Cuaresma 5 A 2014

Las tardanzas del Señor

 

Había un hombre enfermo, Lázaro de Betania, del pueblo de María y de su her­mana Marta. María era la misma que había ungido con perfume al Señor y enjugado sus pies con sus cabellos. Su hermano Lázaro era el que estaba enfermo. Las herma­nas enviaron a decir a Jesús: «Señor, el que amas, está enfermo.» Al oír aquella frase, Jesús dijo:

«Esta enfermedad no es mortal; es para gloria de Dios,

para que el Hijo de Dios sea glorificado por ella.»

Jesús amaba con predilección a Marta, a su hermana y a Lázaro. Sin embargo, cuando oyó que este se encontraba enfermo, se quedó dos días más en el lugar donde estaban.

 

Después les dijo a sus discípulos: «Volvamos a Judea.» Ellos le dijeron: «Maestro, hace poco los judíos querían apedrearte, ¿y quieres volver allá?»  Jesús les respondió: «¿Acaso no son doce la horas del día? El que camina de día no tropieza, porque ve la luz de este mundo; en cambio, el que camina de noche tropieza, porque la luz no está en él.» Después agregó: «Nuestro amigo Lázaro duerme, pero yo voy a despertarlo.» Le dijeron: «Señor, si duerme, se curará.» Ellos pensaban que hablaba del sueño, pero Jesús se refería a la muerte. Entonces les dijo abiertamente: «Lázaro ha muerto, y me alegro por ustedes de no haber estado allí, a fin de que crean. Vayamos a verlo.» Entonces, Tomás, el Mellizo, como le apodaban, les dijo a los otros “Vayamos también nosotros a morir con él.»

 

Cuando Jesús llegó, se encontró con que Lázaro estaba sepultado desde hacía cuatro días. Betania quedaba de Jerusalén sólo a unos tres kilómetros y muchos judíos habían venido a consolar a Marta y a María, por la muerte de su hermano.

Al enterarse Marta de que Jesús llegaba, salió a su encuentro, mientras María permanecía en la casa. Al verlo le dijo: «Señor, si hubieras estado aquí, mi hermano no habría muerto. Pero yo sé que aún ahora, Dios te concederá todo lo que le pidas.» Jesús le dijo: «Tu hermano resucitará.» Ella le respondió: «Sé que resucitará en la resurrección del último día.»

Jesús le dijo:

«Yo soy la Resurrección y la Vida.

El que cree en mí, aunque muera, vivirá;

y todo el que vive y cree en mí,

no morirá para siempre.

¿Crees esto?»

Le respondió:

«Sí, Señor, creo que tú eres el Mesías,

el Hijo de Dios, el que viene al mundo.»

Entonces, sin decir más, lo dejó y fue a llamar a María, su hermana, y le dijo en voz baja: «El Maestro está aquí y te llama». Al oír esto, se levantó rápidamente y fue a su encuentro. Jesús no había llegado todavía al pueblo, sino que estaba en el mismo sitio donde yo lo había encontrado. Los judíos que estaban en la casa consolando a su hermana, al ver que ella se levantaba de repente y salía, la siguieron, pensando que iba al sepulcro para llorar allí.

María llegó a donde estaba Jesús y, al verlo,

se postró a sus pies y le dijo:

«Señor, si hubieras estado aquí,

mi hermano no habría muerto.»

Jesús, al verla llorar a ella,

y también a los judíos que la acompañaban,

se estremeció en su espíritu y se conturbó, y preguntó:

«¿Dónde lo pusieron?».

Le respondieron: «Ven, Señor, y lo verás.»

Y Jesús lloró.

Los judíos dijeron: «¡Cómo lo amaba!»

Pero algunos decían:«Este que abrió los ojos del ciego de nacimiento,¿no podría impedir que Lázaro muriera?»

Jesús, conmoviéndose nuevamente,

llegó al sepulcro,

que era una cueva con una piedra encima,

y dijo: «Quiten la piedra.»

Marta le dijo:

«Señor, huele mal;

ya hace cuatro días que está muerto.»

