Pascua 6 A 2014

 

El Otro Ayudante

 ayuda

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos:

«Si me aman, guardarán mis mandamientos. Yo le pediré al Padre que les dé otro Ayudante que esté siempre con ustedes, el Espíritu de la verdad. El mundo no puede recibirlo, porque no lo ve ni lo conoce; ustedes, en cambio, lo conocen, porque vive con ustedes y está con ustedes. No los dejaré huérfanos, volveré. Dentro de poco el mundo no me verá, pero ustedes me verán y vivirán, porque yo sigo viviendo. Entonces sabrán que yo estoy con mi Padre, y ustedes conmigo y yo con ustedes. El que acepta mis mandamientos y los guarda, ése me ama; al que me ama lo amará mi Padre, y yo también lo amare y me revelaré a él.»

 

Contemplación

¡Jesús nos promete otro Ayudante! Me gustó esta palabra que no había visto sustantivada antes para nombrar el Espíritu.  Es que “Paráclito” es alguien a quien se “lo llama para que venga en ayuda”, un “pará-kletos”, un “ad–vocatus”, un llamado para que esté junto a uno. Las connotaciones legales que tiene la palabra “a-bogado” tienen su importancia. Porque de última la relación con los demás tiene que ver con la ley, con lo que se debe y no se debe hacer, con lo que está bien y lo que está mal. El Espíritu es el Abogado de una sola ley: la del Amor de Jesús, nuestro Buen Pastor y Amigo incondicional, la del Amor de nuestro Padre, que no se cansa de perdonar a sus hijos. En esta tarea tan hermosa es en la que necesitamos a ese Ayudante que es el Espíritu. Con su vida y su muerte por nosotros, Jesús nos ha mostrado que “Dios es Amor” y sólo amor y que todas sus otras “propiedades”, por decirlo así, son expresiones de ese Amor (Von Balthasar). El Espíritu es que nos ayuda a “traducir” todo lo que dice el Evangelio para comprenderlo como un lenguaje de amor. Y necesitamos un Ayudante que esté a la misma altura que Jesús y el Padre, porque si no, no logramos “entender” bien.

Qué quiero decir. Quiero decir que nuestros esquemas mentales funcionan con otros paradigmas –el del deber, el de la conveniencia, el del individualismo, el de la tecnología…- que no son los del Amor.

Por ejemplo, si tomamos aisladamente la primera frase de Jesús, cuando dice: “si me aman guardarán mis mandamientos”, puede ser que la entendamos como una advertencia, como una condición que termina siendo resulta expulsiva: “Si me amaras, guardarías (cumplirías mejor) mis mandamientos”.

Interiormente puede ser que nuestro esquema mental lea ese “si…” condicional de modo tal que resuene negativamente: “Como no cumplo del todo tus mandamientos, Señor, está claro que te amo poco. Esto ya lo sé”. Escuchamos en clave de “deber”, de intercambio comercial: “me das para que te dé”, “me das si…”.

Leamos la frase siguiente: “Yo le pediré al Padre que les dé otro Defensor, que esté siempre con ustedes, el Espíritu de la verdad”.

¿Por qué agregaría Jesús esto de un Defensor, de un Abogado, sino porque ya sabe que para guardar sus mandamientos necesitamos ayuda? Y si a ese ayudante le llama “Defensor”, es porque sabe que somos atacados, que el “acusador” nos culpa y nos trata de hacer sentir que “no guardamos sus mandamientos”, que “no somos merecedores de un amor así”, que “nunca podremos cumplir perfectamente todo”…

Jesús dice que “le pedirá al Padre que nos dé al Defensor, al Paráclito, el que se nos pone al lado y defiende en nosotros nuestra actitud ante el amor. Esta frase – “le rogaré al Padre”- suena como un “yo los comprendo, sé lo que les pasa, lo que sienten”. Y como lo sé, se lo puedo…, no diría “traducir” a mi Padre, porque el Padre conoce todo, pero sí “insistir” o “interceder”.

Pereciera que Jesús no sólo nos ayuda a nosotros sino que le ayuda al Padre!

Pero ¿para qué interceder si el Padre ya lo sabe?

¿Para qué le dice un padre su hijito que le va a pedir a la mamá para que le dé un permiso si se lo puede dar él o ya sabe que la madre se lo va a dar?

Son cosas que hace el amor, que suma personas a una misma decisión, al revés que en el trabajo, en el que vale más la economía de fuerzas y que cada uno haga lo suyo. En el amor es mejor cuando dos o tres hacen lo mismo, dicen lo mismo, preguntan varias veces, van y vienen…

Este diálogo de Jesús tiene el mismo tono que el de ese niño sirio que le dijo a su médico: cuando muera le voy a contar todo a Dios. Ese Niño es Jesús, el que le cuenta todo al Padre.

Fíjense cómo estamos en un esquema mental totalmente distinto a los que solemos usar. En los esquemas del Amor, la ayuda no es meramente funcional o signo de “carencias”. Jesús le ayuda al Padre “intercediendo” así como nos ayuda a nosotros “mandándonos”. El amor ayuda también sin necesidad, aunque el otro pueda hacerlo solo. El amor ayuda por el gusto de ayudar, como expresión del querer estar con el otro, compartiendo su tarea…

Es otro esquema. Y necesitamos mucha ayuda, es más Un Ayudante personalizado para este tema.

