Jueves Santo C 2013

Gracias, Señor Jesús, por tu paciencia conmigo

Bergoglio Jueves Santo

“Antes de la fiesta de la Pascua, sabiendo Jesús que había llegado su hora de pasar de este mundo al Padre, habiendo amado a los suyos que estaban en el mundo, los amó hasta el extremo. Durante la cena, cuando ya el diablo había puesto en el corazón a Judas Iscariote, hijo de Simón, el propósito de entregarle, sabiendo que el Padre le había puesto todo en sus manos y que Él había venido de Dios y volvía a Dios, se levantó de la mesa, se sacó el manto y, tomando una toalla, se la ciñó a la cintura. Luego echó agua en una palangana y empezó a lavar los pies a los discípulos y a secárselos con la toalla que tenía en la cintura. Cuando se acercó a Simón Pedro, este le dijo: “¿Tú, Señor, me vas a lavar los pies a mí?” Jesús le respondió: “No puedes comprender ahora lo que estoy haciendo pero después lo comprenderás”. “No –le dijo Pedro- ¡Tú jamás me lavarás los pies a mí!”. Jesús le respondió: “Si no te lavo, no tienes parte conmigo”. “Entonces, Señor, -le dijo Simón Pedro- no sólo los pies sino también las manos y la cabeza”. Jesús le dijo: “El que se ha bañado no necesita lavarse más que los pies, porque está completamente limpio. Ustedes también están limpios, aunque no todos”. El sabía quién lo iba a entregar (…). Después de haberles lavado los pies, se puso el manto, volvió a la mesa y les dijo: “¿Comprenden lo que acabo de hacer con ustedes? Ustedes me llaman Maestro y Señor, y tienen razón porque lo soy. Si Yo que soy el Señor y el Maestro, les he lavado los pies, ustedes también deben lavarse los pies unos a otros. Les he dado el ejemplo para hagan lo mismo que yo hice con ustedes” (Jn 13, 1 ss.).

Contemplación
Dice San Gregorio Nacianceno: “¡Vamos a participar de la Pasión…! Si eres Simón Pedro, deja que el Señor te lave los pies…”
En la misa del Lunes Santo, el Papa Francisco nos regaló una perla preciosa para la contemplación:
«Durante esta semana santa pensemos:
¿Cómo ha sido la paciencia de Jesús conmigo?
Sólo esto.
Y después saldrá de nuestro corazón una sola palabra:
Gracias, Señor Jesús, por tu paciencia».

¡La Paciencia de Dios, la paciencia de Jesús: ese es el misterio!

En la escena que le hace Simón Pedro a Jesús, la paciencia del Señor tiene mucho de paciencia de mamá con su hijito que no se quiere dejar lavar. Detrás del renegar de Simón Pedro y de la insistencia del Maestro hay una imagen primordial de la vida de familia. Todos hemos renegado de chicos cuando nuestra madre nos decía que era la hora del baño, para luego, contentos, no querer salir del agua. También es una escena típica en el Hogar de San José, la del que no se quiere bañar y luego que entra a la ducha calentita no quiere salir.
Así nos sucede con Jesús y con su gracia, con toda esa esfera de influencia benéfica que llamamos Reino de los Cielos: primero nos cuesta entrar y luego no queremos salir.

