Domingo 3 C 2013

El espíritu está sobre mí
El Relato

Muchos han tratado de relatar ordenadamente los acontecimientos que se cumplieron entre nosotros, tal como nos fueron transmitidos por aquellos que han sido desde el comienzo testigos oculares y luego servidores de la Palabra. Por eso, después de informarme diligentemente de todo desde los orígenes, yo también he decidido escribir para ti, excelentísimo Teófilo, un relato ordenado, a fin de que conozcas bien la solidez de las enseñanzas que has recibido.

Jesús volvió a Galilea con el poder del Espíritu y su fama se extendió en toda la región. Enseñaba en las sinagogas y todos lo alababan.

Jesús fue a Nazaret, donde se había criado; el sábado entró como de costumbre en la sinagoga y se levantó para hacer la lectura. Le presentaron el libro del profeta Isaías y, abriéndolo, encontró el pasaje donde estaba escrito:
“El Espíritu del Señor está sobre mí, porque me ha consagrado por la unción. El me envió a llevar la Buena Noticia los pobres, a anunciar la liberación a los cautivos y la vista a los ciegos, a dar la libertad a los oprimidos y proclamar un año de gracia del Señor”.
Jesús cerró el Libro, lo devolvió al ayudante y se sentó. Todos en la sinagoga tenían los ojos fijos en él. Entonces comenzó a decirles: «Hoy se ha cumplido este relato de la Escritura que acaban de oír» (Lc 1, 1-4; 4, 14-21).

Contemplación
Comienzo del Evangelio de Lucas, comienzo del ministerio de Jesús…
Lucas le escribe a Teófilo (a todo el que quiere ser “amigo de Dios”) y acredita su relato en la fe de los que fueron testigos oculares y luego servidores de la Palabra. Eso está bien entre los seres humanos. Lo que llama la atención es que el Señor también utiliza al profeta Isaías para acreditar su ministerio. Jesús se presenta como Aquel en quien se cumple lo anunciado en la Escritura.

¿Qué nos dice esto a nosotros, los cristianos? Me gusta pensarnos como gente que nos fiamos en relato de otros y que confiamos en que otros se fiarán de nuestro relato. Somos gente que acepta el testimonio de otros y que quiere dar testimonio de su fe con su propia vida. Sí. Somos gente que cree. Pescadores de fe; sembradores de fe.
Creemos en el evangelio de Lucas. Creemos que el médico Lucas nos presenta a un Jesús verdadero, no mítico ni legendario. El suyo es “un relato ordenado, a fin de que conozcamos bien la solidez de las enseñanzas que hemos recibido”.

Hoy cuando alguien habla del relato oficial, o simplemente “del Relato”, lo que se quiere decir es que se trata de un relato parcial que se instala como relato único. La característica principal del “Relato” consiste en “desautorizar siempre a otro como primer paso” para luego “justificar lo propio como lo único que se puede hacer teniendo en cuenta la falsedad a la que se enfrenta”. Más allá de que en la política actual, dentro de un mundo en permanente conflicto de intereses, este tipo de discurso se muestre redituable y en cierta manera “desenmascare” a ese otro discurso de los medios que se dice interesados en el bien común aunque en realidad defiendan también intereses parciales, a la hora de construir amistad social o de bucear en el misterio de Dios y del sentido de la vida humana, este tipo de relato no sirve.

El excurso político sirve para contrastar dos tipos de relato que reflejan dos tipos de corazones. El que no tiene fe en que existe un relato trascendente y común, tendrá que “crear relatos propios” que lo defiendan de “los relatos ajenos”.

En cambio, el que tiene fe será un humilde buscador de relatos verdaderos. Será un testigo esperanzado en encontrar a otros testigos.

Nosotros creemos en el Jesús que nos relatan los testigos porque Él mismo se presentó como Alguien que creía en los profetas. Profetas que no lo conocieron en persona pero que soñaron cómo sería. Testigos y profetas son un mismo tipo de personas: personas de fe.
Jesús se nos iguala en esto de ser un hombre que se fía de la palabra de los profetas y confía su Palabra a los testigos.
Por eso destaca tanto la formulación de fe del Centurión que le pide que cure a su servidor “de palabra”. Recordemos el pasaje:
“El centurión le mandó decir por unos amigos: «Señor, no te molestes, porque no soy digno de que entres en mi casa; por eso no me consideré digno de ir a verte personalmente. Basta que digas una palabra y mi sirviente se sanará. Porque yo –que no soy más que un oficial subalterno, pero tengo soldados a mis órdenes– cuando digo a uno: «Ve», él va; y a otro: «Ven», él viene; y cuando digo a mi sirviente: «¡Tienes que hacer esto!», él lo hace». Al oír estas palabras, Jesús se admiró de él y, volviéndose a la multitud que lo seguí, dijo: «Yo les aseguro que ni siquiera en Israel he encontrado tanta fe»” (Lc 7, 6 ss)
Esta frase feliz: Señor, yo no soy digno de que entres en mi casa pero una palabra tuya bastará para sanar(me), quedó ubicada en el centro de nuestra fe. La hacemos nuestra cada vez que comulgamos con Jesús. La dijo un hombre simple y el Señor la adoptó porque expresa el tipo de personas que somos por el valor que damos a la Palabra.

Suena bien esto de “dar valor a la palabra” y de ser gente que se fía de los testigos y cree en los profetas. Pero hay que ponerlo bien blanco sobre negro para que no se diluya.
Yo diría así: si no creemos en el relato de Lucas que nos cuenta lo que dijo aquel buen centurión, si no creemos que eso pasó de verdad y que Jesús se admiró de esa fe y le curó al servidor, si no creemos que este relato es verdadero y que eso sucedió tal cual (que se cumplió y se cumple ahora, como dice Jesús luego de leer a Isaías, porque Él vino a liberar a los oprimidos), entonces no nos queda otra que elegir entre el relato de Boudou o el relato de Clarín. O, como dice el gobierno, crear un partido político que logre imponer nuestro relato. O soñar con otros relatos de impecable oratoria, como el de Obama, quizás sin caer en la cuenta de que la serena firmeza y las palabras cuidadas (aunque a algunos republicanos les sonaron “agresivas”) de los que tienen tanto poder que no necesitan hacer ostentación y aparecen como simples ciudadanos, tienen detrás sistemas tan sofisticados de seguridad y de agresión que son invisibles pero altamente eficaces.

