la funeraria de renombre lo había trasladado envuelto en una bolsa raída, que “a los muertos se los trata mal” y es verdad: hay una falta de respeto que nada tiene que ver con esa obra de piedad evangélica que es enterrar dignamente a los muertos. También pienso que Jesús nos podrá decir: porque estuve muerto y me trataste con bondad.

Y también pensaba, volviendo al Hogar, que hay muchos otros enemigos que no son la muerte misma pero sí sus adláteres y sus avanzadas. Son enemigos que el Señor quiere poner bajo el estrado de sus pies. Y se me ocurrían tantos enemigos contra los que el Hogar lucha cada día: la indiferencia, la exclusión, el no mirar al otro como igual, los prejuicios, la dureza, las excusas… En realidad son todas “faltas de compasión”. Porque seremos juzgados por la compasión que es igual a decir vida, porque la compasión es lo que hace latir el corazón humano. Y el que no se compadece, el que no practica la misericordia no es que incumple con un deber, es que está muerto. Porque la vida es pasión y la primera pasión es la compasión.

Nuestro corazón realiza 70 veces por minuto –apasionadamente- esa obra de creatividad y misericordia que es enviar sangre fresca a las periferias de nuestra carne para recibirla de regreso, sucia y cansada, y darle un hospedaje transitorio en su cavidad, para que se purifique y vuelva a salir, a dar vida. El Señor nos dice que nos juzgará por esta actividad que no pertenece a ninguna creencia ni religión sino que es propia de todos los hombres y mujeres y que podemos “aprender a mejorar” sin que nadie nos lo enseñe desde afuera, porque es expresión de lo que somos.

Un último agradecimiento que me gusta imaginar: el Señor me dirá “estaba sin buenas noticias y me mandaste una contemplación”. La verdad es que esta actividad fue un regalo que nació de un no saber bien cómo rezar y probar a escribir una contemplación con el evangelio del Domingo que fuera para compartir. Se la envío a los que la reciben pero no sólo a cada uno sino al Jesús que está ustedes y que se alegra de que “le comenten su propio Evangelio”, como cuando los hizo hablar a los de Emaús y les pidió que le contaran lo que había pasado, haciéndose un poco el tonto. Esta acción tiene algo de dar de comer a los hambrientos de toda palabra que sale de la boca de Dios. Tiene algo de dar de beber a los que como la Samaritana anhelan y desean: Dame de esa Agua viva para que no tenga que venir a buscarla al pozo. Tiene algo de vestido, en el sentido de buscar palabras lindas y narraciones que alegran y le dan un tono lindo al día. Tiene algo de visita que llega por mail e invita a charlar un rato de las cosas de Jesús. El Señor me la agradece desde ahora, sin esperar al juicio y no le importa tanto si alguna sale medio media, si es como esas visitas que por ahí se hacen laaargas o resultan un poquito incómodas. El sabe escribir derecho con contemplaciones torcidas. Y como tienen la gracia de la “levedad virtual”, que con un click desaparecen o se mandan a guardar, mal no hacen.  Esta, por ejemplo, pesa menos de 40 Kbytes.

Diego Fares sj

Domingo 33 A 2014

Domingo 33 A 2014

 

Humor angélico vs ironía satánica

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En aquel tiempo, Jesús dijo a sus discípulos esta parábola: «El Reino de los cielos se parece también a un hombre que iba a salir de viaje a tierras lejanas. Llamó a sus servidores de confianza y les encargó sus bienes. A uno le dio cinco talentos; a otro, dos; y a un tercero, uno, según la capacidad de cada uno, y luego se fue. El que recibió cinco talentos fue enseguida a negociar con ellos y ganó otros cinco. El que recibió dos hizo lo mismo y ganó otros dos. En cambio el que recibió un talento, hizo un hoyo en la tierra y allí escondió el dinero de su señor. Después de mucho tiempo regresó aquel hombre y llamó a cuentas a sus servidores. Se acercó el que había recibido cinco talentos y le presentó otros cinco, diciendo: ‘Señor, cinco talentos me dejaste; aquí tienes otros cinco, que con ellos he ganado. Su señor le dijo: ‘Te felicito, siervo bueno y fiel. Puesto que has sido fiel en cosas de poco valor te confiaré cosas de mucho valor. Entra a tomar parte en la alegría de tu señor: Se acercó luego el que había recibido dos talentos y le dijo: ‘Señor, dos talentos me dejaste; aquí tienes otros dos, que con ellos he ganado’. Su señor le dijo: ‘Te felicito, siervo bueno y fiel. Puesto que has sido fiel en cosas de poco valor, te confiaré cosas de mucho valor. Entra a tomar parte en la alegría de tu señor’. Finalmente, se acercó el que había recibido un talento y le dijo: ‘Señor, yo sabía que eres un hombre duro, que quieres cosechar lo que no has plantado y recoger lo que no has sembrado. Por eso tuve miedo y fui a esconder tu talento bajo tierra. Aquí tienes lo tuyo’. El Señor le respondió: ‘Siervo malo y perezoso. Sabías que cosecho lo que no he plantado y recojo lo que no he sembrado. ¿Por qué, entonces, no pusiste mi dinero en el banco para que, a mi regreso, lo recibiera yo con intereses? Quítenle el talento y dénselo al que tiene diez. Pues al que tiene se le dará y le sobrará; pero al que tiene poco, se le quitará aun eso poco que tiene. Y a este hombre inútil, échenlo fuera, a las tinieblas. Allí será el llanto y la desesperación».

