Domingo del Bautismo del Señor C 2013

Soy un bien y un tú para Dios

hijo amado (2)

Estando el pueblo expectante
todos se preguntaban en su corazón acerca de Juan, si no sería el Mesías -el Cristo-respondió Juan diciendo a todos:
«Yo los bautizo a ustedes en agua; pero viene el que es más fuerte que yo, al cual yo ni siquiera soy digno de desatar la correa de sus sandalias; Él los bautizará en Espíritu Santo y en fuego.»
Y aconteció que, cuando el pueblo se hacía bautizar, habiendo sido bautizado también Jesús, y estando en oración, se abrió el cielo y el Espíritu Santo descendió en figura corporal, a manera de paloma, sobre Él. Y una voz vino del cielo: «Tú eres el Hijo mío, el predilecto, en Ti me he complacido» (Lc 3, 15-16. 21-22).

Contemplación

Dice von Balthasar que para gozar plenamente de mi vida y potenciar a full todas mis capacidades necesito “experimentar que yo represento un bien para Dios y un tú”.
Algo así como que se abra el cielo y el Padre me diga que, en Jesús, yo también soy su hijo predilecto. Y cuando agregue que “lo escuche a Jesús” yo, de nuevo, experimente, que esa invitación implica que Él también me escucha a mí. No es posible escuchar bien mucho tiempo a otro si no nos sentimos también escuchados.

Subrayo que Balthasar habla de “experimentar”, en el sentido del “sentir y gustar” de los ejercicios espirituales. No se trata de una verdad de fe para creer con la mente ni para forzar con el corazón sino que es una gracia que si uno la pide se le da, porque es la Gracia fundamental, la del Bautismo, y de lo que se trata es de revivirla, ya que todos la hemos recibido.

Para que “experimentemos” que somos un bien para Dios y un tú, Jesús hace todo lo que hace.
Hoy, hacerse bautizar junto con todo el pueblo.
Pensaba un rito de purificación popular en el que encontraríamos a Jesús metido y se me ocurría que lo veríamos caminando a Luján. El Padre hace sentir su cariño y su voz cuando Jesús está metido como uno más en la vida de su gente. Incluso en la transfiguración, el Señor se lleva a sus tres mejores amigos con Él, “en su compañía”, como dice Ignacio y los junta con Moisés y Elías para “experimentar Él mismo la predilección del Padre” en medio de sus discípulos y predecesores.

El Jesús resucitado que termina preguntando (mendigando) a Simón Pedro si lo ama, es un Jesús que quiere saber: “Simón, ¿soy un bien y un tú para vos?”. Es el anhelo más hondo de nuestro corazón y Jesús resucitado quiere expresarlo Él para que nos amiguemos con esta necesidad que nos mueve a nosotros.

Sólo nos reposamos cuando experimentamos que somos un bien para alguien y un tú con el que el otro desea dialogar.

Nuestros hermanos en situación de calle confiesan que es lo que más les duele: sentir que no son un bien para nadie. El que se les acerca incluso para darles algo los quiere despachar lo más rápido posible. Por eso valoran más que la comida o la ropa o la cama los dispositivos que ponemos en marcha para que “desarrollen sus potencialidades” como decimos. Y la primera acción suele ser un gesto de cariño, el saludo cordial, la fiesta de cumpleaños, el reconocer a cada uno por su nombre…

Ahora, por qué si es algo tan lindo lo que nos revela Jesús y si es “a lo que vino”, por qué nos cuesta tanto “experimentar que somos un bien para Dios”. Cuando uno experimenta eso todo cambia. Uno se despliega, respira hondo, le mete con todo, le dan ganas de rezar…

Para mí, la dificultad va unida a que me cuesta “experimentar que mi hermano es un bien para mí y un tú”. Me cuesta experimentar a todas las personas todo el tiempo como un bien para mí. Son muy pocas las que “siempre las experimento como un bien para mí”. Y yo mismo no soy una de ellas. No me experimento como un bien todo el tiempo. Y no solo por malo sino muchas veces por disperso.

“Experimentarme a mí mismo como un bien” pareciera que es condición para experimentar bien a los otros y a Dios. Si es así, la cosa no irá bien y si lo va será lento. ¡Hay tantas cosas dentro de uno!

Aquí es donde entra lo del “tú”. Entra porque sentirse un “tú” para Dios es la clave para que uno sienta ganas de rezar ya que sólo en la oración –estando un rato en oración, como estaba Jesús en el Bautismo- uno se puede sentir un bien para Dios.

Sentirse un tú para otro quiere decir sentirnos recibidos con alegría y verdadero interés porque el otro nos experimenta como alguien valioso al que le pasaron cosas nuevas que lo han profundizado, cambiado y mejorado y tiene ganas de que le contemos.
A la naturaleza, a los árboles y a los animalitos los experimentamos como un bien porque “son siempre los mismos”. A lo sumo florecen y crecen, pero se repiten en sus bondades previsibles. Pero las personas somos inestables e impredecibles. No sé con qué humor vendrás hoy o con qué me saldrás ni cómo estaré yo. Por eso es importante “ver” –experimentar- qué es ese bien que somos para Dios. El bien no son ciertamente nuestros arrebatos y caprichos. Tampoco nuestras ideas (que son lo menos nuestro)… Sí nuestras buenas acciones, o mejor, nosotros mismos tal como somos mientras estamos haciendo algo bueno por puro amor al otro.
De todas maneras, mejor que darle muchas vueltas es aceptar el ofrecimiento de Jesús: si estás en mí, si creés en mí, si te juntás con otros y hacés el bien en mi Nombre, experimentarás que el Padre te ama (que sos un bien para Él) y te escucha (te concede todo lo que le pidas en mi Nombre).

