Domingo 34 B 2012 Cristo Rey

Maniatados por la Verdad

Entró de nuevo Pilato en el Pretorio y llamó a Jesús.
Y le preguntó:
– ¿Eres tú el rey de los judíos?
Jesús le respondió:
– ¿Dices esto por ti mismo o bien otros te lo han dicho de mí?
Pilato replicó:
– ¿Acaso yo soy judío? Tus compatriotas y los sumos sacerdotes son los que te han entregado a mí ¿Qué hiciste?
Jesús respondió:
– Mi realeza no es de este mundo. Si mi reino fuera de este mundo, los que están a mi servicio habrían combatido para que Yo no fuera entregado a los judíos. Pero ahora mi reino no es de aquí.
Pilato le dijo:
– Entonces, ¿tú eres rey?
Jesús respondió:
– Tú dices que Yo soy rey. Para esto he nacido y he venido al mundo: para testimoniar la verdad. El que es de la verdad escucha mi voz (Jn 18, 33-37).

Contemplación
Jesús maniatado ante Pilato. ¡Qué imagen de nuestro Rey!
¿Y de qué hablan? Del poder y de la verdad.
¿Eres el Rey de los judíos?, le pregunta Pilato.
¿Lo preguntas por ti mismo o porque te lo dijeron…?
…………
El Señor sale con los tapones de punta –justo Él, que después entrará en un silencio impenetrable para los que lo condenan-.
Pilato no se pudo sustraer a este hombre que con una frase lo implicó personalmente. Eso era justamente lo que Pilato no quería. El quería zafar. Eso se ve claro después, cuando haga la pantomima de lavarse las manos. Esta era su intención desde el comienzo, igual a la de tantos políticos cuya principal preocupación no es el bien común sino cómo queda su poder y su imagen.
Pero a su primera pregunta (quizás se descuidó y en vez de citarle los cargos “se le acusa a ud. de…” sintió curiosidad por el personaje) el Señor le retruca: “esto te interesa a ti o simplemente es una manera de expresar lo que otros te dijeron”.

Pilato se defiende instintivamente, mostrando la hilacha. Decir “¿Acaso soy yo judío?” es una manera muy despectiva de decir “la cosa no me interesa en absoluto personalmente”, es un problema entre ustedes: “Tus compatriotas y tus autoridades te han entregado a mí”. Y agrega “qué hiciste”, con lo cual termina de tomar infinitas distancias y poner todas las murallas posibles entre este judío y él.

Pero ya es tarde, porque el Señor ahora le responde su primera pregunta. Le dice: “mi realeza no es de este mundo…”, y lo torea de nuevo: “si no, mi gente hubiera combatido”. Y Pilato vuelve a “entrar” como decimos. Porque no hace caso a lo de que los partidarios de Jesús pueden tener capacidad de combate sino que vuelve a preguntar, no sabemos si con curiosidad personal o con ironía de juez que constata la confesión del acusado: “¿Entonces Tú eres Rey?”.

Por la respuesta de Jesús podemos deducir que el tono fue el del juez que piensa que el acusado ha confesado su culpa y piensa “el pez por la boca muere”, porque el Señor vuelve al ataque diciendo “eso lo dices tú” como quien dice “no me hagas decir lo que vos querés”. Y sin esperar respuesta el Señor avanza más hondo: “para esto he venido al mundo, para dar testimonio de la verdad” y lo interpela de nuevo: “el que es de la verdad escucha mi voz”. Aquí Pilato zafa con el famoso “y qué es la verdad” y se escapa sin esperar respuesta.

Cada vez que uno se mete en la escena y revive el diálogo entre el Jesús y Pilato la realeza del Señor se agiganta.
A veces, en los debates entre grandes personajes, uno admira al que se enseñorea del diálogo y marca la diferencia no solo por lo que dice, sino por el tono, por los gestos, por el manejo de los tiempos, por la agudeza para captar a dónde va el otro… Aquí Jesús se revela como Señor y Rey del diálogo. En general, los diálogos del Señor en el evangelio son cortos. La gente sencilla y sus amigos le hacían una pregunta, dos a lo sumo, y luego recibían la enseñanza y la explicación. Con Pilato, las preguntas y los retruques son varios. Es que no era cualquiera, representaba a Roma, lo que equivale a decir “El poder”. No se si ha habido poder más grande en la historia. Quizás hoy hay más concentración de poder militar o económico en las grandes potencias, pero la conciencia que tenían los funcionarios romanos del poder que representaban y ejercían no tiene parangón con la conciencia y el manejo del poder de los funcionarios actuales. Tal vez por eso el Señor entabla diálogo con Pilato y lo sostiene. Como ejemplo de cómo debe ser nuestro diálogo con el poder, con todos los poderes de todas las épocas.

Aquí nos quedamos.

¿Cómo debe ser nuestro diálogo con el poder en la actualidad?

