Domingo 13 C 2013

 Todos podemos seguir a Jesús

Seguimiento

Cuando estaba por cumplirse el tiempo de su asunción, Jesús puso rostro firme hacia Jerusalén y envió mensajeros delante de él. Ellos se pusieron en camino y entraron en un pueblo de Samaría para prepararle alojamiento. Pero no lo recibieron porque iba a Jerusalén. Cuando sus discípulos Santiago y Juan vieron esto, le dijeron: «Señor, ¿quieres que mandemos caer fuego del cielo para consumirlos?» Pero él se dio vuelta y los reprendió. Y se marcharon a otro pueblo.

 

Mientras iban marchando por el camino, alguien le dijo a Jesús:

« ¡Te seguiré adonde vayas!»

Jesús le respondió:

«Los zorros tienen sus cuevas y las aves del cielo sus nidos, pero el Hijo del hombre no tiene dónde reclinar la cabeza.»

Y dijo a otro:

«Sígueme.»

El respondió:

«Permíteme que primero vaya a enterrar a mi padre.»

Pero Jesús le respondió:

«Deja que los muertos entierren a sus muertos; tú ponte en marcha, anuncia el Reino de Dios.»

Otro le dijo:

«Te seguiré, Señor, pero primero permíteme ir a despedirme de los míos.»

Jesús le respondió:

«Uno que ha puesto la mano en el arado y mira hacia atrás, no es apto para el Reino de Dios» (Lc 9, 51-62).

 

Contemplación

 

Seguimiento es la palabra que nos regala el evangelio de hoy. Seguir a Jesús es acompañarlo, obedecerle, convertirse en discípulo suyo, andar por la vida atento a sus enseñanzas, ir a los lugares adonde él va.

San Ignacio une seguimiento y conocimiento interno del Señor. En la segunda semana nos hace pedir: “conocimiento interno del Señor para que, enteramente conociéndolo, más lo ame y lo siga”.

Hoy en día podríamos decir que hay un seguimiento más inmediato (como hacerse seguidor del Papa Francisco en Twitter, donde la cuenta @Pontifex_es se ha duplicado desde el primer twitter y ya tiene siete millones de seguidores) y un seguimiento que es para toda la vida. Quiero decir que, en un sentido, todos somos seguidores de Jesús, el Pastor Bueno, aún sus enemigos de alguna manera están pendientes de él y lo “siguen combatiendo”. No se puede no seguir al que es la Vida, al único que tiene Palabras de vida eterna, a Aquel que conoce a sus ovejas y sus ovejas lo siguen, porque conocen su voz.

Sin embargo el seguimiento que estamos invitados a contemplar hoy es un seguimiento especial –carismático-, distinto y único para cada persona. Jesús, con su trato y su conocimiento de los corazones, vuelve a cada persona algo especial. Nosotros amontonamos a la gente en categorías abstractas y sólo vemos lo especial en algunas. Decimos “los pobres” y metemos allí a dos o tres mil millones de seres humanos, cada uno único y especial, y los distinguimos de “los ricos, de los famosos y de los poderosos” de los cuales conocemos a unos mil o dos mil, o quizás más, gracias a los medios, y a esos sí les vemos lo especial de su belleza o de sus posesiones.

La multitud de los santos, los miles y miles de santos y mártires canonizados (el papa Francisco canonizó hace poco a 800 mártires de Otranto) y los incontables santos, anónimos en cuanto al nombre para nosotros pero cuyo peso de santidad influye en nuestras vidas concretas, es una muestra de cómo el seguimiento de Jesús tiene una forma única y especial para cada uno.

Lo que quiero decir con esto de que “no hay dos santos iguales” es que nos urge, a vos y a mí, a cada uno de nosotros que queremos a Jesús, encontrar (y cuanto antes mejor) nuestro caminito propio de seguimiento y de santidad. Y la principal dificultad u obstáculo, que me gustaría que sorteáramos de un salto (o saltito más bien) es la de concebir la santidad como algo universal, un ideal al que adornamos, cada uno, con tres o más cualidades “imposibles” para nosotros. Nada más alejado de la realidad del tipo de seguimiento al que nos invita Jesús. Es verdad que el evangelio de hoy pone un seguimiento exigente. Pero notemos,  más que la exigencia en general, cómo el Maestro le soluciona a cada uno la dificultad que tiene, la excusa para no seguirlo en el acto.

¿Cuál es la excusa que el mal espíritu te sugiere para que no puedas sentirte seguidor de Jesús en este mismo instante? Sabé que no hay ninguna. Que a Jesús lo podés seguir “como estás” y ya mismo, sin necesidad de cambiar nada salvo tu corazón y tu manera de interpretar las cosas. De hecho, si estamos rezando, yo escribiendo y vos leyendo, estamos siguiendo al Maestro, tratando de recibir en tierra buena su palabra y con anhelo de que de fruto en nosotros. Rezar  es ser discípulo de Jesús.

Veamos un poco las dificultades que les resuelve el Señor a estos tres aprendices de seguidores. Retomo la meditación del Reino de Dolores Aleixandre, en la que plasma el seguimiento como un mantener juntas las tres condiciones del llamamiento del Rey Jesús: el que quiera venirse conmigo estará “contento de trabajar conmigo”… para que siguiéndome en las penas me siga también en la gloria. A la luz de estas tres gracias: estar contento de trabajar con Jesús, podemos mirar dónde está la dificultad de cada seguidor que más nos llama la atención, quizás esa sea la que tenemos que pedir como gracia y cultivar en nuestra vida de discípulos.

