Domingo 4 A 2014

¿Se nos ha banalizado la felicidad?

Jesús al ver a las muchedumbres subió a la montaña y cuando se sentó se le acercaron sus discípulos. Entonces, él comenzó a hablar y les enseñaba diciendo:

Benditos los pobres de espíritu porque de ellos es el reino de los cielos.

Benditos los que son dulces y mansos porque ellos heredarán la tierra.

Benditos los que lloran porque serán consolados.

Benditos los que están hambrientos y sedientos de justicia porque serán saciados.

Benditos los misericordiosos porque se tendrá misericordia con ellos.

Benditos los de corazón limpio porque verán a Dios.

Benditos los que obran con paz porque serán llamados hijos de Dios.

Benditos los que padecen persecución por practicar lo que es justo porque de ellos es el reino de los cielos. Benditos son ustedes cuando los maldigan y los persigan y cuando digan todas cosas malas de ustedes por mi causa, gocen y exulten de alegría porque su recompensa es grande en los cielos. Así persiguieron a los profetas que los precedieron (Mt 5, 1-12).

 

Contemplación

Asré, en hebreo, Makarios, en griego, you fú, en chino, ser bendecido y dichoso, en español…

Todos los hombres buscamos la felicidad y esta tiene siempre una medida personal y una medida interpersonal, es decir comunitaria, social. No sólo se trata de lo que uno siente y valora sino que la valoración de los que uno ama (de Dios en último término) y de la comunidad en la que vive, hace a la felicidad.

Todas las bienaventuranzas de Israel, que eran muchísimas giraban en torno al agrado de Yavéh y a cumplir su Ley, a la fecundidad y a la tierra prometida… Con Jesús, quedaron vinculadas al acontecimiento exclusivo y decisivo del advenimiento del Reino de los Cielos (Lino Dolan op).

La felicidad es entrar y vivir en el Reino de los Cielos. Quedarse afuera es la desdicha mayor.

El único deber y el deseo de los deseos es “que venga su Reino”.

Todo lo demás es “añadidura” (Pablo dirá “desperdicio”).

……………

Pero antes de seguir con el Evangelio, bajemos un momento a nuestra situación actual.

Para que el evangelio resuene no sólo en sí mismo ni en la Iglesia sino en la vida de nuestra sociedad (como está resonando la voz del Papa Francisco que encuentra eco en todas partes), es bueno preguntarnos: ¿Qué es la felicidad para nuestra cultura, para nuestra mentalidad de comienzos del siglo XXI? Hago esta pregunta no en un sentido filosófico especializado sino en cuanto que cada época y cada pueblo y cultura tiene “imágenes de la felicidad” que inciden en nuestra apreciaciones. Otra manera de preguntar lo mismo sería: ¿Qué imágenes y deseos se activan “espontáneamente” en nosotros cuando escuchamos la palabra “felicidad”? ¿Por qué hay que hacer este ejercicio? Por que si no, sin darnos cuenta, cuando Jesús dice “felices los que lloran”, por ejemplo, una vocecita dice en nosotros “ma qué felices ni felices” o “sí, pero no”, “si Jesús lo dice por algo será, pero esto no pega para nada en el mundo de hoy”.

Lo que quiero decir es que a veces, las palabras de Jesús quedan muy allá arriba. Por algo nos asombramos tanto de que, cuando las dice el Papa Francisco, llegan, bajan a la realidad, tocan los corazones. Que él encuentre la manera de decir las cosas para que lleguen tiene relación con un discernimiento de la cultura actual. Por eso analizamos un poco en qué imagen de felicidad anda por los medios.

…………..

Crease o no, esto les preocupa a los encuestadores y hay “encuestas sobre la felicidad”. Gallup hizo una hace dos años en Argentina y, entre otras cosas salió que, en los últimos 30 años se redujo la cantidad de infelices (sic) del 22 al 14%. También surgió de la encuesta que la mayoría de la gente se considera muy feliz (32%) o bastante feliz (52 %) y sólo el 14 % no muy feliz o nada feliz. Hay más jóvenes muy felices que viejos muy felices (40% contra 22 %). Lo que hace más felices a las personas son la familia, la buena salud, el trabajo y los hijos, en ese orden (39%, 29%, 22%, 18%).

Teniendo en cuenta estos datos, en La Nación del domingo salió un artículo titulado: “¿Estás satisfecho con la vida que tenés?” y entre muchos análisis sociológicos y sicológicos, entre los que se analizaban nuestra relación con el pasado, el presente y el futuro, se daban 10 sugerencias. Les confieso que cuando los terminé de leer sentí algo así como un rechazo – “algo no va con esto” – . Después me lo formulé: ¿qué imagen tienen de un hombre los que sugieren estas cosas (y ni plantean otras)? Me imaginé cómo sería si todos siguiéramos esas sugerencias y surgió la imagen de los habitantes de esas sociedades futuras que se ven en películas como Elysium o 1984,  en las que los ciudadanos viven felices gracias al bienestar que les da el estado pero pagando el precio de no plantear temas políticos ni religiosos.

Transcribo las sugerencias con un agregado.

– (Felices los que) Identifican los verdaderos deseos (no persiguen sueños o proyectos ajenos)

– (Felices los que) Son precisos y concretos sobre los objetivos (no pierden tiempo, ni energía ni dinero).

– (Felices los que) Sintonizan con las propias emociones. El gran objetivo, siempre: las emociones positivas.

– (Felices los que) No olvidan qué da placer y qué gratifica. Se puede elegir entre una vida hedónica (en busca siempre del placer, evitando el dolor) o un enfoque eudemónico (ir en busca de la felicidad en función de la plena realización del propio potencial).

– (Felices los que) Sincronizan con los relojes del tiempo. Ni ayer ni mañana; hoy, aquí y ahora. Vivir del pasado es nostalgia; vivir del futuro, ansiedad. Vivir de lo que no logré, angustia (depresión); vivir de lo que voy a lograr , además de estrés y obsesión, genera la pérdida de la oportunidad que se puede tener hoy.

– (Felices los que) Mantienen costumbres lo más saludables posibles. Cada quien, en la medida de sus posibilidades: ingerir alimentos de calidad con moderación; saborear y disfrutar de lo que tanto gusta, sin culpa, pero en su medida justa; descansar, relajarse, tratar de buscar espacios verdes y con aire puro; hacer ejercicio con regularidad (caminar, aunque más no sea). Premiar el esfuerzo con algo que realmente satisfaga.

– (Felices los que) Promueven vínculos saludables. Reunirse con amigos, cuidar las relaciones íntimas, conocer los beneficios que conlleva agradecer, perdonar y saber pedir perdón. Tratar de mantener contacto y preservar las redes familiares. Unirse con gente afín para, además de compartir, no dejar de hacer aquellas cosas que hacen bien (baile, música, deportes). Ser solidarios, revisar costumbres, estilos de pensar, sentir, decir y escuchar (comunicación).

– (Felices los que) Buscan el reconocimiento profesional y/o económico en su trabajo. Que el objetivo de éxito sea coherente con el resto de los objetivos y estilo.

