Viernes Santo C 2013

Él cargó nuesJesusPassionGibson-300x204tras culpas…

Isaías
“Despreciable y desecho de hombres, varón de dolores y sabedor de dolencias, como uno ante quien se oculta el rostro, despreciable, y no le tuvimos en cuenta. ¡Y con todo eran nuestras dolencias las que él llevaba y nuestros dolores los que soportaba! Nosotros le tuvimos por azotado, herido de Dios y humillado. El ha sido herido por nuestras rebeldías, molido por nuestras culpas. El soportó el castigo que nos trae la paz, y con sus llagas hemos sido curados. Todos nosotros erramos como ovejas, cada uno marchó por su camino, y el Señor descargó sobre él la culpa de todos nosotros. Fue oprimido, y él se humilló y no abrió la boca. Como un cordero al degüello era llevado, y como oveja que ante los que la trasquilan está muda, tampoco él abrió la boca. Tras su arresto y juicio fue arrebatado, y de sus contemporáneos, ¿quién se preocupa? Fue arrancado de la tierra de los vivos; por las rebeldías de su pueblo ha sido herido (Is 53).
Hebreos
“No tenemos un sumo sacerdote incapaz de compadecerse de nuestras debilidades, sino que ha sido probado en todo exactamente como nosotros, menos en el pecado. Por eso, acerquémonos con seguridad al trono de la gracia, para alcanzar misericordia y encontrar gracia que nos auxilie oportunamente” (Hb 5).

Juan
Durante la cena, cuando ya el diablo había puesto en el corazón a Judas Iscariote, hijo de Simón, el propósito de entregarle… (Jn 13, 2).
Judas, pues, llega allí (al Huerto de los Olivos) con la cohorte y los guardias enviados por los sumos sacerdotes y fariseos, con linternas, antorchas y armas (18, 3).
Entonces la cohorte, el tribuno y los guardias de los judíos prendieron a Jesús, le ataron y le llevaron primero a casa de Anás, pues era suegro de Caifás, el Sumo Sacerdote de aquel año. Caifás era el que aconsejó a los judíos que convenía que muriera un solo hombre por el pueblo (18, 12-14).
… Apenas dijo esto, uno de los guardias que allí estaba, dio una bofetada a Jesús, diciendo: « ¿Así contestas al Sumo Sacerdote? » Jesús le respondió: « Si he hablado mal, declara lo que está mal; pero si he hablado bien, ¿por qué me pegas? » Anás entonces le envió atado al Sumo Sacerdote Caifás (18, 23-24).
… De la casa de Caifás llevan a Jesús al pretorio. Era de madrugada. Ellos no entraron en el pretorio para no contaminarse y poder así comer la Pascua. Salió entonces Pilato fuera donde ellos y dijo: « ¿Qué acusación traéis contra este hombre? » Ellos le respondieron: « Si éste no fuera un malhechor, no te lo habríamos entregado. » Pilato replicó: « Tomadle vosotros y juzgadle según vuestra Ley. » Los judíos replicaron: « Nosotros no podemos dar muerte a nadie » (18, 28-31).
… Volvió a salir Pilato y les dijo: « Mirad, os lo traigo fuera para que sepáis que no encuentro ningún delito en él. » Cuando lo vieron los sumos sacerdotes y los guardias, gritaron: « ¡Crucifícalo, crucifícalo! » Les dice Pilato: « Tomadlo vosotros y crucificadle, porque yo ningún delito encuentro en él. » Los judíos le replicaron: « Nosotros tenemos una Ley y según esa Ley debe morir, porque se tiene por Hijo de Dios. » (19, 4-7).
… Entonces se lo entregó para que fuera crucificado. Tomaron, pues, a Jesús, y él cargando con su cruz, salió hacia el lugar llamado Calvario, que en hebreo se llama Gólgota, y allí le crucificaron y con él a otros dos, uno a cada lado, y Jesús en medio (18, 16-18).