 

La dificultad de no interpretar bien los trabajos que da la cruz

El primer discípulo es el que le dice espontáneamente a Jesús: “te seguiré a donde vayas”. Este discípulo es el incondicional: te sigo a Vos Señor y estoy contento con lo que sea. Jesús parece que lo frena al decirle que “él no tiene lugar dónde reclinar la cabeza”. Lo que hace es explicitarle el “donde quiera que vayas”. ¿A qué dificultad “futura” apunta el Señor? Diría que en esta persona, que está entusiasmada y contenta con la Persona de Jesús, la dificultad le vendrá con los “trabajos”, que no serán hacer esto o aquello sino los trabajos de la Cruz. Pedro tiene algo de este tipo de seguidor, que se entusiasma con Jesús y lo ama con todo su corazón, pero quizás lo quiere tanto que no soporta verlo en la cruz. Hoy, en el evangelio de la fiesta de San Pedro y San Pablo, surge esta dificultad cuando Pedro lo reta a Jesús diciéndole que es una locura hablar de Cruz.

Comparto algo de ayer para que cada uno busque sus propios ejemplos acerca de cómo el Señor le enseña a ser un discípulo que no tropieza cuando viene la cruz.

Hace unos días que venía sintiendo que en el Hogar estábamos en un momento lindo, de sentir madurez y fortaleza para llevar las cosas de todos los días serenamente y veía esto como una invitación a crecer más. De golpe, tuvimos un día como pocos, en que se desató en un comensal una violencia que hacía tiempo no veíamos y, luego, un querido colaborador sufrió una rotura de una vena que le hizo llenar de sangre el depósito y el baño del Hogar hasta que se la pudimos parar gracias a la intervención de Lola, la enfermera de la Casa de la Bondad que se vino así como estaba y con su embarazo a dar una mano. Mientras lo llevábamos a su casa  luego de ir al hospital, pensaba, quizás por primera vez, que no interpretaba estos padecimientos con el esquema de siempre: “ya me parecía que tanta paz no era posible, que algo raro iba a pasar…”, sino todo lo contrario. Sentí, y lo comentaba con Eduardo, con quién volvíamos, que se trataba de un crecimiento en la unión entre todos nosotros. Habíamos actuado como una sola familia, las tres instituciones: la Cooperativa (porque él dejó de pagar los sueldos en manos de otros y salió volando a buscar su auto), la Casa de la Bondad, en la que una de las enfermeras se quedó a cargo de todo y la otra salió corriendo a ayudar) y el Hogar (donde cada colaborador corrió a su puesto, uno buscando toallas, otro llamando a la ambulancia, otro taponando la herida, otros limpiando, otros acompañando…). “Y… es que el Hogar es nuestro Hogar” -me decía Eduardo-, somos un Hogar”.

 

La dificultad de no calibrar bien quién es el que nos llama

La segunda dificultad para seguir bien a Jesús creo que se puede expresar como un no calibrar bien quién es Jesús, quién es la Persona que nos llama. Esta dificultad viene de mirar más las cosas que las personas, la tarea, la responsabilidad, el deber… Siempre me acuerdo de Don Giuseppe, el párroco de Ciampino, en las afueras de Roma, que cuando opinaba algo que otro contradecía, utilizaba esa frase tan de su Cerdeña: “te lo dico io”. Como diciendo “fijate quién te habla”. Esta persona a la que Jesús llama directamente, con todo el cariño y predilección que significa esta elección particular, no se da cuenta y le pone por delante sus deberes familiares.  Pablo es el mejor ejemplo del seguidor que, una vez que ha experimentado quién es ese Jesús que lo llama (“Soy Jesús, a quien tú persigues”), considera que todo es basura con tal de ganar la amistad de Cristo. Pablo, que estaba preso de la Ley, de sus responsabilidades y deberes, es liberado por Jesús para servir a su Persona. No hay valor más alto que las personas vivas y Jesús es la más Alta entre todas. Cuando hacemos algo “en su Nombre”, incluso cuando no somos “de los suyos” o no lo hacemos perfecto, el Señor mismo nos defiende (“nadie puede hacer algo en mi Nombre y luego hablar mal de mí”, dirá Jesús). Por eso, cuando nos damos cuenta de que es el Señor el que pide algo (o el que está en lugar suyo dentro de la Iglesia para misionarme a mí dado el lugar de servicio que ocupo) lo primero es decirle sí y dejarlo todo. Luego vemos cómo hacemos con lo que quedó a medias. San Ignacio hablaba de “dejar la letra comenzada”: cuando lo llamaba la obediencia, dejaba la letra que estaba escribiendo en una carta!!!. “¡Voy, Jesús!” Era la frase preferida de San Alonso Rodríguez, el santo hermano portero, cada vez que sonaba (interminablemente) el timbre de la portería del Colegio de Palmas de Mallorca, haciendo honor a su nombre, ya que Alonso significa “pronto para hacer el bien”.

 

Dificultad de no terminar de dejarse contentar por el seguimiento

 

La tercera dificultad, lo del “dejame ir dar un saludito a los míos”, parece algo menor y sin embargo el Señor la resuelve con fuerza, expresando la radicalidad del llamado con eso de no mirar para atrás. Lo propio del seguidor es “mirar para adelante”, mirar a Aquel a quien sigue. Cada uno tiene distintas cosas que lo llevan a mirar para atrás. En este se trataba de sus afectos, sus familiares, algo bueno y que quizás no le iba a llevar mucho tiempo… Pero tengamos en cuenta que se ofrece a seguir a un Jesús que, precisamente, tiene poquísimo tiempo. Ha endurecido el ceño y ha puesto la mirada en Jerusalén adonde será crucificado. Esto de mirar para adelante no es un imperativo abstracto sino una realidad de la vida y en especial de la de Jesús, que para salvar a la gente siempre está yendo adelante, mirando al que viene.

