Domingo 25 C 2013

 

La dinámica de rebajar las deudas

 

Jesús decía a los discípulos:

«Había un hombre rico que tenía un mayordomo

al cual difamaron de que malgastaba sus haberes.

Lo llamó y le dijo: «¿Qué es esto que oigo de ti? Dame cuenta de tu administración, porque ya no podrás administrar más.»

El mayordomo pensó entonces para sí:

«¿Qué voy a hacer ahora que mi señor saca la administración de mi responsabilidad? ¿Cavar? No tengo fuerzas. ¿Pedir limosna? Me da vergüenza. ¡Ya sé lo que voy a hacer para que, al dejar la administración de la casa de mi señor, haya quienes me reciban en su casa!»

Llamó uno por uno a los deudores de su señor y preguntó al primero:

«¿Cuánto debes a mi señor?»

«Veinte barriles de aceite», le respondió.

El administrador le dijo:

«Toma tu recibo, siéntate en seguida, y anota diez.»

Después preguntó a otro:

«Y tú, ¿cuánto debes?».

«Cuatrocientos quintales de trigo», le respondió.

El administrador le dijo:

«Toma tu recibo y anota trescientos.»

Y el Señor alabó a este mayordomo infiel, porque obró sagazmente.

* Porque los hijos de este mundo son más astutos en su trato con los demás que los hijos de la luz. Pero yo les digo: Gánense amigos con el dinero de la injusticia, para que el día en que este les falte, ellos los reciban en las moradas eternas.

* El que es fiel en lo poco, también es fiel en lo mucho, y el que es deshonesto en lo poco, también es deshonesto en lo mucho. Si ustedes no son fieles en el uso del dinero injusto, ¿quién les confiará el verdadero bien? Y si no son fieles con lo ajeno, ¿quién les confiará lo que les pertenece a ustedes?

* Ningún servidor puede servir a dos señores, porque aborrecerá a uno y amará al otro, o bien se interesará por el primero y menospreciará al segundo. No se puede servir a Dios y al Dinero.» (Lc 16, 1-13).

 

Contemplación

Jesús contaba parábolas para hacer pensar a la gente por sí misma. El lenguaje narrativo hace que uno mire un caso, opine y, al reflexionar sobre lo que le llamó la atención, descubra –sorprendido y con gusto- algo nuevo de sí mismo. La parábola, con su genialidad y picardía, nos pone del mismo lado, nos fascina y nos apasiona y, releyéndola, vamos descubriendo su riqueza inagotable. Todo refrán, todo cuento clásico, tiene una veta de riqueza inagotable porque comulga con la vida, que es infinitamente rica y sorprendente, y las parábolas de Jesús mucho más. La parábola contada y releída en común, contrastada con cada nueva situación, despliega toda su fuerza metafórica y nos “lleva más allá”, nos hace pensar.

 

Esta del “mayordomo que cambia de amo” o del “administrador de  injusticia”, nos viene como anillo al dedo porque, en nuestra cultura argentina, la “viveza criolla” es un valor que cultivamos hasta el defecto. Con esto quiero decir que es algo arraigado en nosotros. Cuando hay un robo o una malversación, antes que el juicio moral condenatorio nos sale espontánea la valoración de la viveza, de la sagacidad. ¡Qué hdp! Exclamamos, para hacer ver que pescamos la astucia del tipo. Bueno. Esto es precisamente lo que alaba este hombre rico de su mayordomo infiel: su viveza para generar un nuevo empleo en la casa de sus competidores.

 

Lo habían acusado de malgastar el dinero de su amo en beneficio propio y aquí vuelve a malversar, pero esta vez la jugada beneficia a corto plazo a los otros. Para él es un doble riesgo y una jugada a largo plazo. Es verdad que no le quedaba otra: él mismo lo expresa: cavar, no puedo; mendigar, me avergüenza. Pero en la desesperación fue lúcido y la hizo bien. El tipo a uno le rebajó el 50% de los barriles de aceite de oliva (50 barriles de 37 litros c/u serían unos $100.000 actuales) y al otro un 20% de los koros de trigo (20 koros de 370 kg c/u).

Las moralejas pueden ser variadas. Hoy a mí la parábola me lleva a reflexionar acerca de la limosna. “Gánense amigos con el dinero inicuo”, dice Jesús, como una de las conclusiones posibles. Inicuo no tanto moralmente cuanto “no equitativamente distribuido”, más allá de por culpa de quién sea. Una manera de mirar este dinero distribuido así como está, es mirarlo como posible limosna que nos gane amigos. Ganar amigos haciendo limosna. Esa es la propuesta linda, posible y cotidiana, que nos hace el Señor.

 

Es una propuesta muy concreta. La parábola del Pastor que sale a buscar a la ovejita perdida o la del papá que corre a darle un abrazo a su hijo que regresa, nos hablan de tiempo largo, de procesos complejos. La del mayordomo infiel es instantánea. Y eso lo permite el dinero, los números: el mayordomo dice tomá el recibo y anotá “50 barriles de aceite”. ¿Qué sucede con los números, con la suma de dinero? Sucede que al demonio el número concreto lo pone nervioso porque siente que cuando uno concreta y firma el cheque o mete la mano en el bolsillo y elige el billete de 100 o saca los dólares del colchón, el acto de caridad se vuelve imborrable.

