Domingo 2 C 2013

Las tinajas de Caná

tinajas

Tres días después (del llamamiento a los primeros discípulos) se celebraron unas bodas en Caná de Galilea y estaba allí la Madre de Jesús. También Jesús fue invitado con sus discípulos a las bodas. Y como faltase el vino, la Madre de Jesús le dice a él: «No tienen vino».
Y Jesús le dice a ella: «¿Y qué a mí y a ti, mujer? Aún no ha llegado mi hora.» Le dice su madre a los sirvientes: «Hagan todo lo que El les diga.»
Había allí seis tinajas de piedra destinadas a los ritos de purificación de los judíos, que contenían unos cien litros cada una. Jesús dijo a los sirvientes: «Llenen de agua estas tinajas.» Y las llenaron hasta el borde. «Saquen ahora, agregó Jesús, y lleven al encargado del banquete.» Así lo hicieron. El encargado probó el agua cambiada en vino y como ignoraba su origen, aunque lo sabían los sirvientes que habían sacado el agua, llamó al esposo y le dijo: «Siempre se sirve primero el buen vino y cuando todos han bebido bien, se trae el de inferior calidad. Tú, en cambio, has guardado el buen vino hasta este momento.»
Este fue el primero de los signos de Jesús, y lo hizo en Caná de Galilea. Así manifestó su gloria, y sus discípulos creyeron en él (Jn 2, 1-11).

Contemplación

Buscando imágenes me gustaron estas tinajas, no se bien porqué, pero comenzamos con ellas. En el taller con las imágenes del tríptico de Aparecida algo había salido acerca de “llenar las tinajas de la imaginación con el evangelio”.
En Caná se ve que el Señor pone el vino nuevo en odres viejos.
El vino no se guarda en tinajas de piedra.
Quizás es que, como adelantó la hora de la verdadera transformación, el Señor lo hizo “de manera provisoria”. Fue un vino para consumir rápido ya que en esas tinajas no se podía guardar mucho tiempo. Las tinajas para las purificaciones rituales que nunca terminan de purificar tendrán que cambiarse por “odres nuevos”.
Se confirma más esta idea de “lo provisorio del milagro” al contrastar lo inadecuado de los recipientes con la calidad superior del vino. Siempre me llama la atención el hecho de que el Señor haya transformado el agua en un vino añejo. En la multiplicación de los panes, en cambio, no se nos dice que los pescados o el pan fueran algo especial. Allí se trataba de alimentar a la gente. Aquí en Caná es distinto: “se manifestó su gloria” dice Juan, “y sus discípulos creyeron en Él”.
Lo propio de la Gloria (que es la belleza de Dios) es el “plus” encarnado.
Sin desencarnarse, sin separarse de su recipiente, el contenido “resplandece”, lo excede, uno percibe que hay derroche, que hay algo más. Las tinajas de piedra y el vino de calidad superior apuntan a esto: a que los discípulos “gusten y vean” la Gloria de Jesús y crean en él.

Pablo lo expresa cuando dice que “llevamos este tesoro en recipientes de barro”. El lo refiere al misterio de que el evangelio esté velado y muchos no “vean brillar el resplandor del Evangelio de la gloria de Cristo, que es imagen de Dios”. Y dice que ayuda que se note la diferencia entre el recipiente y el contenido de la predicación (“no nos predicamos a nosotros mismos, dice, sino a Cristo Jesús como Señor y a nosotros como siervos de ustedes por Jesús”). Al notarse la diferencia se irradia mejor “el conocimiento de la Gloria de Dios que está en el rostro de Cristo” (cfr. 2 Cor. 4, 4-7).

