Domingo 7 A 2014

 La deliberaciones de Jesús o con quién no tenemos que confrontar

 En aquel tiempo dijo Jesús a sus discípulos:

“Saben que está mandado: ‘Ojo por ojo, diente por diente’. Pero yo les digo:

No confronten a la persona mala. Al contrario si uno te abofetea en la mejilla derecha, ofrécele la otra; al que quiere hacerte un juicio para quitarte la túnica, dale también la capa; y si uno te quiere forzar a caminar una milla, camina con él dos; a quien te pide, dale, al que te pide prestado, no le escapes. Han oído que se dijo: ‘Amarás a tu prójimo y aborrecerás a tu enemigo’. Yo en cambio, les digo: Amen a sus enemigos, hagan el bien a los que los aborrecen y recen por los que los persiguen y calumnian. Así serán hijos de su Padre que está en el cielo, que hace salir su sol sobre malos y buenos y manda la lluvia a justos e injustos. Porque si aman a los que los aman, ¿qué premio tendrán? ¿No hacen lo mismo también los publicanos? Y si saludan sólo a sus hermanos, ¿qué hacen de extraordinario? ¿No hacen lo mismo también los gentiles? Por tanto, sean perfectos como su Padre celestial es perfecto” (Mt 6, 38-48).

 

Contemplación

La de hoy es una “reflexión” o “deliberación” con el fin de ayudar a pensar el tema de “los enemigos” o de “la agresividad”.

“No confronten a la persona mala” ¿Es posible no confrontar? Creo que no, pero Jesús nos enseña a quién tenemos que resistir y enfrentar decididamente: al demonio. No a los hombres. Al mal espíritu hay que hacerle contra: hay que hacer lo “diametralmente opuesto” a lo que nos propone o nos hace sentir, dice San Ignacio. Esta definición Ignacio la saca de este evangelio: ¿Qué es lo diametralmente opuesto al mal espíritu que instiga a una persona a que me quiera quitar la túnica en un juicio? Darle también la capa. Una actitud así desarma al mal espíritu.

Los amigos de Jesús aprendieron bien esta doctrina, ya que es común en todos los apóstoles: “Confronten al diablo y huirá de ustedes” (Santiago 7, 4); “Revístanse de toda la armadura de Dios, para que puedan estar firmes contra las asechanzas del diablo” (Pablo a los Efesios 6, 11); “Sean sobrios y velen porque su adversario el diablo, como león rugiente, anda alrededor buscando a quien devorar. Resístanle firmes en la fe” (Pedro en su 1ª carta 5, 9).

Jesús hace resonar todos los acordes de la ira y los amansa. Las situaciones que presenta son cotidianas y él nos comparte su estrategia para desarmar todas las razones para enojarse.

Fijémonos. Uno dice: “A mí decime lo que quieras pero no me toques. Si me diste una bofetada ¡una bofetada en la mejilla! Eso es intolerable”. Jesús empieza por el cachetazo y termina con el saludo: acercate a saludar al que no te saluda. Nosotros deliberamos: “a este no lo saludo, miro para otro lado. Y si no puedo zafar, lo voy a saludar lo más fríamente que pueda”.

El Señor va del amor con gestos heroicos -hacer el bien a los que nos aborrecen y rezar por los que nos persiguen-, hasta los pequeños gestos de cordialidad: saludar al que no te saluda.

En medio está el que nos hace un juicio y nos quiere sacar la túnica. ¿No es motivo para perder el sueño y andar sacado que otro te meta un juicio? Jesús dice que le regalemos también la capa. La túnica era el vestido mínimo, para cubrirse la desnudez, la capa era el abrigo grueso, el cual, si se tomaba en prenda, uno estaba obligado a devolverlo por la noche para que el otro se cubriera del frío (Ex 22, 26). Puede ser que se diera una discusión ante otro que hiciera de juez por una capa, pero por una túnica no. Se trata de esas situaciones indignantes en las que alguien nos mete un juicio por ganas de jorobar y nos quita un montón de tiempo.