Para experimentar que somos un bien y un tú para Dios necesitamos a Jesús. Fuera de Él, fuera de ese espacio que se abre en torno a Él que se llama reino de los cielos, lo que somos es ambiguo y cambiante.
Asegurarnos que somos un bien para Dios, ese es el servicio que Jesús vino a hacernos, el regalo que vino a darnos. El Señor se hizo bautizar por Juan, junto con toda la gente, en el Jordán, para que todos lo sintiéramos solidario con nosotros, uno más en la cola para confesarse, uno más caminando a Luján.
Ver lo que le costó asegurar este espacio abierto para nuestra relación con Dios (la muerte en Cruz) no puede si no conmovernos.
Pero para experimentar personalmente la redención hace falta que la conectemos con esto de “experimentar que somos un bien para Dios y un tú”. Es necesario que renombremos lo que es nuestro pecado en estos términos positivos. Porque cuando decimos que Jesús murió por nuestros pecados y pensamos que murió por los que asesinan a los inocentes, ese pecado nos queda muy lejos, y si tratamos de pensar que murió por nuestros malos pensamientos, nuestro hablar mal de los demás y algunos maltratos, egoísmos y borradas, la muerte del Señor nos parece demasiado grande.
No. El pecado es lo que nos impide “experimentar que somos un bien para Dios”.
En alguno el impedimento estará en el pasado, en su autoestima, en que no le hayan hecho experimentar sus padres que era un bien para ellos o en alguna culpa o trauma.
En otro el impedimento estará en los futuribles, en su sentido del deber, en no estar nunca conforme con lo bueno que “debería ser”.
En otro el impedimento estará en el presente, serán sus pecados que no le permiten experimentarse bueno, puro, lleno de gracia, o los que le rodean, si no lo aprecian, si lo desvalorizan o lo maltratan…
Así, cada uno debe acercarse a Jesús que se bautiza solidariamente con lo que nos impide sentirnos un bien para Dios y, al salir del agua, escuchar junto con él, “este es mi hijo amado”, de labios del Padre.

Y para decirlo mejor, un texto de Martín Descalzo que comenta a Anthony de Mello:

Te quiero tal y como eres (José Luis Martín Descalzo)
Cuenta Anthony de Mello una fábula que me gustaría comentar a mis lectores. Dice así:
«Durante años fui un neurótico. Era un ser oprimido y egoísta. Y todo el mundo insistía en decirme que cambiara. Y no dejaban de recordarme lo neurótico que era. Y yo me ofendía, aunque estaba de acuerdo con ellos, y deseaba cambiar, pero no me convencía la necesidad de hacerlo por mucho que lo intentara.
Lo peor era que mi mejor amigo tampoco dejaba de recordarme lo neurótico que yo estaba. Y también insistía en la necesidad de que yo cambiara. Y también con él estaba de acuerdo, aunque tampoco podía ofenderme con él. De manera que me sentía impotente y como atrapado.
Pero un día mi amigo me dijo: «No cambies. Sigue sien- do tal y como eres. En realidad, no importa que cambies o dejes de cambiar. Yo te quiero tal como eres y no puedo dejar de quererte.»
Aquellas palabras sonaron en mis oídos como una música: «No cambies, no cambies, te quiero.» Entonces me tranquilicé. Y me sentí vivo. Y, ¡oh maravilla!, cambié.»
Supongo que habrá algunos lectores que no estén del todo de acuerdo con esta fábula y que hubieran preferido que el consejo de mi amigo fuera un poco diferente: «Harías bien en tratar de cambiar por tu propia bien, pero lo importante es que sepas que yo te quiero, como eres o como puedes llegar a ser.» Pero lo que me parece claro es que, en todo caso, lo sustancial de la fábula queda en pie: nadie es capaz de cambiar si no se siente querido, si no experimenta una razón «positiva» para cambiar, si no tiene una fuerza interior suficiente para subirse por encima de sus fallos.
Temo que esta elemental norma pedagógica y humana sea des- conocida por muchísimas personas. Tal vez por eso el primer consejo que yo doy siempre a los padres que me cuentan problemas de sus hijos sea éste: De momento, quiérele, quiérele ahora más que nunca. No le eches en cara sus defectos, que él ya conoce de sobra. Quiérele. Confía en él. Hazle comprender que le quieres y que le querrás siempre, con defectos o sin ellos. El debe estar seguro de que, haga lo que haga, no perderá tu amor. Eso, lejos de empujarle al mal, le dará fuerza para sentirse hombre. Con continuos reproches lo más probable es que multipliques su amargura y le hagas encastillarse en sus defectos, aunque sólo sea por amor propio. El debe conocer que esos fallos suyos te hacen sufrir. Pero debe saber también que tú le amas lo suficiente como para sufrir por él todo lo que sea necesario. ‘Y nunca le pases factura de ese amor. Tú lo haces porque es tu deber, porque eres padre o madre, no como un gesto de magnanimidad. Y cuando te canses -porque también te cansarás de perdonar por mucho que le quieras-, acuérdate alguna vez de que también Dios nos quiere tal y como somos y tiene con nosotros mucha más paciencia que nosotros con los nuestros.
Diego Fares sj

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