Domingo 29 C 2013

Despegar

 Despegar

Jesús, para mostrarles que es necesario orar siempre sin desanimarse, les proponía una parábola diciendo:

«Había un juez en cierta ciudad que no temía a Dios ni le importaba lo que los hombres pudieran decir de él. Había también en aquella misma ciudad una viuda que recurría a él siempre de nuevo, diciéndole: «Hazme justicia frente a mi adversario.» Y el Juez se negó durante mucho tiempo. Hasta que dijo para sí: «Es verdad que yo no temo a Dios ni me importan los hombres, sin embargo, porque esta viuda me molesta, le haré justicia,  para que no venga continuamente a fastidiarme»». Y el Señor dijo: «Oyeron lo que dijo este juez injusto? Y Dios, ¿no se apresurará en auxilio de sus elegidos, Él que los escucha pacientemente, cuando día y noche claman a él? Les aseguro que en un abrir y cerrar de ojos les hará justicia. Pero cuando venga el Hijo del hombre, ¿encontrará fe sobre la tierra?» (Lc 18, 1-8).

 

Contemplación

En la última charla de dirección espiritual, antes de que el padre Jorge fuera Papa Francisco, charlábamos de la confianza en la oración y recordó un versículo del salmo 65 –el 20- que dice: “¡Bendito sea Dios, que no echó de sí mi oración ni de mí su misericordia!” “Non amovit” dice el latín, no apartó de sí mi oración, nunca deja de escucharme paciente y cariñosamente cuando le hablo.

Jesús habla hoy de “rezar siempre, sin desanimarse” y pensaba qué cosas me desaniman para rezar, siendo que “es tan lindo rezar”. Esas fueron las primeras palabras de Francisco para nosotros, que estábamos en la plaza siguiendo por TV la misa del comienzo de su pontificado: “gracias por haberse reunido a rezar por mí. Es tan lindo rezar, mirar al cielo, mirar nuestro corazón, saber que tenemos un Padre bueno” que nos escucha.

 

Un paréntesis: La manera que tiene Francisco de “instalar en el corazón” las frases del evangelio es una gracia inmensa del Espíritu para el mundo.

Estamos viviendo un Pentecostés potentísimo en su suavidad al que hay que abrir el corazón de par en par.

El que tenga oídos para oír que oiga.

Cuando la gente más sencilla y cada uno de nosotros en nuestra sencillez dice –decimos- “lo entiendo”, “me está hablando a mí”, sentimos lo mismo que sentía la gente que acudió a escuchar a los apóstoles el día de Pentecostés: “Cada uno los oía hablar en su propia lengua”. El libro de los Hechos nos dice varias cosas de esta experiencia: “Estaban confusos, porque cada uno los oía hablar en su propia lengua. Estaban atónitos y admirados, diciendo: – Miren, ¿no son galileos todos estos que hablan? ¿Cómo, pues, los oímos nosotros hablar cada uno en nuestra lengua en la que hemos nacido? (Hc 2, 6-8). La experiencia es compleja: la admiración a algunos los confunde, a otros los deja perplejos, a otros los lleva a la burla (“algunos se burlaban diciendo ‘están borrachos’”) y a otro les toca el corazón (“al oír esto se compungieron de corazón y dijeron a Pedro y a los otros apóstoles: ‘hermanos, qué debemos hacer?’”) y los lleva a convertirse en seguidores de Jesús.

 

¡Qué lindo que es rezar! Si esta frase se posa sobre el corazón la sensación de paz hace que se disuelvan todas las excusas, todos los escrúpulos y tentaciones que nos desaniman para rezar a nuestro Dios.

El Espíritu siempre está rezando en nuestro interior y nos podemos sintonizar en su frecuencia de onda y rezar con Él.

No se trata de un acto exterior: somos oración, somos seres que se expresan constantemente (como todos los demás) pero que lo hacen conscientemente.

Es en esta conciencia que surgen los desánimos. Por eso se dice que la creación “alaba al creador” espontáneamente y sin “desanimarse”. Sólo los seres libres podemos desanimarnos y “no rezar”, siendo que todo nuestro ser “desea rezar”.

 

El primer desánimo puede ser que provenga de escandalizarnos al ver que de nuestro corazón surgen pensamientos malos, que a veces las primeras cosas que nos vienen a la mente son expresiones egoístas, de interés propio, de cálculo. Sin embargo, si uno se hace consciente bien y separa lo tumultuoso, es verdad también que, espontáneamente, nos alegramos por el bien y gozamos de lo bello.

