Domingo 30 C 2013

 

twitter-ll_1350687718364

 Rezar Breve

Refiriéndose a algunos que confiaban en sí como si fueran justos y menospreciaban a los demás, dijo también esta parábola:

«Dos hombres subieron al Templo para orar; uno era fariseo y el otro, publicano.

El fariseo, de pie, oraba así:

«Dios mío, te doy gracias porque no soy como los demás hombres, que son ladrones, injustos y adúlteros; ni tampoco como ese publicano. Ayuno dos veces por semana y pago la décima parte de todas mis entradas

En cambio el publicano, manteniéndose a distancia, no se animaba siquiera a levantar los ojos al cielo, sino que se golpeaba el pecho, diciendo:

«¡Dios mío, ten piedad de mí, que soy un pecador!»

Les aseguro que este último volvió a su casa justificado, pero no el primero. Porque todo el que se enaltece a sí mismo será humillado y el que se empequeñece a sí mismo será enaltecido» (Lc 18, 9-14).

Contemplación

“Que recemos sin desanimarnos”, ese era el deseo al que Jesús convirtió en la parábola de la viuda insistente. Hoy podríamos decir que la parábola del fariseo y el publicano Jesús la creó para expresar su deseo de que “salgamos de la oración enaltecidos”. Qué linda palabra “ser enaltecido”. Ojo que no dice “enaltecerse” sino ser enaltecido. No sirve enaltecerse uno mismo.

………..

Aquí abro un paréntesis y comparto cómo surgió lo que sigue. Luego de expresar que “no sirve enaltecerse a uno mismo” me vino la idea de que “tampoco sirve rebajarse uno mismo” y pensé que la indicación del Señor, más que por el lado de acusarse a uno mismo iba por el lado de “salir de sí”, de rezarle a Dios. Pero no me convencía. Una, porque los dos rezan diciendo “Dios mío”, y otra, porque el Señor habla explícitamente de que es “enaltecido” el que efectivamente se “empequeñece”. Acusando recibo de la dificultad miré de nuevo las dos oraciones y se me iluminó que una era extensa y la otra “breve”… Entonces seguí:

………………

Quizás la clave esté en “hablar poco”. Cuando uno discursea mucho termina justificándose. El publicano repetía una sola frase: “Dios mío, ten piedad de mi que soy un pecador”. Su misma oración era pequeña… Por tanto: ¡empequeñecer nuestra oración! Abreviarla.

La semana pasada hablamos de oraciones rápidas: de despegue -32 segundos bastan para subir a la altura crucero de la intimidad del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo.

Ahora se trata de “brevedad”. Oraciones cortas. “Dios mío, ten piedad de mí, que soy un pecador” tiene 46 caracteres. Es un mini twitter.

Empequeñecer nuestra oración es lo que a Dios le agrada, nos dice Jesús. No sean como los fariseos que piensan que por hablar mucho serán más escuchados.

Suele ser motivo de desánimo juzgar que “deberíamos rezar más”. Y si tomamos en serio la recomendación del Señor de ser breves, lo que parece negativo del ritmo de vida actual puede convertirse en una gracia. ¿Puede aceptar nuestra mentalidad perfeccionista que al Señor le guste que recemos cortito? Es algo clásico, por si alguno duda: Las jaculatorias son oraciones breves, encendidas de amor y de cariño, que dirigimos al Señor, a la Virgen y a los Santos, para mejor mantenernos en la presencia de Dios a lo largo del día. Hoy diríamos que son como “twitters a Dios”. Quizás el asunto esté en encontrar las palabras breves que nos enciendan hoy el corazón.

Les comparto algunas (quizás muy subjetivas pero no son para copiar sino para que cada uno descubra o invente las suyas) (y me encantaría que me las compartan!!!).

(A la Virgen): Señora, ¡meteme en la cancha!

Esta es cuando siento que tengo que realizar alguna tarea apostólica y me viene el pensamiento de no soy digno, sentimientos de culpa, de falla… Es como si me hubieran echado del partido por alguna falta o no hubiera asistido a los entrenamientos y entonces no me considero digno de entrar en juego. Allí la imagen es la de los jugadores de rugby que ni se fijan en los golpes que los tumbaron y tienen la mirada fija en meterse de nuevo en el scrum, mientras dejan los auxiliares les rocíen con aerosol el músculo golpeado. Así la siento a la Virgen, como que primero nos mete a todos en la cancha –así como nos recibe a todos como estamos en Lujan- y luego que estamos en juego, vendrá el arreglar cuentas con Jesús. Esta breve oración me ayuda a salir de mí mismo y a mirar la misión.

(A Jesús): Tu amigo está enfermo. Esta es del Padre Cullen (él incluso abreviaba y cuando uno le pedía “rezá por mí”, te decía: “mirá que yo rezo diciendole a Jesús: “ahí está este” y nada más). El que tú amas, te necesita. El que tu amas está sufriendo… Es para rezar intercediendo y ayuda a confiar en que Jesús ya sabe lo que tiene que hacer, como pasó con su amigo Lázaro.

