Domingo de Pascua 5 C 2013

agua viva

Si es mi Amor…

 

Después que Judas salió, Jesús dijo:

«Ahora el Hijo del hombre ha sido glorificado

y Dios ha sido glorificado en él.

Si Dios ha sido glorificado en él,

también lo glorificará en sí mismo,

y lo hará muy pronto.

Hijos míos, ya no estaré mucho tiempo con ustedes.

Les doy un mandamiento nuevo:

ámense los unos a los otros.

Así como yo los he amado, ámense también ustedes los unos a los otros.

En esto todos reconocerán que ustedes son mis discípulos:

en el amor que se tengan los unos a los otros» (Jn 13, 31-35).

 

Contemplación

“En esto todos reconocerán que son mis discípulos”: en que se aman como Yo los he amado.

El amor de Jesús es el signo creíble, lo que permite reconocer quién es su discípulo. Un amor “no de palabra sino con obras y verdadero” como dice Juan: “En esto conocemos que somos de la verdad, y aseguraremos nuestros corazones delante de él” (1 Jn 3, 18-19).

 

Jesús se preocupa por esto tan humano como es dejarnos un signo incuestionable para que podamos mostrar a todos, y, mejor aún, para que sin que lo busquemos explícitamente igual todos se den cuenta de que somos sus discípulos.

El Señor nos lee el corazón a los hombres y a las mujeres y pesca este profundísimo deseo de reconocimiento que nos constituye como personas. Dado que conocemos, necesitamos reconocer. Esto es: reconfirmar lo que conocemos, hacerlo nuestro, experimentarlo. Y también: dado que se nos conoce, necesitamos confirmar la autenticidad de lo que decimos y sentimos, necesitamos “dar testimonio”, no solamente contar las cosas.

Dar testimonio es afirmar públicamente que algo bueno nos ganó el corazón y nos comprometió la vida, de modo tal que no podemos callarlo y para poder compartirlo le pedimos al otro que nos crea y que pruebe por sí mismo la verdad de lo que le anunciamos.

Aunque tenemos un poco de todos, no somos periodistas de noticiero que simplemente cuentan lo que pasa, ni militantes políticos que buscan sumar votos. Tampoco somos investigadores científicos que demuestran el resultado de sus experimentos. Somos discípulos de Jesús, El que dio la vida por todos, y anunciamos esta buena noticia con la alegría incontenible del que ha encontrado la Fuente de la Vida y sale a invitar a todos a que beban de ella.

La búsqueda de coherencia y el deseo de ser creíbles no parte de una motivación interesada en un sentido egoísta sino de ese interés “social” propio de nuestra naturaleza humana que cuando descubre algo bueno para todos no puede dejar de comunicarlo a los demás diciendo: “Vengan y vean”; “Prueben qué bueno es el Señor”.

Sabiendo esto, el Señor nos deja la clave. Una clave que sirve no sólo para que los demás crean sino para reconfirmarnos a nosotros mismos si vamos por buen camino.

¿Cómo sabré si soy tuyo, Jesús?

Bastará con que te examines en el amor.

Si es mi Amor el que te mueve y atrae, lo reconocerás en cosas como estas:

Si es mi Amor, te moverá a amar a todos, venciendo suavemente, una y otra vez, todos los peros y condiciones que pone tu amor propio.

Si es mi Amor, te impulsará irresistiblemente a salir de vos e ir a los demás.

Si es mi Amor, no te dejará en paz hasta que confieses y sientas lo lindo que es pedir perdón, lo lindo que es desenojarte, comenzar de nuevo y poder reírte de vos mismo y sonreír al que mirabas con el ceño fruncido.

Si es mi amor, en vez de cerrarte al ver el sufrimiento de los demás, se te enternecerá el corazón y no podrás sino ayudar y dar.

Si es mi Amor, hará que te asombres de vos mismo al constatar que a pesar de todas las desilusiones, volvés a tener esperanzas.

Si es mi Amor, sentirás el movimiento secreto de la vida cuando trabaja por reconstituir lo herido y sana milagrosamente todos los desgarrones.

Si es mi Amor verás cómo reparara tus fuerzas: te volverás incansable, con las ganas intactas a pesar de la fatiga…

Si es mi Amor, te sorprenderás de no sentir envidia, podrás ver cómo alguien es aplaudido y vos, en vez de compararte, te alegrás en el bien y aplaudís también de corazón.

