Vigilia Pascual C 2010

El efecto Francisco o “Frutos de la Resurrección”
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Lucas se centra en la experiencia comunitaria de las discípulas
Las mujeres fueron al sepulcro llevando los perfumes aromáticos que habían preparado. Y encontraron la piedra corrida a un lado del sepulcro y habiendo entrado, no hallaron el cuerpo del Señor Jesús. Y aconteció, en su perplejidad a causa de esto, que de pronto se les presentaron dos varones con vestiduras deslumbrantes. Como quedaron amedrentadas inclinando sus rostros hacia el suelo, ellos les dijeron: « ¿A qué buscan al Viviente entre los muertos? No está aquí, resucitó (se puso en pie). Recuerden cómo les habló cuando aún estaba en Galilea, diciendo: «Es necesario que el Hijo del hombre sea entregado en manos de los pecadores, que sea crucificado y que al tercer día se levante.»» Y se acordaron de sus palabras. Vueltas del sepulcro, anunciaron todas estas cosas a los Once y a todos los demás. Eran María Magdalena, y Juana, y María, la madre de Santiago; y las demás mujeres que las acompañaban dijeron esto mismo a los Apóstoles. Y parecieron a sus ojos como vacías de sentido estas palabras y no las creyeron. Pedro, sin embargo, levantándose fue corriendo al sepulcro, y agachándose, ve (que estaban) sólo las sábanas de lino fino, y se volvió a casa, admirándose de lo acontecido”

Juan pone el acento en la experiencia de Simón Pedro en relación con Magdalena y con Juan
El primer día de la semana, de madrugada, cuando todavía estaba oscuro, María Magdalena fue al sepulcro y vio que la piedra había sido sacada
María Magdalena corrió al encuentro de Simón Pedro y del otro discípulo al que Jesús amaba, y les dijo: “Se han llevado del sepulcro al Señor y no sabemos dónde lo han puesto”.
Pedro y el otro discípulo salieron y fueron al sepulcro. Corrían los dos juntos, pero el otro discípulo corrió más rápidamente que Pedro y llegó antes. Asomándose al sepulcro, vio las vendas en el suelo, aunque no entró. Después llegó Simón Pedro, que lo seguía, y entró en el sepulcro; vio las vendas en el suelo, y también el sudario que había cubierto su cabeza; éste no estaba con las vendas, sino enrollado en un lugar aparte.
Luego entró el otro discípulo, que había llegado antes al sepulcro: él también vio y creyó. Todavía no habían comprendido que, según la Escritura, él debía resucitar de entre los muertos.

Contemplación
Si leemos juntos los evangelios de Lucas y Juan, lo primero que resalta son dos tipos de experiencia de fe: las discípulas experimentan y dan testimonio en común, Pedro y Juan hacen cada uno su propia experiencia de los signos de la resurrección y “eligen poner a su experiencia la misma palabra de la escritura”.

Las tres discípulas –María Magdalena, Juana y María la madre de Santiago- van juntas al sepulcro de madrugada, ven a los dos ángeles y escuchan su mensaje juntas y corren a anunciar todo a los discípulos, también juntas. Se ve que de pasada se les unieron todas las demás discípulas porque Lucas nos cuenta que “las demás mujeres que las acompañaban dijeron esto mismo a los Apóstoles”.

Juan en cambio pone el acento en la diferencia de las reacciones individuales. Concentra toda lo que vivieron las discípulas en María Magdalena (que participa de ambos grupos con una relación fluida: es como la referente entre las mujeres y la que dialoga de igual a igual con los apóstoles) y va detallando prolijamente no el hecho mismo de la resurrección sino cómo impacta en cada mente y en cada corazón.
En María Magdalena la experiencia del sepulcro vacío se vuelve un acudir de inmediato a sus referentes: Pedro y a Juan. Ella anuncia fielmente lo que sucede, tanto su primera desazón al ver que “se han llevado del sepulcro al Señor y no sabemos dónde lo han puesto”, como su alegría al anunciar que “ha visto al Señor y le ha encomendado estas palabras”.
María experimenta en su interior la fuerza expansiva de la resurrección que la hace salir de sí y correr a la comunidad antes aún de ver al Resucitado. Después de que los dos amigos se vayan ella permanecerá junto al sepulcro y Jesús la llamará por su nombre. Y de nuevo será enviada a anunciar la resurrección a los demás.
Desde la comunidad de las discípulas, el anuncio llega a la comunidad de los discípulos, que no les creen. En conjunto, no les creen.
Sin embargo, Simón Pedro y Juan intuyen que hay algo más y corren al sepulcro para ver las cosas por sí mismos.
El efecto que logra Juan es increíble. Nos lleva a contemplar cómo los dos se emparejan en la fe y llegan a creer al mismo tiempo. La noticia de María Magdalena hace que Simón Pedro y Juan salgan del cenáculo al unísono. Si se pudiera filmar la escena los veríamos a los dos corriendo juntos de madrugada por la ciudad. Juan destaca sus diferencias con Simón –él corrió más rápido y llegó antes, se asomó y vio las vendas en el suelo, pero no entró-, para luego contar lo que experimenta Simón Pedro y decir, dando la primacía al elegido del Señor como Piedra y representante suyo: “el también vio y creyó”. Ese también indica que Juan creyó primero pero no valora tanto eso sino su segundo acto de fe que fue al unísono con el de Simón Pedro. No podemos no imaginar la mirada que se cruzaron y lo que sintieron al mismo tiempo: “es que todavía no habían comprendido que, según la Escritura, él debía resucitar de entre los muertos”. La escena describe ese caer en la cuenta en común de dos amigos que, sin necesidad de palabras, se dicen “¿Viste? ¡Qué increíble!” con la mirada y es tan común lo que sienten que primero tienen que vivirlo mirándose y mirando las vendas y el sudario enrollado en un lugar aparte, para después comenzar a expresarlo con palabras.
El recuerdo de la Escritura “consolida” como fe común lo que es experiencia individual, intransferible. Es el recuerdo de la Escritura y de las Palabras que Jesús les había dicho lo que plasma la fe en el corazón y en la mente con una formulación única y común que edifica el dogma, lo que se cree como indiscutible y que no necesita argumentación porque se lo ha vivido en común. La experiencia de que “era cierto lo que Jesús les había dicho” es lo que ilumina el “hecho de la resurrección”. Los que fueron testigos de toda la vida de Jesús, de las resurrecciones que despertaba en cada pequeño gesto de su vida allí donde había muerte, pueden abrir el corazón y la mente y dejar que se les expanda a la medida de la absoluta novedad de la resurrección.
Ellos habían visto a Jesús resucitando todo a su paso: les resucitó la esperanza de tener un Mesías, les resucitó la alegría de que el pueblo los entendiera al predicar el evangelio de su Maestro, les resucitó la fuerza de la vida que vence toda enfermedad, les resucitó el sentimiento de que es posible la vida en comunidad sin rivalidades ni competencias, les resucitó la imagen primordial del Padre misericordioso…, Jesús les había ido resucitando todo y por eso, cuando él resucitó de su muerte, ellos pudieron asumir este hecho e integrarlo en todo lo que habían vivido.

