Domingo 30 A 2014

Las cinco luces que enfrían el amor

 flashes

Cuando los fariseos se enteraron de que Jesús había hecho callar a los saduceos, se reunieron con él, y uno de ellos, que era doctor de la ley le preguntó con ánimo de probarlo:

‘Maestro, ¿cuál es el mandamiento más grande de la Ley?’

Jesús le respondió:

‘Amarás al Señor, tu Dios, con amor de gratuidad

con todo tu corazón (kardía)

con toda tu alma (psiché)

y con toda tu razón (dianoia).

Este es el más grande y el primer mandamiento.

El segundo es semejante al primero:

Amarás (agapeseis) a tu prójimo como a ti mismo.

De estos dos mandamientos penden la ley entera y los Profetas’” (Mt 22, 34-40).

 

Contemplación

Un autor de nombre difícil (para nosotros) –Erich Przywara sj-, muy apreciado por Francisco, tiene un tratadito del amor –el ágape- que es de lo mejor que he leído: trata de cómo el Amor es lo único esencial y digno de fe y, también, de cómo nos las arreglamos los hombres para contradecirlo o achicarlo o convertirlo en algo que él no es –solo amor- y, más hondo aun, de cómo el Señor se las arregla para que con todas estas contradicciones y “herejías contra el ágape”, éste Amor suyo siempre triunfe (cumpliendo esa ley misteriosa propia de todo lo de Jesús y que es que el amor se realice invisiblemente bajo la apariencia de su contrario, como sucedió en la Cruz, que parecía que le quitaban todo y en realidad Él se estaba dando entero, por amor).

 

En lo que me quedé enganchado para meditar y contemplar cuando se diera el momento (que es el del evangelio de hoy, en el que los que gestionaban una religión de 613 preceptos, le preguntaron a Jesús cuál era el mandamiento más grande), es en que el padre Przywara dice que, muchas veces, nos quedamos con la visión del AT, en la que se da un doble mandamiento (Amar a Dios directamente, por sí mismo, y al prójimo como a nosotros mismos), cuando “el misterio único y el mandamiento único del ágape nupcial, del amor cristiano, proclamado por el Señor, suprime esa disociación entre Dios, prójimo y nosotros, y sólo sabe de la unión con Dios en el amor de las personas entre sí”.

 

Vamos a profundizar teológicamente en este amor. Sé que a algunos les gusta más cuando cuento las parábolas del Hogar y que hoy estamos cansados de eso que el Papa Francisco llama “una lengua minuciosa y un lenguaje pomposo para decir tantas cosas y no decir nada”. Pero confío en que, como dice Pablo: “el amor no hace mal al prójimo” (Rm 13, 10). Y también en lo que dice Ignacio: que “el amor se debe poner más en las obras que en las palabras” pero como “es comunicación”, hablar de él es esencial.

 

La caridad absoluta de la que habla el NT es “el amor de unos a otros como participación en el Amor de Dios al hombre” (…) Es el único mandamiento, la única ley, lo único que hemos de imitar, la única señal para reconocer a un cristiano. San Juan dice todo esto de modo inequívoco cuando afirma rotundamente que sólo en la caridad mutua permanece Dios en nosotros y nosotros en Él, porque Dios mismo es caridad”.

Y este amor de ágape que trae Jesús tiene un sello “matrimonial”, “nupcial”: es desposamiento, alianza, comunicación íntima de distintos, amor fecundo, que crece como familia, en un ritmo en que se combinan la unión y la distancia, ese espacio tan único de la buena familia que tiene momentos de intimidad exclusiva y momentos de apertura a los demás.

 

Dios no hace otra “alianza” que no sea esta del amor nupcial y la Eucaristía es el memorial y la actualización de este único ágape y alianza, en la que, como una familia, los distintos nos respetamos y amamos, sanamos nuestras heridas y nos perdonamos, nos animamos unos a otros a ser cada uno feliz realizando su carisma al servicio de los demás, sin celos, ni enojos ni impaciencias… Pablo lo expresa en el Himno a la Caridad: “El amor es paciente, es servicial; el amor no es envidioso, no hace alarde, no se envanece, no procede con bajeza, no busca su propio interés, no se irrita, no tiene  en cuenta el mal recibido, no se alegra de la injusticia, sino que se regocija con la verdad. El amor todo lo disculpa, todo lo cree, todo lo espera, todo lo soporta” (1 Cor 13).