Mencioné a nuestro Vicepresidente Amado, Boudou, porque creo que la frase más clarividente a este respecto la pronunció él, cuando refiriéndose al “relato” de la conferencia Episcopal dijo: “a quién le importa”. Formuló claramente que en el estado actual de cosas, en el que cada uno siente que se puede reservar el derecho de dudar de todos los testigos (desacreditados sistemáticamente), si la gente “escucha el relato de la Iglesia como un relato más dentro de los que están en pugna” y no se juega, el relato oficial “tiene más fuerza”. Por eso “a quién le importa” quiere decir: como a ustedes no les importa mucho (encontrar testigos veraces que dan la vida por lo que dicen) al gobierno tampoco le importa, porque el discurso oficial tiene más fuerza. Digo que fue clarividente porque en el fondo nos está diciendo: si a ustedes como ciudadanos realmente “les importara” lo que dice la Iglesia, a nosotros, gobierno interesado en sus votos, también nos importaría.
Ojalá nos pique sentir la burla de los que desprecian nuestra fe cuando nos dicen que, si no nos jugamos por lo que creemos, somos iguales que ellos: defendemos nuestros propios intereses. Si no buscamos “el relato trascendente y común” es que tenemos nuestro propio relato, no con tantas pretensiones hegemónicas quizás, pero igual un relato propio que no lucha por el bien común de los más necesitados ni por la búsqueda de una Verdad trascendente.

Volviendo al relato evangélico, pedimos la gracia de creer de corazón y de entusiasmarnos con lo que nos relata Lucas acerca de Jesús y de saber comunicar la alegría y la fuerza liberadora de este relato. Nuestro mundo tiene sed del relato de Aquel que nos dio la vida y vino a dar la vida por nosotros. En el relato de Jesús tienen cabida los relatos personales y comunitarios de todos los hombres y de todos los pueblos. Su evangelio está narrado incorporando todos los relatos de la gente. Jesús hace que se cumpla lo que relataron los profetas como Isaías y que cobre valor una frase de cien caracteres como la que dijo el Centurión y la millones de seguidores a lo largo de la historia sin necesitad de Twitter.

Para Jesús, todo hombre y mujer es un tú, con quien tiene interés de conversar, de escuchar su relato y de contarle el Suyo, para establecer una relación de amistad, de interés verdadero, de confianza y de sólida alianza para bien de todos.

…….
Comentaba ayer en una reunión con el equipo de Servicio Social del Hogar, que una cosa linda que todos sentíamos y que yo como director experimentaba de manera especial cuando tenía que explicarle a la gente el por qué de algún límite (a veces muy duro como el de no dar viandas en la calle cuando ya no hay más lugar en el comedor), es que sentía que me creían. Gracias al estudio, a la investigación, a la escucha, al diálogo acerca de los casos, a las encuestas, a la creación de espacios para que la gente se exprese, participe y colabore, hemos ido conformando un relato verdadero que expresa lo que El Hogar es, lo que puede dar y cómo y lo que no y a la gente (por supuesto que no a todos ni siempre) le suena convincente. Aunque a veces no les guste lo que decimos pero escuchan y pescan el tono de cariño y de respeto, el deseo de ser justos y la compartida pena cuando algo no se puede dar o permitir.
Y esto marca una diferencia porque muchas veces a las personas en situación de calle se les dice cualquier cosa (para sacárselos de encima) y ellos dicen cualquier cosa (para hacernos fácil la limosna), como aquel cuya frase siempre me hace sonreír con el que casi me choqué literalmente al dar la vuelta en la esquina de Corrientes y Ayacucho, yendo muy de mañana a tomar el subte para ir a dar clase, y al reconocernos y saludarnos me dijo: una monedita padre Diego y yo para qué y él para ir a…. González Catán! Me hizo reír la salida no se si porque me pareció un bolazo total lo de González Catán que quizás para él tenía sentido por tener allí a sus conocidos, la cuestión es que le retruqué ¿a González Catán? y el me dijo y que quiere padre, que le cuente todo. Se la hago fácil.
Lo mismo hacen los que construyen relatos interesados: nos la hacen fácil.
Jesús no la hace fácil ni difícil. Su relato es verdadero y el que es de la Verdad, escucha su voz.
Diego Fares sj

Domingo 2 C 2013

Las tinajas de Caná

tinajas

Tres días después (del llamamiento a los primeros discípulos) se celebraron unas bodas en Caná de Galilea y estaba allí la Madre de Jesús. También Jesús fue invitado con sus discípulos a las bodas. Y como faltase el vino, la Madre de Jesús le dice a él: «No tienen vino».
Y Jesús le dice a ella: «¿Y qué a mí y a ti, mujer? Aún no ha llegado mi hora.» Le dice su madre a los sirvientes: «Hagan todo lo que El les diga.»
Había allí seis tinajas de piedra destinadas a los ritos de purificación de los judíos, que contenían unos cien litros cada una. Jesús dijo a los sirvientes: «Llenen de agua estas tinajas.» Y las llenaron hasta el borde. «Saquen ahora, agregó Jesús, y lleven al encargado del banquete.» Así lo hicieron. El encargado probó el agua cambiada en vino y como ignoraba su origen, aunque lo sabían los sirvientes que habían sacado el agua, llamó al esposo y le dijo: «Siempre se sirve primero el buen vino y cuando todos han bebido bien, se trae el de inferior calidad. Tú, en cambio, has guardado el buen vino hasta este momento.»
Este fue el primero de los signos de Jesús, y lo hizo en Caná de Galilea. Así manifestó su gloria, y sus discípulos creyeron en él (Jn 2, 1-11).