Algo así ha sucedido en estos días y está sucediendo con eso que los medios llaman “el efecto Francisco” (el Vendaval Francisco). Sería más lindo decir “los frutos de Francisco”. Su elección y sus apariciones en estos días van resucitando todo a su paso. Todo lo que hizo en lo escondido y particular de su vida como uno más cobra relieve mundial y aparece como transfigurado a los ojos de la gente maravillada.
La alegría que ha invadido al mundo cristiano y al mundo que goza (y sufre) de la esfera de irradiación de lo cristiano, tiene los signos de la Resurrección.
Toda otra explicación es reductiva. Cristo Resucitado da frutos de resurrección y de vida y hay momentos en que estos frutos, que están siempre vivos y dulces en el corazón de los que lo aman – de los santos, de los contemplativos, de los sencillos, de los servidores, de los humildes-, de golpe, por pura gracia del Espíritu, eclosionan, se “transfiguran” e irradian a todo el mundo. Los frutos del Espíritu se imponen con el brillo de su autenticidad y la contundencia de su bondad, y los medios –habituados a la dinámica de dar noticias- sintonizan con la dinámica de la buena noticia y los replican y anuncian como si siempre hubieran estado hablando de Jesús.
Así fue la dinámica de la buena noticia de la resurrección: se impuso como un todo y luego cada uno la fue aceptando según su capacidad y deseo. El boca a boca del evangelio no es posible sin este “todo” que se regala como “un cambio de clima espiritual”. Así lo expresaba ayer en la Tele el Rabino Bergman y yo sentía que no podía creer lo que escuchaban mis oídos al ver cómo un rabino hablaba de “nuestro querido Pastor Jorge, ahora Papa Francisco”, y les explicaba a los periodistas (algunos cristianos y otros contras) con mansedumbre y convicción “lo que había hecho Francisco y lo que iba a hacer –pacificarnos a los argentinos, como primera tarea, decía-. Me parecía ver a un nuevo San Pablo, convenciendo no a los judíos sino ¡a los cristianos! de las bondades del Papa.
Y de golpe todos entendían. Como dijo una joven amiga: lo que me impresiona es que a Francisco le entiendo. Otros predican lindo y creo lo que dicen, pero a Francisco le entiendo.
Pues bien ¡Eso es Pentecostés!
Qué alguien se haga entender por cardenales, periodistas, menores encarcelados, empleados del vaticano, presidentas de naciones, activistas de izquierda, actrices de cine, patriarcas ortodoxos, jerarcas chinos y diarieros de la esquina, es un “fruto del Espíritu Santo de Jesús resucitado”.
Es que más allá de “lo que dice” Francisco –que siempre es hermoso, simple y posible de practicar, como cuando nos dijo como de paso, en la madrugada del 13 “¡qué lindo es rezar!” y muchos, con eso solo, recuperamos las ganas de rezar- todo el mundo está esperando “a ver qué va a decir” y, mejor aún, “a ver qué es lo que va a hacer”. Ya lo gozamos en anticipo. Pues bien, ¡eso es la esperanza!
Esta atracción es fruto del Padre, que atrae a todos a Jesús. Y del Espíritu que hace confesar a toda lengua: “Ese gesto es bien de Jesús. Jesús es el Señor”. Pues bien, confesar así, con la boca y el corazón: ¡Eso es la fe!
Y toda esta fe y esta esperanza no brotan de otro lado sino de la gran caridad de Francisco, que irradia intensamente en cada sonrisa suya, y en cada gesto.

Diego Fares sj

Viernes Santo C 2013

Él cargó nuesJesusPassionGibson-300x204tras culpas…

Isaías
“Despreciable y desecho de hombres, varón de dolores y sabedor de dolencias, como uno ante quien se oculta el rostro, despreciable, y no le tuvimos en cuenta. ¡Y con todo eran nuestras dolencias las que él llevaba y nuestros dolores los que soportaba! Nosotros le tuvimos por azotado, herido de Dios y humillado. El ha sido herido por nuestras rebeldías, molido por nuestras culpas. El soportó el castigo que nos trae la paz, y con sus llagas hemos sido curados. Todos nosotros erramos como ovejas, cada uno marchó por su camino, y el Señor descargó sobre él la culpa de todos nosotros. Fue oprimido, y él se humilló y no abrió la boca. Como un cordero al degüello era llevado, y como oveja que ante los que la trasquilan está muda, tampoco él abrió la boca. Tras su arresto y juicio fue arrebatado, y de sus contemporáneos, ¿quién se preocupa? Fue arrancado de la tierra de los vivos; por las rebeldías de su pueblo ha sido herido (Is 53).
Hebreos
“No tenemos un sumo sacerdote incapaz de compadecerse de nuestras debilidades, sino que ha sido probado en todo exactamente como nosotros, menos en el pecado. Por eso, acerquémonos con seguridad al trono de la gracia, para alcanzar misericordia y encontrar gracia que nos auxilie oportunamente” (Hb 5).