Como siempre, una pequeña historia del Hogar…

Recuerdo hace unos dos años un día en que tuve que pasar toda la mañana en un juzgado de La Plata debido a una demanda contra la Obra de San José que había hecho una persona porque había salido en una foto tomada al comedor sin su permiso. Por supuesto que ya habíamos sacado la bendita foto de la página web, pero la citación seguía su curso y nos tuvimos que ir a La Plata con nuestro abogado amigo. El juez desestimó la demanda, por supuesto, ya que la foto no era ofensiva y además la habíamos sacado, pero me acuerdo la bronca que tenía yo por la pérdida de tiempo y por sentir que la persona era muy desagradecida. Pero saqué una lección que viene al caso. Me acuerdo clarito cómo se me convirtió la bronca en pena por esa persona cuando vi que su abogado la despachaba rápidamente al darse cuenta de que esa demanda no iba a prosperar y, con la misma mano con que la despedía ya estaba sacando otra de una abultada carpeta. Ahí entendí lo de “confrontar al diablo y no a las personas”. En ese caso, detrás del pobre hombre estaba uno de estos abogados del diablo, que tienen bien ganado el nombre y que no solo nos hizo mal a nosotros sino que después lo tiró a la calle al otro.

Creo que esta es la gracia a la que apunta Jesús: quiere abrirnos los ojos a la verdadera guerra que es espiritual, no carnal. Los hombres, aun los más malvados, son de nuestra carne y, de última, títeres que el demonio reemplaza por carne fresca. La guerra es contra esas misteriosas “fuerzas espirituales” que Jesús desenmascara definitivamente, pacificando toda carne con su misericordia infinita en la cruz, al dar la vida por los hombres, perdonando también a los enemigos.

No se trata de “suprimir la ira” sino de dirigirla bien: al único enemigo, el Diablo, el padre del odio y de la mentira, la fuente amarga de todas las divisiones, el azuzador de las venganzas, el acusador inmisericorde que corroe con la culpa, el que busca la perdición incluso de sus servidores.

En la medida en que crece el amor a nuestro Padre del Cielo y el deseo de ser sus hijos predilectos y de hacer, en comunión con Jesús, lo que al Padre le alegra el corazón, en esa misma medida crece el amor y la misericordia para con los demás hombres nuestros hermanos.

Pero esta doctrina, que resulta amigable entre los que seguimos al mismo Señor, cuando encuentra oposición en los malos, necesita alimentarse de la doctrina que pone el acento en el demonio. San Agustín dice que “fortalecer a la oveja débil es prepararla para resistir el mal. Hacer el bien es más fácil que resistir al maligno. Por eso hace falta ayuda y deliberar bien los “mecanismos” que utiliza el mal espíritu para adueñarse de nuestra ira. ¿Qué pasa si no se condena bien al diablo? Si no se condena bien al diablo se termina demonizando a las personas, o a las “situaciones injustas” y a las “estructuras de pecado”. Esto también es malo porque la ira “queda flotando en el aire” y luego se descarga contra el primero que nos sale al encuentro, muchas veces en nuestra propia casa.

El que pelea y maltrata en su comunidad o en su casa, es porque anduvo “juntando bronca suelta por la calle” y no supo defenderse, poniendo el escudo de la fe a las ascuas ardientes del demonio. Tragó “injusticias y agresividades todo el día y como no las discernió, como no juzgó bien que eran del mal espíritu, le quedaron atragantadas y se las escupió al primero que tuvo a mano. Esto es cosa de todos los día en la familia. Por eso la importancia vital de tener claro el juicio: mi enemigo es el demonio, no la gente. Y le hago contra primero en mí corazón, poniendo la fuerza en deliberar y medir bien qué gesto bueno puedo oponer al malo, y no cómo me voy a enfrentar al primero que me discuta algo.

Así como en el bien es bueno “elevar la mente y agradecer directamente” al Padre, fuente de toda obra buena, cuando estamos ante enemigos o ante situaciones indignantes de injusticia, es bueno ir directamente primero contra el mal espíritu.