 

Lo que sucede es que pareciera que al ponernos a rezar, si no estamos consolados, lo que aflora es lo conflictivo, los problemas, lo que no hicimos, ese desear a medias lo bueno y dejarnos llevar por lo más cómodo inevitablemente, salvo cuando hacemos un esfuerzo grande. Aquí estaría entonces el desánimo: en la conclusión que dice: si quiero rezar voy a tener que luchar mucho.

 

¿Cómo respondemos a esta dificultad? Primero diciendo “Y sí. Rezar es luchar”. El palo vertical de la cruz es estar clavado a la oración al Padre diciendo Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu o diciendo Padre, te doy gracias, porque revelas estas cosas a los pequeños, porque siempre me escuchas. (El palo horizontal es estar clavado con los brazos abiertos a los hermanos).

Rezar es luchar.

Si me siento a rezar un rato afluirán todas las “elecciones” que hice durante el día:  lo que elegí de bueno, con todo el corazón (amar a los míos, cumplir con el trabajo, hacer lo que tengo que hacer…); lo que “no quise elegir”  y traté de zafar, de hacer lo menos posible…; y lo que elegí sabiendo que no estaba bien. Afluirán también los agradecimientos y las peticiones por los que me preocupan.

Pero aquí viene lo bueno: rezar es luchar pero no todo el tiempo.

Rezar es como despegar vuelo en avión: hay que ajustarse el cinturón, contar hasta 32 haciendo la señal de la cruz para que suba y pasar las nubes que haya hasta alcanzar la altura de vuelo crucero, como se dice.

Entonces todo se serena.

Usando el galicismo: para rezar hay que decolar.

La oración es actividad de cielo, no de tierra.

Hay que despegarse un rato de los desplazamientos terrestres y ganar altura para mirar las cosas desde otra perspectiva, a otra velocidad.

Contra el desánimo que da luchar después de haber luchado todo el día es buena esta imagen del despegue para hacernos sentir que la oración es volar en paz.

En el Cielo profundo de la Intimidad del Padre y de Jesús y del Espíritu Santo, no hay turbulencias. De última ultimísima, la oración es Paz. Un rato de paz. Descanso en la Bondad de Dios. Cuesta lucha despegar, alcanzar la altura crucero. Cuesta lucha bajar. Pero la oración es fundamentalmente descanso y paz.

Contra el desánimo que da la imagen del conflicto ponemos la imagen de despegar.

Y para despegar hay que ir con todo.

No se despega carreteando a veinte por hora.

Esa es la dificultad de muchas oraciones en las que uno no termina de “meterse”, decimos. Pero esa imagen no es buena, Mejor decir que: no terminamos de despegar.

¿Por qué es mejor esta imagen?

Porque se puede despegar en 32 segundos, es más: se debe despegar en 32 segundos, porque si no se te acaba la pista. Cuando uno siente “quiero rezar un rato” y toma conciencia de que son pensamientos fugaces, en general uno interpreta que fueron fugaces por culpa de uno que no les hizo caso. Pero no, son fugaces porque el Espíritu quería despegar con nosotros en una oración que, en 32 segundos nos pusiera en órbita. Que dure poco ese deseo es porque hubo una experiencia real de despegue: lo que pasa es que nosotros no nos subimos.

Lo que el Espíritu quiere es que “despeguemos unos instantes”. Y si uno se acostumbra a estas “elevaciones del alma” como le llaman los místicos, de a poco le toma el gusto a rezar muchas veces por día.

El deseo “repentino” que muchas veces me viene y se va no es que se vaya porque no le hice caso. Si le hago caso en el instante y cuento hasta 32, el Espíritu me hace despegar y rezo. Si no acepto la invitación a despegar, el despega sólo y si me fijo bien, esta invitación a despegar se da muchas veces por día. Discreta y suavemente, pero si lo voy haciendo consciente, el Espíritu que reza constantemente en nosotros, nos invita a despegar con un ritmo sostenido, único para cada uno, que se reitera muchas veces por día. Para despegar basta esa inspiración, ese arranque momentáneo. Y no sólo basta sino que siempre tiene que ser así: hay que rezar a “arranques”, despegar en pocos segundos… El resto lo hace el Señor.

Quizás la parábola del Evangelio ilustre esto. Si ponemos la atención en el Juez, que por un motivo egoísta escucha a la viuda y esto nos ayuda a pensar cuánto más nos hará caso nuestro Padre Bueno, también podemos interpretar la insistencia de la viuda que acude continuamente y siempre de nuevo diciendo “haceme justicia”, pensando cuánto más insistirá el Espíritu –siempre de nuevo- haciéndonos sentir “no es justo que te quedes sin despegar conmigo en la oración”: despegate y vas a ver “qué lindo es rezar”.

 

Diego Fares sj

 

 

 

 

 

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