Domingo 23 A 2014

El espacio donde está presente Jesús

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Jesús dijo a sus discípulos:

-“Si tu hermano peca contra ti, anda y corrígelo, entre tú y él solos.

Si te escucha, habrás ganado a tu hermano.

Si no te escucha, toma contigo uno o dos más para que ‘el asunto se decida por la declaración de dos o tres testigos’;

y si no los quiere oír, díselo a la Iglesia.

Y si tampoco quiere escuchar a la Iglesia, considéralo como un pagano o publicano.

En verdad les digo, todo cuanto aten en la tierra queda atado en el cielo y cuanto desaten en la tierra será desatado en el cielo.

También les digo: Si dos de ustedes se unen en la tierra para pedir algo, mi Padre que está en el cielo se lo concederá.

Porque donde hay dos o tres reunidos en mi Nombre, Yo estoy presente en medio de ellos” (Mt 18, 15-20).

 

Contemplación

Hay un librito de Martini -¿Qué debemos hacer? Meditaciones sobre San Mateo– que es una joya. De este capítulo, sobre el “actitudes que hacen la Iglesia (y las que la boicotean), se pregunta: ¿Hay indicaciones en las palabras de Jesús para “hacer una comunidad según el evangelio” capaz de vivir la alegría de la fe en medio de un mundo hostil?”(pág. 86).

Y categoriza las actitudes de Mateo 18 como comportamientos prácticos que “hacen la Iglesia”.

La Iglesia, por un lado, “está hecha”, Jesús la fundó y está jerárquicamente organizada en torno al Papa y a los Obispos…, pero por otro lado, siempre “se está haciendo”: el Espíritu Santo la convoca incesantemente en torno a la Eucaristía, renace en cada bautismo, en cada casamiento…

 

Si lo miramos con el Papa Francisco podemos decir que “hacemos la Iglesia” –la comunidad de los convocados (ecclesia)- cada vez que nos “encontramos”, cada vez que gestamos esos encuentros en el Nombre de Jesús que se van haciendo cultura.

Hacemos la Iglesia cuando nuestros gestos de hospitalidad se convierten en Hospederías.

Hacemos la Iglesia cuando nuestros gestos de bondad se convierten en Casas de la Bondad.

Hacemos la Iglesia cuando nuestras oraciones se convierten en Encuentros de Oración y en Eucaristías y cuando nuestras correcciones fraternas se convierten en Encuentros de Formación, para aunar criterios de acción de modo que actuemos iluminados por el evangelio y no por nuestros criterios parciales.

Hacemos la Iglesia cuando nuestra capacidad de diálogo se convierte en “espacios de diálogo”, ordenados en sus tiempos y de acuerdo a las necesidades de cada servicio.

Hacemos la Iglesia cuando nuestra sencillez de corazón, que aquieta y pacifica nuestras ambiciones de poder y nuestra sed de reconocimiento, se convierte en obediencia alegre a las cabezas de la comunidad y en elegir el último, puesto sabiendo que en algún momento el dueño de casa nos hace “ir más arriba” y que “nos pagará según nuestras obras”, siempre todo para gloria de Dios y no nuestra.

 

En este marco grande me quisiera centrar hoy en ese “espacio de Jesús”, como dice Pagola, en el que Él “domina” o “reina”.

Es un espacio que Él necesita para “estar presente”.

Lo creamos “el Espíritu Santo y nosotros” cuando “dos o tres nos reunimos en su Nombre”, cuando dos amigos nos ponemos de acuerdo “para pedir algo al Padre”, cuando en  comunidad “nos jugamos” atando algunas cosas (aquí procedemos de este modo) y desatando otras.

 

Pensaba cuando definimos, sin ningún tipo de concesión, ni de agachadas o alianzas por miedo o conveniencia, que en El Hogar no se tolera ningún tipo de violencia: ni verbal, ni de gestos y maltratos ni mucho menos de agresiones físicas”.

Nos jugamos a que los que están en situación de pobreza tampoco quieren la violencia, ni siquiera la que ellos mismos ejercen cuando están alcoholizados, por ejemplo.

Apostamos a que todos juzgan que es injusto tolerar la violencia y no hacerle frente. Todo ser humano juzga que hay que hacer frente a la violencia: en paz y con cariño, pero con firmeza total.

Eso hizo que el Hogar se fuera pacificando de manera muy notable. Hizo que los episodios de agresividad, que cada tanto se dan –no solo entre comensales y huéspedes sino también entre colaboradores-, desentonen como desentonaría una discusión en una misa.

 

Una herramienta para crear y cuidar este “espacio de Jesús”, donde “Él domina, pacíficamente”, es la corrección fraterna. No dejamos pasar las cosas. A veces nos lleva tiempo y consideración, pero no “miramos para otro lado”. Aunque al que le toca ponerse el sayo, como se dice, patalee en el momento (y cuando es algo en lo que uno habitualmente cae, -en mi caso, suelo impacientarme y herir con ironías, por ejemplo-, patalee siempre). Después uno agradece las correcciones. Por eso tratamos, en el pequeño espacio que nos toca cuidar, que “no se generalice el maltrato y la agresión” como sucede en ámbitos más grandes.

El extremo intolerable a que ha llegado la humanidad son las muertes de inocentes, cuyo grado máximo estamos presenciando en las decapitaciones usadas como mensaje explícitamente verbalizado.