Contemplación

Buscando imágenes me gustaron estas tinajas, no se bien porqué, pero comenzamos con ellas. En el taller con las imágenes del tríptico de Aparecida algo había salido acerca de “llenar las tinajas de la imaginación con el evangelio”.
En Caná se ve que el Señor pone el vino nuevo en odres viejos.
El vino no se guarda en tinajas de piedra.
Quizás es que, como adelantó la hora de la verdadera transformación, el Señor lo hizo “de manera provisoria”. Fue un vino para consumir rápido ya que en esas tinajas no se podía guardar mucho tiempo. Las tinajas para las purificaciones rituales que nunca terminan de purificar tendrán que cambiarse por “odres nuevos”.
Se confirma más esta idea de “lo provisorio del milagro” al contrastar lo inadecuado de los recipientes con la calidad superior del vino. Siempre me llama la atención el hecho de que el Señor haya transformado el agua en un vino añejo. En la multiplicación de los panes, en cambio, no se nos dice que los pescados o el pan fueran algo especial. Allí se trataba de alimentar a la gente. Aquí en Caná es distinto: “se manifestó su gloria” dice Juan, “y sus discípulos creyeron en Él”.
Lo propio de la Gloria (que es la belleza de Dios) es el “plus” encarnado.
Sin desencarnarse, sin separarse de su recipiente, el contenido “resplandece”, lo excede, uno percibe que hay derroche, que hay algo más. Las tinajas de piedra y el vino de calidad superior apuntan a esto: a que los discípulos “gusten y vean” la Gloria de Jesús y crean en él.

Pablo lo expresa cuando dice que “llevamos este tesoro en recipientes de barro”. El lo refiere al misterio de que el evangelio esté velado y muchos no “vean brillar el resplandor del Evangelio de la gloria de Cristo, que es imagen de Dios”. Y dice que ayuda que se note la diferencia entre el recipiente y el contenido de la predicación (“no nos predicamos a nosotros mismos, dice, sino a Cristo Jesús como Señor y a nosotros como siervos de ustedes por Jesús”). Al notarse la diferencia se irradia mejor “el conocimiento de la Gloria de Dios que está en el rostro de Cristo” (cfr. 2 Cor. 4, 4-7).

El asunto es que en Juan todo lo que está escrito de Jesús es “para que creamos”. Juan rezó con las cosas de Jesús y eligió –inspirado por el Espíritu- los hechos, los gestos y las palabras del Señor que a él y a sus compañeros les suscitaron el don de la fe, con esa fuerza persuasiva de la gracia que nos gana el corazón sin forzarnos.
Las palabras más claras, para mí, en lo que hace a ese “acto de fe total en la Persona de Jesús que nos lleva a creer en toda la Escritura y en todo lo que Cristo revela a través de la Iglesia”, las dijo el cardenal Newman y las reflexiona Von Balthasar. Y aunque son difíciles las explicaciones es muy claro lo que dice. Newman habla de que para creer uno tiene que tener una “imagen total” de aquello en lo que cree. No se cree a medias. Se cree o no se cree. Y esa “imagen total” –aquí viene lo bueno- no es estética ni lógica. Se trata de “una visión de la forma exigida éticamente, en la que junto con la conciencia de responsabilidad interviene también la libertad de la persona (que opta por creer)”.
Puesto más fácil: la gente que creía en Jesús, sus discípulos, los pequeños, ¿qué veían? ¿Veían algún “signo físico maravilloso”, algún resplandor estético? Veían más que eso: veían en los gestos materiales de Jesús el resplandor de su persona, su cariño, su amor incondicional, veían que se jugaba por ellos. Esta “visión” es “visión ética”, visión de la libertad del otro que se me entrega y me mueve a darme libremente en igual medida. La fe es la respuesta libre de nuestra mente y corazón al acto de amor de otra persona.
Lo importante es que esto es una “visión”. No sólo vemos cosas sensibles (visión estética), no sólo vemos ideas (visión abstracta, científica), vemos también libertades, corazones (visión ética).
Eso sí, a los corazones se los “ve” primero y fundamentalmente, con el corazón.
Por eso ya no servirán las tinajas de piedra y se requerirán odres nuevos: “cambiaré sus corazones de piedra por corazones de carne”, dice el Señor.

En Caná los discípulos probaron (más bien se chuparon todo) el vino de superior calidad que les transformó sus corazones en odres nuevos. Jesús les hizo notar que lo que Él traía no era para guardarlo en recipientes de piedra ni para escribirlo en tablas de piedra sino que era un vino para que lo “bebieran todo y lo guardaran en su corazón”.
…………
Como siempre, algo del Hogar.
Me conmovió un hecho que, como después me enteré, se desarrolló en varios días. Más que un hecho fue un “reconocimiento” y la señal es un brillo en los ojos y una sonrisa cómplice que guardo como un tesoro y me hace bien cada vez que la recuerdo y la cuento.
El asunto es que recibí a una persona que iba a ingresar el Hogar y en vez del discurso habitual se dio una linda charla y nos quedamos conversando de distintas cosas. Este buen hombre había perdido un dedo y parte de otros dos y hace un tiempo, al ver que en su provincia no lo atendían, se vino a hacerse atender acá en Buenos Aires y se quedó sin dinero para la habitación. Tenía ganas de contar sus cosas y se emocionaba al expresar que verdaderamente necesitaba estar en un lugar tranquilo y asegurado para poder recuperar la mano y me agradecía que lo recibiéramos en el Hogar. En eso, mientras agradecía, me dice: yo había oído hablar de usted pero no lo conocía y ahora que lo conocí, le agradezco… Yo agarré por el lado de: para mí también es un gusto conocerlo y siempre hacemos así, que yo tenga una charlita con los que entran… Ahí me corta y me dice que no era de ahora que me conocía sino que yo lo conocí el otro día, cuando usted pasó por el patio y lo vio al muchacho ese que tenía el pie cortado con una herida profunda y fue y le trajo unas muletas y como le quedaban cortas se puso a alargarlas y se las dio. Yo pensé (me decía él) cómo nadie lo vimos y él sí lo vio y ahí fue que lo conocí a Ud. Yo minimicé la cosa porque cómo no iba a verlo si andaba a los saltos por el patio con doce puntos en la planta del pie y sin nada de qué agarrarse, pero él insistió en que no, ud. lo vio. Yo me di cuenta y ahí lo conocí (y cada vez que me decía que me conoció me miraba a los ojos y sonreía con picardía como diciendo ahí te pesqué y me caíste bien). La verdad es que me emocionó y me hizo pensar, como dice Juliana, cómo Dios nos mira todo el tiempo desde el lado (desde el corazón) que menos pensamos.
Pero a lo que iba no es tanto a contar la anécdota sino lo del conocimiento. Este buen amigo me confirmó que existe ese tipo de conocimiento en el que uno en un gesto sabe que conoció íntegramente a una persona y eso basta para que se juegue por ella, para que le tenga fe.
Eso fue precisamente lo que sucedió en Caná, no sólo el agua convertida en vino, sino toda la escena (o algo, algún cruce de miradas entre la Virgen y Jesús, o la cara de los servidores…) algo que les hizo “conocer a Jesús”. Cada uno puede releer el pasaje pidiendo la gracia de “pescarlo a Jesús” (Acuérdense que hay que usar la tinaja del corazón, no las de piedra).