Juan
Durante la cena, cuando ya el diablo había puesto en el corazón a Judas Iscariote, hijo de Simón, el propósito de entregarle… (Jn 13, 2).
Judas, pues, llega allí (al Huerto de los Olivos) con la cohorte y los guardias enviados por los sumos sacerdotes y fariseos, con linternas, antorchas y armas (18, 3).
Entonces la cohorte, el tribuno y los guardias de los judíos prendieron a Jesús, le ataron y le llevaron primero a casa de Anás, pues era suegro de Caifás, el Sumo Sacerdote de aquel año. Caifás era el que aconsejó a los judíos que convenía que muriera un solo hombre por el pueblo (18, 12-14).
… Apenas dijo esto, uno de los guardias que allí estaba, dio una bofetada a Jesús, diciendo: « ¿Así contestas al Sumo Sacerdote? » Jesús le respondió: « Si he hablado mal, declara lo que está mal; pero si he hablado bien, ¿por qué me pegas? » Anás entonces le envió atado al Sumo Sacerdote Caifás (18, 23-24).
… De la casa de Caifás llevan a Jesús al pretorio. Era de madrugada. Ellos no entraron en el pretorio para no contaminarse y poder así comer la Pascua. Salió entonces Pilato fuera donde ellos y dijo: « ¿Qué acusación traéis contra este hombre? » Ellos le respondieron: « Si éste no fuera un malhechor, no te lo habríamos entregado. » Pilato replicó: « Tomadle vosotros y juzgadle según vuestra Ley. » Los judíos replicaron: « Nosotros no podemos dar muerte a nadie » (18, 28-31).
… Volvió a salir Pilato y les dijo: « Mirad, os lo traigo fuera para que sepáis que no encuentro ningún delito en él. » Cuando lo vieron los sumos sacerdotes y los guardias, gritaron: « ¡Crucifícalo, crucifícalo! » Les dice Pilato: « Tomadlo vosotros y crucificadle, porque yo ningún delito encuentro en él. » Los judíos le replicaron: « Nosotros tenemos una Ley y según esa Ley debe morir, porque se tiene por Hijo de Dios. » (19, 4-7).
… Entonces se lo entregó para que fuera crucificado. Tomaron, pues, a Jesús, y él cargando con su cruz, salió hacia el lugar llamado Calvario, que en hebreo se llama Gólgota, y allí le crucificaron y con él a otros dos, uno a cada lado, y Jesús en medio (18, 16-18).

Contemplación
¿Qué es, precisamente, lo que carga Jesús sobre sí que nos libera a nosotros?
Nuestros pecados, decimos, siguiendo la Escritura. Isaías amplía más: Jesús carga nuestras dolencias, nuestros dolores, nuestras rebeldías, el castigo que merecíamos, nuestras iniquidades…, nuestras culpas.
Hebreos dice que “fue probado en todo, experimentó todas nuestras debilidades”. Cargó todos nuestros males.
En el relato de Juan, si uno sigue el proceso de Jesús, cómo se lo pasan de uno al otro, lo que se ve y llama poderosamente la atención, es cómo el mal deseo que desata el Diablo en el corazón de Judas, termina crucificando a Jesús sin que nadie se haga cargo, sin que nadie quiera tener la culpa: Pilato hace lo que quieren los judíos, los judíos hacen lo que dice la ley. Judas se arrepiente y devuelve el dinero. Pilato se lava las manos. Los judíos instigan al Procurador que les dice que se lo entrega a ellos, pero los que lo clavan son soldados romanos…
Esta maquinaria perversa en la que todos son cómplices pero nadie se hace cargo es, quizás, para nuestra sensibilidad moderna, “lo que Jesús carga sobre sí” sin abrir la boca, como corderito inocente llevado al matadero.
¿Qué suscita en nosotros la imagen del Cordero inocente? Lo primero es un dolor inmenso e insoportable por lo injusto. Un dolor que suscita indignación. La injusta muerte de los inocentes es el pecado que más indigna a nuestra sociedad. Lo vemos en la desesperación que causa en unos y en la sed de justicia que despierta en otros. Sed que en muchos se convierte en necesidad de encontrar un chivo expiatorio, sin que importe mucho quién sea: pero que alguien pague.
“Alguien tiene que pagar”. “Que el que las hace, las pague”.
Ese “alguien tiene que pagar” es, según el etnólogo René Girard, es un mecanismo cultural sobre el que se construye toda paz social: matando a un chivo expiatorio común se unen los enemigos y logran un tiempo de paz. Esto que expresa Caifás -conviene que uno muera por el pueblo-, Girard dice que está en los cimientos de toda ciudad humana. Teológicamente se dice que “es para aplacar a la divinidad que está airada y exige reparación”, pero se trata de una proyección de la ira mutua entre los hombres, que se aplaca descargándola contra un tercero. Algo así como “el odio al enemigo común amiga a los que se odiaban mutuamente”.
En el fondo de esta teoría del chivo expiatorio está la concepción de que el espíritu humano es esencialmente imitativo, mimético: uno desea lo que desea el otro. Al niño le llama la atención no tanto el juguete que tiene su hermanito, que puede ser igual al suyo, sino cómo su hermanito juega con alegría y posee su juguete. Por eso deja el propio y le quita a su hermano el suyo. En la ira, la mímesis es típica y hasta patética: los enemigos utilizan los mismos medios que critican al otro y hasta ponen las mismas caras… El chivo expiatorio sacrificado en común por ambos contendientes rompe la fascinación mimética y descarga la ira contra un tercero. Por eso hace sentir a los enemigos que se liberan de su ira y se pacifican entre sí, por un tiempo…
Más allá de las teorías de Girard, lo que importa no es tanto si los hombres actuamos así sino si existe Alguien capaz de “ser” realmente Cordero expiatorio y si nos redime devolviéndonos la vida que nos falta y no solamente restableciendo la justicia.
Digo “si existe” Alguien que realmente pueda hacerse cargo de las culpas, porque los que elegimos los hombres como chivos expiatorios, sueles ser simples “perejiles” como se dice. Y aún los más culpables de los culpables, en los grandes crímenes como los holocaustos y genocidios, lo que se ve es que el mal que desencadenan o al que “asienten tácitamente” los excede. No alcanza el corazón humano a asumir el vacío infinito que dejan las muertes inocentes. No alcanza con que alguien sea castigado. El castigo aplaca la sed de venganza, quizás, pero produce más vacío al morir también el culpable.
Los seres humanos comunes vivimos tratando de zafar a que nos conviertan en chivo expiatorio o convirtiendo en chivos expiatorios a los demás. Jesús nos libra de estos juegos perversos, juegos de víctimas y victimarios, en los que estamos directa o indirectamente metidos y sometidos.
Por eso, lo que sucede con Jesús es único. Lo que vale y conmueve en Jesús es que “pudo” y “quiso” asumir realmente la culpa y con amorosa libertad la cargó sobre sí, le quitó su fuerza atemorizante y se confió en las manos del Padre que lo resucitó de entre los muertos.
En Jesús vemos cómo se transforma lo que para nosotros es “fatalmente” ser víctimas o victimarios, sufrir castigos o aplicarlos. No podemos decir que el Padre “castiga” a Jesús en vez de castigarnos a nosotros. No se trata de castigo porque lo que sucede entre el Padre y el Hijo bajo la acción del Espíritu Santo es purísimo amor, fruto de una purísima libertad. Lo peor que puede pasar (la condena a la cruz de un inocente) es asumido por Jesús libremente y ofrecido al Padre con todo su amor para dar testimonio de que aún en esa lejanía del amor del Padre y en ese vacío de la muerte, el amor es más fuerte y no hace falta defenderse ni atacar a otros. Este amor de Jesús es el que nos quita el miedo a la muerte, del cual brotan los mecanismos del pecado.
Agradecemos al Señor su generosidad al besar sus pies crucificados y dejamos que su amor redentor lave nuestras culpas y nos libere de la esclavitud del pecado.
Diego Fares sj