Hay un aspecto, el de la fuerza de los que ejercen el poder, frente a la cual no podemos hacer mucho. Estamos a merced de poderes inmensos, capaces de desencadenar guerras, de hacer desaparecer gente, de consumir en poco tiempo la vida del planeta sin importarles las próximas generaciones. Aquí quizás nos ayude la imagen de Jesús maniatado y a merced de lo que decidan otros. Aunque el discurso público de los poderosos afirme que nadie está maniatado, que cada ciudadano es libre y que no existe la esclavitud, es bueno agudizar la conciencia de las esclavitudes modernas. Para no enojarse mal cuando el sistema “no funciona como tendría que funcionar” (uno encuentra que los hospitales son para todos pero sacar un turno requiere semanas, que lograr justicia lleva a veces la vida entera, que no es verdad que los impuestos que nos han sacado del sueldo han ido para que haya luz, limpieza y no se inunde la ciudad, que los transportes no tienen mantenimiento…). Uno se da cuenta cuando ve las guerras que se desatan y toma conciencia de que los mismos que ordenan esas guerras son los que “negocian” en supuesto pie de igualdad con los países pequeños. Pues bien: el Señor no enfrentó a estos poderes con sus legiones de ángeles. La fuerza de los poderosos acabó con su vida como con la un innumerable cantidad de personas a lo largo de la historia. Jesús maniatado ante Pilato es una imagen de las víctimas de la tragedia de Once –maniatados como ganado en el tren que no frenó-, de todas las María Soledad, Candela y Marita Verón, maniatadas para ser sometidas, de todos los trabajadores y trabajadoras esclavos, maniatados a sus máquinas de coser, de todos los ancianos y ancianas de tantos asilos, maniatados a sus camas porque no hay quién los cuide de noche…

Sin embargo, el Señor que no lucha por desatarse las manos y comparte la suerte de todos los maniatados de la historia, tiene un rol muy activo en lo que hace a la verdad. Y siguiéndolo a Él, también cada uno de nosotros, allí donde se ve maniatado, puede dar testimonio de la verdad. No se trata de una tarea menor o poco efectiva. Jesús dice que en realidad para realizar esa misión vino el al mundo. Para eso he nacido y vine al mundo: para dar testimonio de la verdad.

¿Qué verdad?
En primer lugar, se trata de “escucharla”. Jesús dice que “el que es de la verdad escucha su voz”. O sea: lo contrario de lo que hizo Pilato. Los poderosos “no escuchan” ninguna verdad. Establecen la suya y nos hacen tragar sus discursos por todos los medios. Nosotros, como discípulos de Cristo, en cambio, somos gente que tiene abierto el oído a la Verdad, gente que tiene sed de escuchar la Verdad de labios de Jesús. Esta es la primera verdad. Antes que este o aquel contenido, la verdad requiere gente con un oído que se agudiza y se ensancha, atento y esperando siempre a que el Señor haga oír su voz. Eso es “ser de la verdad”.

¿Sirve de algo ser de la verdad? ¿Sirve de algo ser de los discípulos que “escuchan la voz de Jesús”?
Vaya si sirve. El Señor dice que “la verdad nos hará libres”. La verdad sirve para ser personas libres. Personas dueñas de su historia y de su propia vida, que se hacen cargo de sí mismas y de los que aman, personas que piden perdón de sus pecados, porque se hacen responsables de sus acciones, personas que se hacen responsables de las obras que encarnan el amor a los pobres, personas que tienen pertenencia y se juegan por los demás.

Hay que saber que detrás de todo sometimiento a un poder que esclaviza hay una mentira (no solo se trata de ignorancia o de errores sino de mentira). Y “estar abierto a la verdad, escucharla con fe y ponerla en práctica con amor nos hace libres”, nos libera de la mentira, del autoengaño, de la máscara y del lavado de manos.

¿Qué más?
No solo podemos escuchar –más y mejor- la Verdad sino que podemos dar testimonio de la verdad.
Dar testimonio de que Jesús es la verdad: sus palabras y su vida entera son La Verdad. ¿Cuál Verdad? La Verdad que nos pone en sintonía con Jesús.
Jesús nos revela que el Padre nos creó por amor y que él vino a este mundo a testimoniar que este amor es verdad y lo hizo amándonos hasta dar su vida por nosotros.
Escuchándolo hablar con Pilato, uno siente que no es un diálogo inventado. En ese diálogo podemos entrar en contacto con el que es –precisamente- la Palabra, la Verdad.
Eso es la fe: el cariño y la adhesión incondicional que suscita Jesús maniatado dando testimonio de la verdad.

Esta Verdad nos saca todos los miedos, nos potencia todas las esperanzas, le da sentido a todos nuestros sufrimientos y nos activa el deseo de darnos a los demás.

Fijate dónde estás “maniatado” por tu amor a los demás, dónde te maniató el poder anónimo que rige este mundo por no ser de los que zafan sino de los que se comprometen. Allí, maniatado de pies y manos, tu corazón está libre, y podés dar testimonio de la Verdad. Que sos muy amado y que amás a Dios y a los demás.
Diego Fares sj

Domingo 33 B 2012

Wi Fe

(Después de salir del templo, fueron al monte de los Olivos y habiendo llegado, Jesús, se sentó mirando a lo lejos, hacia el templo. Pedro especialmente, pero también Santiago, Juan y Andrés, le preguntaban: Dinos ¿cuándo será el fin, y cuál la señal de que todas estas cosas están por cumplirse?) Y Jesús comenzó a decirles….:
-En aquellos días, después de la tribulación el sol se entenebrecerá
y la luna no dará su esplendor, las estrellas irán cayendo del cielo y las fuerzas que están en los cielos se conmoverán.
Entonces verán al Hijo del Hombre
viniendo sobre las nubes, con gran poder y gloria. El enviará a los ángeles y congregará a sus elegidos desde los cuatro vientos
desde el extremo de la tierra asta el extremo del cielo.
Aprendan esta parábola, tomada de la higuera: cuando sus ramas se hacen flexibles y brotan las hojas, ustedes se dan cuenta de que se acerca el verano.
Así también, cuando vean que suceden todas estas cosas,
dense cuenta que está cerca, a la puerta (el reino de los cielos).
Les aseguro que no pasará esta generación, sin que suceda todo esto.
El cielo y la tierra pasarán, pero mis palabras no pasarán.
En cuanto a ese día y a la hora, nadie las conoce,
ni los ángeles del cielo ni el Hijo, nadie sino el Padre
(Mc 13, 24-32).