(A San José): ¿Cómo se llama este Hogar? Esta es a San José y me sirve para todo, desde una canilla que se rompió y no hay nadie para arreglarla hasta cuando se arma algún lío grande de violencia o peleas o nos falta algún recurso. Le recuerdo que el Hogar es suyo –se llama “el Hogar de San José ¿no?”, digo- y ya siento que todo está en sus manos y que él lo va a arreglar como mejor le parezca y cuando quiera (cosa que suele suceder casi de inmediato).

También a San José está el “Por favor, por favor, por favor”. Los tres por favor se los copié a una amiga porque me encantó escucharlos un día que le salieron espontáneamente y son muy eficaces.

¡Los ojos de la Virgen…! Esta es una jaculatoria que me digo a mi mismo o le digo a otro apenas manifiesta que algo se perdió. “Rápido, rezale a los ojos de la Virgen”, digo y “visualizo” dónde puede estar lo perdido o quién es el que tiene que “abrir los ojos”. También es de eficacia instantánea o casi inmediata.

(Al Padre):  “Pater, eucaristó soi”, Padre, te doy gracias…: porque me escuchás, por el día, por tus gracias, por te revelás a los pequeños…”. Esta es en griego. Jesús la dice cuando va a resucitar a Lázaro y me gusta porque tiene “sabor a eucaristía” e incluye todo: te bendigo, de alabo, homologo lo que hacés, te adoro, te agradezco. Esta es la frase del Fariseo pero hay que decirla con el corazón del publicano.

Confieso que a medida que escribo van “saliendo” estas oracioncitas breves, las cuales no tenía agrupadas dentro de un mismo género ni valoraba mucho como “el tipo de oración que me viene bien hoy día”.

Unidas al “despegar” pueden ser la frase que concrete ese impulso de cielo cuando le hacemos caso. Contar hasta 32 y decir con todo nuestro amor una de estas oracioncitas breves que tanto le agradan a Dios y quedarnos un ratito repitiéndoselas.

Y profundizando un poco más en esto de abreviar: hacer oraciones que pueden resumirse en un gesto.

 

Golpearse el corazón.

El publicano… “se golpeaba el pecho”.

Golpearse el corazón como si fuera que se lo golpeamos a Jesús. No clavarle una lanza, como hicimos con el centurión… O quizás sí. Caer en la cuenta de que al pecar le clavamos una lanza en su Corazón. Y no sale amargura sino piedad. Misericordia infinita y mansa. Perdón.

Pero mejor “un golpecito como de niño en el Corazón de Jesús”: ten piedad de mí, ten piedad de mí.

Ha sido desprestigiado este gesto. Se dice de nosotros: los que se golpean el pecho en la Iglesia y luego son malos vecinos. Eso no quita que lo podamos recuperar en toda su autenticidad. Y pedir perdón golpeándonos el corazón cada vez que tomamos conciencia de que obramos mal.

Juntar las manos (como los orientales)

Celina es una chinita de 3 años que tiene su carácter. La bauticé hace dos años y medio y viene a la misa de los Domingos a la siesta con su mamá y su tía. A la entrada de Regina está nuestra Virgen Refugiada, la imagen de mármol blanco que quedó en nuestro atrio luego peregrinar por varias que no la recibieron, en la época de los incendios de las iglesias. Es una inmaculada muy hermosa y jovencita que tiene las manos juntas. La cuestión es que estaba en la puerta esperando a los chinos, como de costumbre, y veo que entra corriendo Celina. Me doy cuenta de que se le adelantó a su madre y solita y muy decidida avanza hacia la rampa de metal, que les encanta a los chicos, y a mitad camino entre el portón de rejas y el umbral, levanta la cabecita y al ver a la Virgen se para en seco, junta sus manitos e inclina la cabeza y luego sigue lo más campante. Es la manera tradicional que tienen los chinos de saludar pero me hizo mirar a nuestra Señora de otra forma que la habitual y ver –gracias a Celinita- que sus manos juntas no son sólo oración a Dios sino saludo chino a los que entran a la iglesia. ¡Nada como otra cultura para valorar con ojos nuevos un gesto! No diría que sonrió María en ese instante porque su rostro de mármol siempre está sonriendo, pero sí me animo a decir que esa sonrisa esculpida desde hace décadas, se iluminó al encontrar respuesta en el saludito de Celina.

Escribir un nombre en un papelito y ponerlo bajo la imagen de San José o en su bolsa.

