Adviento 2 A 2013 – Inmaculada concepción

María: manantial de alegría para los pequeños

mosaico de aparecida

En el sexto mes, el Angel Gabriel fue enviado por Dios a una ciudad de Galilea, llamada Nazaret, a una virgen que estaba desposada con un hombre perteneciente a la familia de David, llamado José. El nombre de la virgen era María.

El Angel entró en su casa y la saludó, diciendo:

– ‘¡Alégrate!, llena de gracia, el Señor está contigo.’

Al oír estas palabras, ella quedó desconcertada y se preguntaba qué podía significar ese saludo.

Pero el Angel le dijo:

– ‘No temas, María, ante Dios has hallado gracia. Concebirás y darás a luz un hijo, y le pondrás por nombre Jesús; él será grande y será llamado Hijo del Altísimo. El Señor Dios le dará el trono de David, su padre, reinará sobre la casa de Jacob para siempre y su reino no tendrá fin.’

María dijo al Angel:

– ‘¿Cómo puede ser eso, si yo no tengo relaciones con ningún hombre?’

El Angel le respondió:

-‘El Espíritu Santo descenderá sobre ti y el poder del Altísimo te cubrirá con su sombra. Por eso el niño será Santo y será llamado Hijo de Dios. También tu parienta Isabel concibió un hijo a pesar de su vejez, y la que era considerada estéril, ya se encuentra en su sexto mes, porque no hay nada imposible para Dios.’

María dijo entonces:

-‘Yo soy la servidora del Señor, que se cumpla en mí lo que has dicho.’

Y el Angel se alejó  (Lc 1, 26-38).

Contemplación

Evangelii Gaudium termina con una hermosa frase del corazón del Papa Francisco que llama a la Virgen “Manantial de alegría para los pequeños”:

“Madre del Evangelio viviente,

manantial de alegría para los pequeños,

ruega por nosotros”.

Quizás la imagen que tiene en mente Francisco es la del Santuario de Aparecida, en el que todos los pisos y vitrales son fuentes de agua que se derrama como gracia a los que acuden a nuestra Señora.

Inmaculada quiere decir “sin macula, sin mancha de pecado original”. La Virgen está revestida de luz, como con un vestido blanco de primera comunión. Y a esta imagen visual de pureza se le agrega la imagen del manantial, que nos habla de una alegría incontaminada, sin nada que enturbie su frescura y su sabor. Así es María para los pequeños: un manantial de alegría pura, de esa alegría del Espíritu Santo que “nadie nos puede quitar”.

Como pueblo fiel de Dios lo sabemos (el pueblo fiel de Dios es infalible in credendo, como dice el Papa Francisco, no se equivoca en “cómo la quiere a María) y por eso acudimos a Nuestra Madre, por eso peregrinamos a Luján, a San Nicolás, a la Medalla…

Cuando contemplamos a María, nuestros ojos “beben” su belleza como un agua purísima: su azul y blanco patrios con bordados de oro en Luján, sus rosados de amaneceres en San Nicolás. Hasta el negro oscuro como la noche de la Pasión tiene la pureza de un dolor que es sólo Amor dolorido y co-redentor.

Cuando invocamos a María murmurando el “Dios te Salve, llena eres de gracia, el Señor es contigo…”, las palabras que nos enseñó nuestra mamá brotan como agua de manantial y nos dejan buen gusto en la boca.

Esas son las pequeñas alegrías de cada Ave María.

Rezar el Ave María es como ponerse un ponchito en invierno, porque nos protegemos con su ruego “ahora y en la hora de nuestra muerte, amén, que así sea”; es como tomarse un juguito en primavera, porque saludarla y bendecirla – “llena de gracia, bendita tú eres, entre todas las mujeres”- y bendecirle a su Jesús –“y bendito es el fruto de tu vientre Jesús”- nos refresca el alma y nos deja sabor a fruta en la boca. “Santa María, Madre de Dios, ruega por nosotros…”

Manantial de alegría es una imagen dinámica y que nos lleva al sentido del gusto: nos habla del agua fresca del Espíritu y de una pureza bebible, no contaminada.

En las alegrías, el gusto es importante: no se trata solo ver algo lindo, no basta sentir el gozo internamente, para que la alegría sea plena hace falta que el buen sabor quede grabado en el alma y resista al tiempo, que se pueda “rumiar” y volver a experimentar. Esa la diferencia entre las alegrías pasajeras y las alegrías de Dios. Las de Dios se interiorizan y se pueden volver a gustar. Al que se admira de esto una vez –de que hay “alegrías duraderas”- no lo engañan nunca más. Yo tengo fresquita como el primer día la alegría de la fe que sentí en mi primera comunión. Ahí le dije a Jesús: “Jesusito, creo en vos con todo mi corazón”. La alegría es y fue que supe y sé que lo dije yo y lo dijo Él –el Espíritu- y esa es mi fe.

Para experimentar qué es la alegría verdadera hay que pasar la prueba de poder usar con sinceridad una sólo palabra. Y esa palabra es “sí”.

Sólo sí. Sí sin peros, sí sin porahora, sí sin hastaquepueda, sí sin siemprequevostambién….

Ese sí puro es lo más humano… y lo más imposible sin ayuda. Nada deseamos tanto como poder decir este sí de una buena vez: sí a Dios, sí a los que amamos, sí a nosotros mismos, a nuestros ideales, a nuestros compromisos.

Nada nos avergüenza tanto como nuestros paréntesis, nuestras rebajas, nuestras postergaciones y nuestras falluteadas, ante este sí anhelado.

Sólo María –la llena de gracia, la concebida sin el “pero” original (porque el pecado original es este pero, este no poder ser sólo sí como los demás seres de la naturaleza)- dijo este sí, cuando el Ángel le anunció que iba a ser la Madre del Salvador –Jesús-.