Contemplación

«Porque has sido fiel en lo poco…»

Se ve que el hombre que iba a salir de viaje a tierras lejanas era muy rico ya que consideraba que los 35 kg de oro, que le dio al servidor perezoso, o los 175 kg de oro que le dio al de mayor confianza, eran «cosa de poco valor». Quizás podemos interpretar que el dinero es algo de poco valor y que «las cosas de mucho valor» que le confía a los servidores buenos y fieles son de otro orden. Pero ¿qué puede haber que sea de más valor que muchos kilos de Oro? En otras versiones de la parábola se indica que las «cosas de mucho valor» tienen que ver con personas. El servidor bueno y fiel, cuyo ícono es nuestro padre San José, es el que cuida del personal y distribuye a cada uno su tarea y su ración a su tiempo y no maltrata a los servidores.

Curiosamente, pareciera que hay alguna conexión entre el oro y los afectos, entre la manera de ganar plata y de ganar amigos…

Como la parábola es bien comparativa: con el Reino sucede como con un hombre que, a los que le fueron fiel en las cosas de poco valor (talentos) les confió cosas de mucho valor (personas), podemos ampliar la comparación y hablar de «talentos» de cualquier tipo, no solo dinero) y de «relaciones personales».

La dinámica de los dos primeros colaboradores es la de «dar fruto» con los talentos confiados y devolver el doble a su Señor.

Notemos que ni siquiera se preocupan de guardarse algo para sí. Su alegría está en haber ganado el doble para su Señor. Me confiaste cinco, aquí tienes otros cinco.

Y al hombre que se fue de viaje se ve que le gusta esta actitud proactiva y desinteresada. Lo vemos porque los premia a los trabajadores y al que enterró su talento le reprocha su pereza: ni siquiera dejaste que ese talento me diera intereses, como diciendo, con sólo ponerlo en el banco algo hubiera dado ya que el dinero vale por sí mismo (y hoy en día más).

¿A qué apunto?

Voy a dar un pequeño rodeo. Ayer me escribe un cura amigo que está de misionero, junto con un equipo de gente muy capaz, y me hizo reír mucho con un comentario. Dice: «Con el equipo de los padres, vamos caminando, hablamos y compartimos lo que más podemos, y cuando sale la oportunidad, seguimos viendo como crecer, tratamos de ver lo que Dios nos va diciendo como equipo…, cosa que no es sencilla, pareciera que Dios nos habla a cada uno por separado y nos dice cosas diferentes a los cuatro jajaja…, pero vamos viendo».

Yo le comentaba que su buen humor es una gracia y que tenía que publicar la frase (cosa que estoy haciendo ahora). Está muy bueno esto de gente con mucho talento a la que, a la hora de trabajar en equipo, pareciera que «Dios le habla a cada uno por separado y le dice cosas diferentes a los cuatro jajaja».

No dejemos de notar el jajaja, que es lo más valioso, porque, como dice Marechal al comienzo del Adan Buenosayres, hay un humor angélico que hace bien, da una superioridad sobre los problemas y las tonterías humanas que permite resolver las contradicciones con altura  (contra lo que decía Baudelaire: que el humor y la ironía eran algo diabólico, porque implicaban hacer sentir al otro la propia superioridad al ironizar).