Diego Fares sj

Domingo del Bautismo del Señor C 2013

Soy un bien y un tú para Dios

hijo amado (2)

Estando el pueblo expectante
todos se preguntaban en su corazón acerca de Juan, si no sería el Mesías -el Cristo-respondió Juan diciendo a todos:
«Yo los bautizo a ustedes en agua; pero viene el que es más fuerte que yo, al cual yo ni siquiera soy digno de desatar la correa de sus sandalias; Él los bautizará en Espíritu Santo y en fuego.»
Y aconteció que, cuando el pueblo se hacía bautizar, habiendo sido bautizado también Jesús, y estando en oración, se abrió el cielo y el Espíritu Santo descendió en figura corporal, a manera de paloma, sobre Él. Y una voz vino del cielo: «Tú eres el Hijo mío, el predilecto, en Ti me he complacido» (Lc 3, 15-16. 21-22).

Contemplación

Dice von Balthasar que para gozar plenamente de mi vida y potenciar a full todas mis capacidades necesito “experimentar que yo represento un bien para Dios y un tú”.
Algo así como que se abra el cielo y el Padre me diga que, en Jesús, yo también soy su hijo predilecto. Y cuando agregue que “lo escuche a Jesús” yo, de nuevo, experimente, que esa invitación implica que Él también me escucha a mí. No es posible escuchar bien mucho tiempo a otro si no nos sentimos también escuchados.

Subrayo que Balthasar habla de “experimentar”, en el sentido del “sentir y gustar” de los ejercicios espirituales. No se trata de una verdad de fe para creer con la mente ni para forzar con el corazón sino que es una gracia que si uno la pide se le da, porque es la Gracia fundamental, la del Bautismo, y de lo que se trata es de revivirla, ya que todos la hemos recibido.

Para que “experimentemos” que somos un bien para Dios y un tú, Jesús hace todo lo que hace.
Hoy, hacerse bautizar junto con todo el pueblo.
Pensaba un rito de purificación popular en el que encontraríamos a Jesús metido y se me ocurría que lo veríamos caminando a Luján. El Padre hace sentir su cariño y su voz cuando Jesús está metido como uno más en la vida de su gente. Incluso en la transfiguración, el Señor se lleva a sus tres mejores amigos con Él, “en su compañía”, como dice Ignacio y los junta con Moisés y Elías para “experimentar Él mismo la predilección del Padre” en medio de sus discípulos y predecesores.

El Jesús resucitado que termina preguntando (mendigando) a Simón Pedro si lo ama, es un Jesús que quiere saber: “Simón, ¿soy un bien y un tú para vos?”. Es el anhelo más hondo de nuestro corazón y Jesús resucitado quiere expresarlo Él para que nos amiguemos con esta necesidad que nos mueve a nosotros.

Sólo nos reposamos cuando experimentamos que somos un bien para alguien y un tú con el que el otro desea dialogar.

Nuestros hermanos en situación de calle confiesan que es lo que más les duele: sentir que no son un bien para nadie. El que se les acerca incluso para darles algo los quiere despachar lo más rápido posible. Por eso valoran más que la comida o la ropa o la cama los dispositivos que ponemos en marcha para que “desarrollen sus potencialidades” como decimos. Y la primera acción suele ser un gesto de cariño, el saludo cordial, la fiesta de cumpleaños, el reconocer a cada uno por su nombre…

Ahora, por qué si es algo tan lindo lo que nos revela Jesús y si es “a lo que vino”, por qué nos cuesta tanto “experimentar que somos un bien para Dios”. Cuando uno experimenta eso todo cambia. Uno se despliega, respira hondo, le mete con todo, le dan ganas de rezar…

Para mí, la dificultad va unida a que me cuesta “experimentar que mi hermano es un bien para mí y un tú”. Me cuesta experimentar a todas las personas todo el tiempo como un bien para mí. Son muy pocas las que “siempre las experimento como un bien para mí”. Y yo mismo no soy una de ellas. No me experimento como un bien todo el tiempo. Y no solo por malo sino muchas veces por disperso.

“Experimentarme a mí mismo como un bien” pareciera que es condición para experimentar bien a los otros y a Dios. Si es así, la cosa no irá bien y si lo va será lento. ¡Hay tantas cosas dentro de uno!

Aquí es donde entra lo del “tú”. Entra porque sentirse un “tú” para Dios es la clave para que uno sienta ganas de rezar ya que sólo en la oración –estando un rato en oración, como estaba Jesús en el Bautismo- uno se puede sentir un bien para Dios.

Sentirse un tú para otro quiere decir sentirnos recibidos con alegría y verdadero interés porque el otro nos experimenta como alguien valioso al que le pasaron cosas nuevas que lo han profundizado, cambiado y mejorado y tiene ganas de que le contemos.
A la naturaleza, a los árboles y a los animalitos los experimentamos como un bien porque “son siempre los mismos”. A lo sumo florecen y crecen, pero se repiten en sus bondades previsibles. Pero las personas somos inestables e impredecibles. No sé con qué humor vendrás hoy o con qué me saldrás ni cómo estaré yo. Por eso es importante “ver” –experimentar- qué es ese bien que somos para Dios. El bien no son ciertamente nuestros arrebatos y caprichos. Tampoco nuestras ideas (que son lo menos nuestro)… Sí nuestras buenas acciones, o mejor, nosotros mismos tal como somos mientras estamos haciendo algo bueno por puro amor al otro.
De todas maneras, mejor que darle muchas vueltas es aceptar el ofrecimiento de Jesús: si estás en mí, si creés en mí, si te juntás con otros y hacés el bien en mi Nombre, experimentarás que el Padre te ama (que sos un bien para Él) y te escucha (te concede todo lo que le pidas en mi Nombre).

