Domingo 3 C Adviento 2012

Metáforas de Adviento: el don del fuego

fuego

La gente le preguntaba a Juan:
– «¿Qué debemos hacer entonces?»
El les respondía:
– «El que tenga dos túnicas, dé una al que no tiene;
y el que tenga alimentos, que haga lo mismo.»
Algunos recaudadores de impuestos
vinieron también a hacerse bautizar y le preguntaron:
– «Maestro, ¿qué debemos hacer?»
El les respondió:
– «No cobren más de la tasa estipulada por la ley»
A su vez, unos militares le preguntaron:
– «Y nosotros, ¿qué debemos hacer?»
Juan les respondió:
– «No extorsionen a nadie, no hagan falsas denuncias y conténtense con su sueldo.»
Como el pueblo estaba a la expectativa
y todos se preguntaban si Juan no sería el Mesías, él tomó la palabra y les dijo:
– «Yo los bautizo con agua, pero viene uno que es más poderoso que yo, y yo ni siquiera soy digno de desatar la correa de sus sandalias; él los bautizará en el Espíritu Santo y en el fuego. Tiene en su mano la horquilla para limpiar su era y recoger el trigo en su granero. Pero consumirá la paja en el fuego inextinguible.» Y por medio de muchas otras exhortaciones, anunciaba al pueblo la Buena Noticia (Lucas 3, 10-18).

Contemplación

¡El fuego!
Francisco nos lo hermanó en su cántico de las creaturas:
Alabado seas mi Señor
por el hermano fuego;
con él alumbras la noche,
y es alegre y robusto
y fuerte y bello.
Escribe E. Galeano:
El mundo es eso: un montón de gentes,
un mar de fueguitos. El mundo es eso.
Cada persona brilla con luz propia
entre todas las demás, cada persona.
No hay dos fuegos iguales.
Hay fuegos grandes, fuegos chicos,
hay fuegos de todos colores.
Hay gente de fuego sereno,
que ni se entera del viento,
y gente de fuego loco,
que llenan el aire de chispas.
Algunos fuegos, fuegos bobos,
que no alumbran ni queman,
pero otros arden la vida
con tantas ganas
que no se puede mirarlos
sin que nos quemen y quien se acerca, se enciende.

Hurtado era de estos últimos; era “un fuego que enciende otros fuegos”.
Madre Teresa también expresó su “fuego secreto” como una sed, la sed de Jesús por las almas de la cual la hizo partícipe y ella le respondió “no negándole nada a Jesús” cada vez que le pedía algo.

Esta del fuego es una linda metáfora de lo que vino a traer Jesús, que dijo:
“He venido a traer fuego a esta tierra y cómo quisiera que ya estuviera ardiendo”.

El Señor vino a traer fuego y la poesía de Galeano ayuda porque habla de que hay muchos tipos de fuego. Me gusta la primera imagen: la de la gente del mundo como un mar de fueguitos. Y también la de esos “fuegos que arden (toda) la vida con tantas ganas que quien se acerca, se enciende”.

Creo que el cristianismo fue y sigue siendo cuestión de un fuego que enciende a quien se acerca. A quien se acerca en persona, digo, porque no se puede encender un fuego desde un pantalla (¿o sí?).
Hay una calidez y un fervor que sólo se experimentan desde muy cerquita, en los detalles, allí donde alguien, en vez de apagar la velita humeante la re-enciende; allí donde alguien, en vez de dejar, retoma, pone un poquito más de sí.

El fuego, con su capacidad de comunicarse entero, es la imagen perfecta del Don. En filosofía se dice que el Bien es perfección y que hay muchos tipos de perfección. Está la perfección de una flor, que brilla en la armonía de sus pétalos y en la belleza de su color; está la perfección de una danza, en la que los movimientos se suceden constituyendo un todo sin rupturas (perfección operativa); y está la perfección de quien alcanza su fin propio, la perfección de un hombre santo, por ejemplo, cuyas acciones y juicios muestran una madurez y una plenitud sin defecto.
Pero entre todas las perfecciones, la mayor es una que no se queda en sí misma sino que logra perfeccionar a otro. Es la que se llama “perfección perfectiva”. Y el fuego es la imagen perfecta de perfección perfectiva, porque una llamita puede encender muchas otras, idénticas a ella, puede darse entera sin perder nada de sí.

Esto es lo que hay que saber para gustar la metáfora en su justa medida y en toda su fuerza expansiva.
El Espíritu Santo no es fuego por que sea potente o invasivo. No es la imagen del fuego devorador lo que importa. No. Lo que importa es la capacidad de don. Puede ser un fuego chiquito , una fogata o un incendio. Lo que cuenta es que el Espíritu se dona entero, se comunica íntegro y tiene la capacidad de donarnos su perfección plena y total. Por eso las imágenes que utiliza Jesús, para expresar el don de sí, son imágenes de gestos pequeños (un vasito de agua, dos moneditas…). Es que lo que le interesa es el don total de sí. Y el don total muchas veces sólo puede realizarse con verdad en cosas pequeñas. No depende de uno “dar la vida entera”. El martirio no se presenta a cualquiera, así nomás. En cambio, hay mil oportunidades cada día en las que uno se puede dar por entero en algún pequeño gesto.

