A nuestras queridas y sagradas 52 víctimas de la evitable tragedia de Once

A nuestras queridas y sagradas 52 víctimas de la evitable tragedia de Once

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El día de hoy, en memoria de nuestras 52 queridas víctimas de la tragedia de Once, tiene varios momentos. Este es de intimidad y de fuerte comunión, entre ustedes y sus seres queridos y entre todos nosotros. Estas palabras son para abrazar y contener, para hacer memoria y unir: en el Amor todos estamos vivos.  La sirena hace que por un minuto compartamos la pasión de nuestros seres queridos y nos sintamos en comunión con ellos que habrán pensado en nosotros en el momento de morir. Le pido permiso para entrar en su corazón y decir nosotros. Cuando cerramos los ojos y sentimos la angustia en el corazón y brotan las lágrimas, tenemos una certeza. Cada uno puede decir: si hubiera muerto yo, vos estarías hoy aquí. Estarías por mí igual que yo estoy por vos.

Esta certeza del amor es digna de fe: si hubiéramos muerto nosotros, ellos estarían aquí. Que los familiares y amigos estemos aquí, luego de dos años de llanto y de lucha por la justicia, habla bien de ellos. Yo no los conocí antes, pero si han generado esta unión de familia grande, con todo lo que tiene una familia grande, debieron ser familieros, si han generado esta pasión por la justicia, debieron ser gente solidaria.  Decir esto, rezar esta verdad hace llorar con un llanto que consuela y fortalece para la lucha. Es la bienaventuranza de Jesús: benditos ustedes que lloran, porque serán consolados. El consuelo del amor es más fuerte que la muerte. Felices ustedes que pueden llorar sabiendo que ellos están aquí, porque no somos islas, los seres humanos  no somos de a uno, salvo por elección egoísta. Somos muchos, somos familia y pueblo, compartimos  sueños, penas y risas. Ustedes les pueden decir a sus seres queridos: aquí estoy cuidando a tu hija, cuidando a la familia, cuidando a los viejos.  Y tengo tanto de vos, te llevo adentro más que si me hubieran trasplantado tu corazón. Felices los que lloran así, con este amor.

Felices también los que –llorando- tienen hambre y sed de justicia, porque serán saciados y los que son perseguidos por luchar por la justicia, porque de ellos es esa patria deseada que Jesús llama el reino de los cielos.

Hay personas que no están acá, que no pueden estar, porque no quisieron estar cuando debían. Son los responsables irresponsables, como sentenció Francisco. Es bueno que sea la justicia las que los obligue a estar ante un tribunal.  Si somos un mismo pueblo argentino, el que no está por solidaridad tiene que estar por justicia. Y estar en la cárcel es obligar a alguien a que esté con sus víctimas todos los días y todas las noches que dure su castigo. Al menos eso. Para que no caiga en una injusticia peor.

Al comienzo dije “nuestras 52 queridas víctimas”. Nombrarlos  sólo como víctimas les queda chico y me parece mezquino. Ellos no son los que les pasó por culpa de la corrupción. Lo que ellos son es lo que muestran ustedes y que nos permiten compartirlo: por eso son “nuestras queridas víctimas” y si es verdad que “cada historia, la de cualquier persona, es una historia sagrada” la de ellos con más razón,  porque gracias a la lucha de ustedes, sus familiares y amigos queridos, se ha convertido en historia sagrada nuestra, como personas, como ciudadanos y como pueblo argentino.  Por nuestras 52 queridas y sagradas víctimas de tragedia evitable de Once, para que se las honre con la justicia y descansen en paz, animándonos desde el cielo a seguir caminando unidos, una oración a Dios nuestro Padre. Que Dios los bendiga.