…………

(espero aportes)

Diego Fares sj

Domingo 29 C 2013

Despegar

 Despegar

Jesús, para mostrarles que es necesario orar siempre sin desanimarse, les proponía una parábola diciendo:

«Había un juez en cierta ciudad que no temía a Dios ni le importaba lo que los hombres pudieran decir de él. Había también en aquella misma ciudad una viuda que recurría a él siempre de nuevo, diciéndole: «Hazme justicia frente a mi adversario.» Y el Juez se negó durante mucho tiempo. Hasta que dijo para sí: «Es verdad que yo no temo a Dios ni me importan los hombres, sin embargo, porque esta viuda me molesta, le haré justicia,  para que no venga continuamente a fastidiarme»». Y el Señor dijo: «Oyeron lo que dijo este juez injusto? Y Dios, ¿no se apresurará en auxilio de sus elegidos, Él que los escucha pacientemente, cuando día y noche claman a él? Les aseguro que en un abrir y cerrar de ojos les hará justicia. Pero cuando venga el Hijo del hombre, ¿encontrará fe sobre la tierra?» (Lc 18, 1-8).

 

Contemplación

En la última charla de dirección espiritual, antes de que el padre Jorge fuera Papa Francisco, charlábamos de la confianza en la oración y recordó un versículo del salmo 65 –el 20- que dice: “¡Bendito sea Dios, que no echó de sí mi oración ni de mí su misericordia!” “Non amovit” dice el latín, no apartó de sí mi oración, nunca deja de escucharme paciente y cariñosamente cuando le hablo.

Jesús habla hoy de “rezar siempre, sin desanimarse” y pensaba qué cosas me desaniman para rezar, siendo que “es tan lindo rezar”. Esas fueron las primeras palabras de Francisco para nosotros, que estábamos en la plaza siguiendo por TV la misa del comienzo de su pontificado: “gracias por haberse reunido a rezar por mí. Es tan lindo rezar, mirar al cielo, mirar nuestro corazón, saber que tenemos un Padre bueno” que nos escucha.

 

Un paréntesis: La manera que tiene Francisco de “instalar en el corazón” las frases del evangelio es una gracia inmensa del Espíritu para el mundo.

Estamos viviendo un Pentecostés potentísimo en su suavidad al que hay que abrir el corazón de par en par.

El que tenga oídos para oír que oiga.

Cuando la gente más sencilla y cada uno de nosotros en nuestra sencillez dice –decimos- “lo entiendo”, “me está hablando a mí”, sentimos lo mismo que sentía la gente que acudió a escuchar a los apóstoles el día de Pentecostés: “Cada uno los oía hablar en su propia lengua”. El libro de los Hechos nos dice varias cosas de esta experiencia: “Estaban confusos, porque cada uno los oía hablar en su propia lengua. Estaban atónitos y admirados, diciendo: – Miren, ¿no son galileos todos estos que hablan? ¿Cómo, pues, los oímos nosotros hablar cada uno en nuestra lengua en la que hemos nacido? (Hc 2, 6-8). La experiencia es compleja: la admiración a algunos los confunde, a otros los deja perplejos, a otros los lleva a la burla (“algunos se burlaban diciendo ‘están borrachos’”) y a otro les toca el corazón (“al oír esto se compungieron de corazón y dijeron a Pedro y a los otros apóstoles: ‘hermanos, qué debemos hacer?’”) y los lleva a convertirse en seguidores de Jesús.

 

¡Qué lindo que es rezar! Si esta frase se posa sobre el corazón la sensación de paz hace que se disuelvan todas las excusas, todos los escrúpulos y tentaciones que nos desaniman para rezar a nuestro Dios.

El Espíritu siempre está rezando en nuestro interior y nos podemos sintonizar en su frecuencia de onda y rezar con Él.

No se trata de un acto exterior: somos oración, somos seres que se expresan constantemente (como todos los demás) pero que lo hacen conscientemente.

Es en esta conciencia que surgen los desánimos. Por eso se dice que la creación “alaba al creador” espontáneamente y sin “desanimarse”. Sólo los seres libres podemos desanimarnos y “no rezar”, siendo que todo nuestro ser “desea rezar”.

 

El primer desánimo puede ser que provenga de escandalizarnos al ver que de nuestro corazón surgen pensamientos malos, que a veces las primeras cosas que nos vienen a la mente son expresiones egoístas, de interés propio, de cálculo. Sin embargo, si uno se hace consciente bien y separa lo tumultuoso, es verdad también que, espontáneamente, nos alegramos por el bien y gozamos de lo bello.

 

Lo que sucede es que pareciera que al ponernos a rezar, si no estamos consolados, lo que aflora es lo conflictivo, los problemas, lo que no hicimos, ese desear a medias lo bueno y dejarnos llevar por lo más cómodo inevitablemente, salvo cuando hacemos un esfuerzo grande. Aquí estaría entonces el desánimo: en la conclusión que dice: si quiero rezar voy a tener que luchar mucho.