Jueves Santo C 2013

Gracias, Señor Jesús, por tu paciencia conmigo

Bergoglio Jueves Santo

“Antes de la fiesta de la Pascua, sabiendo Jesús que había llegado su hora de pasar de este mundo al Padre, habiendo amado a los suyos que estaban en el mundo, los amó hasta el extremo. Durante la cena, cuando ya el diablo había puesto en el corazón a Judas Iscariote, hijo de Simón, el propósito de entregarle, sabiendo que el Padre le había puesto todo en sus manos y que Él había venido de Dios y volvía a Dios, se levantó de la mesa, se sacó el manto y, tomando una toalla, se la ciñó a la cintura. Luego echó agua en una palangana y empezó a lavar los pies a los discípulos y a secárselos con la toalla que tenía en la cintura. Cuando se acercó a Simón Pedro, este le dijo: “¿Tú, Señor, me vas a lavar los pies a mí?” Jesús le respondió: “No puedes comprender ahora lo que estoy haciendo pero después lo comprenderás”. “No –le dijo Pedro- ¡Tú jamás me lavarás los pies a mí!”. Jesús le respondió: “Si no te lavo, no tienes parte conmigo”. “Entonces, Señor, -le dijo Simón Pedro- no sólo los pies sino también las manos y la cabeza”. Jesús le dijo: “El que se ha bañado no necesita lavarse más que los pies, porque está completamente limpio. Ustedes también están limpios, aunque no todos”. El sabía quién lo iba a entregar (…). Después de haberles lavado los pies, se puso el manto, volvió a la mesa y les dijo: “¿Comprenden lo que acabo de hacer con ustedes? Ustedes me llaman Maestro y Señor, y tienen razón porque lo soy. Si Yo que soy el Señor y el Maestro, les he lavado los pies, ustedes también deben lavarse los pies unos a otros. Les he dado el ejemplo para hagan lo mismo que yo hice con ustedes” (Jn 13, 1 ss.).

Contemplación
Dice San Gregorio Nacianceno: “¡Vamos a participar de la Pasión…! Si eres Simón Pedro, deja que el Señor te lave los pies…”
En la misa del Lunes Santo, el Papa Francisco nos regaló una perla preciosa para la contemplación:
«Durante esta semana santa pensemos:
¿Cómo ha sido la paciencia de Jesús conmigo?
Sólo esto.
Y después saldrá de nuestro corazón una sola palabra:
Gracias, Señor Jesús, por tu paciencia».

¡La Paciencia de Dios, la paciencia de Jesús: ese es el misterio!

En la escena que le hace Simón Pedro a Jesús, la paciencia del Señor tiene mucho de paciencia de mamá con su hijito que no se quiere dejar lavar. Detrás del renegar de Simón Pedro y de la insistencia del Maestro hay una imagen primordial de la vida de familia. Todos hemos renegado de chicos cuando nuestra madre nos decía que era la hora del baño, para luego, contentos, no querer salir del agua. También es una escena típica en el Hogar de San José, la del que no se quiere bañar y luego que entra a la ducha calentita no quiere salir.
Así nos sucede con Jesús y con su gracia, con toda esa esfera de influencia benéfica que llamamos Reino de los Cielos: primero nos cuesta entrar y luego no queremos salir.