Contemplación
Miramos a Jesús, que se ha sentado en el monte de los Olivos y contempla el Templo de Jerusalén. Los discípulos más amigos aprovechan el momento para preguntarle acerca del fin. Y el Señor apela a su sentido del tiempo: el sentido del clima y de las estaciones, que nos hace “sentir” cuando “se viene una tormenta” o “que ya se anuncia la primavera”, y el sentido de la vida: cómo “se nos pasa”. Sentado allí, poco antes de su pasión y de su partida al Padre, el Señor le abre el corazón a sus tres amigos y les revela (apokalipsis) que hay algo que “no pasa”, algo que está escondido en lo íntimo del Cosmos y de toda vida humana. ¿Qué es eso que no pasa? Sus palabras. El evangelio. Por eso está tan lindo el dibujo de Fano, que nos invita a estar “conectados a la Palabra”. En vez de Wi Fi se trata de Wi Fe. Una Fe viva –conectada en la cercanía- que le permite al Señor actualizar nuestra mentalidad cada semana y hacernos participar de todos los tesoros de su gracia.
…….
Hoy, nuestra concepción de la “palabra” requiere una actualización. Es sencilla y uno se actualiza rápido, pero no es opcional. Si uno no se actualiza puede tener problemas para “conectarse a la Fe”.
El primer paso consiste en “sintonizar” con la mentalidad apocalíptica. Era propia del tiempo de Jesús, desapareció del mapa en cierta época, con todos los progresos de la ciencia y hoy vuelve a influir en nuestra vida con mucha fuerza. Hay épocas en las que la humanidad mira más para adentro: se fascinó con sus avances científicos y con el progreso. Y hay otras épocas en las que miramos más hacia fuera: al planeta – con sus terremotos y tsunamis – y al cielo – silencioso, inabarcable para la imaginación, magnífico y terrible-. Desde hace unas décadas, la preocupación por el planeta –la ecología-, resuena con más fuerza entre las cosas que nos ocupan todos los días. Y lo apocalíptico – lo que se refiere a las cosas últimas- se hace presente en la vida cotidiana. Uno lo puede notar en el lenguaje de los chicos, a los que les preocupa el planeta que les dejamos. En este sentido no estamos lejos del lenguaje del evangelio de hoy.
El segundo paso de la actualización consiste en notar las diferencias. Para decirlo de manera simple, en la antigüedad, la mentalidad general era mítica. El sentido profundo de la realidad se expresaba en gran medida mediante relatos míticos y el Señor utiliza imágenes míticas: “el sol se entenebrecerá y la luna no dará su esplendor, las estrellas irán cayendo del cielo y las fuerzas que están en los cielos se conmoverán”.

En la actualidad el lenguaje es científico. Pretende ser “estrictamente científico” aunque también utilice mucho lo mítico. Por un lado, es verdad que todo se “cuantifica”: el grado de radiaciones que emite el sol, la velocidad de la luz a la que una galaxia se aleja de otras…; pero, por otro lado, incluso la ciencia termina hablando con imágenes “metafóricas”: la hipótesis de una explosión inicial se llama el Big Bang, el universo se describe como la superficie de un globo que se infla…, se habla de “rebaños de galaxias” y de “nidos de estrellas”.

El tercer paso de la actualización es una breve reflexión sobre los efectos del lenguaje científico, que es un lenguaje “matemático” (números estadísticos, medición de procesos…). Simplemente nos fijamos en que los números que le ponemos a la realidad nos inquietan más que las palabras. Basta pensar en los números de nuestros análisis médicos, cómo necesitan de la palabra humana del médico.
Esta inquietud es algo propio de los números: ellos “no se detienen”. Por eso ¿qué nos dan?: nos dan una imagen de la realidad constituida por millones de fotos que se suceden una a otra a cada instante y que producen vértigo. Los números se nos escapan de las manos. Por eso nuestro gobierno “se apodera políticamente” del Indec y no deja que ese instrumento de poder esté en manos de sus adversarios, que reclaman “objetividad científica”. Al menos no hay que ser ingenuos, hay que saber que todo manejo de los números es político y que no existe un Ente Objetivador Neutral que constate los números “reales” sin interés ni pasión sectorial. Pero no nos vayamos de nuestra actualización de hoy. “Los números inquietan” y quizás por eso el Señor se sale del lenguaje de los números y dice que nadie, ni siquiera Él, sabe el día ni la hora del fin del universo. Sólo el Padre. Esta revelación del Señor, su ponerle freno a la sed de números, es un gesto más poderoso que el que hizo cuando detuvo la tormenta en el lago extendiendo su brazo. Hacerle caso, relativizar nuestras preocupaciones estadísticas, nuestros cálculos y proyecciones, más que una actualización es una conversión, implica un salto a la Fe y un abandono total en las manos de la Providencia.
Seamos conscientes de que es más difícil que en otros tiempos. Cuando no se disponía de muchos datos, parecía sensato fiarse de Personas como Jesús. Hoy, con tantos datos a nuestro alcance y teniendo que utilizarlos en nuestro trabajo, pareciera más difícil esto de la Fe. Aquí es donde necesitamos “actualizarnos” y saber que no se trata de ignorar los números sino de profundizar más todavía.