Si es mi Amor, no podrás creer cómo es que estás creyendo, qué es lo que viste en el otro que a pesar de todas las evidencias, volvés a confiar en él, en lo que el Señor puede hacer en él.

Si es mi Amor, constatarás el milagro que hace con el tiempo: de golpe tu corazón se ensanchará y experimentarás cómo la paciencia extiende sus brazos al futuro y lo abraza de manera tal que no lo suelta y lo que es ahora defecto ya está enlazado a su perfección futura.

Si es mi Amor el que te mueve y atrae, se te despertará un sentido nuevo –el de mi presencia-; aprenderás a reconocerme en todos los rostros y a sentir cómo entro y salgo, en un instante, en las situaciones de “puertas cerradas”, y mi presencia despalanca las trabas y abre puertas.

Si es mi Amor, te llevará a mis ovejas y de mis ovejas te traerán de vuelta a Mí Sin darte cuenta entrarás y saldrás de la oración a las cosas y de las cosas a la oración.

Si es mi Amor, verás cómo da gusto comenzar a romper, a medida que van saliendo, todos los pagarés que tenías guardados: a este no le cobro, aquella deuda está olvidada, esto ni sé de qué se trataba…, hasta que sentís que salís a la calle sonriendo interiormente y, aunque nadie te pregunte por qué estás contento, vos te decís a vos mismo: soy uno/a quien nadie le debe nada.

Si es mi Amor, te darás cuenta porque se te transformará el interés de la mirada. En vez de buscar ofertas, se te irán los ojos hacia mis ovejitas perdidas. Subirás al subte y sin espiar descubrirás al que anda medio tristón y te sentirás como uno de esos personajes de Pronzato que “ponen oraciones en el bolsillo de los demás”.

Si es mi Amor, te darás cuenta porque te cambiaré el rol y ya no serás más el mismo personaje que eras (el que vos mismo habías elegido o te habían dado los demás): pasarás a ser actor de reparto en vez de protagonista, pero de una película mucho más interesante. Cambiarás mucho de papel: un día te tocará ser “el mozo de equipajes” de Descalzo, el que les metía las valijas en el tren a los que se iban de vacaciones y “tenía una permanente alegría. No sabía hacer su trabajo sin gastarte una broma, y cuando te hacía un favor, parecía que se lo hubieses hecho tú a él. Un día le pregunté: «Y tú, ¿cuándo te vas de vacaciones?» Se rió y me dijo: «Me voy un poco en cada maleta que subo para los que se van hacia la playa.»

Otro día te tocará ser uno de “los seres invisibles”, como las monjas josefinas que trabajaban en la cocina del seminario de Astorga: “allá al fondo del refectorio veíamos alguna vez a las monjas pasando con perolas humeantes, como medio escondiéndose, porque en aquellos tiempos era casi un pecado que los seminaristas viésemos una presencia femenina. Y, en un momento, entendí lo oscuro y lo hermoso de su tarea. Eran, aquellos, los que llamábamos los «años del hambre» cuando, en la primera posguerra, era un milagro encontrar comida cada día para los cuatrocientos seminaristas que éramos. Y pienso que tal vez ellas debieron de sentir alguna vez hasta dudas vocacionales, pensando si se habían hecho monjas para pelar patatas y cocer garbanzos.  Y, sin embargo, el seminario funcionaba gracias a ellas. Eran las invisibles…”.

Si es mi Amor el que te atrae y te dinamiza, los otros se darán cuenta: reconocerán que no sos sólo vos, sino que somos dos, Yo y vos, mi discípulo. Y les dará ganas de experimentar.

Diego Fares sj

 

 

 

 

 

 

Domingo de Pascua 4 C 2013

 

Jesús Abogado y el Padre Mayor

 

En aquel tiempo, Jesús dijo:Padre

 

«Mis ovejas escuchan mi voz,

 

Yo las conozco y ellas me siguen.

 

Yo les doy Vida eterna:

 

ellas no perecerán jamás

 

y nadie las arrebatará de mis manos.

 

Mi Padre, que me las ha dado,

 

es mayor que todos

 

y nadie puede arrebatar nada

 

de las manos de mi Padre.

 

El Padre y yo somos uno» (Jn 10, 27-30).

