Domingo 14 C 2013

Blindados por la Paz

 

 El Señor designó a otros setenta y dos,

y los envió de dos en dos para que lo precedieran en todas las ciudades y sitios adonde él debía ir. Y les dijo:

«La cosecha es abundante, pero los trabajadores son pocos. Rueguen al dueño de los sembrados que envíe trabajadores para la cosecha.

¡Vayan! Yo los envío

como a ovejas en medio de lobos.

No lleven dinero, ni alforja, ni calzado,

y no se detengan a saludar a nadie por el camino.

Al entrar en una casa, digan primero: «¡Que descienda la paz sobre esta casa!» Y si hay allí alguien digno de recibirla, esa paz reposará sobre él; de lo contrario, volverá a ustedes.

Permanezcan en esa misma casa, comiendo y bebiendo de lo que haya, porque el que trabaja merece su salario. No vayan de casa en casa.

En las ciudades donde entren y sean recibidos, coman lo que les sirvan; curen a sus enfermos y digan a la gente: «El Reino de Dios está cerca de ustedes.»

Pero en todas las ciudades donde entren y no los reciban, salgan a las plazas y digan: «¡Hasta el polvo de esta ciudad que se ha adherido a nuestros pies, lo sacudimos sobre ustedes! Sepan, sin embargo, que el Reino de Dios está cerca.» Les aseguro que en aquel Día, Sodoma será tratada menos rigurosamente que esa ciudad.»

Los setenta y dos volvieron y le dijeron llenos de gozo (jarás):

«Señor, hasta los demonios se nos someten en tu Nombre.»

El les dijo:

«Yo veía a Satanás caer del cielo como un rayo. Les he dado poder para caminar sobre serpientes y escorpiones y para vencer todas las fuerzas del enemigo; y nada podrá dañarlos. No se alegren, sin embargo, de que los espíritus se les sometan; alégrense más bien de que sus nombres estén escritos en el cielo.»

Y en aquel momento, exultó de gozo Jesús en el Espíritu Santo (Lc 10, 1-12; 17-21).

Contemplación

“Que descienda la paz sobre esta casa”. Este es el evangelio que llevan los setenta y dos discípulos misioneros: un evangelio de paz.

La paz en medio de los lobos es la señal de los misioneros de Jesús. Es una paz que se lleva en común, reinando en medio de los que salen a anunciar a Jesús con palabras de fe y obras de justicia y caridad. Una paz dinámica, que unifica a los enviados (de a dos en dos y en el grupo grande), que se comunica como don a todo el que es digno de recibirla y si no, vuelve.

Me impresiona esto de la paz de los que trabajan en Nombre del Señor, porque es una de las cosas que más comenta el Papa Francisco: “no he perdido nunca la paz”; el Señor me ha “blindado” con la paz”. Y también agrega que “evidentemente es una gracia, porque él, por carácter, es más bien de preocuparse e inquietarse”. Si leemos este signo a la luz del evangelio y de la recomendación del Señor, de transmitir paz y de no perderla si alguien no la recibe (los lobos), es un Signo grande. El Papa nos hace bien porque se lo ve en paz, metido en medio de la gente con alegría y serenidad, saludando incansablemente a miles de personas con cortesía y buen humor. Su saludo al finalizar cada Ángelus diciendo: “Buon pranzo” (almuerzo), es un saludo que se mete en la vida familiar de los peregrinos que después de ver al Papa se van a comer algo rico con alegría y en paz. No se le ve cara de “no me molesten que tengo que arreglar el Vaticano” sino con cara de dar unas vueltas en el jeep y bendecir a los chicos y a los enfermos.