El cuarto paso, de profundización, consiste en revalorizar las palabras en general y las de Jesús de manera especialísima.
Las palabras, al revés que los números, tienden a fijar la realidad, por eso nos sitúan en una escala más humana: son fotos más panorámicas. La ciencia con su millón de fotos instantáneas y sin fin, se burla un poco de los mitos, que muestran en una sola foto, el sentido profundo de la realidad. Sin embargo, los que por un lado sonríen ante el relato de la manzana de Eva, por otro, la elevan al rango de “Logo” para captar a su público con una sola imagen.
Las palabras de los relatos míticos son como una propaganda: breve y cargada de sentido. La ciencia, en cambio, se parece más a una sucesión de películas paralelas que no tienen principio ni fin: asombra en cada episodio, luego desilusiona y comienza con otro nuevo, como pasaba con la serie Lost. Pero volvamos al punto: cuando necesitamos comunicarnos a nivel profundo, para expresar nuestra amistad y nuestro deseo de compartir una misión en la vida, usamos palabras y no números. Te amo cien por cien, no va. Te quiero hasta el cielo, sí. (Notemos que cuando el Señor utiliza números es para hacerlos “explotar”: valor de 1 oveja vs 99, rinde del 100 x 1…).

Reivindicadas las palabras contra la invasión de los números pasemos al núcleo de la actualización de hoy: valorar de tal manera la Palabra de Jesús que estar conectados a ella nos implique reorganizar todas nuestras actividades en torno a este nuevo “programa” de vida.
Las palabras son importantes pero ¿qué tienen de especial las palabras de Jesús?
Que no pasan.
¿Que quiere decir?
Quiere decir que son un punto de referencia Absoluto que nos permite entrar en contacto con todos los hombres. ¡Nada menos!
Con la clave “Jesús” podemos entrar en el corazón y en la mente de un Agustín, de Ignacio, de Teresita…
Con la clave “Jesús” podemos “recuperar” los dos mil años de historia de la Iglesia, aprovechar lo bueno, corregir lo malo, sabernos en comunión, retomar el diálogo con la iglesia de Oriente y con nuestros hermanos evangélicos.
Con la clave “Jesús” podemos “religarnos” con las otras religiones.

Tomemos como ejemplo el evangelio de hoy. No pareciera ser el ejemplo más adecuado de una palabra que todos puedan entender. Cuando uno le da una primera leída a este pasaje, da la impresión de muchas frases sueltas a las que resulta difícil seguir el hilo. Von Balthasar dice que ahí está la clave: hay que “escucharlas dejando que estén todas juntas, sin tratar de controlarlas”.
Una indicación pertinente, tipo “siga los pasos”, diría:
Seguirle la corriente al evangelio es mejor que seguirle la corriente al discurso de los medios.
Jesús va diciendo muchas cosas que el evangelista deja fluir y pone juntas hasta que, de repente, una frase se ilumina: “dense cuenta de que el reino de los cielos está a la puerta”.
Otra indicación sería:
Dese cuenta de que las palabras de Jesús siempre acercan.

Aquí viene un “reinicio”.
Leamos de nuevo el evangelio
En aquellos días, después de la tribulación
el sol se entenebrecerá
y la luna no dará su esplendor,
las estrellas irán cayendo del cielo
y las fuerzas que están en los cielos se conmoverán.
Entonces verán al Hijo del Hombre
viniendo sobre las nubes, con gran poder y gloria.
El enviará a los ángeles y congregará a sus elegidos desde los cuatro vientos
desde el extremo de la tierra hasta el extremo del cielo.
Aprendan esta parábola, tomada de la higuera:
cuando sus ramas se hacen flexibles y brotan las hojas,
ustedes se dan cuenta de que se acerca el verano.
Así también, cuando vean que suceden todas estas cosas,
dense cuenta que está cerca, a la puerta (el reino de los cielos).
Les aseguro que no pasará esta generación, sin que suceda todo esto.
El cielo y la tierra pasarán, pero mis palabras no pasarán.
En cuanto a ese día y a la hora, nadie las conoce,
ni los ángeles del cielo ni el Hijo, nadie sino el Padre.

Sin dejar que se dispersen los temas, notemos los énfasis del discurso del Señor; aprendan, dense cuenta, ustedes se dan cuenta, confíen (les aseguro).
El Señor habla tomando apoyo en nuestra fe y confirmándola.
Despejando el tema del día y de la hora nos centra en el presente: date cuenta, vos, de lo que no pasa, tomá conciencia de que mis Palabras son únicas y de que te dan vida.
¿Cómo es que nos dan vida?
No sólo por lo que dicen de cada realidad por separado sino por cómo su discurso nos centra en lo esencial.
¿Y qué es lo esencial?
Su Palabra. Él mismo. Jesús.
Un Jesús que está, que vino y que vendrá.
Un Jesús que no sabe “científicamente” el día ni la hora, pero sí sabe “prepararse” para que el día y la hora lo encuentren atento, disponible, íntegro, para realizar su misión.
Un Jesús tan parecido a vos y a mí, que podemos entrar con diálogo con él, a través del evangelio.
La gente, todos, tenemos imperiosa necesidad de entrar en diálogo. Por eso llaman tantos a la radio y expresan sus opiniones. O hablamos entre nosotros de las noticias y necesitamos “expresar” nuestra opinión personal ante tanto que se nos dice.
Pues bien, con Jesús se puede dialogar. Y bien.
El Señor, al entrar en diálogo familiar y profundo con cada uno, nos abre un presente rico de sentido y en el que podemos ser protagonistas.
Nos invita a “actuar”, no a ser espectadores.
Nos da un papel, secundario si se quiere, a la mayoría, pero real e imprescindible en un Drama lleno de sentido.
El final es abierto y uno siente que no importa tanto dejarlo en sus manos ya que, como buen director, él saca en cada escena, lo mejor de cada uno y eso le da sal a la vida de cada día.
Estas palabras “que no pasan” porque se hospedan en nosotros y están disponibles para dialogar en cualquier momento, son las Palabras de Aquel en quien creemos. Palabras que dan vida. Palabras con las que queremos estar conectados para que nos actualicen.
Diego Fares sj