 

¿Cómo respondemos a esta dificultad? Primero diciendo “Y sí. Rezar es luchar”. El palo vertical de la cruz es estar clavado a la oración al Padre diciendo Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu o diciendo Padre, te doy gracias, porque revelas estas cosas a los pequeños, porque siempre me escuchas. (El palo horizontal es estar clavado con los brazos abiertos a los hermanos).

Rezar es luchar.

Si me siento a rezar un rato afluirán todas las “elecciones” que hice durante el día:  lo que elegí de bueno, con todo el corazón (amar a los míos, cumplir con el trabajo, hacer lo que tengo que hacer…); lo que “no quise elegir”  y traté de zafar, de hacer lo menos posible…; y lo que elegí sabiendo que no estaba bien. Afluirán también los agradecimientos y las peticiones por los que me preocupan.

Pero aquí viene lo bueno: rezar es luchar pero no todo el tiempo.

Rezar es como despegar vuelo en avión: hay que ajustarse el cinturón, contar hasta 32 haciendo la señal de la cruz para que suba y pasar las nubes que haya hasta alcanzar la altura de vuelo crucero, como se dice.

Entonces todo se serena.

Usando el galicismo: para rezar hay que decolar.

La oración es actividad de cielo, no de tierra.

Hay que despegarse un rato de los desplazamientos terrestres y ganar altura para mirar las cosas desde otra perspectiva, a otra velocidad.

Contra el desánimo que da luchar después de haber luchado todo el día es buena esta imagen del despegue para hacernos sentir que la oración es volar en paz.

En el Cielo profundo de la Intimidad del Padre y de Jesús y del Espíritu Santo, no hay turbulencias. De última ultimísima, la oración es Paz. Un rato de paz. Descanso en la Bondad de Dios. Cuesta lucha despegar, alcanzar la altura crucero. Cuesta lucha bajar. Pero la oración es fundamentalmente descanso y paz.

Contra el desánimo que da la imagen del conflicto ponemos la imagen de despegar.

Y para despegar hay que ir con todo.

No se despega carreteando a veinte por hora.

Esa es la dificultad de muchas oraciones en las que uno no termina de “meterse”, decimos. Pero esa imagen no es buena, Mejor decir que: no terminamos de despegar.

¿Por qué es mejor esta imagen?

Porque se puede despegar en 32 segundos, es más: se debe despegar en 32 segundos, porque si no se te acaba la pista. Cuando uno siente “quiero rezar un rato” y toma conciencia de que son pensamientos fugaces, en general uno interpreta que fueron fugaces por culpa de uno que no les hizo caso. Pero no, son fugaces porque el Espíritu quería despegar con nosotros en una oración que, en 32 segundos nos pusiera en órbita. Que dure poco ese deseo es porque hubo una experiencia real de despegue: lo que pasa es que nosotros no nos subimos.

Lo que el Espíritu quiere es que “despeguemos unos instantes”. Y si uno se acostumbra a estas “elevaciones del alma” como le llaman los místicos, de a poco le toma el gusto a rezar muchas veces por día.

El deseo “repentino” que muchas veces me viene y se va no es que se vaya porque no le hice caso. Si le hago caso en el instante y cuento hasta 32, el Espíritu me hace despegar y rezo. Si no acepto la invitación a despegar, el despega sólo y si me fijo bien, esta invitación a despegar se da muchas veces por día. Discreta y suavemente, pero si lo voy haciendo consciente, el Espíritu que reza constantemente en nosotros, nos invita a despegar con un ritmo sostenido, único para cada uno, que se reitera muchas veces por día. Para despegar basta esa inspiración, ese arranque momentáneo. Y no sólo basta sino que siempre tiene que ser así: hay que rezar a “arranques”, despegar en pocos segundos… El resto lo hace el Señor.

Quizás la parábola del Evangelio ilustre esto. Si ponemos la atención en el Juez, que por un motivo egoísta escucha a la viuda y esto nos ayuda a pensar cuánto más nos hará caso nuestro Padre Bueno, también podemos interpretar la insistencia de la viuda que acude continuamente y siempre de nuevo diciendo “haceme justicia”, pensando cuánto más insistirá el Espíritu –siempre de nuevo- haciéndonos sentir “no es justo que te quedes sin despegar conmigo en la oración”: despegate y vas a ver “qué lindo es rezar”.

 

Diego Fares sj

 

 

 

 

 

Domingo 28 C 2013

 

 Rezar como extranjeros

Leproso agradecido

Mientras se dirigía a Jerusalén,

Jesús pasaba a través de los confines entre Samaría y Galilea.

Y al entrar él en cierta aldea, le salieron al encuentro diez hombres leprosos,

los cuales se detuvieron a distancia y alzaron la voz diciendo:

«¡Jesús, Maestro, ten compasión de nosotros!»

Luego que los vio, Jesús les dijo:

«Vayan, preséntense ustedes a los sacerdotes.»

Y lo que pasó es que mientras iban quedaron purificados.