Padre Diego Fares

Domingo 7 A 2014

 La deliberaciones de Jesús o con quién no tenemos que confrontar

 En aquel tiempo dijo Jesús a sus discípulos:

“Saben que está mandado: ‘Ojo por ojo, diente por diente’. Pero yo les digo:

No confronten a la persona mala. Al contrario si uno te abofetea en la mejilla derecha, ofrécele la otra; al que quiere hacerte un juicio para quitarte la túnica, dale también la capa; y si uno te quiere forzar a caminar una milla, camina con él dos; a quien te pide, dale, al que te pide prestado, no le escapes. Han oído que se dijo: ‘Amarás a tu prójimo y aborrecerás a tu enemigo’. Yo en cambio, les digo: Amen a sus enemigos, hagan el bien a los que los aborrecen y recen por los que los persiguen y calumnian. Así serán hijos de su Padre que está en el cielo, que hace salir su sol sobre malos y buenos y manda la lluvia a justos e injustos. Porque si aman a los que los aman, ¿qué premio tendrán? ¿No hacen lo mismo también los publicanos? Y si saludan sólo a sus hermanos, ¿qué hacen de extraordinario? ¿No hacen lo mismo también los gentiles? Por tanto, sean perfectos como su Padre celestial es perfecto” (Mt 6, 38-48).

 

Contemplación

La de hoy es una “reflexión” o “deliberación” con el fin de ayudar a pensar el tema de “los enemigos” o de “la agresividad”.

“No confronten a la persona mala” ¿Es posible no confrontar? Creo que no, pero Jesús nos enseña a quién tenemos que resistir y enfrentar decididamente: al demonio. No a los hombres. Al mal espíritu hay que hacerle contra: hay que hacer lo “diametralmente opuesto” a lo que nos propone o nos hace sentir, dice San Ignacio. Esta definición Ignacio la saca de este evangelio: ¿Qué es lo diametralmente opuesto al mal espíritu que instiga a una persona a que me quiera quitar la túnica en un juicio? Darle también la capa. Una actitud así desarma al mal espíritu.

Los amigos de Jesús aprendieron bien esta doctrina, ya que es común en todos los apóstoles: “Confronten al diablo y huirá de ustedes” (Santiago 7, 4); “Revístanse de toda la armadura de Dios, para que puedan estar firmes contra las asechanzas del diablo” (Pablo a los Efesios 6, 11); “Sean sobrios y velen porque su adversario el diablo, como león rugiente, anda alrededor buscando a quien devorar. Resístanle firmes en la fe” (Pedro en su 1ª carta 5, 9).

Jesús hace resonar todos los acordes de la ira y los amansa. Las situaciones que presenta son cotidianas y él nos comparte su estrategia para desarmar todas las razones para enojarse.

Fijémonos. Uno dice: “A mí decime lo que quieras pero no me toques. Si me diste una bofetada ¡una bofetada en la mejilla! Eso es intolerable”. Jesús empieza por el cachetazo y termina con el saludo: acercate a saludar al que no te saluda. Nosotros deliberamos: “a este no lo saludo, miro para otro lado. Y si no puedo zafar, lo voy a saludar lo más fríamente que pueda”.

El Señor va del amor con gestos heroicos -hacer el bien a los que nos aborrecen y rezar por los que nos persiguen-, hasta los pequeños gestos de cordialidad: saludar al que no te saluda.

En medio está el que nos hace un juicio y nos quiere sacar la túnica. ¿No es motivo para perder el sueño y andar sacado que otro te meta un juicio? Jesús dice que le regalemos también la capa. La túnica era el vestido mínimo, para cubrirse la desnudez, la capa era el abrigo grueso, el cual, si se tomaba en prenda, uno estaba obligado a devolverlo por la noche para que el otro se cubriera del frío (Ex 22, 26). Puede ser que se diera una discusión ante otro que hiciera de juez por una capa, pero por una túnica no. Se trata de esas situaciones indignantes en las que alguien nos mete un juicio por ganas de jorobar y nos quita un montón de tiempo.

Como siempre, una pequeña historia del Hogar…

Recuerdo hace unos dos años un día en que tuve que pasar toda la mañana en un juzgado de La Plata debido a una demanda contra la Obra de San José que había hecho una persona porque había salido en una foto tomada al comedor sin su permiso. Por supuesto que ya habíamos sacado la bendita foto de la página web, pero la citación seguía su curso y nos tuvimos que ir a La Plata con nuestro abogado amigo. El juez desestimó la demanda, por supuesto, ya que la foto no era ofensiva y además la habíamos sacado, pero me acuerdo la bronca que tenía yo por la pérdida de tiempo y por sentir que la persona era muy desagradecida. Pero saqué una lección que viene al caso. Me acuerdo clarito cómo se me convirtió la bronca en pena por esa persona cuando vi que su abogado la despachaba rápidamente al darse cuenta de que esa demanda no iba a prosperar y, con la misma mano con que la despedía ya estaba sacando otra de una abultada carpeta. Ahí entendí lo de “confrontar al diablo y no a las personas”. En ese caso, detrás del pobre hombre estaba uno de estos abogados del diablo, que tienen bien ganado el nombre y que no solo nos hizo mal a nosotros sino que después lo tiró a la calle al otro.