Hay otras maneras de mirar para atrás: la culpa es un mirar para atrás que se queda fijado en lo autorreferencial (yo hice tal cosa, a me hicieron tal cosa… la culpa siempre es yo, yo); el perfeccionismo es también una manera de mirar para atrás. En la pretensión de dejar algo totalmente perfecto hay también autorreferencia y falta de apertura a que Dios bendiga lo hecho y sea él quien lo perfeccione. La alegría del reino viene del seguimiento del Señor, en cuyas manos queda nuestro pasado (para que él perdone las culpas y perfeccione lo hecho imperfectamente).

 

Así, vemos cómo no hay nada que pueda impedirnos seguir a Jesús alegremente. Tanto si él nos llama como si nos ofrecemos a algo, siempre reina en esta relación de discípulos-Maestro, un aire de alegría y disponibilidad que hace fácil y hermoso el seguir al Señor. Somos sus ovejas, nada ni nadie puede apartarnos del amor de Cristo y de que escuchemos su voz y lo sigamos. Si estamos paralíticos, cargando nuestra camilla, si somos ciegos, a los tumbos y gritando por el camino, si somos petizos, subiéndonos a una higuera, si somos pecadores, comprando un perfume y ungiendo los pies del Señor, si no hemos pescado nada, tirando las redes en su nombres, si estamos en la cruz, rogándole que se acuerde de nosotros, si andamos desilusionados, permitiéndolo que nos acompañe por el camino y nos haga arder el corazón con las escrituras…

Nadie te puede prohibir acercarte a Jesús y seguirlo, aunque sea de lejos, como las santas mujeres que lo miraban en la Cruz, aunque sea medio obligado, como el Cirineo, o hundiéndote en las aguas embravecidas a las que te tiraste en un momento de entusiasmo y luego ves que te falla la fe… Todos estamos invitados a seguirlo: “el que quiera seguirme, que se haga cargo de su dificultad, y me siga”.

 

Diego Fares sj

 

 

 

Domingo 12 C 2013

Pedro, el mas amigo

image1.jpg
Un día en que Jesús estaba orando a solas y sus discípulos estaban con él, les preguntó: «¿Quién dice la gente que soy Yo?»
Ellos le respondieron: «Unos dicen que eres Juan el Bautista; otros, Elías; y otros, alguno de los antiguos profetas que ha resucitado.»
«Y ustedes, les preguntó, ¿quién dicen que soy Yo?»
Respondiendo, Pedro dijo: «El Mesías de Dios.»
Y él con órdenes terminantes les mandó que a nadie comunicaran esto, diciendo: «El Hijo del hombre tiene que padecer muchas cosas, ser rechazado por los ancianos, los sumos sacerdotes y los escribas, ser condenado a muerte y resucitar al tercer día.» Y decía a todos: «Si alguno quiere venir en mi seguimiento, niéguese a sí mismo, cargue con su cruz cada día y sígame. Porque el que quiera poner a salvo su vida, la perderá pero el que pierda su vida por mí, ese la salvará» (Lc 9, 18-24).
Contemplación
Quien es Pedro para mi. Pedro es, antes que nada un gusto por su persona. Cuando digo su persona no es un estereotipo de esta o aquella cualidad, sino los más personal suyo: su amistad incondicional con Jesús.
Hay personas que quedan inmortalizadas por una cualidad o por una actitud y se convierten en símbolo de eso. Belgrano y la bandera… Luego viene el otro tipo de historiadores y los desmitifica, pero la imagen sobre la que operan es la que los puso en el bronce, con el dedo extendido.
Con los santos no es así, y con Pedro menos. El evangelio lo presenta como el más humano, el más representativo de todos porque es el que más interviene y…  mete la pata. Lo que destaca en él, si queremos seguir esa necesidad de nuestra mente de calificar para pensar, es su amistad con Jesús.
Esto significa muchísimo porque lo propio de la amistad es el ida y vuelta y la igualdad.
Puede haber uno que ame mas que otro en una pareja o entre padres e hijos, pero en la amistad lo maravilloso es el emparejamiento constante.
Cuando un amigo tiene un gesto de mayor gratuidad o generosidad, el otro no se siente obligado a devolverlo enseguida. Valorarlo como un gesto especial, sin mucha palabra, es la manera de emparejarse. Se guarda en la memoria y pasa a ser un índice del grado de esa amistad.
Lo que quiero decir es que en la amistad no hay voluntad de competencia, sino de igualamiento. Y esto por constatar que la amistad crece reconociendo el don de la igualdad como su fuente y alegre alimento.
Decir entonces que lo que me gusta en Simón Pedro es su amistad con Jesús, es decir algo que lo vuelve muy único y a la vez, notablemente cercano.
Pedro nos lo acercó a Jesús! Eso es lo mejor de él como persona: se dio cuenta de quién era Jesús – el Mesías- y no solo se hizo su amigo sino que nos lo acercó a todos.
Por ahí va lo de Jesús cuando le dice: Simón ¿Me quieres como amigo? Apacienta mis ovejas. Apacentámelas es como amigámelas, que no me tengan miedo.
Si nos ponemos a distinguir (pero como distingue la amistad, que nunca es para separar o competir o dar celos sino para gustar más su don propio, que consiste en igualar a los diferentes sin anular las diferencias) podemos decir que Juan era el discípulo más amado y Pedro el más amigo.
¿Y para qué sirve pensar algo así? No me detengo ahora en la experiencia común, en la que también se da este fenómeno de amar más a alguien y ser de otro más amigo, sino que mirando a Jesús, esta diferencia entre Juan y Pedro, que eran amigos o se hicieron amigos entre sí, nos abre caminos a la inmensidad de su Amor, a todas las riquezas de su Corazón.
Si nos detenemos en una sola característica diría que Juan contempla guardando la distancia en cambio Pedro actúa poniendo cercanía con Jesús. Juan dice: ¡es el Señor!. Pedro se tira al agua y va a darle un abrazo (me imagino yo).
Juan contempla todo al pie de la Cruz, Pedro no la soporta y lo niega, se aleja y luego no soporta estar lejos y vuelve arrepentido.
Ese es Simón Pedro. Y a él le encomienda Jesús apacentar. Es decir «no espantar», acercar.
Otro punto en esto se la amistad es que Jesús se dejó moldear por Pedro. ¿En qué sentido? En que uno se muestra por sus amigos. Deja ver la hilacha, tanto para alabanza, cuando los amigos nos hacen quedar bien, como para deshonra, cuando dan vergüenza ajena. Jesús quiso pasar a la historia como el que confió en uno que lo negó. Eso solo nos muestra que tipo de persona es Jesús. No cuidó su propia imagen ni la de la causa, dejando al más intachable, sino que se jugó por Pedro. Y el pecador no le falló, aún fallándole setenta veces, no le falló.
En la amistad con Simón, siendo que la amistad es cosa de dos y no de uno solo que  elige, Jesús nos muestra cuánto valora lo que le podemos brindar. No solo es cuestión de recibir perdón y gracias y luego hacerlos producir como forma de pago  agradecido. También, y más aún, con Jesús es cuestión de amistad gratuita, de aceptar que se nos acerque igualándose, no por condescendencia sino como un amigo que lo hace por gusto, porque lo siente así.
Hasta que uno no siente que a Jesús uno le cae bien como uno es, con todos sus defectos y virtudes, es que uno no conoce a Jesús. Pedro puede ser buen guía, buen pastor, para acercarnos al que conoce a sus ovejas y le gusta que sus ovejitas lo conozcan a Él.
Diego Fares sj