Y desde ese día eterno se convirtió en “manantial de alegría para los pequeños”. Para los que somos como chicos que sabemos que, a nuestra mamá, siempre le terminamos diciendo que sí, por más caprichos que nos vengan. Ella sabe disolver nuestros peros con su amor.

Por eso la queremos tanto. Eso es ser mamá: un sí a los hijos. Un simple y puro sí.

Es que el amor es un sí. Y se puede beber y recibir de otro. Esa capacidad sí la tenemos. No nos sale decir sí espontáneamente, pero cuando Ella lo dice, lo decimos con ella.

El Papa Francisco comienza su Exhortación invitando “a cada cristiano, en cualquier lugar y situación en que se encuentre, a renovar ahora mismo su encuentro personal con Jesucristo o, al menos, a tomar la decisión de dejarse encon­trar por Él, de intentarlo cada día sin descanso” (EG 3) y termina haciéndonos pedir a María: “ayúdanos a decir nuestro ‘sí’” (EG 288). Podemos agregar que, si no nos animamos a pronunciar un sí pleno como el de María, “al menos podemos tomar la decisión de aceptar su sí a nosotros”. Es quizás un darle una vuelta al asunto, pero es muy eficaz a la hora de acercarse a Dios. Si uno tiene miedo o no se siente coherente, María nos dice “Sí, acercate”. Si uno anda perdido y sin ganas de dar un pasito adelante, María nos toma de la mano y nos dice: “dejate encontrar igual, así como estás”. Su sí de Madre es diferente de todos los otros sí, de los humanos, ciertamente, y me animaría a decir que también es algo único para Dios. Por algo el mismo Dios quiso escuchar de sus labios ese sí. Un sí “preparado” por Dios, es verdad, y con todo cuidado, ya que la libró del pecado original. Pero recordemos que con la misma gracia, Eva y Adán dijeron que no, o más bien, le dijeron que sí a la serpiente sin darse del todo cuenta de que con eso le decían no a Dios. El sí de María, con todas las ayudas del amor de Dios, es suyo. Expresión de su libertad. Y ese sí que Ella dice porque quiere le alegra de manera infinita a su mismo Creador.

Ella es manantial de alegría para los pequeños y también nuestro Dios es “pequeño”. El Niño Jesús es pequeño y espontáneamente aceptamos que para Él María es “manantial de alegría”. Pero quizás es bueno no pensar su pequeñez como algo transitorio, como propio sólo de su niñez. O, mejor, podemos también pensar que la niñez –las pequeñas alegrías de la niñez- expresa algo absoluto y eterno del Hijo.

Cuando Jesús se estremece de gozo bendiciendo al Padre, su alegría es la de un Niño pequeño. Y la alegría de María en el Magníficat es igual. Ella se siente “mirada con bondad en su pequeñez”.

Las alegrías del Padre también van por el lado de la pequeñez. Aunque sea grandote, sólo un padre se deja contener –está contento– totalmente por la pequeñez de su hijito cuando juega con él o dialoga poniéndose a su altura.

El Espíritu Santo también es pequeño. No es que sea un océano y María sólo un vasito. Es un hilito de agua de manantial inagotable que María contiene perfectamente, sin desbordes ni sequías. El Espíritu cabe íntegro en la pequeñez de cada corazón. Es más, aunque esté en todo el universo y “aletee sobre las aguas” del Génesis, en ningún lugar está tan enteramente como un corazón humano que se deja inhabitar por Él.

No es obstáculo la pequeñez a la hora de pensar a nuestro Dios. Más bien son nuestros aires de grandeza los que lo distorsionan y lo alejan. No existe un Dios más grande que el que cabe en María: en su pequeño sí.

Una mamá me contaba que otra mamá le contó que su hijito había venido del colegio un poco preocupado porque sentía que “la Virgen era muy chiquita para ser mamá de Jesús” porque la catequista les había dicho que “tenía quince años”. Cuando me lo contó nos sonreímos, pero ahora que medito pienso que ese niño expresa muy bien las dificultades del paradigma que nuestra cultura le transmite. Y hay que hacerle contra a ese paradigma y afirmar que “no hay cosas pequeñas para Dios”, que lo de Dios son “grandes cosas” que hace con los pequeños, no con los poderosos.

Manantial de alegría para los pequeños…

Comenzamos por nosotros y terminamos en la pequeñez de Dios.

María nos alegra a todos. El sonido de su amén nos atrae como el sonido del agua de una fuente. Dejemos que nos diga su sí. Todo lo que podamos.

Hay veces en que uno siente que contempla la alegría de otros pero que se queda afuera, no la comparte. Puede ser porque uno está en otra frecuencia o sumido en algún problema o puede ser porque los que se alegran hacen sentir, de alguna manera, que es algo exclusivo de ellos. Con la alegría de María no es así. La imagen de un “manantial de alegría” apunta, en su raíz, a un tipo de alegría que en sí misma es compartible: el agua fresca de manantial invita a beber.

Lo que quiero expresar es que las alegrías de Dios son inclusivas siempre y totalmente. No hay manera de privatizarlas. Es más, si no se comparten con todos, pierden sabor y plenitud.

Esta es quizás la gracia más propia de María –la más cercana al Espíritu mismo que es puro don (Espíritu del Padre y del Hijo y de la Comunidad) y que en ella no encuentra obstáculo y se expande sin medida. La única “condición” si se puede llamar así, para poder beber del Manantial de Alegría que es María, es la de la pequeñez. Y si nuestro mismo Dios se goza de ser pequeño, no hay excusas ¿no?

Madre del Evangelio viviente, manantial de alegría para los pequeños, ayúdanos a decir nuestro sí.

Diego Fares sj

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