Es verdad que hay un humor y una ironía o sarcasmo que le hace el juego al poder (que suele ser diabólico) y hay otro humor, como el de Jesús, que apunta al servicio, que humilla sin denigrar, como cuando le dice a Nicodemo: «qué cosa que vos siendo maestro en Israel no sepas que hay que nacer de nuevo», o como cuando le pregunta a los discípulos haciéndose el tonto «¿y de qué estaban hablando por el camino?».

La ironía de mi amigo cura es de las de buen espíritu, porque agarra a cada uno por lo mejor que tiene (que es que le hable Dios y le de buenas ideas e intenciones) y hace ver que no puede ser que el mismo Señor le diga cosas diferentes a los cuatro. O, en todo, caso, si se las dice, es para que se las ingenien en ponerse de acuerdo con la riqueza de las diferencias y no para distanciarse, como diría Francisco.

Desde esta óptica de la ironía diabólica y del buen humor angélico, caigo en la cuenta de que en la respuesta del servidor que enterró el talento hay una ironía amarga de fondo.

Escuchemos de nuevo la frase. ‘Señor, yo sabía que eres un hombre duro, que quieres cosechar lo que no has plantado y recoger lo que no has sembrado. Por eso tuve miedo y fui a esconder tu talento bajo tierra. Aquí tienes lo tuyo’.

Es una frase fea ¿no? El que la dice es un pobre tipo, es cierto, pero uno que con su ironía destruye la imagen del patrón y rebaja la actitud de sus compañeros fieles. Si no estuvieran los otros, uno podría coincidir, como tantas veces que alguien nos larga una frase así, triste, sobre una autoridad y uno muerde el anzuelo y asiente. Me lo imagino haciendo comentarios, después de haber enterrado su talento., diciendo cosas como: «qué tipo exigente, nuestro patrón ¿no? Qué querrá con esto de darnos talentos…? A mí me dio uno solo, pero se ve que a otros les dio más. Creo que a aquel le dio cinco, date cuenta. Mirá como anda agrandado haciendo negocios. Se ve que se le subieron los humos. Yo pienso que aquí mejor no arriesgarse mucho, porque después metés la pata y te la cobran…».

Estas frases dichas a otros me las imagino yo. Pero las que los servidores le dijeron a su jefe, están claritas y es el mismo Señor el que eligió las palabras para que se entienda bien qué es lo que le gusta y qué es lo que condena.

El patrón no era para nada un tipo duro y exigente. Era un buen tipo de esos que le confían sus bienes a su gente con la esperanza de poder confiarles cosas más grandes. Cómo va a venir éste a hacerle un análisis sicológico y decirle: “Ya sé como es Ud. Ud. es tan exigente! Lo digo en el buen sentido, no crea. Pero a mí me dio miedo… así que aquí tiene «lo suyo».

El Patrón no era para nada uno que quiere cosechar donde no sembró. ¿Se dan cuenta lo que es decirle a alguien: «vos querés cosechar lo que no has plantado y recoger lo que no has sembrado? Es como decirle: vos te apropiás de los talentos que ganaron los otros, los hiciste laburar y ahora te quedás con todo. Sos uno que busca fama. Te querés quedar con todo. Pero a mí no me agarrás. Aquí te devuelvo lo tuyo y listo. Mi trabajo me lo hago yo para mí y no para que lo aproveche otro…

Es una lógica muy pero muy diabólica que atenta contra el Bien y contra el que es Bueno y lo hace de manera camuflada, bajo la apariencia de un pobre tipo que tenía un solo talento y lo escondió, allá él. Pero no, porque este tipo rebaja todo: hace aparecer como duro al que es Ternura, como muy exigente al que se deja entusiasmar por el trabajo y el dar frutos, como un aprovechador y vanidoso, al que es pura generosidad y cuya gloria es que los otros crezcan y vivan bien.

Por eso la condena del patrón es tan dura. No es un simple: dame lo mío, quedamos a mano y andate en paz. La condena es llamarlo primero malo, segundo perezoso y tercero necio, lo cual se ve en que lo condena usando sus propios argumentos.

La condena es también reduplicar su apuesta dándole más al que más había negociado los talentos con alegría y desinterés. Lo cual equivale a decir que el patrón se da cuenta de que este servidor malo, perezoso y necio, no sólo lo rebajaba a él sino también al que era más fiel.

