Domingo 4 C 2013

Jesús provoca nuestra fe

20130203

Y Jesús comenzó a decirles:
– Hoy se ha cumplido esta Escritura en los oídos de ustedes.
Todos daban testimonio en su favor y se admiraban de las palabras de gracia que salían de sus labios y comentaban:
– Pero ¿acaso no es éste el hijo de José?
Él les dijo:
– Seguramente ustedes me aplicarán a mí este proverbio: «Médico, cúrate a ti mismo. Lo que hemos oído que has hecho en Cafarnaún, hazlo también aquí, en tu patria».
Sin embargo añadió:
– De verdad les digo que ningún profeta es aceptado en su patria. De verdad les digo que muchas viudas había en Israel en tiempo de Elías, cuando se cerró el cielo por tres años y seis meses, y hubo gran hambre en todo el país; sin embargo, a ninguna de ellas fue enviado Elías, sino a una mujer viuda de Sarepta, en la región de Sidón. Y muchos leprosos había en Israel al tiempo de Eliseo el profeta, y ninguno de ellos fue curado, sino únicamente Naamán el sirio.
Y se llenaron de ira todos en la sinagoga al oír estas cosas. Y levantándose, lo arrojaron fuera de la ciudad y lo llevaron hasta la cima del monte sobre el cual estaba edificada su ciudad, para despeñarlo. Pero El, abriéndose paso por en medio de ellos, seguía su camino” (Lc 4, 21-30).

Contemplación
Jesús desconcierta. Sus paisanos primero se admiran de las palabras que salen de su boca y luego se sienten provocados y tratan de despeñarlo. ¿Por que los provoca el Señor?
Convengamos que todo lo que Jesus hace es por amor y su amor necesita despertar nuestra fe. Sin fe, Jesús no puede hacer nada. Y no hablo solo de milagros espectaculares sino de una relación verdadera con Él como la Persona que es. Jesús no vino a nuestra historia para dejar el recuerdo de algunos milagros y de un puñado de parábolas hermosas. El Señor vino a abrir un espacio de relación con el Padre, espacio que se llama Reino de Dios o de los Cielos, en el cual puede entrar y habitar toda persona que nace en este mundo. Se trata de un espacio y de un tiempo especiales, en los que el amor de Dios tiene la preeminencia y se derrama abundantemente, como un agua viva, en los corazones y en las instituciones dando un sentido nuevo a esta vida. No se trata del reino de este mundo. No se trata solo de corregir y mejorar la vida natural, que tal como está creada es sustentable. Al menos por otros 15.000.00000.000 de años. Jesús viene a traernos algo Nuevo: vida nueva, vida eterna, amor infinito. El carpintero, como dibuja Fano, vino a hacernos un corazón nuevo: un corazón que late con la Fe. Esta propuesta, que para nosotros, educados en una cultura cristiana suena a conocido, es algo inaudito y no contamos con parámetros para afrontar todo lo que significa. Aunque estemos acostumbrados a escuchar sin pestañear palabras como resurrección de los muertos y vida eterna, en el fondo no sabemos lo que decimos y apenas algún agnóstico cuestiona el sentido de estas palabras, no sabemos bien qué decir, cómo contestar. Ni siquiera sonamos convincentes cuando les explicamos a los mas chicos que el abuelo esta en el cielo. Ni hablar cuando los que cuestionan la fe son los adolescentes. Si hace unas décadas el tema tabú era el sexo, hoy son tabú los temas trascendentes: sobre esos temas mejor no pronunciarse. Pienso que es por eso que Jesús provoca a sus paisanos a una fe absoluta en él, en su persona. En medio de la alabanza y la aprobación general se desliza una frase con doble sentido: ¿Pero acaso este no es el hijo de José? No podemos escuchar el tono pero es una frase que puede significar cosas contrarias, como: «Qué grande que el hijo de José sea alguien tan extraordinario» o «y este quién se cree?». Ante una frase así el Señor podría haber optado por explicar las cosas de a poco, comenzando por lo que la gente podía digerir y luego ir profundizando. Sin embargo, Lucas hace que el Señor vaya a fondo desde el comienzo. Es como si Jesús dijera: todo lo que hago es público y claro. Cada uno tiene que sacar sus conclusiones por sí mismo, si quiere creer en mí o no, pero yo no tengo que andar justificando mi proceder. Muchas veces, cuando le pidan signos especiales o que aclare más su postura, el Señor se mostrará esquivo. Ante alguien como Jesús, uno no puede permanecer indiferente ni como espectador: si uno no se da cuenta ante quién está y que a Alguien así hay que seguirlo y escucharlo dejando que él mismo se vaya mostrando como le parezca mejor, si uno no se da cuenta de esto, como decía, no hay prueba que le baste. Es como el que no se da cuenta de que su vida -y la vida entera- es un regalo, un don. El que no alaba, el que no agradece, aunque sea diciendo «Dios, si existís seas quien seas te doy las gracias. Te pido que me permitas conocerte, pero mientras tanto, como se que si existís me estarás escuchando, te agradezco la vida y me pongo a tus ordenes, esperando que me des la gracia de conocerte en persona.» Algo así tiene que ser la oración de uno que no conoce a Dios ni a Jesús. El que espera a tener pruebas para agradecer se revela como un tipo de persona que no quiere madurar o no le interesa pensar a fondo las cosas por sí mismo. Mientras no se le despierte el deseo de creer o aunque sea el deseo de tener deseos más hondos, no hay con qué darle. O sí. Jesús provoca a este tipo de personas que ironizan con frasecitas punzantes como ¿no es este el hijo de José?
Jesús provoca desarmando las seguridades culturales en las que este tipo de personas se fundamentan. En el caso de los judíos la seguridad provenía de la Biblia y de la ley que los hacía sentirse un pueblo superior. Y el Señor les muestra un Dios que actúa fuera de esos ámbitos, un Dios que obra milagros en extranjeros, a causa de su fe. ¿Cuál es la fe de la viuda de Sarepta? Es la fe que opera por la caridad, la fe de la viuda pobre que es capaz de hornearle un pan al profeta aunque no le alcanza para ella y su hijito. ¿Cuál es la fe Naamán el guerrero leproso? Es la fe de la persona humilde que a pesar de su condición social superior sabe reconocer la sabiduría de la esclava que le dice, no sin picardía: «si el profeta te hubiera pedido algo difícil estabas dispuesto a hacerlo. ¿Qué te cuesta hacerle caso y bañarte siete veces en nuestro pequeño río?».
El guerrero es una persona que piensa por sí mismo, que piensa buscando la verdad y la sensatez, venga de quién venga. El ejemplo viene al caso porque Naamán no dice ¿quién se cree esta esclava para venir a darme lecciones? Se da cuenta de que la otra ha sido más sensata que él y no se guía por estereotipos ni por prejuicios orgullosos.
Este tipo de fe es el que Jesús reclama y nos muestra que hay mucha gente que en la vida cotidiana se mueve por esta fe. Gente humilde y generosa, que confía en el prójimo y no busca su propio interés.
¿Cuáles son nuestras seguridades, esas que el Señor tiene que desarmar y provocar para que se libere la fe en nuestro corazón?