Nos detenemos un momento a contemplar la paciencia sabia de nuestro Buen Maestro, cómo se sitúa gestualmente en la situación justa, como inventa y crea esa situación que hace que interactuemos con él y aprendamos lo que nos quiere enseñar. Porque esta acción el Señor la hace explícitamente en clave pedagógica: “¿Comprenden lo que acabo de hacer con ustedes? Ustedes me llaman Maestro y Señor, y tienen razón porque lo soy. Si Yo que soy el Señor y el Maestro, les he lavado los pies, ustedes también deben lavarse los pies unos a otros. Les he dado el ejemplo para hagan lo mismo que yo hice con ustedes”.
El Señor crea una situación que saca a la luz nuestra resistencia a ser lavados y también nuestro gusto (“no solo los pies sino también las manos y la cabeza”, “aquí también, mamá”).
La idea de lavar los pies le debe haber venido al Señor luego de que María le ungiera los suyos con perfume y Judas expresara su fastidio. El Señor, que lee en los corazones humanos, pesca esos lugares existenciales en los que el mal espíritu intenta encarnarse y mezcla su mala intención con nuestras reacciones más espontáneas. Allí, precisamente, se mete el Señor y se implica (se saca el manto y se ciñe la toalla y agarra nuestros pies con sus manos) de manera que la gracia se encarne y se una –indivisa e inconfusamente- con nuestras pasiones y afectos más naturales.
En la unción de María el que se impacientó fue Judas, en el lavatorio, curiosamente, fue Simón Pedro. Pedro experimenta las mismas tentaciones que Judas. Pero con la gracia y la enseñanza paciente de su amigo Jesús las rechaza y se fortalece en la fe.
Y si Jesús es paciente en enseñar, Pedro es, en igual medida, paciente en aprender y en dejarse formar.
Quizás seas esta la enseñanza honda del evangelio de hoy: la paciencia de Jesús es dialogal, requiere de nuestra paciencia. El Señor no se cansa de lavar, somos nosotros los que nos cansamos de dejarnos lavar.
Más que al hecho de lavar los pies, imagen del servicio concreto de misericordia, la invitación del Señor a imitarlo apunta a su paciencia.
El servicio genera resistencia -¿no es esto precisamente lo que a veces nos descorazona?: ‘Si te estoy sirviendo ¿por qué te resistís, y, más aún, por qué cuestionás mi acción’?-.
El Señor se conecta con nuestras reacciones primarias –la resistencia y luego el gusto de ser lavados por nuestra madre- y vence nuestras resistencias y pataleos. Vemos cómo Jesús ejercita la paciencia con su amigo Simón Pedro y le explica, con delicadeza pero firmemente, que “si no te lavo no tienes parte conmigo”.
La gracia grande del acompañamiento espiritual es la de conectar a cada persona con la paciencia de Dios para con ella. Esta conexión –que se capta con la fe- alegra el corazón porque unifica toda la vida. Al fijar los ojos en la paciencia de Jesús lo vemos actuando en el proceso, no sólo en hechos aislados.
Es que la experiencia de fondo, en la que se juega nuestra pertenencia a Cristo, o es la de la unidad o es la de la fragmentación. Si no vivimos al Señor presente en todos los instantes de nuestra vida, no nos sirve. Todos experimentamos esa nostalgia que viene junto con la gracia de un retiro, por ejemplo, de sentir que fue lindo rezar pero que pronto perderemos el fervor con el trajín de la vida cotidiana. El mal espíritu nos mete esta idea de la discontinuidad y nos roba lo mejor de la gracia. No puede hacer que la experiencia de la gracia no sea lo que es: algo definitivo. Pero nos roba ritmo, nos roba continuidad. Pues bien, eso es precisamente lo que nos da la paciencia de Dios, la paciencia infinita e inquebrantable de Jesús, que hila todos los hechos de nuestra existencia en torno a su amor y cada tanto nos devuelve un tapiz allí donde sentíamos que era una maraña de hilos desordenados.
Como ahora, con el Papa Francisco, que nos parece soñar al ver cómo se hace realidad el evangelio y la gente abre el corazón y la mente a la gracia, cuando hace dos semanas parecía que entre el mundo y la iglesia se levantaba un muro de cemento infranqueable.

A creer en su paciencia y a sumarnos a ella nos invita Jesús con su lavatorio de los pies. A dejarnos lavar por él y a lavar con paciencia los pies de los demás. Ninguna otra imagen de la paciencia de Dios es mejor que esta de lavar los pies en aquel mundo de sandalias y caminos de tierra. Ese Jesús paciente que nos espera para lavarnos los pies, es un Jesús encontrable y de presencia constante.
«Durante esta semana santa pensemos:
¿Cómo ha sido la paciencia de Jesús conmigo?
Sólo esto.
Y después saldrá de nuestro corazón una sola palabra:
Gracias, Señor Jesús, por tu paciencia».
Y dame la gracia de ser paciente en mi servicio a mis hermanos.
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Diego Fares sj

Domingo de Ramos 2013 C

Llenos de alegría…a_opt (1)

Y habiendo dicho esto, marchaba por delante subiendo a Jerusalén.
Y sucedió que, al aproximarse a Betfagé y Betania, al pie del monte llamado de los Olivos, envió a dos de sus discípulos, diciendo: « Vayan al pueblo que está enfrente y, entrando en él, encontrarán un pollino atado, sobre el que no ha montado todavía ningún hombre; desátenlo y tráiganlo. Y si alguien les pregunta: «¿Por qué lo desatan?», dirán esto: «Porque el Señor lo necesita.» » Fueron, pues, los enviados y lo encontraron como les había dicho.
Cuando desataban el pollino, les dijeron los dueños: « ¿Por qué desatan el pollino? »
Ellos les contestaron: « Porque el Señor lo necesita. » Y lo trajeron donde Jesús; y echando sus mantos sobre el pollino, hicieron montar a Jesús. Mientras él avanzaba, extendían sus mantos por el camino. Cerca ya de la bajada del monte de los Olivos, toda la multitud de los discípulos, llenos de alegría, se pusieron a alabar a Dios a grandes voces, por todos los milagros que habían visto. Decían: « Bendito el Rey que viene en nombre del Señor! Paz en el cielo y gloria en las alturas. » Algunos de los fariseos, que estaban entre la gente, le dijeron: « Maestro, reprende a tus discípulos. » Respondió: « Les digo que si éstos callan gritarán las piedras. » (Lucas 19, 28-40)

Contemplación
San Gregorio Nacianceno tiene una hermoso Sermón llamado “Vamos a participar de la Pascua” en el que nos va diciendo “Si eres el Cirineo, toma tu cruz y sigue a Cristo. Si estás crucificado con él como un ladrón, como el buen ladrón confía en tu Dios (…) Adora al que por ti fue crucificado, e, incluso si estás crucificado por tu culpa, saca provecho de tu mismo pecado y compra con tu muerte tu salvación. Entra en el paraíso con Jesús y descubre de qué bienes te habías privado. Contempla la hermosura de aquel lugar y deja que, afuera, quede muerto el murmurador con sus blasfemias…”.
Y sigue: “Si eres José de Arimatea…, si eres Nicodemo…, si eres la Magdalena…”.
Es una linda manera de contemplar, bien ignaciana, metiéndonos en la escena para sacar provecho de la Pasión del Señor.