Para experimentar que somos un bien y un tú para Dios necesitamos a Jesús. Fuera de Él, fuera de ese espacio que se abre en torno a Él que se llama reino de los cielos, lo que somos es ambiguo y cambiante.
Asegurarnos que somos un bien para Dios, ese es el servicio que Jesús vino a hacernos, el regalo que vino a darnos. El Señor se hizo bautizar por Juan, junto con toda la gente, en el Jordán, para que todos lo sintiéramos solidario con nosotros, uno más en la cola para confesarse, uno más caminando a Luján.
Ver lo que le costó asegurar este espacio abierto para nuestra relación con Dios (la muerte en Cruz) no puede si no conmovernos.
Pero para experimentar personalmente la redención hace falta que la conectemos con esto de “experimentar que somos un bien para Dios y un tú”. Es necesario que renombremos lo que es nuestro pecado en estos términos positivos. Porque cuando decimos que Jesús murió por nuestros pecados y pensamos que murió por los que asesinan a los inocentes, ese pecado nos queda muy lejos, y si tratamos de pensar que murió por nuestros malos pensamientos, nuestro hablar mal de los demás y algunos maltratos, egoísmos y borradas, la muerte del Señor nos parece demasiado grande.
No. El pecado es lo que nos impide “experimentar que somos un bien para Dios”.
En alguno el impedimento estará en el pasado, en su autoestima, en que no le hayan hecho experimentar sus padres que era un bien para ellos o en alguna culpa o trauma.
En otro el impedimento estará en los futuribles, en su sentido del deber, en no estar nunca conforme con lo bueno que “debería ser”.
En otro el impedimento estará en el presente, serán sus pecados que no le permiten experimentarse bueno, puro, lleno de gracia, o los que le rodean, si no lo aprecian, si lo desvalorizan o lo maltratan…
Así, cada uno debe acercarse a Jesús que se bautiza solidariamente con lo que nos impide sentirnos un bien para Dios y, al salir del agua, escuchar junto con él, “este es mi hijo amado”, de labios del Padre.

Y para decirlo mejor, un texto de Martín Descalzo que comenta a Anthony de Mello:

Te quiero tal y como eres (José Luis Martín Descalzo)
Cuenta Anthony de Mello una fábula que me gustaría comentar a mis lectores. Dice así:
«Durante años fui un neurótico. Era un ser oprimido y egoísta. Y todo el mundo insistía en decirme que cambiara. Y no dejaban de recordarme lo neurótico que era. Y yo me ofendía, aunque estaba de acuerdo con ellos, y deseaba cambiar, pero no me convencía la necesidad de hacerlo por mucho que lo intentara.
Lo peor era que mi mejor amigo tampoco dejaba de recordarme lo neurótico que yo estaba. Y también insistía en la necesidad de que yo cambiara. Y también con él estaba de acuerdo, aunque tampoco podía ofenderme con él. De manera que me sentía impotente y como atrapado.
Pero un día mi amigo me dijo: «No cambies. Sigue sien- do tal y como eres. En realidad, no importa que cambies o dejes de cambiar. Yo te quiero tal como eres y no puedo dejar de quererte.»
Aquellas palabras sonaron en mis oídos como una música: «No cambies, no cambies, te quiero.» Entonces me tranquilicé. Y me sentí vivo. Y, ¡oh maravilla!, cambié.»
Supongo que habrá algunos lectores que no estén del todo de acuerdo con esta fábula y que hubieran preferido que el consejo de mi amigo fuera un poco diferente: «Harías bien en tratar de cambiar por tu propia bien, pero lo importante es que sepas que yo te quiero, como eres o como puedes llegar a ser.» Pero lo que me parece claro es que, en todo caso, lo sustancial de la fábula queda en pie: nadie es capaz de cambiar si no se siente querido, si no experimenta una razón «positiva» para cambiar, si no tiene una fuerza interior suficiente para subirse por encima de sus fallos.
Temo que esta elemental norma pedagógica y humana sea des- conocida por muchísimas personas. Tal vez por eso el primer consejo que yo doy siempre a los padres que me cuentan problemas de sus hijos sea éste: De momento, quiérele, quiérele ahora más que nunca. No le eches en cara sus defectos, que él ya conoce de sobra. Quiérele. Confía en él. Hazle comprender que le quieres y que le querrás siempre, con defectos o sin ellos. El debe estar seguro de que, haga lo que haga, no perderá tu amor. Eso, lejos de empujarle al mal, le dará fuerza para sentirse hombre. Con continuos reproches lo más probable es que multipliques su amargura y le hagas encastillarse en sus defectos, aunque sólo sea por amor propio. El debe conocer que esos fallos suyos te hacen sufrir. Pero debe saber también que tú le amas lo suficiente como para sufrir por él todo lo que sea necesario. ‘Y nunca le pases factura de ese amor. Tú lo haces porque es tu deber, porque eres padre o madre, no como un gesto de magnanimidad. Y cuando te canses -porque también te cansarás de perdonar por mucho que le quieras-, acuérdate alguna vez de que también Dios nos quiere tal y como somos y tiene con nosotros mucha más paciencia que nosotros con los nuestros.
Diego Fares sj

Domingo de Epifanía C 2013

Adoremos

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Cuando nació Jesús en Belén de Judea, en tiempo del rey Herodes, unos magos que venían del Oriente se presentaron en Jerusalén, diciendo:
« ¿Dónde está el Rey de los judíos que ha nacido? Pues vimos su estrella en el Oriente y hemos venido a adorarle. »
Al enterarse, el rey Herodes se sobresaltó y con él toda Jerusalén. Convocó a todos los sumos sacerdotes y escribas del pueblo, y por ellos se estuvo informando del lugar donde había de nacer el Cristo. Ellos le dijeron:
« En Belén de Judea, porque así está escrito por medio del profeta: Y tú, Belén, tierra de Judá, no eres, no, la menor entre los principales clanes de Judá; porque de ti saldrá un caudillo que apacentará a mi pueblo Israel. »
Entonces Herodes llamó aparte a los magos y por sus datos precisó el tiempo de la aparición de la estrella. Después, enviándolos a Belén, les dijo:
« Id e indagad cuidadosamente sobre ese niño; y cuando le encontréis, comunicádmelo, para ir también yo a adorarle.»
Ellos, después de oír al rey, se pusieron en camino, y he aquí que la estrella que habían visto en el Oriente iba delante de ellos, hasta que llegó y se detuvo encima del lugar donde estaba el niño. Al ver la estrella se llenaron de inmensa alegría. Entraron en la casa; vieron al niño con María su madre y, postrándose, le adoraron; abrieron luego sus cofres y le ofrecieron dones de oro, incienso y mirra. Y, avisados en sueños que no volvieran donde Herodes, se retiraron a su país por otro camino (Mt 2, 1-12).