– (Felices los que) Cuando sienten que solos no pueden, más allá del apoyo de la familia y amigos, consultan con los profesionales capacitados para ayudar a trabajar sobre trastornos, dolores y limitaciones.

– (Felices los que) Piensan más sugerencias.

Uno puede leer con la superficialidad con que se hojea la revista del domingo y sentir que está bien. Hay varias sugerencias que están bien pescadas y uno asiente a ellas. Pero si uno sacude un poco ese formato de autoayuda que consumimos a toda hora y dice: “pará, estamos hablando de la felicidad. No se puede mezclar así nomás con ‘satisfacción’”. Hablar de economía o de política y decir cualquier cosa, es grave, pero hablar de la felicidad y reducirla a lo de más arriba no es bueno. Cuando se habla de lo más sagrado, banalizarlo es una manera de blasfemar; aunque suene fuerte, creo que es así.

Si estamos hablando de felicidad humana no puede ser que se excluyan los valores trascendentes. Que no se hable de Dios ni siquiera de modo condicional  (“ser fiel al Dios en quien creés”, por ejemplo), puede ser algo que ya está tan metido en nuestra mentalidad así llamada “laica” que lo aceptemos, pero que ningún consejo hable de “hacer algo por los demás”, me parece terrible. Los consejos son de una autorreferencialidad aislada casi total. Solo se salva lo de “agradecer, perdonar y pedir perdón” pero lo arruinan cuando dicen “conocé los beneficios que conlleva practicar esto”. Lo mismo que “ser solidarios” que ponen después de “bailar y escuchar música”. No hay casi nada “absoluto”, ningún valor por el amor al valor mismo, nada “por amor al otro sin beneficio propio”. La búsqueda de Dios, adorarlo y servirlo, el trabajo solidario, la lucha por la justicia, el amor apasionado, la fidelidad a la familia y a la patria… Nada de esto: sólo valores “funcionales” para sentirse satisfechos, como si fuéramos un animal, totalmente centrado en su propia autosatisfacción, natural y sanísima, pero clausurada en sí.

Puede ser que el autor o los autores digan que a propósito excluyen temas absolutos o trascendentes para hablar en un lenguaje “neutral”. Pero vemos que no es así pues de tanto en tanto se hacen afirmaciones absolutas. Si profundizamos, se pueden discernir algunas falacias terribles (terribles porque uno las acepta en un primer momento como lógicas). “Vivir del pasado es nostalgia, vivir del futuro es ansiedad”.

Nada de eso! Hay un vivir del pasado que es “memoria agradecida” y un vivir del futuro que es “alegre esperanza”.

Pensar en lo que no logré o hice mal puede ser arrepentimiento humilde y fecundo cuando le pido perdón a Dios, no sólo es “depresión”.

Vivir de lo que voy a lograr, puede ser esperanza en las promesas si lo que lograré lo veo como puro don del Amor de Dios. No sólo es motivo de estrés.

 

Es curiosa también la secuencia de estos consejos. La quinta (la comentamos arriba), que es mentirosa y nociva, hace afirmaciones absolutas sobre el tiempo (que, paradójicamente es lo único que es sólo de Dios!).  Y las hace usando palabras que meten miedo como depresión y ansiedad. Además, viene precedida y es seguida por otras afirmaciones más funcionales y de sentido común (ingerir alimentos de calidad, caminar aunque más no sea…).

Hay que estar atentos a cómo nos vienen las ideas, mezcladitas y de la mano, las simpáticas y buenas con las que son “lobos feroces”.

Frente a estas propuesta para la felicidad, están las bendiciones de Jesús.

De la riqueza infinita de las Bienaventuranzas, que son como agua viva para nuestra sed de absoluto, me quedo hoy con un aspecto totalmente  que es totalmente contrario a las “sugerencias” del artículo de La Nación.

Lo expresaría así: las sugerencias tienden a “desdramatizar la felicidad” en cambio Jesús la presenta en su dramatismo más real.

El tono de las sugerencias va por el lado de: “que todo funcione bien y así estarás más feliz”. Focalizate en los objetivos, comé sano, vinculate bien, date algún gustito, viví el ahora, pensamientos sólo positivos, andá al especialista…

Caricaturizo un poco pero es el tono de fondo. Hay también otros valores pero un poco como maquillaje y decorado de la vida.

Jesús en cambio presenta las “felicidades” grandes y afronta lo dramático que resulta alcanzarla y poseerla.

Jesús señala: la felicidad está en vivir en el Reino de los Cielos. El Reino de los Cielos es vivir en la amistad con Jesús, como Hijos del Padre, recibiendo todos los dones del Espíritu Santo. Si ellos habitan en nuestro corazón y nos cuidan y alimentan, si nos guían y defienden, la felicidad es plena. Y el Señor nos recuerda que a esa felicidad del Reino se entra por el camino de la pequeñez y de la pobreza espiritual, no por ningún poder humano.

Jesús constata que la felicidad humana tiene que ver con heredar y poseer la tierra. Somos parte de este planeta y de este universo y poder sintonizar con la naturaleza, trabajarla y mejorarla, gozar de sus frutos y compartirlos, pasear y explorar la tierra, es parte de nuestra felicidad. Nos recuerda Jesús que esa relación buena con nuestra querida Tierra se logra con mansedumbre y dulzura, no con desastres ecológicos.

Jesús constata que la felicidad tiene que ver con esos “momentos de gracia” que llamamos consolación. Y vincula consolación con llanto. Nos recuerda que la consolación nos la da Dios cuando sabemos “llorar bien” por los pecados propios y por los sufrimientos de los inocentes. No hay verdadera alegría si uno tapa el pecado y cierra los ojos y el corazón al dolor del mundo.

La felicidad, dice Jesús, tiene que ver con lo social, con lo de todos. Y eso requiere que se haga justicia en todos los aspectos de la vida política. Esta justicia no cae del cielo, necesita gente que tenga hambre y sed de justicia y que luche y trabaje por lograrla. Esto trae persecuciones.

La felicidad, dice el Señor, tiene que ver también con lo más personal, con nuestras llagas y miserias y consiste en que se nos perdonen las faltas y se nos curen las llagas. Obtener eso va ligado, dramáticamente, al hecho de que seamos misericordiosos con los demás y no duros de corazón.

La felicidad, dice Jesús, consiste en ver el Rostro de Dios y descubrir que somos a su imagen. Eso se logra dejando que Jesús nos limpie el corazón. No se logra ninguna autolimpieza farisaica.

La felicidad consiste en ser hijos de Dios y eso tiene como requisito trabajar por la paz entre los hermanos e hijos del mismo Dios. Ya sabemos que poner paz y cuidar la paz requiere tragarse muchas opiniones, mirar para adelante, perdonar, calmar, ser constantes, saber perder, apostar al largo plazo…

El modelo de felicidad que presenta Jesús, el tipo de personas que la alcanzan y las actitudes que sus amigos están dispuestos a cultivar, dista mucho del modelo de autosatisfacción y buen funcionamiento que nos presenta el mundo.