Leamos ahora la tercera frase, que dice: “El mundo no puede recibir a este Ayudante, porque no lo ve ni lo conoce; ustedes, en cambio, lo conocen, porque vive con ustedes y está con ustedes”.

¿Cómo es esto de que ya lo conocemos y de que ya vive y está con nosotros? Se trata de Alguien que, por lo que parece, sólo lo puede recibir alguien para el que ya es Familiar. Es que somos como los niños, pequeños, que no se dejan ayudar por cualquiera, ¿vieron?

Esto es muy lindo, es una característica del Espíritu Santo: cuando viene, viene como uno que estuvo siempre, como un viejo amigo, no como Alguien con el que hay que comenzar a hacer entrevistas a ver si cuajamos. Un amigo me decía ayer algo así como que el Espíritu “sobrevuela los tiempos”: viene del futuro, pero como el que estuvo desde siempre; se hace presente como el que, siendo conocido, se muestra sorprendentemente renovado; se lo recuerda como a esas personas que están tan mimetizadas con su misión que “no las vemos” pero cuando las vemos, caemos en la cuenta de que siempre estuvieron.

La siguiente frase de Jesús, nuestro Primer Ayudante, es como si adivinara nuestros sentimientos más íntimos: “no los dejo huérfanos”. Nosotros pensamos que está todo bien pero que el Señor se fue y experimentamos la orfandad. Pues bien, en el Espíritu no hay orfandad: Jesús y el Padre habitan en nosotros y nos hacen experimentar su amor.

De nuevo insiste el Señor con lo de cumplir sus mandamientos. Pero ahora, con la Ayuda del Espíritu, nos suena distinto: son todos mandamientos que expresan, trascendentalmente, al único mandamiento de permanecer en su amor.

¿Cómo se permanece en el amor?

Amando, por supuesto. Pero antes, dejándonos ayudar.

Pero escuchemos bien, no dejándonos ayudar para hacer después las cosas solos de una buena vez (esquema mental errado), sino recibiendo al Ayudante en nuestra vida como Alguien que “estará con nosotros de modo permanente”. Y, mejor aún, si con esto de que el Espíritu sobrevuela los tiempos, cayendo en la cuenta de que lo poco o mucho que se de Jesús y que practico ha sido todo (todo) gracias a su ayuda.

Permanecer en el amor de Jesús y del Padre es ingeniarnos para dejarnos ayudar a ser amados y a amar en toda situación.

Permanecer en el amor es dejarnos ayudar como el ciego Bartimeo, y gritar fuerte cuando intuimos, en nuestra ceguera, que Jesús pasa… La gente lo chistaba para que se callara, pero Alguien le dijo “ánimo, levántate, Él te llama”. Ese es el Ayudante que tiene sus “asistentes”, la gente “de buen espíritu”.

Permanecer en el amor es dejarnos ayudar como la hemorroisa y animarnos a seguir una corazonada, la de tocar aunque más no sea la orla del manto de Jesús. Las corazonadas son ayudas del Ayudante. ¡De quién si no!

 

Permanecer en el amor es dejarnos ayudar como Zaqueo, fiándonos de ese poder de cálculo tan especial de un prestamista, que lo lleva a primerear, a subirse a la morera en el lugar justo y a tener las cuentas hechas para devolver y repartir sus bienes. Los cálculos del amor son ayudas del Ayudante: hacen que las cuentas cierren milagrosamente.

Permanecer en el amor es dejarnos ayudar como Simón Pedro, aguantando la vergüenza de haber sido tan flojos y traidores y no escaparnos cuando Jesús se toma tiempo y nos interroga prolijamente insistiendo en querer saber cuánto y cómo lo amamos y si de verdad somos sus amigos. El saber ponerse colorado por no escaparle al amor es ayuda del Ayudante y nos pone de tan buen humor!

Permanecer en el amor es dejarnos ayudar para poder cumplir sus mandamientos de cuidar a los pequeñitos, de no escandalizarlos, de servirles agua, alimento, de darles ropa limpia, techo y cariño. El Ayudante que nos dejó Jesús se muestra especialmente eficaz y cariñoso en esta tarea y el signo (escuchemos bien los colaboradores y voluntarios de las obras de caridad) el signo de que uno cuenta con la ayuda del Ayudante es que se deja ayudar y coordinar junto con los demás, porque “el Espíritu todo lo coordina para el bien común”.

“Ciertamente, hay diversidad de dones, pero todos proceden del mismo Espíritu. Hay diversidad de ministerios, pero un solo Señor. Hay diversidad de actividades, pero es el mismo Dios el que realiza todo en todos. En cada uno, el Espíritu se manifiesta para el bien común” (1 Cor 12, 4-7).

Permanecer en el amor es dejarse ayudar para poder adorar al Padre en Espíritu y en Verdad. Sin el Ayudante no podemos rezar. Él es el que nos hace gemir y decir Abba Padre y Jesús ten piedad de mí, pecador.

Permanecer en el amor es no entristecer al Ayudante: dejá que te defienda Él, no te defiendas solo; dejá que te conduzca, no te apures ni te cortes solo, dejá que te consuele, pedicelo, es una gracia, dejá que te enseñe.

Permanecer en el amor es dejarnos ayudar por la primera Ayudante del Espíritu, nuestra Señora. Ella es el testimonio patente de la ayuda del Espíritu a los pequeñitos del pueblo fiel de Dios.

Diego Fares sj