Centrándonos en Cristo, en lo que hace y dice el Señor, nos identificamos con los personajes que dialogan e interactúan con él más de cerca.

Si eres Zaqueo….: no mirés a los otros, hacé que Jesús te mire a vos

La de Zaqueo es una linda imagen para comenzar la Pascua. Es con este “hombre de baja estatura” que Jesús tiene el último encuentro antes de “marchar delante de los suyos subiendo a Jerusalén” (Lc 19, 27).

Jesús viene de Jericó, ciudad imagen de este mundo, donde el jefe de los publicanos se ha subido a un sicómoro para verlo pasar y el mismo Señor se ha invitado a comer en su casa.
Es una linda entrada ya que en estos días hemos asistido a una multitud de encuentros de este tipo entre el Papa Francisco y muchos “publicanos modernos” que se han emocionado y han sido capaces de dar testimonio público al ver en Jesús una esperanza para hacer ese cambio de vida que todos anhelamos en el fondo de nuestro corazón.
Si sos D’Elía podés twitear: “Vi en el diario una linda imagen del Papa con la Presidenta. Hoy es un día distinto”.
Si sos Hebe podés escribirle: “Don Francisco, no sabía de su actividad pastoral en las villas…”.
Si sos Cristina podés decirle: “Puedo tocarlo” y quizás el Señor te de un beso en la mejilla, como hizo el Papa con ella…

Digo esto para que te salgas si es que sin darte cuenta te pusiste del lado de los que dicen siempre: “Este recibe a los pecadores”.
O, en todo caso, si sos de los que no dudan del Papa, fijate si no te pusiste al lado de los que dudan de la “estatura moral” de los que ahora se le acercan…

Nada de quedar del lado de los murmuradores. Vamos por el lado de los petisos.
Vamos a participar de la Pasión. Por eso “Si sos Zaqueo…” no mirés a los otros, si son más o menos publicanos que vos. Subite a la higuera que encuentres y lográ que Jesús te mire a vos en esta Semana Santa. Hacé de cuenta de que Jesús es Francisco y mandale un mensajito, un Twitter o un mail o préndete a la TV o andá a algún lugar donde sepas que él va a estar (en Roma estará en una cárcel para menores lavando los pies, y si hubiera estado aquí lo habrías podido encontrar en el Hogar de San José adonde quería ir a lavar los pies el Jueves Santo).

Si sos uno de los dos discípulos que mando a buscarle una burra…, alegrate de ser de los invisibles a los que Jesús mira
Puede ser que en esta Pascua no te toque nada importante. Es más, puede que nunca te haya tocado y que seas una persona común, sin ninguna anécdota extraordinaria, como la de Zaqueo.
Te podés identificar entonces con estos dos discípulos que Jesús mandó a que le consiguieran el asna y su burrito, sobre el que se montó luego para entrar en Jerusalén. Yo no sabía que los romanos despreciaban a los asnos y eso me hizo pensar en cómo el Señor tenía pensados y elegidos cada uno de sus gestos, todos los de su vida, por supuesto, pero de manera muy rezada y cuidadosamente elegidos los de la semana de la pasión. Por eso, identificarse con alguno de esos discípulos anónimos, que estaban para lo que se necesitara, es tan provechoso o más que identificarse con los personajes sobresalientes. De hecho, no hay personajes sobresalientes en la Pasión. Sólo Jesús es el protagonista. Y los que tuvieron papeles secundarios, como la Verónica que le limpió el rostro, fueron luego los más conocidos, aunque no por su propio nombre sino más bien por el de su acción: “Verónica = verdadero icono”.
Cómo llamaríamos a estos discípulos que fueron a buscar la burra y su burrito. Quizás “los transportistas” como se llama a sí misma una persona amiga a quien le gusta siempre definirse por lo que hace: “al fin y al cabo yo solo soy la transportista, que traigo la comida al Hogar”. Puede ser lindo entrar en la pasión poniéndonos el nombre de discípulo y agregándole el de algún oficio que tenemos en la comunidad. Discípulo cocinero, discípula lavandera, discípulo secretario, discípula maestra… Y mejor aún si a discípulo le agregamos el de algún trabajito inesperado que nos encomiendan en estos días. Hay que estar atentos porque por ahí uno piensa que la gracia de su encuentro con Jesús la logrará estando de espectador en primera fila de alguna ceremonia y resulta que termina de pinche reemplazando a alguno en una tarea “secundaria”. Seguro que allí se encontrará con un Jesús agradecido que aprovecha sus servicios.
Ayer el Papa Francisco les celebró una misa privada a los que atienden la limpieza del Vaticano y a los encargados de los jardines. Y lo hizo de mañanita porque estos trabajadores son los que no pueden asistir a las otras ceremonias. Son “los invisibles” como dijo una de las empleadas y sentí que lo decía con esta alegría de que hablo, de sentirse “discípula-recolectora de basura”, “discípula-jardinera” a quien el Papa le dedica una misa especial a primera hora de la mañana.