Mafalda

Diego Fares sj

 

Domingo 3 A 2014

Periferias

 

lasaladacarry

Cuando Jesús se enteró de que Juan había sido entregado, se retiró a Galilea. Y, dejando Nazaret, se quedó a habitar en Cafarnaúm, a orillas del lago, en los confines de Zabulón y Neftalí, para que se cumpliera lo que había sido anunciado por el profeta Isaías:

¡Tierra de Zabulón, tierra de Neftalí, camino del mar,

país de la Transjordania, Galilea de las naciones!

El pueblo que se hallaba en tinieblas

vio una gran luz;

a los que habitaban

en las oscuras regiones de la muerte,

les amaneció una luz (Is 9, 2).

A partir de ese momento, Jesús comenzó a proclamar

«Conviértanse, porque está cerca el Reino de los Cielos.»

Mientras caminaba a orillas del mar de Galilea,

Jesús vio a dos hermanos:

a Simón, llamado Pedro, y a su hermano Andrés,

que echaban las redes al mar porque eran pescadores.

Entonces les dijo:

«Síganme, y yo los haré pescadores de hombres.»

Inmediatamente, ellos dejaron las redes y lo siguieron.

Continuando su camino, vio a otros dos hermanos:

a Santiago, hijo de Zebedeo, y a su hermano Juan,

que estaban en la barca con Zebedeo, su padre, arreglando las redes;

y Jesús los llamó.

Inmediatamente, ellos dejaron la barca y a su padre, y lo siguieron.

Jesús recorría toda la Galilea,

enseñando en las sinagogas,

proclamando la Buena Noticia del Reino

y curando todas las enfermedades y dolencias de la gente (Mateo 4, 12-23).

 

Contemplación

Pequeño diccionario periferiológico

Salir a la periferia geográfica: pasar cerca del que sé que me va a pedir.

Salir a la periferia temporal: quedarme charlando con el que visito un rato más de lo que a mí me parece, hasta que él otro sienta que terminó la conversación.

Salir a la periferia ideológica: dialogar sin pelear con el que piensa totalmente distinto que yo en política hasta comprender el punto de vista bueno que quiere defender.

Salir a la periferia espiritual: quedarme un rato ante el sagrario –gratuitamente-  regalándole un rato a Jesús.

……………………

¿Dónde quedan las fronteras, esas “periferias” de las que nos habla el Papa Francisco y a las que nos urge a salir para anunciar el Evangelio?

Antes que nada conviene decir que lo de las periferias no es una ocurrencia de Francisco ni una mera cuestión ideológica, como la de oponer la periferia al centro. En el evangelio de hoy vemos que se trata de la estrategia apostólica de Jesús que, para comenzar su vida pública, se va a la periferia geográfica y cultural de su época. “Se retiró a Galilea. Y, dejando Nazaret, se quedó a habitar en Cafarnaúm, a orillas del lago, en los confines de Zabulón y Neftalí” nos dice Mateo. Y medita acerca de esta actitud del Mesías recordando al profeta Isaías que había prometido “una luz para los que vivían en las oscuras regiones de la muerte”. Allí comienza Jesús a evangelizar y a llamar a sus discípulos: en la periferia. Sale del territorio hogareño de Nazaret y no se va a la gran Jerusalén sino que se quedó a habitar en Cafarnaún, la aldea de pescadores donde vivían Pedro, Andrés, Santiago y Juan.

 

En su charla con los religiosos el papa nos exhortaba: “los religiosos y las religiosas son hombres y mujeres que iluminan el futuro». Y decía cómo hay que hacer para “iluminar”. Para iluminar, lo primero “es “dedicar un tiempo para ir a la periferia y tener experiencia de lo que vive la gente”: “Yo estoy convencido de una cosa –dice el Papa- : los grandes cambios de la historia se realizan cuando la realidad fue vista no desde el centro, sino desde la periferia. Es una cuestión hermenéutica: se comprende la realidad solamente si se la mira desde la periferia, y no si nuestra mirada es desde un centro equidistante de todo. Para entender de verdad la realidad, debemos movernos de la posición central de calma y tranquilidad, y dirigirnos hacia la zona periférica. Estar en periferia ayuda a ver y entender mejor, a hacer un análisis más correcto de la realidad, escapando del centralismo y de los enfoques ideológicos. No sirve estar en el centro de una esfera. Para entender, nos debemos ‘descolocar’, ver la realidad desde más puntos de vista diferentes. Es necesario conocer la realidad por experiencia, dedicando un tiempo para ir a la periferia para conocer de verdad la realidad y lo vivido por la gente. Si esto no ocurre, entonces, se corre el riesgo de ser abstractos ideólogos o fundamentalistas, y esto no es sano».

No se trata de una cuestión ideológica sino vivencial.

“Descolocarse”, dice el papa, “dedicar tiempo”. “Movernos” desde la posición central de calma y tranquilidad y dirigirnos hacia la zona periférica”. “Ver desde más puntos de vista diferentes”.

La periferia no es sólo espacial. Es necesario ir a las zonas más pobres, salir a la calle, buscar a los excluidos…, pero no basta. Se requiere tiempo. Uno piensa distinto cuando dedica tiempo a estar en la periferia. Y así como para alcanzar la frontera espacial hay que moverse y alejarse del centro, para alcanzar la frontera temporal hay que dedicar tiempo. Y esto no una vez  sino “repetidamente”, todos los días un buen rato.

Y aún esto, que es imprescindible, tampoco basta. Porque la rutina cierra las fronteras, baja la cortina, nubla los ojos. Una vez que uno se sitúa en la frontera y vuelve cotidianamente a ella, hace falta dialogar. Dar la mano, mirar a los ojos, decir una palabra y escuchar la respuesta. La frontera de cada persona la marca su manera de pensar y de sentir: cada uno vivimos centrados en nuestro mundo interior y para asomarse al del otro hay que descentrase, salir de sí, de la propia opinión y dialogar.

Me dice uno: “vos sos cura y no me dejás entrar a comer. Y yo le digo: no hay más lugar, hermano. Siempre hay más lugar, me dice él. Si te dejo entrar hoy a vos, es injusto para los que se fueron antes, cuando repartimos los números. Dejeme entrar solo por hoy, le prometo que mañana no vengo. Si te dejo entrar hoy mañana vienen más. Por eso damos número y un mensaje claro: los otros comedores cierran y nosotros seguimos abiertos en Enero, pero no podemos brindar más que dos turnos de almuerzo. Son 168 lugares y no más. Deme una bandejita entonces y como afuera. No damos comida para comer en la calle. Damos lo que podemos dar bien. Y vos decís que sos cura y me negás la comida. Yo no te saco nada. No te puedo dar algo que vos necesitas, pero no te saco nada. Ahora estoy charlando con vos y le estoy sacando tiempo a servir la mesa a los que tengo adentro. Si no ponemos un límite claro a lo que damos el Hogar no duraría, sería un despelote…”.