Domingo 11 C 2013

Amar mucho

 Jesus-y-pecadora--600x455

Un fariseo invitó a Jesús a comer con él. Jesús entró en la casa y se sentó a la mesa. Entonces una mujer pecadora que vivía en la ciudad, al enterarse de que Jesús estaba comiendo en casa del fariseo, se presentó con un frasco de alabastro lleno de perfume. Y colocándose detrás de él, se puso a llorar a sus pies y comenzó a bañarlos con sus lágrimas; los secaba con sus cabellos, los cubría de besos y los ungía con perfume.

Al ver esto, el fariseo que lo había invitado pensó: «Si este hombre fuera profeta, sabría quién es la mujer que lo toca y lo que ella es: ¡una pecadora!». Pero Jesús le dijo:

– «Simón, tengo algo que decirte».

– « Maestro, dime,», respondió él.

– «Un prestamista tenía dos deudores: uno le debía quinientos denarios, el otro cincuenta. Como no tenían con qué pagar, perdonó a ambos la deuda. ¿Cuál de los dos lo amará más?».

Simón contestó:

– «Estimo que aquel a quien perdonó más».

Jesús le dijo:

-«Has juzgado bien».

Y volviéndose hacia la mujer, dijo a Simón:

– «¿Ves a esta mujer? Entré en tu casa y tú no derramaste agua sobre mis pies; en cambio, ella los bañó con sus lágrimas y los secó con sus cabellos. Tú no me besaste; ella, en cambio, desde que entré, no cesó de besar mis pies. Tú no ungiste mi cabeza; ella derramó perfume sobre mis pies. Por eso te digo que le han sido perdonados sus numerosos pecados porque ha amado mucho. En cambio a quien poco se le perdona, poco ama». Después dijo a la mujer:

– «Tus pecados te son perdonados».

Los invitados pensaron:

– « ¿Quién es este hombre, que llega hasta perdonar los pecados?».

Pero Jesús dijo a la mujer:

– «Tu fe te ha salvado, vete en paz».

Después, Jesús recorría las ciudades y los pueblos, predicando y anunciando la Buena Noticia del Reino de Dios. Lo acompañaban los Doce y también algunas mujeres que habían sido curadas de malos espíritus y enfermedades: María, llamada Magdalena, de la que habían salido siete demonios; Juana, esposa de Cusa, intendente de Herodes, Susana y muchas otras, que los ayudaban con sus bienes (Lc 7, 36-8, 3).

 

Contemplación

Amar mucho.

De eso trata el evangelio de hoy: de amar mucho.

Eso lo que le agrada al Señor.

La escena y la parábola de los deudores –el que debía 500 y el que debía 50- es una adaptación al horizonte mental del fariseo, que era rápido para los números. El Maestro se adapta a nuestros paradigmas y cada uno tiene que dejarse encontrar en el suyo para que Jesús le diga: así como en esto que es lo más tuyo vos juzgás bien y elegís lo mejor, así tenés que amar.

