Domingo 21 A 2014

Elegir la elección o “las exigencias de la gratuidad”

 profesion-feliz

 

Al llegar a la región de Cesarea de Filipo, Jesús preguntó a sus discípulos

– ‘Qué dice la gente sobre el Hijo del hombre? Quién dicen que es?’

Ellos respondieron:

-‘Unos dicen que es Juan el Bautista, otros, Elías y otros Jeremías o alguno de los profetas’.

– ‘Y ustedes –les preguntó- ‘¿Quién dicen que soy?’

Tomando la palabra Simón Pedro respondió:

– ‘Tú eres el Cristo, el Hijo del Dios vivo’.

Y Jesús le dijo:

-‘Feliz de ti, Simón, hijo de Jonás, porque esto no te lo ha revelado ni la carne ni la sangre sino mi Padre que está en el cielo.

Y Yo te digo: Tú eres Pedro y sobre esta Piedra edificaré mi Iglesia,

y el poder de la muerte no prevalecerá sobre ella.

Yo te daré las llaves del Reino de los Cielos.

Todo lo que ates en la tierra, quedará atado en el cielo y todo lo que desates en la tierra, quedará desatado en el cielo’

Entonces ordenó severamente a sus discípulos que no dijeran a nadie que él era el Mesías” (Mt 16, 13-20).

 

Contemplación

Podemos comenzar con una pregunta: ¿Por qué Jesús quiere saber quién es él para los demás?

Hay una frase que se repite en el evangelio y que puede ayudarnos a responder esta pregunta. La frase es “muchos son llamados pero pocos elegidos”. En la misa del jueves pasado se me aclaró de la siguiente manera: tanto el llamado como la elección son gracias. Lo que tienen de distinto es que el llamado –la vocación- la hace Jesús; la elección, en cambio, la hacemos juntos. Si a uno lo llaman uno siempre algo responde, pero cuando le dicen que lo han elegido para una misión uno tiene que elegir, no basta con que nos digan “has sido elegido”. Es como esos anuncios que aparecen en internet: Ud. es el ganador de un Ipad. El cartel aparece llamativamente, pero uno no da el click así nomás.

Esto venía a cuento de la parábola de los invitados al banquete: como no vienen los primeros, el Señor llama a los más pobres y estos sí acuden. Hay uno que no se pone el vestido de fiesta y es echado afuera. Parece exagerado ¿no? “Si es un pobre, ¿cómo le van a exigir que se ponga un vestido de fiesta? Aunque sea gratis, los pobres no tienen costumbre de vestirse bien…”.

Ponerse el vestido es señal de que uno elige la elección y se pone a la altura de la fiesta. Todo es gratuito, pero la gratuidad también tiene sus exigencias –paradójicamente-.

Las exigencias de la gratuidad son las de las bienaventuranzas:

hay que elegir andar feliz -con vestido de fiesta- en la pobreza y en las persecuciones. Se elige andar perfumado y no poniendo cara de que uno ayuna. Se elige quiere decir que no es obligación: las bienaventuranzas son consejos, no mandamientos, como siempre nos recordaba el Maestro Fiorito sj.

Cuando escuchamos “felices los pobres porque de ellos es el reino de los cielos, uno puede escuchar: si elijo la pobreza Jesús me promete la felicidad del reino de los cielos. Pero también uno puede escuchar: si elijo la felicidad que tiene la pobreza será mío el reino de los cielos. ¿Qué felicidad tiene la pobreza? Tiene varias, quizás la mayor es que las pobrezas transitorias y comparativas son como un reflejo de la pobreza de fondo que es “no poseer la vida sino estar recibiéndola a cada instante como don”. Sentir esta pobreza existencial nos hace sentir la Mano del Padre que no sostiene y sabe bien lo que necesitamos.

Cuando escuchamos “felices los que lloran porque serán consolados” podemos escuchar: si me banco tener que llorar ahora, Jesús me promete que después me consolará. Pero también podemos escuchar: Si elijo la felicidad de llorar experimentaré la consolación. ¿Qué tiene de felicidad llorar? Cuando uno llora de verdad se da cuenta de que es una gracia poder llorar bien algunas tragedias, algunas desgracias. Sólo cuando uno puede llorar se siente digno de esas situaciones. Cualquier otra expresión no alcanza. Pero llantos hay muchos y no todos son de pena. Ayer en el tren una mamá con HIV pedía cinco centavitos para darles la leche a sus dos hijitos. El más grande la ayudaba a repartir tarjetitas y Benicio, el más pequeño lloraba y quería estar en brazos. Le di una limosna grande arrugando el billete para que no se viera y ella lo recibió sin mirar y dio dos pasos con su hijo en brazos. Entonces miró el billete y giró la cabeza con mucho ímpetu y una sonrisa de la que comenzó a brotar una lágrima y me hizo saltar una lágrima a mí. Siguió dos pasos más y me miró de nuevo y lloramos juntos un breve instante sin que nadie más se diera cuenta. Se me desdibuja la cara y me queda la imagen de conjunto de mamá gorda con sus hijitos algo desarrapados, pero la lágrima que nos brotó al unísono no se me olvidará más. Y elijo esa felicidad de llorar de consolación junto con otro.

 

La elección es de la alegría de llorar con Cristo que llora. Se nos brinda la oportunidad de elegir la alegría de la pobreza con Cristo pobre. Uno no elige las humillaciones y la pobreza por sí mismas, sino que elige andar en ellas como Jesús anduvo: sin perder la paz ni la alegría.

