Domingo 3 de Adviento 2013

 Eres tú el que ha de venir…

En aquel tiempo, Juan, que en la cárcel había tenido noticia de las obras de Cristo, envió a preguntarle por mediación de sus discípulos: ¿Eres tú el que va a venir, o esperamos a otro?

Y Jesús les respondió: Id y anunciadle a Juan lo que estáis viendo y oyendo: los ciegos ven y los cojos andan, los leprosos quedan limpios y los sordos oyen, los muertos resucitan y a los pobres se les anuncia el Evangelio. Y bienaventurado el que no se escandalice de mí.

Cuando ellos se fueron, Jesús se puso a hablar de Juan a la multitud: ¿Qué salisteis a ver en el desierto? ¿Una caña sacudida por el viento? Entonces, ¿qué salisteis a ver? ¿A un hombre vestido con finos ropajes? Daos cuenta de que los que llevan finos ropajes se encuentran en los palacios reales. Entonces, ¿qué salisteis a ver? ¿A un profeta? Sí, os lo aseguro, y más que un profeta. Este es de quien está escrito: “Mira que yo envío a mi mensajero delante de ti, para que vaya preparándote el camino”. En verdad os digo que no ha surgido entre los nacidos de mujer nadie mayor que Juan el Bautista; pero el más pequeño en el Reino de los Cielos es mayor que él.

 

Contemplacion

 

En la homilía sobre el evangelio de ayer, en el que Jesús dice que «la sabiduría de Dios se acredita por sus obras», el Papa Francisco hablaba de los que «no aceptan a los predicadores». Hay gente que cree en «una verdad» o en «prácticas religiosas» (que alguien predicó en algún momento) pero dudan de los que predican en el momento presente. ¿Por qué? Quizás porque las palabras y ritos ya pronunciados y establecidos uno los puede «usar» como le parece, insistir en esto o aquello. Es uno el dueño, para decirlo con pocas palabras. Como les pasa a los que «se confiesan solos con Dios»: no hay otro que les diga algo sobre sus pecados. Y precisamente eso es lo que Jesús quiere: que otro nos confiese, que otro nos predique. Lo lindo de esto, para el que «abre el corazón al Espíritu Santo», como dice el Papa, es que el que nos confiesa es más bueno que nosotros mismos, nos ayuda a ver la misericordia de Dios que solos no vemos. Por un cura que una vez te haya tratado mal o no muy delicadamente, no es justo perderse la bondad de tantísimos sacerdotes que confiesan con respeto, humildad y deseo de ayudar, sin contar con que el sacramento obra por sí mismo e, independientemente de quien atienda la ventanilla, mi deuda queda saldada con Dios!!! Imaginate que te dicen que en una ventanilla te perdonan una multa -más bien grande que chica- sí o sí. Lo único es que por ahí te toca una administrativa buena y por ahí uno que es insoportable. Pero el trámite sale o sale y es más bien rápido… ¿no te lo bancás? Claro, si pensas que tu deuda es de cien mangos, por ahí no vale la pena. Pero mirá que las multas aumentaron.

Bueno, con la predicación pasa algo parecido. Hay gente que no le gusta que le predique nadie vivo. Ni Juan el Bautista ni Jesús. No les gusta el Papa Francisco, prefieren los papas de hace 100 años o «un papa futuro ideal». Y Jesús predica con la gente que tenemos hoy, es un Dios de vivos, no un Dios de muertos (o de gente que en el futuro predicará mis ideas actuales).

 

Pero dejemos a los quejosos de siempre y vayamos a los amigos. En el pasaje de hoy, el mismo Juan siente esta tentación al escuchar las prédicas de Jesús vivo, en el hoy de su sociedad y de su cultura. Y nosotros aprovechamos su pregunta de si Jesús es el Mesías o si deben esperar a otro (para creer y hacerle caso y convertirse), porque la respuesta nos sirve hoy.

Nos sirve, digo, a los que somos amigos de Jesús y cercanos a Él, como lo era Juan, para acercarnos con todo, para decir un sí radical a Jesús que habla hoy en nuestra Iglesia a través de su enviado Francisco. La pregunta de Juan es la de los amigos, no la de los adversarios. Es la del que quiere convertirse más decididamente, la del que quiere saber si la palabra que escucha es la «definitiva de Dios para mí».

Jesús responde con las obras: anuncien a Juan lo que están viendo y oyendo.

Voy a poner las palabras que usa Jesús y tratar de ver cómo se traducirían hoy.

Los ciegos ven. Hoy es común escuchar que la gente «ve a Dios en los gestos de Francisco». La ceguera de la cultura actual se produce por encandilamiento, por invasión de imágenes más que por falta de luz. Y los gestos de Francisco son una luz mansa que ilumina los ojos del corazón. Uno quiere verlo, pero le basta con una sonrisa, con un gesto de su mano, con mirar sus zapatos o verlo bajo la lluvia sin paraguas, abrazando a ese enfermo con tumores en el rostro o dejando que el chiquito se le siente en su silla el día de las familias…. Tantos gestos! Cómo no verlos!

Los inválidos caminan. La revista Times, al nombrarlo el hombre del año, dice que «capturó la ilusión de millones». Francisco convoca, mueve a la gente, que acude multitudinariamente a escucharlo. Pone en marcha, tiene millones de seguidores en Twitter. Los cojos caminan.