Domingo 32 B 2012

La fe que obra por la caridad no necesita aplauso

Jesús enseñaba a la multitud: «Cuídense de los escribas, a quienes les gusta pasearse con largas vestiduras, ser saludados en las plazas y ocupar los primeros asientos en las sinagogas y los banquetes; que devoran los bienes de las viudas y fingen hacer largas oraciones. Estos serán juzgados con más severidad.»
Jesús se sentó frente a la sala del tesoro del Templo y miraba cómo la gente depositaba su limosna. Muchos ricos daban en abundancia. Llegó una viuda de condición humilde y colocó dos pequeñas monedas de cobre. Entonces él llamó a sus discípulos y les dijo: «Les aseguro que esta pobre viuda ha puesto más que cualquiera de los otros, porque todos han dado de lo que les sobraba, pero ella, de su indigencia, dio todo lo que poseía, todo lo que tenía para vivir» (Mc 12, 38-44).

Contemplación
Esta contemplación es de las más lindas del evangelio y releyendo las de años pasados encontraba muchos tesoros a los que agregar las dos moneditas de una nueva contemplación.
Por refrescar la memoria, nomás, en el 2006, las manos de la viuda soltando sus dos moneditas, una por una, de manera tal que, sin hacer ruido en la alcancía, retintinearon con su música en el corazón de Jesús, me habían hecho contem-plar las manos de los integrantes de la Camerata Bariloche, en el concierto de Manos Abiertas de aquel año; cómo sin decir palabra entre ellos, habían hecho trabajar sus manos regalándonos un hermosísimo concierto. Pedía la gracia para nuestras obras de ser obras de manos que se dan por enteras, sin vedetismos como el que Jesús les reprocha a los escribas, que hacían las cosas para hacerse ver.

También me gustó recordar, en la del 2009, la precisión económica que tenía el gesto. Las dos moneditas (dos leptones) venían a ser unos cuatro pesos de un jornal de 250. La mujer sacrificó todo lo que tenía para el cafecito de media maña-na y se volvió a trabajar. Notábamos que Jesús coronó su discurso sobre la cari-dad en Marcos con este pequeño gesto de una humilde mujer del pueblo fiel de Dios (en Lucas lo corona con la parábola del buen Samaritano, nada menos).

En estos días reflexionaba sobre la fe que obra por la caridad, como dice Pablo. Es notable como esta fe no necesita aprobación explícita por parte del Señor. En las curaciones milagrosas, Jesús tiene que confirmar que el asunto no es magia sino fe diciendo a los que han sido curados: “tu fe te ha salvado”. En este pequeño gesto de caridad de la mujer la fe se reafirma por sí misma. Es la fe la que lleva a dar con amor y la que se ve confirmada interiormente por la alegría que brota del acto de donarse por entero. Por eso el Señor la pone como ejemplo ante los discípulos pero a ella no la va a buscar para decirle nada. En todo caso es el mismo Padre que ve en lo secreto el que la confirma compartiendo con ella, en pie de igualdad- el gozo de su Ser Dios: Amor que se Dona por entero.

En al Taller de Ejercicios el ejemplo de la viuda salió en el contexto de la medita-ción de Ignacio que se llama “Tres maneras de humildad”. El hecho de que el Señor no la felicite a ella, el hecho de que ella ni se entere de que fue puesta como ejemplo de un don total (quizás si los periodistas la hubieran ido a entrevistar “¿sabe que el Maestro la puso como ejemplo?” ella hubiera respondido, sorprendida, “¿por dos moneditas?”…), nos hacen reflexionar.
En la tercera manera de humildad, que es humildad perfectísima, Ignacio habla de actitudes enteramente gratuitas, realizadas por “más imitar” a Jesús nuestro Señor pobre y desvalorizado. Y pone una frase muy suya: “siendo igual alabanza y gloria de Dios nuestro Señor”. ¿Qué quiere decir esta frase? Si la pensamos bien es muy misteriosa. ¿Está diciendo que hay acciones valiosas que no “agregan” nada a la Gloria de Dios? Parece contradictorio: si no agregan nada ¿por qué se las propone como más perfectas? Si a Dios le agradan estas acciones igual que las otras ¿por qué elegirlas? Aquí Ignacio da el motivo: “para parecerme más a Cristo que fue pobre, pasó humillaciones y fue tenido por vano y loco”. Uno dice: bueno, parecerse más a Cristo es más digno de alabanza que no parecerse tanto. Ignacio retrucaría: en algunas situaciones, puede ser que imitar al Señor implique un grado mayor de Gloria para Dios, pero yo estoy hablando de situaciones en las que imitar al Señor no altera la balanza de la Gloria de Dios. ¿Por ejemplo? Hacer una limosna mínima como la de las dos moneditas, que no pesan nada en medio de las grandes monedas de oro, ni tampoco ocasionan una gran pobreza a la viuda, ya que las recupera con un rato de trabajo. Uno dice, sí pero Jesús se fijó y valoró el acto interior con que ella las donó. ¿Cómo concebir ese acto de donación total en un pequeño gesto de amor si no es diciendo que da mayor Gloria a Dios?