Creo que esta es la gracia a la que apunta Jesús: quiere abrirnos los ojos a la verdadera guerra que es espiritual, no carnal. Los hombres, aun los más malvados, son de nuestra carne y, de última, títeres que el demonio reemplaza por carne fresca. La guerra es contra esas misteriosas “fuerzas espirituales” que Jesús desenmascara definitivamente, pacificando toda carne con su misericordia infinita en la cruz, al dar la vida por los hombres, perdonando también a los enemigos.

No se trata de “suprimir la ira” sino de dirigirla bien: al único enemigo, el Diablo, el padre del odio y de la mentira, la fuente amarga de todas las divisiones, el azuzador de las venganzas, el acusador inmisericorde que corroe con la culpa, el que busca la perdición incluso de sus servidores.

En la medida en que crece el amor a nuestro Padre del Cielo y el deseo de ser sus hijos predilectos y de hacer, en comunión con Jesús, lo que al Padre le alegra el corazón, en esa misma medida crece el amor y la misericordia para con los demás hombres nuestros hermanos.

Pero esta doctrina, que resulta amigable entre los que seguimos al mismo Señor, cuando encuentra oposición en los malos, necesita alimentarse de la doctrina que pone el acento en el demonio. San Agustín dice que “fortalecer a la oveja débil es prepararla para resistir el mal. Hacer el bien es más fácil que resistir al maligno. Por eso hace falta ayuda y deliberar bien los “mecanismos” que utiliza el mal espíritu para adueñarse de nuestra ira. ¿Qué pasa si no se condena bien al diablo? Si no se condena bien al diablo se termina demonizando a las personas, o a las “situaciones injustas” y a las “estructuras de pecado”. Esto también es malo porque la ira “queda flotando en el aire” y luego se descarga contra el primero que nos sale al encuentro, muchas veces en nuestra propia casa.

El que pelea y maltrata en su comunidad o en su casa, es porque anduvo “juntando bronca suelta por la calle” y no supo defenderse, poniendo el escudo de la fe a las ascuas ardientes del demonio. Tragó “injusticias y agresividades todo el día y como no las discernió, como no juzgó bien que eran del mal espíritu, le quedaron atragantadas y se las escupió al primero que tuvo a mano. Esto es cosa de todos los día en la familia. Por eso la importancia vital de tener claro el juicio: mi enemigo es el demonio, no la gente. Y le hago contra primero en mí corazón, poniendo la fuerza en deliberar y medir bien qué gesto bueno puedo oponer al malo, y no cómo me voy a enfrentar al primero que me discuta algo.

Así como en el bien es bueno “elevar la mente y agradecer directamente” al Padre, fuente de toda obra buena, cuando estamos ante enemigos o ante situaciones indignantes de injusticia, es bueno ir directamente primero contra el mal espíritu.

Pero aquí es importante hacer una pausa. Este dirigirme contra el mal espíritu no significa “explicitarlo” públicamente. No a cualquiera le puede decir uno “estás tentado”. Porque el mal espíritu se aviva y nos deja en ridículo con algún “no era para tanto”. Si el otro está enojado y encima le digo que está endemoniado, peor. El “hacer contra” es primero interior, poniendo yo algún gesto contrario al mal que el mal espíritu inspira al otro a que me haga. Esos son los gestos de los que habla Jesús. Son gestos que “neutralizan el mal”, como decía el Papa Francisco: al mal hay que neutralizarlo, no querer arrancarlo de golpe y por propia mano.

Ofrecer la otra mejilla, ofrecer la túnica, ir al encuentro y saludar, son gestos que neutralizan la energía negativa del mal no haciéndole frente sino poniéndose uno espiritualmente del mismo lado del agresor y dirigiéndose contra el mal espíritu.