Los leprosos quedan limpios. La cantidad de gente que se acerca a la Iglesia es notable. Gente que se sentía «leprosa», sin derecho a acercarse socialmente, hoy vuelve, siente que tiene lugar, que será acogida, siente que su pecado será pecado pero no es lepra. Esto es una gracia muy grande. Porque la lepra te hace sentir que estás excluido, que sos contagioso. El pecado en cambio se puede perdonar, se puede ir sanando de a poco y, aunque sea como un cáncer, no contagia, no te impide estar incluido. Los leprosos quedan limpios, se pueden curar en la comunidad, no fuera de ella.

Los sordos oyen. «A Francisco lo entiendo». Lo dice mucha gente y lo dice con cara de «¿me entendés que es la primera vez que entiendo. Me entendés que te digo lo lindo que es para mí entender?». El problema de la sordera es más no entender que no escuchar. El que se va quedando sordo escucha los ruidos pero no distingue las palabras y eso mortifica. Nuestra sociedad sufre también la invasión de ruidos y la multitud de voces que no permiten reconocer la voz del buen pastor. Pero cuando el Buen Pastor habla, su voz se distingue claramente en medio de otras mil. Y esto pone contentas a las ovejitas. La gente entiende a Francisco y se alegra como se alegraba la misma gente en la época de Jesús. Entiende porque «habla con autoridad», con la autoridad del ejemplo de su vida. Porque hablar, hoy habla cualquiera, y publica en internet. Volvemos aquí a la autoridad del Predicador vivo. Jesús quiso que siempre en su iglesia hubiera un Pastor vivo que condujera y predicara en persona, haciendo resonar a viva voz «todos los libros». Por eso el Papa en Evangelii Gaudium dice que no hace un tratado sino que plantea largamente los temas que hoy le parecen candentes y necesarios para configurar «un estilo de evangelizadores», gente que predique el Evangelio con el tono y el estilo que Jesús quiere hoy y que hable de los temas que Jesús insistiría hoy. No se trata de un Papa que defina todo. Los fariseos le ponían esas trampas a Jesús: definí esto, definí aquello… ¿es lícito repudiar a la mujer? ¿hay que pagar impuesto al César? Hoy algunos dicen: el Papa resbaló porque criticó la idea del derrame. Otros dicen: con esto le abre la puerta a los gay o a los divorciados, como cuando Jesús  perdonó a la adúltera, aunque no se animaron a tirarle piedras, pensaban que le estaba abriendo la puerta al adulterio. La adúltera escuchó muy bien a Jesús: escuchó que nadie la condenaba y escuchó el no peques más. Y en el inmenso abismo que se abre cuando uno se anima a escuchar esas dos frases, se dio cuenta de que tenía que agarrarse de la mano de Jesús para siempre y seguirlo bien de cerca. Porque si no, no se puede aceptar una misericordia tan infinita que lo perdona todo y una exigencia tan grande como la de no pecar más.

Los pobres son evangelizados. Esto creo que es quizás lo más notorio. En el Hogar, hice la prueba de leer un pasaje de la Exhortación y la palabra de Francisco le iluminaba la cara a nuestros comensales. Cuando hablan del Papa se iluminan. Como nos pasa a todos. A esto no hay con qué darles. Francisco hace llegar la buena noticia a rincones existenciales donde antes no llegaba ni por encargo. Si alguien hace esto, si alguien evangeliza a los más pobrecitos y pequeños, para mí es el enviado de Dios. Así lo siente la Iglesia, tanto los cardenales que lo eligen como los más pequeños que lo ungen con su cariño y su oración. ¿Quién no reza por el papa Francisco?

Confieso que lo he seguido toda mi vida, desde el día que lo conocí en la primavera del 75 y ví que el Provincial de los jesuitas, que me atendió en un escritorio grande y señorial, tenía su piecita en la terraza de la Curia, en el cuartito de dos por dos donde se guardaban las escobas. Al verlo Papa no dejo de admirarme y, quizás también un poquito como Juan Bautista, busco señales. Hay una dinámica virtuosa en el buscar señales. No es por dudar sino para confirmar la amistad y la fidelidad. Y en esto, Francisco primerea. Siempre primereó, en la misericordia, en la amistad y en el misionar.

Evangelii Gaudium, es, para muchos, creo, eso mismo: una alegría del evangelio, una buena noticia que nos alegra el corazón. La leí por internet apenas salió y me la estaban por regalar. La hermana Juliana siempre me regala las encíclicas y exhortaciones de los papas, un amigo del grupo de matrimonios la compra para todos… pero el día de Guadalupe me llegó vía nunciatura (adentro un sobre escrito a mano, como siempre que nos mandaba sus homilías a los jesuitas amigos), un ejemplar dedicado por él. Lo cuento no como gesto de amistad personal porque regalos nos hace muchos (hasta la grappa que le mandó a un cura amigo! con la que brindamos todos cantando «grapapapal, grapapapal»), sino como una manera de anunciar el evangelio, mandando una buena noticia firmada y dedicada. Así se comunica el evangelio, persona a persona, con predicadores que se involucran y acompañan a los que evangelizan. Por este lado va el espíritu de estas contemplaciones que le llegan a cada uno en su casa, con bendición incluida. El Señor quiere que el evangelio nos lo predique otro y nos haga llegar el anuncio «personalmente».

 

Diego Fares

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