Se me ocurren dos cosas. Una, que quizás hay que cambiar ese modo de mirar tan nuestro que conecta lo mejor con lo cuantitativo, con el más y el menos. Esta mentalidad va bien para el dinero y para la tecnología: cuanto más mejor. Pero en el amor de amistad, por ejemplo, lo mejor es “la igualdad”.
Uno goza “igualándose” con los amigos. ¿O no?
La dinámica de la amistad se mueve en este campo: los más y los menos se qui-tan y lo que alegra es la igualdad.
Por aquí va la intuición de Ignacio que quiere hacernos notar el valor de la igual-dad: hay actos que nos igualan a Jesús y, en ese sentido, no dan “más” Gloria a Dios porque comparten “toda la Gloria”.
Apenas expreso esta característica de la amistad se me impone como muy verda-dera y consistente. Y al mismo tiempo siento lo combatido que está este valor en la mentalidad común y corriente.
No digamos nada del mundo de la política, de los negocios y de la fama, sino que este combate se da incluso dentro de la vida de la iglesia. A mucha gente, por ejemplo, le llama la atención que entre jesuitas amigos “nos igualemos” en mu-chos campos, que no compitamos. Algunos lo juzgan como un acto de humildad del “más famoso” hacia el “menos”. Y es humildad, ciertamente, pero “perfectísi-ma”, diría Ignacio. Humildad de ida y vuelta, de los que “se igualan”. Digo de ida y vuelta porque puede haber falta de humildad tanto de parte del que no quiere “condescender a la igualdad” como de parte del que no acepta “subir a la igual-dad”. La mujer del evangelio tiene conciencia clara de su dignidad y de su pobre-za y “no menosprecia sus dos moneditas” –no es de las que dicen “cuando me gane la lotería daré una suma digna”- sino que se da entera en su indigencia.
Darse entero es cuestión de nobleza, no de riqueza o pobreza.
Lo que quiero decir es que igualarse en la amistad no implica fingir que uno es más o menos en lo propio. La igualdad se da en la acción, es voluntad y gozo de igualarse. Dios no deja de ser el Todopoderoso ni la viuda deja de ser una humilde mujer, pero el acto de darse por entero es igual en ambos: puro amor. Esto es lo que “pesca” Jesús en el gesto de la mujer y aprovecha enseguida para mostrar qué es lo que él quiere, lo que nos viene a revelar: que cualquiera puede igualarse con el Padre del Cielo, ser perfecto como es Perfecto el Padre.

La otra cosa que se me ocurre es que este igualamiento de Gloria, propio del amor que se da por entero, es algo tan especial que no se puede dar en todos los ámbitos de la vida. Una, porque se malentiende. Para el ojo ventajista, el que se iguala pierde, se desvaloriza, incluso es peligroso, porque desjerarquiza el escalafón y hace que se pierda la avaricia que mueve al mundo. En política, lo vemos claro: alabar algo bueno en el adversario es casi impensable: todo lo malo es ajeno, todo lo propio es bueno. Y aunque por afuera protestemos contra el discurso único y autoritario, apenas alguien reconoce una culpa, lo destrozamos mediáticamente. Hay algo en nuestra cultura argentina que, cuando se trata del poder, desprecia al que se muestra “débil” o dubitativo, y, aunque despotrique, admira (o envidia) al que va por todo. Se trata de una mentalidad “timbera”, que proyecta la pasión competitiva propia del juego, a otros ámbitos de la vida.
Por eso, el igualamiento Jesús lo propone en gestos muy especiales, cuya carac-terística, diría, es la de ser “pequeñísimos”, “ocasionales”, no estandarizables. De allí los ejemplos de “dar un vasito de agua”, o el poner como el ejemplo más alto el gesto de dar dos moneditas.
Son gestos pobres, al alcance de los más pobres.
Y lo mismo pasa con la bienaventuranza de las humillaciones. Un ejemplo que pone Jesús es el del saludo (¡!). También dice el que es calumniado por practicar la justicia, pero a la hora de ejemplificar pone el saludo, o qué asiento elegís en una reunión. En esas cosas se juega la vida cotidiana. Quién saluda y quién no. Quién saluda bien y quién te hace sentir la distancia, con quién te sentás y con quién no, qué puesto elegís… Ignacio dice que pobreza y humillación son los escalones para la humildad. Decodificado con las claves de este evangelio me animaría a decir que la limosnita en el tren y el saludo en el trabajo muestran el corazón del que está en la dinámica del igualarse, donándose por entero (humildad perfectísima) y del que está en la dinámica del aparentar (compitiendo por figurar).