La charla sigue así. Los demás escuchan cómo perdemos tiempo explicando lo que la mayoría entiende y acepta con cariño y lo que algunos, que están muy golpeados, no pueden o no quieren aceptar y se van mal, insultando o resentidos. Algunos no vuelven. Otros vienen tempranito y piden disculpas… – perdoná cura, ayer estaba caliente, pero por otra cosa. Con el hogar todo bien-. Cada persona es un mundo.

Para mí, salir a la periferia, es perder tiempo charlando con uno, explicar, sentir lo que él siente, tratar de comprender cómo nos ven, explicar lo que intentamos hacer. Y lo que siento, lo que quiero comunicar en esta contemplación es que, la verdad, es que este mundo tiene las periferias ahí nomás. Hay tanta información suelta, tantos puntos de vista. Cada uno piensa distinto, basta escuchar a la gente que habla en la radio. Estamos perdidos cada uno en su frontera interior, chocando con los demás. Por eso hace falta tiempo. Eso son las instituciones: construcciones hechas y sostenidas en común donde es posible dialogar con la gente al mismo tiempo que uno la ayuda y sirve.

El Papa dice que “La Iglesia « en salida » es una Iglesia con las puertas abiertas. Salir hacia los demás para llegar a las periferias humanas no implica correr hacia el mundo sin rumbo y sin sentido. Muchas ve­ces es más bien detener el paso, dejar de lado la ansiedad para mirar a los ojos y escuchar, o re­nunciar a las urgencias para acompañar al que se quedó al costado del camino. A veces es como el padre del hijo pródigo, que se queda con las puertas abiertas para que, cuando regrese, pueda entrar sin dificultad” (EG 46).

La puerta abierta, como experimentamos en el Hogar, tiene también sus dificultades. “Detener el paso, mirar a los ojos, escuchar…” permite que uno acceda a la periferia dialogal, que uno se acerque a los límites y riquezas que tiene el otro en su manera de expresar las cosas, en su lenguaje, en sus sentimientos.

Y aquí entra Jesús como por un tubo. Uno dice (experimenta): es imposible ir a las periferias. Uno se queda detenido en la primera aduana que pone el otro. Muros y barreras por todos lados.

Salir al encuentro del otro, dialogar en el límite, sólo es posible con Jesús, gracias a Jesús. Sólo es posible si uno lleva el “evangelio de Jesús”, la buena noticia de Jesús. Si uno, en cambio, sale con sus propios pensamientos y modos, sólo puede acceder a algunas personas muy contadas, a las del mismo partido.

Quizás eso es a lo que apunta el papa cuando dice que “la realidad se comprende mejor desde la periferia”. ¿Qué realidad? La del propio límite y la de la grandeza de lo que nos ofrece Jesús.

Sólo Él es capaz de hacernos “pescadores de hombres”. Gente que tira el anzuelo más allá de lo que ve y acierta en el corazón del otro.

La imagen del Señor, por la orilla del mar de Galilea, pescando discípulos, dedicando tiempo a enseñarle a la gente, curando sus enfermedades y dialogando con todos, es la imagen viviente de lo que significa “salir a las periferias”.

Si la vida plena es plenitud de relaciones, el Evangelio de Jesús es como un inmenso Shopping o una interminable “Saladita” espiritual –verdadera periferia– , en la que se ofrecen todo tipo de “dispositivos” para vivir mejor, para comunicarnos, comprendernos y amarnos más entre los hombres. Cada encuentro del Señor, cada parábola, cada refrán suyo, es gracia pura al alcance de la mano, don para saber cómo salir de nosotros mismos y acercarnos y vincularnos con los demás.

Y no se trata de productos enlatados o de recetas de autoayuda. Se trata de palabras vivas y vividas, con las que se puede entrar en diálogo, contemplando el evangelio, y  que se traducen al mismo tiempo en palabras que sirven para hablar y entenderse en la acción con los demás.

 

Jesús es la Periferia de Dios que nos sale al encuentro a nosotros, pobres excluidos de una vida que se nos escapa de las manos. El se complace en salir de sí y acercarse a nuestra vida. O, mejor, siempre que salimos de nuestro charquito y de nuestra barca, nos encontramos a un Jesús metido de lleno en nuestra propia vida. El nos hace sentir que con él en nuestra barca podemos vivir a pleno.

 

Así, apenas salimos, lo encontramos a Él. Antes incluso que a los pobres, a los que muchas veces tememos encontrar. Apenas uno sale un rato de si, se encuentra con Jesús, que anda caminando a orillas del lago de la existencia, mirando a quién pescar con su anzuelo de amor incondicional para convertirlo en pescador de hombres como es Él, el divino Pescador.

Diego Fares sj

 

 

 

 

 

 

Domingo 2 A 2014

Yo no lo conocía

 2012-07-25 11.24.55

Al otro día, Juan Bautista ve a Jesús viniendo hacia él y dice:

–         “He ahí el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo. Este es Aquel de quien yo dije: ‘Después de mí viene un hombre que me precede, porque existía antes que yo. Yo no lo conocía pero he venido a bautizar con agua para que él fuera manifestado a Israel”.

Y Juan dio testimonio diciendo:

–         “He visto al Espíritu descender del cielo en forma de paloma y permanecer sobre él. Yo no lo conocía, pero el que me envió a bautizar con agua me dijo:

–         ‘Aquel sobre el que veas descender el Espíritu y permanecer sobre él, ese es el que bautiza en el Espíritu Santo’.

–         Yo lo he visto y doy testimonio de que él es el Hijo de Dios” (Jn 1, 29-34).

Contemplación

Leyendo las palabras de Juan se me presentó su imagen entera al sentir que podía compartir, por un instante, su conciencia de saber con mucha precisión quién era él y quién Jesús.

Esa alegría de Juan de ser amigo del Esposo,

precursor del Mesías,

profeta que es sólo una voz más de Aquel que es la Palabra,

indigno de desatarle la correa de la sandalia al que venía a ser el Servidor de todos,

sacerdote que bautiza sólo con agua al que viene a Bautizar con el Espíritu Santo…

Juan Bautista no se cansa de usar imágenes en las que su gozo es sentir que él disminuye y Jesús crece. No que disminuya hasta desaparecer, nada de eso, sino hasta encontrar su justo límite.

Aquí, al sentir esto, brotó una gran alegría, que creo que es la gracia de Juan para todo el pueblo de Dios que se bautiza.

El Papa Francisco decía el miércoles, con mucha fuerza, que el bautismo nos hace entrar a formar parte de ese río que peregrina a lo largo de la historia que es el santo pueblo fiel de Dios. Somos un anillo –un eslabón- de esa cadena interminable. Y lo esencial en la cadena no es tanto que cada eslabón sea distinto –que lo es- sino que esté unido solidariamente con los demás, que no les suelte la mano a los de atrás ni a los que vienen después.

Contemplando a Jesús, a Juan Bautista se le aclara quién es él, cuál es su misión, quién es ese Dios al que rezaba y que le hizo sentir su llamado en lo íntimo de su corazón, cuál es su rol en medio de su pueblo Israel, y también de la Iglesia a la que Jesús lo incorpora.

