Domingo 2 A 2014

Yo no lo conocía

 2012-07-25 11.24.55

Al otro día, Juan Bautista ve a Jesús viniendo hacia él y dice:

–         “He ahí el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo. Este es Aquel de quien yo dije: ‘Después de mí viene un hombre que me precede, porque existía antes que yo. Yo no lo conocía pero he venido a bautizar con agua para que él fuera manifestado a Israel”.

Y Juan dio testimonio diciendo:

–         “He visto al Espíritu descender del cielo en forma de paloma y permanecer sobre él. Yo no lo conocía, pero el que me envió a bautizar con agua me dijo:

–         ‘Aquel sobre el que veas descender el Espíritu y permanecer sobre él, ese es el que bautiza en el Espíritu Santo’.

–         Yo lo he visto y doy testimonio de que él es el Hijo de Dios” (Jn 1, 29-34).

Contemplación

Leyendo las palabras de Juan se me presentó su imagen entera al sentir que podía compartir, por un instante, su conciencia de saber con mucha precisión quién era él y quién Jesús.

Esa alegría de Juan de ser amigo del Esposo,

precursor del Mesías,

profeta que es sólo una voz más de Aquel que es la Palabra,

indigno de desatarle la correa de la sandalia al que venía a ser el Servidor de todos,

sacerdote que bautiza sólo con agua al que viene a Bautizar con el Espíritu Santo…

Juan Bautista no se cansa de usar imágenes en las que su gozo es sentir que él disminuye y Jesús crece. No que disminuya hasta desaparecer, nada de eso, sino hasta encontrar su justo límite.

Aquí, al sentir esto, brotó una gran alegría, que creo que es la gracia de Juan para todo el pueblo de Dios que se bautiza.

El Papa Francisco decía el miércoles, con mucha fuerza, que el bautismo nos hace entrar a formar parte de ese río que peregrina a lo largo de la historia que es el santo pueblo fiel de Dios. Somos un anillo –un eslabón- de esa cadena interminable. Y lo esencial en la cadena no es tanto que cada eslabón sea distinto –que lo es- sino que esté unido solidariamente con los demás, que no les suelte la mano a los de atrás ni a los que vienen después.

Contemplando a Jesús, a Juan Bautista se le aclara quién es él, cuál es su misión, quién es ese Dios al que rezaba y que le hizo sentir su llamado en lo íntimo de su corazón, cuál es su rol en medio de su pueblo Israel, y también de la Iglesia a la que Jesús lo incorpora.

La alegría viene cuando a uno se le hace el clic y allí donde encuentra su límite –su orilla-, en vez de mirarse a sí mismo, descubre a Jesús, sonriendo, que nos mira a los ojos.

Digo que se nos hace el clic o nos cae la ficha porque es lo que nos comparte Juan. “Yo no lo conocía”, dice dos veces. Claro que conocía a su primo y su vida entera estuvo marcada por Jesús, por su tía, la Virgen María que vino a ayudarle a su mamá cuando quedó embarazada de él… Lo que pasa es que con Jesús, siempre, la experiencia es que uno “no lo conocía”, cada vez que él nos hace dar un pasito adelante en intimidad. Es un poco como les pasa a muchos con el Papa Francisco. Aunque algunos, en vez de decir admirados “yo no lo conocía” dicen: “está desconocido”, como diciendo “nadie lo conocía”. La misma realidad puede servir para acercarse o para alejarse…

Juan le toma el gusto a hacer que Jesús se le manifieste más y más. Por eso mandó a preguntarle: “eres tú el que ha de venir o debemos esperar a otro”. Igual como cuando le dijo: «Soy yo el que tiene necesidad de ser bautizado por ti, ¡y eres tú el que viene a mi encuentro!» (Mt 3, 14).

Juan entra con gusto en esta dinámica de oración que consiste en cuestionar a Jesús desde su límite y gozar con lo novedoso de los gestos del Señor –gestos de humildad, como el de hacerse bautizar por él como uno más del pueblo, gestos de Mesías que viene a evangelizar a los pobres y a sanar a todos-.

La alegría viene al encontrar nuestra tarea, nuestro puesto en medio del pueblo de Dios, del que formamos parte.

Juan estaba en medio de la suya cuando vino a él Jesús.

Allí cayó en la cuenta de una misión más de fondo que la de realizar nuestra tarea:

“El que me envió (a mi tarea) de bautizar con agua, me dijo: “Aquel sobre el que veas

descender el Espíritu y permanecer sobre él, ese es el que bautiza en el Espíritu Santo’.

Yo lo he visto y doy testimonio de que él es el Hijo de Dios”

Dar testimonio de Jesús. Esa es la misión grande. Y para dar testimonio uno tiene que hacerlo desde su propio lugar. No en general, como si uno lo publicara en un diario. Uno tiene que estar en su puesto, en su tarea, desarrollando su carisma, sirviendo en lo que sabe hacer y, cuando Jesús pasa por allí, entonces uno da su testimonio, de que también hasta esas periferias en las que uno vive –pequeño y perdido en el mar de la historia- hasta allí se acerca Jesús, el Hijo de Dios hecho hombre.