Los pequeños actos pequeñísimo de amor total al otro son la semilla del Reino que desarma por completo toda la parafernalia del mundo y del Demonio, que está construida en la dirección totalmente opuesta de ganar poder, figurar y vaciar el corazón de amor.
Estos pequeños actos de imitación del Señor, al alcance de todas las almas pe-queñitas, como bien nos enseñó Teresita, cuanto más pequeños mejor: más totalizan el corazón en torno al amor único y exclusivo del Señor. Por eso Jesús pone ejemplos pequeñísimos y ocasionales, para que cada uno, sea quién sea y como sea que haya sido, encuentre a cada rato una oportunidad de igualarse con el Padre Misericordioso y Perfectísimo, mediante la realización perfecta de peque-ños actos de amor en los que, en su indigencia, se brinde por entero: en un sa-ludito, dos monedas, un vaso de agua o eligiendo el último asiento.
Diego Fares sj

Domingo 31 B 2012

Amar con toda la inteligencia

Acercándose a Jesús uno de los escribas, que les había oído discutir (acerca de la resurrección), viendo que les había respondido bellamente (a los saduceos), le preguntó: «¿Cuál es mandamiento primero de todos? .»
Jesús respondió:
«El primero es: Escucha, Israel:
el Señor nuestro Dios es el único Señor; y amarás al Señor, tu Dios,
con todo tu corazón y con toda tu alma, con toda tu mente y con todas tus fuerzas. El segundo es: Amarás al que está cerca de ti como a ti mismo.
Mayor que estos, no hay otro mandamiento.»
El escriba le dijo:
«Muy bien, Maestro, con verdad dijiste
“Uno es y no hay otro más que él”,
y el “Amarlo con todo el corazón, con toda la inteligencia y con todas las fuerzas”,
y el “Amar al prójimo como a sí mismo”,
vale más que todos los holocaustos y todos los sacrificios.»
Jesús, al ver que había respondido sensatamente, le dijo: «No andas lejos del Reino de Dios.» Y nadie ya osaba cuestionarle (Mc 12, 28b-34).

Contemplación
Algunos me dijeron que la contemplación del Ciego Bartimeo -“elegir en quién creer”- fue difícil.
Por un lado, la dificultad me sorprende, pero, por otro, me confirma la intuición de lo dadas vuelta que tenemos las ideas; tanto que nos resulta extraño esto de que alguien nos diga que si elegimos bien en quién creer somos las personas más inteligentes del mundo, y si no sabemos bien en quién creer, somos las personas más estúpidas e infelices del mundo.
Perdón por el insulto pero como es uno que utiliza mucho Jesús en el evangelio, me animo a decir que es de esos reproches que abren los ojos y no de los que dan bronca o causan pena.
Aclaremos que para recibir bien el reproche del Señor –“qué estúpidos y tardos de corazón que son” (Lc 24, 35)- hay que unir “estupidez” mental y “lentitud de corazón”. Cuando nosotros le reprochamos a alguien que “cómo no se dio cuenta” y le decimos “estúpido”, apuntamos, no sólo a la inteligencia sino a la mala voluntad: “no puede ser que no registres, que no te des cuenta. ¿sos o te hacés? Si no ves esto, es porque no querés, no le eches la culpa a tu inteligencia que para otras cosas bien que te hace ver…”.

Bueno, en estas reacciones espontáneas la cultura moderna es sólo barniz y todos los hombres de todas las épocas unimos el buen criterio con la bondad de corazón y la estupidez con la mala voluntad.

La diferencia es que en la cultura bíblica toda la educación apunta a unir la sabiduría con la bondad y las distingue claramente de la maldad que va unida a la necedad. En cambio nuestra cultura nos induce de muchas maneras a pensar que los malos son vivos y los buenos más tontos. En esto me quisiera detener a reflexionar.
Pero antes de ir al punto, me surgió una objeción: el mismo Jesús hacía este reproche a los suyos cuando decía que hay veces en que los hijos de las tinieblas son más astutos que los hijos de la luz. Pero este cruce es del mal espíritu. Porque aunque utilice el mismo ejemplo la intención de Jesús no es hacer sentir que la fe te vuelve más tonto. Todo lo contrario: el Señor eleva la inteligencia de la fe a un nivel tal que puede aprovechar hasta las astucias del enemigo y volverlas en su contra. El prudente sabe que no se las sabe todas y está siempre atento a no pisar el palito. Además, el reproche de Jesús no va dirigido a “los pequeñitos a los que el Padre les revela las cosas del Reino” sino a la clase media de los discípulos, a los que no tienen el corazón encallecido y la mente ciega como los fariseos pero por ahí coquetean con las ideologías de moda y no se consolidan en la fe total y simple del que dice: “sé en quién me he confiado” (2 Tm 1, 12).

Este pensamiento que me surgió como objeción y me llevó a responderle en un largo párrafo (esas vueltas que doy y que a muchos les hacen difícil la lectura) viene justo, porque nuestra cultura a casi todas las afirmaciones del evangelio les ha puesto un pero.
Es bueno tomar conciencia de estos “obstáculos intelectuales” que nuestra cultura pone en el camino del que quiere creer en Jesús. Así como nuestra ciudad es tan hostil para las personas que tienen alguna discapacidad, también (y en mayor medida, sin duda) nuestra cultura es hostil para el que quiere creer.
Lo paradójico es que la mentalidad actual nos trata a los creyentes como discapacitados (me imagino en silla de ruedas queriendo subir el cordón de la vereda) cuando en realidad, el que tiene fe, no solo no se atranca sino que trota y avanza a buen ritmo por la vida, sorteando con solvencia los obstáculos y yendo para adelante (independientemente de las capacidades o discapacidades físicas).

Con Bartimeo, el obstáculo mental que vimos fue el de la desvalorización de las personas en quienes podemos creer y la idea establecida de que hay una especie de “verdad periodística” que está por encima de las personas y que le permite a cualquiera decir cualquier cosa. Digámoslo claramente: hay gente que le cree más a Elizabetta Piqué, la reportera de La Nación, cuando habla del Vaticano, que al padre Lombardi sj, el vocero del Papa.
Obvio, pensará más de uno, para cuya mente domesticada por los medios le lleva a unir naturalmente “vocero” con “vocero presidencial” lo cual equivale a ser un versero del discurso oficialista contra el “pensamiento libre” de los periodistas.