Si sos uno de entre la gente que llevaba sus ramos… alegrate de ser infalible “en tu modo de creer”

Dice Lucas que “Mientras él avanzaba, la gente extendía sus mantos por el camino. Cerca ya de la bajada del monte de los Olivos, toda la multitud de los discípulos, llenos de alegría, se pusieron a alabar a Dios a grandes voces, por todos los milagros que habían visto. Decían: ‘Bendito el Rey que viene en nombre del Señor! Paz en el cielo y gloria en las alturas.’ Algunos de los fariseos, que estaban entre la gente, le dijeron: ‘Maestro, reprende a tus discípulos.’ Respondió: ‘Les digo que si éstos callan gritarán las piedras.’”
En estos días en que hemos vivido una especie de Octava del Papa, antes de la de Semana Santa y de la Octava de Pascua, muchos son los que en todo el mundo “llenos de alegría se han puesto a alabar a Dios a grandes voces por todos los signos que han visto”. Como en aquella entrada triunfal en Jerusalén, la balanza de la consolación de todo el mundo se ha inclinado a favor del Papa y hasta los que hablaban mal se han puesto a bendecir a Dios.
Hace bien para entrar en la Semana Santa, identificarse con “la gente”, sentirse humanidad, sentirse pueblo de Dios, sentirse uno entre la multitud, uno más de todos y con todos. Hacer consciente esta dimensión social que nos hace “ser más que uno solo”, “ser uno con todos”, es muy lindo. Nos permite experimentar la acción del Espíritu que es “convocación de los que creen en Jesús”. Esta identificación con lo común es más que una suma de partes. ¿Cómo expresar lo inefable? Diría que cuando uno experimenta que la alegría que siente es compartida por todos, como cuando salió el Papa al balcón y se inclinó para recibir la bendición, puede alzar la mirada y “personalizar” ese amor y esa alegría compartida y decir: Bendito Espíritu Santo, Espíritu del Padre y de Jesús, Espíritu que unifica la Iglesia y nos hace tener un solo corazón: el Tuyo.
Reflexionábamos en el grupo de matrimonios acerca de la alegría del Papa Francisco, cómo surgía su sonrisa tan espontánea en contacto con la gente, en todo momento, siendo que antes se lo veía como alguien más bien adusto o parco en sus expresiones. Y alguien expresó algo muy justo a mi parecer, al decir que era una gracia, no algo simplemente natural, y que la debía haber recibido cuando pidió la oración en la Plaza y se dejó inundar de esa oleada de bendición y alegría de la multitud y de todos los que rezamos por él desde cada rincón del mundo.
El Padre Bergoglio siempre nos citaba aquello de que el pueblo de Dios es infalible “in credendo”. Infalibilidad en creer va unida a infalibilidad en enseñar, que es propia de la jerarquía. Ambas infalibilidades se refieren a Jesús: la Iglesia no falla al transmitirnos el evangelio de Jesús y no falla al darnos los sacramentos. De la misma manera, el pueblo entero y reunido concordemente, como en estas ocasiones, no falla al creer y amar a Jesús, no falla, diría, al reconocerlo y afirmarlo en los gestos de quienes lo representan. Cuando el Papa Francisco se inclina para pedir la oración, todos creímos y confesamos “infaliblemente” que ese era un gesto propio y auténtico de Jesús para este tiempo de gracia que nos toca vivir. Esa oleada de fe transmitida “con el modo propio del pueblo de Dios, que es la de ungir con su alegría y devoción incondicional al que ama” es lo que recibió nuestro Papa Francisco. De allí esa alegría desbordante y pacífica que lo precede y lo rodea y que deja tras de sí como la imagen de una hermosa sonrisa. La misma que tenía de niño, como se veía en una foto de archivo.
Bueno, dejamos por hoy en este punto y seguiremos por este camino en la semana santa: Vamos a participar de la Pasión!
Diego Fares sj

Domingo de Cuaresma 5 C 2013

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Inclinándose…

Jesús se fue al monte de los Olivos. Por la mañana temprano volvió al templo y toda la gente se reunió en torno a él. Jesús se sentó y les enseñaba. En esto, los maestros de la ley y los fariseos se presentaron con una mujer que había sido sorprendida en adulterio. La pusieron en medio de todos y preguntaron a Jesús:
– Maestro, esta mujer ha sido sorprendida cometiendo adulterio. En la ley de Moisés se manda que tales mujeres sean apedreadas. ¿Tú qué dices?
Esto lo decían tentándolo, para tener de qué acusarlo. Pero Jesús inclinándose hacia el suelo escribía con el dedo en la tierra. Y como ellos persistían con la pregunta, se levantó y les dijo:
– El que esté sin pecado de ustedes, que sea el primero en tirarle a ella una piedra.
E inclinándose de nuevo, escribía en la tierra. Al oír esto uno por uno empezaron a retirarse, comenzando por los más viejos, y permaneció sólo, con la mujer allí en medio, parada. Levantando la cabeza Jesús le dijo:
– Mujer ¿dónde están? ¿Ninguno te ha sentenciado?
Ella dijo:
– Ninguno, Señor.
Dijo entonces Jesús:
– Yo tampoco te sentencio.
Anda y de ahora en adelante ya no peques más (Jn 8, 1-11).