 

 

 

Contemplación

 

En el domingo de nuestro Buen Pastor, contemplamos haciendo presentes algunas imágenes que nos va regalando el Papa Francisco. Una es sobre Jesús Abogado:

 

«¡Es lindo sentir que tenemos un abogado!», exclamó Francisco. Saliéndose del texto que estaba leyendo para su catequesis, agregó: «Cuando uno es llamado por el juez, tiene un juicio, lo primero que hace es llamar un abogado: ¡nosotros tenemos uno que nos defiende siempre, nos defiende de las insidias del diablo, nos defiende de nosotros mismos, de nuestros pecados!».

 

Me quedé con esto de que Jesús nos defiende de nosotros mismos. Hace un tiempo, escuchando a Silvia Freire que hablaba de abrazar al niño interior que somos para que sanen las heridas de la infancia, me impresionó una frase suya acerca de que “nadie es más duro con uno que uno mismo”. San Ignacio dice que “el mal espíritu entra en nuestro castillo interior por la parte más débil”, y, paradójicamente, esa parte débil es a veces nuestra dureza para con nosotros mismos.

 

Jesús, nuestro Buen Pastor usa también la misma táctica: entra por nuestro lado más débil, pero para sanar y perdonar, no para juzgar y saquear.

 

Una manera linda de mirar el sacramento de la confesión es la de “ir a nuestro Abogado”.

 

No al Juez, al Abogado.

 

En la confesión nos encontramos con el que es más bueno con nosotros que nosotros mismos.

 

Yo creo que si uno tiene esto claro –de que uno no es buen juez de sí mismo (y que en algunas cosas es el peor juez y el más duro a la hora de aplicar sentencias), experimentará el alivio inmenso que da confesarse con Jesús, el Abogado bueno y lo tonto (y peligroso) que puede resultar eso de “yo me confieso sólo con Dios”. Esto de exponerse ante el Juez sin Abogado es bastante necio a nivel humano y no digamos nada a nivel espiritual, máxime si ese Juez, muchas veces, en vez de ser nuestro Buen Padre, es una proyección de “deberes que se nos imponen inconscientemente y que adoptamos como medida para juzgarnos”.

 

Antes de ayer, pedía permiso a los de la fila del segundo turno del comedor para poder entrar a la Casa de la Bondad (iba acompañando a nuestro Padre Provincial que nos está visitando) y me cargaban con Boca (como siempre en estos últimos tiempos). Me golpeó una frase de un joven que, señalando la casa, dijo: ahí tendría que estar Boca. Por lo de “enfermos terminales”. Como un flash me vino al corazón que “así se debía sentir él”. Como un enfermo terminal. Joven, pero ya acabado. Es terrible la dureza para consigo mismos que esclaviza a los que están en situación de calle. Eso es lo primero que hay que trabajar, como nos enseñan nuestras trabajadoras sociales. Detrás de toda falta de esperanza y de deseo hay un juicio inapelable que debe ser removido. Ahí entra la tarea salvadora de nuestro Abogado Jesús, que viene a defendernos, para que nadie –y menos nosotros mismos- nos arrebate de sus manos.

 

 

 

La otra imagen es la del Padre siempre Mayor, siempre más grande en Misericordia y Esperanza para con nosotros, sus hijos. Es linda la imagen de Fano del Padre revestido de nuestros rostros. El Papa Francisco usó esta imagen sacerdotal el Jueves Santo. Nos decía: “La vestimenta sagrada del sumo sacerdote es rica en simbolismos; uno de ellos, es el de los nombres de los hijos de Israel grabados sobre las piedras de ónix que adornaban las hombreras del efod, del que proviene nuestra casulla actual, seis sobre la piedra del hombro derecho y seis sobre la del hombro izquierdo (cf. Ex 28,6-14). También en el pectoral estaban grabados los nombres de las doce tribus de Israel (cf. Ex 28,21). Esto significa que el sacerdote celebra cargando sobre sus hombros al pueblo que se le ha confiado y llevando sus nombres grabados en el corazón. Al revestirnos con nuestra humilde casulla, puede hacernos bien sentir sobre los hombros y en el corazón el peso y el rostro de nuestro pueblo fiel, de nuestros santos y de nuestros mártires, que en este tiempo son tantos”.

