Domingo 4 C Adviento 2013

Realidades de Adviento: la fe de María

 

Marívisitacion5a se levantó y fue con premura
a la montaña, a un pueblo de Judá,
y entró en la casa de Zacarías
y saludó a Isabel.
Apenas esta oyó el saludo de María,
exultó el niño en su seno,
e Isabel quedó llena del Espíritu Santo,
y levantó la voz con gran clamor y dijo:
– ¡Bendita tú entre las mujeres
y bendito el fruto de tu vientre!
¿De dónde a mí (esta alegría): que la madre de mi Señor venga a mí?
Porque he aquí que, apenas sonó la voz de tu saludo en mis oídos,
exultó de alegría el niño en mi seno.
Dichosa tú que has creído que se te cumplirían plenamente
las cosas que le fueron dichas de parte del Señor (Lc 1, 39-45).

Contemplación
Ya está cerca la Navidad y no hablamos más de “metáforas” sino de la realidad de la fe de María, que recibe una felicitación de su prima anciana Isabel: “dichosa tú que has creído”. Y que has creído “plenamente”, que se te cumplirían todas las cosas que te fueron dichas de parte del Señor.
Esta bienaventuranza en labios de Isabel –que representa a todo el Antiguo Testamento y también nos representa a nosotros, que venimos después- es una gracia que el Padre da a los pequeñitos: la gracia de reconocer el valor de la fe de María.
Cuando nuestra Señora dijo muy sencillamente: “hágase en mí según tu Palabra”, todos los bienes de Dios se concentraron en ella y verdaderamente Dios hizo maravillas. Por la fe de María Dios nos dio a Jesús y con Él nos vinieron “gracia sobre gracia”.
Nosotros también reconocemos que la fe de María es la respuesta que todos quisiéramos dar a Dios cuando se acerca a nuestra vida con alguna propuesta: “hágase en mí todo lo que Vos Señor deseás y tenés planeado y querés bendecir”.
¡Feliz de mí, Feliz de vos!, cada vez que creemos, cada vez que confiamos así, de todo corazón, y dejamos que Dios haga su voluntad en nuestra vida.

Y como en nosotros los actos de fe a veces son algo débiles y tenemos poca memoria, con María, de su mano, con su ayuda, nuestra fe se siente confirmada. Ella nos confirma para que actuemos con fe, susurrándonos muchas veces: “hacé como Jesús te dice”.

Ahora, ¿qué es lo que percibe Isabel que hace que valore tanto la fe de María? Creo que se da cuenta, por su propia experiencia y la de Zacarías, su marido, que la fe de María es como debe ser. Ellos habían pedido toda la vida que se les cumpliera la gracia de tener un hijo y cuando Dios les anuncia que se la concede no terminan de creer. Al menos Zacarías, que se queda mudo hasta que nace Juan.
Gracias a su “poca fe” (pero que es fe verdadera) Isabel puede reconocer una fe simple e integra como la de María y felicitarla como “bendita entre todas las mujeres”. ¿Por qué? Porque el que tiene una fe así es una bendición para sí mismo y para todos los demás. La fe hace feliz al que la profesa porque Dios le “cumple” todo lo que pide y desea. Y si uno es “visitado” por alguien que tiene una fe así, es una gracia inmensa porque a través de esa persona uno recibe muchas bendiciones. Por eso Isabel se asombra y dice: “¿de donde a mí que la Madre de mi Señor me venga a visitar?”

Pero ¿qué es la fe, que merece tantas alabanzas y que causa tanta alegría?

En primer lugar, la fe no es “una varita mágica” que obtiene milagros y conjura todos los temores. Es cierto que estas gracias son parte de la fe. Jesús dice y repite muchas veces: “no teman”, “basta que crean”, “pidan con fe y recibirán”.
Los efectos milagrosos de la fe y la fortaleza interior de quien cree son cosas notables, pero por ahí nos distraen. Porque si uno se fija demasiado en los resultados exteriores y no obtiene ningún milagro por ahí piensa o que la fe no es tan eficaz o que es cosa de los santos y no de la gente común.
A mí me iluminó mucho leer desde la perspectiva de lo que significa tener fe la 1ª Carta a los Corintios, en la que Pablo habla del cuerpo y dice que el Espíritu, “a unos los ha establecido como apóstoles, a otros, en segundo lugar como profetas y a otros, en tercer lugar como doctores. Después vienen los que tienen el don de hacer milagros, el don de curar, el don de socorrer a los necesitados, el don de gobernar y el don de lenguas” (1 Cor. 12, 28 ss).

¿Qué es lo que me iluminó? Que muchas veces unimos la fe sólo al don de hacer milagros y al don de curar. Y son sólo dos frutos de la fe. Me llama la atención cómo Pablo los pone al lado del “don de socorrer a los necesitados” y del “don de gobernar”. ¿Cómo entra la fe aquí? Entra muchísimo, porque el don de socorrer a los necesitados implica una fe capaz de ver a Cristo presente en el necesitado. Esta fe “nos sensibiliza” a nosotros, de tal manera que “nos igualamos al necesitado”. No se trata de una fe en la que uno realiza un milagro y el otro experimenta una curación. En esta relación el “sanador” suele quedar en una posición especial, como la de alguien con un poder único y sobrenatural, lo cual es bueno para despertar la fe en ciertas personas y también tiene su cruz, ya que los curas sanadores sufren el desgaste de las multitudes que los quieren sólo para una cosa. El don de socorrer a los necesitados, en cambio, nos abre a otro aspecto de la fe. Más allá de lo que te doy (asistencia) importa el cómo te lo doy (no hiriendo tu autoestima ni consolidándote en la postura del que sólo recibe). Esta fe que iguala, que hace lleva a buscar la promoción del otro y la propia, es una fe que no brilla en efectos espectaculares pero que es profundamente humana.