En la Encíclica “La luz de la fe” que salió ayer, escrita a cuatro manos, como dijo Francisco, ya que Benedicto había terminado prácticamente la primera redacción y él le “asumió su precioso trabajo añadiendo al texto algunas aportaciones”, la paz se menciona pocas veces pero, para mí, de manera muy significativa. Benedicto cita a Nietzsche como el que siembra la Gran Duda sobre la que se funda nuestra cultura racionalista actual: Le escribía Nietzsche a su hermana: « Aquí se dividen los caminos del hombre; si quieres alcan­zar paz en el alma y felicidad, cree; pero si quie­res ser discípulo de la verdad, indaga » (Lumen Fidei 2). Esto sembró una raíz venenosa en el corazón de muchos que “desconfían de la fe”. ¡Qué paradoja! Si uno desconfía de su fe ¿A dónde irá a parar? Porque la fe está unida al amor: uno confía en los que lo aman y a los que ama. Por eso la Encíclica disuelve esta sospecha maligna y perniciosa que envenena todas las relaciones humanas y dice que es la “interacción de la fe con el amor (lo que) nos permite comprender el tipo de conocimiento propio de la fe, su fuerza de convicción, su capacidad de iluminar nuestros pasos. La fe conoce por estar vinculada al amor, en cuanto el mismo amor trae una luz. La comprensión de la fe es la que nace cuando recibimos el gran amor de Dios que nos transforma interiormente y nos da ojos nuevos para ver la realidad”.

Y este amor que ilumina los ojos con la fe, al mismo tiempo que es íntimamente personal, es también vínculo familiar y social: “Precisamente por su conexión con el amor (cf. Ga 5,6), la luz de la fe se pone al servicio concreto de la justicia, del derecho y de la paz” (Lumen Fidei 51)

Es muy de Francisco unir la fe con la paz. El siempre baja la fe más íntima y personal a las relaciones sociales hablando de “fraternidad”, de hacerse cercano al que sufre, de fomentar en la política la “amistad social”, honrando las diferencias, apostando al tiempo… Sigue la Encíclica con un texto hermoso y amigable sobre “un amor fiable” y una fe que “es un bien para todos, un bien común”. Lo leemos entero:

“La fe nace del encuentro con el amor originario de Dios, en el que se manifiesta el sentido y la bondad de nuestra vida, que es iluminada en la medida en que entra en el dinamismo desplegado por este amor, en cuanto que se hace camino y ejercicio hacia la plenitud del amor. La luz de la fe permite valorar la riqueza de las relaciones huma­nas, su capacidad de mantenerse, de ser fiables, de enriquecer la vida común. La fe no aparta del mundo ni es ajena a los afanes concretos de los hombres de nuestro tiempo. Sin un amor fiable, nada podría mantener verdaderamente unidos a los hombres. La unidad entre ellos se podría concebir sólo como fundada en la utilidad, en la suma de intereses, en el miedo, pero no en la bondad de vivir juntos, ni en la alegría que la sola presencia del otro puede suscitar. La fe permi­te comprender la arquitectura de las relaciones humanas, porque capta su fundamento último y su destino definitivo en Dios, en su amor, y así ilumina el arte de la edificación, contribuyendo al bien común. Sí, la fe es un bien para todos, es un bien común; su luz no luce sólo dentro de la Igle­sia ni sirve únicamente para construir una ciudad eterna en el más allá; nos ayuda a edificar nues­tras sociedades, para que avancen hacia el futuro con esperanza. La Carta a los Hebreos pone un ejemplo de esto cuando nombra, junto a otros hombres de fe, a Samuel y David, a los cuales su fe les permitió « administrar justicia » (Hb 11,33). Esta expresión se refiere aquí a su justicia para gobernar, a esa sabiduría que lleva paz al pueblo (cf. 1 Samuel 12,3-5; 2 Samuel 8,15). Las manos de la fe se alzan al cielo, pero a la vez edifican, en la caridad, una ciudad construida sobre relaciones, que tie­nen como fundamento el amor de Dios” (Lumen fidei 51).

“¡Una sabiduría que lleva paz al pueblo!”. Díganme si no describe lo que está realizando el Espíritu con la persona de Francisco y con lo que dice y hace (siguiendo lo de los tres niveles de la contemplación de los Ejercicios: “mirar las personas, oír  lo que dicen y mirar lo que hacen”). El simple hecho de hablar de él y de comentar sus cosas establece vínculos inmediatos y hondos entre personas de toda índole.