Jesús le dijo:

«¿No te he dicho que si crees,

verás la gloria de Dios?»

Entonces quitaron la piedra,

y Jesús, levantando los ojos al cielo, dijo:

«Padre, te doy gracias porque me oíste.

Yo sé que siempre me oyes,

pero le he dicho por esta gente que me rodea,

para que crean que tú me has enviado.»

Después de decir esto,

gritó con voz fuerte:

«¡Lázaro, ven afuera!»

El muerto salió con los pies y las manos atados con vendas,

y el rostro envuelto en un sudario.

Jesús les dijo: «Desátenlo para que pueda caminar.»

Al ver lo que hizo Jesús,

muchos de los judíos que habían venido a la  casa

creyeron en él.

(Juan            11, 1-45).

 

Contemplación

Si algo llama la atención en el evangelio de Lázaro es el tiempo. Iba a decir “el manejo del tiempo”, pero no se trata de un manejo. Jesús vive su tiempo de una manera única, única pero compartible. El Señor “padece” el tiempo y también lo “transfigura”.

Es verdad que el tiempo es de Dios, como bien dice el Papa Francisco, pero Jesús deja bien claro que es el Padre el dueño de su hora. Y que Él, como hombre, está bien atento a la hora del Padre, a hacer las cosas cuando es el momento oportuno. Podríamos decir que vive su tiempo “desde nuestra orilla”. Con una conciencia especialísima, es verdad, pero que no lo hace omnipotente sino todo lo contrario: el Señor obedece a los tiempos del Padre y tiene paciencia también y respeta los tiempos de cada uno.

Lo primero que le llama la atención a Juan es que Jesús deje pasar dos días desde que recibe el mensaje de Marta y María hasta que se pone en camino. Juan lo hace notar diciendo que:“Jesús amaba con predilección a Marta, a su hermana y a Lázaro” Y, “ sin embargo, cuando oyó que este se encontraba enfermo, se quedó dos días más en el lugar donde estaban”.

Luego es también de notar cómo piensa el Señor dos dificultades: una la que viene de la persecución y la otra la de la muerte. Los discípulos se asombran de que quiera regresar a Jerusalén. Estamos en el peor momento, le dicen (creo que a eso apunta la frase que está en un presente especial: “”ahora trataban de apedrearte y otra vez vas allá?”). El Señor responde con otra alusión al tiempo: “¿No son doce las horas del día? Si uno camina de día no tropieza, porque ve la luz de este mundo, pero si uno camina de noche, tropieza porque le falta la luz”. Es una frase medio enigmática. Sin consultar a los exegetas me parece que el sentido es que Jesús vive la hora del Padre: sabe que antes de su hora nadie le va ha hacer nada.

Inmediatamente vemos otra manera especial del Señor de vivir el tiempo en su carácter más inquietante: la muerte. El Señor la toma como un sueño: “Lázaro, nuestro amigo, está dormido”. Como ve que no le entienden, deja de lado su lenguaje misterioso y les dice claramente: “Lázaro murió”. Y les revela por qué esperó dos días: “me alegro de no haber estado allí para que ustedes crean”.

¿Qué podemos sacar de provecho en esta manera de vivir el tiempo que manifiesta Jesús con sus actitudes y palabras?

Me impresiona que diga que se alegra de no haber estado con Lázaro en el momento de su muerte. Después sabemos que llorará. No se trata por tanto de una estrategia precalculada para producir un efecto. La verdad es que el Señor está centrado en dos cosas: una la Gloria del Padre; la otra, que se afiance en los suyos la fe en él.

En la oración que hace al Padre antes de resucitar a Lázaro, explicita con claridad su intención: “Te doy gracias Padre porque me oíste. Yo ya sabía que siempre me oyes, pero lo dije por esta gente que me rodea, a fin de que crean que tú me enviaste”.

También podemos ver la misma pedagogía en lo de hacer esperar a las hermanas: “Si hubieras estado aquí mi hermano no habría muerto”, le dicen Marta y María, como reprochándole su tardanza.