La alegría viene cuando a uno se le hace el clic y allí donde encuentra su límite –su orilla-, en vez de mirarse a sí mismo, descubre a Jesús, sonriendo, que nos mira a los ojos.

Digo que se nos hace el clic o nos cae la ficha porque es lo que nos comparte Juan. “Yo no lo conocía”, dice dos veces. Claro que conocía a su primo y su vida entera estuvo marcada por Jesús, por su tía, la Virgen María que vino a ayudarle a su mamá cuando quedó embarazada de él… Lo que pasa es que con Jesús, siempre, la experiencia es que uno “no lo conocía”, cada vez que él nos hace dar un pasito adelante en intimidad. Es un poco como les pasa a muchos con el Papa Francisco. Aunque algunos, en vez de decir admirados “yo no lo conocía” dicen: “está desconocido”, como diciendo “nadie lo conocía”. La misma realidad puede servir para acercarse o para alejarse…

Juan le toma el gusto a hacer que Jesús se le manifieste más y más. Por eso mandó a preguntarle: “eres tú el que ha de venir o debemos esperar a otro”. Igual como cuando le dijo: «Soy yo el que tiene necesidad de ser bautizado por ti, ¡y eres tú el que viene a mi encuentro!» (Mt 3, 14).

Juan entra con gusto en esta dinámica de oración que consiste en cuestionar a Jesús desde su límite y gozar con lo novedoso de los gestos del Señor –gestos de humildad, como el de hacerse bautizar por él como uno más del pueblo, gestos de Mesías que viene a evangelizar a los pobres y a sanar a todos-.

La alegría viene al encontrar nuestra tarea, nuestro puesto en medio del pueblo de Dios, del que formamos parte.

Juan estaba en medio de la suya cuando vino a él Jesús.

Allí cayó en la cuenta de una misión más de fondo que la de realizar nuestra tarea:

“El que me envió (a mi tarea) de bautizar con agua, me dijo: “Aquel sobre el que veas

descender el Espíritu y permanecer sobre él, ese es el que bautiza en el Espíritu Santo’.

Yo lo he visto y doy testimonio de que él es el Hijo de Dios”

Dar testimonio de Jesús. Esa es la misión grande. Y para dar testimonio uno tiene que hacerlo desde su propio lugar. No en general, como si uno lo publicara en un diario. Uno tiene que estar en su puesto, en su tarea, desarrollando su carisma, sirviendo en lo que sabe hacer y, cuando Jesús pasa por allí, entonces uno da su testimonio, de que también hasta esas periferias en las que uno vive –pequeño y perdido en el mar de la historia- hasta allí se acerca Jesús, el Hijo de Dios hecho hombre.

….

En estos días, en que algunos colaboradores están de vacaciones, me toca dar una mano en la entrada del segundo turno al comedor. Con el primero no hay problemas porque la gente viene desde la mañana y se van llenando los comedores de a poco. El segundo turno es más “calentito”. Han estado esperando enfrente y, aunque damos número una media hora antes para que ya sepan si habrá lugar o no, la entrada necesita que seamos varios los que la ordenamos. Lamentablemente, en tantos años, los comedores no hemos logrado articular las vacaciones y casi todos cierran al mismo tiempo y eso hace que nos quede gente afuera en Enero.

Cuando están limpios los comedores, barrido el piso, limpiadas las mesas y puestos los vasos, Sergio va la calle a pedir los números, Alejandro, el guardia, mira que todo vaya bien y, por las dudas, está el policía Gustavo. Adentro hemos ideado que estemos cuatro por lo menos: uno delante de cada uno de los tres comedores, para que la gente pase de largo hacia el baño, a lavarse las manos y refrescarse un poco, y otro en el patio de atrás.

El Hogar, para el que no lo conoce, era una casa chorizo de las antiguas: 35 metros de largo por 11 de ancho. A la derecha (según uno entra) piezas, a la izquierda patio.

En el medio, una construcción más grande que ahora son los baños y dos piezas chiquitas a la izquierda, separan la casa en dos patios unidos por un pasillo.

El segundo patio es igual: a la derecha oficinas, a la izquierda patio y un pequeño oratorio. En los cuatro metros del fondo (4 por 11) construimos un nuevo edificio de dos pisos con los dormitorios.

La cuestión es que el segundo turno va entrando en fila, en oleadas de a 10 hasta completar sus 84 lugares en las 14 mesas. Entran por el pasillo y hay que tratar de que pasen derecho hasta el último patio, entren al baño por detrás y salgan de vuelta hacia el primer comedor. El que vayan de a diez es para que no se choquen los que entran con los que ya se lavaron.

Toda esta circulación partió de una cuestión higiénica recomendada por los médicos cuando fue lo de la gripe A. Luego se convirtió en un pasito más en orden a brindar la oportunidad de que uno se pueda lavar las manos antes de comer, aunque no haya gripe. Pero lo que quiero resaltar es que esta complicada fila nos dio la oportunidad de saludar personalmente a cada uno de los que entra. Y este saludo, que está a cargo de nuestra Coordinadora General que fue la que vio la gracia, no es solo cuestión de humanidad y de amabilidad, sino que es parte de la misión misma del Hogar.

Con algunos del segundo turno, que vienen tan golpeados -desamparados hasta de sí mismos-, es a veces el único contacto personal posible, porque quieren comer, ver un rato “El zorro” y salir volando a la calle con una naranja a medio chupar en las manos. No desean charlar con una trabajadora social ni con nadie.

En este saludo cotidiano, comienza a tejerse un vínculo, que, con el tiempo, da frutos.

Parece casi nada y sin embargo es todo.

Ahora que me toca estar y le doy la mano a casi todos (alguno pasan tan cabizbajo que ni me ve), siento que es el momento más lindo del día. Me siento un poco el papa Francisco con mi pequeña multitud, sin papamóvil ni aclamaciones.

Creo que con su ejemplo nos enseñó a saludar y, una tarea linda que era propia del Hogar, se iluminó con una luz nueva.

Repaso las filas de estas semanas y surgen muchas cosas.

Una, la primera mirada. Lastiman los ojos los que vienen heridos como si vinieran de la guerra, las heridas en la cabeza, los brazos enyesados, las muletas y los pies hinchados, las vendas blancas en la rodilla… Vienen transpirados, desaseados, con ropas mezcladas…

Luego, el apretón de manos: como se saluda ahora, enlazando primero los pulgares y luego apretando la palma y a veces con otra vuelta. Las manos antes que nos las lavemos… Y con las manos, las frases y las sonrisas: hola diego, pastor, perdón cura, tengo las manos sucias, como anda padre, mucho gusto señor, como le va, todo bien,

–  padre, digamé como es eso de que su padrino es de San Lorenzo y usted es de Boca,

–  y… está justo: el padre es de San Lorenzo y el hijo de Boca… Les encantó la ocurrencia, porque se ríen varios mientras va pasando la fila. Siempre tengo la sensación como de que en algún momento pasó Jesús. Ni hace falta que lo vea. Lo reconozco después, ahora que rezo y algunas lágrimas me confirman que es gracia. Ese es mi puesto. Uno más en la fila de acogida cordial, como dice el programa del Hogar. El asunto es tener la propia tarea y estar atento a cuando pasa Jesús, para dar testimonio de que Él es el que cuenta, el único que puede saludar a todos, charlar con todos, hacer que todos alcancemos nuestro objetivo promocional, la mejor versión de nosotros mismos, la que él soñó y por la que dio la vida.