Son esas actitudes prácticas de “hacer un bien concreto” las que indican que uno ha discernido entre la persona que está enojada con nosotros y el mal espíritu que la alienta. Esos gestos ponen en evidencia al “enemigo de la naturaleza humana” como lo llama Ignacio. Y muchas veces hacen reflexionar a nuestro agresor.

Estas reflexiones son lo que Ignacio llama “deliberar”. La estructura de nuestras acciones humanas (conscientes y libres) siguen estos pasos:

Si la inteligencia contempla un bien, la voluntad se adhiere, es decir “lo ama”. Ante el bien “estético”, ante la belleza o la Gloria de Dios, esto es automático: basta ver para amar y el gusto ayuda a seguir contemplando.

La inteligencia, que mira esto bueno y hermoso, mira también su propio corazón. Juzga entonces que es amor esto que siente en su corazón y hace un juicio: esto que amo lo debo cuidar, poseer, buscar… es bueno para mi. Iluminada por este juicio la voluntad se pone en movimiento para buscar este bien, que antes se le había regalado gratuitamente. Este movimiento se llama deseo o querer, también “apetito racional”.

La inteligencia juzga entonces este apetito que siente y, antes de correr a buscar el bien, delibera si hay algo mejor y qué medios puede poner para conseguir lo que desea. La voluntad hace entonces una pausa y consiente (ama) este tiempo de deliberación que se toma la inteligencia: es un bien ver bien los medios. La inteligencia juzga entonces cuál es el camino más adecuado y cuando lo encuentra, inmediatamente se lo expresa a la voluntad que lo “elige”, se adhiere, lo ama.

En el caso de que hubiera un único medio, este paso de deliberación se saltea. La voluntad no hace ninguna pausa y la inteligencia la apura a elegir juzgando que ese es el único medio para llegar al fin, para poseer el bien. Una vez que la voluntad elige, la inteligencia manda que se pongan en movimiento todas las energías y la voluntad “actúa”: agarra, come, compra, abraza, posee. Y si es un mal: empuja, escupe, tira, golpea, desecha.

Este excurso filosófico es para ayudar a ver la importancia de deliberar cuando uno está en paz. Si no, uno obra “compulsivamente”, con juicios ya hechos, pasando del deseo al acto, salteándose los pasos de la deliberación ponderada, de la pausa del  consenso, del juicio clarificado y de la elección confirmada.

Los ejemplos de Jesús tienden a desarmar prejuicios que parecen obvios, como el de “ojo por ojo y diente por diente”. Estos juicios vienen de una justicia humana comparativa. El Señor pone como criterio la única comparación válida: la de compararnos con nuestro Padre del Cielo. Esa comparación “funciona” a la hora de “deliberar” alternativas ante un mal que parecía irremediable. Es como cuando uno dice: no me rebajo ante tu maldad, obrar con el criterio de ojo por ojo me rebaja en mi dignidad.

Leer las deliberaciones que hace Jesús, los argumentos que utiliza – “qué hacen de extraordinario si sólo saludan a los que los saludan…”- ayuda a liberarnos de juicios ya hechos que nos llevan a conductas por impulso. La palabra de Dios libera verdaderamente, pero no hay que tomarla solo como consejo moral sino que hay que “pensarla” y “reflexionarla” hasta que se hace criterio propio. Esa es la tarea. Si teniendo los criterios de Jesús no los “deliberás” y usás sólo los tuyos… qué desperdicio ¿no?