 

Este amor, dice Przywara, que el Señor ha donado y que el Espíritu mantiene encendido y fecundo en la Iglesia, sufre persecuciones y herejías internas, dentro de la Iglesia. De última, para entender lo que pasa en la Iglesia, hay que fijar la mirada en este amor nupcial de Jesús crucificado y resucitado y discernir, en nuestras discusiones y problemas, lo que nos aleja de este amor y lo que nos hace poder vivirlo.

 

Lo bajo ahora a la realidad (como en la reunión que hicimos la semana pasada con los huéspedes del Hogar. Tratábamos, a propuesta de ellos, el tema del bien y del mal; si se podía ser bueno estando tan condicionados por la sociedad actual, si era posible ser solidario estando cascoteado… Discurría el diálogo y cobraba altura hasta que uno dijo: “ya que lo tenemos entre nosotros, que hable el padre, a ver si baja esto a la realidad, porque estamos hablando muy en general”. Yo les pregunté si de verdad querían que lo bajara a la vida del Hogar y como dijeron que sí, les dije que “el mal, en el Hogar, era robar a un compañero. Aunque fuera una toalla. Robar en el Hogar era un pecado gravísimo y causaba un daño muy grande, porque dañaba la confianza para descansar en paz a gente que no tenía otro refugio donde estar”. Seguí sacudiendo con todo, diciendo que enojarse o discutir no estaba bien pero era comprensible: un estado de ánimo o cuestión de carácter, pero robar era algo planeado y deliberado y eso era muy malo… Bueno, el excurso es para ir a lo concreto).

 

Tentaciones contra el amor entre nosotros, amor en el que permanece (o perece) el Amor de Dios.

Yo me pregunto: ¿este servicio que presto es gratuito y amoroso de verdad, como los que brindo en mi familia, donde sé que “tendré que lavar los platos toda la vida…” o apenas lo brindo un tiempo ya pongo tantas condiciones y hago tantos reclamos que terminan estando los que quería ayudar al servicio mío?

Esta idea que tengo, ¿me lleva a dialogar con el otro con el deseo de unirme a él o la uso para cerrarme y atacar o apartarme con impaciencia?

Este juicio que hago sobre el otro, ¿es un juicio como los que hago con los de mi familia –misericordioso- o como los que hago sobre los políticos –burlón y despiadado?

 

Como ven, partimos del servicio que realmente brindamos, luego examinamos las ideas y por último los juicios.

Es el orden del amor, que se pone más en las obras que en las palabras (ideas y juicios).

Francisco decía que el Papa tiene la última palabra porque es “el servidor de los servidores” del pueblo fiel. En la Iglesia, el juicio más último lo tiene el que más sirve, no el que más “sabe”. Como en la familia.

 

Algunas herejías contra el amor familiar (cada uno busca la que más lo tienta)

 

La primera es la que Francisco llama “gnóstica”. Hablando en criollo es la de “sobrenaturalizar” tanto el amor que pareciera que el ideal es tratar con Dios directamente de espíritu a espíritu, prescindiendo de todo lo que es “carne y huesos”, situación social, vida cotidiana con el prójimo concreto con el que viajo, trabajo y convivo. Desde que Jesús se encarnó, el Amor ya no se puede desencarnar. Todo lo contrario, su dinámica es la de naturalizarse y cotidianizarse más y más.

 

La segunda forma de herejía interna contra el amor es la de “intelectualizarlo”. Esta herejía tiende a darse en los que defienden la primacía del entendimiento y de la ciencia por sobre el amor. Se ve en los que defienden “definiciones” que terminan siendo trampas para alejar a la gente de la misericordia y del amor incondicional de Dios.