Contemplación
Los magos anhelaban encontrar al Niño de la estrella para adorarlo. Y cuando la estrella se detuvo encima del lugar donde estaba el Niño, se llenaron de inmensa alegría, entraron en la casa, vieron al Niño con María su Madre y, postrándose, le adoraron y le ofrecieron sus dones de oro, incienso y mirra.
Herodes decía que quería adorarlo, pero en realidad quería matarlo.

Nuestra postura ante la adoración define nuestra vida. La define “en lo secreto”, define la contextura de nuestro corazón: si será de carne, de piedra o un corazón virtual (nueva posibilidad gracias a la tecnología). El corazón virtual no es ni de piedra ni de carne (ni “líquido” –de sangre-, pura ternura, como decía el cura de Ars que tenía que llegar a ser, de viejos, nuestro corazón).
El corazón virtual no “es” sino que se deja “afectar” por todo lo que aparece y va cambiando de amores, ideas, sentimientos y pasiones sin darse cuenta de cómo cambia.
Hay corazones “reyes magos”, que son fieles a la corazonada de que debe haber un Niño y una estrella. Son corazones que adoran aún antes de saber a Quién porque son fieles a sí mismos, saben que un corazón está hecho para adorar. Y buscan toda la vida al que es Digno de toda adoración.
Hay corazones “Herodes”, que se auto adoran y adoran a los que los adoran y aborrecen y matan a todos los demás, especialmente si vienen reyes a preguntar donde está el rey que ha nacido, porque venimos a adorarlo.
La estrella más brillante del cielo y el niño más pobre de la tierra reflejan muy bien –para el que sabe sentir y pesar- lo que es un corazón humano. Por eso digo que los reyes adoran antes de ver ya que conocen –sienten y han pesado- su propio corazón. Un corazón humano –cualquiera, el tuyo y el mío- está hecho de la materia más frágil del universo y del espíritu más libre e inteligente que trasciende el universo. Por eso se identifica con las estrellas y con los niños pobres como Jesús. El que se emociona con esta imagen y bendice por tener un corazón así, tiene un corazón de rey mago. Y si se pone en camino, atravesando desiertos oscuros y sorteando a los Herodes de las ciudades iluminadas, encontrará con inmensa alegría que un día la estrella se detiene justo encima del lugar donde está un Jesús niño pobre con María su Madre y San José. Y sepan, los que les gusta investigar, que la estrella se detiene hoy casi en cada esquina, ya que en nuestro mundo hay 448 millones de niños desnutridos y un Herodes “estructural” mata 30.000 niños por día de enfermedades curables, que se podrían fácilmente prever.

Recordamos lo que decíamos en el taller de las bienaventuranzas: “La adoración tiene dos gestos: el de postrarse y el de mandar un beso (ad-ore). Son dos gestos de pobreza espiritual: postrarse es reconocer que uno le debe todo a otro. Man-dar un beso, es reconocer que uno quiere darle todo al otro. Son dos gestos de Fe, porque la fe nace y se concreta en las actitudes prácticas de adoración.

Al Padre le gusta que lo adoremos en Espíritu y en verdad, reverenciándolo en lo secreto del corazón, santificando su Nombre, sin que nadie lo sepa.

A Jesús le gusta que lo adoremos “dándole un besito al niño” y sirviendo a nues-tros hermanos más pobres.

Cada vez que alguien adora rezando en lo secreto y sirve como quien cuida a un niño, viene el reino (venga a nosotros tu reino). El reino se activa y se vuelve real allí donde alguien ejercita esa relación de filiación con el Padre y le expresa su adoración, allí donde alguien ejercita su fraternidad con los hombres y la expresa en el servicio. Y se lo puede sentir en sus santos efectos: la paz, la cordialidad, la alegría…

Para terminar la contemplación de modo que no termine sino que cada uno la continúe en su vida, un clásico de Martín Descalzo que nos da la clave para adorar cada día comenzando desde el momento en que nos enfrentamos a uno de los dos grandes enemigos de los mayores de cincuenta, como dice Menapace: el espejo (el otro es la balanza).

Dice Martín Descalzo en “El arte de reírse de sí mismo”:
¡El arte de reírse de sí mismo! Arte difícil, que no te enseñan en ninguna universidad. Arte imprescindible si uno quiere escapar de esos dos grandes demonios de la vida humana: el que nos incita a adoramos a nosotros mismos y el que nos empuja a odiarnos desde nuestro propio corazón. El noventa y cinco por ciento de la Humanidad cae en uno de estos dos pecados. Tal vez en los dos, simultánea o sucesivamente.
Adorarse a sí mismo es tarea placentera. Y, aunque se ven más tentados en esto los llamados hombres públicos (que, como se pasan media vida subidos en púlpitos, tarimas, plataformas o pedestales, tienen la fácil tendencia a olvidar su propia estatura), afecta incluso a quienes objetivamente tienen bien pocos motivos para esa auto- adoración.
Peor son los que se odian a sí mismos. Son millones. Gentes que no se perdonan por no haber realizado todos sus sueños, gentes que están decepcionadas de sí mismas y convierten su decepción en amargura y mal café.
Aunque se piense lo contrario, no es nada fácil amarse humildemente a sí mis-mo, aceptarse como se es, luchar por ser lo mejor que se pueda, pero sabiendo siempre que esa mejoría se conseguirá siendo feos como somos, gordos como somos y medio-listos como somos. Dios, al mandar que amásemos al prójimo como a nosotros mismos, nos estaba mandando también que nos amásemos a nosotros mismos como al prójimo. Cosa no menos difícil.
Yo creo que el noventa por ciento de los violentos son gente que está furiosa consigo misma. Y casi todos los que odian a alguien han empezado por detestarse a sí mismos.
Por eso pregono hoy el arte de reírse de sí mismo, siempre que esa sonrisa surja de la piedad, de una suave ironía; siempre que esa mirada compasiva sobre nosotros mismos se parezca a la que los padres dirigen a sus chiquitines y a ésa con la que Dios contempla a la humanidad.
Es éste un arte muy difícil, que sólo le llega al hombre con la madurez, cuando se ha conseguido una actitud pacífica consigo mismo. Los adolescentes difícilmente pueden contemplarse a través de ese espejo del humor, ya que éste «sólo existe en los pueblos con solera» (escribió Martín Alonso) y, añadiría yo, «en los hombres con solera».
Los hombres deberíamos vivir con el alma siempre en borrador: sabiendo siempre que todo está en camino, que nada es definitivo ni irrepetible, que, en todo caso, todo puede ser mejorado y multiplicado. Cuando se nos endurece el alma y las ideas, envejecemos y empezamos a ser juguetes de la amargura.
Por eso yo pido a Dios todos los días que me dé el corazón de un idealista (para que siempre arda en mí el deseo de ser más alto, más hondo, más ancho de lo que soy) y la cabeza de un humorista semi escéptico (para no enfurecerme ni avinagrarme cuando cada noche descubro lo poco que en ese crecimiento he con-seguido).
Y me parece que Dios me ayudó dándome una barba muy cerrada que me obliga a enfrentarme cada mañana (y algunas tardes) con mi espejo, que es el momento mágico para sonreír ante el medio- tonto , medio-listo que soy. «Todos -dice Machado en su Juan de Mairena- deberíamos poder darnos de vez en cuando un puntapié en el trasero.» Y tiene razón, aunque yo he comprobado que es dificilísimo hacerlo contando sólo con dos pies” (Razones para la Esperanza).