Diego Fares sj

Bautismo del Señor A 2014

¿Podés bautizarte a vos mismo?

 bautismo a bebes

Entonces llegó Jesús, que venía de Galilea al Jordán donde Juan, para ser bautizado por él. Pero Juan trataba de disuadirlo diciendo:

«Soy yo el que necesita ser bautizado por ti, ¿y tú vienes a mí?»

Jesús le respondió:

«Déjame ahora, pues conviene que de este modo cumplamos toda justicia.»

Entonces le dejó. Después de ser bautizado, Jesús salió del agua; y he aquí que se abrieron los cielos y vio al Espíritu de Dios que bajaba en forma de paloma y venía sobre él. Y se oyó una voz que salía de los cielos que decía:

«Este es el Hijo mío, el Amado, en quien me complazco» (Mt 3, 13-17).

Contemplación

El miércoles pasado, el Papa comenzó la catequesis sobre los sacramentos, que irá dando a lo largo del año. Y comenzó con el Bautismo haciendo notar la feliz coincidencia con la fiesta de este domingo.

El estilo de Francisco como catequista es algo para aprovechar. Muchos tenemos grabadas en la memoria algunas de sus misas con los chicos de la Parroquia del Patriarca San José, cómo les despertaba la mente para discernir. Recuerdo “las tres piedras que hay que tirarle al demonio para espantarlo como a un perro que nos mete miedo: la señal de la cruz, la confesión y el cariño a la Virgen con un Avemaría”. Cada vez que preguntaba ¿cuáles son las tres piedras…? los chicos se acordaban. También está la famosa sobre los fariseos. Iba con entusiasmo diciendo: “porque los fariseos eran unos mosquita muerta, unos hi…. “Hijos de p…” respondió un chiquitín levantando la mano. “No!” – lo quiso atajar Jorge- “Bueno, eso también, pero eran unos hi…pócritas”, concluyó, mientras todos sonreían. Desde entonces “mosquita muerta, hipócrita e hijo de p…” me quedaron grabadas y ayudan a condenar bien al hipocresía que no es un pecado más sino “el” pecado, porque lleva a la corrupción.

En la audiencia hizo dos preguntas que merecen una reflexión, porque las preguntas que nos hace Francisco tienen un efecto “liberador”, así lo llamaría. Destapan el corazón y dejan que corra la gracia y se vaya el empacho de mundanidad que nos tiene atragantados.

Comenzó con la pregunta que viene haciendo en la plaza: “¿Quién se acuerda de la fecha de su Bautismo? Levante la mano”. Y nos dejó la tarea de ir a buscar esa fecha feliz. “Conocer la fecha de tu bautismo es conocer una fecha feliz en tu vida”. Parece una pregunta medio infantil. Pero la deja picando. Cómo puede ser que no sepa la fecha de mi bautismo. Quién me llenó tanto la cabeza con otras importancias para que no tenga memoria de algo muy feliz en mi vida. Yo tengo la suerte de que mis padres hicieron unas hermosas estampitas y guardo en el corazón, junto con la fecha del 15 de agosto, las frases que pusieron, entre ellas la del salmo 22, 6: “Me seguirá tu misericordia todos los días de mi vida”.

Esta pregunta con tarea para la casa es personal. No es retórica ni meramente intelectual. Apunta al corazón, a la memoria cordial que nos despierta la conciencia de todo lo que el Señor ha hecho y está haciendo por nosotros. Aquí el papa unió algunas gracias que estamos habituados a unir con el bautismo –la de ser hijos de Dios, la de la esperanza de la salvación, la del perdón de los pecados…- y otra muy concreta y no habitual: “el Bautismo nos ayuda a reconocer en el rostro de las personas necesitadas, en los que sufren, incluso (en el rostro) de nuestro prójimo, el rostro de Jesús.”

Al final hizo la otra pregunta, que me resultó novedosa: “Y hago una pregunta: ¿Puede una persona bautizarse a sí misma?” Me llamó la atención cómo con esta sencilla reflexión, con este hacer notar que nadie puede bautizarse a sí mismo, que es algo que hay que pedir y recibir de otros, soluciona todas esas dificultades de si hay que bautizar a los niños pequeñitos o no… “Nadie puede bautizarse a sí  mismo –dijo el Papa- Nadie. Podemos pedirlo, desearlo, pero siempre necesitamos a alguien que nos confiera en el nombre del Señor este Sacramento. Porque el Bautismo es un don viene dado en un contexto de solicitud, de compartir fraterno. En la historia siempre uno bautiza a otro y el otro a otro… Es una cadena. Una cadena de gracia… Es un acto de fraternidad, un acto de filiación en la iglesia.”

Hoy en día circulan muchos pensamientos ya envasados que son retorcidos. Una persona que estaba muy enojada con la vida y con Dios se animó a decir: “yo no elegí nacer”. Me gustó que lo dijera porque es un pensamiento de esos que no se formulan pero está siempre como apoyando todas las rebeldías y los actos de soberbia y de capricho que nuestra mente necesita para justificar un pecado. “No elegí nacer” es como un escalón que uno pone más abajo para apoyar otro pensamiento: “yo no elegí estas reglas de juego que me resultan pesadas o tediosas o imposibles de cumplir”. Yo le decía a esta persona: date cuenta de que esa frase es falsa y te encierra en una trampa. Apenas me la decís se contradice a sí misma. Estás queriendo que yo te comprenda y eso es una afirmación increíble de la vida. Tu dolor es tan grande que lo expresás con enojo, pero el deseo de expresar todo tu enojo es más grande aún que tu dolor. Querés que todos lo sepan, que Dios mismo sepa que estás dolorida. Y eso es vida. Es amor inmenso y dolorido por la vida, amor resentido por la injusticia, pero amor.

No se puede “elegir nacer”. Se nos dona. Eso es ser “creatura”. La otra posibilidad es ser Dios. Y no hay ninguna más. Porque la nada –ser “nada”- no es una posibilidad. Esencialmente el bautismo es un acto de filiación y la vida nos la tienen que dar otros. El don es primero, está siempre antes incluso que nuestra libertad de elegir. El Bautismo es el don que hace posibles todos los demás. Por eso es que la Iglesia acepta que nuestros padres lo pidan por nosotros lo antes posible.