 

Para Zaqueo, por ejemplo, la plata era lo importante y su manera de amar mucho fue dar mucha plata: repartir la mitad de sus bienes y devolver cuatro veces más al que había robado.

Para la mujer, lo importante era el cuerpo. Por eso con infinito respeto elige los pies del Señor y le expresa su amor con lo mejor y lo más puro suyo: sus lágrimas, su cabello, sus besos y su perfume.

Para este fariseo lo importante era la etiqueta, los modos sociales (aunque en el fondo fondo a él también lo que le interesaba la plata) y el Señor le muestra que las atenciones que tuvo la mujer eran las que tendría que haber tenido él si era verdad que lo apreciaba como invitado.

En otro contexto, el de la amistad y la vida de familia, Jesús le dirá a Marta que “María eligió la mejor parte que no le será quitada”. También aquí se trata de amar mucho y de elegir lo mejor para expresarlo.

Jesús es muy básico: Amó mucho, amó poco. Al que se le perdona mucho, al que se le perdona poco.

Con la fe será lo mismo: mucha fe, poca fe. Por ese lado irán los elogios, al centurión –nunca he visto en Israel una fe tan grande-, a la sirofenicia…, y los reproches a su amigo Pedro –poca fe, ¿por qué dudaste?- y a los discípulos.

 

Lo cuantitativo puesto en lo esencial.

 

Esa es quizás la clave del Maestro.

 

Nos enseña en qué hay que poner mucho y qué cosas no son importantes.

“¡Ay de ustedes, fariseos, que pagan el impuesto de la menta, de la ruda y de todas las legumbres, y descuidan la justicia y el amor de Dios! Hay que practicar esto, sin descuidar aquello” (Lc 11, 42).

 

Amar mucho. Mostrar con obras el mucho amor.

Y aquí está el punto para contemplar.

Cada uno tiene que encontrar su modo.

¿Cómo se hace?

Lo primero, diría, es caer en la cuenta de que en el evangelio hay mil modos de amar mucho a Jesús.

No en todos es estar a sus pies. Eso es para la pecadora y para María, la hermana de Marta y de Lázaro. Zaqueo se hizo notar subiéndose a la higuera. Bartimeo, dando gritos al escuchar que pasaba por el camino. La hemorroisa, tocando discretamente la orla de su manto en medio de la multitud. Juan, reclinándose sobre su Corazón en la Cena. María Magdalena, yendo de madrugada al sepulcro. Simón Pedro contestando a sus tres preguntas sobre el amor…

Si caemos en la cuenta de que el Señor le pone el sello que dice “mucho amor” a expresiones tan diferentes, tan personales, eso anima a cada uno a buscar su modo.

¿Alguna clave o algo que ayude?

Algo que ayude, más bien. Por que las claves del amor lo lindo es que cada uno descubra e invente las suyas.

La ayuda que puedo dar yo va por el lado de “quitar impedimentos”.

Un impedimento es el de no encontrar nunca la ocasión de “amar mucho”.

 

Amar mucho a Jesús se puede en todo momento.

Sólo hay que saber pescar la ocasión o… crearla, haciendo la pausa necesaria para poner un gesto que haga especial el momento.

Esto implica vivir “adelantando” un poco: tener preparado un perfume, por las dudas, como la pecadora, y estar atentos a cuando Jesús ande cerca.

 

¿Qué es lo que impide encontrar el momento o saber crearlo?

Quizás el no usar la palabra “mucho” de manera adecuada.

 

Usamos “mucho” para decir “mucho trabajo”, “mucho sufrimiento”, “cuesta mucho”… y no solemos decir “mucho amor”.

 

Quiero decir: no andamos juzgando dónde está el “mucho amor” de Jesús en nuestra vida ni dónde le podemos expresar “mucho amor”.

 

Expresarlo no es tan difícil, grosso modo. Basta mirar dónde hay “mucho sufrimiento” para ir con el amor que tengamos, que para el necesitado siempre es “mucho amor”. Cuando lo operaron a Josué y le trasplantaron sus pulmoncitos, fui todos los días durante una semana a visitarlo aunque fuera un ratito. El estaba dormido los primeros cuatro días, pero el papá le dijo que yo había ido y cuando estuvo bien, fuera de terapia, me dijo “Vos viniste todos los días. Fuiste el único”. No, le dije, también estuvo tu papá. Si, pero él es mi papá. Vos fuiste el único”. Yo le entendí que él me quería expresar mucho agradecimiento por algo chiquito que para él era mucho amor y le acepté el elogio para sellar nuestra amistad.

 

También se puede expresar mucho amor no paliando un sufrimiento o cubriendo una necesidad sino valorando a las personas en lo que tienen de especial. Esto no es difícil, sólo que hay que saber dejar de lado los mil defectos que todos tenemos para concentrarnos exclusivamente en algo bueno, que nosotros, con todos nuestros defectos, podemos decir con verdad y que el otro, con todos sus defectos, es verdad que tiene esa cualidad o hizo algo bien, aunque parezca circunstancial. “Che, que bueno esto que dijiste”, o “sabés lo bien que mi hizo que vos…”.

El fariseo calculó que no tenía que gastar demasiadas atenciones en Jesús, incluso habrá pensado que al Señor no le gustaba el trato especial y, en vez sí, resultó que le gustaba que lo trataran bien, incluso que exageraran como hizo la mujer. Uno dice: “qué le va a importar a Dios que yo entre a rezar un minuto” y resulta que sí, que le encanta, es más: él busca adoradores que lo adoren en espíritu y en verdad en todo lugar y en todo momento.