 

El ser Buen Abogado de Jesús le viene de su Padre, nuestro Juez Misericordioso. El acusador es el demonio, no Dios. Y la peor desgracia del hombre es que este demonio Acusador ha logrado y logra convencer a muchos de que el acusador es Dios. Y toma pie para convencernos en esa debilidad nuestra que nos lleva a proyectar en Dios nuestra dureza interior que muchas veces no es sino autodefensa mal aplicada. Jesús libera de proyecciones la imagen del Padre y nos revela que “su Gloria es el hombre vivo”, por eso nuestros rostros en sus vestiduras. Un Padre no desea otra cosa sino que sus hijos vivan una vida plena. Y protegernos contra todo mal, es su instinto primero y su compromiso más radical. Siguiendo el camino de que nuestro juez más implacable somos nosotros mismos, recordamos la frase de Juan sobre el Padre, la que cala más hondo, creo yo, y toca la herida más profunda, esa que tuerce nuestra mente: “En esto conoceremos que somos de la verdad, y estaremos tranquilos delante de Dios aunque nuestra conciencia nos reproche algo, porque Dios es más grande que nuestra conciencia y conoce todas las cosas” (1 Jn 3, 20).

 

La experiencia de Jesús que nos defiende de nosotros mismos y del Padre más grande que los reproches de nuestra conciencia se hace en la confesión o reconciliación y en el diálogo espiritual con el que nos acompaña y ayuda a discernir la voluntad de Dios. Sintiendo que la primera voluntad de Dios es esta, la de que “escuchemos su voz que nos defiende y sintamos sus manos que nos protegen”. Después viene la voluntad de Dios en orden a los demás. Pero el anuncio de la buena noticia del evangelio es noticia de un perdón y una protección que primero tiene que experimentar en sí el que la quiere anunciar a los demás.

 

Domingo de Pascua 3 C 2013

Su Gloria en nuestros ojos

Poco después, Jesús se apareció otra vez a sus discípulos junto al lago de Tiberíades. Estaban juntos Simón Pedro, Tomás «El Mellizo», Natanael el de Caná de Galilea, los hijos de Zebedeo y otros dos discípulos. En esto dijo Pedro:
–Voy a pescar.
Los otros dijeron:
–Vamos contigo.
Salieron juntos y subieron a una barca; pero aquella noche no lograron pescar nada.
Al hacerse claro el día Jesús estaba en la orilla del lago, pero los discípulos no lo reconocieron.
Jesús les dijo:
–Muchachos, ¿no tienen algo de pescado para comer?
Ellos contestaron: –No.
El les dijo:
–Echen la red al lado derecho de la barca y pescarán.
Ellos la echaron, y la red se llenó de tal cantidad de peces que no podían moverla.
Entonces, el discípulo a quien Jesús tanto quería le dijo a Pedro:
– ¡Es el Señor!
Al oír Simón Pedro que era el Señor, se ciñó un vestido, pues estaba desnudo, y se lanzó al agua. Los otros discípulos llegaron a la orilla en la barca, tirando de la red llena de peces, pues no era mucha la distancia que los separaba de tierra; tan sólo unos cien metros. Al saltar a tierra, vieron unas brasas, con peces colocados sobre ellas, y pan. Jesús les dijo:
–Traigan ahora algunos de los peces que han pescado.
Simón Pedro subió a la barca y sacó a tierra la red llena de peces; en total eran ciento cincuenta y tres peces grandes. Y, a pesar de ser tantos, la red no se rompió. Jesús les dijo:
–Vengan a comer.
Ninguno de los discípulos se atrevió a preguntar: « ¿Quién eres?», porque sabían muy bien que era el Señor.
Jesús se acercó, tomó el pan en sus manos y se lo repartió; y lo mismo hizo con los peces. Esta fue la tercera vez que Jesús se apareció a sus discípulos, después de haber resucitado de entre los muertos.

Después de comer, Jesús preguntó a Pedro:
–Simón, hijo de Juan, ¿me amas más que éstos?
Pedro le contestó:
–Sí, Señor, tú sabes que te quiero.
Entonces Jesús le dijo:
–Apacienta mis corderos.
Jesús volvió a preguntarle:
–Simón, hijo de Juan, ¿me amas?
Pedro respondió:
–Sí, Señor, tú sabes que te quiero.
Jesús le dijo: –Pastorea mis ovejas.
Por tercera vez insistió Jesús:
–Simón, hijo de Juan, ¿me quieres como amigo?
Pedro se entristeció, porque Jesús le había preguntado por tercera vez si lo quería, y le respondió:
–Señor, Tú todo lo sabes, Tú conoces que te quiero.
Entonces Jesús le dijo: –Apacienta mis ovejas. Te aseguro que cuando eras más joven, tú mismo te ceñías el vestido e ibas adonde querías; mas, cuando seas viejo, extenderás los brazos y será otro quien te ceñirá y te conducirá adonde no quieras ir. Jesús dijo esto para indicar la clase de muerte con la que Pedro daría gloria a Dios. Después añadió: –Sígueme” (Jn 21, 1-19).