Contemplación
¿Qué es, precisamente, lo que carga Jesús sobre sí que nos libera a nosotros?
Nuestros pecados, decimos, siguiendo la Escritura. Isaías amplía más: Jesús carga nuestras dolencias, nuestros dolores, nuestras rebeldías, el castigo que merecíamos, nuestras iniquidades…, nuestras culpas.
Hebreos dice que “fue probado en todo, experimentó todas nuestras debilidades”. Cargó todos nuestros males.
En el relato de Juan, si uno sigue el proceso de Jesús, cómo se lo pasan de uno al otro, lo que se ve y llama poderosamente la atención, es cómo el mal deseo que desata el Diablo en el corazón de Judas, termina crucificando a Jesús sin que nadie se haga cargo, sin que nadie quiera tener la culpa: Pilato hace lo que quieren los judíos, los judíos hacen lo que dice la ley. Judas se arrepiente y devuelve el dinero. Pilato se lava las manos. Los judíos instigan al Procurador que les dice que se lo entrega a ellos, pero los que lo clavan son soldados romanos…
Esta maquinaria perversa en la que todos son cómplices pero nadie se hace cargo es, quizás, para nuestra sensibilidad moderna, “lo que Jesús carga sobre sí” sin abrir la boca, como corderito inocente llevado al matadero.
¿Qué suscita en nosotros la imagen del Cordero inocente? Lo primero es un dolor inmenso e insoportable por lo injusto. Un dolor que suscita indignación. La injusta muerte de los inocentes es el pecado que más indigna a nuestra sociedad. Lo vemos en la desesperación que causa en unos y en la sed de justicia que despierta en otros. Sed que en muchos se convierte en necesidad de encontrar un chivo expiatorio, sin que importe mucho quién sea: pero que alguien pague.
“Alguien tiene que pagar”. “Que el que las hace, las pague”.
Ese “alguien tiene que pagar” es, según el etnólogo René Girard, es un mecanismo cultural sobre el que se construye toda paz social: matando a un chivo expiatorio común se unen los enemigos y logran un tiempo de paz. Esto que expresa Caifás -conviene que uno muera por el pueblo-, Girard dice que está en los cimientos de toda ciudad humana. Teológicamente se dice que “es para aplacar a la divinidad que está airada y exige reparación”, pero se trata de una proyección de la ira mutua entre los hombres, que se aplaca descargándola contra un tercero. Algo así como “el odio al enemigo común amiga a los que se odiaban mutuamente”.
En el fondo de esta teoría del chivo expiatorio está la concepción de que el espíritu humano es esencialmente imitativo, mimético: uno desea lo que desea el otro. Al niño le llama la atención no tanto el juguete que tiene su hermanito, que puede ser igual al suyo, sino cómo su hermanito juega con alegría y posee su juguete. Por eso deja el propio y le quita a su hermano el suyo. En la ira, la mímesis es típica y hasta patética: los enemigos utilizan los mismos medios que critican al otro y hasta ponen las mismas caras… El chivo expiatorio sacrificado en común por ambos contendientes rompe la fascinación mimética y descarga la ira contra un tercero. Por eso hace sentir a los enemigos que se liberan de su ira y se pacifican entre sí, por un tiempo…
Más allá de las teorías de Girard, lo que importa no es tanto si los hombres actuamos así sino si existe Alguien capaz de “ser” realmente Cordero expiatorio y si nos redime devolviéndonos la vida que nos falta y no solamente restableciendo la justicia.
Digo “si existe” Alguien que realmente pueda hacerse cargo de las culpas, porque los que elegimos los hombres como chivos expiatorios, sueles ser simples “perejiles” como se dice. Y aún los más culpables de los culpables, en los grandes crímenes como los holocaustos y genocidios, lo que se ve es que el mal que desencadenan o al que “asienten tácitamente” los excede. No alcanza el corazón humano a asumir el vacío infinito que dejan las muertes inocentes. No alcanza con que alguien sea castigado. El castigo aplaca la sed de venganza, quizás, pero produce más vacío al morir también el culpable.
Los seres humanos comunes vivimos tratando de zafar a que nos conviertan en chivo expiatorio o convirtiendo en chivos expiatorios a los demás. Jesús nos libra de estos juegos perversos, juegos de víctimas y victimarios, en los que estamos directa o indirectamente metidos y sometidos.
Por eso, lo que sucede con Jesús es único. Lo que vale y conmueve en Jesús es que “pudo” y “quiso” asumir realmente la culpa y con amorosa libertad la cargó sobre sí, le quitó su fuerza atemorizante y se confió en las manos del Padre que lo resucitó de entre los muertos.
En Jesús vemos cómo se transforma lo que para nosotros es “fatalmente” ser víctimas o victimarios, sufrir castigos o aplicarlos. No podemos decir que el Padre “castiga” a Jesús en vez de castigarnos a nosotros. No se trata de castigo porque lo que sucede entre el Padre y el Hijo bajo la acción del Espíritu Santo es purísimo amor, fruto de una purísima libertad. Lo peor que puede pasar (la condena a la cruz de un inocente) es asumido por Jesús libremente y ofrecido al Padre con todo su amor para dar testimonio de que aún en esa lejanía del amor del Padre y en ese vacío de la muerte, el amor es más fuerte y no hace falta defenderse ni atacar a otros. Este amor de Jesús es el que nos quita el miedo a la muerte, del cual brotan los mecanismos del pecado.
Agradecemos al Señor su generosidad al besar sus pies crucificados y dejamos que su amor redentor lave nuestras culpas y nos libere de la esclavitud del pecado.
Diego Fares sj

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