Diego Fares sj

 

 

 

Domingo 10 C 2013

Res(ucit)ar

 

El Señor escuchó el clamor de Elías: el aliento vital volvió al niño, y éste revivió (1Rey 17, 17-24)

Seguramente ustedes oyeron hablar de mi conducta anterior en el Judaísmo: cómo perseguía con furor a la Iglesia de Dios y la arrasaba (Gál 1, 11-19).

 Copia de RESURRECCIÓN HIJO VIUDA DE NAÍM 3.-JAMES TISSOT.-S. XIX - XX

Jesús se dirigió a una ciudad llamada Naím, acompañado de sus discípulos y de una gran multitud. Justamente cuando se acercaba a la puerta de la ciudad, llevaban a enterrar al hijo único de una mujer viuda, y mucha gente del lugar la acompañaba. Al verla, el Señor se conmovió y le dijo: «No llores». Después se acercó y tocó el féretro. Los que lo llevaban se detuvieron y Jesús dijo: «Joven, yo te lo ordeno, levántate«. El muerto se incorporó y empezó a hablar. Y Jesús se lo entregó a su madre. Todos quedaron sobrecogidos de temor y alababan a Dios, diciendo: «Un gran profeta ha aparecido en medio de nosotros y Dios ha visitado a su Pueblo». El rumor de lo que Jesús acababa de hacer se difundió por toda la Judea y en toda la región vecina (Lc 7, 11-17).

Contemplación

Lo escribo así, raro, para llamar la atención: Res(ucit)ar. En el interior de la oración acontece una resurrección. Al que reza, Jesús le da Vida, lo resucita, lo despierta de sus sueños.

…………

¡Levántate! ¡Arriba! Como cuando nos despiertan del sueño. Viéndola ayer a Virginia, que acababa de fallecer en la Casa de la Bondad con sus sufridos 41 años, parecía tan dormidita. Es la impresión que nos dan los que han muerto si es que han muerto en paz: la de estar dormidos. Esa es la expresión cristiana: la muerte es un tipo de sueño y resucitar es “despertar”, “levantarse” (egeiro).

Y más dificil que “despertar” a alguien de la muerte, como hizo el Señor con el hijo de la mujer de Naím, es “despertar” a alguien de sus esquemas mentales, como hizo con Pablo. Tomamos esta resurrección, este “despertarse” como un despertar a la Fe, un despertarse con ganas de rezar, un dejar el estado de ensoñación “realista” en el que vivimos inmersos y comenzar a ver la Vida como la ve Jesús.

¿Y cómo ve Jesús la vida? ¿Qué visión nos propone?

Quizás antes de entrar en su manera de pensar y de sentir la vida, tan cordialmente, con esa bondad suya tan profunda, con su ingenio para ayudar a todos a levantarse y dar un pasito adelante en el amor, haya que reflexionar un poco acerca de los ensueños en que vivimos.

Comenzaría por hablar de los que están despiertos. En nuestra patria, los que están despiertos son los que han sufrido una tragedia: los familiares de la tragedia de Once, por ejemplo, -que lograron que otra vez lo procesen a uno de los Cirigliano –Mario-, a quien como por arte de magia un juez lo había “desimputado”  sin que nadie, salvo ellos, dijera nada (todos dormidos los argentinos). Cuando escucho hablar a los papás de los Familiares siento que ellos están despiertos y el resto –nosotros- medio dormidos.

Decía Pablo Menghini, el día que reabrieron el Andén 2: “Así como nuestra vida tiene que seguir de alguna manera, y nosotros hemos elegido que sea con la lucha por la justicia y por los cambios, también entiendo que la vida de la estación tiene que seguir. Pero así como entiendo que nuestra vida nunca más va a volver a ser igual, la estación de Once nunca más va a volver a ser igual… Nunca va a dejar de ser un lugar en el que no solo nosotros sino cualquiera con un poquito de corazón y sensibilidad va a dejar de pensar en esas vidas perdidas de una manera absurda. Esa es mi opinión personal”.

La verdad es que le agradezco –le agradecí personalmente- que estén despiertos y que nos resuciten a nosotros a una vida que no sigue “igual”, a una vida en la que hay que “elegir luchar por la justicia y por un poquito más de corazón y sensibilidad”.

En ese lugar público, en el que los carteles de propaganda tratan de despertarnos la atención a un plan en cuotas o a una gaseosa, los familiares nos despiertan una y otra vez y nos ofrecen –al durísimo precio para ellos de haber optado por no anestesiar su dolor- participar de una lucha inclaudicable y de nunca acabar por la justicia y, al mismo tiempo, la posibilidad real de poner un poquito de corazón y de sensibilidad junto a ellos, cosa que todos podemos hacer aquí y ahora.

Lo que nos resucita, paradójicamente, es esa sirena que suena  taladrante, dramática, desgarradoramente, y que me hace palpar en las expresiones del rostro de María Luján cómo está reviviendo esos minutos del padecimiento y de la muerte de su hijo. Sostenerle la mirada, cuando se cruza con la mía, es fusionar el corazón en la compasión. Y ese dolor infinito despierta. Uno se da cuenta de lo poco que vale todo lo demás.

Personalmente pienso que la muerte de los seres querido, sin Jesús, nos mete en un sueño incomunicable. Cada uno vive con sus muertos queridos y charla con ellos en su corazón sin que lo sepan los demás. Como decía Romina, ante la apertura del andén 2 “que ahora pase esto, como si nada, este es el país donde vivimos, nadie sabe el dolor que sentimos”.

