Domingo de Cuaresma 4 C 2013

Un Padre que trabajó para la libertad de sus hijos
Padre 3
Se acercaban a El todos los publicanos y pecadores para oírlo. Y murmuraban los fariseos y los letrados diciendo: –Este a los pecadores los recibe y come con ellos. Entonces Jesús les propuso a ellos esta parábola diciendo: –Un hombre tenía dos hijos. Y el menor de ellos dijo a su padre: «Padre, dame la parte de la herencia que me corresponde». Y el Padre les repartió el patrimonio. Después de no muchos días, el hijo menor juntando todo, se marchó a tierras lejanas y allí dilapidó su herencia viviendo licenciosamente. Cuando lo había gastado todo, sobrevino una gran hambruna en aquella región, y él comenzó a padecer necesidad. Entonces fue y se arrimó a uno de los ciudadanos de aquella región, quien le mandó a sus campos a apacentar cerdos. Y él ansiaba llenar su estómago con las algarrobas que comían los cerdos, pero nadie se las daba. Y entrando en sí mismo se dijo: « ¡Cuántos jornaleros de mi Padre tienen pan de sobra, mientras que yo aquí me muero de hambre! Me levantaré e iré a mi Padre le diré: Padre, he pecado contra el cielo y contra ti. Ya no soy digno de ser llamado hijo tuyo; trátame como a uno de tus jornaleros». Y levantándose fue a su Padre.
Cuando aún estaba muy lejos, su Padre lo vio, y se conmovió en sus entrañas, salió corriendo a su encuentro, lo abrazó y lo cubrió de besos. El hijo empezó a decirle: «Padre, he pecado contra el cielo y contra ti; ya no soy digno de ser llamado hijo tuyo». Pero el Padre dijo a sus criados: «Rápido, saquen el mejor vestido y vístanlo; pónganle también un anillo en su mano y sandalias en los pies. Y traigan el ternero cebado, mátenlo y alegrémonos (celebremos un banquete de fiesta), porque este hijo mío había muerto y ha vuelto a la vida, se había perdido y lo hemos encontrado». Y comenzaron a alegrarse (festejar).
Su hijo mayor estaba en el campo. Y cuando volvió, al acercarse a la casa, oyó la música y los coros, y llamando a uno de los criados y le preguntó qué eran estas cosas. El criado le dijo: «Ha vuelto tu hermano, y tu padre ha matado el ternero cebado, porque lo ha recobrado sano». Se indignó, entonces, y no quería entrar… pero su Padre saliendo comenzó a rogarle. Pero él respondiendo le contestó: «Resulta que hace tantos años que te sirvo sin haber traspasado jamás tus mandatos, y jamás me diste un cabrito para alegrarnos (celebrar una fiesta) con mis amigos. Pero apenas llegó ese hijo tuyo, que se ha gastado tu patrimonio con prostitutas, mataste para él el ternero cebado». Pero el Padre le respondió: «Hijo, tú estás siempre conmigo, y todas mis cosas son tuyas. Era oportuno alegrarnos y hacer fiesta, porque este hermano tuyo estaba muerto y ha vuelto a la vida, estaba perdido y ha sido encontrado» (Lc 15, 1-3.11-32).

