Pascua 5 A 2014

“Le voy a contar todo a Dios”

 niño sirio

 

Jesús dijo a sus discípulos:

«No se agite su corazón. ¿Ustedes creen en Dios?, crean también en Mí. En la Casa de mi Padre hay muchas moradas; de no ser así, se lo habría dicho, porque voy a prepararles un lugar. Y cuando haya ido y les haya preparado un lugar, volveré otra vez para llevarlos conmigo, a fin de que donde yo esté, estén también ustedes. Y a donde Yo voy ya saben el camino.»

Tomás le dijo:

– «Señor, no sabemos adónde vas. ¿Cómo vamos a saber el camino?»

Jesús le respondió:

– «Yo soy el Camino, la Verdad y la Vida. Nadie va al Padre, sino por mí. Si ustedes me conocen (comprenden), conocerán (comprenderán) también a mi Padre. Ya desde ahora lo conocen y lo han visto.»

Felipe le dijo:

– «Señor, muéstranos al Padre y eso nos basta.»

Jesús le respondió:

– «Felipe, hace tanto tiempo que estoy con ustedes y toda­vía no me conocen (no comprenden quién soy). El que me ha visto, ha visto al Padre. ¿Cómo dices: «Muéstranos al Padre»? ¿No crees que yo estoy en el Padre y que el Padre está en mí? Las palabras que digo no son mías: el Padre que habita en mí es el que hace las obras. Créanme: yo estoy en el Padre y el Padre está en mí. Créanlo, al menos, por las obras. Les aseguro que el que cree en mí hará también las obras que yo hago, y aún mayores, porque yo me voy al Padre» (Juan 14, 1-12).

 

Contemplación

La foto del niño sirio es de agosto de 2012. La usaron en diciembre de 2013 para ilustrar la frase de un niño de 3 años (el de la foto es más grande) que dijo antes de morir “le voy a contar todo a Dios”. En estos días la noticia se hizo más “viral” como dicen y se expandió en internet. Me la contó la hermana Juliana, que se había quedado todo el día repitiendo interiormente la frase: cuando muera le contaré todo a Dios.

Me conmovió mucho a mí también y la compartí con mis alumnos, reflexionando que si un niño le cuenta todo a Dios no podremos salir indemnes ninguno de los adultos, no sólo los que hacen la guerra. También reflexionaba que un inocente que sufre sabe todo sobre la vida aunque no tenga muchas palabras.

 

Hoy quería meditar con esta frase del niño, ya que Jesús dice: “No se agite su corazón. ¿Ustedes creen en Dios?, crean también en Mí. En la Casa de mi Padre hay muchas moradas; de no ser así, se lo habría dicho, porque voy a prepararles un lugar. Y cuando haya ido y les haya preparado un lugar, volveré otra vez para llevarlos conmigo, a fin de que donde yo esté, estén también ustedes”.

Pensaba en este niño y en su confianza de tener un lugar seguro en la Casa de Dios y también de contar con Alguien a quien poder contarle todo eso que parece que no tiene testigos ni oídos.

 

Al buscar en internet me desilusionó un poco ver que las noticias se mezclan y se construyen. Que algo que lleva varios meses se presenta como si fuera de hace unos días y que se usen fotos de hace dos años para ilustrar la frase. Es como si alguna gente armara noticias para tocar nuestra sensibilidad. Muchos notamos que la foto del niño no correspondía a uno de tres añitos. Tampoco parece estar muriendo…

Sin embargo, si uno lo piensa bien, es peor que la foto sea de hace dos años y medio. Es peor que se puedan encontrar cientos de fotos de niños que sufren la guerra para ilustrar una frase que alguien dijo.

Si la dijo un niño realmente antes de morir o la pensó alguien que lo cuidaba en el fondo es lo mismo. Porque hay cosas que los niños dicen sin palabas y que hay que saber escuchar. Y si no las escuchamos, ellos se la dirán a Dios, se la dicen a Dios.

 

Esto es quizás lo importante: que de golpe, esa frase se haya hecho escuchar y que alguien haya necesitado ponerle imagen. Y lo terrible es que haya encontrado imágenes y haya podido elegir.

El que ha estado junto a niños en la cama de un hospital sabe que los niños dicen cosas como esa, preguntan si es verdad que van a ir al cielo y si Dios los escucha, cuentan lo que le dicen y expresan sus dudas. Cuando encuentran una buena palabra, una que les da esperanza, enseguida la guardan y la usan para rezar. Y después, cuando les viene una duda o una palabra fea, pelean con ella y tratan de expresar su desasosiego (estoy describiendo a Lucianita).