Y además lo manda al reino de las tinieblas, que es el reino del chusmerío, de las lamentaciones y del rechinar de dientes, el reino de los envidiosos, de los detractores, de los que ni hacen ni dejan hacer, de los que se creen vivos, de los que tienen enterrado su talento en vez de ponerlo alegremente a disposición de los demás, de los que se ríen de los que son fieles.

El Papa Francisco suele hablar muy fuerte acerca de las distintas formas de “rebajar a los demás” con ese humor satánico que es una forma solapada de buscar poder.

En la misa del 18 de Mayo de 2013 decía:

El chisme y la envidia hacen mucho daño a la comunidad cristiana. No se puede «decir solo la mitad que nos conviene».

Hay dos modalidades de entrometerse mal en la vida y la misión de los otros. En primer lugar, la «comparación«, el «compararse con los demás». Cuando existe esta comparación, dijo, «terminamos en la amargura y hasta en la envidia, y la envidia arruina la comunidad cristiana», “le hace mucho daño», y «el diablo quiere eso».

La segunda forma de esta tentación, agregó, son los chismes. Se empieza de una manera “muy educada”, pero luego terminamos «despellejando al prójimo»: «¡Cuánto se chusmea en la Iglesia! ¡Cuánto chusmeamos nosotros los cristianos! El chisme es despellejarse, ¿no? Es maltratarse el uno al otro. Como si se quisiera disminuir al otro, no? En lugar de crecer yo, hago que el otro sea rebajado y me siento muy bien. ¡Esto no va! Parece agradable chusmear… No sé por qué, pero se siente bien. Como un caramelo de miel, ¿verdad? Te comes uno -¡Ah, qué bien! -Y luego otro, otro, otro, y al final tienes dolor de estómago. ¿Y por qué? El chisme es así: es dulce al principio y luego te arruina, ¡te arruina el alma! Los chismes son destructivos en la Iglesia, son destructivos… Es un poco como el espíritu de Caín: matar al hermano, con la lengua; ¡matar a su hermano!».

En este camino, dijo, «¡nos convertimos en cristianos de buenas costumbres y malos hábitos!» Pero ¿cómo se presenta el chisme? Normalmente, ha distinguido el papa Francisco, «hacemos tres cosas»:

 «Desinformamos: decir solo la mitad que nos conviene y no la otra mitad; la otra mitad no la decimos porque no es conveniente para nosotros.

En segundo lugar está la difamación: Cuando una persona realmente tiene un defecto, y ha errado, entonces contarlo, «hacer del periodista»… ¡Y la fama de esta persona está arruinada!

Y la tercera es la calumnia: decir cosas que no son ciertas. ¡Eso es también matar a su hermano! Todas estas tres –la desinformación, la difamación y la calumnia– ¡son pecado! ¡Este es el pecado! Esto es darle una bofetada a Jesús en la persona de sus hijos, de sus hermanos».

Durante su homilía, Francisco recordó también un episodio de la vida de Santa Teresita que se preguntaba por qué Jesús dio tanto a uno y poco a otro. La hermana mayor, tomó un dedal y un vaso y los llenó con agua, y luego le preguntó a Teresita cuál de los dos estaba más lleno. «Ambos están llenos», dijo la futura santa. Jesús, dijo el papa, hace «así con nosotros», «no le importa si eres grande, si eres pequeño». Él está interesado en que «estés lleno del amor de Jesús».

 

Diego Fares sj

Domingo 32 A 2014 Dedicación de la Basílica de Letrán

El Señor se encarnó para poder entregársenos

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Se acercaba la Pascua de los judíos, y Jesús subió a Jerusalén.
Y encontró en el templo a los vendedores de bueyes, ovejas y palomas, y a los cambistas sentados; y, haciendo un azote de cordeles, los echó a todos del templo, ovejas y bueyes; y a los cambistas les esparció las monedas y les volcó las mesas; y a los que vendían palomas les dijo: «Quiten esto de aquí; no conviertan en un mercado la casa de mi Padre.»
Sus discípulos se acordaron de lo que está escrito: «El celo de tu casa me devora.»
Entonces intervinieron los judíos y le preguntaron: « ¿Qué signos nos muestras para obrar así?»
Jesús contestó: «Destruyan este templo, y en tres días lo levantaré.»
Los judíos replicaron: «Cuarenta y seis años ha costado construir este templo, ¿y tú lo vas a levantar en tres días?»
Pero él hablaba del templo de su cuerpo. Y, cuando resucitó de entre los muertos, los discípulos se acordaron de que lo había dicho, y dieron fe a la Escritura y a la palabra que había dicho Jesús. Juan (2,13-22).