Uno de ellos, al ver que estaba sano,

pegó la vuelta glorificando a Dios en voz alta

y cayendo sobre su rostro a los pies de Jesús, le agradecía (eujariston).

Era un samaritano.

Respondiendo Jesús dijo entonces:

«¿Acaso no quedaron limpios los diez?

Los otros nueve, ¿dónde están?

¿No ha habido quién volviera a dar gloria a Dios, sino este extranjero?»

Y agregó:

«Levántate, ve, tu fe te ha salvado» (Lc 17, 11-19).

 

Contemplación

Contemplamos la escena: el leproso curado, rostro en tierra a los pies de Jesús, le agradece. La frase “era un samaritano” saca a la luz el sentimiento del grupo. Y el Señor aprovecha la fe agradecida del extranjero para evangelizar a los suyos. Jesús hace tres preguntas como para darle tiempo al hombre para que pueda agradecer a gusto. Uno a veces ataja el agradecimiento con un “de nada” un poco vergonzoso si el otro se muestra muy efusivo. Jesús no. Lo deja que se quede allí postrado y que glorifique a Dios a sus pies. Podemos escuchar cada pregunta y, contemplando al Samaritano agradecido, dejar que nos toque el corazón.

La primera pregunta del señor es: “¿Acaso no quedaron limpios los diez?”

Con los discípulos, podemos responder que no sabíamos. Que estamos admirados de que este haya sido curado y aceptamos que Jesús, que lo sabe todo, nos diga que curó a los otros nueve. El Samaritano al escuchar esta pregunta, él sí habrá respondido: “Sí Señor. Gracias Señor. Quedamos curados todos. Nos mirábamos unos a otros y nos mostrábamos las manos y nos tocábamos el rostro sin poder salir de nuestro asombro”.

Jesús insiste: ¿Y los otros nueve ¿donde están?

Aquí podemos responder junto con el Samaritano: “Fueron a presentarse a los sacerdotes, como vos les ordenaste”. Lo decimos como diciendo “para qué preguntás, Señor”. Pero el Samaritano puede ser que haya sentido necesidad de justificarse y haya dicho algo así como: “Señor, ellos agarraron para Galilea y yo, que soy samaritano, agarré para Samaría. Allí están nuestros sacerdotes. Ya voy a ir a presentarme, Señor, como mandaste. Pero primero quería agradecerte. Perdón si no cumplí inmediatamente pero te prometo que ahora voy a ir. Gracias Señor, dejame que te agradezca, de verdad. Lo que has hecho por mí es un milagro…”.

Jesús lo deja que siga en su agradecimiento y hace la tercera pregunta: “¿Sólo este extranjero volvió a glorificar a Dios?”. Aquí nos llama la atención “glorificar”. Vemos que a eso apuntaba Jesús. A rescatar la gracia que nació por obra del Espíritu en el corazón del Samaritano y que lo lleva a estar glorificando al Padre a los pies de Jesús. El extranjero se ha ido a presentar al Sacerdote Único y Verdadero, a Jesús. Y a sus pies celebra la Eucaristía, la Acción de Gracias al Padre, lo glorifica y lo adora en Espíritu y en Verdad.

El remarcar que sea “extranjero” es como decir que, muchas veces, las prácticas tradicionales tapan la fuerza viva de la gracia. La gracia del Espíritu siempre nos lleva a la Persona de Jesús: a glorificar en Él al Padre. Las prácticas muchas veces nos llevan a mirarnos a nosotros mismos, a servir a un “deber ser” que nos justifica superficialmente: cumplí con el precepto.

 

Por eso tanta insistencia del Señor. Es un remarcar que lo personal es vital, decisivo. Más que cumplir la ley. Incluso una ley que el mismo Señor ha mandado. Quizás aquí está la clave. A Jesús le gusta que algunas cosas uno las piense y las decida por sí mismo. Y cuando elige a favor de la Persona, lo bendice. Aunque se saltee una ley. Como cuando Marta se le quejó de que María no la ayudaba con lo que había que hacer. Jesús le dice que María eligió la mejor parte –estar a los pies de la Persona del Señor- y que Él no se la iba a quitar.

El Samaritano Agradecido es un ícono de eso que el Papa Francisco llama: salir de sí –trascender- en la oración. Adorar y glorificar al Padre, saliendo de nosotros mismos, de todo esquema formal, agradeciendo de corazón.

El Buen Samaritano es el otro ícono: el del que sale de sí y se compadece del que está tirado al costado del camino. Sirve al prójimo más allá de los límites de la ley y de la mentalidad cultural imperante.

Podemos tomarle el gusto a esto de “ser Samaritanos”, no sólo para servir sino también para rezar.