Por eso me impresionan las frases de Jesús: que creamos en Él y no nos inquietemos en nuestro corazón, y la imagen tan concreta de que nos va a preparar un lugar en la Casa del Padre, que tiene muchas habitaciones.

 

Es una imagen como para niños ¿no? y es una especie de respuesta anticipada a lo de “voy a ir a contarle todo a Dios”. La imagen que tiene el niño sirio (en una noticia salió que era una niña) es la de volver a casa a contarle a su papá lo que le hicieron, que le explotó una bomba y lo hirió y lo llevaron al hospital…

 

Francisco dijo hace poco que el mundo le parece como un hospital de campaña. La frase de este niño sirio, del que no sabemos el nombre, le pone rostro y palabras a ese Hospital. Y nos hace sentir que, como ese niño, uno lo que quiere es “salir del hospital para ir a casa, a su habitación” y “allí poder contarle todo al Papá”.

 

Hago memoria ahora de algunos de mis niños, a los que tuve el privilegio infinito de poder acompañar en su enfermedad y en su muerte. Recuerdo al primero, a Jorgito, nuestro mejor alumno de catecismo en el barrio el Sol, en mi época de noviciado, que resbaló del tren y murió en la estación, en brazos de su catequista, que me contó que no sabía que decirle pero que él estaba tan en paz que rezaron juntos un padrenuestro. Recuerdo a Dieguito, que tenía cáncer en una pierna, cómo me pedía que le leyera el evangelio en el patio de atrás de su casa, en Sumampa. Recuerdo que una tarde abrí el evangelio al azar y salió el pasaje del paralítico al que Jesús le dice: “levántate y camina”. Yo no sabía qué decirle y le pedí que me dijera qué sentía él y no me dijo nada, pero al otro día, en la fiesta del Señor de Mailín, lo vi entrar sin ayuda, con sus muletas, en medio de la iglesia atestada de peregrinos, para ir a tomar gracia de la Cruz del Señor y después caer rendido para ser internado y morir en el hospital poco tiempo después. Recuerdo a Lucianita, nuestras charlas teológicas en el hospital de niños. Me queda la impresión profunda de cómo tenía que elegir cuidadosamente las palabras más verdaderas cuando me preguntaba del cielo y del infierno, cómo escuchaba atentamente lo que le decía y le daba espacio en su corazón, lo guardaba y lo daba vueltas y volvía a pedir una aclaración, hasta que se quedaba con lo que sentía que le hacía bien, expresando que luego le venían dudas y pensamientos feos. Me quedan las lindas sonrisas que me regalaba y que rezaba por mí. Recuerdo a Iñaki, cuando se intoxicó, con qué devoción pedía el “aceitito de San José” que le llevé, cómo rezaba con su mamá y la alegría de volver a su casa que quiso expresar personalmente saludando a cuanto médico y enfermera iba encontrando por el camino, en una salida que se hizo dichosamente larga (me lo contaron pero es como si viera las caras de los médicos y de las enfermeras al escuchar ese “me voy a mi casita…!”).

 

La imagen del hospital de campaña del que añoramos salir para ir a nuestra casita es una imagen primordial. Jesús se sitúa a ese nivel de nuestros deseos más profundos para anunciarnos su buena noticia, la alegría de que él nos tiene preparado un lugar. Nosotros tratamos de anunciar esta alegría del evangelio con nuestros hogares y nuestras casas de la bondad. Son como sucursales de los cuartos del cielo.

 

Cuando subo por las escaleras del Hogar y voy viendo las piezas, muchas veces miro por la ventana o entro, si está abierta alguna porque Mary anda limpiando, y bendigo las camas vacías y los sueños de los nuestros.

No me gusta mucho “imaginarme” el cielo. Las imágenes terminan por desilusionarme un poco o se vuelven medio ingenuas. Prefiero lo de Pablo: prepararme para ver algo que “ningún ojo vio” y que Dios tiene preparado como sorpresa para los que ama. Pero si hay un lugar en este planeta donde se puede intuir algo de cómo puede ser el cielo es en una de esas piezas bendecidas mientras una voluntaria prepara las camas para los que ingresan, allí donde pasaron la noche los que no tienen pieza en esta ciudad y soñaron que le contaban tantas cosas a Dios. Ningún lugar mejor para pescar esos sueños profundos que el confort hace que muchos no soñemos y que los que no tienen casa sueñan intensamente: sueños de ir a nuestra casita del cielo a contarle todo a ese Dios nuestro que ve y escucha todo lo que ya desde ahora le contamos en el secreto de nuestro corazón.

 

Diego Fares sj

 

 

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