Como decía en su Diario, el Cura Rural de Bernanos al fin de su vida: Me he re-conciliado conmigo mismo, con este despojo que soy. Odiarse es más fácil de lo que se cree. La gracia es olvidarse. Pero si todo orgullo muriera en nosotros, la gracia de las gracias sería apenas amarse humildemente a sí mismo, como a cualquiera de los miembros dolientes de Jesucristo.
Esta madurez Descalzo la llama “tener solera”, como un buen vino al que se lo ha dejado asentarse y destilar sus mejores cualidades durante un buen tiempo. De aquí brota esa mirada que es compasiva para con las personas, como la de los papás para con sus chiquitines, y despojada ante las cosas: que sabe vivir con el alma siempre en borrador. La adoración es fermento y fruto de estas actitudes. Ojalá que la noche del cinco, los reyes nos dejen en los zapatitos esta rara mezcla de dones que es la adoración: el aroma puro del incienso que sube al Padre, el gustito amargo de la mirra al besar los piecitos pobres de Jesús y el oro del buen humor del que se sabe reír con ironía y piedad de sí mismo sin nunca herir a los demás.
Diego Fares sj

Santa María, Madre de Dios C 2013

El lugar secreto preferido del Padre

María zefirelli

En aquel tiempo, los pastores fueron de prisa y encontraron a María, a José y al niño acostado en el pesebre. Al verlo, contaron lo que el ángel les había dicho de este niño. Y cuantos escuchaban lo que decían los pastores, se quedaban maravillados. María, por su parte, conservaba todos estos recuerdos y los meditaba en su corazón.
Los pastores regresaron glorificando y alabando a Dios, porque todo cuanto habían visto y oído era tal como les habían dicho.
A los ocho días, cuando lo circuncidaron, le pusieron por nombre Jesús, como lo había llamado el ángel ya antes de la concepción.

Contemplación

Al Jesús que se nos ha perdido, como veíamos en el evangelio de la Sagrada Familia, lo podemos encontrar «en las cosas del Padre». Una de las cosas que nos reveló Jesús acerca del Padre es que habita en lo secreto, y el evangelio del comienzo de año nos muestra el lugar secreto preferido del Padre: el lugar donde María “guardaba todas las cosas de Jesús”: su corazón.
El corazón de María es el lugar secreto preferido del Padre para habitar.

¿Qué nos muestra del corazón de María el evangelio de hoy?
Si contrastamos la situación en la que se encuentra y en qué está concentrada, el sentimiento que viene es que María tiene un corazón “sin pretensiones”.
¿De dónde saco esto y qué importancia tiene? Lo saco de pensar que para aceptar un pesebre y admirarse ante lo que dicen unos pobres pastores estando concentrada en asumir interiormente lo que sucede, dejando que se haga en ella “según la palabra” que le fue anunciada, su corazón debe ser ajeno a toda queja, a toda “pretensión”. Todos conocemos por experiencia las pequeñas (o grandes) discusiones de familia. Suelen ser por el lugar, cómo no previste, por la hora, nos hiciste llegar tarde, por las visitas, a quién invitaste… A María la vemos en medio de estas cosas centrada en guardar y meditarlo todo en su corazón. Ocupada en aprender que en Jesús todo tiene un sentido profundo pero no inmediato, un sentido que debe madurar con el tiempo (su Hijo se compararía después con un sembrador y con la semilla que crece sola, de día y cuando uno duerme).
¿Qué importancia tiene para nosotros?
Importa porque en un corazón así el Padre que habita en lo secreto se hace sentir, se lo puede adivinar viviendo en ella.

Nos quedamos un momento contemplando la maravilla de lo que acontece en lo secreto, sintiendo al Padre que se complace en su Hijo amado y le participa a María esta complacencia. Mientras en el Niño el Padre habita como puro estar juntos (la Palabra estaba junto a Dios), sin necesidad de reflexión, en María, que reflexiona y medita, el Padre habita haciéndole sentir y gustar internamente a su Hijo, como quien comulga, podríamos imaginar.

Nos detenemos en esto de lo secreto, donde está el Padre y donde nos encontramos con Jesús. El principio de lo secreto dice más o menos así:
cada uno es lo que es desde su intimidad, donde elabora, asume y expresa de manera única lo que va recibiendo de afuera, en la historia.
Allí habita el Padre porque es el lugar donde nos crea y nos hace participar de su vida en la intimidad.
El Padre también viene de afuera y es providente –sabe lo que necesitamos-, pero lo decisivo nos lo da desde adentro.
Por eso, porque lo que decide está adentro, en lo secreto de cada uno (Menapace dice que ser feliz es una decisión interior, así como aprender a amar) antes de alegrarnos o lamentar lo que pasa y lo que los otros nos hacen, hay que descubrir quiénes somos y cómo podemos crecer “en lo secreto”.
Hay una dificultad, por supuesto: nuestra intimidad no es fácilmente alcanzable por los métodos habituales de introspección. Aquí es donde viene en nuestra ayuda Jesús Niño, que necesita cuidado y cariño y no nos juzga, y María, cuya intimidad sin doblez es un bálsamo para el espíritu, especialmente el que esta lleno de complicaciones.
El ejercicios de maravillarnos con María y José por lo que nos dicen los pastorcitos acerca del Niño es un modo evangélico de entrar en nuestro secreto.
Es que el Niño Jesús no es un niño más. Nos ha nacido visiblemente el Niño que tiene el secreto de lo que somos cada uno como criatura (hemos sido hechos a su imagen) y de lo que podemos llegar a ser (hijos de Dios).
En Jesús podemos ver y comprender lo que somos. El es la Palabra secreta por la que el Padre hizo todo lo que existe.