Cuando me toca bautizar a hijos de papás que sufren una especie de “analfabetismo cristiano”, que siendo adultos viven en un mundo hiper-informado en muchos aspectos y en lo que hace a su fe sólo cuentan con las nociones del catecismo de primera comunión, noto el choque formidable e impiadoso que se da entre los sentimientos de amor a Dios nuestro Padre, a Jesús y a la Iglesia, y las dudas y cuestionamientos que los asaltan. Quieren bautizar a sus hijitos y se llenan de alegría y de paz al ver cómo el agua y la señal de la cruz los sumergen en Cristo, al recibir las unciones y el vestido blanco, la luz de la fe y las oraciones del “ábrete” en la lengua y el oído. Pero al mismo tiempo ponen entre paréntesis la renuncia al mal –qué pecado va a tener esta creatura, qué es eso del “pecado original”, qué tiene que ver esto de renunciar al demonio…-. Se cuestionan también cómo es eso de “ser hijos de Dios” ¿acaso antes de bautizarse no es hijo de Dios? Y así, tantas verdades de la fe, al ser expresadas públicamente, hacen sentir que “están cuestionadas”.

Ponerse a responder a cada uno de estos cuestionamientos requiere tiempo y estudio y cada respuesta abre a otras dudas. Por eso digo que la pregunta de Francisco ¿Puede una persona bautizarse a sí misma? es inspiración del Espíritu. Porque pone las cosas en su lugar. En vez de hacernos mirar los efectos del bautismo, que están todos cuestionados, nos hace mirar más atrás: nos conecta con el Don. El Bautismo es un Don, un regalo que nos tiene que hacer otro. O más bien es “El Don”.

El Bautismo nos pone en contacto con eso tan humano como es “reconocer a un hijo”. De golpe una mujer toma conciencia de que está embarazada y “adopta” a su hijo, decide tenerlo, darle la vida y pregunta al padre si lo va a reconocer. Sin esta paternidad, la vida humana pasa a ser un desquicio. Cuando los padres no se hacen cargo del don de la vida, el ser humano tampoco puede hacerse cargo y lleva su vida a medias, penando, buscando paternidad. ¿Qué sentido tiene esto que me han regalado sin querer regalarme? se preguntará toda la vida un hijo no amado.

El Bautismo viene a decirnos que nuestro Padre se hace cargo del Don de la vida, más honda y más totalmente que nuestros padres biológicos o del corazón. El Bautismo viene a decirnos que Jesús comparte su ser Hijo Amado y viene a reparar todo lo que nos hace sentir hijos no amados, nuestros pecados y los de los demás. El Bautismo viene a decirnos que nuestro ADN es legítimo, que podemos llamar a Dios “Padre” y a Jesús “Hermano”, que somos herederos legítimos y que podemos disponer de todos los bienes de la Familia.

Nada más hermoso ni más pacificador ni más reafirmante que saber que los que nos regalaron la vida y nos dieron nuestro nombre y su apellido, lo hicieron confesando que ese regalo de la vida viene del Padre de todos y nos dieron el nombre de Jesús.

¿Qué es vivir, haber venido a la existencia, haber nacido y estar vivo? No es una buena imagen esta del bautismo que nos dice que vivir es encontrarse de golpe “sumergido en la vida”. Tener a Jesús como compañero de “sumergimiento”, como bautizado en el Jordán de nuestra cotidianeidad y de nuestros dramas humanos, es garantía de felicidad. Sin Él, sin estar bautizados en Él y Él bautizado en nosotros, qué sinsentido todo, qué banalidad terrible todo.

Pero no es así, gracias a Dios: “Todos ustedes son hijos de Dios por la fe en Cristo Jesús, ya que todos ustedes, que fueron bautizados en Cristo, han sido revestidos de Cristo” (Gal 3, 26-27).

Diego Fares sj

Navidad 2 A 2014

 

Nuestro Dios es un Dios que está enamorado de nuestra pequeñez

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En el principio ya existía la Palabra, y la Palabra estaba junto a Dios, y la Palabra era Dios. La Palabra en el principio estaba junto a Dios. Por medio de la Palabra se hizo todo, y sin ella no se hizo nada de lo que se ha hecho. En la Palabra había vida, y la vida era la luz de los hombres. La luz brilla en la tiniebla, y la tiniebla no la recibió. Surgió un hombre enviado por Dios, que se llamaba Juan: éste venía como testigo, para dar testimonio de la luz, para que por él todos vinieran a la fe. No era él la luz, sino testigo de la luz. La Palabra era la luz verdadera, que alumbra a todo hombre. Al mundo vino, y en el mundo estaba; el mundo se hizo por medio de ella, y el mundo no la conoció. Vino a su casa, y los suyos no la recibieron. Pero a cuantos la recibieron, les da poder para ser hijos de Dios, si creen en su nombre. Éstos no han nacido de sangre, ni de amor carnal, ni de amor humano, sino de Dios. Y la Palabra se hizo carne y acampó entre nosotros, y hemos contemplado su gloria: gloria propia del Hijo único del Padre, lleno de gracia y de verdad.
Juan da testimonio de él y grita diciendo: «Este es de quien dije: “El que viene detrás de mí pasa delante de mí, porque existía antes que yo.”»
Pues de su plenitud todos hemos recibido, gracia tras gracia. Porque la ley se dio por medio de Moisés, la gracia y la verdad vinieron por medio de Jesucristo. A Dios nadie lo ha visto jamás: Dios Hijo único, que está en el seno del Padre, es quien lo ha dado ha conocer (Juan 1,1-18)

Contemplación

Para contemplar con el Prologo de Juan, una metáfora, un poco de neurociencia y un poema.

…………….

A algunos, Navidad, les parece un sueño de niños. Y es verdad. Eso sí, los sueños de niño son los más verdaderos de la vida, los que intuyen lo esencial.

Está el que soñó ser santo, la que soñó ser maestra y el que soñó ser bombero…

Los sueños que soñamos de niño nos llevan de la mano en la vida, nos indican misteriosamente a qué debemos ser fieles y a qué no y cuando somos fieles a lo que soñamos ser de niños la alegría se enciende en nuestro interior.

Estas imágenes de los sueños de niño surgen de la contemplación del evangelio de hoy, que nos viene a decir que creemos en “un Dios que se ha enamorado de nuestra pequeñez”. Esta frase la venimos saboreando desde hace tiempo. Fue en el Adviento del 2004. Me gustó cuando la leí en una reflexión navideña de la Hna. Marta y la pusimos en la tarjeta de Navidad de ese año en el Hogar. Salió también en la contemplación del primer domingo de Adviento de aquel año:

Dejar allí, en mi corazón pesebre, un lugarcito para sentir

que Él se sentirá a gusto, que le gustará estar de nuevo en mi casa, en mi corazón,

porque El no le hace asco a mi ser poca cosa,

todo lo contrario, se siente bien conmigo y con nosotros.

Porque Él es un Dios que se ha enamorado de nuestra pequeñez …

Esta es una hermosa imagen de la Eucaristía.

Un Dios que se hace pan, un Dios que se queda escondido en un sagrario,

un Dios así pequeñito no puede ser sino un Dios que se ha enamorado de nuestra pequeñez”.