Pues bien, no sólo que el Papa Benedicto es digno de toda confianza (todos concuerdan con que nunca se rebajó al conventilleo vaticano sino que lo sufre y lo supera con altura y honorabilidad evangélica) sino que su vocero es un hombre cabal, que siempre tiene una palabra lúcida, fiel y equilibrada. La Piqué, en cambio, a veces tiene apreciaciones profundas y otras parece pagada por Hollywood pensando en la próxima película tipo Código Da Vinci.

Cuando uno confía en una persona de fe y la sigue fielmente a lo largo de su historia, su inteligencia se va aclarando, se va volviendo más serena y sabia para pensar las cosas de la vida y, en los momentos difíciles o de crisis, inmediatamente uno sabe con quién ir a charlar, a quién consultar, con quién dialogar.
Hay gente en cambio que camina por la vida picoteando criterios de aquí y de allá que le bastan y sobran para desenvolverse normalmente sin desentonar, encontrando respuestas más o menos adecuadas para todo, pero sin tener referentes últimos.
En las crisis fuertes –personales, familiares, eclesiales…- si uno no ha cultivado el diálogo con algunos referentes dignos de fe, se queda sin poder dialogar con nadie de esas cosas de la vida que no tienen respuesta “anticipada” porque la vida es “nueva”, se recrea, está abierta al misterio, es con final abierto (esto tan evangélico, a algunos les escandaliza: sienten “que la vida los engañó” cuando encuentran cosas que no tienen respuesta en google, siendo que es la primera verdad que nos propone Jesús: la fe en su persona supone la inteligencia de darse cuenta de que la vida es dramática, hay piezas que faltan y que sólo en diálogo con Jesús se pueden unir –“era necesario que el Mesías padeciera…”).

Hoy escuchaba en la radio que los médicos enfrentan un gran desafío ya que los pacientes consultan todo por internet y desconfían de los profesionales. Contra esto me quedo con lo que me decía mi amigo Domingo cuando me tuve que operar hace un tiempo: mejor con un médico amigo. Porque, como en todo, puede ser que se equivoque, pero estás seguro de que hizo todo lo mejor posible para ayudarte.

Bueno. Punto final para lo de “elegir en quién creer”. Y un pequeño avance en dirección a consolidar lo de la inteligencia de la fe. El mandamiento dice: Amar a Dios con todo el corazón, con toda la inteligencia (psicológica y espiritual) y con todas las fuerzas y al prójimo como a uno mismo.
Jesús unifica indestructiblemente y sin fisuras todo lo que el mundo separa.

Simplemente invito a que cada uno note lo fragmentado que está nuestro pensamiento.
¿No pensamos que el amor se opone a la inteligencia?
¿No aceptamos como un hecho constatable que “el amor se termina”.
¿No creemos que la teoría va por un lado y la práctica por otra?
¿No tenemos claro que “creemos” pero que “hay muchas cosas de la fe que no se pueden sostener científicamente”?
¿No damos por sentado que la moral de la Iglesia está caduca? (Puede ser verdad que la iglesia no tenga respuestas a muchos problemas morales a los que nos enfrenta la vida actual, pero eso implica que nosotros –o los que hablan por tv y votan en el senado- tengan las cosas más claras. Constatar que la iglesia no tiene respuestas adecuadas no significa que las respuestas contrarias a las que propuso hasta ahora sean absolutamente verdaderas!!!).
Bueno, vamos a seguir viendo estos “obstáculos intelectuales” a medida que salgan. Por hoy basta plantear el tema y hacerlo sin grises:
Jesús une amor, inteligencia y práctica. Lo hace de manera absoluta con respecto a Dios –con todo el corazón, con toda la inteligencia y con todas las fuerzas- y lo concreta en un amor al prójimo basado en una relación de justicia, comparativamente: “como a uno mismo”.

La fe que Jesús busca en el interior de todo hombre, como un tesoro escondido que todos tenemos (e intuimos que lo tenemos) es una fe que brota creativamente de una decisión libre. A Jesús le encanta que uno elija creer y confiar en él.

La fe a la que Jesús apela es el acto de mayor inteligencia que todos podemos hacer: elegirlo a Él como Persona, elegir confiar en Él, el único que tiene palabras de vida eterna.

La fe que Jesús valora y anima es una fe que se traduce en obras, en vida concreta: “el que me ama, cumple mis mandamientos”. Los cumple, no como quien obedece a desgano a un imperativo sobrenatural, sino porque “cuando uno piensa bien a fondo las cosas” capta con su inteligencia que esos mandamientos son el mejor camino para realizar sus deseos más hondos.

Creer no es “creer en lo que no se entiende”. Todo lo contrario: creer es jugarse por la verdad más inteligible –la de la Persona que nos ama- y comprobar luego en la práctica, que esa verdad que parecía imposible es la más constatable.
La fe no se saltea ningún paso lógico ni ninguna comprobación empírica.
Lo único que se saltea, a veces, es una foto de la realidad. Y se la saltea lúcidamente, porque la fe ve “procesos”: en la semilla ve el cedro, en una verdad evangélica ve a toda una comunidad trabajando unida. La fe tiene la inteligencia de María que dice “sí”, “hágase” y mira la historia de todos los que la llamamos “qué dichosa” por haber creído.

Diego Fares sj