 

Contemplación

«Pero Él hablaba del templo de su cuerpo».

Humanamente, calculamos las cosas en términos temporales. 46 años habían demorado los judíos en construir el Templo de Jerusalén y les resultaba pretencioso que Jesús afirmara que lo podía reconstruir en 3 días. Pero Él hablaba del templo de su Cuerpo, nos dice Juan.

Me llama la atención esta frase porque estoy meditando algo de von Balthasar sobre la Eucaristía, donde afirma que “todo en Jesús tiene el carácter de la entrega”: Él Señor se queda entre nosotros como «pan entregado» y «sangre derramada».

Balthasar hace notar que Jesús no entrega su vida para «recuperarla para sí» sino que, resucitado, permanece para siempre como «entregado a nosotros», como intercesor», como «recapitulador» de todo lo humano, agrego yo.

 

La intuición se baja a lo cotidiano pensando que si el Señor nos invita a comulgar con Él cada día, es porque encontró la forma de «darse a nosotros cada día más, cada día de manera novedosa». Como si dijéramos que, siendo la misma, cada Eucaristía es totalmente nueva, distinta; cada Eucaristía es como los encuentros que Jesús tenía cada día con la gente: se les revelaba, de acuerdo a su fe, como Alguien siempre interesante, por descubrir, como el que «hacía nuevas todas las cosas».

Y esto tiene que ver con su Cuerpo, con el sentido que el Señor le da a su corporeidad, a su estar encarnado, viviendo en la concretez de la carne, en las relaciones que uno mantiene con cada prójimo, en la situación en la que está inserto.

 

El Cuerpo del Señor es Templo, estructura en la que habita el Espíritu, Casa de oración, en la que nos religamos (religión) con el Padre, lugar donde se celebra el banquete de bodas, donde está la mesa de la Eucaristía, en la que su Cuerpo-Pan nos alimenta y nos unifica, entrando en comunión con lo más «material» y «carnal» de nuestra persona.

 

El Cuerpo del Señor Resucitado no es un trofeo de sí mismo que, luego de haber ofrecido para que lo destruyeran, lo habría recuperado para poseerlo íntegro en sí mismo. ¿Para qué querría el Señor recuperar su cuerpo, siendo que Él es Dios (Espíritu Puro, diríamos), si no fuera para «darlo mejor»?

 

A veces tenemos la imagen de un Dios que se encarnó por unos años y luego regresó a su Cielo… igual a cómo era «antes», si se puede hablar así. Es verdad que volvió al Cielo, pero no «como era antes». De eso dan testimonio sus llagas, como signo de la marca que dejó en él la Pasión, su tiempo histórico vivido entre nosotros. Cuando uno se da cuenta de que, al encarnarse, el Señor aceptó nuestra carne para siempre, se modifica nuestra comprensión de su grandeza.

Imaginemos por un instante lo que significaría «tener nuestra carne para siempre (y llagada)» en Alguien que no nos amara fuera de toda medida. Si concebimos a Dios como un ser que es puro espíritu, todopoderoso e inmutable, quedar encarnado para siempre suena, al menos, «raro». Aunque su Cuerpo sea el de un Resucitado y el Espíritu lo convierta de «cuerpo frágil como el nuestro, en un cuerpo glorioso», sigue siendo «carne».

 

Si no fuera así, cómo podríamos nosotros, seres de carne y hueso (y de carne no sólo como la de un bebé o una persona joven y sana, sino carne en todos sus estados, carne también enferma, carne envejecida, carne ultrajada por tantas violencias…), como podríamos, digo, imaginar un cielo en el que todo fuera espíritu y purezas celestiales.

Nuestro Cielo es Jesús, la Carne de Jesús, la que él tomó para siempre de manera que pudiéramos tener lugar en ella para habitar en el Cielo.

Por eso él dice que «nos preparará una morada» con sus manos de carne, porque tiene conciencia de lo que es «necesitar un rinconcito para cobijar nuestra humanidad en la noche».

Por eso usa la imagen de que «él mismo nos sentará a la mesa y nos servirá», porque sabe que al ser de carne necesitamos un cielo en el que nos podamos sentar a la mesa como en casa a compartir una comida.