Para sentir compasión de los “sobrantes” hay que “sentirse sobrante”. Si uno no sale, si uno sirve desde la inclusión, no se termina de compadecer. Por eso hace bien tomar conciencia de que somos “excluidos”. Quizás no del todo. Quizás el sistema nos tira unos pesos y algunas credenciales y nos hace sentir incluidos, ciudadanos, empleados, miembros de los clubes… Pero de vez en cuando el sistema nos muestra que somos “descartables”: cuando algún violento nos hace sentir que “sobramos”, cuando de golpe se corta la luz por una semana y vivimos en el piso 14 o una simple enfermedad nos revela que “somos extranjeros”, que esta no es nuestra patria definitiva. Nos hace bien sentirnos “samaritanos” para comprender y solidarizarnos con los otros samaritanos. No hay como estar una hora en la guardia del Ramos, acompañando a José Luis, con 14 camillas, una sola doctora, tres enfermeras y 25 enfermos, para comenzar a sentir un poquito lo que es ser “sobrante”.

 

También para rezar es bueno sentirse extranjero. No católico. O católico sin derecho a la Eucaristía y a la Reconciliación sacramentales, como les pasa a tantos que no están en regla, que son leprosos y no pueden acercarse a los sacramentos. Puede hacernos bien imaginar que “no sabemos rezar”, imaginar qué sería de nosotros si no pudiéramos leer más el Evangelio ni rezar el Ave María y el Padrenuestro. Si de golpe sintiéramos la gracia de algún perdón o ayuda, como la sintió este leproso al verse curado, y volviéramos como por primera vez los ojos a Jesús y nos diera ganas de alabar y glorificar a Dios y no domesticáramos el sentimiento con las palabras y ritos que nos enseñaron sino que diéramos gracias de corazón y rezáramos con nuestras palabras y nos inventáramos una Eucaristía a los pies de Jesús.

Lo que quiero expresar es que rezar no es un deber de hijos consentidos que dicen “ufa, hay que ir a misa”, sino de “hijos pródigos que sienten la imperiosa necesidad de volver a la casa del Padre y se preguntan si le podrán expresar su arrepentimiento y su agradecimiento y, al sentirse recibidos con un abrazo, dan rienda a suelta a una oración de corazón”.

Rezar es rezar como extranjero, como el publicano en el fondo del Templo y no como el Fariseo que se reza a sí mismo, a su Dios “Yo que cumplo”.

Ir a misa como extranjeros. Como invitados de segunda porque los elegidos no quisieron ir y nos regalaron una entrada. Ir a la Eucaristía como quien va a ser injertado en la Cepa escogida, sintiendo que “sin estar unido a Jesús no podemos nada”.

Glorificar a Dios en Jesús como el Samaritano Agradecido es la oración que Jesús bendice y que le agrada al Padre.

Diego Fares sj

 

 

 

Domingo 27 C 2013

 Pobres servidores

Copia de francis-assisi

Copia de teresitaDijo el Señor a sus discípulos:

-Si tu hermano peca, repréndelo, y si se arrepiente perdónalo. Y si peca siete veces al día contra ti, y otras tantas vuelve a ti di­cien­do: me arrepien­to, perdónalo. Los apóstoles le dije­ron al Señor: – Auméntanos la fe. El respondió:

-Si ustedes tuvieran fe del tamaño de un granito de mostaza, dirían a esa morera que está ahí: Erradícate y trasplántate en el mar, y les obedecería. ¿Quién de ustedes si tiene un servidor para arar o cuidar el ganado, cuando este regresa del campo, le dice: Ven pronto y siéntate a la mesa? ¿No le dirá más bien: Prepárame la cena y recógete la túnica para servirme hasta que yo haya comido y bebido, y tú comerás y beberás después? ¿Deberá mostrarse agradecido con el servidor porque hizo lo que se le mandó? Así también ustedes, cuando hayan hecho todo lo que se les ordenó, digan: Somos unos pobres servidores, lo que debíamos hacer, solamente eso hemos hecho (Lc 17, 5-10).

 

Contemplación

El evangelio de hoy viene a coronar la semana de Teresita y de Francisco, dos de los santos más queribles Tienen en común el amor por la pequeñez y por eso son amigables, cercanos, hermanos de todos. Dos frases suyas pueden ayudarnos a reconciliarnos con nuestra pequeñez y con la de nuestros hermanos. Si lo hacemos brotarán como una fuente, el perdón y el servicio. Pongo primero las frases para que cada uno las tenga juntas y pueda contemplar por donde el Espíritu le de sentimiento y gusto espiritual.

Teresita dice, en su lecho de agonía, que el Señor le ha dado la gracia de “comprender lo que es la caridad”, se da cuenta de que “no amaba a sus hermanas como las ama Jesús”, que “la caridad perfecta consiste en soportar los defectos de los demás y en no escandalizarse de sus debilidades”.

Esto es lo que el Señor indica en la primera parte del evangelio de hoy con el mandato de “perdonar siete veces al día”.