Contemplación
En la ordenación de un compañero jesuita, nuestro obispo Vicente en vez de decir Jesús enviado del Padre dijo Jesús Misionero del Padre. La palabra misionero me lo volvió más cercano al Señor y sentí más nuestra su misión. Cuando misionamos, Jesús se nos vuelve presente y las alegrías de las veces que salimos a misionar, perduran en el corazón.
Von Balthasar nos da una clave para rezar cuando dice que “la misión que Jesús recibe del Padre (y comparte con nosotros) es idéntica a la dedicación de su vida por amor y a favor de sus ovejas”. La Iglesia –nosotros como Iglesia- participamos de esta unidad de amor y ministerio, de amistad con Jesús y apostolado entre sus ovejitas. Si me amás cuidá a mis ovejas, le dice el Señor a Simón Pedro. Y nosotros podemos escuchar su invitación de mil maneras: Si me amás salí a misionar, si me amás acercate a servir a los pobres, si querés ser más amigo mío dale catecismo a los chicos, llevá la Virgen por las casas, da testimonio de lo lindo que es algún valor evangélico en tu trabajo…
Esta unión entre amor y apostolado, entre quererlo a Jesús un poquito más y dar la vida por sus ovejas, se sella con la Cruz. La Cruz no es cualquier sufrimiento sino los sufrimientos que vienen de unir nuestro amor a Jesús y nuestro amor a sus ovejas. Esos sufrimientos son fuente de alegría, como la de los apóstoles que “se alegraron de haber sido encontrados dignos de ser ultrajados por el Nombre de Jesús”. Los sinsabores de la misión se convierten en consolaciones, las noches de trabajo codo a codo sin pescar nada, tienen el premio de esas pescas milagrosas en las que se nota que fue porque “tiramos la red en Nombre de Jesús” y nos arriesgamos haciendo caso a su Palabra. (Entre paréntesis: esta palabra es la que usa el Papa Francisco para tocar el corazón de los indiferentes: arriesguen. Que Jesús no defrauda. No me resisto y pongo la frase entera: «Acepta que Jesús Resucitado entre en tu vida, acógelo como amigo, con confianza: ¡Él es la vida! Si hasta ahora has estado lejos de él, da un pequeño paso, te acogerá con los brazos abiertos. Si eres indiferente, acepta arriesgar: no quedarás decepcionado»,).
Jesús es Maestro en esto de unir cosas. Maestro en hacer puentes –pontífice-, y en mantener unidas cosas imposibles (eso es en el fondo lo que lo llevó a abrazar la Cruz en la que murió por nosotros: el no querer soltar ni su Amor al Padre ni su Amor a los hombres).

Y aquí llegamos al punto de hoy: “Para Juan, la unión de misión y humillación, de vitalidad y sacrificio eso es simplemente lo que llama la Gloria de Dios como unidad de cruz y resurrección”. La gloria de Jesús, es ese resplandor que nos conmueve al verlo entregado y crucificado y nos hace exclamar “es verdaderamente el Señor”, como exclamó el Centurión cuando lo traspasaron. La fe brota de esa hendidura: uno ve el Corazón abierto de Jesús y no siente solo la muerte sino muerte y resurrección. De su Corazón herido brota vida. Ese fulgor es la fe que ilumina la inteligencia y derrite el corazón.
La fe es “raptada” por la Gloria de Dios que brilla en Jesús muerto y resucitado.
Esta es la fuente principal, la catarata, más bien, de Agua viva que salta hasta la vida eterna.
Pero luego se traslada a todas las situaciones de la vida cotidiana que se van “bautizando” y “glorificando” en esta unión de cruz y resurrección.
En el evangelio de hoy vemos cómo es el estilo glorioso con que actúa Jesús resucitado: en una situación de “salir a misionar” y de “no pescar nada” (situación de cruz y desolación, diríamos) el Señor que está en la orilla aunque sin que lo reconozcan, les cambia el panorama y al obedecer a su Palabra tienen como fruto la pesca milagrosa que los llena de consolación.
Juan, al ver los frutos, reconoce al Señor, aún sin verlo de cerca.
Lo mismo les pasa a todos luego: al ver los panes y los pescados en las brasas, “saben muy bien que es el Señor”.
Reconocerlo, verlo sin verlo, verlo en los frutos que produce uno mismo al obrar en su Nombre, reconocerlo en sus gestos sencillos, en su manera de estar en la orilla, de partirles el pan, eso es lo que llamamos la Gloria de Dios. No es el resplandor de la Transfiguración, en la que Jesús se ilumina “físicamente” diríamos, como un sol, sino un resplandor que en vez de darse en Él se da en nosotros: son nuestros ojos los que se iluminan con la fe, es nuestro corazón el que arde cuando nos habla por el camino y nos explica las Escrituras.
La Gloria de Jesús nos transfigura a nosotros, mientras Él permanece humilde, medio escondido medio revelado, pícaramente haciéndose pasar por uno cualquiera, para que aprendamos a amarlo y buscarlo en los más pobres, en la gente común.
Para mí, algo así como lo que me dijo el Papa Francisco cuando me llamó hace dos domingos.
El dijo (dos veces, porque yo no sé si era que no oía bien por el teléfono o porque no creía lo que oía claramente mi oído: Hola Diego. Soy Jorge.
¡Francisco!, le dije, apretando con todo cariño el celular. ¡Qué alegría! No sabés la alegría que sentimos todos acá.
Sí, me respondió sonriendo con la voz, “Gioia” para ustedes y “Croce” para mí. Y me acordé de su prédica de la mañana en la que esas habían sido sus palabras: alegría y cruz, clave de lectura del Domingo de Ramos para entrar en la Pasión.