Contemplación
La conversión que Jesús predica es conversión al Padre. A su Padre, a nuestro Padre.
El Padre que habita en nuestro interior y al que no conocemos.
Todo lo que hace el Señor y todas sus parábolas son para animarnos a conocer a un Padre distinto al que nos imaginamos. Un Padre siempre Mayor que todo lo que podamos haber imaginado y lleguemos a imaginar, aún contando con la revelación de Jesús.
Y esto es muy sanador porque detrás de nuestros comportamientos errados –tanto de los que implican gastarnos egoístamente nuestra parte de la herencia como los que nos hacen cumplir con nuestro deber con rigidez y celos amargos-, lo que se esconde es una mala imagen de nuestro Padre Dios.
La parábola Jesús la inventa a propósito de una crítica que los fariseos y letrados murmuran contra su modo de proceder: “Este a los pecadores los recibe y come con ellos” (cuando lo que tendría que hacer es ponerles distancia, al menos “ritual” y no juntarse con los “impuros”).
Hoy en día los fariseos y letrados del mundo –dentro y fuera de la Iglesia- siguen con la misma crítica: Ojo, nos dicen los de afuera, nosotros no creemos pero si eligen un Papa que sea impecable, eh. Miren que hay listas sucias.
Salvando las distancias, creo que si los apóstoles fueran papables, según los criterios de hoy sólo podría ser elegido alguno de los desconocidos. Pablo estaría en la lista de los represores y tendría un juicio abierto por haber consentido tácitamente al apedreamiento de Esteban; de los zelotes Santiago y Juan saldría el audio de algunas de sus intervenciones diciendo que habría que hacer descender fuego del cielo sobre los samaritanos; a Mateo le estarían sacando a luz algún negocio con denarios de plata “blue” en su mesa de dinero; Pedro estaría ahí con la cuestión de sus dudas acerca de pagar los impuestos y, en todo caso, no sería bien visto por sus pares dado lo vergonzoso de sus negaciones al Señor. El mismo Jesús tendría sus objeciones, ya que si bien en lo de no escandalizar a los niños se había mostrado inflexible (con lo de la piedra de molino atada al cuello del que escandaliza) sus comportamientos para con la adúltera y sus opiniones sobre las costumbres en general dejaban mucho que desear en cuanto a pureza doctrinal y podrían ser motivo de confusión para muchas mentes moralmente intachables.

Estos planteos míos, como todo planteo categórico, tiene sus más y sus menos y puede suscitar distintas reacciones: uno ironiza y alguno lo toma bien, otro se indigna, un tercero se queda perplejo y a otro le da lo mismo.

Aquí se ve la diferencia entre nuestros planteos y los del Señor.

¿Qué hace Jesús cuando escucha las murmuraciones? Nos cuenta la parábola más maravillosa que existe para revelarnos en quién se inspira Él y quién es el que justifica su comportamiento: la parábola del Padre misericordioso. Es la parábola que nos permite ver otra realidad y superar nuestros vicios y, sobre todo, la justificación que cada uno hace atacando al vicio opuesto. La parábola corrige tanto a los pródigos como a los rígidos, a los ventajitas y a los celosos, tanto a los progresistas como a los fundamentalistas, a los chantas y a los hipócritas, a los permisivos y los mano dura…
La parábola no nos da un concepto que ponga un justo medio entre estos excesos que se alimentan entre sí.
La parábola nos habla de los excesos de un Padre en sus gestos de misericordia y de diálogo con la esperanza de que se superen todas las rivalidades entre hermanos.

Contemplemos al Padre.
Antes de imaginar su persona, que de alguna manera se nos revela y, al mismo tiempo, nos queda velada, miremos lo que hace. Su actuar aparece como “reactivo”. Al comienzo sólo se nos dice que tenía dos hijos. Jesús no dice nada acerca de cómo los crió, de si faltaba la madre, de cómo había sido su vida familiar anterior. Lo primero que nos narra es la actitud del Padre ante el hijo menor que le exige la parte de la herencia que le corresponde. No hay, por parte del Padre, ni una palabra de recriminación ni ningún intento de hacer cambiar de opinión a su hijo. Esto contrasta con la actitud que tendrá para con el hijo mayor, con el que despliega todo su poder de persuasión. Con el menor, silencio y un repartir el patrimonio que le llevó un tiempo, al menos tanto como esos días que demoró el hijo en juntar todo antes de irse.