Diego Fares sj   

Los pequeños mandamientos

 rey-peones-fano No piensen que vine para disolver la Ley o los Profetas: yo no he venido a disolver sino a plenificar. Les aseguro que no desaparecerá ni una i ni una coma de la Ley, antes que desaparezcan el cielo y la tierra, hasta que todo se realice. El que no cumpla el más pequeño de estos mandamientos, y enseñe a los otros a hacer lo mismo, será considerado el menor en el Reino de los Cielos. En cambio, el que los cumpla y enseñe (los más pequeños de los mandamientos), será considerado grande en el Reino de los Cielos. Les aseguro que si la justicia de ustedes no sobreabunda más que la de los escribas y fariseos, no entrarán en el Reino de los Cielos (Mt 5, 17-37).   Contemplación Apenas releí esta mañana el evangelio saltó la imagen de “los pequeños mandamientos…”. El que no los cumple, el que los deja pasar por pequeños será considerado “pequeño en el Reino”. Nunca me había fijado en la paradoja: resulta que “en el Reino, hay que ser grande (mega, dice el griego, con esta palabra que está de moda en la tecnología). Y, para ser grande hay que cumplir y enseñar “los pequeños mandamientos”. Lo uno con la vida, con esas “pequeñas situaciones de todos los días”. Porque resulta que siempre, para rezar, busco una palabra que haya dicho alguna persona o que esté en el evangelio y que me llama la atención porque tiene un sabor especial, o da un golpecito en lo más tierno de mi corazón. Pensar en “los pequeños mandamientos” se me hizo agua a la boca, suscitó el recuerdo de Jesús, en quien Dios se ha enamorado de nuestra pequeñez, trajo como de la mano a la Virgen, rezando consolada el magníficat, haciéndonos sentir mirados con bondad en nuestra pequeñez, y como una cosa trae a la otra, ahí nomás aparece Teresita, con su caminito de pequeñez, y, por supuesto, el Papa Francisco, en su homilía de ayer: “Hay una relación entre Dios y nosotros pequeños: Dios, es grande, y nosotros pequeños. Cuando debe elegir a las personas, también a su pueblo, Dios siempre elige a los pequeños. Custodiemos nuestra pequeñez para dialogar con la grandeza del Señor.” Pero decía que lo uno con la vida. Estaba ayer por irme del Hogar, luego de la visita de la tarde, en la que constatamos que el Cif saca toda la mugre de los azulejos y los deja como nuevos, cuando caí en la cuenta de que eran justo las 6 y tenía que entrar la gente. Como Cristian estaba solo le ofrecí, si querés te ayudo y me dijo que sí, que yo los recibiera en la puerta y él revisaba los bolsos. Entonces yo “huelo” y vos “revisás”, le dije riendo, mientras bajaba los tres escalones y abría. Es que en el Hogar hacemos aplicación de sentidos: hay que “oler” si hay alcohol, “mirar” si hay pupilas dilatadas, “tocar” los bolsos a ver si hay objetos punzantes, “oír” si la gente habla pastoso o con el tono de voz más elevado de lo habitual… Después que entró alguno mal, se hace difícil pedirle que se vaya, generalmente ahí vienen los problemas. Bueno, la cuestión es que hice pasar la gente y el último me dice “lo descendieron, padre”, pasa y sube un escaloncito antes que le responda: para nosotros los jesuitas, el papa Francisco siempre nos enseñó que ascender es bajar –abajarse, decía él-. Me miró con cara de asombro y siguió adelante diciendo “Esa no la tenía. La verdad que no”. Me sonreí para adentro y quedó ahí la cosa. Pero al leer el evangelio de hoy volvió la escena. Me encantó la frase “Esa no la tenía”. Que la diga uno que está en el Hogar es fuerte. Porque si casi todo argentino cree que se las sabe todas, los argentinos que están en situación de calle no sólo se lo creen sino que lo “experimentan”. Hace falta una especie de síntesis vital para