………….
Acabo de borrar de un plumazo (si se puede hablar así con la escritura de la compu) un largo párrafo en el que analizaba algunos comentarios acerca del Papa Francisco de los fariseos y escribas modernos (los hombres de religión y de cultura, como dice Martini). Lo borré porque me hace mal detenerme mucho en ellos; como que son pegajosos y sus comentarios se pegotean y entristecen, me obligan a discutir y a defender…
Prefiero quedarme con la gente sencilla que viene a mi confesionario y, mirándome a los ojos con una mirada limpia, dicen: “me trajo Francisco”. Siento que él les está hablando a los alejados, a las ovejitas perdidas de la Iglesia, a los de buena voluntad de otras confesiones, a los que nadie les ha predicado nunca con palabras que entiendan. Esos entienden y se alegran. Y vienen.

Los que -unos mirando al pasado y otros al futuro-, dicen: “vamos a ver”, que se lean entre ellos.

Yo me quedo al lado de los que decimos: “¡estamos viendo!”. Los que dejamos que la Gloria del Señor irradie en nuestros ojos, al ver la humildad y la caridad de su servidor.

Los que rezamos con el salmo 126:
“Cuando el Señor cambió nuestra suerte,
nos parecía que soñábamos:
nuestra boca se llenó de risas
y nuestros labios de canciones”.

Diego Fares sj

Domingo de Pascua 2 C 2013

Los frutos de la fe

Aquel mismo domingo, por la tarde, estaban reunidos los discípulos en una casa con las puertas bien cerradas, por miedo a los judíos. Jesús se presentó en medio de ellos y les dijo:
– La paz esté con ustedes.
Y les mostró las manos y el costado. Los discípulos se llenaron de alegría al ver al Señor. Jesús les dijo de nuevo:
– La paz esté con ustedes.
Y añadió:
– Como el Padre me envió a mí, así los envío yo a ustedes.
Sopló sobre ellos y les dijo:
–Reciban el Espíritu Santo. A quienes les perdonen los pecados, Dios se los perdonará; y a quienes se los retengan, Dios se los retendrá.
Tomás, uno del grupo de los doce, a quien llamaban «El Mellizo», no estaba con ellos cuando se les apareció Jesús. Le dijeron, pues, los demás discípulos:
– Hemos visto al Señor.
Tomás les contestó:
– Si no veo las señales dejadas en sus manos por los clavos y meto mi dedo en ellas, si no meto mi mano en la herida abierta en su costado, no lo creeré.

Ocho días después, se hallaban de nuevo reunidos en casa todos los discípulos de Jesús. Estaba también Tomás. Aunque las puertas estaban cerradas, Jesús se presentó en medio de ellos y les dijo:
– La paz esté con ustedes.
Después dijo a Tomás:
–Acerca tu dedo y comprueba mis manos; acerca tu mano y métela en mi costado. Y no seas incrédulo, sino creyente.
Tomás contestó:
– ¡Señor mío y Dios mío!
Jesús le dijo:
– ¿Crees porque me has visto? Bienaventurados los que creen sin haber visto.
Jesús hizo en presencia de sus discípulos muchos más signos de los que han sido recogidos en este libro. Estos han sido escritos para que crean que Jesús es el Mesías, el Hijo de Dios; y para que, creyendo tengan en él vida eterna (Jn 20,19-31).