Todas estas imágenes que usa Jesús, no son poesía. Le significaron hacer de su Carne un instrumento al servicio nuestro y quedar para siempre como albañil que construye habitaciones, como mozo que sirve a los comensales y como esclavo o enfermera o padre que lava los pies, como amigo que enjuga las lágrimas.

 

Las imágenes de cielo que nos deja el Señor tienen que ver con su Cuerpo y tenemos que cambiar todas las imágenes viejas de cielos que no existen, para centrarnos en un Cielo que es puro Jesús. Debemos hacer un proceso de «agrandamiento imaginativo» de su Corazón, hasta que nuestra imagen del Cielo tenga no solo las dimensiones de su Corazón, sino su textura, su latir, su dinamismo y su capacidad de purificar nuestra sangre y transfundirnos la suya, llena de vida.

Este Cielo en el que podemos entrar si nos empequeñecemos lo suficiente, como hace todo el que ama para poder vivir en el corazón del otro, entrando despacito, descalzado y en puntas de pie, haciéndose a la sensibilidad y a los deseos del otro, es un Cielo real, al que no se entra con ninguna ascensión sino con diarios abajamientos. Es un cielo que tiene 7.140.000.000 de puertas, una en cada corazón de cada prójimo.

Este Cielo de la Carne de Jesús, es un cielo abierto en cada Eucaristía, un cielito que se recibe con las manos abiertas y se come, o se le da un besito, como hizo el Toto del Hogar, que no se sintió digno de comulgar pero sí de darle un besito, (cosa que ningún moralista prohibiría, supongo). Digo esto con cariñosa «ironía», como diciendo que «ese besito» a la Eucaristía nadie se atrevería a negárselo a nadie y va por el lado de la hemorroísa que «entró en comunión con Jesús tocando el borde de su manto». Jesús se hizo carne para entrar en comunión con todos los hombres y hay que ingeniárselas para comulgar con Él.

 

Yo contribuyo tratando de plasmar estas imágenes de un Cielo de Carne -la de Jesús crucificado y resucitado- que abren la mente para las cosas de todos los día, que es lo que andamos necesitando. No parece pero tienen mucho -muchísimo- que ver las imágenes que nos hacemos del cielo y las cosas prácticas en las que sentimos gusto o no.

El Cielo de Carne que describo es el cielo del Hogar -donde cada día Jesús está como el que sirve-; y es el cielo de la Casa de la Bondad -donde Brittany Maynard quizás podría haber regalado a su familia y a toda la humanidad a la que se conectó por youtube, unos cuantos meses más de amor de los que nos regaló, ya que en la Casa se evita la indignidad del sufrimiento y se potencia toda la inmensa riqueza de vida que una carne en sus últimas etapas tiene para dar. Pero esto requiere comprender, gracias a Jesús, que nuestra carne es Cielo en sí misma, en todas sus etapas, y no sólo cárcel de un espíritu puro, al cual hay que liberar cuando la carne se enferma.

 

No digo que todos tengan que creer en Jesús de buenas a primeras (aunque no estaría mal). Puede que a muchos les resulten «raras» nuestras imágenes de Dios y de la Vida Eterna, porque no las sabemos explicar bien y muchas veces no damos testimonio con nuestra vida. Pero si de rarezas hablamos, díganme si no hay una imagen muy extraña de lo que es el ser humano detrás de una persona que se suicida con pastillas entre música en su cuarto frente a toda su familia. No digo que esté bien o mal. Lo que digo es que es algo «extraño». Y estéticamente diría que resulta insoportable. La vida es vida porque la muerte es muerte y si tenemos que morir, espero que sea pataleando: con entrega, con entereza, humildad, todo lo que quieran, pero la verdad es que «morir sin patalear», sin decirle al Padre «por qué me has abandonado», es perderse lo más dramático de la vida, lo que hace que el resto también tenga sabor. Morir en un cuarto de muñecas como en una película de Hollywood, salvando primero la decisión sagrada de Brittany y sintiendo todo el respeto y cariño por alguien tan valiente y encantadora como persona, es, como propuesta para todos, algo realmente patético y desesperanzador. El mensaje de esa muerte, como me decía Ana, es la «antiCasa de la Bondad».

 

Como vemos, hace falta profundizar en el mensaje que nos entrega el Señor al darnos su Carne, al encarnarse, al padecer en la Cruz y al resucitar en Carne y huesos.

