Domingo 33 C 2013

El lenguaje que el Espíritu nos enseña

 

20070603

Como algunos, hablando del Templo, decían que estaba adornado con hermosas piedras y ofrendas votivas, Jesús dijo:

– «De todo lo que ustedes contemplan, un día no quedará piedra sobre piedra que no sea destruida.»

Ellos le preguntaron:

– «Maestro, ¿cuándo tendrá lugar esto, y cuál será la señal de que va a suceder?».

– «Tengan cuidado, no se dejen seducir, porque muchos se presentarán en mi Nombre, diciendo: «Soy yo», y también: «El tiempo está cerca.» No los sigan.

Cuando oigan hablar de guerras y revoluciones no se atemoricen; es necesario que esto ocurra antes, pero no llegará tan pronto el fin.» Después les dijo: «Se levantará nación contra nación y reino contra reino. Habrá grandes terremotos; peste y hambre en muchas partes; se verán también fenómenos aterradores y grandes señales en el cielo.

Pero antes de todo eso, los detendrán, los perseguirán, los entregarán a las sinagogas y serán encarcelados; los llevarán ante reyes y gobernadores a causa de mi Nombre, y esto les sucederá para que puedan dar testimonio de mí. Asienten bien en sus corazones esto: que no tienen que ensayar de antemano el modo de defenderse y justificar las cosas, porque yo les daré un lenguaje y una sabiduría a la cual no podrán resistir o contradecir ninguno de sus adversarios.

Serán entregados hasta por sus propios padres y hermanos, por sus parientes y amigos; y a muchos de ustedes los matarán. Serán odiados por todos a causa de mi Nombre. Pero ni siquiera un cabello se les caerá de la cabeza. Gracias, a su perseverancia (hypomoné) salvarán sus vidas» (Lc 21, 5-19).

 

Contemplación

 Jesús nos promete: “Yo les daré un lenguaje y una sabiduría que nadie podrá resistir ni contradecir…”.

San Pablo lo expresa así: ¡Nosotros no hablamos de estas cosas con palabras aprendidas de la sabiduría humana, sino con el lenguaje que el Espíritu de Dios nos ha enseñado, expresando en términos espirituales las realidades del Espíritu. Nosotros tenemos el pensamiento de Cristo” (1 Cor 2, 5 ss.).

¿Cuál es este lenguaje que el Espíritu nos ha enseñado?

¿Nos lo ha enseñado a todos o sólo a algunos elegidos?

Digamos con palabras simples que este “lenguaje” del Espíritu es la oración.

Simplemente la oración.

Todos los bautizados “hablamos este lenguaje” desde el Bautismo.

Como niños pequeños todos sabemos las palabras esenciales: Abba, Padre; Jesús…

Nadie podría decir “Jesús es mi Señor” si el Espíritu no se lo hubiera enseñado. Es el Espíritu el que nos hace decir de corazón: “Padre nuestro…”.

Todas las jaculatorias cortitas y llenas de amor de las que tomamos conciencia y hemos compartido son “lenguaje enseñado por el Espíritu”.

…………….

Les comparto algunas que me mandaron:

“Un día buscando calificativos para decirle a la Virgen, ninguno era suficiente hasta que surgió «mi Niña bonita«, esta jaculatoria es como la tecla de la luz, cada vez que la toco se enciende Toda María, y ya estoy en compañía, cuidada, arropada y querida por Ella”

(A veces)… le tiro un beso (al Padre) y le digo «Abba te quiero«. Parece cosa de niños ¿pero acaso no somos como niños para El que nos da todo? Es un Magníficat feliz, feliz por su sonrisa. Porque siento que siempre le tiramos pálidas «dame dame «, y ninguno pensamos en hacerlo sonreír… y Abba sonríe mucho, mucho padrecito. Nos sonríe todo el tiempo per andamos tan apurados que no nos damos cuenta!

“Cuando me acerco para acompañar a alguien que veo que está sufriendo y siento la necesidad de decirle algo: Espíritu Santo, iluminame con alguna palabra que ayude”.

De Alberto Hurtado:

«Contento, Señor, contento!» (Contento con Vos. No conmigo ni con la situación…).

Señor y Dios mío, yo te adoro, ten piedad de mi”. Siempre y en cualquier lugar…

Abrázame Señor Jesús” (esta es invento mío, muchas veces necesito de este abrazo)

…………………..

Bueno, bastan estas perlitas de las muchísimas que me enviaron luego de la contemplación de los Twitter a Dios.

Estas oraciones son como una música de fondo que unifica todas las almas de todos los hombres y mujeres del mundo sin que muchas veces lo sepamos.

Cuando salen a la luz (y un día todas las oraciones ocultas saldrán a la luz) nos damos cuenta de que la humanidad entera vive en alabanza a la hermosísima y amabilísima Trinidad. Más profundo que el palabrerío de todos los días, más hondo que los pedidos y reclamos, más profundo aún que los gritos y quejidos, están estas oraciones de adoración y humildad, de pedido de luz y de abrazo, de piropos a la Virgen y besitos al Padre tejen el diálogo de los corazones con Dios.