Lo bueno –buenísimo- de Jesús es su entrega, su capacidad de dar la vida y de darse hasta el fin. Esto queda plasmado en la Eucaristía y en el Espíritu. La Eucaristía es el don total de sí hecho carne, hecho pan, para que nadie se confunda en cuanto a la materialidad de la comunión que el Señor viene a establecer. Por eso el cristianismo no es “espiritualista”, en sentido peyorativo, sino encarnado: es lavado de pies, tuve hambre y me diste de comer, perdón de las deudas (plata contante y sonante). Pero el don de sí de Jesús es también Espíritu y fuego. Es lo más intangible y lo puramente espiritual, tanto como puede serlo ese don de sí que uno pesca en un gesto de otro y que nada ni nadie sino la balanza exactísima del corazón humano puede medir y pesar.

Charlando con un cura amigo, me contaba de otro que celebraba la misa medio apurado y me decía que él sentía como que “habíamos perdido el fuego”. Me impresionó que no dijera que “el otro había perdido el fuego” sino que “lo habíamos perdido nosotros”, nos incluía y se incluía a sí mismo y está muy justo esto porque el fuego no se pierde “individualmente”. Así como basta que haya una velita prendida o esté encendido el calefón para que uno sienta “que hay fuego” en la casa, así, si en una comunidad o en la iglesia entera, hay uno que tenga el fuego, los otros sentimos que lo tenemos, porque en cualquier momento nos podemos encender en él y, como decíamos, el fuego se transmite entero.
Por eso esto tan terrible –lo de que todos (nuestra patria Argentina, por ejemplo, en muchos de sus estamentos) hayamos perdido el fuego- esto tan terrible, digo, es también esperanzador. Porque como se trata del fuego, basta que uno lo recupere de algún lado, de quien sea (una llamita), para que todo se vuelva a encender.

Jesús es el que siempre “tiene encendido el Fuego” y lo puede comunicar.
“El los bautizará en Espíritu Santo y fuego.”
El Fuego de su Palabra, ardiente de evangelio.
El Fuego de la Eucaristía, pan que energiza y vino que alegra el corazón.
El Fuego de la confesión, donde podemos quemar nuestros pecados y salir purificados y retemplados.
El Fuego de la misericordia, que se apasiona y padece con el que sufre.
El Fuego de la alabanza y la adoración, que consume el propio narcisismo y nos abre al Padre.
El Fuego de “lo común”, que es la Iglesia.
Nos detenemos en este fuego: el de la Iglesia.
El que no ama apasionadamente (apasionadamente quiere decir sin peros) a la Iglesia como Institución humana querida por Jesús es porque no aprecia lo que significa que exista a lo largo del tiempo una “comunidad donde siempre se puede reencender el fuego del Espíritu-común”. La Iglesia es la que garantiza que el fuego que se enciende en ella es el Fuego común, el que el Espíritu enviado del Padre y de Jesús, encendió en Pentecostés y que se mantiene idéntico en todo el mundo. Y lo que permite que este fuego esté ardiendo es el carácter “personal” de la Iglesia. Que es precisamente también la fuente de todos los pecados y debilidades de la Iglesia.

Lo que quiero destacar es que un Fuego “que se dona entero”, como es el Espíritu, necesita, para darse, que lo reciban “personas”. Un don “total” solo lo puede comunicar una persona y sólo lo pueden recibir “personas”. Por eso es que, más allá de defectos y virtudes, lo que importa es que la Iglesia es sujeto. Todo en la Iglesia es personal: los sacramentos tienen este sello personal (se hacen “en la Persona de Cristo”): yo te bautizo, yo te absuelvo de tus pecados…, esto es mi cuerpo…; las decisiones de los concilios ratificadas personalmente por los papas, tienen también este sello de la responsabilidad personal. Más allá de lo acertado del contenido objetivo, que siempre permanece abierto e investigable, lo que importa es que cada hecho, cada gesto, cada declaración de la Iglesia, lleva el sello humano y personal de alguien concreto que se hace cargo. Y esto permite que intervenga el Espíritu Santo.

Para que me encienda el Fuego que vino a traer Jesús necesito la comunidad en la que se mantiene encendido. Al fin y al cabo, cuando se corta la luz, lo primero que uno hace es “encender no una vela sino varias” y asegurarse que no se rompa la cadena. Es que el fuego es lo más personal y, por eso, lo más comunitario a la vez.

Diego Fares sj

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