quedarse en la calle y quizás la primera tarea del Hogar sea la de hacer experimentar a una persona que otra vida es posible, que hay algunas cosas que no probó hacer para salir, que se puede. Pocas cosas los sorprenden y cuando algo de verdad los sorprende lo valoran muchísimo. El papa Francisco me decía hace un tiempo, cuando le conté de esa persona del Hogar que lloraba de emoción porque “nuestro Papa había dicho que aunque uno no tuviera fe se podía salvar si tenía buen corazón (y el lloraba porque decía: yo no tengo fe, pero igual me puedo salvar, padre, ¿me entiende? Lo dijo nuestro Papa”), me decía, digo, que “es tanta la gente que siente que no tiene salvación, que está afuera de la vida…” Lo decía reflexionando para sí. Y creo que eso le confirma su apuesta a la misericordia infinita del Padre, que no se cansa de perdonar (Guardini dice que Dios hace que “nuestro pecado no exista más”, no es que lo olvide o lo perdone o lo remiende, sino que hace “que deje de existir!”. Y eso implica una imagen de “un Dios que es más que Dios”, en el sentido de que es algo inconcebible, pero que hay que experimentar). Pues bien, la señal de que todo esto es verdad, se juega en torno a los “pequeños mandamientos”. El que de verdad siente que “sus pecados no existen más a los ojos de Dios”, no puede “soportar” otra vida que no sea “cumpliendo los más pequeños mandamientos”. Esa es la otra cara de la medalla: de un lado la imagen del Padre con la inscripción “Misericordia absoluta”, y del otro lado, la imagen nuestra con la inscripción “Pequeños mandamientos”. Por eso me encanta aprender de esa gente que, en nuestras obras, uno descubre cumpliendo con infinita alegría y dedicación, las tareas más pequeñas y que nadie ve, con esa paz del que saborea la vida a sorbitos y goza con los detalles. Enseguida pienso, ahí hay uno de esos a los que “porque aman mucho se les ha perdonado mucho”; o “ahí hay un hermano mío que ha hecho la síntesis y porque es muy inteligente y ha explorado los límites de su inteligencia, ha optado por tener una gran fe en Jesús”, o “ahí hay una que tiene una esperanza a toda prueba, porque es capaz de comenzar algo nuevo y chiquitito como si fuera la solución a todos los problemas del mundo”. Quisiera ser siempre de la gente “esa no la tenía” y no de la gente “yo te lo dije”. Son dos tipos de seres humanos. Los neurobiólogos más materialistas (si se puede hablar así) dicen que la evolución pasa por los primeros. Son los que levantan la mirada y se abren a lo nuevo, en vez de quejarse y repetir los errores ya consagrados de las especies que desaparecen. Esto para quitarle “romanticismo” al evangelio y ver a Jesús cómo el único que –con los que hacen todo lo que él les dice – está transformando la realidad “desde la cocina”, como en Caná, desde la fe de los pequeñitos, que son miles de millones, desde lo insolucionable (salvo que se la abrace y se la cargue en la esperanza, junto con Él) de la cruz, en la que están clavados todos los crucificados del mundo. Hay que animarse y probar. Elegir uno el mandamiento que considere más pequeño y jugarse a cumplirlo, dedicándoselo a Jesús con todo cariño. Hay para todos los gustos. El criterio no iría por la obligación “tengo que descubrir lo más pequeño y luego hacerlo y hacerlo”, sino por lo que es pequeño en todas sus dimensiones: pequeño porque no pesa, pequeño porque no lleva mucho tiempo, pequeño porque es fugaz y no hay que repetirlo, pequeño porque el otro ni se da cuenta, pequeño porque yo mismo no considero que sea una gran cosa, quizás porque es algo que hago siempre y que no lo valoraba como importante, pero sí lo es para Jesús. Puede ser rezar un Ave María en la pieza, darle