Blindados por la paz, sería la gracia que tenemos que recibir el enviado del Señor. Nos la está comunicando de mil maneras y la experimentamos muchas veces cada vez que lo vemos en una linda foto, leemos alguna de sus homilías mañaneras en Santa Marta o recibimos sus saludos en las Audiencias y Ángelus.

Quedar blindado por esta paz que da el Papa tiene su proceso: lo primero y principal es que él la da a todos. Cada día ve sembrando gestos de paz. Lo segundo, es que es bien recibida por muchísimos.  A los pecadores les hace sentir que Dios no se cansa de perdonar y les abre acceso a un Caudal de Misericordia sin condiciones; a los que no creen los acerca con su humanidad en el trato, con su “cancha” (es un papa canchero, como dijo Mujica) y su viveza para el comentario que te primerea y te retruca. Las multitudes establecen contacto y entran en sintonía cada vez que levanta la mirada del papel o acusa recibo de algún grito ingenioso… Los alejados sienten que les vuelve la confianza en la Iglesia… Y así, cada uno puede reflexionar acerca de cuánta paz recibe de Francisco, que cumple el mandato del Señor de dar la paz. El tercer paso es definitivo y consiste en dejarse blindar por esa paz. Me viene a la imaginación el traje de Iron Man, ¿vieron?: un simple mortal que, cuando es atacado por sus enemigos llama a su traje que acude volando por partes y lo blinda en pocos segundos convirtiéndolo en el hombre de acero. Si a alguno le parece fantasioso recordemos a Pablo en Efesios: “Calcen sus pies con el celo para propagar la Buena Noticia de la paz.  Tengan siempre en la mano el escudo de la fe, con el que podrán apagar todas las flechas encendidas del Maligno.  Tomen el casco de la salvación, y la espada del Espíritu, que es la Palabra de Dios” (Ef 6, 15 ss). Si Pablo hubiera visto Iron Man seguro que mejoraba sus metáforas de blindaje. Así que no está mal la imagen de, cada vez que el día se pone denso y parece que todas nos salen mal y el mal espíritu nos ataca de afuera y se nos cuela en el ánimo y uno empieza a ponerse mal, silbar para que nos blinde el traje de acero de la fe: con escudo, casco y espada.

El Papa Francisco me dijo hace dos años una frase que me ayuda mucho: tenés que fortalecer la cáscara. Iba por el lado de no dejar entrar las tentaciones que vienen de “afuera de nuestra libertad”. Es profundo esto porque el mal espíritu, cada vez que se nos cuela, nos hace sentir que “somos nosotros los que estamos mal”, que el mal viene de adentro, no solo de afuera. Pues bien, si uno ha aceptado a Jesús en su vida, de adentro no viene mal sino Bien, Gracia y Salvación. No por nuestro mérito ni porque nuestro carácter no tienda al pecado, sino porque más hondo, más en la raíz, estamos salvados, somos hijos, bautizados y redimidos por la sangre de Cristo y el Padre habita con Jesús en nuestro interior más íntimo. Por lo tanto, la paz se trata de blindaje, a distintos grados de exterioridad, es cierto, porque a veces nuestro interior está contaminado a niveles profundos, pero siempre exterioridad, porque en lo más interior habita y obra el Espíritu Santo.

La sospecha de que nuestro interior está totalmente contaminado es una falacia del demonio. Digan lo que digan las ciencias de la introspección y de las estadísticas, en lo más íntimo de nuestro corazón humano –del de todo hombre y mujer- hay un recinto iluminado por la Fe y el Amor de Dios, desde el que siempre podemos rearmarnos –llamar al traje- para volver a combatir el buen combate de la fe.

Si no existiera este lugar inexpugnable e incontaminado en nosotros, ya ganado por Cristo de una vez por todas, no sé que pueda significar eso de que “hemos sido salvados”.

Que el Señor nos conceda ser dignos de su paz y que ella nos blinde contra todo lo que pretenda apartarnos del amor de Cristo.

Diego Fares sj