Es lo de Hurtado: contento, Señor contento. No conmigo mismo ni con las situaciones conflictivas y duras de la vida. Contento con Vos, aceptando lo que venga vestido de fiesta.

 

La pregunta del Señor a los discípulos apunta a consolidar el llamado mediante la confesión de fe. Creer en alguien, adherirse a su persona y confiar es elegirlo.

Y sobre esa elección trabaja el Señor.

Cuando Simón Pedro confiesa: “Tú eres el Cristo, el Hijo el Dios Vivo”, el Señor lo reviste no sólo con el ministerio petrino, sino con la felicidad del ministrio petrino: Feliz de ti, Simón! Y le da la alegría de tener las llaves del Reino y el gozo de poder atar y desatar, es decir, la alegría de resolver todos los conflictos en el Amor de Cristo y de aunar todo lo bueno en ese mismo Amor.

 

A lo que voy es a que el Señor trabaja en dos tiempos –el del llamado, atrayendo con su Palabra y su Bondad, y el de la elección, invitándonos a participar libremente, eligiendo “apacentar a sus ovejas como las apacienta él” e “imitando su estilo de vida, de oración y de servicio”.

Para este segundo tiempo –el de la elección- el Señor necesita definiciones precisas: quién soy Yo para vos. Esto es algo muy humano. Cuando uno quiere dar un paso más en una relación, se impone definir claramente si la pareja va a convertirse en un matrimonio, si una tarea se va a convertir en una relación laboral…, y también si una ayuda voluntaria se va a institucionalizar. El bien es siempre concreto –si no no es bien- y necesita concretarse, definirse, limitarse…, para poder crecer y expandirse.

 

Quién decís que soy yo. El Cristo, el Hijo del Dios vivo. Y vos sos Pedro para mí y para tus hermanos.

Todos somos “piedra” en Pedro: podemos convertirnos en alegres cimientos para sostener la construcción común o en patéticos elementos arrojadizos para herir a los demás.

Todos tenemos nuestra “llave del reino” en Pedro: podemos ser alegres abridores de puertas y caminos para incluir a todos o gruñones cerradores de puertas en lo que vendría a ser nuestro espacio privado de control.

Todos somos cuerdas en Pedro: podemos ser alegres desatanudos como la Virgen y alegres anudadores de buenas alianzas o tristes enmarañadores de situaciones y distraídos que dejan pasar oportunidades.

Cada uno elige la elección, y esto cada día, porque las dos puntas son libres. La del Señor es inamovible, su alianza es fiel. La nuestra la tenemos que ir renovando con su gracia cada día.

…………..

En El Hogar estamos haciendo jornadas por áreas en las que reflexionamos acerca de nuestra misión: cómo fue que vinimos al Hogar y por qué seguimos, si conocemos bien cuál es la misión del Hogar y si sentimos que nuestra pequeña tarea contribuye al programa integral…

Me encantó oír cómo todos respondimos que habíamos llegado “llamados por otro” y que “seguíamos eligiendo venir cada día”. Salió muy espontáneo y ahora que lo reflexiono veo la profundidad que tiene, y cómo el evangelio es real en nuestro presente. Como que en la misión es muy claro que uno es llamado y luego tiene que elegir cada vez y  también que da gusto reelegir lo que se ama.

 

En la pregunta sobre si conocemos la misión, en general todos respondimos que sí y alguno dijo que las definiciones no alcanzan. Lo cual es verdad, agrego yo, si uno mira al futuro y a todo lo que se puede hacer, pero es importante tener bien definida la misión para que desde allí se aclaren perfectamente los roles y se puedan “anudar” las distintas capacidades de cada uno y “desatar” los conflictos.

 

En nuestra definición decimos que “La misión que se ha propuesto el Hogar consiste en acoger a hombres mayores de edad que se hallan en situación de calle o en extrema pobreza contribuyendo a satisfacer algunas de sus necesidades de supervivencia mientras se les brinda la oportunidad de participar en experiencias de crecimiento humano orientadas hacia su promoción social”.

 

Como ven, las tres cosas son importantes: Acoger, contribuir a satisfacer algunas necesidades, brindar la oportunidad de participar. Este última va en la línea de elegir la elección y de tratar al otro como un par: él tiene que ponerse el vestido de fiesta (de la amabilidad y las ganas de participar), él tiene que decir “quiénes somos para él, en qué le hacemos bien y en qué le hacemos mal” (cuando con nuestras acciones no los ayudamos a asumir su responsabilidad).

 

Así como en lo médico uno, por más que sea pobre, no se resigna a un diagnóstico apurado ni considera burocrático todo el tiempo que lleva hacerse los análisis para tener bien definidos los números que indican su estado de salud real antes de iniciar un tratamiento, de la misma manera, en lo social, se requiere un diagnóstico preciso tanto de la situación de las personas como de lo que una institución debe y puede brindar bien. Una cosa es dar limosna en la calle y otra en un Hogar que, si quiere ser para todos, tiene que ser justo, lo cual implica definir bien la misión. Y la misión tiene dos voces: quién soy yo para vos y quién sos vos para mí. Eso sí, el “yo” de los misionados es un “yo comunitario”, institucional, eclesial, no un yo individualista. No tienen sentido las posiciones individualistas en una institución. Por eso lo de la elección. No es que uno piense siempre lo mismo, es más, es bueno que haya diferentes miradas. Pero a la hora de salir uno elige la posición común, la defiende y la sostiene, mientras la va trabajando internamente.

 

Diego Fares sj

 

 

 

 

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