un vasito de agua al que tiene sed (hoy sería una latita bien fría a algún chico de la calle), poner la otra mejilla y no defenderme ante ese comentario que siempre me molesta, acompañar cinco minutos al que me pide dos, rebajar una deuda y no hacer notar sino la cuarta parte de lo que me hicieron esperar… Dar una limosna a escondidas, hacer, por una mañana, primero todo lo que los otros me pidan en el trabajo, dejando para luego lo propio. Jesús pone algunas sugerencias en el Evangelio. Pero santas como Teresita se especializaban en encontrar miles de “pequeños mandamientos” fruto de sentir la predilección de Dios por su pequeñez. Me vienen tres ejemplos de “pequeñas virtudes” en el trato con el prójimo. Uno de Teresita, otro de Hurtado y otro del Papa Francisco.   Teresita cuenta cómo maneja esto de la pequeñez en el trato con las almas: “Le he dicho, Madre querida, que yo misma había aprendido mucho instruyendo a las demás. Lo primero que descubrí es que todas las almas sufren más o menos las mismas luchas, pero que, por otra parte, son tan diferentes las unas de las otras, que no me resulta difícil comprender lo que decía el P. Pichón: «Hay mucha más diferencia entre las almas que entre los rostros». Por tanto, no se las puede tratar a todas de la misma manera. Con ciertas almas, veo que tengo que hacerme pequeña, no tener reparo en humillarme confesando mis luchas y mis derrotas. Al ver que yo tengo las mismas debilidades que ellas, mis hermanitas me confiesan a su vez las faltas que se reprochan a sí mismas y se alegran de que las comprenda por experiencia. Con otras, por el contrario, he comprobado que, para ayudarlas, hay que tener una gran firmeza y no dar nunca marcha atrás de lo que se ha dicho. Abajarse no sería humildad, sino debilidad” (Historia de un alma).   Del tiempo que Hurtado pasó en Córdoba se recuerda una cosa: “pedía los trabajos humildes de la cocina”. Los escritos de esta época reflejan un sincero esfuerzo por avanzar en el camino de la santidad: toma muy en serio su formación, la oración y los estudios; y se empeña en pequeñas virtudes como no hablar mal de los demás, ser amable, o destacar las virtudes ajenas. Entre sus apuntes personales, escribe: “No criticar a mis hermanos, velar sus defectos, hablar de sus cualidades… Hablar siempre bien de los Superiores y de sus disposiciones. Hablar siempre bien de mis hermanos, disculpar sus defectos, poner de relieve sus cualidades”.   Algo del papa Francisco, releyendo cuadernos del 78 al 82, antes de ir de maestrillo al Ecuador, Jorge era nuestro Rector y la vida se tejía entre las idas a los Barrios, las clases, los trabajos en el Máximo y los retiros… No me acuerdo qué macana me habría mandado o de qué cosa obvia para un jesuita no había dado señales de tener ni la menor idea, pero el hecho es que luego de una charla con Bergoglio anoté: “me admira su paciencia y su total y absoluta falta de impaciencia”. Me hizo sonreír la frase porque creo que nunca antes había escrito algo así. Los que comenzábamos nuestra vida en la Compañía, sin una generación intermedia, porque se habían ido casi todos, veíamos a estos hombres de cuarenta, liderados por Jorge, como jesuitas totalmente abocados a nuestra formación, y, aunque lo tomábamos bastante naturalmente, como toman los hijos como natural la dedicación de sus padres, no dejaba de asombrarnos esa apuesta tan radical a una tarea sin mucho brillo como era la de formar a las nuevas vocaciones. Bueno, bastan estos ejemplos de gente enamorada de estos “pequeños mandamientos” de “elegir las tareas pequeñas”, de no tener vergüenza de contar las propias pequeñeces y de soportar con paciencia las pequeñeces de los demás.