Pero ¿cómo hace Teresita para no escandalizarse de las debilidades propias y de los otros? Rezando con su escrito, haciendo el trabajito de “meditatio”: buscando los valores esenciales, poniendo las frases más proverbiales como títulos para descubrir la “Teo-lógica” de su reflexión, encontré una perla. Primero pongo lo que dice Teresita. Lo dice en tres tiempos. Primero, haciendo un discernimiento: Cuando quiero aumentar en mi este amor, cuando, sobre todo, el demonio trata de poner ante los ojos de mi alma los defectos de tal o cual hermana que me es menos simpática, me apresuro a buscar sus virtudes, sus buenos deseos.”

¿Por qué digo que esto es un discernimiento? Porque es una “verdad puesta en práctica”. Teresita discierne que es el mal espíritu –el demonio- el que trata de poner ante los ojos de su alma los defectos de sus hermanas y, sin dialogar con la tentación la expulsa haciendo “todo lo contrario”: “me apresuro a buscar sus virtudes”. Es la regla ignaciana del “agere contra”, apenas olido el mal espíritu, uno se tira rápidamente y con toda su fuerza para el lado opuesto. Seguro que allí está lo que quiere el Señor. Acostumbrarse a obrar así trae muchísimos frutos, porque el mal espíritu, en su astucia de saber mejor que nosotros lo que le desagrada al Señor, nos aviva que la gracia va por el lado totalmente contrario. Si me hace pensar defectos seguro que a Jesús le agrada que piense virtudes.

 

En un segundo momento Teresita cuenta un ejemplo de su vida. Es como una parábola que permite que uno se apropie de su discernimiento, para que no quede como una regla abstracta. Estaban en un recreo aburrido y se dio la oportunidad de hacer algo más divertido: ir a acompañar a los obreros que traían unos árboles para el pesebre. La superiora manda que vaya ella u otra hermana y Teresita, como tiene ganas de ir ella, trata de darle la oportunidad a la otra: Inmediatamente empecé a desatarme el deIantal, pero muy despacio, a fin de dar tiempo a mi compañera para que se quitase el suyo antes que yo, pues creía complacerla dejándola hacer de tercera. La hermana que suplía a la depositaria nos miraba riendo, y al ver que yo era la última en levantarme, me dijo: » iAh, ya me parecía a mí que no ibais a ser vos la que ganase una perla para su corona, os movíais con demasiada lentitud!…» A buen seguro, toda la comunidad creyó que yo había obrado así obedeciendo a mi gusto natural.

La experiencia todos la hemos tenido: hacer algo con buenísima intención y ser malinterpretados. El otro juzga que nos pescó en un defecto y resulta que se trataba de una virtud que por gracia estábamos practicando.

 

El tercer momento es importante porque Teresita consolida la gracia con la Lógica del Evangelio. Nos ayuda la Santa con su “razonamiento superior”, porque de algo insignificante, que todos vivimos, ella saca un provecho inaudito.

La consolidación de la gracia la hace en tres pasos.

Primero. reafirma la bondad de la gracia: “Me sería imposible decir cuánto bien hizo a mi alma una cosita tan insignificante, y cuan indulgente me tornó para con las debilidades de las demás.

Segundo, relativiza todos los juicios, ajenos y propios, positivos y negativos: “Aquel episodio sigue alejando de mí toda vanidad cuando soy juzgada favorablemente, pues razono así: Cuando toman mis pequeños actos de virtud por imperfecciones, de igual modo pueden  equivocarse tomando por virtud lo que sólo es imperfección”.

Tercero, absolutiza los juicios caritativos: “Entonces, no me juzgo ni a mí misma, el que me juzga es EL SEÑOR. Por eso, para que el juicio de Dios me sea favorable, o mejor, para no ser juzgada en absoluto, quiero tener siempre pensamientos caritativos, pues Jesús dijo: No juzguéis, y no seréis juzgados.

Nosotros sacamos de la santa este provecho: el demonio tienta nuestros juicios (más que nuestros sentimientos y pasiones). En general, solemos estar disgustados con algunos de nuestros sentimientos (qué vergüenza, cómo puede ser que sienta estas cosas, decimos escandalizados al sorprendernos en un sentimiento primitivo de maldad, de egoísmo, de pereza o de lujuria) y en cambio nos complacemos en “la verdad y agudeza de nuestros juicios”, cuando creemos que pescamos al otro en sus intenciones ocultas.  Teresita nos muestra que estamos “totalmente equivocados”. Que son nuestros juicios los que están errados. Que juzgamos mal, guiados por la lógica demoníaca, que se regodea en su astucia y sagacidad y se obnubila con sus propias conclusiones cuando en realidad está lejísimo de la verdad.

El remedio es “buscar siempre un juicio misericordioso y caritativo”. Siempre. Para sí mismo y para los demás. Buscar algo bueno. Aunque sea que Dios nos ama y ama a las personas a quienes juzgamos. Nos ama porque nos creo y nos ama porque nos quiere salvar y Jesús dio su vida por todos.