Al poner esta palabra, luego de las idas y vueltas de las reflexiones anteriores, creo que encontré la palabra justa. ¡Las tardanzas del Señor! Este es quizás el problema de la fe: las tardanzas del Señor (y sus apuros). Creemos en él pero vivimos en tiempos distintos. Por eso muchas veces no lo vemos. Es que llegamos tarde al sitio por donde ya pasó, donde esperaba a que acudiéramos. O nos apuramos: no terminamos de aguantar un proceso y nos vamos antes de que el Señor haga su obra.

Me animaría a decir que “más que estar atentos al “qué”, de lo que quiere el Señor, tenemos que estar atentos al “cuando”.

Aunque ningún indicio exterior de señales de que Jesús puede todo, porque nada es imposible para Dios, incluso “resucitar a un muerto”, si actuamos en su nombre cuando él nos indica, veremos sus milagros. Recordemos el pasaje de la pesca milagrosa: “echen las redes”, aunque no sea la hora. Pedro es el que las echa al lago obediente en la fe.

Es que no hacen falta condiciones exteriores (que son las que nosotros vemos). Jesús mismo crea las condiciones para que se hagan las cosas con su presencia: “Yo soy la resurrección y la vida”. Es decir: no es que “haya o vaya a haber algo así como una resurrección que se pueda predecir o avizorar”. Lo único “visible” es Jesús –el Pan de vida, la Eucaristía-. Si él está, hay vida, la muerte es un sueño, la cruz es salvación, todo lo que pasa es admirable y el tiempo es tiempo de gracia, kairos, momento justo y oportuno.

Las cosas, en ese “día de doce horas de luz” que Jesús lleva puesto como un vestido transfigurado, son “para que creamos en él, para dar gracias al Padre que siempre escucha a su Hijo y nos salva”.

 

El papa Francisco dice que “el tiempo es superior al espacio”. El tiempo humano, pero, sobre todo, el tiempo de Jesús.

Al describir la tentación de la acedia el papa la refiere al tiempo vivido de manera egoísta:

“Cuando más necesitamos un dinamismo misionero que lleve sal y luz al mundo, muchos laicos sienten el temor de que alguien les invite a realizar alguna tarea apostólica, y tratan de esca­par de cualquier compromiso que les pueda qui­tar su tiempo libre. Hoy se ha vuelto muy difícil, por ejemplo, conseguir catequistas capacitados para las parroquias y que perseveren en la tarea durante varios años. Pero algo semejante sucede con los sacerdotes, que cuidan con obsesión su tiempo personal. Esto frecuentemente se debe a que las personas necesitan imperiosamente pre­servar sus espacios de autonomía (EG 81).

 

Vemos cómo la obsesión por el tiempo propio en realidad es por un “espacio propio”, porque la verdad es que nadie puede poseer un “tiempo propio”. Mientras se nos regala el tiempo (y no le podemos agregar ni un minuto a nuestra vida) podemos poseer “espacios” y “cosas”, pero no el tiempo mismo.

En cambio, cuando dejamos las cosas propias y ponemos nuestro tiempo a disposición del Señor (que ya lo tiene a su disposición pero le encanta que uno se lo regale libre y alegremente), sentimos su influencia benéfica y nuestro tiempo se plenifica.

Cuando lo queremos poseer se nos escurre como viento entre los dedos, cuando lo regalamos se ensancha y se vuelve más intenso y fecundo.

 

También habla el Papa de una acedia “por no saber esperar”:

“Otros caen en la acedia por no saber esperar y querer dominar el ritmo de la vida. El inmediatismo ansioso de estos tiempos hace que los agentes pastorales no toleren fácil­mente lo que signifique alguna contradicción, un aparente fracaso, una crítica, una cruz” (EG 82).

Aquí la tentación es querer controlar el tiempo. Ya que no podemos “poseerlo” pretendemos controlarlo: planificamos, organizamos, nos fijamos metas…, y cuando algo no sale como queremos nos entristecemos.

Sepamos que es esencial al tiempo de Jesús que Él de los frutos cuando quiera, como cuando se le ocurrió pedirle higos a la higuera aunque no era el tiempo de los higos. Cuando quiera el vendrá a resucitar a Lázaro: basta que le hagamos saber: “el que tu amas se ha enfermado”.