El Espíritu gime en nuestro interior con estos “gemidos inefables”, que sólo de vez en cuando hacemos conscientes. Pero él siempre está “hablando este lenguaje en todas sus creaturas”.

Una vez descubierta y sacada a la luz esta “oración siempre activa” en los corazones de todos por gracia del Espíritu, es bueno reflexionar, como siempre hacemos, acerca de algunos impedimentos que tratan de acallar su voz o distorsionar su sentido.

Un primer impedimento es la poca fe.

La poca fe se resuelve con simples actos de fe. Si uno hace actos de fe, concretos y como le salgan, todas las veces que pueda, la voz del Espíritu se vuelve más neta. Las hermosas jaculatorias nos devuelven la fe en que el Espíritu nos hace rezar mucho más de lo que creíamos. Confesarle con la boca y el corazón que “creemos en Él”, invocarlo para que “venga a nuestros corazones y los encienda con su luz”, hace que su voz cobre fuerza. Es como si el Espíritu estuviera en una especie de Stand By (“estar listo para acudir” -que sería una buena traducción inglesa para Paráclito-) y quisiera necesitar que  lo “activemos” con un acto de fe, con una jaculatoria: “ven Espíritu Santo”.

Otro impedimento es el de “los pensamientos contrarios”

Aquí nos ayuda nuestro Maestro Ignacio.

El impedimento de los malos pensamientos es el que más impide. En general todo el mundo (que no ha hecho ejercicios) se escandaliza al darse cuenta de que, al mismo tiempo –casi- que la jaculatoria hermosa y llena de fe, surge la palabra de duda, la sospecha, el comentario amargo, el comentario escéptico.

Creo, Señor (pero no sé si creo de veras…).

Te quiero Padre (pero no sé si es verdad ya que no estoy dispuesto a dejar muchas cosas para rezarte…).

Mirame, Madre (pero no me animo a sostenerte la mirada).

Para San Ignacio este “anti-lenguaje” no sólo no es malo sentirlo sino que “confirma que lo contrario es realmente algo del Buen Espíritu”.

Es la señal de que está hablando el Espíritu porque si no, el mal espíritu no podría decir nada.

El mal espíritu no tiene discurso propio, no tiene nada que decir si no habla primero el Espíritu con su palabra hermosa, buena y verdadera.

El lenguaje del mal espíritu no tiene consistencia por sí mismo, siempre se adhiere a algo bueno del Espíritu y le chupa la sangre con sus críticas.

Filosófica y teológicamente podemos afirmar que el mal espíritu nunca nos primerea.

Solo Dios “nos ama primero”. Aunque parezca que lo malo está primero es sólo una apariencia. Es porque el mal espíritu grita más y hace ruido. Pero cuando grita algo basta afinar el oído y uno escuchará con claridad la Palabra buena que está queriendo tapar.

El “gracias por existir” está antes que cualquier “qué barbaridad”.

El “me fío de tu misericordia infinita” está antes que cualquier “esto no tiene perdón”.

……

El impedimento de “dejar pasar las oportunidades”

Este es un impedimento muy actual y el Señor nos enseña a enfrentarlo con su doctrina en el evangelio de hoy.

Nos dice, claramente, que hablar este lenguaje no es cuestión nuestra –que tengamos que ensayar lo que vamos a decir- sino que es un Don. Un don que se nos da en el momento justo, no un don que poseamos. Lo cual equivale a decir que, en algunos momentos, no estamos exentos de hablar pavadas…

Jesús habla de persecuciones y de que cuando estemos ante los tribunales de acusación, allí se nos dirá lo que tenemos que decir.

Uno podría pensar que se trata, entonces, de un lenguaje para ocasiones muy especiales.

Pero hay otra manera de ver las cosas. La persecución no es sólo la persecución violenta de la calumnia y la amenaza explícita. La persecución es el estado habitual del cristiano: es ese pensamiento contrario al bueno que “nos persigue”.

La persecución es lo propio del demonio “acusador”, que interfiere la buena onda del Espíritu con sus distorsiones y ruidos, con sus falacias y mentiras.

Por eso es bueno tomar conciencia de que este “estado de persecución” es parte de la vida cotidiana de todo cristiano: allí donde cada uno está dando su pasito de amor a Jesús, allí mismo el Espíritu “habla” y el mal espíritu “descalifica, grita, difama, miente”.

Por eso hay que estar atentos: “en el momento en que uno escucha y siente” esas palabras malas, desalentadoras, culpógenas, escépticas, acusadoras, descalificantes…. (y todo lo que quiera cada uno adjetivar), ese mismo momento es el momento oportuno para escuchar la Palabra Buena que el Espíritu nos está enseñando. Si afinamos el oído y la descubrimos podemos responder a la tentación y derrotarla “con una formulación que nuestro adversario no puede contradecir” y sintiendo la atracción irresistible de la voz de nuestro Buen Pastor.

Diego Fares sj