Perdonar siete veces por día es una forma de “tener siempre pensamientos caritativos”.

 

Vamos ahora a Francisco y a la segunda parte del evangelio, la del servicio.

En su carta dirigida a todos los fieles, Francisco dice: “nunca debemos desear estar por encima de los demás, sino, al contrario, debemos, a ejemplo del Señor, vivir como servidores y sumisos a toda humana creatura, movidos por el amor de Dios. El Espíritu del Señor reposará sobre los que así obren y perseveren hasta el fin y los convertirá en lugar de su estancia y su morada, y serán hijos del Padre celestial.

Me llamó la atención lo de “no desear”. Francisco se mete en lo más íntimo, allí donde sólo cada persona conoce qué es lo que lo mueve. El deseo de estar por encima de los demás es muy hondo. Es el deseo “comparativo” que constituye la estructura misma de nuestro desear. A veces ni uno mismo sabe “con quién se compara”, contra quién compite. En la base de nuestra estructura psicológica queremos ser más que nuestro padre o nuestra madre o alguno de nuestros hermanos. Eso después de proyecta sobre otras personas e instituciones. Francisco discierne este deseo “natural” y nos ayuda a tomarle el gusto a un deseo “natural y sobrenatural” más hondo: el deseo de no estar por encima de los demás, el deseo de servir y obedecer a toda humana creatura. Aquí agrego que Francisco cultivaba esta actitud también con los animalitos y con toda la creación. Por eso se le acercaban los pajaritos y el lobo y se le ensanchaba el espacio. Al no querer poseer nada todo era suyo: los campos y las estrellas, el hermano sol y la hermana agua.

Tampoco se adueñaba Francisco del tiempo y por eso vivía al día, sumiso a la providencia, sin apuros.

Cada uno sabe con quien compite. A veces es con uno mismo, con una imagen “perfecta” de uno mismo que ordena con imperativos absolutos lo que uno “tiene que hacer” y no puede dejar de cumplir. Ese deseo de estar por encima de uno mismo es la raíz de nuestra cara de “estoy muy ocupado”.

En este deseo todos los hombres somos iguales: niños y viejos, clase media e indigentes, cultos y no letrados… El secreto de muchas actitudes “no coherentes” suele estar en cada uno en su escondido deseo de “estar por encima de alguien”, con quien uno se compara.

Francisco cura este deseo de superioridad con el deseo de pequeñez. Y lo hace no con razonamientos sino con la persuasión de los ejemplos de Jesús y con el premio inmediato que cultivar estos deseos tiene: “El Espíritu del Señor reposará sobre los que así obren y perseveren hasta el fin y los convertirá en lugar de su estancia y su morada, y serán hijos del Padre celestial”.

Experimentar el “reposo del Espíritu” sobre nuestra cabeza y en nuestro corazón, es lo que más estimula a dejarnos mover por el amor que nos lleva a servir a todos.

Respecto del evangelio de hoy, podemos decir que Francisco: “es «siervo inútil». Por eso, cumplirá su misión: sin ninguna pretensión personal. En su trabajo o en su servicio en casa ajena, «será menor y estará sujeto a todos los que se hallan en la misma casa»; en cualquier circunstancia, tanto entre cristianos como entre paganos, evitará toda disputa, controversia, litigio, pleito: sometido a todos por Dios, se considerará y se proclamará «siervo inútil». Esta convicción se traducirá en paz, dulzura, cortesía….  Francisco vivirá sin ejercer en absoluto presión sobre nadie quienquiera que sea: conscientes de que son hermanos menores (es decir, inferiores) y siervos inútiles, los hermanos se comportarán como pequeños que no pueden más que rogar y suplicar a los otros que perseveren en la verdadera fe y en actitud de penitencia y conversión, -esto en la época en que la inquisición comenzaba a querer forzarles a ello-, y que acojan y practiquen las palabras del Señor”.

Un lindo ejemplo de este “no desea estar por encima” lo dio Benedicto. «Muchas veces, -señala Messori- el entonces cardenal me repitió, en las entrevistas que tendríamos a lo largo de los años, que quien se preocupa demasiado por la difícil situación de la Iglesia (¿cuándo no lo ha sido?) demuestra no haber entendido que ésta pertenece a Cristo, es el cuerpo mismo de Cristo. Por tanto, le toca a Él dirigirla y, si es necesario, salvarla. «Nosotros», me decía, «solamente somos palabra del Evangelio, siervos, y por añadidura inútiles. No nos tomemos demasiado en serio, somos únicamente instrumentos y, además, a menudo ineficaces. No nos devanemos demasiado los sesos por el futuro de la Iglesia: realicemos hasta el final nuestro deber, Él pensará en lo demás»”.

Viendo lo que el Señor obra ahora por el Papa Francisco, no podemos menos que sentir confirmado este pensamiento de Benedicto.

 

 

 

Diego Fares sj