Pero no creamos que está tan lejos de nosotros. Me ha tocado escuchar en ámbitos de iglesia personas que utilizaban la expresión “hay que cortar cabezas” (y las cortaban, no física sino institucionalmente, por supuesto). Pronzato tiene aquel famoso artículo “Los cortadores de cabeza” (en: “La provocación de Dios, Sígueme, 1974), en las que señala “el olfato infalible” de los envidiosos, que “no se molestan por nulidades” sino que ponen el ojo (y el facón) allí donde los demás tienen alguna cualidad linda y buena para el bien común.

Puede venir bien, en estas épocas de decapitaciones públicas, recordar “La leyenda de los cortadores de cabeza”, para “en todo aborrecer “y expulsar este comportamiento, como dice Ignacio, sea donde sea que se de y en el mínimo grado en el que intente consolidarse como comportamiento aceptado socialmente.

 

“Había una vez un grupo esmirriado de individuos que observaban un comportamiento más bien extraño. Se reunían muchas veces y siempre con gusto, charlaban, silbaban, miraban en torno con aire de sospecha (se callaban inmediatamente si entraba uno ajeno), realizaban con cuidado cierto trabajo –siempre el mismo, cambiaba solamente el sujeto, pobrecito, que hacía de conejillo de indias involuntario- y después se separaban muy de prisa, no demasiado satisfechos, simplemente ansiosos por contar pronto con otra persona para “arreglarla” por las buenas.

Lo que les impulsaba a reunirse, con gesto de complicidad, en aquellos conciliábulos, era una enfermedad común en ellos: la alergia a la estatura de los demás. Extraño, pero era así, tal cual.

En definitiva, no podían soportar la grandeza de sus semejantes. Las dotes personales, las buenas cualidades, especialmente si eran un poco destacadas, les molestaban, a veces les enfurecían, se retorcían como locos. Consideraban, en efecto, el valor de una persona como una ofensa personal, un insulto a su pequeñez. Por eso… se habían especializado en ¡zas! cortar las cabezas de aquellos que les exasperaban tanto por su estatura. Y las cabezas sesgadas eran muchas, demasiadas, casi todas. Un botín alucinante, inverosímil.

Identificada esta singular tendencia de los hombrecitos, habían sido bautizados por quien les había sorprendido muchas veces en aquella operación, como “cortadores de cabezas”, y la denominación, acuñada, ha permanecido hasta el día de hoy. Pero ellos no se daban y no se dan cuenta. Al contrario, están convencidos de realizar un provechoso y obligado trabajo de reducción y, sobre todo, de información” (Cfr. Boletín de Espiritualidad 151, 1995, penúltimo publicado por el padre A. Rossi como Director del Boletín y Maestro de Novicios).

Pronzato continúa con “el trabajo de reclutamiento” de los cortadores de cabeza, su ley de “talla cero”, para reducir estaturas y que no se note su petisismo, la pérdida de la sonrisa de los que caen en sus telarañas de chismes (las murmuraciones que tanto critica Francisco como el mal de nuestras comunidades), etc.

Como esta secta jíbara renace cada vez que surge alguien “de talla”, es bueno ponerla en evidencia, no para cortarle la cabeza a ellos, ya que renacen duplicadas como las de la hidra mitológica, sino para invitarlos a “madurar” ya que es verdad lo que dice el dicho, que la envidia nos pone verdes, hace que se pudra el fruto sin haber madurado. No hay motivo para la envidia allí donde Jesús da abundantísimos dones a todos sus hijos, y tampoco hay motivo para cortar cabezas en el reino de Jesús, que no quiebra ni la caña partida y en el trigal del Padre donde ni siquiera se corta la cizaña sino que se cuida el trigo.

La verdad es que no pensaba ir por este lado de los cortadores de cabeza sino por el lado de los que se reúnen en Nombre de Jesús y gestan ese espacio –esa cultura- del encuentro. Pero salió la anti-imagen, la de los que se reúnen a chusmear y gestan el espacio de las cabezas empaladas. Poner las cosas en este contraste terrible, es necesario. Porque si no lo de la cultura del encuentro suena a torta de bizcochuelo y crema chantilly. Hay una cultura de cortar cabezas que está activa en el mundo y si no gestamos la cultura del encuentro a todo nivel y de manera urgente, le estamos haciendo el juego a la otra. La guerra se libra en todos los ámbitos y nosotros, en nuestras pequeñas comunidades, cuando nos damos cuenta de que con nuestra lengua le estamos cortando la cabeza a alguien, tenemos que corregirnos inmediatamente. Cuando Francisco insiste tanto en no “chiacchierar”, en no cotorrear, criticar, murmurar, participar en habladurías…, algunos lo escuchan como si fueran consejos de abuelo para viejas de parroquia. Y es algo mucho más serio. Justamente, los cortadores de cabeza utilizan variados métodos: el brutal de los militantes de ISIS, el silencioso, de todas las operaciones encubiertas de las que ni nos enteramos y otro popular, que se practica casi como un deporte en oficinas, reuniones sociales y encuentros de a dos o tres,  y que se minimiza como un “sacar un poquito el cuero”.

En tiempos de paz y bonanza, puede ser algo inofensivo. En épocas de exclusión y de violencia, todo lo que no une, es criminal, porque los más pobres e indefensos nos necesitan unidos con un solo corazón, sin el menor resquicio de envidia o de resentimiento entre nosotros. Con menos que eso, no le servimos a los pobres, por más que demos limosna o trabajemos en obras de caridad. El que no recapitula en Cristo, decapita.

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