 

La tercera forma de herejía interna contra el amor es la que le otorga la primacía a la obediencia formal, a la disciplina y al orden por el orden mismo. Es una caricatura de la lealtad de amigos y de la fidelidad matrimonial. Se ve en las instituciones de caridad que no ponen en el centro “al que está en situación de pobreza”, buscando lo que le hace bien a él, sino que ponen sus normas y leyes sin revisarlas ni confrontarlas.

 

La cuarta forma es la del “personalismo”. Es como la anterior, pero la obediencia no es a una ley, dogma o institución que se impone desde arriba, sino a una persona o líder carismático, libremente elegido desde abajo. Cada uno elige a los líderes que le caen bien y los obedece incondicionalmente. Con esta actitud se fragmenta necesariamente la unidad familiar de la Iglesia, una, santa y católica.

 

La quinta forma de tentación contra el amor es la colectivista, que elimina todo lo personal y pone el acento en las mayorías, en la gestión de las cosas, en los números, que pasan a ocupar el lugar del ágape.

 

Lo común a estas tentaciones contra el amor (aunque parezcan opuestas entre sí) es que son formas de querer “hacer visible y dominable” ya, totalmente, el amor de Cristo, que requiere la paciencia de la levadura y del grano de trigo que muere para fructificar.

 

Przywara muestra luego, magistralmente, cómo el Espíritu armoniza estas resistencias contra el amor y escribe derecho con líneas torcidas. En el fondo son faltas de fe, renuncias a “esperar” que el amor de fruto.

El espiritualismo es falta de fe en que Dios se ha hecho hombre de carne y huesos y camina con nosotros en nuestra historia.

El intelectualismo es falta de fe en la “locura de la Cruz” que es más sabia que la sabiduría de los intelectuales.

La obediencia formal es falta de fe en el diálogo y en la reciprocidad del amor.

El personalismo es falta de fe en que el amor no es sólo entre amigos sino también entre enemigos y adversarios.

El colectivismo es falta de fe en la fuerza del amor uno a uno, a la oveja perdida. Los números no cuentan por sí mismos.

 

Estas resistencias al amor, propias de cada cultura y de cada tipo humano, han sido vencidas por Cristo. “¿Quién nos separará del amor de Cristo?” Nada ni nadie, dice Pablo.

Tampoco estas “tentaciones bajo especie de bien, disfrazadas de ángel de luz”:

Estas son las “cinco luces que pueden oscurecer el amor”:

la luz del ensimismamiento en dinámicas espiritualistas,

la luz del saber teológico,

la luz de la obediencia institucional,

la luz de la adhesión personal al líder libremente elegido,

la luz de la embriaguez del número y de la gestión.

 

Estas tentaciones contienen también –como las herejías externas- algo de verdad y hay que saber aprovecharla.

Es bueno desear estar “cara a cara” con Dios. Y esta esperanza hay que mantenerla viva animándonos a mirar cara a cara a Jesús en los pobres.

Es verdad que el amor da sabiduría y recta doctrina, y hay que animarse a que no todos acepten la verdad del amor y algunos la consideren “locura”, la locura de la cruz: “no quise saber otra cosa sino a Cristo crucificado”.

Es bueno obedecer la voluntad de Dios tal como la expresa la Iglesia jerárquica, siempre que esa obediencia sea “de corazón”, con libertad de espíritu y no algo formal.

Es verdad que el amor es adhesión a la Persona de Cristo y a las personas que él elige, y este amor personal hay que animarse a vivirlo sin ningún sectarismo.

Es bueno hacer números para que el amor llegue a todo el pueblo de Dios pero sin regodearse en los números como expresión de nuestra buena gestión.

 

Así, vemos que hay algo bueno y verdadero incluso en las “herejías” contra el ágape. Lo que hay que pedir es la gracia de discernir en cada caso y en cada actitud esta “perla” del amor y “saber vender –con buen humor- todo lo demás” o “cerrar un poco los ojos a esas “luces” que, si se absolutizan, enfrían el amor.

Diego Fares sj