Esta tentación de “controlar” el tiempo, en vez de gozar sabiendo que el Señor dispone las cosas como le parece mejor, va junto con otra que consiste en “apurar” los tiempos de Dios: “El mal espíritu de la derrota es hermano de la tentación de separar antes de tiempo el trigo de la cizaña, producto de una desconfianza ansiosa y egocéntrica” (EG 85).

 

Como decía el beato Pedro Fabro: « El tiem­po es el mensajero de Dios » (EG 171). Por eso, contemplar los tiempos que se toma Jesús –sus tardanzas que son paciencia para que maduremos-, es equivalente a “ser evangelizados”, a recibir sus “mensajes”.

 

Transcribo a continuación los puntos en que el Papa Francisco trata este tema porque pienso que pueden ser de más provecho una vez que hemos visto la importancia que tiene “el tiempo de Jesús”:

 

El tiempo es superior al espacio (EG 222-225)

Hay una tensión bipolar entre la plenitud y el límite. La plenitud provoca la voluntad de poseerlo todo, y el límite es la pared que se nos pone delante. El « tiempo », ampliamente consi­derado, hace referencia a la plenitud como expre­sión del horizonte que se nos abre, y el momento es expresión del límite que se vive en un espacio acotado. Los ciudadanos viven en tensión entre la coyuntura del momento y la luz del tiempo, del horizonte mayor, de la utopía que nos abre al fu­turo como causa final que atrae. De aquí surge un primer principio para avanzar en la construcción de un pueblo: el tiempo es superior al espacio.

Este principio permite trabajar a largo plazo, sin obsesionarse por resultados inmedia­tos.

Ayuda a soportar con paciencia situaciones difíciles y adversas, o los cambios de planes que impone el dinamismo de la realidad.

Es una in­vitación a asumir la tensión entre plenitud y lí­mite, otorgando prioridad al tiempo.

Uno de los pecados que a veces se advierten en la actividad sociopolítica consiste en privilegiar los espacios de poder en lugar de los tiempos de los procesos. Darle prioridad al espacio lleva a enloquecerse para tener todo resuelto en el presente, para in­tentar tomar posesión de todos los espacios de poder y autoafirmación. Es cristalizar los pro­cesos y pretender detenerlos. Darle prioridad al tiempo es ocuparse de iniciar procesos más que de poseer espacios. El tiempo rige los espacios, los ilu­mina y los transforma en eslabones de una ca­dena en constante crecimiento, sin caminos de retorno. Se trata de privilegiar las acciones que generan dinamismos nuevos en la sociedad e in­volucran a otras personas y grupos que las desa­rrollarán, hasta que fructifiquen en importantes acontecimientos históricos. Nada de ansiedad, pero sí convicciones claras y tenacidad.

A veces me pregunto quiénes son los que en el mundo actual se preocupan realmente por generar procesos que construyan pueblo, más que por obtener resultados inmediatos que pro­ducen un rédito político fácil, rápido y efímero, pero que no construyen la plenitud humana. La historia los juzgará quizás con aquel criterio que enunciaba Romano Guardini: « El único patrón para valorar con acierto una época es preguntar hasta qué punto se desarrolla en ella y alcanza una auténtica razón de ser la plenitud de la existencia humana, de acuerdo con el carácter peculiar y las posibilidades de dicha época ».

Este criterio también es muy propio de la evangelización, que requiere tener presente el horizonte, asumir los procesos posibles y el ca­mino largo. El Señor mismo en su vida mortal dio a entender muchas veces a sus discípulos que había cosas que no podían comprender toda­vía y que era necesario esperar al Espíritu Santo (cf. Jn 16,12-13). La parábola del trigo y la cizaña (cf. Mt 13,24-30) grafica un aspecto importan­te de la evangelización que consiste en mostrar cómo el enemigo puede ocupar el espacio del Reino y causar daño con la cizaña, pero es venci­do por la bondad del trigo que se manifiesta con el tiempo”.

Diego Fares sj

 

 

 

 

 

 

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