Pero los Familiares están despiertos a la realidad del Tren. Ese tren en el que todos viajamos adormecidos (cosa que es propia de viajar en tren). Uno se duerme o escucha música o piensa en nada… porque el tren es pasajero, lo real es a donde uno va. Sin embargo los medios de transporte son un símbolo de nuestra calidad de vida, es más, de la vida misma, que es viaje, peregrinación. Por eso elijo está tragedia, siendo que todas son igualmente dolorosas y nos tienen que ayudar a despertar. En el país, decía, andamos como zombies por la calle hasta que sufrimos una entradera o nos roban o nos matan a alguien querido. Y uno ve todas esas marchas de gente despierta que grita una injusticia y siente que los demás estamos dormidos. Dormidos al prójimo, que es como decir dormidos a la vida.

Despertar a lo que le pasa al prójimo, comenzando por los más débiles y los más necesitados, es algo más que un deber moral. En ello nos va la vida misma. Estar despiertos o dormidos. Eso es lo que está en juego. Porque tu vida es un tren que va a chocar sí o sí, un día cualquiera, con el parachoques del anden 2 y te va a sumergir en el sueño de la muerte.

¡Por eso urge encontrar quién nos despierte!

Es sueño la TV y la tecnología, aunque parezca tan real. Basta que colapsen los celulares, como está pasando en Buenos Aires, para que la omnipotencia de hablar con quien uno quiera en cualquier momento se convierta en un disgusto y una frustración porque las llamadas no enganchan o se cortan. ¿Acaso cuando se corta la luz y no funciona internet ni nada y tenemos que andar buscando velas y cuidar el agua y  subir por la escalera…,  no sentimos como si nos despertáramos de un sueño cómodo a la cruda realidad?

Es sueño también la ideología. Así como en los sueños uno se da cuenta de alguna manera de que está soñando, así pasa con las ideologías –de un signo o de otro- uno se da cuenta de que eso de que “todo cierre” para un lado no es la realidad.

Hasta hace tres meses pensaba que el único despierto en nuestra Patria, era el futuro Papa Francisco, que se levantaba a las 4:30 en la piecita del tercer piso frente a la Plaza de Mayo para rezar por nosotros, él que a todos nos pedía y nos pide que recemos por él. Ahora agradezco que siga despierto en la Plaza del Vaticano (y que nos despierte temprano los miércoles y domingos para participar de sus audiencias y misas).

Pero no es sólo cuestión de “levantarse a rezar”: rezar es levantarse, despertarse, resucitar!

“Ya es hora de levantarnos del sueño”, para rezar y meditar.

“Joven, Yo te lo ordeno, levántate”.

Que Jesús nos salga al paso en nuestra vida cotidiana y se nos acerque para despertarnos y levantarnos. El es la Resurrección y la Vida.

No sé cómo será la resurrección final. Como dice Job: “Creo que mi Redentor vive y que con mis ojos veré a Aquel que un día me dio la vida”.

Sí me preocupa mucho cómo hacer para andar resucitado ahora. Para vivir despierto, quiero decir.

Despierto a la vida de mi prójimo.

Despierto a los sueños de Dios, que quiere que nos salvemos todos.

Despierto de todos los espejismos (tecnológicos, ideológicos, políticos y religiosos) que nos desvelan y adormecen y nos roban lo más precioso que tenemos: el tiempo para amar a nuestros seres queridos concretos.

Rezar es despertar…, o “soñar”…, pero no nuestros sueños, sino el sueño de Dios, que somos nosotros mismos despiertos. Rezar es soñar la realidad, tal como es, compadeciendo y comprometiéndose con la vida de nuestros hermanos.

Rezar es resucitar. Y es tan lindo y está al alcance de nuestra mano.

Diego Fares sj

Domingo de Corpus Christi C 2013

 El pan espiritual

canasta-clear

 

Jesús habló a la multitud acerca del Reino de Dios y devolvió la salud a los que tenían necesidad de ser curados. Al caer la tarde, se acercaron los Doce y le dijeron: «Despide a la multitud, para que vayan a los pueblos y caseríos de los alrededores en busca de albergue y alimento, porque estamos en un lugar desierto.»  El les respondió: «Denles de comer ustedes mismos.» Pero ellos dijeron: «No tenemos más que cinco panes y dos pescados, a no ser que vayamos nosotros a comprar alimentos para toda esta gente.» Porque eran alrededor de cinco mil hombres. Entonces Jesús les dijo a sus discípulos: «Háganlos sentar en grupos de cincuenta.» Y ellos hicieron sentar a todos. Jesús tomó los cinco panes y los dos pescados y, levantando los ojos al cielo, pronunció sobre ellos la bendición, los partió y los fue entregando a sus discípulos para que se los sirvieran a la multitud. Todos comieron hasta saciarse y con lo que sobró se llenaron doce canastas (Lc 9, 11b-17).

 

Contemplación

“Jesús partió los panes y los fue entregando a los discípulos para que se los sirvieran a la gente. Y todos comieron hasta saciarse…”.

Como dice Bernárdez:

Al empezar a comer 
notan que el pan del Señor 
les calma el hambre de pan, 
pero no el hambre de amor. 

Partir el pan se toma como signo de la muerte del Señor, de su entrega total, pero la acción de partir el pan tiene como fin repartirlo, para que sacie y alimente a toda la gente. En ese sentido es signo del Espíritu que multiplica íntegro el don, que se parte sin reducirse, que se da entero en cada fragmento.

