Domingo 17 A 2014

Vendiendo todo lo que tengo

 

Jesús dijo a la multitud:

– Con el Reino de los cielos sucede como con un tesoro escondido en el campo que un hombre al encontrarlo lo esconde y por la alegría que le da va y vende todas las cosas que tiene y compra aquel campo.

Con el Reino de los cielos sucede también como con un hombre de negocios que anda buscando perlas preciosas. Al encontrar una de muchísimo valor se fue a vender todo lo que tenía y la compró.

También, así sucede con la llegada del Reino de los cielos, a saber, como cuando se echa una red al mar y junta todo género de peces; entonces, cuando la red está llena, los pescadores la sacan a la orilla y, sentándose, recogen los peces buenos en canastas y arrojan afuera los malos. Así sucederá al fin del mundo: vendrán los ángeles y separarán a los malos de entre los justos, para arrojarlos en el horno ardiente. Allí habrá llanto y rechinar de dientes.

– ¿Comprendieron todo esto?

– Sí -, le respondieron.

Entonces agregó:

– Así todo escriba que se ha convertido en discípulo del Reino de los Cielos es como un padre de familia que extrae de su tesoro cosas nuevas y cosas antiguas. (Mt 13, 44-52).

 

Contemplación

Estoy dudando, al escribir la contemplación, si darle más lugar a una experiencia personal o a un dato exegético. Lo personal es que sintonicé enseguida con lo de vender todo lo que tengo por la alegría que dan el tesoro y la perla. El dato que me llamó la atención es que toda la parábola del Tesoro está “contenida” en un solo versículo (Mt 13, 44).

Ahora que le di cabida a las dos cosas y no me quedé dudando, me ilumina la última parábola, la del discípulo del reino de los cielos que es como un padre de familia que saca de su tesoro cosas “de la vida” y “de la Palabra”. Francisco dice que debemos ser “contemplativos de la Palabra y contemplativos del pueblo” (EG 154), tener una mirada contemplativa que “descubra al Dios que habita en los hogares, en las calles…” (EG 71).

 

Intuitivamente me focalizo ahora en la “alegría”. Creo que Jesús, con esta parábola, quiere centrar nuestra mirada interior en este tesoro escondido que es la alegría. Como dice la canción:

Oh Jesús de dulcísima memoria,

que nos das la alegría verdadera,

más que miel y que toda otra cosa

nos infunde dulzura tu presencia.

….

La alegría es una de las “emociones básicas”. Es respuesta a la presencia de un bien que se nos dona.

Humanamente, como los bienes tienen distinta validez, distinta duración –algunos son intensos pero efímeros, por ejemplo- y podemos engañarnos, como cuando festejamos un gol que no entró y la alegría que brotó incontenible se desinfla irremediablemente, tendemos si no a sospechar de la alegría al menos a ponerla un poco entre paréntesis. Por eso quizás es tan fuerte la tendencia a sobrevalorar los resultados: un resultado favorable nos permite alegrarnos una y otra vez sin temor a que cambie. Si ganamos, ganamos. Detrás del número ganador lo que se esconde es “una alegría que nadie nos puede quitar”. Es en un ámbito de la vida, el del juego, pero es “absoluta”. Y en el fondo es como una parábola de lo que anhela nuestro corazón: la alegría de un bien que nadie nos pueda quitar.

 

Pues bien, eso es precisamente lo que promete Jesús. Ni más ni menos. El cristianismo o es una alegría que nada ni nadie nos puede quitar o no es nada.

 

A despertar este deseo, que a veces ponemos entre paréntesis por miedo a ser defraudados, tienden las parábolas del tesoro y de la perla. Jesús apela a dos  experiencias de alegría suma, propias de su tiempo y nos dice que es con esas alegrías con las que hay que comparar el reino de los cielos.

 

La fantasía popular de aquel entonces iba por este lado: los sueños de los campesinos que araban campos ajenos iban por el lado de encontrar un tesoro escondido; los sueños de los trabajadores más independientes, iban por el lado de encontrar una perla fina.