Diego Fares sj

Domingo 5 A 2014

constituciones.jpgMedio lentitos

“Ustedes son la sal de la tierra.
Pero si la sal pierde su sabor, ¿con qué se la volverá a salar?
Ya no sirve para nada, sino para ser tirada y pisada por los hombres.
Ustedes son la luz del mundo.
No se puede ocultar una ciudad situada en la cima de una montaña.
Y no se enciende una lámpara para meterla debajo de un cajón, sino que se la pone sobre el candelero para que ilumine a todos los que están en la casa.
Así debe brillar ante los ojos de los hombres la luz que hay en ustedes, a fin de que ellos vean sus buenas obras y glorifiquen al Padre que está en el cielo.”

Contemplación

Sal y luz, dice el Señor que somos.
Y el Papa Francisco, en Evangelii Gaudium:

«Precisamente en esta época, y también allí donde son un « pequeño rebaño» (Lc 12,32), los discípulos del Señor son llamados a vivir como comunidad que sea sal de la tierra y luz del mundo (cf. Mt 5,13-16). Son llamados a dar testimonio de una pertenencia evangelizadora de manera siempre nueva. ¡No nos dejemos robar la comunidad! (EG 92).

Como estoy terminando mis ejercicios espirituales en la querida Villa San Ignacio, la contemplación va a ser para entusiasmar a todos a que hagan sus ejercicios, como hizo una amiga que salió consolada de los suyos y los recomendó por carta a la comisión de Manos Abiertas y todos los hicieron (yo también me sume este año a la recomendación, ya que, por una cosa o por otra – siempre hay excusas para no hacer los ejercicios, así como siempre hay también buenos motivos- los venia postergando).
San Ignacio los recomendaba personalmente y decía que no había mayor regalo que él sentía que le podía hacer a alguien que este de hacer los ejercicios.
Es que, volviendo al evangelio, los ejercicios te dan sal y luz. La sal justa, porque las cosas del mundo vienen o tan saladas que provocan adicción, como las papitas, o tan desabridas y sosas que no tienen encanto. La sal, recordemos, es comunitaria. Tengan sal equivale a sean familia, sean comunidad. La imagen antigua era que para terminar de estar casados casados, una pareja tenia que comerse una bolsa de sal juntos.
Los ejercicios iluminan, dan luz, esa luz mansa que brota de las escenas del evangelio, tan distinta de las luces enlatadas de la autoayuda, como las de las bienaventuranzas mundanas que veíamos el domingo pasado. Necesitamos la luz de Jesus porque la vida viene tenebrosa, con cortes de luz que tanto entristecen a la pobre gente y que causan tanta impotencia. También hay mucho flash puesto donde no tendríamos que vernos obligados a ver. Por pudor y respeto a las personas.
La cuestión es que para graduar la sal y la luz que somos y tenemos hay que meterse unos días en el molde de los ejercicios, molde que es el odre nuevo que quiere Jesus para su vino nuevo.
La Palabra del Señor es eficaz, pero no automática, necesita que le demos tiempo. Es semilla, no pantalla táctil.
Los jesuitas hacemos ocho días, porque somos medio lentitos, pero a un laico con tres días le alcanzan para ordenarse (no de cura, sino en sus afectos, como dice San Ignacio).
Lo de lentitos lo contaba un querido cura ecuatoriano, Alfonso Villalba, que debe estar exultante en el cielo con lo del papa Francisco, porque era su admirador mas ferviente, desde que había conocido «a los maestrillos argentinos» (al primero que conoció fue a Rossi, así que se entiende el entusiasmo por el formador).
El viejo Villalba, como le decíamos cariñosamente, nos esperaba todos los días para que no almorzáramos solos, ya que las clases terminaban casi a las tres de la tarde. Su capacidad de escucha y de contar anécdotas era proverbial. Una de ellas era esta de los «lentitos». Contaba que en la plaza de Quito, inmensa explanada abierta de varias manzanas, rodeada de las Iglesias principales, una mujer sencilla, vendedora de habitas y condimentos, lo había visto pasar y le había dado charla. Quería saber de los padrecitos. El dialogo (pronunciando las s y las c como santiagueño, que nosotros también tenemos tonada andina) fue mas o menos así:
Ud. Es padrecito, no?
Si, señora.
Ah…! Y puedo preguntarle como se hace para ser padrecito, cuantos años estudian?
Mire, eso depende. Ve aquel padrecito que va allá de sotana? Bueno esos estudian cinco años. Son del clero.
Ah…!
Y aquel gordote de habito marrón. Ese es franciscano. Ellos estudian seis o siete años.
Ah…!
Y aquel otro de blanco que se ve allá, lo ve? Bueno, esos estudian ocho años. Son de los Dominicos.
Ah…! Y ustedes padrecito, que son?
Nosotros somos jesuitas. Y estudiamos diez años.
Ah…! Pues con ustedes ha de ir m’hijito, porque es medio lentito, sabe?

Bueno, de aquí viene lo de que los jesuitas necesitamos mas días porque somos medio lentitos (o muy apuraditos), pero lo importante es que al Señor le agrada que le demos tiempo. Es nuestra limosna para Dios, si se puede hablar así. Tan fácil de dar como una monedita en el subte y a veces no la damos (esas son las oraciones cortitas de contar hasta 22, como cuando despega el avión), tan necesaria como esas limosnas mas sustanciosas que, cuando hemos recibido mucho, sentimos que es de justicia compartir.
Sal, luz… y tiempo. Receta evangélica que nunca falla.
Gracias por todos los que rezaron por estos ejercicios y salgo con muchas cosas lindas para compartir, ya que nuestros ejercicios son mas largos porque el Señor nos encomienda muchas gracias lindas para repartir a los amigos.
Diego Fares sj