Nos detenemos un momento a contemplar la paciencia sabia de nuestro Buen Maestro, cómo se sitúa gestualmente en la situación justa, como inventa y crea esa situación que hace que interactuemos con él y aprendamos lo que nos quiere enseñar. Porque esta acción el Señor la hace explícitamente en clave pedagógica: “¿Comprenden lo que acabo de hacer con ustedes? Ustedes me llaman Maestro y Señor, y tienen razón porque lo soy. Si Yo que soy el Señor y el Maestro, les he lavado los pies, ustedes también deben lavarse los pies unos a otros. Les he dado el ejemplo para hagan lo mismo que yo hice con ustedes”.
El Señor crea una situación que saca a la luz nuestra resistencia a ser lavados y también nuestro gusto (“no solo los pies sino también las manos y la cabeza”, “aquí también, mamá”).
La idea de lavar los pies le debe haber venido al Señor luego de que María le ungiera los suyos con perfume y Judas expresara su fastidio. El Señor, que lee en los corazones humanos, pesca esos lugares existenciales en los que el mal espíritu intenta encarnarse y mezcla su mala intención con nuestras reacciones más espontáneas. Allí, precisamente, se mete el Señor y se implica (se saca el manto y se ciñe la toalla y agarra nuestros pies con sus manos) de manera que la gracia se encarne y se una –indivisa e inconfusamente- con nuestras pasiones y afectos más naturales.
En la unción de María el que se impacientó fue Judas, en el lavatorio, curiosamente, fue Simón Pedro. Pedro experimenta las mismas tentaciones que Judas. Pero con la gracia y la enseñanza paciente de su amigo Jesús las rechaza y se fortalece en la fe.
Y si Jesús es paciente en enseñar, Pedro es, en igual medida, paciente en aprender y en dejarse formar.
Quizás seas esta la enseñanza honda del evangelio de hoy: la paciencia de Jesús es dialogal, requiere de nuestra paciencia. El Señor no se cansa de lavar, somos nosotros los que nos cansamos de dejarnos lavar.
Más que al hecho de lavar los pies, imagen del servicio concreto de misericordia, la invitación del Señor a imitarlo apunta a su paciencia.
El servicio genera resistencia -¿no es esto precisamente lo que a veces nos descorazona?: ‘Si te estoy sirviendo ¿por qué te resistís, y, más aún, por qué cuestionás mi acción’?-.
El Señor se conecta con nuestras reacciones primarias –la resistencia y luego el gusto de ser lavados por nuestra madre- y vence nuestras resistencias y pataleos. Vemos cómo Jesús ejercita la paciencia con su amigo Simón Pedro y le explica, con delicadeza pero firmemente, que “si no te lavo no tienes parte conmigo”.
La gracia grande del acompañamiento espiritual es la de conectar a cada persona con la paciencia de Dios para con ella. Esta conexión –que se capta con la fe- alegra el corazón porque unifica toda la vida. Al fijar los ojos en la paciencia de Jesús lo vemos actuando en el proceso, no sólo en hechos aislados.
Es que la experiencia de fondo, en la que se juega nuestra pertenencia a Cristo, o es la de la unidad o es la de la fragmentación. Si no vivimos al Señor presente en todos los instantes de nuestra vida, no nos sirve. Todos experimentamos esa nostalgia que viene junto con la gracia de un retiro, por ejemplo, de sentir que fue lindo rezar pero que pronto perderemos el fervor con el trajín de la vida cotidiana. El mal espíritu nos mete esta idea de la discontinuidad y nos roba lo mejor de la gracia. No puede hacer que la experiencia de la gracia no sea lo que es: algo definitivo. Pero nos roba ritmo, nos roba continuidad. Pues bien, eso es precisamente lo que nos da la paciencia de Dios, la paciencia infinita e inquebrantable de Jesús, que hila todos los hechos de nuestra existencia en torno a su amor y cada tanto nos devuelve un tapiz allí donde sentíamos que era una maraña de hilos desordenados.
Como ahora, con el Papa Francisco, que nos parece soñar al ver cómo se hace realidad el evangelio y la gente abre el corazón y la mente a la gracia, cuando hace dos semanas parecía que entre el mundo y la iglesia se levantaba un muro de cemento infranqueable.

A creer en su paciencia y a sumarnos a ella nos invita Jesús con su lavatorio de los pies. A dejarnos lavar por él y a lavar con paciencia los pies de los demás. Ninguna otra imagen de la paciencia de Dios es mejor que esta de lavar los pies en aquel mundo de sandalias y caminos de tierra. Ese Jesús paciente que nos espera para lavarnos los pies, es un Jesús encontrable y de presencia constante.
«Durante esta semana santa pensemos:
¿Cómo ha sido la paciencia de Jesús conmigo?
Sólo esto.
Y después saldrá de nuestro corazón una sola palabra:
Gracias, Señor Jesús, por tu paciencia».
Y dame la gracia de ser paciente en mi servicio a mis hermanos.
sandalias_0
Diego Fares sj

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