Hoy en día ¿cuáles serían las alegrías con las que podríamos comparar el reino de los cielos?

Yo comparto la mía y que cada uno busque la suya, porque de eso se trata.

 

Mis alegrías tienen que ver con la misión. A los 21 años dejé todo lo que tenía, que más que cosas (en realidad las cosas que tenía no eran más que algunos libros, ropa y una bici, que me robaron la semana antes de entrar al noviciado), eran sueños y posibilidades y me puse a disposición de la Compañía de Jesús que me fue dando distintas misiones. Mi experiencia de ser misionado tuvo mucho que ver con el hoy Papa Francisco. Más que mucho, tuvo todo que ver, ya que fue él el que me admitió en el Noviciado un día de feria, el que me concedió los votos “hasta la muerte”, me misionó al Ecuador como maestrillo, dándome total libertad de confrontarme con otros modos de pensar en la Compañía, y luego me trajo de vuelta a trabajar en la formación de los jesuitas. El fue el que me envió a los barrios de Guadalupe y Sumampa, con los sacerdotes que estaban en la religiosidad popular, el que me enseñó a dar Ejercicios y me animó a pedir las órdenes, el que me compartió su gusto por von Balthasar, cuya obra estudié para  hacer el doctorado, el que me animó a escribir, me apoyó siempre en el trabajo en El Hogar, me invitó a Aparecida y hasta me dio permiso especial, como Arzobispo, para la pastoral con los chinos.

Todas estas misiones han sido y son para mí motivo de profunda alegría y fecundidad espiritual. Por eso, cuando nuestro padre General me mandó preguntar si estaba disponible para trabajar en Roma, cerca de Francisco, la alegría que me vino y el comenzar inmediatamente a “venderlo todo”, fue una y la misma cosa. El que ve de afuera, quizás ve un gran cambio. Desde adentro, es la profundización de la única misión que he recibido en la Compañía a lo largo de toda mi vida. ¡Es como haber andado trabajando toda la vida con Jorge Bergoglio y de golpe dar Francisco!

 

De entre todos los bienes que existen en esta tierra, el mayor de todos y que da alegría más intensa y duradera, es el de poder comunicar a otro un bien que uno tiene: enseñar a otro a dar ejercicios es fuente de más alegría que sólo darlos, si es que se puede hablar de más y menos en lo que ya de por sí es una alegría plena. En este sentido, misionar a otro, encontrarle el lugar donde Dios lo bendice más y donde puede hacer mayor bien a la gente, especialmente a los pequeñitos y más necesitados, es una gracia muy grande en la Iglesia. Encontrar al que te puede misionar, junto con otros, es un tesoro. Los que descubrimos temprano esta gracia en Francisco, no sólo hemos encontrado nuestra tarea en el mundo sino que nos hemos hecho amigos para siempre, con él y entre nosotros. Y esta alegría es expansiva, incluye a mucha gente que la percibe y que se suma y encuentra en esta misión compartida una fuente de alegría profunda y verdadera.

Hoy, la iglesia entera, y muchísimos hombres y mujeres de buena voluntad, como se dice, quieren gozar de “sentirse pastoreados –misionados- por Francisco”, porque intuyen y saben que cuando hay un buen pastor es Jesús mismo el que pastorea y misiona.

Bueno esto es lo que quería compartir hoy: que el tesoro y la perla es “encontrar quién nos misione”.

El hilo conductor hay que agarrarlo, cada uno, por la punta del ovillo de sus alegrías verdaderas, de aquello que ha andado buscando y con lo que ha soñado desde chico, toda la vida. Cuando uno le encuentra la punta del ovillo a la misión, la vida se vuelve como un solo versículo en cuyo centro está, simplemente, la alegría de Jesús con su dulcísima presencia.

alegría

 

Diego Fares sj

 

 

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