Contemplación
Tanto el reproche que el Señor resucitado hace Tomás como la bienaventuranza de la fe, si pensamos un poco, no son algo del todo lógico. Jesús le dice: “¿Crees porque me has visto? Felices los que creen sin haber visto”. Y sin embargo, acaba de aparecérseles y de mostrarles las llagas para que lo reconozcan (las llagas son la identidad del Señor que asume todo lo que le tocó vivir y padecer). ¿Por qué le dice felices los que creen sin ver al mismo tiempo que se hace ver, come con ellos, quiere que lo toquen para que constaten que no es un fantasma? Quizás tengamos que entender el reproche como dirigido a un “ver” y “experimentar” individualista. Es como si Jesús le dijera a Tomás que su dificultad ya había sido respondida a través de la iglesia, a través de sus compañeros reunidos en el cenáculo que “se alegraron al ver al Señor”. El anuncio “hemos visto al Señor” le debería haber bastado “para creer sin ver”.
Fijémonos en un detalle: cuando la comunidad le dice “Hemos visto al Señor”, Tomás no preguntó: “¿Qué les dijo el Señor, qué hizo?”, sino que apenas le anuncian que lo habían visto puso su objeción. Si hubiera preguntado, qué les dijo ellos le hubieran comunicado los “frutos de la resurrección”: nos saludó dándonos la paz, nos insufló el Espíritu y nos envió a perdonar los pecados. Por el anuncio de la Resurrección se comunican sus frutos y uno recibe “algo” que le permite creer. El anuncio de la Resurrección es gracia eficaz para el que abre el corazón, es palabra de testigos que por su veracidad y coherencia tiene una fuerza especial para el que “quiere creer”.
De hecho, aunque el Señor consiente a que Tomás vea y toque con sus dedos, los frutos de la paz y el Espíritu no se los da particularmente: ya fueron dados y Tomás tiene que participar de ellos a través de la comunidad que los recibió. Esto muestra que la experiencia de fe “particular”, el hecho de “verlo con sus ojos” y de “meter en la llaga su dedo” (cosa que el Señor medio que le obliga a hacer cuando él siente que ya no es necesario porque la presencia del Señor que le habla directamente lo ha conmovido y llenado) no son lo más importante. No se trata de “yo meto mi dedo” sino de “todos recibimos los frutos y los dones de la resurrección”.
Nuestra mentalidad individualista y calculadora nos lleva a pensar: yo sólo creo lo que yo veo y puedo controlar. Y no es que el Señor “no quiera que veamos ni controlemos”. Lo que sucede es que su resurrección es algo de otro orden. No se puede “experimentar” ni “controlar” si no es en diálogo de amor con una comunidad creyente. Por un lado, la resurrección de Jesús no es un hecho aislado, que le afecta sólo a Él y del cual nosotros seríamos espectadores. Jesús resucita “con nosotros, por nosotros y para nosotros”. Su resurrección es un germen de vida para toda la humanidad. Resucita para comunicar la resurrección y la vida a todos los hombres. “Yo soy la resurrección y la vida, el que crea en mi aunque haya muerto vivirá” (Jn 11, 25), como le dice el Señor a Marta cuando ella le confiesa que cree en la resurrección final. El Señor es resurrección, aquí y ahora, en un presente que se expande hacia el pasado y hacia el futuro (¿no es eso la vida: un presente vital que se extiende hacia su pasado y hacia su futuro?).
Por otro lado, la resurrección no es algo controlable (creo hasta aquí, constato y luego creo más) porque es un desborde de vida, los dones son una catarata que nos inunda y nos lleva a compartirlos. Es la dinámica misma del don lo que hace imposible una constatación que “objetive” las cosas y ponga distancia. Hay que participar de la resurrección para poder pensarla, para que “nos abra la mente” y transforme nuestros comportamientos.
La del Señor es una resurrección que se experimenta en sus frutos desbordantes y plenos: en la paz que brota de su presencia salvífica, en la ausencia de culpas y en el perdón de los pecados, que son fuente de tristeza y de muerte o de vida depotenciada.