Pero aquí es importante hacer una pausa. Este dirigirme contra el mal espíritu no significa “explicitarlo” públicamente. No a cualquiera le puede decir uno “estás tentado”. Porque el mal espíritu se aviva y nos deja en ridículo con algún “no era para tanto”. Si el otro está enojado y encima le digo que está endemoniado, peor. El “hacer contra” es primero interior, poniendo yo algún gesto contrario al mal que el mal espíritu inspira al otro a que me haga. Esos son los gestos de los que habla Jesús. Son gestos que “neutralizan el mal”, como decía el Papa Francisco: al mal hay que neutralizarlo, no querer arrancarlo de golpe y por propia mano.

Ofrecer la otra mejilla, ofrecer la túnica, ir al encuentro y saludar, son gestos que neutralizan la energía negativa del mal no haciéndole frente sino poniéndose uno espiritualmente del mismo lado del agresor y dirigiéndose contra el mal espíritu.

Son esas actitudes prácticas de “hacer un bien concreto” las que indican que uno ha discernido entre la persona que está enojada con nosotros y el mal espíritu que la alienta. Esos gestos ponen en evidencia al “enemigo de la naturaleza humana” como lo llama Ignacio. Y muchas veces hacen reflexionar a nuestro agresor.

Estas reflexiones son lo que Ignacio llama “deliberar”. La estructura de nuestras acciones humanas (conscientes y libres) siguen estos pasos:

Si la inteligencia contempla un bien, la voluntad se adhiere, es decir “lo ama”. Ante el bien “estético”, ante la belleza o la Gloria de Dios, esto es automático: basta ver para amar y el gusto ayuda a seguir contemplando.

La inteligencia, que mira esto bueno y hermoso, mira también su propio corazón. Juzga entonces que es amor esto que siente en su corazón y hace un juicio: esto que amo lo debo cuidar, poseer, buscar… es bueno para mi. Iluminada por este juicio la voluntad se pone en movimiento para buscar este bien, que antes se le había regalado gratuitamente. Este movimiento se llama deseo o querer, también “apetito racional”.

La inteligencia juzga entonces este apetito que siente y, antes de correr a buscar el bien, delibera si hay algo mejor y qué medios puede poner para conseguir lo que desea. La voluntad hace entonces una pausa y consiente (ama) este tiempo de deliberación que se toma la inteligencia: es un bien ver bien los medios. La inteligencia juzga entonces cuál es el camino más adecuado y cuando lo encuentra, inmediatamente se lo expresa a la voluntad que lo “elige”, se adhiere, lo ama.

En el caso de que hubiera un único medio, este paso de deliberación se saltea. La voluntad no hace ninguna pausa y la inteligencia la apura a elegir juzgando que ese es el único medio para llegar al fin, para poseer el bien. Una vez que la voluntad elige, la inteligencia manda que se pongan en movimiento todas las energías y la voluntad “actúa”: agarra, come, compra, abraza, posee. Y si es un mal: empuja, escupe, tira, golpea, desecha.

Este excurso filosófico es para ayudar a ver la importancia de deliberar cuando uno está en paz. Si no, uno obra “compulsivamente”, con juicios ya hechos, pasando del deseo al acto, salteándose los pasos de la deliberación ponderada, de la pausa del  consenso, del juicio clarificado y de la elección confirmada.

Los ejemplos de Jesús tienden a desarmar prejuicios que parecen obvios, como el de “ojo por ojo y diente por diente”. Estos juicios vienen de una justicia humana comparativa. El Señor pone como criterio la única comparación válida: la de compararnos con nuestro Padre del Cielo. Esa comparación “funciona” a la hora de “deliberar” alternativas ante un mal que parecía irremediable. Es como cuando uno dice: no me rebajo ante tu maldad, obrar con el criterio de ojo por ojo me rebaja en mi dignidad.

Leer las deliberaciones que hace Jesús, los argumentos que utiliza – “qué hacen de extraordinario si sólo saludan a los que los saludan…”- ayuda a liberarnos de juicios ya hechos que nos llevan a conductas por impulso. La palabra de Dios libera verdaderamente, pero no hay que tomarla solo como consejo moral sino que hay que “pensarla” y “reflexionarla” hasta que se hace criterio propio. Esa es la tarea. Si teniendo los criterios de Jesús no los “deliberás” y usás sólo los tuyos… qué desperdicio ¿no?

Diego Fares sj   

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