El asunto es que en Juan todo lo que está escrito de Jesús es “para que creamos”. Juan rezó con las cosas de Jesús y eligió –inspirado por el Espíritu- los hechos, los gestos y las palabras del Señor que a él y a sus compañeros les suscitaron el don de la fe, con esa fuerza persuasiva de la gracia que nos gana el corazón sin forzarnos.
Las palabras más claras, para mí, en lo que hace a ese “acto de fe total en la Persona de Jesús que nos lleva a creer en toda la Escritura y en todo lo que Cristo revela a través de la Iglesia”, las dijo el cardenal Newman y las reflexiona Von Balthasar. Y aunque son difíciles las explicaciones es muy claro lo que dice. Newman habla de que para creer uno tiene que tener una “imagen total” de aquello en lo que cree. No se cree a medias. Se cree o no se cree. Y esa “imagen total” –aquí viene lo bueno- no es estética ni lógica. Se trata de “una visión de la forma exigida éticamente, en la que junto con la conciencia de responsabilidad interviene también la libertad de la persona (que opta por creer)”.
Puesto más fácil: la gente que creía en Jesús, sus discípulos, los pequeños, ¿qué veían? ¿Veían algún “signo físico maravilloso”, algún resplandor estético? Veían más que eso: veían en los gestos materiales de Jesús el resplandor de su persona, su cariño, su amor incondicional, veían que se jugaba por ellos. Esta “visión” es “visión ética”, visión de la libertad del otro que se me entrega y me mueve a darme libremente en igual medida. La fe es la respuesta libre de nuestra mente y corazón al acto de amor de otra persona.
Lo importante es que esto es una “visión”. No sólo vemos cosas sensibles (visión estética), no sólo vemos ideas (visión abstracta, científica), vemos también libertades, corazones (visión ética).
Eso sí, a los corazones se los “ve” primero y fundamentalmente, con el corazón.
Por eso ya no servirán las tinajas de piedra y se requerirán odres nuevos: “cambiaré sus corazones de piedra por corazones de carne”, dice el Señor.

En Caná los discípulos probaron (más bien se chuparon todo) el vino de superior calidad que les transformó sus corazones en odres nuevos. Jesús les hizo notar que lo que Él traía no era para guardarlo en recipientes de piedra ni para escribirlo en tablas de piedra sino que era un vino para que lo “bebieran todo y lo guardaran en su corazón”.
…………
Como siempre, algo del Hogar.
Me conmovió un hecho que, como después me enteré, se desarrolló en varios días. Más que un hecho fue un “reconocimiento” y la señal es un brillo en los ojos y una sonrisa cómplice que guardo como un tesoro y me hace bien cada vez que la recuerdo y la cuento.
El asunto es que recibí a una persona que iba a ingresar el Hogar y en vez del discurso habitual se dio una linda charla y nos quedamos conversando de distintas cosas. Este buen hombre había perdido un dedo y parte de otros dos y hace un tiempo, al ver que en su provincia no lo atendían, se vino a hacerse atender acá en Buenos Aires y se quedó sin dinero para la habitación. Tenía ganas de contar sus cosas y se emocionaba al expresar que verdaderamente necesitaba estar en un lugar tranquilo y asegurado para poder recuperar la mano y me agradecía que lo recibiéramos en el Hogar. En eso, mientras agradecía, me dice: yo había oído hablar de usted pero no lo conocía y ahora que lo conocí, le agradezco… Yo agarré por el lado de: para mí también es un gusto conocerlo y siempre hacemos así, que yo tenga una charlita con los que entran… Ahí me corta y me dice que no era de ahora que me conocía sino que yo lo conocí el otro día, cuando usted pasó por el patio y lo vio al muchacho ese que tenía el pie cortado con una herida profunda y fue y le trajo unas muletas y como le quedaban cortas se puso a alargarlas y se las dio. Yo pensé (me decía él) cómo nadie lo vimos y él sí lo vio y ahí fue que lo conocí a Ud. Yo minimicé la cosa porque cómo no iba a verlo si andaba a los saltos por el patio con doce puntos en la planta del pie y sin nada de qué agarrarse, pero él insistió en que no, ud. lo vio. Yo me di cuenta y ahí lo conocí (y cada vez que me decía que me conoció me miraba a los ojos y sonreía con picardía como diciendo ahí te pesqué y me caíste bien). La verdad es que me emocionó y me hizo pensar, como dice Juliana, cómo Dios nos mira todo el tiempo desde el lado (desde el corazón) que menos pensamos.
Pero a lo que iba no es tanto a contar la anécdota sino lo del conocimiento. Este buen amigo me confirmó que existe ese tipo de conocimiento en el que uno en un gesto sabe que conoció íntegramente a una persona y eso basta para que se juegue por ella, para que le tenga fe.
Eso fue precisamente lo que sucedió en Caná, no sólo el agua convertida en vino, sino toda la escena (o algo, algún cruce de miradas entre la Virgen y Jesús, o la cara de los servidores…) algo que les hizo “conocer a Jesús”. Cada uno puede releer el pasaje pidiendo la gracia de “pescarlo a Jesús” (Acuérdense que hay que usar la tinaja del corazón, no las de piedra).

Diego Fares sj