El Papa Francisco, en Evangelii Gaudium, nos muestra que la tristeza del mundo radica en su avaricia y la alegría del Evangelio, en cambio, en la entrega generosa. La entrega de Jesús en la Cruz no es más que la culminación de ese  estilo que marcó toda su existencia” (EG 269). Y nuestra alegría como discípulos suyos brota al “percibir a Jesús presente en el corazón mismo de la entrega misionera” (EG 266). En la medida en que nos entregamos, percibimos y recibimos más y mejor la entrega de Jesús, que cada día quiere dársenos más.

Diego Fares sj

 

 

Domingo 31 A 2014 Todos los Santos

8Comunión de los santos

Seguían a Jesús grandes multitudes, que llegaban de Galilea, de la Decápolis, de Jerusalén, de Judea y de la Transjordania.
Al ver a la gente, Jesús subió a la montaña, se sentó, y sus discípulos se acercaron a Él.
Entonces tomó la palabra y comenzó a enseñarles, diciendo:
«Felices los que tienen alma de pobres, porque a ellos les pertenece el Reino de los Cielos.
Felices los pacientes, porque recibirán la tierra en herencia.
Felices los afligidos, porque serán consolados.
Felices los que tienen hambre y sed de justicia, porque serán saciados.
Felices los misericordiosos, porque obtendrán misericordia.
Felices los que tienen el corazón puro, porque verán a Dios.
Felices los que trabajan por la paz, porque serán llamados hijos de Dios.
Felices los que son perseguidos por practicar la justicia, porque a ellos les pertenece el Reino de los Cielos.
Felices ustedes, cuando sean insultados y perseguidos, y cuando se los calumnie en toda forma a causa de mí.
Alégrense y regocíjense entonces, porque ustedes tendrán una gran recompensa en el cielo; de la misma manera persiguieron a los profetas que los precedieron.»  (Mt 4,25.5, 1-12).

 

Contemplación

Releo la homilía radial de von Balthasar para la fiesta de todos los Santos y encuentro a George Bernanos, con sus imágenes tan poderosas sobre la comunión de los santos.

Antes de transcribirlas me detengo un momento y busco en Google si hay alguien más a quien le haya conmovido eso que dice: que “Jesús ha venido no como vencedor sino como uno que implora protección” –como un pobrecito del Hogar-,  y “Él está en mí como un prófugo que se ampara bajo mi protección”. Busco y lo primero que encuentro –y me maravilla- es una cita de la contemplación del 2009, el día que inauguramos la Casa de la Bondad y elegimos con Rossi celebrar esta misa de Todos los Santos.

Dos sentimientos vienen juntos, uno profundo y otro más superficial –cierta molestia de “cómo puede ser que no me acuerde de que ya había escrito sobre esta frase”-.

El sentimiento profundo es de alegría por esta “comunión con el propio deseo de santidad”. Es lindo reencontrarse con ese deseo de santidad que el Señor sembró en nuestro corazón desde pequeños y que sale a la luz cada vez que cavamos un poco, cada vez que regresamos al cuarto secreto del corazón, luego de andar de aquí para allá por la superficie de la vida. La comunión con los santos no es sólo con los que están en el cielo, es también comunión con el amor que vivieron muchos en esta tierra, con el niño que fuimos, con los que comparten la fe en otras culturas, y esperanza de comunión con los que vendrán.

 

Vuelvo a Bernanos para poner un círculo de protección definitiva a este amor de Jesús prófugo que se ampara bajo nuestra protección y establece así la comunión de sus santos protectores. Dice Bernanos que “el diablo, que puede tantas cosas, no llegará a fundar jamás su iglesia, una iglesia que ponga en común el pecado y los (de)méritos del infierno. De aquí hasta el fin del mundo será necesario que el pecador peque solo, siempre solo”.

Esta es la anti-imagen necesaria para que la comunión de los santos –en su humildad y pequeñez aparente- nos llene de consolación. Es verdad lo que decimos que en los medios, el mal aparece por todos lados, creando “una sensación de inseguridad”  (aquí me animo a decir que algunos del gobierno profetizan, quizás como Caifás cuando dijo que uno tenía que morir por el pueblo, pero profetizan: lo de la “sensación de inseguridad” es –teológicamente- una gran verdad. Porque de última: “nada ni nadie podrá separarnos (de la seguridad) del amor de Cristo”).  El mal, aunque parezca devastador, omnipresente y todopoderoso, no puede “crear comunión”. Es verdad que como nos ametralla incesantemente parece que todos los males del mundo se confabulan y tienen consistencia, pero no es así: lo que tiene consistencia es la vida, que renace y por eso, en su fragilidad renovada, ofrece al mal un lugar donde actuar destructivamente. Pero comunión, sólo la hay de los santos. Sólo el amor –los actos de amor más ocultos y pequeños, decididos en el secreto del corazón y llevados a cabo en silencio y ocultamente- tiene capacidad de crear vínculos, de establecer alianza, de entrar en comunión.