Y al Cardenal Bergoglio le gustó la frase de la tarjeta que le mandamos y usó la imagen en su prédica de aquella Nochebuena:

En el relato del nacimiento de Jesús, que acabamos de escuchar, cuando los ángeles les anuncian a los pastores que ha nacido el Redentor les dicen: “…y esto les servirá de señal encontrarán a un niño recién nacido envuelto en pañales y acostado en un pesebre…” Esta es la señal: el abajamiento total de Dios. La señal es que, esta noche, Dios se enamoró de nuestra pequeñez y se hizo ternura; ternura para toda fragilidad, para todo sufrimiento, para toda angustia, para toda búsqueda, para todo límite; la señal es la ternura de Dios y el mensaje que buscaban todos aquellos que le pedían señales a Jesús, el mensaje que buscaban todos aquellos desorientados, aquéllos que incluso eran enemigos a Jesús y lo buscaban desde el fondo del alma era éste: buscaban la ternura de Dios, Dios hecho ternura, Dios acariciando nuestra miseria, Dios enamorado de nuestra pequeñez (Desgrabación de la homilía del 24 de diciembre de 2004).

Estanislao Bachrach, en su Bestseller “AgilMente”, dice que las metáforas descansan el cerebro: “El cerebro no sabe leer: ve pequeñas imágenes y las reconoce y dice “esto es una A, esto es una R”. El cerebro lo que conoce son imágenes, y éstas consumen mucho menos energía que las palabras. Las metáforas o historias son formas habladas o contadas de poner imágenes: contar un proyecto con una historia o una metáfora lo resume muy bien y es muy eficiente para ahorrar energía (…) Cuando se estudia a los ejecutivos más eficientes, se puede ver que tienen la capacidad natural o aprendida de simplificar las cosas complejas: un proyecto de 200 conceptos y variables, resumirlo en 6 palabras. Un ejemplo de lo que sería simplificar: cuando los escritores de la película ALIEN, fueron a buscar dinero a Hollywood, entraron al estudio y dijeron: ‘La película Tiburón, pero en el espacio’.”

Bueno, esto para usar el lenguaje de la Neurociencia (que descubre la pólvora que ya había descubierto Aristóteles con eso de que “pensamos resolviendo los conceptos en imágenes” y que “crear metáforas es signo de la mayor inteligencia”).

La imagen de un “Dios que se ha enamorado de nuestra pequeñez” le permite al Niño descansar en nuestra mente como en su pesebrito y nos simplifica el trabajo de leer el prólogo de Juan, que no deja de ser fatigoso en conceptos si no sabemos leerlo contemplativamente, mirando las imágenes que utiliza. Conceptualmente, Juan nos viene a decir que Jesús es Dios, es la Palabra que está escondida en el origen de toda la creación y de toda creatura, y ese origen todopoderoso, capaz de crear el universo entero no tiene problemas en hacerse carne y habitar entre nosotros. No solo no le queda chica la creación sino que se siente cómodo creciendo en el vientre purísimo de María, siendo recostado en un pesebrito, viviendo en Nazareth y hasta en la incomodidad cruenta de la Cruz: nada de lo creado hace mella en su grandeza.

La metáfora del Dios enamorado de nuestra pequeñez contiene muchas imágenes que descansan y hacen bien porque nos liberan de otras imágenes que, con sus contradicciones, nos inquietan y atormentan. La imagen de la pequeñez de Dios expulsa con su lucecita las tinieblas de sentirnos habitando un planeta microscópico perdido en la oscuridad del espacio en vertiginosa y muda expansión hacia la nada. Nuestra mente, en vez de dispersarse hacia el vacío se concentra en la vida que late en el interior del universo, vida que resume toda la historia del cosmos y la sintetiza en la fragilidad de la carne humana. No buscamos a Dios en el vacío del cielo sino en los ojos de un niño que nos sonríe, en cuyas pupilas se abre la puerta para que “El que está encima de los cielos” irrumpa en nuestra historia.

La pequeñez no se ve avasallada por la grandeza sino que, por el contrario, la contiene. Lo verdaderamente grande es lo cualitativo, lo que unifica y simplifica grandezas espaciales y las vuelve vida, al no dejar que se dispersen.

La imagen de un Dios enamorado de nuestra pequeñez espanta esas imágenes de dioses todopoderosos, castigadores, obsesionados por imponer su autoridad y controlar a los humanos. Estas imágenes se pegaron a lo largo de la historia al cristianismo pero siguen chocando contra la roca de las tres imágenes centrales del evangelio de Jesús: la del niño en el Pesebre, la de Jesús crucificado y la del Señor resucitado saliendo al encuentro de nuestra cotidianeidad.

Ahora bien, la clave de la metáfora no está en la pequeñez en sí misma sino en la palabra “enamorado” con su aporte de dulzuras, de sueños y ternuras.

Estar enamorado son dos palabras pequeñitas que contienen un universo de imágenes y nos abren la puerta para que entre el mismo Dios. No hay como releer a Francisco Luis Bernárdez para descubrir en esta metáfora la fuente de agua viva de todas las metáforas. Puede ayudarnos contemplar al Niño y sentir y gustar lo que vale esta metáfora “estar enamorado” para que se nos revelen los sentimientos de Dios para con nuestra pequeñez:

 

Estar enamorado, amigos, es encontrar el nombre justo a la vida.

Es dar al fin con las palabras que para hacer frente a la muerte se precisa.

Es recobrar la llave oculta que abre la cárcel en que el alma está cautiva.

Es levantarse de la tierra con una fuerza que reclama desde arriba.

Es respirar el ancho viento que por encima de la carne respira.

Es contemplar, desde la cumbre de la persona, la razón de las heridas.

Es advertir en unos ojos una mirada verdadera que nos mira.

Es escuchar en una boca la propia voz profundamente repetida.

Es sorprender en unas manos ese calor de la perfecta compañía.

Es sospechar que, para siempre, la soledad de nuestra sombra está vencida.

…..

Estar enamorado, amigos, es padecer espacio y tiempo con dulzura.

Es despertarse una mañana con el secreto de las flores y las frutas.

Es libertarse de sí mismo y estar unido con las otras criaturas.

Es no saber si son ajenas o son propias las lejanas amarguras.

Es remontar hasta la fuente las aguas turbias del torrente de la angustia.

Es compartir la luz del mundo y al mismo tiempo compartir su noche obscura.

Es asombrarse y alegrarse de que la luna todavía sea luna.

Es comprobar en cuerpo y alma que la tarea de ser hombre es menos dura.

Es empezar a decir siempre, y en adelante no volver a decir nunca.

Y es, además, amigos míos, estar seguro de tener las manos puras.

Me quedo hoy con la imagen de “Es encontrar el nombre justo a la vida”.  Nombrar a Dios con el Nombre santo de “Enamorado de nuestra pequeñez” nos permite descansar en la imagen primordial del Niño recostado en el Pesebre, arropado por María, protegido por José… Esa imagen de creaturas amadas y cuidadas es la más real de nuestra vida. Eso somos, así nacimos, gracias a esos cuidados amorosos crecimos y siempre estamos necesitados de ellos. Somos pequeños y deseamos ser “amados en nuestra pequeñez”. Enamorada es aquella persona a la que le encanta conocer y compartir los detalles más insignificantes de nuestra vida. Que Jesús sienta ese amor por nosotros nos revitaliza y nos llena de alegría el corazón.

 

Diego Fares sj