Digámoslo con todas las letras: hoy hay muchos que creen que la palabra secreta de la que estamos hechos es un código (el código genético), una especie de fórmula matemática que encierra las claves de lo que somos. Leí hace poco en la revista de la nación: “La vieja pregunta ¿de dónde venimos?, parece que la respuesta viene de un coso que, hace unos 3500 millones de años, se las arreglaba para fabricarse a sí mismo, se fue conformando al azar a lo largo de mucho tiempo y sobre el que la evolución fue actuando ciega, silenciosa y lentamente para que se viniera todo lo demás, nosotros incluidos.”
¡Venimos de un “coso” que se las arreglaba para fabricarse a sí mismo! Los grandes leemos estas “afirmaciones científicas” y las ponemos en algún lugar en el que no nos afectan demasiado (o eso creemos). Pero en los jóvenes que son más radicales en sacar consecuencias, estas medio verdades dañan y corroen. Sé de muchos adolescentes que se angustian de pensar que somos un producto más del azar. Ellos sienten que estas verdades demuelen toda religión y todas las imágenes de Dios que les hemos transmitido sin preocuparnos de profundizar. Los padres que se angustian y tratan de saber cuánto alcohol o que sustancia “consumen” sus hijos, no se preocupan por estudiar y profundizar las “ideas” que consumen también y que afectan su modo de pensar y de actuar.

¿No es terrible “consumir” una idea como esta, que en lo secreto de nuestro interior más íntimo habita un “coso” que se llama LUCA (Last Universal Comon Ancestor) y no el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo?
¿No es una renuncia a pensar el hecho de detenerse ante el descubrimiento de que dentro nuestro hay un “código” –una palabra- y, en vez de reflexionar, afirmar así nomás que “se fabrica a sí mismo” y que si uno le da 3500 millones de años de chance y un pizca de azar produce todo lo que vemos? A mí me causa repulsión cuando escucho estas frases que mezclan impunemente en la mente de los jóvenes una verdad científica comprobada (el código) y le agregan el bolazo de un número que impresiona -3.500 millones de años- y con eso liquidan todo misterio. Si uno afirma el azar como una “posibilidad” científica, conceder que también es “posible” que a ese código lo haya “ideado y creado” Alguien, es también científico.
Afirmar sólo “una posibilidad” –la del azar- equivale a dejar de maravillarse ante el misterio de la vida. Esto es lo que está en el fondo de estas posturas: una actitud “no adorante”. Los antiguos, de haber descubierto algo así como un código que se fabrica a sí mismo y produce todo lo demás le hubieran llamado “Dios”. Pero el hecho de atribuirle el poder de crearnos, por un lado, y de llamarlo “coso” por otro, refleja una mala actitud y es contradictorio.
La otra manera de pensar que proponemos va por el lado de maravillarse de que en lo secreto de cada ser habite una “palabra común”, un “código” que nos hermana a todos y desde esa cumbre de la ciencia, levantar la mirada hacia El que pronuncia esa palabra. Porque no puede haber palabra que no haya sido pronunciada o código que se fabrique a sí mismo y que no se maraville de poseer este don de ser sí mismo y no se interese por “preguntar” quién le dio el don de hablar. Como dice Balthasar: “el que creó la palabra ¿no va a hablar?”.
Jesús afirma que Él es esa Palabra en la que todo fue hecho. Y que el Padre pronuncia esa Palabra en nuestro interior secreto.
Cuando María dice: hágase en mí según tu Palabra y la Palabra se hace carne en ella, no está haciendo algo “raro” ni recibiendo a un extraterrestre sino que está aceptando conscientemente lo que todo ser creado acepta por el mero hecho de existir (que el código Jesús se active) y está consintiendo que nazca en ella como un hombre particular –Jesús de Nazaret- Aquel que como Palabra creadora está en lo secreto de todas las cosas.
Cuando María contempla estas cosas y las medita en su corazón, al mismo tiempo que descubre más y más a Jesús, también se descubre a sí misma y a su misión.
La Buena Noticia es que el Padre habita en nuestro interior secreto, allí donde somos imagen y semejanza de su Hijo.
La Buena Noticia es que, si nuestro interior secreto está algo desordenado por el pecado, podemos recibir, como Juan al pie de la Cruz, a María por Madre, y hacer como él, que “la llevó a su casa, a lo suyo propio” como dice en el evangelio.
Estas reflexiones que quizás son algo complicadas de expresar se pueden concretar diciendo que esta “intimidad” de Dios en nosotros, es lo que hace que sintamos familiar a María, que en sus imágenes más exteriores y variadas todo el mundo sienta una intimidad honda que no necesita que nadie explique nada. El pueblo fiel intuye esta verdad y actúa en consecuencia con una piedad concreta, que toma gracia, que no teme que lo “exterior” deprecie lo “interior”, porque en María ve “el lugar preferido por el Padre y Jesús para habitar” y experimenta también que “honrándola a ella” se dignifica a sí mismo.
Algunos, para acceder a su interior recorren caminos complejos: los del psicoanálisis, los caminos orientales de silencio interior, los caminos de experimentar con las pasiones…
Todo vale si caemos en la cuenta de que el principio de interioridad no es un “espacio controlable” sino un “acto de decisión libre” renovado cada día. Un “hágase” y un “contemplar y meditar” las cosas de Jesús. La vida es “decisiones”, opciones constantes tomadas y sostenidas en lo secreto.
Entrar en sí, como el Hijo pródigo, es una decisión simple: volveré junto a mi Padre.
Creer en Jesús, pedirle que nos mande ir a él caminando por las aguas turbulentas de la historia, es una decisión.
Dejar que nos pregunte si lo amamos, que nos conozca todo y hacernos cargo de apacentar a sus ovejas, son decisiones.
En este lugar secreto de nuestra libertad habita el Padre y podemos encontrar, si se nos ha perdido, a Jesús.
Diego Fares sj