….

Estas cosas no las dice sólo Bernanos o von Balthasar. Tampoco son sólo de Pablo. Ni siquiera el Señor se reserva para sí la exclusiva. La comunión de los santos es una gracia “gratis data” –dada gratuitamente-, por el Señor de una vez para siempre, gracia que constituye el tejido tierno e irrompible que teje la trama de nuestra vida y la afirman con gestos y palabras –cotidianamente- todos los pequeños que viven el amor de Cristo como un aire que se respira.

Un ejemplo lindo: lo que me dijo Gladys con una hermosa sonrisa en la recepción del Hospital Español el sábado pasado, yendo a visitar a una enferma. Justo cuando llego a recepción salía una señora “a comprar algo a la ferretería” –dijo- y la recepcionista, cuando le digo que soy sacerdote para que me deje pasar aunque no es horario de visita, se ilumina y me dice “esa señora está buscando un sacerdote para que le bautice a su nietito”. Los dos miramos y la otra ya se había ido. Quedamos en que iba a mi enferma y luego volvía para que me avisara cómo se llamaba el nieto. La cuestión es que, luego de unas cuantas vueltas, encontré a la mamá, lo bauticé a Enzo Osvaldo, quedé en volver…,  y al salir le cuento a Gladys y me dice, mirándome a los ojos, emocionada: “en este lugar uno ve cómo Dios hace bien todas las cosas y tiene todo organizado y previsto”. Que lo dijera en ese lugar, precisamente, que podía ser el de la queja con todo derecho de “lo mal que anda este país y el mundo entero”, dado el despelote que es ese hospital, me conectó con la esperanza y con esto que llamamos “la comunión de los santos”, una comunión gestionada por gente como Gladys, de recepción, atenta al corazón de las abuelas que quieren bautizar a sus nietitos y a los curas que van a visitar enfermos, en medio de los problemas sanitarios de la Capital.

 

Todo esto es para disipar esa telaraña que se extiende sobre nuestra realidad dando la impresión de que todo anda mal. Para nada es así. Basta que uno se decida a un pequeño gesto de amor para que se abra el Cielo y uno se sienta –como Gladys- “predilecto” y parte de ese plan “de cosas buenas preparadas por el Padre para los que aman”.

Eso sí, y hay que decirlo, el amor teje y crea vínculos que sólo sirven para el amor. En ese sentido, el amor es exigente y por eso a veces preferimos vínculos más cómodos, menos comprometidos.

………………..

Después de escribir esto caí en la cuenta de que no podía seguir si no lo volvía a ver a Enzito y me pegué una corrida al Hospital. De paso le llevé la comunión a Titina y en vez de hacer las visitas por la tarde las hice de mañana. No pude entrar porque estaban medicando en terapia, pero la enfermera me dijo que el bebé estaba bien, mejor. Hubo algunos amagues de acercamiento pero quedaron ahí. La otra recepcionista me dijo el apellido de Gladys y que entraba a las cinco. Un papá me comentó que no lo dejaban entrar todavía a ver a su hijito, que tenía un problema en el esófago, otras mamás que esperaban saludaron…, pero nada especial. Se ve que las cosas son parte y parte y uno encuentra lo que anda buscando y lo que no, le pasa cerquita. Esa abuela que quería el bautismo para su bebito, tanto como para comentarlo con una recepcionista, hizo que esta me conectara con su hija y el bebe unos segundos después que ella partió para la ferretería (todavía me pregunto qué iba a comprar en la ferretería y si escuché bien o dijo otra cosa).

 

Bueno, la moraleja de las pequeñas historias del amor de Jesús, que tiene la grandeza de asociarnos a su acción y de hacer pasar su amor por nuestras manos, no es una moraleja que se pueda escribir. Así como a mí me hizo volver al hospital, cada uno tiene que agarrar el tejido en el punto de amor en que lo dejó y retomar con las puntadas. Cada historia es una historia de amor, como dice Vanier y la tenemos que escribir con hechos cada día.

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Diego Fares sj