Por eso el pan, siendo lo más material, es lo más espiritual. En su sencillez, es alimento noble, que se puede compartir. El pan se parte en dos mitades y también en cien miguitas. El pan no ensucia las manos ni el mantel y acompaña todas las comidas. Se puede poner al horno si se endureció y se ablanda o se hace tostadas… y hasta se puede rayar.

Y lo que hay que ver es que esta múltiple capacidad de alimentar proviene de su hechura a partir de la harina molida. Es la molienda de los granos de trigo la que luego permite aprovecharlo en todas sus partes.

Esto es a lo que quería llegar, a la esencia del pan, a lo que lo convierte en alimento puro y nos hace sentirlo compañero.

Para poder compartirse hay que poder partirse pero no a los tirones, no quedando crucificado y dividido.

Hay que poder partirse estando entero en cada acción, en cada tarea.

Y esto conlleva un trabajo de molienda que se hace rezando. Tengo que haberme molido primero en la oración hasta llegar a lo único que hay en mí que es “partible” y compartible, que puedo dar sin perderlo ni dispersarme: el Amor que el Espíritu Santo ha derramado en nuestros corazones. Lo que no es amor se puede partir y compartir hasta cierto punto. No podemos estar con todos a la vez ni hacer más de algunas cosas al mismo tiempo.

 

Pienso ahora en las demandas en el Hogar (cada uno piénselo en su familia y en su trabajo) y en cómo hacemos para pacificar los pedidos y no caer en un trabajo a demanda que nos saca del eje y nos agota infructuosamente.

 

La imagen que se me ocurre es la del pan: una cosa es desmigajarse y otra, muy distinta, despedazarse. Desmigajarse es amigable. Porque el mensaje es claro: en cada miguita te estoy dando pan. Eso es el Hogar: en cada cosa, en cada gesto, en cada estrategia, estamos dando pan: el pan nuestro de cada día.

Si te estamos dando ropa, siempre falta un jean o no hay el número de tu zapato. Si te estamos dando entrevistas personales, no podemos más de tantas por mañana. Si te estamos dando Pan, si te nos estamos dando enteros en cada miguita, en cada factura, en cada almuerzo y cena, en cada cama, en cada entrevista, en cada trabajo artesanal, en la Casa, en la Cooperativa y en cada gesto de amistad…, entonces “hasta sobran doce canastas” cada día.

Somos pan, sólo tenemos pan, pan que nos dan, pan que compartimos.

Y nuestro pan –los cinco pancitos-, el Señor lo puede multiplicar.

Los que lo comprenden así, se van saciados del Hogar y dicen “gracias. Uds. siempre tan amables”.

Y los colaboradores que se saben pan, que se sienten pan –cocido y calentito, tierno y comestible- se brindan alegres no importa en qué pequeña tarea, no importa en cuánta incontables miguitas.

Y se dejan moler y amasar, cocinar y desmigajar y coordinar, porque ninguno se siente menos pan que los demás.

Ese es el colaborador pan. El que se va dejando convertir en pan aunque a veces tenga aires de “medallón de pollo envuelto en pancetas crocantes con graten de papas”.

 

El pan es espiritual. Es la mejor imagen del Espíritu, creo yo. Mejor que el agua, que el fuego y que el aire por sí solos, porque con un poquito de levadura los conjuga a todos y los hace ser alimento y compañía.

 

La Eucaristía dominical o diaria es invitación del Señor a comulgar con él, que es Pan de vida. Y comulgar con él no es para nada “comida de tontos”, sino que pan con Pan van bien porque, como dice el poeta, en la Eucaristía no es “ni el pan pan, ni el vino vino” sino que el misterio es: “el pan Dios y el vino Dios”.

El Señor ya quiere darse 
del todo por nuestro amor; 
y se parte y se reparte, 
pero no en llanto y sudor, 
sino en un pan y en un vino 
que ni pan ni vino son.

Ni el pan pan ni el vino vino: 
el pan Dios y el vino Dios.

El signo mismo, la hostia-miguita de pan, tiene que hacernos reflexionar. Para comulgar con nuestra vida el Señor se desmigaja, se vuelve presencia frágil, que apenas pesa en nuestras manos toscas, gusto fugaz en nuestra boca. No es por economía ni por practicidad que no se nos da como un pan entero. Va por el lado de hacernos meditar que para comulgar con él y con los demás tenemos que “amigarnos”. La amistad tiene eso de experimentar la alegría de esas miguitas en la que el amigo se encuentra entero. El estar de acuerdo en todo de los amigos se muestra en todo su brillo en un simple cruce de miradas (y a veces ni eso, porque uno ya sabe que el otro está sonriendo por alguna picardía). El comulgar más espiritual requiere que el tiempo se alargue en silencio hasta que surge un momento de comunión plena –la confidencia, el compartir lo más profundo expresado en un gusto, en una preferencia, en contar un gesto en el que uno se jugó por sus convicciones o eligió con nobleza-.

La vida que viene en bloques de cemento y de estadísticas masivas, en vagones atestados, en horarios interminables de viaje y de trabajo repetido, en la amistad se vuelve pequeñas hostias, únicas, simples, íntegras.

Allí está la escuela para poder darnos enteros, sin apuros ni tensiones, y para recibir al otro incondicionalmente y de manera nueva en cada encuentro.

La eucaristía es escuela de amistad.

La lección, siempre la misma:

amigarnos con Jesús,

aprender a hacernos migas,

para poder compartir

lo más nuestro: nuestra vida.

Diego Fares sj