Conociendo cómo actuaría el Padre después, sus sentimientos de alegría al recuperar a su hijo, podemos imaginarlo juntando plata, ropas y objetos valiosos, haciendo cuentas y vendiendo ganado, pero con la mente puesta en su hijo, lleno de tristeza no por las cosas sino por su hijo: qué le pasaba que se quería ir, alejar… ¿Qué fue lo que hice mal? ¿No es esa la pregunta de todo padre y de toda madre cuando un hijo se aleja, cuando no se siente cómodo con los valores de la casa?
Ante una postura tomada, ni una palabra por parte del Padre. Sólo la acción, prolija y paciente, de dividir con justicia el patrimonio de manera que el hijo se pueda llevar su parte.
Nos podemos detener en el tiempo que le habrá llevado “repartir” la herencia. Los hijos no se quejaron, así que se ve que la división de bienes fue justa.
Si uno mira a los hermanos, por cómo dilapidó todo podemos imaginar que el menor no se dio mucha cuenta del trabajo que implicaba repartir los bienes y también podemos imaginar la cara del hijo mayor ante cada mitad que apartaba el Padre, ante cada cuenta y cada cálculo.
Si uno se detiene aquí, ya nos tenemos que admirar del Padre.
¿Quién es Este que puede repartir los bienes entre sus hijos sin que estalle la pelea? Porque el hijo mayor reventó después, cuando el otro volvió en la miseria, pero antes no dijo ni mu. Se ve que la división de bienes no le había disgustado del todo. Se libraba de su hermano y el resto iría para él, con todos los “intereses”. Quizás en el fondo se consideraba más astuto que su hermano. En todo caso, como no se quejó, se ve que también era avaro de “su parte”, aunque se moderara y su resentimiento se concentrara en “no me diste ni un cabrito”.

¿Qué es lo que admira del Padre? Yo diría que una cierta “naturalidad” en no haber hecho sentir que era su trabajo el que había construido la herencia familiar de la que gozaban los dos hijos como de algo propio, y algo así como “ya tener todo repartido” que le permitió realizar la división de bienes rápidamente.
Esto supone alguien que ya previó cómo serían las cosas y si logró un patrimonio lo hizo pensando en los otros. Todo lo contrario de esas personas que hacen fortuna de tal manera que no hay cómo tocar nada porque está todo a su nombre o dependiendo de ellos de manera tal que si alguien saca algo se cae todo.
¿Qué fruto sacamos de esta contemplación del Padre “repartiendo los bienes” en silencio y expeditivamente?
Yo diría que una profunda admiración viendo el mundo tal como naturalmente es (incluso con todas las injusticias históricas que hemos establecido los hombres), cómo las cosas tienen una cierta “sabiduría” que hace sentir que “son para todos y que cada uno puede reclamar su parte”, como de hecho todos hacemos. Hay una contentura básica con lo que uno es y tiene que permite darse cuenta de cómo son las otras cosas y medir si es justo o no lo que está socialmente repartido. El que uno reclame “su parte” supone una generosidad básica en la creación del mundo, en el que todos los bienes están abiertos para todos. El “todo lo mío es tuyo” es el cartel que el Padre le puso a cada cosa, a cada estrella y cada sol, a cada montaña y océano, a cada prado y a cada animal viviente… Podría haber creado las cosas con carteles de prohibición, como la que tenía el árbol de la ciencia del bien y del mal, el único con prohibición y justamente el que comimos para perdición.

De esta contemplación de lo que hace podemos inferir Quién es, cómo es como Persona este Padre que no sólo respeta la libertad de sus hijos sino que trabajó de tal manera sus bienes que posibiliten la libertad más plena. Porque no sería real una libertad humana que no dispusiera de todo el universo como “parte suya” con la que puede hacer lo que quiera. Este Padre que respeta con infinita tristeza la libertad que se aleja de Él y dilapida sus bienes, es el mismo que luego abraza con infinita alegría la libertad del hijo que regresa a pedir perdón y lo colma con nuevos bienes. Es también el mismo Padre que respeta la libertad del hijo mayor y dialoga con él sin imponerle nada.
¿Cómo es como Persona este Padre? Es Alguien sumamente Libre y que estimula la libertad. No está atado a nada fuera de su Amor y este amor no exige deudas ni reclama sumisión. Sólo espera ser amado, libremente también y no por miedo, conveniencia o puro deber.
El que nos cuenta esto (y él no aparece) es Jesús.
Miren qué Padre tenemos, nos dice.
No se lo pierdan. Relaciónense con Él.
No importa cómo se sienten ustedes, no se pierdan su abrazo, no se pierdan su charla con Él.
Vayan pensando qué le dirán –si que no son dignos o si que siempre cumplieron todo-, no importa, digan lo que les salga del corazón, Él tiene un abrazo y una palabra para cada uno. Acerquensé, que se les liberará el corazón y sentirán el placer que da sentirse hijos, amados, libres, aceptados, animados a más.
Miren lo que se les ha repartido y se darán cuenta de Quién es el que se lo dio.
Diego Fares sj