La paz brota de contemplar las llagas resucitadas. El perdón de los pecados brota de la acogida en el propio corazón del Espíritu Santo. Por el fruto se reconoce el árbol y estos dos frutos –la paz y el perdón- tienen dos árboles de donde brotan y se nos ofrecen: la cruz y el Espíritu. La cruz no tanto exterior como la cruz grabada en la carne misma del Señor. El Señor tomó la forma de la Cruz y esta le imprimió su marca en los brazos abiertos y en las marcas de los clavos en los pies y en el corazón. El problema no es la cruz externa sino cómo se nos mete en la carne y en la sicología haciéndonos sentir víctimas. Muchas de nuestras reacciones de agresividad y de egoísmo llevan el sello de querer zafar de la cruz, de no querer ser atravesados por los clavos, de encoger los brazos para que no nos crucifiquen, de cerrar las manos para que no nos las hieran… Al ver las heridas curadas en las manos, el costado y los pies del Señor, resucitamos de nuestros miedos y la señal es la paz: andar en paz, no estresados ni a la defensiva… El fruto es abrirse a lo que venga sin temor, con paz. El está, Él viene, Él nos espera… en toda realidad.

El perdón de los pecados es fruto del Espíritu. En estos días ha sido notable cómo mucha gente ha venido a confesarse “espontáneamente”. Eso es obra del Espíritu, es fruto de haber “captado” que había un perdón gratuito esperando a cada uno con gestos de abrazo y no de reto, con consejos de vida –“si te alejaste da un pasito hacia Jesús”, nos decía el Papa Francisco- y no con respuestas legalistas. Es increíble cómo cuando actúa el Espíritu, tanto en el que se confiesa como en el que da la absolución, no hace falta nada: los corazones sintonizan y el que antes ponía objeciones –“por qué me tengo que confesar con un hombre” y “qué tengo que decir…”-, ahora acude alegremente, dice todo sin ocultar nada y encima pide que le pregunten… Es que ha recibido el perdón del Espíritu incluso antes de recibirlo sacramentalmente.

Vemos así que la fe la suscita Jesús, mostrando con alegría sus llagas resucitadas, y el Espíritu, dando la seguridad del perdón. Es decir: estos dones de los Dos –de Jesús y del Espíritu- nos tocan la mente y nos la abren, se nos impone la credibilidad en aquellos que son puro don. La fe se experimenta recibiendo los dones.
Lo que quiero decir es que el don nos pone en contacto con los donantes y sus dones nos reviven y nos ponen en contacto con zonas nuestras y de la realidad que no conocíamos (lo que estaba muerto o adormecido revive).
Y esa fe se convierte en obras, en necesidad de anunciar a otros lo que hemos visto y de comunicar los dones recibidos y compartirlos.

Por eso hablamos de la belleza de la fe: porque la fe no se detiene a pensar sino que se abre a gozar, se abre al Señor y al Espíritu y goza de su paz y de su perdón.
Como cuando uno está contemplando una obra de arte o escuchando una sinfonía, no se separa del objeto bello para hacer elucubraciones sino que se conecta con su verdad y su bondad y las piensa y ama al mismo tiempo, saliendo de sí y estando en lo otro o en el otro.

Por eso una fe sin obras es una fe muerta. Una fe que no opera por la caridad es una fe que fue recibida sólo intelectualmente: uno captó la idea pero no saboreó la paz y el perdón, no dejó que lo inundara la alegría.

Es que creer en Jesús es comulgar con él, comer su carne y beber del cáliz con su sangre.

Creer en Jesús es recibir su Espíritu y dejarse “regalar” sus dones, que son su presencia misma en cada ámbito de nuestra humanidad:
– el don de la fe, que hace presente la presencia pasada del Seño en nuestra vida, haciendo que por la memoria (“recuerden lo que Él les dijo”) se actualicen todos los beneficios recibidos del Señor;
– el don de la esperanza, que hace presente las promesas de todos los bienes futuros y nos alegra desde ahora el corazón;
– el don de la caridad, que inunda nuestra acción expandiendo el presente como cuando uno vive una fiesta en la que cada gesto y cada cosa más que pasar se queda y permanece alegrando el corazón.

Creer en el Espíritu no es un acto intelectual aislado sino un pasar a la acción (o dar frutos), dejándonos conducir por el que nos ama y nos lleva a amar. En esa acción, creer es ser contemplativos, reafirmando, sin dejar de hacer el bien, que estamos obrando gracias a Aquel en quien confiamos, que nos purifica y nos perdona, nos alienta y nos consuela, nos da su audacia y su paciencia.
Diego Fares sj