La suma de la limosna es anotada prolijamente por nuestro Ángel de la guarda en el haber de nuestro Libro de Vida y nadie la podrá borrar. Los sentimientos van y vienen y el abrazo que di con lágrimas a las dos semanas por ahí se convierte en una palmada sin tanto entusiasmo, pero la limosna dada al pobre se transforma en beneficio inmediato para su vida, en comida para el almuerzo o un hotelito para pasar la noche o en unos pañalitos para el bebé. Esa limosna es “caridad concreta” y borra multitud de pecados, como dice San León Magno.

 

Escuchemos juntas las palabras de la Escritura sobre la limosna. El libro de Tobías es el que trata el tema con amplitud:

 

“La limosna libra de la muerte y purifica de todo pecado” (Tobías 12, 9).

 

“Comparte tu pan con los que tienen hambre y tus vestidos con los que están desnudos. Da limosna de todo lo que te sobra y no lo hagas de mala gana” (Tobías 4, 16).

 

“Tú sé indulgente con el humilde y no le hagas esperar tu limosna” (Ec 29, 8).

 

Jesús la consagra definitivamente, al ponerla junto con la oración y la penitencia:

 

Que tu limosna quede en secreto; y tu Padre, que ve en lo secreto, te recompensará” (Mt 6, 4).

 

“Jesús miraba cómo la gente depositaba su limosna. Muchos ricos daban en abundancia. Llegó una viuda de condición humilde y colocó dos pequeñas monedas de cobre” (Mc 12, 42).”

 

“Den como limosna lo que tienen y todo será puro” (Lc 11, 41).

 

“No temas, pequeño Rebaño, porque el Padre de ustedes ha querido darles el Reino.  Vendan sus bienes y denlos como limosna. Háganse bolsas que no se desgasten y acumulen un tesoro inagotable en el cielo, donde no se acerca el ladrón ni destruye la polilla” (Lc 12, 32-33).

 

El Santo Cura de Ars, en su famoso Sermón sobre la limosna decía: “¿Podemos decir que nuestra salvación depende de la limosna?  En efecto, Jesucristo, al anunciar el juicio a que nos habrá de someter, habla únicamente de la limosna, y de que dirá a los buenos: “Tuve hambre, y me disteis de comer”.

 

El papa Francisco, en el video que filmó para San Cayetano, nos hablaba de cómo dar limosna bien, en el contexto de un verdadero encuentro con el otro, mirando a los ojos, tocando la mano, no “soltando la moneda”…

 

No hay alegría comparable a la de la limosna dada y recibida en secreto (en el sentido evangélico de no humillar al que la recibe sino todo lo contrario. Cuando uno da bien hace sentir al otro que su “situación” es de necesidad económica y que “hoy por vos y mañana por mí”).

 

La limosna establece una alianza en el amor, en la gratuidad y el agradecimiento, en la valoración humana, que no tienen igual.

 

Confieso que en la vida del Hogar, una de las cosas que más me iguala con mis hermanos más necesitados, es tener que pedir limosna. Aunque no sea estrictamente para mí, los sentimientos de tener que mendigar igualan.

Por un lado están las alegrías: la donación inesperada que cae en el momento justo, la suma que supera toda expectativa, la fidelidad del que ya sabemos que va a mandar su ayuda y nunca falla, el brillo en los ojos del que deja una contribución generosísima y encima se siente agradecido de poder ayudar, la limosna humilde de aquella persona que uno sabe que está dando con sacrificio real…. Estas alegrías que experimentamos en el Hogar uno sabe que son las mismas que siente la cieguita del subte que reconoce con las yemas agradecidas el billete más grande de lo habitual, el de la esquina que sabe a qué hora paso y pide su monedita “con todo respeto”, el que pesca que a mí también me alegra darle una mano…

 

También están las pruebas y los sinsabores. Esperar largos ratos en los organismos oficiales (como cuando yo hago esperar al que sé que viene a manguear), tener que volver a redactar tres veces los pedidos porque a algún funcionario se le mezclaron las fotocopias o no vio en el momento que algo faltaba (como cuando yo hago que me expliquen de nuevo qué es lo que necesitan), recibir la mitad de lo que pedimos (como cuando yo doy la mitad y le hago sentir al otro que pidió demasiado), sentirme examinado a ver si es verdad la necesidad que planteamos (como cuando yo no le creo al que me pide y pienso que me está verseando y se lo hago sentir), tener que esperar, a veces meses enteros, antes que te digan que no, que esa organización no da para lo que pedimos (como cuando yo explico que “para eso, no damos”)…

 

Tener que pedir limosna y tener que recibirla iguala mucho. Y eso es bueno. Cada vez que alguien me pide yo invierto automáticamente los roles y me imagino cómo me siento yo cuando estoy haciendo lo mismo para el Hogar. Esto ayuda a entrar en la dinámica del perdón y de la generosidad. Esta dinámica lleva a ser creativo para “bajar las deudas” al otro y no para cobrarle todo. Ese es el desafío: poner la imaginación a trabajar para ver cómo perdonamos deudas, cómo hacemos más vivible la vida de los demás, cómo rebajamos las multas.

Francisco va por este lado, el lado de una Iglesia misericordiosa, que rebaja las penas y trata de aumentar las alegrías. Una vez que se entra en esta dinámica, el resto viene solo. Se da por añadidura.

Diego Fares sj

 

 

 

 

 

 

 

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