Contemplación
Lo que nos narra Juan en este pasaje de la pecadora es cómo logró Jesús atajar y dar vuelta la feroz e incontenible dinámica de un ajusticiamiento: inclinándose.
Ya venían con las piedras en las manos. La mujer se daba por muerta. El impulso con el que le tiran, en medio de su enseñanza en el Templo, a la pecadora, para apedrearla ante sus ojos, parece imposible de contener. La han sorprendido “en el acto mismo de adulterio” y la ley es clara: “a esta clase de mujeres hay que apedrearlas”. Ya tienen cada uno su piedra en la mano y la insistencia para que Jesús se defina es sólo un trámite: la van a apedrear de todas maneras. Jesús no podrá zafar. Será cómplice del ajusticiamiento legal o encubridor.
Acusar, sentenciar, apedrear… Esa es la dinámica. En griego son fuertes las palabras “kategorein” (acusar públicamente, en el ágora o plaza, definiendo bien el crimen), “katekrinein” (juzgar y dar sentencia de muerte de manera inapelable).
Los que traen el caso incontestable para “tener de qué acusar a Jesús” son ese tipo de gente que se alimenta de acusar a los demás, gente para quien el enemigo es la única realidad, porque les permite justificar su poder.
Sean lo que sean como personas la dinámica que siguen es la del diablo, el “Acusador de nuestros hermanos” (Apocalipsis 12, 10: el “Kategor”). La misma palabra que señala una dinámica –la del acusar- tiene un sujeto –el Acusador- que es el que la mantiene activa.
Notemos cómo el pasaje de la adúltera hace oler la misma furia que se desataría después contra el Señor en el juicio y en la Pasión: “lo acusaban con gran vehemencia” dice Lucas (23, 10); lo “acusaban mucho”, dice Marcos (15, 3 y 4) tanto que Pilato asombrado le dice al Señor “No respondes nada? Mira de cuántas cosas te acusan”.
Y las piedras que dejaron caer disimuladamente en aquel momento son las mismas que poco después agarraron para apedrear a Jesús que les dice “Uds. son hijos del Diablo. Mienten como su padre, el Mentiroso” (Jn 8, 44…).

Pero pongamos los ojos en Jesús. El Señor está sentado, enseñando en el Templo. Ha pasado la noche en el monte de los Olivos y al amanecer se presenta en la Casa de su Padre, Casa de Oración y se sienta a enseñar a la gente.
Estamos en el marco de la Fiesta de las Carpas y Jesús que había subido a Jerusalén de incógnito, habla públicamente y divide las opiniones. Muchos creen en él, otros siembran dudas (Jn 7). En este contexto es que le presentan el caso de la mujer adúltera. Y el Señor se revela como Maestro misericordioso que se inclina ante las personas y no yergue como juez implacable de los demás.
La imagen es conmovedora: el Señor “inclinándose hacia el suelo, escribía con el dedo en la tierra”. Dos veces cumple la misma acción y en medio de ambos gestos dice su palabra: “el que de ustedes esté sin pecado que le arroje la primera piedra”. El hecho de escribir (“kategrafein”) en la tierra suena a algo así como “preparar los argumentos de la defensa”. Ellos “dicen su acusación” (kategorein) y Él “escribe… (la defensa)” (kategrafein).
El Señor detiene el impulso del apedreamiento en su misma fuente: hace que cada uno examine su corazón, no sus razones. Que cada uno juzgue si puede ser el primero en llevar a cabo lo que dice la ley. La dinámica de la acusación es del demonio porque con muchas razones, algunas incluso justas, nos lleva a la violencia y a la venganza. Esto es lo que el Señor ataja y contiene. Luego se dirige a la mujer y con mucho respeto y delicadeza la pone de pie, no la condena y le dice que “en adelante no peque más”. No le dice “tus pecados están perdonados”. Quizás eso sea tema para un futuro encuentro. Aquí sólo se trata de frenar la violencia de una acusación pública que termina no probando la inocencia de la pecadora ni entrando en su intimidad, sino anulando la causa por falta de quién lleve a cabo la ejecución que ordena la ley. El Señor establece así una especie de subversión de valores y queda en el aire una pregunta: si nadie puede ejecutar la ley ya que nadie está sin pecado cómo se mantendrá el orden. Jesús propondrá otro orden, el que nace de la dinámica del perdón. Y para establecerlo, él mismo cargará con la pena por el pecado y pagará todas nuestras deudas. Eso es lo que hace el Señor en la Cruz: posibilita que nos podamos perdonar.

Contra la dinámica de la acusación que gira en torno a los apedreamientos está la dinámica del anuncio que siempre comienza con gestos de inclinarse para servir y para ayudar al otro a ponerse de pie. Una y otra vez.

En estos breves e intensos días, hemos sido partícipes de la dinámica de la buena nueva que ha irrumpido en el mundo como un incontenible boca a boca en el que todos estamos anunciando y recordando los gestos del Papa Francisco con una alegría evangélica que trae el aire fresco de la mañana de la resurrección del Señor. Asistimos y protagonizamos, entre todos, a una especie de “narración de la buena noticia” en la que cada uno tiene algo personal para contar y que nos junta en pequeños grupos a los que unos acuden y se suman y otros salen y van a juntarse con otros…
La alegría y la consolación del Espíritu son el motor que pone todo en movimiento. La balanza multitudinaria se inclinó a favor cuando el papa Francisco se inclinó para pedir la bendición del pueblo de Roma y del mundo y todos rezamos en silencio por él. Así como otras veces la balanza se queda quieta y dubitativa y otras se inclina en contra, esta vez la gente aceptó el espíritu y se inclinó a favor. Quizás influyó el secreto con que el Señor cubrió la elección de los cardenales y la sorpresa y el recibimiento favorable hizo que el demonio no pudiera alertar a los suyos y cuando surgió –como siempre- el movimiento de la acusación ya era tarde. La catarata de agua viva positiva saltó hasta la vida eterna y la imagen positiva deseada por todos se juntó con la que nos brindaba Francisco en cada uno de sus gestos. Gestos sencillos de fraternidad universal, bien franciscanos, que se ven confirmados por la vida intachable del que los practicó espontáneamente en lo secreto toda su vida. Bergoglio se ha inclinado a lavar los pies de sus hermanos desde siempre: como laico, como cura, como obispo, como cardenal y ahora como papa. Desde el sencillo gesto de quien siempre te hace pasar primero cuando te recibe o te acompaña hasta los gestos litúrgicos de los lavatorios de pies en el Hogar, en la Villa, en la Maternidad, en el Geriátrico, en el Hospital de Niños. Siempre un paso más abajo que aquel a quien tiene enfrente: en el dar la palabra, en la manera de pedir un favor y en la manera de concederlo. Inclinarse, abajarse. Crecer es abajarse, fue su prédica constante como formador de los suyos. Rezamos por nuestro Papa Francisco e inclinamos el corazón hacia él para recibir las gracias que el Señor quiere dar a su Iglesia y al mundo a través del nuevo Pastor.
Diego Fares sj