….

En estos días, en que algunos colaboradores están de vacaciones, me toca dar una mano en la entrada del segundo turno al comedor. Con el primero no hay problemas porque la gente viene desde la mañana y se van llenando los comedores de a poco. El segundo turno es más “calentito”. Han estado esperando enfrente y, aunque damos número una media hora antes para que ya sepan si habrá lugar o no, la entrada necesita que seamos varios los que la ordenamos. Lamentablemente, en tantos años, los comedores no hemos logrado articular las vacaciones y casi todos cierran al mismo tiempo y eso hace que nos quede gente afuera en Enero.

Cuando están limpios los comedores, barrido el piso, limpiadas las mesas y puestos los vasos, Sergio va la calle a pedir los números, Alejandro, el guardia, mira que todo vaya bien y, por las dudas, está el policía Gustavo. Adentro hemos ideado que estemos cuatro por lo menos: uno delante de cada uno de los tres comedores, para que la gente pase de largo hacia el baño, a lavarse las manos y refrescarse un poco, y otro en el patio de atrás.

El Hogar, para el que no lo conoce, era una casa chorizo de las antiguas: 35 metros de largo por 11 de ancho. A la derecha (según uno entra) piezas, a la izquierda patio.

En el medio, una construcción más grande que ahora son los baños y dos piezas chiquitas a la izquierda, separan la casa en dos patios unidos por un pasillo.

El segundo patio es igual: a la derecha oficinas, a la izquierda patio y un pequeño oratorio. En los cuatro metros del fondo (4 por 11) construimos un nuevo edificio de dos pisos con los dormitorios.

La cuestión es que el segundo turno va entrando en fila, en oleadas de a 10 hasta completar sus 84 lugares en las 14 mesas. Entran por el pasillo y hay que tratar de que pasen derecho hasta el último patio, entren al baño por detrás y salgan de vuelta hacia el primer comedor. El que vayan de a diez es para que no se choquen los que entran con los que ya se lavaron.

Toda esta circulación partió de una cuestión higiénica recomendada por los médicos cuando fue lo de la gripe A. Luego se convirtió en un pasito más en orden a brindar la oportunidad de que uno se pueda lavar las manos antes de comer, aunque no haya gripe. Pero lo que quiero resaltar es que esta complicada fila nos dio la oportunidad de saludar personalmente a cada uno de los que entra. Y este saludo, que está a cargo de nuestra Coordinadora General que fue la que vio la gracia, no es solo cuestión de humanidad y de amabilidad, sino que es parte de la misión misma del Hogar.

Con algunos del segundo turno, que vienen tan golpeados -desamparados hasta de sí mismos-, es a veces el único contacto personal posible, porque quieren comer, ver un rato “El zorro” y salir volando a la calle con una naranja a medio chupar en las manos. No desean charlar con una trabajadora social ni con nadie.

En este saludo cotidiano, comienza a tejerse un vínculo, que, con el tiempo, da frutos.

Parece casi nada y sin embargo es todo.

Ahora que me toca estar y le doy la mano a casi todos (alguno pasan tan cabizbajo que ni me ve), siento que es el momento más lindo del día. Me siento un poco el papa Francisco con mi pequeña multitud, sin papamóvil ni aclamaciones.

Creo que con su ejemplo nos enseñó a saludar y, una tarea linda que era propia del Hogar, se iluminó con una luz nueva.

Repaso las filas de estas semanas y surgen muchas cosas.

Una, la primera mirada. Lastiman los ojos los que vienen heridos como si vinieran de la guerra, las heridas en la cabeza, los brazos enyesados, las muletas y los pies hinchados, las vendas blancas en la rodilla… Vienen transpirados, desaseados, con ropas mezcladas…

Luego, el apretón de manos: como se saluda ahora, enlazando primero los pulgares y luego apretando la palma y a veces con otra vuelta. Las manos antes que nos las lavemos… Y con las manos, las frases y las sonrisas: hola diego, pastor, perdón cura, tengo las manos sucias, como anda padre, mucho gusto señor, como le va, todo bien,

–  padre, digamé como es eso de que su padrino es de San Lorenzo y usted es de Boca,

–  y… está justo: el padre es de San Lorenzo y el hijo de Boca… Les encantó la ocurrencia, porque se ríen varios mientras va pasando la fila. Siempre tengo la sensación como de que en algún momento pasó Jesús. Ni hace falta que lo vea. Lo reconozco después, ahora que rezo y algunas lágrimas me confirman que es gracia. Ese es mi puesto. Uno más en la fila de acogida cordial, como dice el programa del Hogar. El asunto es tener la propia tarea y estar atento a cuando pasa Jesús, para dar testimonio de que Él es el que cuenta, el único que puede saludar a todos, charlar con todos, hacer que todos alcancemos nuestro objetivo promocional, la mejor versión de nosotros mismos, la que él soñó y por la que dio la vida.

Diego Fares sj