Y aquí está la clave. La fe es lo más propio del ser humano. Creer y confiar y optar por la confianza jugándose por el otro, es lo que despierta el amor y la lealtad incondicional y sella las amistades entre las personas.
La fe de María es una fe “continuada”, para expresarlo de alguna manera. Dios no le hace un milagro “espectacular” sino que entra en su vida como naturalmente y la fe de ella es la que le permite ir “creyendo” en Jesús en cada momento de su vida, desde su concepción hasta la resurrección, pasando por la Cruz y la vida pública.

Evidente que la Encarnación fue un hecho “milagroso” y “único”. Pero el Hijo se “encarnó” tan encarnadamente, se hizo “historia” de tal manera que María sólo veía muy de vez en cuando “cosas espectaculares” de Jesús. Más bien al revés, la presencia misteriosa del Hijo de Dios, vivida con fe pura y simple y plena, hacía que la vida cotidiana se convirtiera toda ella en milagro y en algo especial, digno de Amor.

Lo que quiero resaltar es que así como la fe tiene algunas expresiones “especiales”, como son los milagros y las curaciones, tiene muchas expresiones en las que externamente no hay nada especial y es eso “ordinario”, precisamente, lo que da más valor humano y divino a la fe. Esta fe está al alcance de todos. La de hacer milagros, sólo es para aquellos a los que el Espíritu se lo concede para el bien común.

¿Qué características tiene esta fe “no espectacular”?
Me quedo en lo de “socorrer a los necesitados” y “gobernar”.
Socorrer a quien lo necesita, si bien se aplica en particular a casos de necesitados muy pobres, es algo que caracteriza todo trabajo. Todo trabajo es hacer algo para satisfacer una necesidad de alguno. Hacerlo y vivirlo desde la fe, creyendo que “colaboramos con un Jesús que siempre trabaja, lo mismo que su Padre” es un don que abarca grandísima parte de nuestra vida. La fe viene a darle un sello personal a nuestro trabajo y a todo nuestro “accionar”. El sello personal de creer que estamos “sirviendo a Cristo” y que “estamos trabajando con Cristo”. El plus de “hacer todo lo que hacemos en su Nombre”, eso es esta fe de la que hablamos.
Todos distinguimos perfectamente cuando alguien que hace algo “lo hace con una dedicación especial para nosotros”. Aunque el resultado sea el mismo, hay gestos, hay sonrisas, hay detalles, que a uno le hacen sentir, en un trabajo realizado objetivamente, algo más: el corazón del otro que lo hizo por nosotros y para nosotros. A Jesús esto le agrada particularmente. Y distingue entre los que hacen las cosas por sí mismas, por deber, los que las hacen por fama, para gloria propia, y los que las hacen por Él, por amor a Él y para gloria del Padre.
Las otras acciones tienen su premio en sí mismas o tienen el aplauso que brindan los hombres. La acciones hechas “en nombre de Jesús”, Él mismo las premia. No con premios exteriores sino con “más confianza”, con más amistad. “Bien servidor bueno y fiel, entra a participar del gozo de tu Señor”.

La otra característica de esta fe “no espectacular” es la del gobierno espiritual. Gobernar y conducir en la fe es una gracia que muchos no notan, justamente por la ausencia de “frutos espectaculares”. Cuando una familia o una institución es gobernada en la fe, hay frutos que se ven con el tiempo (se trata de obras bendecidas que perduran a lo largo de la historia y de familias en las que la fe se transmite como una herencia preciosa de padres a hijos y nietos).
Además de este fruto de la “perdurabilidad” (pensemos en algunas órdenes y congregaciones religiosas que se renuevan y convocan nuevas vocaciones y de obras que atraen colaboradores…), están también otros frutos.
Uno es la paz (en la medida en que depende de cada uno, ya que la paz siempre se da en medio de luchas).
Otro fruto es el “llegar efectivamente a los necesitados” de caridad y de evangelización.
También está el fruto de la “paciencia en los sufrimientos”, cuyo sentido salvífico sólo es captable gracias a la fe.
Y otro fruto, no menor, es el que me hacía notar un amigo hablando de nuestras obras, que son fruto de decisiones de gobierno espiritual en la fe y no de prudencia humana, ya que si así fuera ni hubieran empezado: hay algo que todos los que participamos en estas obras podemos constatar y es que, cada uno en su medida, por el simple hecho de que estas obras existan y de que estemos colaborando en ellas, nos hacemos mejores personas. Y cuando no es así, por el pecado que a veces hace que en obras buenas estemos con actitudes malas, siempre es claro y constatable que se trata de un pecado, de no querer participar de los frutos grandes y comunes que vienen de Jesús por preferir “nuestra parte de la herencia” como el hijo pródigo o por estar resentidos, como el hijo mayor.
Diego Fares sj

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